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lunes, 12 de junio de 2023

Paul Éluard: poemas del enamorado surrealista

Paul Éluard. Foto: Robert Doisneau.


por Fernando G. Toledo

Para conocer sobre Paul Éluard, nada mejor que la breve y acertada ―además de clásica para la lengua española― presentación que ofreció Aldo Pellegrini en su Antología de la poesía surrealista: «Nació en Saint-Denis el 14 de diciembre de 1895. Murió bruscamente de angina de pecho el 18 de noviembre de 1952. Su verdadero nombre es Eugène Grindel. Éluard era su apellido materno. A los 16 años contrajo una enfermedad pulmonar por la que tuvo que internarse durante 18 meses en un sanatorio en Davos (Suiza). Allí parece haber conocido a la famosa Gala con la que habría de casarse y que lo abandonaría después para convertirse en la mujer de Salvador Dalí. Fundó en 1920 la revista Proverbe (seis números), en la que colaboraron los dadaístas. Formó parte del equipo de la revista Littératures y adhirió con sus amigos al dadaísmo. Al separarse estos, los acompañó para fundar el movimiento surrealista, del cual sería uno de los más importantes animadores. En 1924 hizo un viaje de un año alrededor del mundo. Permaneció en París durante la ocupación alemana convirtiéndose en uno de los escritores de la resistencia. Puede considerarse que en 1938 comienza a alejarse del surrealismo, alejamiento que se convierte en definitiva separación al adherir en 1942 al Partido Comunista en la clandestinidad».

La obra de Éluard se divide tradicionalmente en dos claras etapas: por un lado, aquella en la que fue participante, forjador y protagonista de la literatura del surrealismo (con algo del dadaísmo previo), el movimiento que él mismo ayudó a fundar. Por el otro, aquella que transcurrió luego «por fuera» de esa vanguardia cuya ortodoxia cuidaba, como un papa, su viejo amigo André Bréton. Éluard se entregó por igual a los versos y al compromiso social, y este último aspecto también se reflejó en su poesía post-surrealista. Entre los títulos más importantes en la vasta obra del autor aparecen El deber y la inquietud (1917), Morir de no morir (1924), la magistral Capital del dolor (1926), El amor la poesía (1929), Curso natural (1938) y Libertad (1942). 

Para un hispanohablante, lector de las vanguardias del siglo XX y, especialmente, argentino, acometer una traducción de Paul Éluard significa siempre ponerse bajo la sombra de Pellegrini, poeta argentino que se convirtió en un difusor, conocedor y magnífico traductor de los más importantes autores de este movimiento. 

Sin embargo, para un admirador de su trabajo, como yo, que trata con gran dificultad con el francés, enfrentar la poesía de Éluard en el idioma original terminó siendo algo así como una revelación. No, claro está, en un sentido religioso, sino en el de algo que se muestra detrás de un velo: en la mayoría de las lecturas resonaba el eco de la versión en español de Pellegrini, aunque otras también hubiera conocido (las de Eduardo Bustos, las de Luis A. Cano y, sobre todo, las de Rafael Alberti y María Teresa León). Y, sin embargo, había algo allí para explorar, y que invitaba a una nueva pronunciación. Apareció también otro aspecto que algunas traducciones ocultaban, y era el hecho de que ―si bien el verso libre circulaba como moneda común en el automatismo surrealista― el autor de Capital del dolor solía apelar a parámetros de métrica y rima fijos, y eso merecía ser reflejado en la traducción (esfuerzo que, por cierto, se refleja en Alberti).

Con las armas de años de lectura de los textos de Éluard, el magisterio de los predecesores y el propósito de encontrar algún resquicio poético sin iluminar, propongo estas versiones.


Paul Éluard
Cuatro poemas
©  Versiones de Fernando G. Toledo


La curva de tus ojos


La curva de tus ojos me envuelve el corazón,
Una ronda de danza con algo de dulzor,
Aureola de los tiempos, lecho cobijador,
Y si no sé ya todo lo que he experimentado
Será porque tus ojos no siempre me han mirado.

El musgo del rocío, las hojas de los días,
Los juncos en el viento, las fragantes sonrisas,
Alas que con su luz cubren el mundo entero,
Embarcaciones llenas de océano y de cielo,
Fuentes de colores y cazadores de estruendos,

Perfumes que han nacido desde un nido de auroras
Que aún descansan sobre la paja de los astros,
Así como depende de la inocencia el día
Depende el mundo entero de tus ojos tan puros
Y hasta mi propia sangre fluye por sus miradas.



El espejo de un momento

Disipa el día,
Muestra a los hombres las imágenes desatadas de la apariencia,
Priva a los hombres de la posibilidad de distraerse.
Es tan duro como la piedra,
La piedra informe,
La piedra del movimiento y de la vista 
Y su brillo es tal que todas las armaduras, todas las máscaras flaquean.
Lo que ha tomado la mano evita incluso tomar
La forma de la mano
Lo que ha sido comprendido ya no existe,
El pájaro se confundió con el viento,
El cielo con la verdad,
El hombre con su realidad.

De Capital del dolor (1926)


Al alba te amo

Al alba te amo tengo toda la noche dentro de las venas
La noche entera te he mirado
Lo tengo que adivinar todo ando seguro entre tinieblas
Ellas me dan el poder
De envolverte
De agitarte deseo de vivir
En lo hondo de mi inmovilidad
El poder de revelarte
De liberarte de perderte
Fuego invisible en el día

Si te vas la puerta se abre al día

Si te vas la puerta se abre a mí mismo.

De El amor la poesía (1929)



Sin ti

Se apaga el sol en el campo
Se duerme el sol en el bosque
Se esfuma el cielo más vivo
Y es más pesada la noche

Sólo los pájaros tienen
Un camino de quietud
Entre las ramas sin hojas
Donde hacia el fin de la noche
Vendrá la noche final
La noche más inhumana

Será frío el frío en tierra
Debajo de los viñedos
Una noche sin insomnio
Maravilloso enemigo
Contra todo y contra todos
La más pura y llana muerte

Cuando termine esta noche
No habrá ninguna esperanza
Ya no puedo arriesgar nada.

De La cama la mesa (1944)

 

jueves, 9 de febrero de 2023

Paul Auster: 7 poemas para pronunciar lo que se calla

Paul Auster en su departamento neoyorquino.



por Fernando G. Toledo

Contemplar la degradación de una vida que se trastoca, admitir el pasmo que esto provoca y retratarlo en palabras. Sobre eso, entre otras cosas, habla la poesía de Paul Auster (Nueva Jersey, Estados Unidos, 1947), un autor que puede considerarse uno de los novelistas más exitosos, respetados y populares de los últimos 40 años. Merced a magistrales relatos como La trilogía de Nueva York, El palacio de la luna, Leviathán o El libro de las ilusiones, el autor ha sabido hechizar a los lectores con sus historias en las que los días parecen una comedia absurda de Beckett, pero con una consistencia tan palpable que resultan, si se quiere, aún más contundentes.

Pero antes de convertirse en ese gran narrador que indiscutiblemente es, Auster trajinó el ensayo y la poesía, a los que considera claramente como «cimientos» de su obra posterior, anclajes a los que (al menos no públicamente) parece no haber regresado, especialmente si de la lírica hablamos.

A diferencia de otros autores cuyas incursiones poéticas son ocasionales y hasta caprichosas, Auster en cambio escribe una poesía de enorme fuerza, en la que se muestra un constante escarbar por la ontología de las palabras y del silencio, pero también en la que el sujeto que habla (el famoso «yo lírico») parece siempre resignado a algo que ha sucedido y ante lo que no tiene otra opción más que pronunciarse. 

«Pronunciar», en suma, quizás sea el verbo clave en su poesía, que incluye los títulos Unearth (1974),
Wall Writing (1976), Fragments from the Cold (1977) y Facing the Music (1980), además de algunas ediciones que recolectan o antologan su obra. En español, entre las primeras traducciones están las del académico Américo Cristófalo para Diario de Poesía (invierno de 1992) y luego las muy difundidas del español Jordi Doce, que primero aparecieron en un volumen antológico bajo el título Desapariciones (Pre-Textos, 1996), y que luego se reprodujeron también en la reunión selecta de poemas y ensayos Pista de despegue (Anagrama, 1998). En 2012, finalmente, aparecería por Seix Barral la Poesía completa, de Auster, también traducida por Doce.

Mi encuentro con Auster se dio, justamente, durante los años 90, y a diferencia de la mayoría, fue a través de sus poemas. El salto a su narrativa consolidó mi admiración por este autor estadounidense (a quien pude apreciar con sus dotes de orador en vivo, en la Feria del Libro de Buenos Aires de 2014) y ese conjunto de lecturas fue el que me animó a acometer mis propias traducciones, que están entre las primeras que hice de poesía. Así fue que entre julio y agosto de 1998 traduje poco más de 30 poemas de Auster, en definitiva, todo lo que pude conseguir en su idioma original en tiempos en los que no era tan sencillo como ahora.

De esa treintena de poemas, aquí hay una brevísima selección.





Paul Auster
Siete poemas
© Versiones de Fernando G. Toledo
Julio y agosto de 1998


Exhumación

I

Junto con tus cenizas, las apenas
escritas, borrando
la oda, las raíces perturbadas, el ojo
ajeno –con manos imbéciles te arrastraron
hacia la ciudad, te ataron a
este nudo de jergas, y no te dieron
nada. Tu tinta ha aprendido
la violencia del muro. Condenado,
mas por siempre al corazón
del silencio fraternal, vuelcas las piedras
de la tierra no vista y alisas tu sitio
entre los lobos. Cada sílaba 
es producto del sabotaje.


III

La ruta ciega está grabada
en tu palma: te lleva a la voz
que habías intercambiado, y sangrará de nuevo
sobre las aristas de esta escritura en braille
tallada por los sueños. Un aliento
sube hasta las hebras de mi tartamudez
e ilumina el aire que nunca
renunciará. Es tu cuerpo
tu propia carga. Y anda con el peso
del fuego.


VI

Incontenible
en este flujo de tierra  
—donde las semillas acaban
y auguran cercanía— harás sonar
la declamación coral
de la memoria, e irás por el camino
que siguen los ojos. Ya no hay 
salida para ti: desde el momento
en que te cortes las venas, las raíces empezarán 
a recitar la masacre
de las piedras. Vivirás. Construirás aquí 
tu casa —olvidarás tu nombre. La Tierra 
es el único exilio.

De Exhumación (1974)



Noches blancas

Nadie aquí,
y el cuerpo dice: lo que sea dicho
no es para ser dicho. Pero nadie
es además un cuerpo, y lo que el cuerpo dice
nadie lo oye
excepto tú.

Nevada y noche. La repetición
de un asesinato
entre los árboles. La pluma
se mueve a través de la tierra: ya no sabe
qué ocurrirá, y la mano que la sostiene
ha desaparecido.

No obstante, escribe.
Escribe: en el principio,
entre los árboles, un cuerpo vino caminando
desde la noche. Escribe:
la blancura del cuerpo
es el color de la tierra. Es tierra,
y la tierra escribe: cada cosa
es el color del silencio.

Ya no estoy más aquí. Nunca he dicho
lo que dices
que he dicho. Y cada noche,
desde el silencio de los árboles, sabes
que mi voz
viene caminando hacia ti.


Autobiografía del ojo

Cosas invisibles, arraigadas en el frío,
y creciendo hacia esta luz
que desaparece
en cada cosa
que ilumina. Nada acaba. La hora
vuelve al comienzo
de la hora en que respiramos: como si
allí nada fuéramos. Como si yo no pudiera ver
nada
que no sea lo que es.

En el límite del verano
y su calor: cielo azul, colina púrpura.
La distancia que sobrevive.
Una casa, construida de aire, y el flujo
del aire en el aire.

Como esas piedras
que se deshacen y mezclan con la tierra.
Como el sonido de mi voz
en tu boca.


De La escritura del muro (1976)


Alborada

Ni siquiera el cielo.
Apenas una memoria del cielo,
y el azul de la tierra
en tus pulmones.

Tierra
menos tierra: mirar
cómo el cielo va a encerrarte, a crecer vasto
junto con las palabras
que dejaste sin decir —y nada
se perderá.

Yo soy tu suplicio, la costura
en el muro
que se abre al viento
y su balbuceo, tormenta
en plural —ese otro nombre
que das a tu mundo: exilio
en las habitaciones del hogar.

El alba se pliega, adopta
testigos,
el álamo y la ceniza
que caen. Vuelvo a ti
por entre este fuego, un resto
de la estación siguiente,
y seré para ti
como polvo, como aire,
como la nada
que no te frecuentará.

En el lugar anterior al aliento
sentimos a nuestras sombras cruzarse.

De Fragmentos desde el frío (1977)


S.A. 1911-1979

Desde la pérdida. Y desde cierta pérdida
Que merodea a la razón –incluso hasta la pérdida

de la razón. Empezar con este pensamiento: sin ton
ni son. Y entonces simplemente esperar. Como si la primera palabra
llegara sólo después de la última, después de una vida
esperando la palabra

que estaba perdida. Decir nada más
que la verdad de ella: los hombres mueren, el mundo fracasa, las palabras

no tienen sentido. Y por lo tanto exigir
sólo palabras.

Muro de piedra. Corazón de piedra. Carne y hueso.

Tanto como todo esto.
Más.

De Afrontando las consecuencias (1980)

jueves, 4 de febrero de 2016

Ashraf Fayadh: 10 poemas para ser condenado a muerte

Ashraf Fayadh.


Apóstata, exiliado, muerto en vida. Al poeta palestino Ashraf Fayadh (nacido en 1980) le cabe cualquiera de esos motes. En noviembre de 2015, el autor fue condenado a muerte, sin posibilidad de defenderse, por la corte de Arabia Saudí, el país en que reside, acusado de apostasía (renunciar al Islam) y «promover el ateísmo».
Al conocerse la noticia, que publicó el diario inglés The Guardian con grandes titulares, las protestas contra la sentencia y el apoyo internacional no se hicieron esperar. De algún modo, Fayadh tuvo suerte: la pena acaba de ser conmutada y reemplazada por 800 latigazos y ocho años de prisión. En 2015, más de 500 personas fueron ejecutadas por casos –similitudes más, diferencias menos– como el de él.
La activista y escritora árabe Mona Kareem, que lideró los reclamos por la liberación de Ashraf Fayadh, tradujo al inglés el año pasado algunos de los poemas «polémicos» que le hicieron al escritor ganarse la pena de muerte. De esa traducción surge, a su vez, esta versión al español. Es un camino complejo para llegar a los versos de Fayadh, y en ese camino de seguro muchas cosas se habrán perdido. Pero quizá haya que conformarse con lo que sigue latiendo a través de las lenguas, con la fuerza del remezón poético que esta lírica condenada a muerte es capaz de provocar.



Poemas prohibidos

de Ashraf Fayadh
Versión de Fernando G. Toledo

1

el petróleo es inocuo, excepto por la estela de pobreza que deja tras de sí

habrá un día en que las caras de los que encuentran otro pozo de petróleo se oscurezcan,
cuando le insuflen vida a tu corazón para extraer más petróleo de tu alma
para uso público
esa es la promesa del petróleo, una auténtica promesa

la final.


2

se dijo: pónganlo ahí
pero algunos de ustedes son enemigos de todo
así que déjenlo ya

véanse a ustedes mismos desde el fondo del río;
los de arriba tengan un poco de piedad con los de abajo…
los desplazados están indefensos,
¡como la sangre que nadie quiere comprar en el mercado del petróleo!


3

perdóname, discúlpame
por no ser capaz de extraer más lágrimas para ti
por no murmurar tu nombre en la nostalgia.
apunté mi rostro hacia el calor de tus brazos
no tengo otro amor más que a ti, nada más que a ti, ¡y soy el primero de tus pretendientes!


4

noche,
eres inexperta con el tiempo
escaso de gotas de lluvia
que podrían lavar todo lo que resta de tu pasado
y librarte de lo que llamas piedad…
de ese corazón capaz de amar,
de jugar,
y de cruzarse con tu obscena retirada de esa decadente religión
de ese falso Tanzeel [*]
de esos dioses que han perdido su orgullo.


5

eructas, más de lo normal
como los bares que bendicen a sus visitantes
con recitados y atractivas bailarinas

acompañado por el DJ
recitas tus alucinaciones
y dices tu alabanza por esos cuerpos que le danzan a los versos del exilio.


6

él no tiene derecho a caminar sin embargo
o a correr sin embargo o a llorar sin embargo.

él no tiene derecho a abrir las ventanas de su alma,
a renovar el aire, sus residuos y sus lágrimas

tú tiendes a olvidar que eres
un pedazo de pan.


7

en el día del destierro, ellos se quedan desnudos,
mientras tú nadas por las oxidadas tuberías del desagüe, descalzo…

esto podría ser saludable para los pies
pero no para la tierra


8

los profetas se han retirado
así que no esperes a que el tuyo venga a ti

y para ti,
para ti los supervisores traen sus informes diarios
y ganan sus altos sueldos…

cuán importante es el dinero
para una vida digna.


9

mi abuelo se queda desnudo todos los días
sin destierro, sin creación divina…
yo ya he sido resucitado sin un golpe piadoso a mi imagen
yo soy la experiencia del infierno en la tierra…

la tierra
es el infierno dispuesto para los refugiados.


10


tu sangre muda no hablará
mientras te enorgullezcas de la muerte
mientras sigas anunciando –en secreto– que has puesto el alma
en manos de aquellos que no saben nada

perder tu alma va a costarte tiempo,
bastante más de lo que te llevará consolar
a tus ojos, que han llorado lágrimas de petróleo


(*) Tanzeel es un nombre masculino, común en árabe. Significa «Revelación».


viernes, 3 de agosto de 2012

Ozymandias, una obra maestra de Shelley

Ozymandias, según Michael Fairchild.



El poeta y el poema. Percy Bysse Shelley imagina el encuentro con un viajero. Hay un personaje que nos lo cuenta por él. Entre verso y verso sentimos que la arena del desierto nos salpica, el sol nos cae sobre las cabezas ardientes. El poeta pronto desaparece de escena, y deja que hable su interlocutor. 

Lo que nos cuenta es la descripción de un monumento caído, gigantesco, descomunal, que parece traer a cualquiera que lo mira la presencia de aquel soberano magnífico, déspota y poderoso. Es una enorme virtud la del escultor, reflexiona el viajero, la de tallar sobre la piedra la gelidez de un tirano impiadoso y soberbio como aquel, que ya forma parte del pasado pero cuya voz parece resonar todavía. Ese rey ya no está, ha caído tal como ahora su efigie, pero lo que parece un retrato de la magnífica obra de arte, acaba siendo, en el final del soneto de Shelley, una reflexión moral sobre la fugacidad de la vida y la muerte, igualadora e imperturbable. Basta leer lo que dice el pedestal de esa estatua destruida para caer en la cuenta de que toda la magnificencia que representó es cosa de nada, al fin y al cabo.

Ozymandias, el soneto en cuestión, es tan sólo una de las obras maestras de Shelley (1792-1822), aquel poeta de cuya muerte se cumplieron 190 años el pasado 4 de julio de 2012.

Polemista temible (muy pronto declaró su ateísmo y publicó notables y valientes libelos en los que criticaba la religión y la superstición), escandaloso (propugnaba el amor libre, aunque estaba casado con la también notable Mary Wollstonecraft Godwin, autora de Frankestein) y precoz (fue pilar del romanticismo inglés y murió antes de cumplir los 30), su poesía contradice a su poema mayor: todo será una ruina, pero sus versos aún brillan, no han podido ser enterrados.

Percy B. Shelley en una pintura de Alfred Clint.
La traducción. El poema Ozymandias es un verdadero prodigio, una verdadera maquinaria yámbica de perfección musical, pero también notable por su capacidad para tocar un viejo gran tema con la novedad de la obra maestra. En este caso, de lo que habla Shelley a través de la escultura de un rey es de cómo todo lo magnífico es nimio ante la descomunal estatura de la muerte y el fluir irrefrenable del tiempo. 

Desde su publicación, en 1818 (surgida a partir de una compulsa de Shelley con un amigo, a quien lo desafió a escribir un poema sobre una estatua de Ramsés que había llegado a Londres), el poema ha ejercido una notable influencia. La dificultad de su traslación a otra lengua explica, en parte, la abundancia de traducciones literales que esquivan toda métrica y rima. Entre los primeros que se atrevieron fueron Vicente Gaos y Manuel Altolaguirre. Miguel Sánchez Pesquera, en tanto, eligió olvidar el formato del soneto y lo convirtió en su traducción en un poema de 20 versos, lo cual es buena muestra de la riqueza conceptual que supo condensar Shelley en apenas 14.

A continuación presento mi propia versión, en la que he trabajado a partir de una traducción previa que publiqué en 2008 y en la que me permitía cierta libertad musical. En este caso he avanzado sobre aquel esbozo, en un doloroso trabajo con las rimas y los acentos, para intentar reflejar en un endecasílabo clásico castellano la magnífica musicalidad conseguida por Shelley en sus pentámetros ingleses.


Manuscrito de la primera versión del soneto.

Ozymandias

by Percy Bysse Shelley

I met a traveller from an antique land
Who said: Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desart. Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them and the heart that fed:
And on the pedestal these words appear:
«My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!»
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.


Ozymandias

de Percy Bysse Shelley
Traducción de Fernando G. Toledo

Vi a un viajero de tierras muy remotas.
«Hay dos piernas —me dijo— en el desierto,
Son de piedra y sin tronco. Un rostro yerto
Sobre la arena yace: la faz rota,
El frío de esos labios de tirano,
Hablan del escultor que ha conseguido
Reflejar la pasión, y ha trascendido
Al que pudo tallarla con su mano.
Hay algo escrito en ese pedestal:
“Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad 
Mi obra, hombres de poder! ¡Desesperad!”.
La ruina es de un naufragio colosal.
A su lado, infinita y legendaria
Sólo queda la arena solitaria».


Versión: 2008-2012.

domingo, 8 de abril de 2012

Traducir la noche, traducir la muerte




José María Blanco White (1776-1841) tenía unos treinta años y una promisoria carrera diplomática en su España natal cuando debió buscar refugio en Inglaterra. Hijo de un vicecónsul inglés y una madre española, Blanco se vio obligado a huir cuando los franceses invadieron Andalucía.
Ese hecho político acabó teniendo una importancia crucial para la poesía inglesa del siglo XIX, puesto que el español Blanco, formado en un hogar bilingüe, profundamente católico, decidió adoptar la lengua del país que lo acogió para expresar su formidable talento literario. La añoranza de su país natal y las crisis religiosas por las que atravesó no impidieron al poeta escribir algunos de los textos más notables en el inglés de su tiempo.

En otra lengua
La fama de Blanco White (cuyo albo apellido intenta, en esa traducción incluida, reflejar el carácter también bilingüe de su personalidad) se debe fundamentalmente a un poema en inglés firmado en 1825, que está considerado «el mejor y más notable soneto escrito en nuestra lengua», según Coleridge.
Este soneto llegó a mis ojos en otoño de 1998. Fue en un número del Diario de Poesía de esa época, dedicado a la traducción, y junto con una noticia biográfico-literaria firmada por Guillermo Piro (de la que he tomado los datos de los primeros párrafos), se publicaba el poema original, acompañado por una serie de traducciones célebres del mismo, además de dos versiones novísimas de Leónidas Lamborghini, realizadas por encargo de la revista.
Por ese entonces yo mismo ultimaba los detalles de lo que iba a ser mi primer libro de poemas, y mi pensamiento estaba, creo recordar, particularmente sensible a la vibración estética. Y, sin dudas, Night and Dead, es un soneto de tal perfección que no pudo menos que impresionarme, no sólo por la magnitud de su belleza, sino por lo que había representado para diversos traductores, la mayoría de ellos también poetas, durante tantos años. Un magnetismo, seguramente, potenciado por los polos de las dos lenguas en pugna, que Blanco White ejercía en carne propia.
Un difundido retrato a lápiz del poeta.
No se sabe que el propio poeta haya volcado a su lengua natal ese soneto sobre la noche como un ropaje de la muerte. Pero sí está claro que de inmediato fueron muchos los que se abocaron a la febril tarea de trasladar la punzante y ominosa música del pentámetro inglés a los, acaso, más sedosos endecasílabos o bien alejandrinos castellanos.
Piro anotaba y comentaba, en su artículo, algunas características de las traducciones incluidas en la publicación. A las rimadas y endecasílabas de Alberto Lista (1837) y Rafael Pombo (c. 1882) las aludía con una cita de Menéndez Pelayo. Era «poco feliz» la primera y «una paráfrasis» la segunda. Apunto al margen que, además, la de Lista utiliza la vía de los antónimos para traducir el título: El sol y la vida.
A la versión en alejandrinos y sin rima realizada por Antonio Elías en 1954, como una reacción al desagrado que a éste le provocaba la de Pombo, el autor del artículo le achacaba con justicia «reiteradas asonancias». Luego venían dos versiones de Jorge Guillén, ambas con versos de catorce sílabas, sin rima la primera y rimada la segunda, en las que se busca «conservar los valores formales» del soneto original pero cuyo principal defecto es ser «excesivamente guillenianas».
Luego Piro compartía, sin comentarla, la versión que Jesús Díaz preparó en 1986 para una edición de la obra poética de Blanco White editada por Visor (1994). Mi comentario podría parecerse al que dedicó Menéndez Pelayo a la de Pombo, aunque la de Díaz es más musical, pero no por ello menos cargada gratuitamente de adjetivos psicológicos que exageran el «pasmo» mucho más sutil del poema original.
La versión de Esteban Torre, que mereció, informaba Guillermo Piro, un premio de traducción en 1988, era quizá la mejor de las consignadas, aunque para mi gusto cometa un desplazamiento injustificado hacia la primera persona (sólo tácita en el original de Blanco White), lo cual hace de la suya una versión cuyas resonancias enigmáticas terminan atenuadas.
Sobre la traducción de Eliseo Diego (1991), Piro incorporó un comentario del propio poeta-traductor sobre su versión: «Me pregunto qué diría Blanco White si pudierse leer su poema inglés en el español que él abandonara. No me atrevo siquiera a imaginarlo. El soneto perdió sus rimas en el vuelo de un idioma a otro, Dios nos valga».
Por último, en las dos versiones de Leónidas Lamborghini aparece, como en el par de las de Guillén, un exceso de intervención del traductor. Aunque en este caso, se supone, el «lamborghinismo» es deliberado y entonces, en esos términos, el resultado tiene buen nivel.

El juego de la traducción
Pero visto ese espectáculo de versiones, traducciones y, por qué no, traiciones, el poder que emanaba del soneto original seguía produciendo en mí una seducción difícil de eludir. Mis experiencias con la traducción se reducían, por aquel tiempo, a tareas menos arduas. Apenas había volcado al español una veintena de poemas (de verso libre) de Paul Auster, junto con algún otro ejercicio sin importancia.
Retrato al óleo de Blanco White.
Esa inexperiencia no impidió que me animara, después de varios años de titubeos y traslaciones literales en verso libre y luego en verso blanco, a una traducción que sirviera de exorcismo para el hechizo de este soneto irresistible.
El hechizo no fue conjurado. Pero algo se formó de ese trabajo de destrucción y rehechura. Juntas y en explosión, la lengua y la poesía parecen dictar preceptos a cumplir. Fascinación mediante, la tarea de la traducción, maldita y hermosa, putrefacta, ineludible, es entonces un juego en el que sólo se triunfa haciendo trampas.
Así, mi versión endecasílaba del soneto resigna rasgos, anécdotas y elementos del poema original de Blanco White en pos del rigor métrico, para el cual también son convocadas palabras ausentes (aunque en lo posible, no ajenas) en el soneto primero. La acentuación clásica ha sido respetada en la medida de lo posible, aunque apartándola en algún caso cuando resultara más importante el crescendo propio de Blanco White: el último verso es el mejor ejemplo de esto.
La segunda versión (¿o, también, «paráfrasis»?), en alejandrinos de laxos hemistiquios, se acomoda mejor a la comparación con Night and Death en cuanto a expresiones, vocablos y giros. Incluso, quizá, a la combinación de sonido y sentido, por cuanto el inglés posee mayor expresión en un espacio menor de tiempo –las palabras suelen ser más cortas–. Aun así, hay concesiones, aunque el objetivo es que se diluyan en el todo y, mejor todavía, formen parte integral sin delito de extranjería. Es indispensable, en cualquier caso, una lectura acompañada por la presencia del original.
Si hay que hablar de preferencias, todo depende del parámetro elegido (lo cual delataría cierto principio de imperfección implícita en toda traducción). Supongo que en mi versión endecasílaba funciona mejor la armonía sonora; y en la alejandrina, alcanza mejor cariz el desarrollo lógico de la idea de la noche como una metáfora de la muerte. Creo preferir la primera porque a veces la música acompaña y completa los sentidos. Creo preferir la segunda porque el sentido compone su propia música con la simple repetición de su secuencia. En definitiva, prefiero el original para volver a traducirlo, una y otra vez, hasta que la noche nos separe.


Night and Dead

by José María Blanco White


Mysterious Night, when the first man but knew
Thee by report, unseen, and heard thy name,
Did he not tremble for this lovely frame,
This glorius canopy of light and blue?

Yet’neath a curtain of traslucent dew
Bathed in the rays of the great setting flame,
Hesperus with the host of heaven came,
And Io! creation widened in his view.

Who could have thought what darknes lay concealed
Within thy beams, oh Sun! Or, who could find,
Whilst fly, and leaf, and insect stood revealed,

That to such endless orbs thou mad’st us blind!
Weak man! Why to shun death this anxious strife?
If light can thus deceive, wherefore not life?


Noche y muerte

por José María Blanco White
Versiones de Fernando G. Toledo, 2002


(Versión 1)

Noche extraña, cuando el hombre primero
Supo sin conocerte que vendrías,
¿Tembló al mirar el marco que ofrecías,
Temió perder su toldo azul entero?

Pero, bajo el rocío duradero,
Llegó Héspero cuando el ocaso ardía,
¡Y lo creado en sus ojos crecía,
Con las huestes del cielo justiciero!

¡Oh Sol, quién descubrir así pudiera
La oscuridad en tu rayo emboscada!
¡O quién adivinar que está escondida

En las hojas e insectos la ceguera!
¡Débil criatura! La muerte no es nada.
Si engaña la luz, ¿por qué no la vida?



(Versión 2)



Extraña noche: cuando tuvo  el hombre reporte
De ti, sin verte supo, o le fue revelado,
¿Tembló tal vez por este admirable bordado,
Este brillante, azul, y glorioso soporte?

Mas traído en un velo de gotas su transporte,
Por el ardiente fuego del ocaso bañado,
Con la hueste del cielo ya Héspero ha llegado:
¡Su vista la creación del sur extiende al norte!

¡Quién iba a sospechar que había oscuridad
Entre tus rayos, Sol! ¡O entrever la verdad
oculta entre las moscas, los insectos, las hojas,

La ceguera del orbe a la que nos arrojas!
¡Débil hombre! ¿Por qué negar la muerte tienta?
¿No engañará la vida si la luz aparenta?

* * *


Otras versiones

El sol y la vida

¡Oh noche! Cuando a Adán fue revelado
quién eras, y aun no vista, oyó nombrarte,
¿no temió que enlutase tu estandarte
el bello alcázar de zafir dorado?

Mas ya el celaje etéreo, blanqueado
del rayo occidental, Héspero parte;
su hueste por los cielos se reparte,
y el hombre nuevos mundos ve admirado.

¡Cuánta sombra en tus llamas ocultabas,
oh Sol! ¿Quién acertara, cuando ostenta
la brizna más sutil tu luz mentida,
esos orbes sin fin que nos velabas?
¡Oh mortal! Y ¿el sepulcro te amedrenta?
Si engañó el Sol, ¿no engañara la vida?

Versión de Alberto Lista, 1837



La noche

Al ver la noche Adán por vez primera
Que iba borrando y apagando el mundo,
Creyó que, al par del astro moribundo,
La Creación agonizaba entera.
Mas luego, al ver lumbrera tras lumbrera
Dulce brotar y hervir en un segundo
Universo sin fin... vuelto en profundo
Pasmo de gratitud, ora y espera.
Un sol velaba mil; fue un nuevo Oriente
su ocaso; y pronto aquella luz dormida
Despertó al mismo Adán, pura y fulgente.
...¿Por qué la muerte al ánimo intimida?
Si así engaña la luz tan dulcemente,
¿Por qué no ha de engañar también la vida?

Versión de Rafael Pombo, antes de 1882


La noche

¡Oh noche misteriosa! Cuando tu imperio y nombre
a nuestro primer padre fue por Dios anunciado,
¿no tembló por la fábrica adorable del mundo,
por la luz y la gloria de la bóveda azul?
Mas, cuando tras un velo de rocío que enciende
con sus rayos la gran llamarada poniente,
surge Véspero al frente del ejército celeste,
¡oh!, a la vista del hombre la Creación se ensancha.
¡Quién hubiera pensado la tiniebla escondida
dentro de tus fulgores, oh sol, y quién creyera
que al revelar la flor, la hoja y el insecto
nos cegabas al brillo de orbes innumerables!
¿Por qué, pues, nos encoge la angustia de la muerte?
Si así la luz engaña, ¿no ha de engañar la vida?

Versión de Antonio Elías, 1954


Noche y muerte (versión I)

¡Oh Noche de misterio! Cuando te conoció
Nuestro padre inicial, según sacra noticia,
Y tu nombre escuchó, ¿no tembló -ya nocturno-
Ante el dosel glorioso de fulgor y azul?

Pero tras la cortina -traslúcido rocío-
Que traspasaban los rayos de occidental hoguera,
Héspero con la huestre de aquellos cielos viene,
Y a los ojos del hombre la creación se ensancha.

¿Quién imaginó que dentro de los rayos
Se ocultase tal sombra, quién, oh Sol, pensaría,
Mientras se nos revelan hojas, moscas, insectos,

En orbes invisibles, porque tú nos cegaste?
¿Y tan ansiosamente luchamos con la muerte?
¿Si así la luz engaña, no habrá engaño en la vida?



Noche y muerte (versión II)

¡Oh Noche misteriosa! Cuando el varón primero
Conoció hasta tu nombre, informe era divino,
¿No se apresuró temblando frente a frente al destino
Del glorioso dosel con tanto azul entero?

Pero tras el rocío -cortina transparente-
Que atraviesan los rayos del crepúsculo en llama,
Héspero a los ejércitos del firmamento llama:
Más Creación descubren los ojos y la muerte.

¿Y cómo presentir que en tus rayos alojas
Oculta oscuridad, oh Sol, y convertida,
Después de revelados insectos, moscas, hojas

En orbes invisibles tras tu mismo esplendor?
Si así la luz nos miente, ¿no nos miente la vida?
A nuestro fin mortal, ¿por qué oponer horror?

Versiones de Jorge Guillén, 1969 y 1971


La noche y la muerte

El día aquel que Adán, noche sombría
De tu llegada al serafín oyera,
Temblando estuvo por su alma esfera,
Por la bóveda azul que relucía.
Tembló hasta que, lumbre que caía
Y el relente de seda que cayera,
Salió el lucero con su hueste entera
Y, era de ver: ¡la creación crecía!...
Oh quién pensado hubiera tal negrura
Dentro del sol; quién pulga iluminada,
O mosca o flor de cada luz sentida,
Y tal inmensidad del orbe oscura.
La angustia ante la muerte es para nada.
Como engaña la luz, miente la vida.

Versión de Jesús Díaz, 1986


La noche y la muerte

Oh noche oscura, si por vez primera
te viera yo venir, ¿no temblaría
temiendo que esta clara luz del día,
este milagro azul se deshiciera?
Pero, si ya el lucero reverbera
al caer la tarde, y la alegría
de mil estrellas nace, ¿negaría
que brilla más la creación entera?
¡Quién hubiera pensado, oh noche oscura,
que el propio Sol pudiera ensombrecerte,
tenerte entre sus rayos escondida!
Eres gloria de paz y de hermosura.
¿Por qué temer, entonces, a la muerte?
Igual que el Sol, ¿nos cegará la vida?

Versión de Esteban Torre, 1988



A la noche


¡Extraña noche! Cuando el primer padre
tuvo de ti noticia, oyó tu nombre,
¿tembló quizás por la adorable forma,
la regia cúpula de luz y azul?
Mas bajo un velo de rocío translúcido,
entre los rayos del poniente en llamas,
Héspero con la hueste etérea vino,
¡y el hombre vio ensancharse la Creación!
¿Quién pudo imaginar tales tinieblas
allá en tus rayos, sol, o quién pensó,
mientras insectos y hojas se perfilan,
que a innumerables orbes nos cegaras?
¿A qué rehuir la muerte, pues, ansiosos?
Si engaña así la Luz, ¿qué hará la vida?

Versión de Eliseo Diego, 1991



¿Se apagó esa gran luz?... (I)

«¿Se apagó esa gran luz? ¿Volvíame ciego?;
fue tan honda la angustia desatada,
que muy adentro mío oí mi nada
sin consuelo gemir: era mi ruego».

«(Hablo desde ti mismo y no lo niego,
el misterio de hablarte me anonada,
porque es mi voz de Génesis trucada,
de aquel tiempo a este tiempo, sin sosiego)».

«Asomándome, luego, luces en lo alto
vi cambiar; no, esa luz no era la misma,
pero alcanzó a calmar mi sobresalto».

Desde aquel primer mono fue la duda
y el terror de un final que nos abisma:
¿mas no será cual luz que en otra muda?


¿Se apagó esa gran luz?... (II)

¿Se apagó esa gran luz? ¿Volvíame ciego?;
fue tan feroz la angustia desatada,
que hondo desde la cueva aullé mi nada:
como un loco gemía, era mi ruego.

(Hablo desde tu adentro y no lo niego,
el misterio de oírme me anonada,
porque es mi voz de Génesis trucada,
de aquel tiempo a este tiempo sin sogiego).

Asomándome, empequeñecidas,
vi en lo alto luces, no la misma,
mas sospeché una argucia repetida.

Desde el principio, entonces, fue la duda,
el engaño, el terror que nos abisma
y a que a mi grito el tuyo propio anuda.

Versiones de Leónidas Lamborghini, 1995