viernes, 17 de febrero de 2023

Fervor de Buenos Aires: el primer libro de Borges cumple 100 años

Jorge Luis Borges en su juventud.



El modesto volumen apareció por una editorial de escaso renombre y prácticamente nulo porvenir: Imprenta Serrantes. Hoy, de seguro, nadie recordaría ese sello si hasta sus talleres no se hubiera acercado para imprimir ese libro de 34 poemas, en 1923, un joven de 23 años que, a pesar de la corta edad, tenía un enorme caudal de lecturas en su cabeza, una ya declarada pasión por la escritura y un padre que lo ayudó a costear la edición.

Ahora, 100 años más tarde, vemos a ese como un momento fundamental para las letras argentinas, en principio, pero también para la literatura universal. Y es que ese joven que traía su libro titulado Fervor de Buenos Aires no era otro que Jorge Luis Borges, y con ese conjunto de poemas, ya maduros aunque difícilmente anticipatorios de la gran obra que seguiría construyendo, iniciaba su singladura con su debut literario.

«El libro fue impreso en cinco días (…) Yo había pactado por una edición de 64 páginas, pero el manuscrito resultó demasiado largo y a último momento, por suerte, hubo que dejar afuera cinco poemas. El libro fue producido con espíritu un tanto juvenil. No hubo corrección de pruebas, no se incluyó un índice y las páginas no estaban numeradas. Mi hermana hizo un grabado para la tapa y se imprimieron trescientos ejemplares», contaría después su autor.

Fuera de esa timidez aparente, Borges quería que su debut literario fuera leído. Por algo, se ha dicho, aprovechaba las reuniones sociales para dejar escondidos, en los bolsillos de los abrigos de amigos con los que compartía alguna tertulia, ejemplares de Fervor de Buenos Aires.

Ese título tan encendido de su primera obra tenía raíces, quizás, y justamente, en el desarraigo. El joven Borges había nacido en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899, y su familia lo había educado poco en el idioma castellano que décadas más tarde él mismo embellecería con sus textos. En su casa se daba un peculiar bilingüismo que se trasladaría a la lectura de un pequeño lector que forjó sus primeras lecturas en el idioma inglés. Al hablar de su niñez, el propio Borges contaría en alguna ocasión: «Cuando le hablaba a mi abuela paterna lo hacía de una manera que después descubrí que se llamaba el idioma inglés, y cuando hablaba con mi madre o mis abuelos maternos lo hacía de otra forma que luego resultó ser la lengua castellana».

La vida de la familia en la que se crio Borges tuvo un brusco cambio de vida cuando el padre comenzó a sufrir una progresiva ceguera que lo obligó a viajar a Europa en busca de tratamientos. Eso llevó al futuro escritor a vivir, desde 1914, en Ginebra (donde estudió en francés) y luego, desde 1919, en España, donde descubrió las letras, se codeó con representantes del movimiento literario llamado ultraísmo y escribió los primeros textos de cierta valía, hoy casi todos perdidos. 

Pero en 1921 la familia decidió regresar y tomó un barco desde Barcelona hacia Buenos Aires. Ese impacto del regreso a su tierra natal fue tan notable en Borges que modificó en gran parte su escritura, lo llevó a desprenderse de muchos de los poemas que iba acumulando y a escribir otros en los que las estampas de su país, tanto paisajísticas como históricas, llevarían al poeta a sentir tal «fervor» por la ciudad con la que se había reencontrado.

En ese autor en ciernes hay influencias innegables. Una, que lo acompañará por siempre, es la de Whitman, por el que (dice Nicolás Magaril en el ensayo que integra el libro Borges lector), sentía directamente «devoción». Y, sin embargo, el reencuentro con Buenos Aires lo llevó a Borges a incorporar el léxico porteño, incluso algo impostado, con el que construyó una gran elegía a esa ciudad en la que buscaba exaltar los paisajes más íntimos y cercanos.
 
La mejor prueba de esto es el poema con el que inicia Fervor de Buenos Aires y se titula Las calles. En él se encuentra una confesión directa desde los primeros versos: «Las calles de Buenos Aires / ya son la entraña de mi alma» (en la versión corregida por el autor esto cambiaría a: «Las calles de Buenos Aires / ya son mi entraña»). Pero luego, hay algo más, una declaración de principios de lo que busca el libro en lo evocativo: «No las ávidas calles, / incómodas de turba y ajetreo, / sino las calles desganadas del barrio, / casi invisibles de habituales».

Patios, calles, aljibes, arrabales y zaguanes forman parte de la escenografía que Borges levanta en sus poemas, casi todos de verso libre, también seguramente por la influencia del mencionado Whitman y de los ultraístas. Pero de a poco, en medio de esos paisajes, se entrometen personajes de su pasado y del pasado argentino del que se siente parte. Por ejemplo, Juan Manuel de Rosas, ante quien Borges muestra ya un desprecio sosegado («es menos una injuria que una piedad / demorar su infinita disolución / con limosnas de odio»), que nunca cesará.
 
Pero junto con esas estampas de una porteña intimidad y el peso de la historia, están también, finalmente, otros temas presentes en este libro inicial. Por un lado —extraño si se mira a Borges en el conjunto de su obra— hay aquí una seguidilla de poemas amorosos, algunos que alcanzan lo conmovedor, como cuando en Ausencia dice: «Desde que te alejaste / cuántos lugares se han tornado vanos / y sin sentido, iguales / a luces en el día». O en Sábados, que concluye con estos versos: «Tú / que ayer sólo eras toda la hermosura / eres también todo el amor, ahora».

Por otro lado, la preocupación metafísica se empieza a mostrar en este libro inicial de un autor que haría de la filosofía parte de su obra. Eso se ve en La rosa, cuando evoca a «la inmarcesible rosa que no canto» en un poema que «se particulariza por poetizar la teoría literaria del escritor maduro», según Rafael Olea Franco. También hay alusiones a las esencias platónicas en Final de año y sutiles elucubraciones teóricas, como las que destaca Mariana Elola en La Recoleta, donde, según esta ensayista, «Borges deambula por nuestra ciudad con una mirada metafísica que es capaz de posarse en nimiedades para elevarlas a la categoría de creación literaria».

Si Fervor de Buenos Aires encerraba ya o no, en su carácter iniciático, todo el poderío que iba a desplegar el autor con el resto de su obra es difícil decirlo desde la perspectiva de lectores admirados por volúmenes de cuentos como Ficciones y El Aleph o poemarios posteriores como El Hacedor, El otro, el mismo o La cifra. Pero, sin dudas, en esos poemas iniciales que están cumpliendo un siglo, el mismo Borges sí se reconocía. Para confirmarlo, basten las propias palabras que él eligió para su prólogo de la reedición de 1969: «He sentido que aquel muchacho que en 1923 lo escribió ya era esencialmente —¿qué significa ‘esencialmente’?— el señor que ahora se resigna o corrige. Somos el mismo. Los dos descreemos del fracaso o el éxito (...). Para mí, Fervor de Buenos Aires prefigura todo lo que haría después».



6 poemas de 
Fervor de Buenos Aires
de Jorge Luis Borges


Las calles

Las calles de Buenos Aires
ya son mi entraña.
No las ávidas calles,
incómodas de turba y ajetreo,
sino las calles desganadas del barrio,
casi invisibles de habituales,
enternecidas de penumbra y de ocaso
y aquellas más afuera
ajenas de árboles piadosos
donde austeras casitas apenas se aventuran,
abrumadas por inmortales distancias,
a perderse en la honda visión
de cielo y llanura.
Son para el solitario una promesa
porque millares de almas singulares las pueblan,
únicas ante Dios y en el tiempo
y sin duda preciosas.
Hacia el Oeste, el Norte y el Sur
se han desplegado –y son también la patria– las calles;
ojalá en los versos que trazo
estén esas banderas.


El Sur

Desde uno de tus patios haber mirado
las antiguas estrellas,
desde el banco de
la sombra haber mirado
esas luces dispersas
que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar
ni a ordenar en constelaciones,
haber sentido el círculo del agua
en el secreto aljibe,
el olor del jazmín y la madreselva,
el silencio del pájaro dormido,
el arco del zaguán, la humedad
—esas cosas, acaso, son el poema.


La rosa

La rosa,
la inmarcesible rosa que no canto,
la que es peso y fragancia,
la del negro jardín en la alta noche,
la de cualquier jardín y cualquier tarde,
la rosa que resurge de la tenue
ceniza por el arte de la alquimia,
la rosa de los persas y de Ariosto,
la que siempre está sola,
la que siempre es la rosa de las rosas,
la joven flor platónica,
la ardiente y ciega rosa que no canto,
la rosa inalcanzable.


Final de año

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.


Amanecer

En la honda noche universal
que apenas contradicen los faroles
una racha perdida
ha ofendido las calles taciturnas
como presentimiento tembloroso
del amanecer horrible que ronda
los arrabales desmantelados del mundo.
Curioso de la sombra
y acobardado por la amenaza del alba
reviví la tremenda conjetura
de Schopenhauer y de Berkeley
que declara que el mundo
es una actividad de la mente,
un sueño de las almas,
sin base ni propósito ni volumen.
Y ya que las ideas
no son eternas como el mármol
sino inmortales como un bosque o un río,
la doctrina anterior
asumió otra forma en el alba
y la superstición de esa hora
cuando la luz como una enredadera
va a implicar las paredes de la sombra,
doblegó mi razón
y trazó el capricho siguiente:
Si están ajenas de sustancia las cosas
y si esta numerosa Buenos Aires
no es más que un sueño
que erigen en compartida magia las almas,
hay un instante
en que peligra desaforadamente su ser
y es el instante estremecido del alba,
cuando son pocos los que sueñan el mundo
y sólo algunos trasnochadores conservan,
cenicienta y apenas bosquejada,
la imagen de las calles
que definirán después con los otros.
¡Hora en que el sueño pertinaz de la vida
corre peligro de quebranto,
hora en que le sería fácil a Dios
matar del todo Su obra!

Pero de nuevo el mundo se ha salvado.
La luz discurre inventando sucios colores
y con algún remordimiento
de mi complicidad en el resurgimiento del día
solicito mi casa,
atónita y glacial en la luz blanca,
mientras un pájaro detiene el silencio
y la noche gastada
se ha quedado en los ojos de los ciegos.


Ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.


De Fervor de Buenos Aires (1923)

lunes, 13 de febrero de 2023

4 poemas de Juana Bignozzi

 


 Poeta y traductora, Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937-2015) integró el grupo El Pan duro en la década del 60. Publicó, entre otros, Los límites (1960); Mujer de cierto orden (1967); Regreso a la patria (1989) y en 2000, la obra reunida La ley tu ley. En 2019, apareció póstumo por la editorial Adriana Hidalgo, Novísimos, de donde son extraídos estos poemas. Martín Rodríguez escribió para en la contratapa: «La muerte la encontró a Juana Bignozzi con las previsiones del caso: un apunte con el modo en que quería ser enterrada, el color de las flores que sus amigos debíamos llevar, la indicación principal de una tumba sin cruz y el cementerio público donde debía hacerse. Sobre estos detalles reposa también una contraseña del lugar que ocupó su escritura: que la muerte no tenga la última palabra...».

 

 

vuelvo a buscarte en esas casas
sólo en mis sueños
no estás no están las casas
y casi no está el barrio
por suerte
miserabilidades que el tiempo borró
pero sí estás vos en la casa
y mi juventud
un sueño
por suerte
un sueño
que sólo puede arruinar una noche
y devuélveme la memoria con el día
me hicieron heredar ese sentido de eternidad
desde la pobreza el único traje
me hicieron creer que teníamos todo
o sea el tiempo
o sea esta fe y seguridad que me sostuvo 70 años

*

todo nos ha sido robado
mientras de espaldas a una puerta abierta
leíamos libros que nos guiarían y nos han guiado
no adonde esperábamos
en la brutalidad de las nuevas costumbres sociales
pocos juicios tendremos
el de ventanas golpeando para siempre en el viento
y por más que esperemos aunque sea
un espectro una luz mala
por ahora sólo hay ruidos confusos
banderas por el suelo manchadas de ceguera
aguas de la oscuridad
los cenotafios se han cubierto de maleza
y nadie pone una mano para despejarlos
ignorar nombres fechas y endiosar superficialidades
sólo son el ángulo secundario
del retrato de la derrota

*

no tiemblen cuando escuchen lo que voy a decir
la poesía es la palabra de la muerte
no la niega le da sonido
habla con ella
los muertos siempre hablan con los vivos
piensen en sus padres los hijos
en sus maridos las viudas
esa palabra eterna atraviesa bóvedas rencores
paraninfos mortuorios
rehace los recuerdos
la poesía hace eterno lo que no está lo que fue
créanme hace eterna la muerte

*

EL OLVIDO LA MEMORIA LA FELICIDAD

viví con alguien que iba olvidando lo que vivía
fui feliz cuando lo viví no necesito más me dijo
vivió conmigo que recuerdo todo
oprobios papelones vergüenzas
la felicidad es el olvido
la carga de los años es la degradación
nada se puede arreglar de lo que hicimos
tengamos la bendición de olvidar y ver lo inmediato
nos condenará nos absolverá
nunca seremos perseguidos somos el hoy glorioso
si el pasado entierra al pasado
en la desmemoria
aún hay vida


jueves, 9 de febrero de 2023

Paul Auster: 7 poemas para pronunciar lo que se calla

Paul Auster en su departamento neoyorquino.



por Fernando G. Toledo

Contemplar la degradación de una vida que se trastoca, admitir el pasmo que esto provoca y retratarlo en palabras. Sobre eso, entre otras cosas, habla la poesía de Paul Auster (Nueva Jersey, Estados Unidos, 1947), un autor que puede considerarse uno de los novelistas más exitosos, respetados y populares de los últimos 40 años. Merced a magistrales relatos como La trilogía de Nueva York, El palacio de la luna, Leviathán o El libro de las ilusiones, el autor ha sabido hechizar a los lectores con sus historias en las que los días parecen una comedia absurda de Beckett, pero con una consistencia tan palpable que resultan, si se quiere, aún más contundentes.

Pero antes de convertirse en ese gran narrador que indiscutiblemente es, Auster trajinó el ensayo y la poesía, a los que considera claramente como «cimientos» de su obra posterior, anclajes a los que (al menos no públicamente) parece no haber regresado, especialmente si de la lírica hablamos.

A diferencia de otros autores cuyas incursiones poéticas son ocasionales y hasta caprichosas, Auster en cambio escribe una poesía de enorme fuerza, en la que se muestra un constante escarbar por la ontología de las palabras y del silencio, pero también en la que el sujeto que habla (el famoso «yo lírico») parece siempre resignado a algo que ha sucedido y ante lo que no tiene otra opción más que pronunciarse. 

«Pronunciar», en suma, quizás sea el verbo clave en su poesía, que incluye los títulos Unearth (1974),
Wall Writing (1976), Fragments from the Cold (1977) y Facing the Music (1980), además de algunas ediciones que recolectan o antologan su obra. En español, entre las primeras traducciones están las del académico Américo Cristófalo para Diario de Poesía (invierno de 1992) y luego las muy difundidas del español Jordi Doce, que primero aparecieron en un volumen antológico bajo el título Desapariciones (Pre-Textos, 1996), y que luego se reprodujeron también en la reunión selecta de poemas y ensayos Pista de despegue (Anagrama, 1998). En 2012, finalmente, aparecería por Seix Barral la Poesía completa, de Auster, también traducida por Doce.

Mi encuentro con Auster se dio, justamente, durante los años 90, y a diferencia de la mayoría, fue a través de sus poemas. El salto a su narrativa consolidó mi admiración por este autor estadounidense (a quien pude apreciar con sus dotes de orador en vivo, en la Feria del Libro de Buenos Aires de 2014) y ese conjunto de lecturas fue el que me animó a acometer mis propias traducciones, que están entre las primeras que hice de poesía. Así fue que entre julio y agosto de 1998 traduje poco más de 30 poemas de Auster, en definitiva, todo lo que pude conseguir en su idioma original en tiempos en los que no era tan sencillo como ahora.

De esa treintena de poemas, aquí hay una brevísima selección.





Paul Auster
Siete poemas
© Versiones de Fernando G. Toledo
Julio y agosto de 1998


Exhumación

I

Junto con tus cenizas, las apenas
escritas, borrando
la oda, las raíces perturbadas, el ojo
ajeno –con manos imbéciles te arrastraron
hacia la ciudad, te ataron a
este nudo de jergas, y no te dieron
nada. Tu tinta ha aprendido
la violencia del muro. Condenado,
mas por siempre al corazón
del silencio fraternal, vuelcas las piedras
de la tierra no vista y alisas tu sitio
entre los lobos. Cada sílaba 
es producto del sabotaje.


III

La ruta ciega está grabada
en tu palma: te lleva a la voz
que habías intercambiado, y sangrará de nuevo
sobre las aristas de esta escritura en braille
tallada por los sueños. Un aliento
sube hasta las hebras de mi tartamudez
e ilumina el aire que nunca
renunciará. Es tu cuerpo
tu propia carga. Y anda con el peso
del fuego.


VI

Incontenible
en este flujo de tierra  
—donde las semillas acaban
y auguran cercanía— harás sonar
la declamación coral
de la memoria, e irás por el camino
que siguen los ojos. Ya no hay 
salida para ti: desde el momento
en que te cortes las venas, las raíces empezarán 
a recitar la masacre
de las piedras. Vivirás. Construirás aquí 
tu casa —olvidarás tu nombre. La Tierra 
es el único exilio.

De Exhumación (1974)



Noches blancas

Nadie aquí,
y el cuerpo dice: lo que sea dicho
no es para ser dicho. Pero nadie
es además un cuerpo, y lo que el cuerpo dice
nadie lo oye
excepto tú.

Nevada y noche. La repetición
de un asesinato
entre los árboles. La pluma
se mueve a través de la tierra: ya no sabe
qué ocurrirá, y la mano que la sostiene
ha desaparecido.

No obstante, escribe.
Escribe: en el principio,
entre los árboles, un cuerpo vino caminando
desde la noche. Escribe:
la blancura del cuerpo
es el color de la tierra. Es tierra,
y la tierra escribe: cada cosa
es el color del silencio.

Ya no estoy más aquí. Nunca he dicho
lo que dices
que he dicho. Y cada noche,
desde el silencio de los árboles, sabes
que mi voz
viene caminando hacia ti.


Autobiografía del ojo

Cosas invisibles, arraigadas en el frío,
y creciendo hacia esta luz
que desaparece
en cada cosa
que ilumina. Nada acaba. La hora
vuelve al comienzo
de la hora en que respiramos: como si
allí nada fuéramos. Como si yo no pudiera ver
nada
que no sea lo que es.

En el límite del verano
y su calor: cielo azul, colina púrpura.
La distancia que sobrevive.
Una casa, construida de aire, y el flujo
del aire en el aire.

Como esas piedras
que se deshacen y mezclan con la tierra.
Como el sonido de mi voz
en tu boca.


De La escritura del muro (1976)


Alborada

Ni siquiera el cielo.
Apenas una memoria del cielo,
y el azul de la tierra
en tus pulmones.

Tierra
menos tierra: mirar
cómo el cielo va a encerrarte, a crecer vasto
junto con las palabras
que dejaste sin decir —y nada
se perderá.

Yo soy tu suplicio, la costura
en el muro
que se abre al viento
y su balbuceo, tormenta
en plural —ese otro nombre
que das a tu mundo: exilio
en las habitaciones del hogar.

El alba se pliega, adopta
testigos,
el álamo y la ceniza
que caen. Vuelvo a ti
por entre este fuego, un resto
de la estación siguiente,
y seré para ti
como polvo, como aire,
como la nada
que no te frecuentará.

En el lugar anterior al aliento
sentimos a nuestras sombras cruzarse.

De Fragmentos desde el frío (1977)


S.A. 1911-1979

Desde la pérdida. Y desde cierta pérdida
Que merodea a la razón –incluso hasta la pérdida

de la razón. Empezar con este pensamiento: sin ton
ni son. Y entonces simplemente esperar. Como si la primera palabra
llegara sólo después de la última, después de una vida
esperando la palabra

que estaba perdida. Decir nada más
que la verdad de ella: los hombres mueren, el mundo fracasa, las palabras

no tienen sentido. Y por lo tanto exigir
sólo palabras.

Muro de piedra. Corazón de piedra. Carne y hueso.

Tanto como todo esto.
Más.

De Afrontando las consecuencias (1980)

lunes, 6 de febrero de 2023

4 poemas de Liliana Bodoc

Liliana Bodoc según Gonzalo Kenny.



Liliana Bodoc (1958-2018) fue una de las más importantes y reconocidas narradoras argentinas de las últimas décadas. 
Nacida en Santa Fe, pero criada y formada en Mendoza, comenzó su carrera literaria a una edad muy tardía, con la que para muchos es su obra cumbre: La saga de los Confines, una trilogía literaria que se conectaba con el estilo de J. R. R. Tolkien, pero en una geografía y con una mitología que eran las de América. Si bien lo que Bodoc publicó estrictamente como poesía es muy poco, su escritura era eminentemente poética. La que sigue es la presentación que hizo de ella misma en la solapa de Venado, el que fuera su primer libro decididamente de poemas, aunque estos fueran basados en sus propias historias:

Nací en Santa Fe, en el año 1958, pero pasé la mayor parte de mi vida en distintos departamentos de la provincia de Mendoza. Allí forjé mis primeras amistades, me casé y tuve a mis dos hijos.
Crecí en una familia que estimuló tanto el amor por diversas formas del arte como el compromiso con la realidad. A ellos les debo las lecturas que marcaron no ya mi infancia, sino toda mi vida.
Fui alumna de escuela pública. Cursé la carrera de Literaturas Modernas en la UNCuyo, Facultad de Filosofia y Letras, donde tuve el honor de ser distinguida, en 2016, con el Doctorado Honoris Causa.
En el año 2000 se publicó la primera parte de la trilogía de Los Confines: Los días del Venado. Luego vendrían Los días de la Sombra y Los días del Fuego.
Desde entonces no he dejado de escribir. Y si algunas constantes puedo reconocer en mi escritura son el amor y el compromiso.

A continuación, cuatro poemas de Liliana Bodoc: los tres primeros pertenecen a Venado y el último es un inédito. También se puede leer otro poema de Liliana Bodoc aquí

Las desobediencias de la Muerte

Sombra, así me llamaron.
Y no por ser menos que la luz sino por ser su oponente.
La noche para que exista el día.
La unidad para que exista lo múltiple.
Tal vez, la sed para que exista el agua.

Soy la Sombra. Y junto a mi tarea, recibí la prohibición de ser madre.
Injusta frontera que me niego a tolerar,
aunque mi desobediencia corroa el tronco de las grandes leyes.

Soy la Muerte y, a pesar de la prohibición, decido engendrar.
Pero mi vientre, que no fue planeado para otorgar vida, es macizo, sin oquedades ni líquidos.
Por eso, lo que deba suceder, sucederá en mi boca.

Ahora camino hacia el sitio que cuidadosamente elegí para aparearme conmigo misma:
el monte Nóferos que, por huesudo y cavernoso, es semejante a mí.
No necesitaré más sustancias que las propias, y mucha paciencia.

Cuando abandone este lugar, seré la madre Sombra. Y mi hijo…
¿Quién será mi hijo?



La puerta de la lechuza

¿Los escuchas llegar? Vienen hacia aquí contra todas las leyes.
¿Escuchas, hermano tambor? ¿Puedes escucharlos?

Distingo los pasos que se acercan.
Es Piukemán, el menor de los hijos varones de Dulkancellin.
Y no viene solo, trae consigo a su hermana.
Esos niños no deberían estar aquí.
Tú lo sabes, y yo, y cualquier criatura del bosque.
También Piukemán ha sido advertido desde las canciones para dormir...
“No traspondrás la Puerta de la Lechuza”
Pero a Piukemán, la prohibición lo convoca.

Muchos sucesos oscuros ocurrirán a nuestro alrededor. 
Y estoy aquí para escuchar y entender los mensajes del mundo.
Pero ahora, dos niños se acercan. 

La curiosidad de Piukemán es su buena estrella y es su noche. 
Por la curiosidad, este niño conocerá el horror.
Por la curiosidad, recibirá un don semejante a la peor condena.

Yo soy brujo y tú, hermano tambor, eres viejo. 
Soy viejo y tú, en cierto modo, eres brujo.
Sin embargo, nada podemos hacer por él.
En esta ocasión lograré expulsarlos de aquí.
Hoy los salvaré.
Pero sé bien que, en tiempos venideros, no me será posible hacerlo. 
Aunque convoque al bosque entero, 
y rompa trece parches entonando una súplica, 
la curiosidad de Piukemán hará que se cumpla un destino.

¿Los escuchas, hermano tambor?
Ya están aquí.



Terquedad de la vida

Cuando la jauría de Drimus atacó a Dulkancellin, nadie creyó posible que saliera con vida. Pero el guerrero husihuilke aún tenía un tramo de camino por recorrer.


Si la muerte no es digna de la vida 
no merece su nombre ni su escudo. 
La muerte inmerecida jamás mira de frente 
para decir "Es tiempo".

La jauría lanzada sobre el hombre caído. 
Las bestias, sobre el canto,
y las pelambres sofocando el alma. 
Allí empezó la muerte del guerrero. 
Una muerte tan larga como fue necesario

Porque sucede a veces, sólo a veces,
que el muerto no se entrega. 
Hay algo por hacer, y no se entrega. 
Está muerto aquel hombre que camina, 
galopa contra el viento, da batalla. 
Está muerto y nadie se da cuenta.

Así fue Dulkancellin. 
No él, su voluntad abrió los ojos. 
No él, su terquedad cabalgó hacia la playa.

Después de la jauría
sólo fue cierta el alma. 
¿Quién fue en busca del hijo?
¿Quién disparó la flecha final contra Misáianes? 
No él, sino su pueblo.

De Venado (textos inspirados en su propia novela Los días del Venado), 2017



Primera persona

Yo, primera persona del singular.

Yo tengo

Pero Yo no soy Tengo
porque
si un huracán se lleva todo
y me deja tan solo con lo puesto.
Yo seguiría siendo.

Yo estoy.

Pero, atención,
porque aunque cambie de lugar,
aunque cambie de barrio y de ciudad
yo sigo siendo.

Por las noches yo duermo
pero no soy Dormir
porque cuando despierto
sigo siendo

Yo canto.
¿Y si no canto?
Yo juego.
¿Y si no juego?

Yo estoy aquí y allá
yo tengo, yo no tengo
yo canto y desencanto
yo esta tarde no juego
pero yo sigo siendo.

Yo soy yo cuando Soy.

No soy Tener.
No soy Estar.
Yo soy
Ser
en primera persona del singular.

(inédito)

El Desaguadero / Número 21




Una revista de poesía escrita por poetas



LA HISTORIA DE UN POEMA


En la lengua de tu padre, por Elisa Molina

Para mí, por Rolando Revagliatti




NOTAS Y ENSAYOS





RESEÑAS CRÍTICAS


En casa (Bettina Ballarini), por Sergio Pereyra

Ojodrilos (Rubén Valle), por Andrés Cáceres






Lengua padre (Hernán Schillagi), por María Cristina Alonso

Andréi Rubliov (Diego Roel), por Diego L. García



LA EXCUSA DEL POEMA







NOTICIAS Y ADELANTOS


viernes, 14 de octubre de 2022

La historia de un poema de Elisa Molina




por Elisa Molina (*)
Especial para El Desaguadero

Atilio Arocas es un nombre de fantasía para un crítico extranjero a quien conocí personalmente hace muchos años. En una de sus visitas a Córdoba vino a cenar a casa. Acababa de salir un primer libro mío y se lo mostré. Yo creo que Atilio lee con dificultad en español, así que no sé si comprendía bien. Lo hojeó, se demoró un rato en eso y al final me miró y con su voz algo rasposa emitió un juicio al que le he dado muchas vueltas. Me dijo: «Escribes con la lengua de tu padre». 

Me impactó quizás porque no hacía mucho que mi padre había muerto. Si bien ninguno de los textos del libro hacía referencia a ello ni a él, me gustó imaginar que algo de su vigor se habría filtrado en la escritura. Más tarde pensé que, en realidad, lo que había dicho era una frase de ocasión; que quizás había entendido equivocadamente uno de los textos en clave autobiográfica y habría interpretado que se refería a mi padre y, como la cortesía exige decir algo, largó esa frase. 

Con el tiempo, se me ocurrió que podría haber sugerido una impostación de mi escritura y que, por lo tanto, el comentario era menos un halago que una crítica velada. Nunca sabremos qué quiso decir. No le pedí precisiones en su momento, porque inmediatamente me preguntó cuál era la profesión de mi padre. Le conté que no tenía una profesión: formación en la marina, más tarde dueño de una ferretería y que en el medio había realizado muchos trabajos para vivir. Agregué que disfrutaba enormemente de inventar cosas como telescopios, pulidoras, casillas rodantes y aventuras, y también de ciertos libros a los que siempre volvía: Herodoto, Aristófanes y, curiosamente, Alexis Carrel. 

La frase de Atilio Arocas ha proseguido su lento y minucioso trabajo: el texto múltiple que voy inventado ronda la intuición de que son muchas las voces que resuenan en nosotros y que modulamos como si fueran propias, y que esas voces generan mundos diversos en los que podemos perdernos y también, en ocasiones, encontrarnos. Alguien cualquiera, en su vida más cotidiana, es una pluralidad de identidades fluidas: puede vender bulones y paladear la descripción de los jinetes escitas, por ejemplo, hasta sentir el fragor de los cascos y el frío de la estepa.

Mi segundo libro se llama En la lengua de tu padre, retoma la misteriosa frase y tiene un poema que sí es un homenaje.




En la lengua de tu padre

Escribes con la lengua de tu padre
dijo en mal español el extranjero
y yo traduje. Olor a humo,
gusto a sal entre los labios,
silbar del hacha, el golpe al sesgo:
en la noche inmensa un carozo de fuego;
un árbol deshojándose en otoño,
un árbol violeta en primavera
y el aire fresco escribes
en la lengua de tu padre.


(*) Elisa Molina (Córdoba) es Licenciada y Profesora en Letras Modernas (UNC) y Magister en Literaturas y Culturas Comparadas (UNC). Se desempeña en tareas de docencia y escritura. Ha publicado los libros de poesía Escrito en el agua (2003), En la lengua de tu padre (2012), Por más que en la noche la luna (2016), Una línea simple (2016) y Como se forman las tormentas (2022). Integra las antologías Señales de la nueva poesía argentina (2004), Órbita, veintiuna poetas cordobesas (2017) y Nosotras (2020). 

domingo, 19 de junio de 2022

Una fotografía que habla

 Chicas que escuchaban radioteatros, de María Cristina Alonso.
Editorial Niña Pez, Buenos Aires, 2022, 48 pág.
Ilustraciones: MCA

por Hernán Schillagi*



1. Apenas abrimos «Chicas que escuchaban radioteatros», de María Cristina Alonso (Bragado, 1955), el libro presenta 16 textos intercalados por ilustraciones. Sin embargo, inmediatamente se impone la pregunta (o el desafío): ¿Son relatos? ¿Son poemas? ¿Son fragmentos rescatados de un texto perdido? Ya que, de entrada, la propuesta es observar a través de la lente de una cámara. Distancia necesaria desde el presente para convertir en pasado lo inmediato. Todo parte desde una foto familiar antigua que la autora recibió como un tesoro inesperado. Por lo tanto, mirar el pasado ajeno desde las fotografías y escribir. Escribir e ilustrar. En «El arte del error», María Negroni nos dice: «Uno de los malentendidos más viejos en materia literaria es el que se empeña en clasificar las obras en categorías, géneros, escuelas, allí donde, en sentido estricto, no hay más que autores y artistas...» Entonces, los textos se revelan como «epígrafes extendidos», relatos enmarcados que buscan su punto de fuga en la frágil potencia de la poesía:

En las tardes interminables
mi madre sueña el futuro.
Casi puedo ver ese sueño
en las fotografías
que se sacó junto a sus hermanas
la tarde de la bicicleta.

2. Las historias aparecen como fascinación. Con el incierto poder de detener la muerte y hacernos felices, como lo hacen las fotografías. El radioteatro y sus melodramas de la década del 30 son convocados en estas páginas. Para así soñar en el medio de la zona pampeana, fertilidad y vacío que permiten fantasear con otras vidas y expandir una realidad acotada por el duro trabajo y la vida de campo:  «Soñaban poco, porque era mucho lo que trabajaban / y caían rendidas sobre las sábanas ásperas…». Aunque no aparece, aquí la fotografía es testimonial. Sin embargo, además surge la poesía como un improbable artefacto de memoria registrada: «Pero cuando lo hacían, eran capaces, / las muy locas, de hamacarse en la luna con sus / piernas espléndidas a la vista de todo el universo…». Las imágenes «congeladas» comienzan a moverse por obra y gracia del poder de las palabras (como en el cuento «Las babas del diablo», de Julio Cortázar). Documentar, entonces, la alegría y la despreocupación de unas mujeres a las que no les estaba permitido el esparcimiento. Madres y tías, jóvenes y felices, hablan por boca de la autora. Cristina, por un lado, toma un registro fiel y preciso y, por otro, deja que la imaginación rompa el marco impuesto por el papel fotográfico.


 3. Debido a que toda historia narrada en prosa quiere mostrar un mundo completo, el formato o el envase del verso se convierte en una herramienta para explorar lo fragmentario. Alonso no ve por una ventana, sino que apenas encuentra rendijas, hendiduras de lo posible y, porqué no, de lo imposible. Apoya su oído de narradora experimentada y ausculta: latidos, golpes sordos, restos de frases. Así, logra amplificar el decir de estas imágenes: «La bicicleta levantó vuelo, / voló tan alto aspirando el aire / de la tarde  de otoño…». Vemos que pronto aparece la imaginación, la metáfora que nos traslada a otra realidad para escapar del cuadro, es decir, tanto del campo óptico como del campo real. Esa «bicicleta con alas» se dirige hacia un tiempo íntimo y personal, el de la madre. Ya en la introducción se nos advierte: «Si hay algo que certifica la fotografía es que todo en la vida es efímero y que no hay nada más frágil que la felicidad de un instante…». La narradora se descubre, entonces, como una testigo no presencial, pero que se esfuerza en la omnisciencia para poder entrever los sentimientos y sueños de la madre, en una época donde los mitos estaban aún por nacer:

Las chicas escuchaban radioteatros
en la llanura.
Se amigaban con las lechuzas y hasta habían creído ver
un tigre anaranjado salir de los pajonales.
Un bello y altivo animal igualito
al de un almanaque que colgaba de la despensa.

4. De este modo, el registro pasa de escritural a una modalidad de estampa. Por eso, los relatos están conectados con las ilustraciones: la llanura, el campo, el arduo trabajo, las faenas rurales, los radioteatros, entre otras cosas que van configurando un tiempo en sepia. El libro avanza y los elementos elegidos no son al azar: una bicicleta prestada y de varón sirve, al mismo tiempo, como un apoyo para estas hermanas que posan alegres, pero también como un símbolo de esa libertad tan cercana como negada. Toda bicicleta necesita de equilibrio y dirección, sin embargo, aquí se utiliza para volar. La época es la década del 30 del siglo XX, más precisamente, 1937. Gardel ha muerto ya, Evita todavía no es un heroína popular. No obstante, aparece como una mujer que salió del campo profundo para volar alto. Así, página a página descubrimos el detrás de escena de la ficción de los radioteatros: «Tormentas de papel de celofán y rayos de hojalata…». Pero el paso del tiempo hace que la magia no se pierda, sino todo lo contrario. Como ya leímos, en plena llanura bonaerense, salta un fabuloso tigre de almanaque. Por fin algo vivo y extraño, la belleza en la imaginación en medio de esta superficie plana como una hoja en blanco. La llanura es interminable, al igual que el trabajo rural y los quehaceres de la casa. El espacio para soñar resulta escaso, pero cuando pueden hacerlo, es de manera épica.

5. Hacia el final, el inevitable transcurrir del tiempo se traslada del sueño a la realidad. La rutina, la vejez, las aplastantes tareas hogareñas: «Después, la vida las obligará a nadar en las oscuras /aguas de las cacerolas, / a fregar la ropa, a limpiar los pisos…». Por lo tanto, vuelve la narradora (la poeta, la testigo) y observa desde la lejanía de los años, del espacio, del destino; ya que por ser de otra generación, su vida ha sido muy diferente, con otras libertades, derechos ganados y luchas que han dejado su huella. Sin embargo, hay puntos de contactos: imaginar desde la ficción el mundo, no conformarse con lo que le toca y salir, sonreír ante las adversidades y tomar esa instantánea para afrontar el futuro. De este emotivo y potente material está construido «Chicas que escuchaban radioteatros», como una foto que –una vez revelada– no la podemos dejar de mirar, porque además nos ha capturado.

*Texto leído en la presentación de Chicas que escuchaban radioteatros, el 27/05/2022, en el Teatro Florencio Constantino, de Bragado.

 


 Dos poemas de
Chicas que escuchaban radioteatros,
de María Cristina Alonso

1

En 1937 todavía no había estallado la guerra.
Gardel ya se había muerto en Medellín.
Las voces de la radio se evaporaban en el aire.
Unas muchachas sonreían
mientras el viendo le volaba el cabello.
El mundo se acaba en la línea del horizonte.
Mi madre era joven.
El tiempo parecía detenido.

*

15

El viento trae el eco de la radio encendida en la cocina.
Las chicas que escuchan radioteatros
tienen sueños suaves como las medias sedosas
que no pueden comprar,
y sus polleras, cosidas en la Singer,
florecen en las noches azules de la llanura.
Sueñan con el gran amor que las llevará muy lejos.

domingo, 12 de junio de 2022

Entre mi casa y el trabajo

«En casa. Variaciones sobre la misma pandemia», de Bettina Ballarini.
Con fotografías de Maby Ciaffone y diseño de Clara Muñiz. Jagüel, Mendoza, 2022


por Sergio Pereyra* 

Antes de comenzar, una sugerencia y una advertencia. 

La sugerencia: cada una de mis afirmaciones, imagínenla precedida por un «quizá», un «tal vez», un «me parece» … porque estaré hablando de poesía y, en general (ustedes que lo son, lo saben), el lector de poesía se maneja con intuiciones, a veces tan fugaces como los chisporroteos de un cable mojado por la lluvia.

La advertencia: estas notas, que dan cuenta de una lectura, no pueden ser sino arbitrarias y subjetivas, como cualquier lectura.

1

No negaré que, si de otro poeta se tratara, título y subtítulo habrían sido pretextos para la suspicacia, pues mi experiencia con los poemas escritos «sobre» o «a propósito de» (temas de la coyuntura), no ha sido la mejor, más bien todo lo contrario. Pero como hablamos de Bettina Ballarini (Mendoza, 1960), cuya obra sigo con atención desde hace muchos años, título y subtítulo produjeron el efecto contrario: estimularon mi curiosidad. Qué habrá rumiado, me pregunté, en su casa durante la pandemia; me pregunté, además, cómo habría integrado en su poesía (usualmente tan lírica) un asunto trajinado ad nauseam por periodistas y opinólogos de toda laya. Con estas preguntas, abro el libro y, en su índice, observo que consta de dos partes: Big Bang y Génesis. ¿No les parece inquietante esta proximidad entre ciencia y religión? A mí me lo pareció. Solo un instante. Porque luego recordé que, en el punto más negro de la pandemia, subidos al columpio del miedo, todos nos balanceamos entre un universo y el otro. Quiero decir, nos «embarbijamos», nos vacunamos; pero también, «por si las moscas», compartimos cadenas de oración en redes sociales y prendimos alguna que otra velita. De cualquier modo, son hipótesis, pues como saben, todavía no leí el libro. «Escribir», afirma Graham Greene en el epígrafe, «es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana»; y de inmediato me hace sentido: si, entre las muchas atesoradas, Ballarini ha escogido estas palabras para encabezar su libro, quizá se deba a que, encerrada y rodeada de enfermedad y muerte, y para no caer en las garras del miedo ni enloquecer, escribir fuera su forma de «curarse de palabra».

2

Entonces, me expongo al Big Bang. Los poemas de esta primera parte presentan una situación extraordinaria que desnuda la fragilidad de nuestros cuerpos, habitantes de un presente igualmente frágil (fragilidades sobre las cuales la lente de un virus, con nombre y número, nos impide hacer «la vista gorda»); cuerpos, además, con incertidumbre respecto del futuro. Me explico: si bien la muerte siempre ha estado presente, ahora está «más presente»; y el horizonte siempre más o menos difuso, ahora se pierde en densa oscuridad. Esto, claro, produce miedo, sobre todo cuando se transita en soledad. En síntesis: muerte, miedo, soledad atraviesan los poemas. No obstante, como no es mi intención desanimar a los potenciales lectores del libro, paso a informarles que, también aquí y allí, aparecen algunas herramientas para desactivar tanto infortunio. Solo señalaré un par; el resto, habrán de descubrirlas ustedes cuando encaren su propia lectura. Primera herramienta: La memoria como antídoto contra la mordedura del presente. Así, en el poema «Familia» el yo en los versos finales dice: Bajo este minuto voraz que se nubla y se encrespa, lejos los ojos de cualquier sencillez de infancia vuelvo a los cajones de esa vida. Como peregrinación sacra. Segunda herramienta. Si Dios juega a los dados con nosotros, tal vez el amor nos ayude a sobrellevar una partida adversa. En el poema «¿Desenlace?», pueden leerse estos versos hermosos: Sin embargo queda una mínima ilusión: no hay ola que no se rompa en la marea de tu olor.



3

Dejado atrás este big bang de emociones e ideas, me deslizo en el «Génesis». He de reconocer que, leída la primera parte, el título de esta sección me produce ahora muchos interrogantes. ¿Por qué «Génesis»? ¿Qué puede originarse en medio de la calamidad? ¿Es un título irónico o la expresión de un optimismo a prueba de respiradores y antibióticos? Cuestiones para las cuales mi capacidad predictiva no encuentra respuestas. Pero, si como afirma Darwin en uno de los acápites («Si no hay dudas, no hay progreso»), con mis dudas a cuestas, avanzo «en la tierra desordenada y vacía» ¡y que Dios me ayude! «El mundo, monótono y pequeño, en el presente, /ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen», nos dice Baudelaire en su poema «El viaje». Qué imagen, me pregunto, obtiene de sí misma una persona confinada en un mundo aun más «monótono y pequeño» de lo habitual, vale decir: su casa. No olvido, sin embargo, que la persona en cuestión cuenta con un recurso no disponible para todos: la escritura. Pues, aunque en el poema «Uno» se declare que «estos días / que podrían llamarse / desdichados, aciagos / desgarraron un poema» y que «las palabras / se han hecho pozos», pese a esto, pese a todo, se escribe. El libro que esta tarde nos convoca, es prueba de ello. Entonces, imagino a Bettina Ballarini encerrada, fija la vista en el mundo puesto a su alcance por la ventana. ¿Qué es lo que ve y anota la poeta en este «Génesis»? Como no pretendo spoilear el contenido, solo haré un punteo sobre algunas de las visiones registradas en estas páginas.

a/ El presente como una película de ciencia ficción distópica (perros, gatos, seres humanos hambrientos en las calles vacías); una película, según el yo poético, ya vista antes; la diferencia es que ahora lo hace «desde adentro». «A decir verdad», declara irónicamente, «he apreciado mejor / las (películas) del neorrealismo italiano». Ironía, sospecho, que salva al sujeto (también a los lectores) de la desesperación absoluta.
b/ Si, como mencioné antes, el mundo se ha reducido a las dimensiones de una casa, no es insólito colmar nuestros ojos con lo usualmente invisible. Tal el caso de los bichos, de quienes, como en las fábulas, se puede extraer alguna enseñanza. Por ejemplo, que los recuerdos, como las hormigas, a veces pican; o que las celdas de un panal, aunque lo parezcan, no son idénticas, y es, entonces, imperioso entrenar la mirada para distinguir aquellas cargadas de miel, de las saturadas de cera. (Cada uno de los presentes es libre de interpretar esta metáfora como mejor guste).
c/ El mundo como un sitio inestable, envenenado, donde los pulmones y el agua son «el bazar de las contiendas», donde sería urgente «sembrar otro trigo».
d/ El amor como una experiencia cuya proximidad con el goce vuelve temible y, no obstante, es casi la única digna de ser vivida. Podría aquí citar varios poemas. Me limitaré a los últimos versos de unos de los textos más bellos del libro, el titulado «Vida»: «Y entonces, libre de miedo, sentiría que ahí mismo, en tus ojos, ya he muerto antes sin morirme»
e/ Finalmente, también en esta sección, como no podía ser de otra manera, bajo distintos rostros, desfila la muerte. La muerte desde un punto de vista general: «el cuerpo amarrado a la rueda del tiempo / subirá bajará y va a girar / hasta que el tiempo decida / que es momento de quietud». La muerte inoportuna, representada por la caída de una hoja verde, una hoja caída antes de tiempo. El recuerdo, reflotado por los retratos, de los muertos queridos («los retratos siempre han tenido/ esa virtud de oscurecer el tiempo/y después iluminar la ausencia exacta»). Y, por supuesto, la propia muerte: aunque desde Quevedo sepamos que, así como en algún momento usamos pañales, en otro nos probaremos la mortaja, en un contexto de pandemia, es hasta lógico el súbito crecimiento de una idea venenosa: el próximo podría ser yo.

4

Concluida la lectura de «En casa», me asaltan unas palabras de Idea Vilariño: «Creo que la actitud más lúcida, más sana, es tener presente que la vida y el amor se acaban. Ver a los otros y a uno mismo caminando a la muerte, vivir el amor a término, tal vez hagan el amor y la vida más terribles, pero también digo que los hacen más intensos y más hondos». Y no es azaroso su asalto, porque eso he hallado en este libro: una visión dura, seca de la existencia, pero no deprimente. O sea, en ningún momento me sentí tirado para abajo, todo lo contrario. Dicho todo esto, y, para terminar: ¿les cabe alguna duda de que «En Casa» es un muy buen libro y ustedes tienen la obligación, mientras pueden todavía, de regalarse el placer de leerlo? Pues más allá de los temas, más allá de mis torpes intentos de explicación, está la poesía de Bettina Ballarini. Está su mirada como de recién llegada, -una niña mirando sorprendida-. Están sus palabras (ese suave tuteo, incapaz de incomodarme a mí, militante declarado del voseo; el gusto por los giros arcaizantes; las citas ocultas -los centauros aterradores de las bodas de Pirítoo-; la sonoridad amable como de una bossa nova); sus palabras que, desviadas de los caminos rectos (prosaicos), saltan al verso siguiente y, por un instante, como en un satori, nos acercan a los inasibles misterios de la vida. En fin, más acá, más allá de todo, está la poesía de una de nuestras poetas mayores.

*Texto leído para la presentación de «En casa. Variaciones sobre la misma pandemia», el 26/05/2022 en el "Museo de la Educación de Mendoza".

 

Dos poemas de
En casa. Variaciones sobre la misma pandemia,
de Bettina Ballarini


Vida 

Verrá la morte e avrá i tuoi occhi

Cesare Pavese


Si en estos días
la muerte al fin me saliera de adentro
y tan obscena como susurrante
me obligara a mirarle los ojos
para destapar toda mi vida
como una película en cámara rápida,
es posible
que lo único bondadoso de esta muerte,
haría
que la cinta se detuviera
solo en esos ojos tuyos
el tiempo suficiente de su mar y sus olas
y sus pintas doradas donde
se iba quemando
en silencio
el sol de las tardes.

Y entonces, libre de miedo,
sentiría que ahí mismo,
en tus ojos,
ya he muerto antes
sin morirme.


*

Después


En las casas,
en muchas,
más de las que pudimos
haber pensado,
quedan los retratos.
No entre las danzas de Durero
ni en el aguafuerte cruel
de las estampas de Goya.
Tal vez con el toro del Guernica.
Retratos simples sin más estrategia
que la instantánea
con nombres hondos,
cercanos, propios.
Por aquí un nacimiento
por allá una boda
y otro brindis
y un viaje
y una reunión cualquiera,
y a lo mejor, la única foto
de cuando todos éramos chicos
el día de los Reyes.

No hay en la imagen
ninguna señal del destino descarado
de quién se irá primero ni por qué.
Nunca se trató de cuál
era el más necesario ni el menos.
Los retratos siempre han tenido
esa virtud de oscurecer el tiempo
y después iluminar la ausencia exacta.
Ahora es más intenso.

En estos días que aún corren
impacientes debajo de los flashes
de la incertidumbre
del qué vendrá después,
quedan los retratos.  

jueves, 2 de junio de 2022

Cribar el subconsciente con ojo lúcido



Ojodrilos, de Rubén Valle. Ediciones Peras del Olmo (digital), 2021.


por Andrés Cáceres


La población crece mientras los lectores decrecen. Los poetas siguen escribiendo, pero difícilmente llegan al libro: se quedan en la versión digital. ¿Qué escribir en el mundo actual, globalizado, tiranizado por el capitalismo apátrida? Rubén Valle convoca a la poesía desde su interioridad. Sabe que esa es su residencia permanente y que solo responde cuando hay autenticidad.

En Ojodrilos, su nuevo poemario, vuelvo a comprobar que para él, el ejercicio poético es liberación, casi al modo de los surrealistas, con la diferencia de que Valle criba la sustancia subconsciente con el filtro de un razonamiento crítico, lúdico y estético.

Sin querer dar una definición, considero al arte, en general, como inspiración y riesgo. ¿Cómo no encontrar estos valores en su poesía?

Y comienza por el título, Ojodrilos. Borges considera a los globos oculares como «esos tenues instrumentos». Valle les otorga una condición cuasi omnisciente: «Son más efectivos / que el hambre y el olvido / Peores que un secreto o el óxido». Y advierte: «Ojo con esas miradas / que te muerden / como los espejos que delatan / lo que tus ojos criban».

Al igual que con los libros anteriores, nos sumerge en un mundo vital donde lo cotidiano toma carácter metafísico y la poesía, esa inasible transparencia, sobrevuela de extremo a extremo.

Considero que para nuestro vate, el poema es esencia, sustancia, instancia primigenia. En El huevo o el poema se pregunta: «¿Cuál de los dos predijo el big bang / su imperativa metáfora de lo posible? / ¿Quién parió la primera muesca / y lanzó a la nada aquel berrido inaugural?». 

Leerlo es disfrutar de una imaginación poética que lleva a pensar, a sentir que estamos vivos y a creer, con cándida beatitud, que la vida es eterna y, como si fuera poco, que las variaciones metafóricas son infinitas.

Tal es el placer que me permite en Frankenstein escribe a Mary Shelley, que lo he leído y releído, como si quisiera memorizarlo: «Con el corazón zurcido pendiendo de un hilo negro / y su carne devastada a la espera de turno en chapa y pintura / el prometeo de los pespuntes jura ante su sombra: / Maldita Mary Shelley hoy seré yo quien te escriba / con estas manos de sepulturero voy a reinventarte».

En Goles perdidos, el primer verso («La campana de la catedral»), lleva a imaginar claustros de recogimiento místico, pero ya en lo siguiente, el rumbo es muy otro: «No me llama a mí (tampoco a vos) / tañe como el grito de los inocentes / o esos goles perdidos / que se suicidan un domingo cualquiera». (Esto me hizo pensar en el penal que Higuain disparó a la estratósfera).

Una lectura completa me da la convicción de que Valle no es optimista ni pesimista, sino vitalista, de temperamento sanguíneo. Atropella con la belleza por estandarte y nos ametralla con aciertos metafóricos.

Cuando hablo de belleza en sus libros, rechazo de plano a la decorativa. La suya es natural como un paisaje, de sinceridad conmovedora, de música sincopada, de imágenes renovadas, donde el humor es un camarada sabio que suma su estro al río eterno de la lírica.

Insisto: no hay retórica ni ornatos sino legítimo verso augural, de armónica síntesis de forma, musicalidad y significación.

De entre tantas ideas gratificantes, como escritor de ficciones, elijo la siguiente: «El que lee es un obrero calificado / un esteta que padece la frase incorrecta / como un ladrillo mal colocado / El lector es una casa vacía / un nombre en blanco / pero ante todo un oído dispuesto para que el cantor / confiese lo que ya todos sabíamos». 

En fin, Rubén Valle, dueño de un humor de alto calibre, que hace sonreír al alma, se abre camino, con luz propia, en medio del numeroso y caótico quehacer actual de la poesía argentina. 

Rubén Valle.




Tres poemas de 
Ojodrilos
de Rubén Valle


El huevo o el poema

¿Cuál de los dos predijo el big bang, 
su imperativa metáfora de lo posible?
¿Quién parió la primera muesca
y lanzó a la nada aquel berrido inaugural?
¿El huevo o el poema?
¿El poema? ¿El huevo?
Con ínfulas de esclarecido el poeta sentencia: 
el poema siempre es el huevo
De él nace cada día una nueva Roma
Un camino para el cojo y el cimpiés
Una casa abierta a los diletantes
Y no pocas veces un decamerón 
 que vela y desvela 
nuestros sueños más sombríos
Es el poema quien prohija al amor 
en pleno sturm und drang 
y en el palimpsesto de lo desandado
bifurca a ciegas ese sendero por el que arriban 
las preguntas y raras veces parten las respuestas. 

El huevo siempre es el poema. 
 
A Luis Benítez

*

Frankenstein escribe a Mary Shelley

Con el corazón zurcido pendiendo de un hilo negro
y su carne devastada a la espera de turno en chapa & pintura
el prometeo de los pespuntes jura ante su sombra:
Maldita Mary Shelley hoy seré yo quien te escriba
Con estas manos de sepulturero voy a reinventarte
Tendrás el cuerpo perfecto (ese que ansío para acoplar mis costuras) 
La boca de Marilyn las cejas de Frida los labios de Jolie
Los pechos más dulces y los ojos del faro del fin del mundo
Colmillos como cuchillos a estrenar para que me muerdas a lo loba 
Y una voz sin orillas que atraviese los laberintos de mi cabeza 
con canciones sucias como un desayuno en el pantano
Lucirás Mary Shelley el pelo de mil brujas en ebullición
y una lengua oscurísima del largo de mi espalda 
para enhebrar los fragmentos que me faltan 
y así ser lo que siempre soñaste de mí: 
todos los hombres en uno.


*

Nom de guerre

No tuve la gracia de elegir el nombre 
que me nombra y me iguala 
a tantos y de otros tantos me diferencia
Si por mí fuera me llamaría
Isidro, Thelonious, Odo, 
Jorge Luis o Polifemo
A decir verdad preferiría llamarme 
como un libro de puño & letra
Tener un título no un nombre
Algo así como Altazor
Op Oloop Aleph o Bartleby
Nunca me llamaría Onur
Leopoldo Atila o Carlos Saúl
Mucho menos Adolf
Pero me llamo como me llamo 
y hasta un perro sin hambre se da vuelta
cuando escucha su nombre.


Clic AQUÍ para descargar el libro completo.

martes, 16 de noviembre de 2021

La historia de un poema de Rolando Revagliatti



por Rolando Revagliatti (*)
Especial para El Desaguadero


Devastado por mi incompetencia, había yo perdurado en malogradísima función marital durante algo más de cuatro años, entre mis 23 y mis 27 largos. Período en el que sólo escribí un poema cuyo título fue Paredes, el que describía mi agobio, a manera de relevamiento: en efecto, paredes así y asá, gruesas, toscas, impasibles o frenéticas, me impedían volver a ser «algo» (se publicó en la sección «Versos que hablan», en el inolvidable periódico Alberdi (1923-1976), de la localidad de Vedia, en la provincia de Buenos Aires, donde también colaboraban Marcos Silber, Ramón Plaza, Eduardo Dalter, Elena Díaz, Roberto J. Santoro, Carlos Patiño, Alberto Luis Ponzo, Ariel Canzani, Elías Castelnuovo, Raúl González Tuñón, Julio Huasi, Clara Franco, Jorge Isaías, Amaro Nay, Hugo Diz, José A. Cedrón, Fátima Gatti, Enrique Puccia, Rogelio Ramos Signes, Carlos Penelas…, hasta que la Alianza Anticomunista Argentina encarcela a su director en dependencias del Ejército y obliga al cierre del periódico).

Para mí, concebido de una sentada muy poco después de haberme separado de aquella esposa desairada a quien se lo dediqué y con la que había mantenido, en un primer lapso, a partir de mis dieciocho años, una relación de un par de encuentros semanales, al tiempo que militaba, día tras día, como compulsivo Casanova, en absoluto selectivo, siempre maniobrando en procura de algún inusual número de chicas y mujeres con las que alcanzar al menos una formidable y reafirmatoria encamada. Todo esto aceptado por ella, la del poema. 

Un día corté esa ligadura. Porque sí, lo era, en tanto me mortificaba y hasta atormentaba su incondicional aceptación. Me libré así, bastante, de la aflicción que me había inferido el «contrato verbal», aunque extrañaba, desde luego, no únicamente los despliegues eróticos, sino también los paseos, las conversaciones, las lecturas, las idas al cine, lo mucho de agradecible que nos dábamos. 

Más de un año después, una circunstancia, que no recuerdo con precisión, nos reunió, y allí, en un auto conducido en la niebla por un amigo, siendo medianoche, regresando desde Ezeiza a Capital Federal, los tres sentados en los asientos delanteros, a viva voz, le pregunté, embargado y de sopetón, a Ángela si querría casarse conmigo. Eduardo, el amigo, estudiante de medicina, detuvo, no sin alharaca, su coche, y me compelió a que repitiera, valientemente, la proposición. Y lo hice.





Para mí

                                  (a Ángela Da Silva)

Entré con dientes, pero no con todo
me quedé afuera un poco
Yo nunca fui a la escuela
yo
    realmente
nunca vendí diarios
Cuando yo medio no existía
yo era demasiado yo
para mí solo.


Del libro Obras completas en verso hasta acá (tres ediciones en soporte papel —1988, 1990, 2007— y dos electrónicas —2006, 2016)


(*) Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, República Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y quince poemarios, además de otros cuatro poemarios sólo en soporte digital. También en edición electrónica se hallan los seis tomos de su libro Documentales. Entrevistas a escritores argentinos, conformados por 159 entrevistas por él realizadas. Todos sus libros cuentan con ediciones-e disponibles en http://www.revagliatti.com. Ha sido incluido en unas ochenta antologías de poesía, narrativa y dramaturgia de la Argentina, Brasil, Perú, México, Chile, Panamá, Estados Unidos, República Dominicana, Venezuela, España, Alemania, Austria, Italia y la India.