lunes, 10 de junio de 2024

Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda, cumple 100 años

Retrato de Pablo Neruda por Renato Guttuso.

 Pájaros que dormían en tu alma


por Fernando G. Toledo

Hay pocos libros de poesía contemporánea en español de los que pueda decirse que han influido a generaciones enteras, pocos que han vendido tantos ejemplares, pocos que pueden seguir encarnando ese ideal romántico como Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el libro de Pablo Neruda que está cumpliendo un siglo desde su primera edición.

Si revisamos la inusual popularidad del libro, un verdadero éxito editorial que trasciende todo análisis meramente literario (por las implicaciones culturales de la obra), hay que decir que el último conteo oficial data de hace 20 años, cuando este poemario llegó a los tres millones de ejemplares vendidos. A pesar de que su poesía evolucionó notablemente en los años siguientes, hasta llegar a la concreción de obras cruciales para la poesía de América como Residencia en la tierra o Canto general, Neruda jamás cometió el pecado de despreciar a esta obra aun cuando se tratara de un libro de juventud.

De hecho, cuando en 1960 el libro alcanzó el millón de ejemplares vendidos, Neruda prologó la edición conmemorativa de ese año con un texto titulado Pequeña historia, en el que se lee: «Por obra del curioso destino, los Veinte poemas… continúan siendo un libro de aquellos que se aman. Por un milagro que no comprendo, este libro atormentado ha mostrado el camino de la felicidad a muchos seres. ¿Qué otro destino espera el poeta para su obra?».

Reducir, sin embargo, el valor del libro a su popularidad, aun cuando esta se imponga por contundencia, sería cometer un error. Y es que junto con esa popularidad hay un influjo que se vuelca de los lectores en los autores iniciados, en el sentido de que por mucho tiempo (quizás durante todo el siglo que ya festejan los Veinte poemas…), el de Neruda ha sido el volumen de poesía que ha acompañado el inicio de la trayectoria poética de muchos autores de lengua española. 

No muy distinto fue el recorrido del propio autor chileno al escribirlo. Un año antes de este libro, el precoz poeta de 19 años había publicado Crepusculario (1923), que pronto llamó la atención de sus contemporáneos chilenos, entre ellos el escritor conocido por el seudónimo Alone. Si en el ese libro inicial el modernismo de la época parece evidenciarse más claramente, en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, la influencia más clara, y la reconocida por el propio autor sin ambages, es una muy distinta. Carlos Sabat Ercasty, quien había publicado en 1917 un libro inicial llamado Pantheos resultó una revelación para Neruda. Leer el libro del uruguayo es descubrir los cimientos de ese Neruda, desde la cuestión tipográfica (el uso de signos exclamativos de cierre, al modo inglés, el corte de besos) hasta el encendido romanticismo del planteo.


Pero no todo es imitación en Neruda, ya que la voz del futuro Premio Nobel (lo obtuvo en 1971) empieza a resonar claramente, en poemas de sorprendente perfección formal (dominan los versos endecasílabos y los alejandrinos, además de la rima asonante), en los que esta parece eclipsada por la potencia de sus imágenes y el hondo, pero sutil erotismo que rezuman los textos. En este sentido, la corporalidad que dibuja ya desde los primeros versos del poema inicial («Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos (...) / Mi cuerpo de labriego te socava / y hace saltar el hijo del fondo de la tierra»).

La destinataria de los versos no es una, aunque siempre le hable con la misma intensidad. Parece una síntesis de algunos amores de juventud, que se dan cita de manera innombrada. A veces, ciertamente, la mujer está junto a él y actúa en presente, pero en otras ocasiones el poema es un arma contra el olvido, contra lo pasado, contra lo alejado: «Por qué se me vendrá todo el amor de golpe / cuando me siento triste y te siento lejana?». En este sentido, el poema más célebre es casi un paradigma. En «Puedo escribir los versos más tristes esta noche» (Poema 20), Neruda traza un paisaje desolado en uno de los más conmovedores poemas de amor de nuestro tiempo, que no puede más que desembocar en esa «canción desesperada» con la que cierra el breve e intenso volumen y en el que ya pueden apreciarse poderosas imágenes emparentadas con las que el poeta trazará en su obra maestra (Residencia en la tierra), como cuando canta, dolido: «Abandonado, como los muelles en el alba. / Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos. / / Ah, más allá de todo. Ah, más allá de todo»).

Libro que borra las fronteras del lector culto y el iniciado, versos para aprender a escribir, germen de uno de los poetas mayores de nuestra lengua, Veinte poemas de amor y una canción desesperada pareciera no envejecer, con un siglo encima. Quizás porque, parafraseando uno de sus versos, siempre consigue en quien lo lee, que despierten «pájaros que dormían en su alma».





Un poema de
Veinte poemas de amor y una canción desesperada
de Pablo Neruda

Poema N° 20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque este sea el último dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

martes, 16 de abril de 2024

8 poemas de Cristian Aliaga


 

Cristian Aliaga nació en Darragueira (Provincia de Buenos Aires), aunque se crio en la Patagonia. Tras recibirse de Licenciado en Comunicación Social por la Universidad del Comahue (General Roca, Río Negro) se instaló en Comodoro Rivadavia (Chubut), donde comenzó trabajando en el diario El Patagónico.
 
Luego de dirigir el gabinete de Prensa de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (donde se desempeñó como docente desde 1987 hasta el final de sus días), volvió a El Patagónico, esta vez a cargo de la redacción. También tuvo una labor en radio, a cargo de programa como La vuelta al día y El Banquito.

Posteriormente se trasladó a otra localidad de la familia en que residía, Lago Puelo, para interesarse por temas de los «pueblos originarios», como mostró en artículos para el medio El Extremo Sur.
 
Publicó numerosos libros de poesía, pero también relatos de viajes y ensayos. Entre sus títulos destacan: La sombra de todo, Música desconocida para viajes, La caída hacia arriba, La pasión extranjera y el más reciente: La nostalgia del futuro (2023).

En su rol de editor, dirigía Ediciones Espacio Hudson, que publica libros de pensamiento crítico, ensayo, poesía y narrativa.

Falleció el 16 de abril de 2024 en Buenos Aires, adonde había sido trasladado por complicaciones de una neumonía.


El poema de la muerte

Y si viene la muerte 
la divertiré

y si escribe un poema 
para darme lo que buscaba 
antes del fin 
diré que he perdido

la memoria 
y el interés

y la divertiré.

Y luego 
copiaré el poema 
de la muerte.


Edificar sobre plumas

Edificamos sobre plumas el cisne 
blanco que se ahogará. No es culpa del objeto, 
somos animales de antes del diluvio. 
Crímenes de toda especie 
se consuman sin que lo admitamos. 
Una lengua no es suficiente, una ética tampoco.


El sentimiento turbio

Una letra azul hasta que la hoja acabe en negro,
siempre, el final.
Ese color de fin de era se impone al rojo, alternan sangre los dos.
Querer condensar en un verso largo esa pálida voz perfecta.
Es turbio el sentimiento, tiene el poder
para anular la angustia por segundos;
de la inteligencia sacamos eso, angustia,
por estar al acecho. Pero el sentimiento es adictivo
aunque se pierda
en la dulce turbiedad
de un tren que pasa a velocidad constante en otra vida.


Mi madre hierática no fue,

el padre mío sí, cantaba tangos 
en la oscura siembra. 
Imaginaba París para cantar 
como un uruguayo.

Ah, los señores 
que lo ungieron al arado.

Hemos sido insensatos, 
sedientos, santos de catedral destruida, 
infancias pobres, gauchitos giles, 
del amor aquél cruel que suscita 
desastre, 
pero no descarten el futuro en esos imbéciles de genealogía, 
yo mismo el instrumento, los bueyes,
mi padre y yo.


La entrega

he entregado de mí el alma 
a la negra de Baudelaire

en adelante me repliego en el hablar 
hablo la carencia del poema 
suscito emociones de abandono 
en el barro más dulce de mente

soy una mujer no el poeta 
ardida por el desprecio 
trabajada por el amor 
de Baudelaire 
ya inmóvil, religioso en la isla

soy una negra como poeta
querida

para siempre
al sol del tiempo abandonada


Maltratado y plácido

pesa la mano sobre lo escrito
cargada la mano 
resiste el peso 
que el brazo le impone 
el cuerpo entero 
maltratado y plácido 
viaja por la mano 
hasta lo escrito 
el aerolito inalcanzable 
golpeó al cerebro 
que hace los movimientos 
del acróbata 
sin dominar al cuerpo 
que lo escribe


Estirar la mano 

Estirar la mano como quien pide un don
y se arrepiente,
deja el gesto en el aire y pide menos que nada
para seguir.


Arte, poética

Un poeta –un lobo sin cartel–
no muestra sus cartas, no baraja
de nuevo, no escancia vinos
que no es capaz de beber.
Es un animal procaz
que no ve detrás de las ventanas
sino más allá de las rejas,
un espectro sordo
que no domina su carga
y se entrega a ella.
Un poeta –un punto azul sobre la mesa–
no mira para ver
sino para abrir los ojos.



viernes, 12 de abril de 2024

Los collados eternos: el libro de Alfredo Bufano que regresó en edición de lujo

Andrés Casciani y Marta Castellino.



Esta obra, publicada originalmente en 1934, se reedita en una versión que incluye un prólogo de Marta Castellino y numerosas ilustraciones de Andrés Casciani.




El nombre de Alfredo Bufano no es uno más para el paisaje de la literatura argentina en el siglo XX. Emblema del poeta órfico, dado «en cuerpo y alma» a su obra, el escritor nacido probablemente en Italia, pero criado en San Rafael y con una extensa carrera en Buenos Aires, fue uno de los más prolífico y admirados líricos de su tiempo, merced a obras de perfección técnica y viva emotividad que le granjearon cierta fama y reconocimiento que bien pueden reflejarse en escuelas y calles que llevan su nombre en distintos puntos de la Argentina.

Y si bien el nombre de este poeta que murió en 1950 parece resonar en nuestra memoria cultural, no siempre sus obras están tan presentes, reeditadas y a la mano de todo aquel que quiera sopesar su valía. Aunque ha sido objeto de recopilaciones de su obra y de algunas antologías, tanto en Mendoza como en Buenos Aires, los de Bufano suelen ser libros que se hallan como un tesoro en librerías de usado o propios de buscadores bibliográficos. 

Alfredo Bufano.


Es por esa razón que la nueva edición de Los collados eternos (1934), una de sus obras más declaradamente místicas y difíciles de conseguir, resuena como una novedad encomiable en estos días. El libro, además, aparece con dos soportes que lo enaltecen y le agregan valor: un prólogo de la especialista Marta Castellino (quien tuvo a cargo la edición) y las numerosas ilustraciones del pintor mendocino Andrés Casciani, un habitual ilustrador de obras literarias.

El libro fue presentado el viernes 12 de abril de 2024, en la librería García Santos de la Ciudad de Mendoza. Antes de eso, Marta Castellino y Andrés Casciani compartieron las particularidades y valor de esta publicación.

–¿Qué papel ocupa Los collados eternos en la frondosa obra de Alfredo Bufano, tanto en lo estilístico como en lo temático, si cabe hacer aquí esa distinción?
–Marta Castellino (MC): En cierto modo, se podría decir que Los collados eternos es un libro único dentro de la producción poética de Alfredo Bufano, al menos desde el contenido. Si bien la relación con lo religioso es una constante que impregna toda su obra, este libro pertenece a una tradición hagiográfica (relatos de vidas de santos) de raigambre medieval y que casi no registra ejemplos similares en la lírica contemporánea. En cuanto a la forma, en cambio las composiciones de este libro pueden incluirse dentro del vasto «romancero» de Alfredo Bufano: un conjunto de composiciones escritas en verso octosílabo, con rima asonante, que aparece en gran parte de sus obras. El cultivo de esta forma relaciona a Bufano con las búsquedas popularistas y neopopularistas de grandes poetas españoles modernos, como Federico García Lorca, además de relacionarlo con la tradición medieval.

Ilustración de Andrés Casciani para Romance a un viejo templo de la ciudad de San Luis


–No parece que sea, a diferencia de títulos como Valle de soledad o su Romancero, la obra más presente en la actualidad. ¿A qué puede deberse? ¿Quizás a su declarado contenido místico-religioso?
–MC: Efectivamente, la poesía más difundida de Bufano es la que se asocia con la «postal» del oasis mendocino, que es por otra parte la línea temática más cultivada por el poeta. Ciertamente el contenido religioso exige en principio otro tipo de lectores. Por eso surgió la idea de publicar este libro, en una especie de edición conmemorativa, porque se cumplen noventa años de su publicación original (1934). Y la idea fue fomentar la lectura componiendo un volumen ilustrado, en el que la belleza del texto y de la imagen se complementen. Cabe aclarar, de paso, que Los collados eternos contiene alguno de los poemas más bellos de Bufano, como es el Romance de la Anunciación.

–Se distingue mucho, tanto en referencias como en el uso clásico de versificación (casi sin variar entre el octosílabo y el heptasílabo) de su libro póstumo, Marruecos. ¿Eso habla también de una búsqueda constante de parte de Bufano por la obra poética?
–MC: La diversidad formal es una característica distintiva de la obra de Bufano, que cultivó con igual maestría, además del romance, los sonetos y el verso libre, en una búsqueda constante de adecuar la forma poética a los contenidos; de allí que el libro Marruecos, publicado póstumamente, contiene hallazgos expresivos que, con la alternancia de metros, trata de reproducir la musicalidad y el ritmo que él observó en la cultura africana, por ejemplo.

Ilustración de Andrés Casciani para Villancico de San Juan Bosco Niño



–¿Qué desafíos presenta ilustrar un libro de contenido tan particular como Los collados eternos?
–Andrés Casciani (AC): Es un inmenso honor acompañar la profunda poesía de Bufano. La temática que plantea en Los collados… me remitió inmediatamente a la estética de las láminas miniadas medievales: retratos de otro tiempo y otra humanidad, en los que el preciosismo de los detalles y las decoraciones sirven de marco a visiones plenas de esoterismo, utopías y misticismo.

–Hay un trabajo constante de tu parte con escritores mendocinos de la actualidad. ¿Qué representa hacerlo con un poeta que escribió este libro hace nueve décadas?
–AC: Es la confirmación de que el diálogo mágico y atemporal entre la ilustración y el texto es como viajar en el tiempo: habitás la poética y la visión del escritor como un intruso en su mundo, «filmando» con trazos lo que podés intuir en sus paisajes distantes.

Ilustración (capitular de la letra E) de Andrés Casciani para Romance del monje Martirio 



–El libro no sólo incluye ilustraciones de cada poema, sino también el uso de letras capitulares. No es usual ver hoy en día un libro de edición tan lujosa. ¿Lo ven así ustedes? ¿Creen que es una manera de revalorizar el libro impreso, a pesar del alto costo que puede tener?
–AC: La presencia de las capitulares, y de la gran cantidad de ilustraciones en general, remite a la época «sin tiempo» de los Libros de horas medievales: una concepción del libro como objeto mágico y sagrado. En ese sentido la intención de la edición apunta a rescatar arqueológicamente el libro, no sólo como vehículo del texto, sino de una experiencia sensorial integral, que invita a contemplar y percibir un hecho estético que trasciende la lectura. El libro como un objeto-ventana hacia una vida que no estaba tan asfixiada por la urgencia engañosa y alienante del mundo virtual digital.

–¿Cómo fue posible esta edición y qué repercusión esperan que tenga?
–AC: Esta edición comenzó a gestarse en 2019, cuando Marta me presentó su trabajo de investigación terminado, así que ha sido una verdadera travesía en la realización de las más de 20 ilustraciones. Atravesó la época de pandemia e incluso casi fue anulada su impresión. Gracias a la gestión de Marta ha llegado a ver la luz esta edición que es muy destacable en cuanto a la calidad de diagramación, la concepción del libro como objeto de arte y como patrimonio cultural literario.





Un poema de
Los collados eternos
de Alfredo Bufano

Romance de la Anunciación

Soledad de luna grande, 
profundo aroma de estrellas, 
quietud de viento dormido 
sobre montañas enhiestas, 
frescura de aguas inmóviles 
de alucinadas cisternas; 
verde penumbra tejida 
con flores recién abiertas; 
borroso huerto de estampa 
adivinado entre niebla; 
olor de cedros y pinos, 
y un gran silencio de cera.

Nazaret duerme en el alba, 
pero María está en vela; 
hila vellones de luna 
con blancas manos de seda; 
sus pies desnudos asoman 
de entre faldas de estameña. 
Hila que hila la Virgen 
vellones de luna nueva; 
deja de hilar, y sus ojos 
de claros mundos se llenan.

María espera en el alba, 
pero no sabe qué espera. 
Secreto gozo le dice: 
«¡María, no te me duermas!» 
Y el huso gira que gira, 
y la luna se desfleca 
para enredarse dichosa 
entre las manos de Ella.

De un hondo aroma de lirios 
se ha embalsamado la tierra: 
el Arcángel de oro y rosa 
entre dos ángeles llega. 
¿Cómo ha llegado, Dios mío, 
que no lo vio la Doncella? 
Florida vara de nardos 
relumbra en su fina diestra; 
son de celajes bordados 
sus alas auribermejas; 
rosa de luz es su boca 
y sus ojos dos turquesas.

La Virgen mira y no sabe 
si está dormida o despierta; 
inmóvil está en el alba 
y la voz divina espera. 
Gabriel está de rodillas como mi alma, ante Ella.

¡Y oyó el celeste mensaje 
que entre los siglos resuena!

¡No son más dulces los dátiles, 
ni son las grutas más frescas! 
¡No son los astros más limpios 
ni las nubes más ligeras! 
¡Ni en donosura lo iguala 
la muerte con ser tan bella!

¿Qué maravilla se ha obrado, 
Señor, en tu humilde Sierva, 
que así de júbilo llora 
su corazón, y la tierra 
temblorosa y palpitante 
se agranda en el alba inmensa?

¿Por qué los aires se ahondan 
y se aclaran las estrellas? 
¿Por qué de coros lejanos 
los altos cielos se pueblan?

Gabriel por rumbos ignotos 
su vuelo tiende y se aleja. 
Hila de nuevo la Virgen 
entre gozosa y severa. 
Sus manos mueven el huso 
y sus puros labios rezan. 
Celeste onda de amor 
la envuelve en llamas secretas.

¡El alba está entre los hombres! 
¡Nazaret se abre en la tierra!

martes, 9 de abril de 2024

5 poemas de Alejandro Nicotra




Alejandro Nicotra nació en Sampacho, Córdoba, en 1931. Publicó, en poesía: Cuaderno de Córdoba, Castellví, Santa Fe, 1957; Nuevas canciones, Colombo, Buenos Aires, 1965; El tiempo hacia la luz, Hachette, Buenos Aires, 1967; Detrás, las calles, Rialp, Col. Adonais, Madrid, 1971; Puertas apagadas, La Ventana, Rosario, 1976; Lugar de reunión, Taladriz, Buenos Aires, 1981; El pan de las abejas y otros poemas (antología), El Imaginero, Buenos Aires, 1983; Puertas apagadas/Lugar de reunión, Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, 1986; Desnuda musa, Alción, Córdoba, 1988; Hogueras de San Juan, El Imaginero, Miramar, 1993; Il pane delle api e altre poesie, Centro Internazionale della Grafica di Venezia, Venecia, 1993; Poesía (1976-1993), Alción, Córdoba, 1994; Cuaderno abierto, Ediciones del Copista, Col. Fénix, Córdoba, 2000; Antología poética, Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 2002; Lugar de reunión -Obra poética 1967-2000-, Ediciones del Copista, Córdoba, 2004; El anillo de plata, Ediciones del Copista, Col. Fénix, Córdoba, 2005; De una palabra a otra, Ediciones del Copista, Col. Fénix, Córdoba, 2008 y La tarea a cumplir, Editorial Brujas, Col. Fénix, Córdoba, 2014. Ha recibido, entre otras, las siguientes distinciones: Premio Arturo Capdevila del PEN Club Internacional, Centro Argentino, 1968; Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, 1977; Premio Esteban Echeverría de Gente de Letras, 1991; Premio Konex de la Fundación Konex, 1994; Premio Consagración del Gobierno de la Provincia de Córdoba, 2003; Premio Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional, 2013. Fue Miembro Correspondiente de la Academia Argentina de Letras. Falleció el 1 de abril de 2024 en Córdoba.


Recuerdo de Alfredo R. Bufano

Santa Fe, 1957


Le veo en alta noche, a orillas del Suquía, 
en la ciudad que nombran colinas y campanas; 
el cielo era un enjambre extático que ardía 
sobre su voz transida de músicas lejanas.

Distante de los álamos y las cumbres cuyanas, 
dolido por su patria, de la pampa traía 
el corazón sediento de alturas sobrehumanas 
y los ojos velados por la melancolía.

Le veo como entonces, en mi ciudad callada. 
¡Qué luna de trasmundo, qué cruel aire de frío, 
rondábanle la frente, al cielo levantada!...

¿Quién velará su dulce, su claro señorío? 
¡Le veo como entonces, en esta madrugada, 
y oigo su voz, ya eterna, en el canto del río!

(Publicado en La Prensa, 1957)


Enumeración urbana

Las avenidas que corren en la noche 
con todas sus lámparas encendidas, hacia el amor 
y desembocan en los baldíos y las sombras.

Y las plazas, los sitios 
en los que el tiempo respira y dice, por árboles 
y gárgolas: — Yo soy la eternidad...

Y los edificios, altos, 
con ventanas abiertas a un millón de existencias 
posibles. (Y no hay más que el cuarto, blanco y negro,
en que alguien está solo. Cuartos 
y cuartos como planetas fríos.)

Y los puentes, anacrónicos 
en la elegía y el suicidio, sólo pasos 
de una calle a otra calle.

Y las calles, que entre relámpagos 
y gritos, te conducen 
a la casa, sin nadie, de tu muerte.


Opinión sobre poetas

—Creía en ellos,
con alguna vacilación, es cierto,
como se cree en quienes han hablado con Dios
              en sus montañas, 
y cuentan el secreto; 
pero un día 
renegué de sus bocas de pájaros mentirosos;
después, los vi morir 
en una choza sucia,
ciegos y balbuceando palabras sin sentido.

Entonces volví a creer en ellos, 
en su sabiduría rota,
ya sin ninguna sospecha de cordura.

(Puertas apagadas, 1967-1976)


Estos pájaros

Como en un alba de invierno,
se buscan por las quiebras de tu voz, niebla
          y árbol,
sus oscuras bandadas. Ya no sé 
de dónde vienen
—ni a dónde van.
Me basta su azorado aleteo,
su trino lúgubre,
su llegada semejante a un adiós.

(Hogueras de San Juan, 1989-1993)


Escena/Epílogo

Al parecer, todo ha concluido.

(Desierto el libro, clausurada la lámpara, 
en sombra el párpado del hogar 
           y su gato.)

Sólo que la mañana ha vuelto. 
(Extiende, de cima a cima, un cielo frío 
            con luz rosada.)

(De una palabra a otra, 2006-2008)

jueves, 4 de abril de 2024

Entrevista a Diego Roel: «No me siento tan solo al escribir poesía mística, hay otros en la misma senda»

Diego Roel (foto: premio Loewe) 



El argentino, que residió durante un tiempo en Mendoza, acaba de recibir el Premio de la Fundación Loewe por su libro de poemas Los cuadernos perdidos de Robert Walser



A algún distraído el nombre de Diego Roel le puede parecer el de un recién aparecido. Un poeta argentino que, de pronto, comenzó a ganar premios internacionales: el premio Alegría en 2020 y el Premio de la Fundación Loewe ahora, este último uno de los más importantes en lengua española. Sin embargo, el trabajo de Roel (nacido en Témperley, Provincia de Buenos Aires, en 1980) es una tarea íntima, dedicada y sostenida desde hace 20 años, cuando se editó por Libros de Tierra Firme Padre Tótem - Oscuros lugares de revelación.

Roel, quien además es lector voraz de poesía y difusor de la misma, tiene además una vida itinerante cuyo camino lo llevó incluso a vivir en Mendoza durante dos años (2009 a 2010 y 2012 a 2013) hoy lo tiene campando a sus anchas, dado que se encuentra por un tiempo en España, adonde viajó para recibir el premio por Los cuadernos perdidos de Robert Walser, que le deparó el prestigioso premio Loewe y la publicación en la no menos prestigiosa editorial Visor.

En una parada de Madrid, justo cuando recupera una computadora que perdió por unos días, Diego Roel se dispone a charlar con esta tierra del otro lado del hemisferio de la que guarda buenos recuerdos.

—Estás en la gira de presentación de Los cuadernos perdidos de Robert Walser (Visor), el libro que ganó el premio Internacional Loewe de poesía. Primero que nada, ¿cómo estás viviendo estos días? 
—Vivo estos días con intensidad y alegría. ¿Qué me provoca? No sé. Una sensación rara. 

—Hablemos ahora del libro, ¿cómo surge y qué características tiene? 
—Surgió de una charla con una amiga poeta, Alejandra Boero. Ella me mencionó algunos aspectos de la escritura de Robert Walser que tendrían que ver con mi escritura. Yo no estaba del todo de acuerdo, entonces releí parte de la obra del escritor suizo, para refutarla. También leí el libro de Carl Seelig, Paseos con Robert Walser. A los 50 años, durante su segunda internación, Walser deja de escribir definitivamente y se contenta (si le creemos a Seelig) con su vida de paciente de un sanatorio mental. Entonces yo me imaginé unos cuadernos perdidos, una especie de diario apócrifo. Empecé a tomar notas y escribí los primeros poemas. Así surgió.

—Has hablado del «anhelo de invisibilidad» en el trabajo de muchos poemarios, esto es, ponerte una máscara y hablar como otro, sea Jonás, sea Hildegarda de Bingen o Robert Walser. ¿Qué caminos te abre ese ejercicio y cómo hacés para colar tu propia voz en esos textos? 
—Siempre es mi voz. Mi voz transfigurada, disimulada o atravesada por el mundo y las cosas del mundo. Pero siempre es mi voz.

—Robert Walser era un poeta andariego. Vos no lo sos menos, ya que tu biografía muestra un nomadismo curioso. Has vivido en varias provincias, incluida Mendoza. ¿En qué se funda esa vida? ¿Es algo buscado o se va dando? 
—No sé en qué se funda esa vida. No es algo buscado, es algo que me acontece. No sé qué decir al respecto. Me desplazo, no puedo evitarlo. ¿Mi vida en Mendoza? Trabajaba de cocinero en el resto-bar de mi hermano, Los Tres Viejos. Y coordinaba el ciclo de lectura homónimo. Organicé algunos recitales también. Mi memoria es pésima. Tocó varias veces Jorge Martín. Y una banda excelente, Jinete Azul. Varios artistas plásticos expusieron en el bar. Ahora sólo recuerdo a Andrés Casciari.

Diego Roel. Foto: Fundación Loewe.

—Comenzaste a publicar muy joven, con aquel Padre tótem que apareció por Libros de Tierra Firme. ¿Cómo fue tu formación poética, es decir, qué lecturas considerás fundantes en tu propia identidad como poeta? 
—Mi abuela, cuando era muy chico, me leía el Martín Fierro, la Divina Comedia, el Cantar de los cantares, los salmos, Job. A los 15 años conocí en Neuquén a Gerardo Burton y a Jorge Smerling. Gerardo me pasó una traducción suya de Aullido, de Allen Ginsberg (nunca la publicó, es una lástima porque es la mejor versión que leí). Ginsberg me voló la cabeza. Después vinieron: Saint-John Perse, Celan, Jabés, Claudel. Cuando me mudé a La Plata en 2001 conocí a Horacio Castillo. Castillo fue fundamental en mi formación, y en mi vida. Era un ser humano maravilloso, un poeta increíble y el mejor traductor de poesía griega moderna. Me leía en voz alta, en griego, a Elytis, a Seferis, a Ritsos. 

—Tu poesía es lírica y a veces se acerca a lo místico y religioso, en tiempos en que eso no es común. ¿Te sentís un bicho raro en ese sentido? 
—No me siento tan solo. Conozco a poetas que transitan, creo, la misma senda. No pienso mucho en la propia obra. Y nunca me interesaron las corrientes en boga. Todos los poetas que leo son, me parece, «bichos raros».

—¿Qué otras voces de la poesía contemporánea argentina te parecen dignas de destacar?
—Odio las listas de nombres, pero bueno, voy a ceder. A ver, te digo un poco desordenadamente: Inés Aráoz, Valeria Pariso, Mercedes Roffé, María Belén Aguirre, Lucas Margarit, Claudio Archubi, Raquel Jaduszliwer, Emilia Carabajal, Rita González Hesaynes, Elena Annibali, Noelia Palma, Gustavo Caso Rosendi, María Malusardi, Gabriela Álvarez, Gerardo Burton, Raúl Mansilla, Verónica Padín, Marina Serrano, María Bakun, Diego Muzzio, Diego Ravenna, Emiliano Campos Medina, Natalia Litvinova, Mario Nosotti, Claudia Masin, Carlos Battilana, Alejandro Méndez Casariego, Jotaele Andrade, Sandra Cornejo…  Bueno, te dije unos cuantos, un poco al tun tun. Odio las listas. 

—Después de Walser, ¿qué viene? ¿Estás trabajando en algún libro nuevo? ¿Siempre dentro de la poesía?
—Siempre dentro de la poesía. Andréi Rubliov y Walser son parte de una trilogía. Hay un tercer libro que cierra el ciclo. Tiene que ver con un pintor. Más adelante, en otra ocasión, te cuento.






Tres poemas de Los cuadernos perdidos de Robert Walser
de Diego Roel


Waldau

Sobre papel de desecho, sobre
recortes de diarios y revistas,
escribo a lápiz -con una letra
minúscula- poemas y relatos. 

El mundo se olvidó de mí.
Yo me olvidé del mundo.

Ahora todo me parece 
infinitamente mágico.



Vida solitaria

Lejos del camino, encerrado
en esta habitación, leo y releo
el libro de Silesius.

¿Acaso mi alma es límpida 
como un cristal?
¿Mi cuerpo nació del barro?

Benévolo lector:
el animal mira un trozo de tierra
y no comprende que en toda forma
habita una plegaria silenciosa.

Yo sólo anhelo llegar a ser 
luz que se expande hasta morir.



El paseo

Apunto en mi cuaderno el detalle 
de todo lo que me rodea.

Hablo de lo que tengo ante los ojos,
describo lo que toco y siento.

Veo en lo pequeño y en lo débil
cosas que nadie se atreve a vislumbrar.

¿Cómo puede algo o alguien
perderse y perecer?



Soy como el objeto más insignificante

En aquello que cae me afirmo 
y crezco.

Quiero olvidar y ser olvidado.

Me disuelvo en la percepción
del paisaje, me hago invisible.

martes, 5 de diciembre de 2023

La historia de un poema de Stella Maris Ponce

Stella Maris Ponce.



por Stella Maris Ponce
Especial para El Desaguadero


Creo que tendría 5 o 6 años cuando le pregunté a mamá por qué me habían puesto mi nombre. Y fue entonces que me contó la historia.

Ella era adolescente y tuvo que acompañar a mi abuelo Jacinto, su papá, a Buenos Aires por razones de salud. Lo iban a operar y esa intervención no podía hacerse en Concordia.

El viaje fue en barco, como se acostumbraba, y era un trayecto largo, parte del día y de la noche por el Río Uruguay. Cuando llegaron frente a la costa de Concepción del Uruguay, localidad que está a 150 km al sur de Concordia, grande fue su sorpresa al ver sobre las aguas algo que se destacaba por su luz en medio de la noche.

Al acercarse el barco descubrió que era un Faro y que en él estaba la imagen de la Virgen Stella Maris, patrona de los navegantes. Quedó impactada, la vio tan cerca, tan hermosa, y con ese nombre que guardó en su memoria para alguna vez.

El relato también quedó en mí durante mucho tiempo, hasta que empecé a cantar música afroamericana. Buscando repertorio, encontré un Negro Spiritual que se llama Hush, somebody’s calling muy name (Silencio, alguien está llamando mi nombre) Y de repente se reunieron el recuerdo de la historia de mi madre y esta canción que habla de la importancia de ser nombrados.

En ese momento empecé a escribir el poema, pero no salió enseguida, me costó darle cuerpo y alma, tuvo varias reescrituras y quedó en la carpeta de borradores. Tampoco encontraba un título que me convenciera y dejé esos versos de la canción como epígrafe.

Cuando estaba reuniendo material para el libro Spirituals, un corpus de poemas inspirados en canciones afroamericanas (negro spirituals, gospel, hollers, work songs) retomé la corrección de esos textos. Y ahí estaba, el poema del nombre. Supongo que le hizo bien reposar, o a mí me hizo bien vivir otras cosas en espera de la forma, porque pude encontrar las palabras que necesitaba, el tono que buscaba y creo que el texto maduró.

Mi madre ya no está, lo cual es sólo una forma de decir. Ella quería ver de nuevo el Faro, la Virgen, después de tantos años. Y yo quería volver «a la semilla». Por eso celebro ese viaje que pudimos hacer juntas al lugar donde se originó todo. En principio, mi nombre, y, por lo tanto, también mi vida.



Hay un video que registra momentos de esa travesía, en la cual sentí que las aguas nos acunaban y el tiempo parecía detenerse.

En latín, «stella maris», es estrella de mar. Para mí, es una luz en medio del río que me acompañará siempre.





Los nombres y la vida

Hush, hush somebody's calling my name
Oh my Lord, Oh my Lord what shall I do, what shall I do? (*)


stella maris en medio del río
madre la vio
y yo nací ahí
antes, mucho antes
de haber nacido
en ese nombre
con esa estrella de mar
sobre el uruguay de los pájaros
por la pura invocación sobre las aguas

ella miraba desde el barco
cielo y agua, agua y cielo
hasta que apareció la imagen
con un manto de pliegues celestes
en medio del faro anochecido

quizá el temor y la soledad
le hicieron decir: es enorme la virgen

y hubo luz de aura en sus ojos
cuando pensó
si alguna vez...
si llega a ser niña...

y dice ella que entonces juntó las manos
y sacando aire de sus entrañas
exhaló el primer soplo
y me nombró.



(*) Silencio, alguien está llamando mi nombre / Oh, mi Señor, oh mi Señor, ¿qué voy a hacer, qué voy a hacer?

Stella Maris Ponce
Del libro: Spirituals, Ediciones Del Dock, Buenos Aires, 2015

martes, 7 de noviembre de 2023

4 poemas de Alfredo Lemon

Alfredo Lemon.


Alfredo Lemon nació en Córdoba (Argentina) en 1960. Su obra poética está conformada por los libros Eclipses, arritmias y paranoias (1983), Cuerpo amanecido (1988), Humanidad hecha de palabras (1991), Sobre el cristal del papel (2004) y 23 (2023). Con su libro de ensayos El mono metafísico obtuvo en 1991 el Premio Asociación de Escritores Argentina.
Es materia sabida que escribir poesía, o, mejor dicho, intentarlo (cada cual mediante sus dones), requiere demasiados detalles y que resulta necesario captar todo de nuevo para lograr hacerlo, para encontrar las palabras o una palabra: la mitad del silencio. En 23, Alfredo Lemon, sin regodearse en vanos enunciados ni pretender recalar en la vida social de la literatura, o en su defecto, en el progresismo hormonal de la época, capta y brune cada verso para que el mundo siga andando dentro de esas pocas líneas juntas que supone un poema («Dios es un poema que no terminaré de escribir»), en la inferencia de que el tiempo se lleva consigo más tiempo («El deseo dice que no es tarde. Que tal vez») propone al desocupado lector una manera en que sería factible recordar algo, buenas nuevas o cualquier noticia cotidiana que habrá de guardarnos de nosotros mismos y que no será dado conocerla antes de que ese momento ocurra; porque siempre se trata de volver un día para cantarlo mejor y que el corazón diga lo que falta («Dejo una rosa en el muelle y una moneda en la arena / Abrazo mi entusiasmo insensato»).





1° de enero en San Marcos Sierras

Atrás quedó el bullicio del año viejo

Respiro alzo los brazos 
veo el paisaje encajonado entre los cerros 
fluye el río ante mis ojos 
el pulso existencial en el agua

Cobijo de la hora 
concédeme un milagro

La poesía es un alma cargada de futuro

Tengo tres libros alrededor de una sombrilla 
y una botella de cerveza bajo los sauces

Los dragones descansan en la casa de piedra 
y un duende saltó del callejón al santuario

Siempre la belleza sorprende y supera

Dios es una pasión desbordante

Quiero quedarme aquí 
divagando en un poema 
descalzo desnudo 
en estado de gracia


Los condecorados

Allí van los poetas oficiales 
a buscar sus certificados 
como quien aprobó sus últimas materias

Y suben al escenario a recibir sus diplomas 
mirando desde arriba a los demás

Patéticos, intelectuosos, 
acumularon versos como quien junta figuritas

¿Necesitan una rúbrica, un permiso para sentirse plenos?

¿Quieren una medalla para asegurar posteridad?

Cegados por sus ínfulas infladas 
olvidaron que la gloria es paupérrima

¿Quién dará cuenta de las trampas, triunfos, infamias?

Tú, poesía,
déjame sacar la sortija y dar otra vuelta en calesita



Vida y literatura

Derramó whisky sobre sus viejos poemas.

Decidió abandonar su obra incompleta: 
hojas escritas a mano con humedad y penumbras.

¿Quién no quiso legar una página magnífica 
y acabó siendo un mediocre satisfecho?

Las grandezas son ilusorias y hacen sufrir.

El reloj de humo de su pipa barniza la memoria.



El cofre

La carne está feliz 
y quedan muchísimos libros por leer todavía

El deseo es distancia 
Está allí, al alcance de la lengua

Desde el paraíso sopla un huracán

El poema no es la realidad 
pero simula nombrarla

Lo verosímil es plagio de la mentira

Lo fatal es el gozo de sentirse vivir 
Escribir el presente resbalando

Si el ayer vendrá mañana 
disfrutémoslo hoy con el espíritu a full

El destino traerá otro intríngulis, otra adivinanza

martes, 31 de octubre de 2023

Breverías analógicas frente a la Inteligencia Artificial (IA)

Imagen de Freepik.



por Rubén Valle (*)
Especial para El Desaguadero


Si partimos de la premisa del teórico de la comunicación Carlos Scolari de que «todo lo que escribimos o decimos sobre la IA ya es viejo», efectivamente esto que estás leyendo ya es viejo y por lo tanto se puede pisar el freno aquí. O se puede seguir y, al final del recorrido, concluir que todo es tan nuevo y paradojal que valió la pena poner la lupa en la letra chica de la inteligencia artificial. 

A continuación, algunos apuntes, breverías analógicas surgidas del autor interpelándose a sí mismo y a su circunstancia (digital).  

• ¿Qué nos preocupa, la calidad poética de la IA o que un poeta se quede sin trabajo? A ver, empecemos de nuevo. 

• Si la inteligencia es artificial, ¿por qué la poesía que genera no habría de serlo? 

• Ahora bien, si artificial es todo aquello que ha sido hecho por el ser humano, no por la naturaleza, entonces el poema ―siempre― es una construcción humana. Es decir que también lo serían aquellos versos elaborados por una máquina fabricada por el hombre. Bienvenidos al loop.
  
• Nada más en las antípodas que Poesía e IA: la poesía es misterio; la IA, eficiencia, certidumbre. Precisión.

• La IA es resultadista. Es Boca clasificando una y otra vez por penales. La poesía es la Scaloneta. Y ya lo dijo mejor Pier Paolo Pasolini: «El goleador es siempre el mejor poeta del año».

• Desafiar a la IA a que haga un poema resulta tan antipoético como pedirle a un poeta que emocione a un software.
 
• Un poeta con mucho oficio, en plena conciencia de sus herramientas, experiencia y objetivos, ¿no debería dar también como resultado más poesía artificial?
 
• Malo, bueno o regular, lo que genera la IA no es otra cosa que lo que los humanos le aportamos en cada interacción, más una codificada búsqueda propia y las interconexiones que generan los propios bots. De ese caos híper controlado sale un Frankenstein más o menos respetable. También aquí corre lo de «para gustos no hay nada escrito». O demasiado, F5 mediante.

• No olvidar un detalle no menor: hay tanta, pero tanta mala poesía, que lógicamente la IA puede producir poemas que resultarán tanto mejores. Lo contrario sería algo así como «Luthiers versus fabricación en línea».

• Como buena máquina, da lo que se le pide. Si se le solicita un poema, eso tendremos. Técnicamente será un poema, pero no hay ninguna garantía de que incluya esa cualidad intangible que entendemos ―los humanos, claro― como «vuelo poético».
 
• Borges, en el prólogo de La rosa profunda: «Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente como la cercanía del mar». El mar IA es preciso, pero intocable.

• Como su conocimiento es intuitivo, la IA no tiene la capacidad de reflexión o de pensamiento racional. Por eso sus resultados son lógicos y prescinden del «alma», a falta de una palabra más contundente. Carece del concepto de obra, no sabría (sin instrucciones precisas) articular por sí misma poemas sueltos y darles un sentido de unidad. Quizás lo haga en lo formal, no en la profundidad de lo auténticamente poético. 

• Si un taller como el de Fabián Casas enseñaba a encontrar poesía en el motor de un auto, ¿por qué no habríamos de hacer lo mismo en una aplicación?  

• Confirmando su parte inteligente, la IA reconoce: «Aunque es posible crear poesía sin autor humano, la mayoría de la poesía considerada relevante y significativa suele ser creada por un poeta con una identidad y una voz distintiva». A confesión de parte, relevo de pruebas.
 
• ¿Importa, importará el concepto de autoría? El poema que produce la IA es resultado de cientos de miles de poemas aprendidos, de innúmeras preguntas de usuarios y de carga ex profeso de programadores. El autor de ese aleph es tanto un nadie en especial como un todos en su incomprobable medida. 
• En cuanto a la disolución de ciertas categorías «clásicas», como autor y lector, también este último ya no es lo que era. En un contexto donde la economía de la atención surge como un concepto propio de estos vertiginosos tiempos, la figura del lector también es cada vez más fluida y etérea. ¿Nace otro tipo de lector? ¿Un lector al que ya no le importe el autor? ¿Un lector que no lea?  

• «¿Heredarán los robots la Tierra? Sí, pero serán nuestros hijos». La improbable sentencia no es de un poeta, un analista de sistemas o un sociólogo futurista. Es de Marvin Misky, quien junto a John McCarthy fundó en 1959 el laboratorio de inteligencia artificial del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).  El mismo, habría que advertir, que cree que «cuando los ordenadores tomen el control, puede que no lo recuperemos. Sobreviviremos según su capricho. Con suerte, decidirán mantenernos como mascotas».  
¡Guau!

(*) Una versión de este texto fue leído en la mesa «Yo, robot lírico: poesía e inteligencia artificial», que formó parte de las actividades del Festival Internacional de Poesía de Mendoza 2023.

lunes, 9 de octubre de 2023

El resto que salva: poesía y rebelión en la era de la inteligencia técnica

Imagen de Freepik.



por Bárbara Alí
Especial para El Desaguadero (*)


«De toda imagen podría decirse, no sólo que está estructurada como un umbral, sino además como una cripta abierta: que abre su fondo, pero lo retira, que se retira, pero nos atrae a él» (i).

La frase es de Didi-Huberman, del libro Lo que vemos, lo que nos mira, en el cual el ensayista francés reflexiona sobre la naturaleza de las obras artísticas, específicamente del campo de las artes plásticas.  Sin embargo, cuando la escucho no deja de resonar en mi interior, un eco que echa una luz de complicidad sobre otro lenguaje, el lenguaje poético. 

¿No puede hablarse en términos similares de la poesía? ¿No hay en todo poema una estructura de cripta-umbral, que hace aparecer el sentido de un modo un tanto fantasmático, como algo que se muestra y a su vez se oculta? ¿No es de alguna manera la lectura de un poema un acontecimiento parecido al caminar por un bosque, un juego de luces y sombras en un espacio un tanto encantado?

¿De dónde viene ese carácter de encantamiento, esa presencia inefable, ese duende (diría Lorca) y cómo podría estar presente en un poema generado por una máquina?
 
Cuando Ezra Pound define la imagen poética como un complejo intelectual y emotivo en un instante temporal, nos muestra los dos componentes de los que está hecha la poesía: pensamiento y emoción.

Por su parte, cuando Denise Levertov se refiere a la composición del poema, habla de un proceso que involucra un pensar-sentir, sentir-pensar que es el motor de quien escribe y que se encuentra presente como una fuerza de dos dimensiones durante la creación.

La emoción es el terreno fértil que da nacimiento al poema, la sustancia que se encuentra en su origen, un origen incierto y no programable en términos sistémicos ni voluntaristas. 

Todo acto de escritura es, primero, un acto de lectura del mundo y en este sentido, cabe preguntarnos ¿qué sería leer el mundo para escribir? ¿Desde dónde se lee? ¿Cómo se lee?

«Dice Merleau-Ponty que el sujeto de la percepción no puede ser considerado un espectador desafectado, no es un sujeto cartesiano, completamente racional, alejado de su objeto, sino un sujeto situado, inmerso en el mundo. Él mismo carne del mundo» (ii).

Se lee entonces desde el cuerpo, desde las experiencias atravesadas, desde la infancia, desde lo que se sabe y lo que se desconoce, desde el inconsciente, el deseo y los duelos. Leer es un movimiento que involucra siempre coordenadas: un aquí y un ahora son la brújula sensible desde donde se capta el mundo. En esa captación entre cuerpo y mundo, en ese entre, inabarcable e incognoscible del todo, surge el poema.

En esa lectura del mundo adviene el poema. El sujeto de la percepción es un sujeto encarnado, nos dice Merleau-Ponty, y desde ese cuerpo singular se incluye un reservorio de emociones e imágenes no conocidas a priori, no ordenadas, no verificadas, un reservorio más cercano a la textura de lo onírico, a esas primeras experiencias que dejaron huella en el sujeto incluso antes de la adquisición del lenguaje. 

El chat GPT2 se puede entrenar, personalizar (incorporando en su memoria lecturas de quien lo maneja) e incluso direccionar hacia lo «políticamente correcto». A partir de estos elementos de los cuales se nutre el algoritmo y una serie de combinaciones e instrucciones, se originan los textos.

¿Podría esto reemplazar un poema escrito por un ser singular que muchas veces escribe para enterarse de lo que aún no sabe? ¿No es la escritura, la mayor parte de las veces, un momento epifánico, más allá del trabajo artesanal que esta conlleva? Lejos de la idea romántica del escritor como médium, sujeto al devenir de lo sobrenatural y del rayo de los dioses, estamos pensando en quien escribe como un trabajador de la palabra, un artesano que se alimenta de un material nutriente no programado previamente, que adviene del inconsciente, de los sueños, del resplandor de una idea surgida en un momento de trabajo con la atención sobre el mundo. Y es también un artesano, porque quien escribe poesía sabe perfectamente que puede pasarse días e incluso meses sopesando un adjetivo frente a otro, una coma frente a un punto, comparando un abanico de palabras. Es que las palabras en la poesía no tienen un valor instrumental (como sí lo tienen en la ciencia y como podría llegar utilizarlas una IA), es decir, no son un instrumento al servicio de la transmisión de un mensaje que existe por fuera de él. En la poesía especialmente y en la literatura en general, el lenguaje es el ser de la obra, la literatura entera está contenida en el acto de escribir.


Bárbara Alí habla sobre poesía e IA
en el Festival Internacional de Poesía de Mendoza


«Desde el punto de vista ético, es simplemente a través del lenguaje cómo la literatura pretende el desmoronamiento de los conceptos esenciales de nuestra cultura, a la cabeza de los cuales está el de lo real. Desde el punto de vista político, por medio de la profesión y la ilustración de que ningún mensaje es inocente y de la práctica de lo que podríamos llamar el lenguaje integral, la literatura se vuelve revolucionaria. Así pues, en nuestros días resulta ser la literatura la única que soporta la responsabilidad total del lenguaje» (iii )nos dice Barthes en un artículo de 1967, publicado en El susurro del lenguaje.

¿Cómo podría asumir esa responsabilidad y soberanía del lenguaje la inteligencia artificial (IA)? Es cierto que la IA puede crear obras y que los pensamientos dicotómicos naturaleza-tecnología, humano-máquina, naturaleza-cultura, hombre-mujer, afortunadamente vienen siendo puestos en jaque hace ya varios años desde posicionamientos muy interesantes. Cito, por ejemplo, las obras de Donna Haraway Manifiesto Cyborg y Seguir con el problema.

Es cierto también que no se trata de pensar desde una lógica del poder, el control del humano sobre la máquina o de la máquina sobre el humano, sino más bien desde un modo de trabajo colaborativo y ya hay experiencias con esto: Los campos electromagnéticos, de Jorge Carrión, es una de las primeras materializaciones de este experimento de escritura colectiva entre hombre y máquina.

Supongamos, entonces, que el mecanismo del chat GPT, cada vez más sofisticado, produce un «buen poema». Probablemente se parezca más a una rosa de plástico, muy lograda en su parecido con la realidad, pero impotente para generar emoción.

¿Por qué nos seguimos conmoviendo frente al Guernica de Picasso o Las meninas de Velázquez, si los podemos observar cómodamente desde el sillón de nuestro living, en una computadora, bebiendo una copa de vino y sin ninguna persona que se cruce en nuestro campo visual? Quizás porque algo de lo que Walter Benjamin llamo aura, frente al avance de la reproductibilidad técnica de las obras, todavía subsiste en cualquier producción artística.

Sentir el aura de una cosa es otorgarle el poder de alzar los ojos, dice Benjamin, y agrega: «Esta es una de las fuentes mismas de la poesía» (iv).  Dos características invisten a los objetos auráticos: una presencia inquietante de lo contemplado/leído (que lleva a un poder de la mirada prestado a lo mirado por el mirante) y una distancia que se presenta como la aparición de una lejanía.

Hay en la obra algo que excede la obra misma y que no es del todo asible ni en el momento de creación, como circunstancia de encuentro con algo del orden de lo incalculable y de lo que sobrepasa los límites de lo voluntario y más aún en el momento de la recepción, como momento de la polisemia, de lo que queda un poco velado o de lo que se echa a rodar generando otras significaciones. «Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa» enuncia Alejandra Pizarnik.

Me pregunto entonces si ese resto aurático, que sospecho es el germen vital de la obra, lo que escapa un poco de la lógica, de las certezas, de las leyes y se acerca más a la infancia, a lo impredecible, al balbuceo, puede emerger de una combinatoria de elementos cargados en un sistema programado. Es decir, ¿puede la inteligencia artificial decir lo que no sabe, como lo hace la poesía?  
«¿Qué decimos cuando decimos lírico?» se pregunta Diana Bellesi en La pequeña voz del mundo. «Lírica es una voz desnuda en la impudicia de volverse sobre sí y hallar, en lo profundo del yo, aquello que la rebasa» (v). La voz lírica va por los caminos de la desobediencia, es infiel a su propia plusvalía.
Nos dice Diana: «Las tareas de esta voz: permanecer atenta a lo inútil, a lo que se desecha, porque allí, detalle ínfimo, se alza para ella lo que ella siente epifanía. Las tareas de esta voz: deshacer las cristalizaciones discursivas de lo útil y tejer una red de cedazo fino capaz de capturar las astillas de aquello que se revela. Atención y artesanía. Las tareas de esta voz: desatarse de lo aprendido que debe previamente aprenderse y disminuir así los ecos de las voces altas para dejar oír la pequeña voz del mundo» (vi).

Un camino vinculado a la sustracción, al permanecer en la intemperie de las incertezas, al dejarse sorprender por lo que adviene y trabajar luego con el lenguaje como un orfebre que dedica tiempo a pulir una piedra preciosa. Esos parecen ser los senderos por los cuales transita la poesía, bastante alejados por ahora de los dispositivos que responden a lógicas de cálculo, más cercanos a la desobediencia y a la «violenta y amorosa acción que reclama a la lengua volver a hablar» (vii). En ese sustrato reside el resto que salva.

(*) Una versión de este texto fue leído en la mesa «Yo, robot lírico: poesía e inteligencia artificial», que formó parte de las actividades del Festival Internacional de Poesía de Mendoza 2023.


Notas

(i) Didi-Huberman, Georges, Lo que vemos, lo que nos mira, Buenos Aires: Manantial, 2011, p.175.
(ii) Genovese, Alicia, Sobre la emoción en el poema, Santiago de Chile: Cuadro de Tiza Ediciones, 2019, p.10.
(iii) Barthes, Roland, El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura, Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Paidós, 2013, p. 15.
(iv) Op. Cit 1. P.94.
Bellessi, Diana, La pequeña voz del mundo, Córdoba: Caballo Negro Editora, 2023, p.13.
(v) Ibidem, p.10.
(vi) Ibidem, p.33.

lunes, 4 de septiembre de 2023

7 poemas de Juan Carlos Moisés

Juan Carlos Moisés.


Juan Carlos Moisés nació en Sarmiento (Chubut), en 1954. Publicó, en poesía: Poemas encontrados en un huevo (1977), Ese otro buen poema (1983), Querido mundo (1988), Animal teórico (2004), Palabras en juego (2006), Museo de varias artes (2006), Esta boca es nuestra (2009). En narrativa: La velocidad de la infancia (2010), Baile del artista rengo (2012). En teatro: Desesperando (2008), Pintura viva, El tragaluz, La oscuridad (2013).



Caja de Pandora

Una poesía de propuestas
o una poesía de poesía,
una poesía de filiaciones
o una mirada destructiva sobre las lilas blancas,
un cielo sin ángeles
o un revólver frío como la noche,
una poesía sin palabras
o una poesía de dientes de ajo,
una poesía de respuestas 
o una poesía de personas,
una nube pasajera bajo las constelaciones
o un viento del sur,
una escritura automática
o una lapicera clavada en el cuerpo de tu enemigo.


Los pies no me han llevado

Los pies no me han llevado,
más bien he ido quedándome
atrás,
al fondo,
entre los juncos,
con los patos de la laguna.

(de Animal teórico, 2004)


Romper el poema

1

Se escribe el poema
y se lo rompe
para conocer se poema.


3

Primero escribo el poema
en el papel,
rompo después el papel
en muchos pedazos.
Que los una el viento.


5

En lo blanco del papel escribo.
Escribo arriba de lo que escribo.
Escribo varias veces en la misma línea,
en cada una de las líneas,
hasta que la escritura se torna ilegible,
como si cerrara los ojos.


23

Si poesía es música o instrumento
todavía no he podido encontrar la respuesta,
o si los dos, en el sonido, se vuelven uno
como labios que al juntarse hacen un beso.

(de Palabras en juego, 2006)



El damasco

«Antes de que ocurriera
yo no sabía nada».

Raúl Gustavo Aguirre (Señales de vida)

En estos primeros días de otoño
el damasco sigue siendo un damasco,
flaco de aspecto pero fiel
a su carácter,
con unas pocas hojas
aferradas de las uñitas
que demoran el desprendimiento.
Da una especie de lástima.
Si lo comparamos con el plano
de la pared del fondo,
con los ladrillos parejos
quema-dos a fuego, chamuscados,
superpuestos en hilera rigurosa,
esas ramas desiguales modifican
las cosas dispuestas de antemano,
lo uno y lo otro, el fondo y el objeto
de lo que enfoca la mirada.
La perrita, que llamamos Nube
por las manchas claras de color
en su pelo, no es parte del damasco
pero se involucra como si lo fuera,
y hasta se diría que espera el clic
que no espera el damasco
de quien lo mira.
Nubes siguen siendo también
las que miran desde arriba,
prendidas a lo que trepa.
Las ramas se desprenden
de los gajos
como si quisieran ser parte
de otro árbol, pero no tardan en volver
para poner las cosas otra vez en su lugar:
la rama, donde hubo rama,
la hoja, donde hubo hoja.
Árbol movedizo por donde se lo mire,
nunca es el mismo.
Su forma es informal, para decirlo
de otro modo.
El movimiento
engaña en su dirección,
las ramas insinúan que se tuercen
cada una para su lado.
Creemos que la estructura va a desmembrarse
y que después de un instante
nos quedaremos sin árbol ante los ojos.
Esto no es así, el damasco produce
una especie de pataleo impreciso,
un fluir de ramas gruesas y delgadas,
y poco importa en verdad
al cabo de un momento
la magnitud del camino,
ancho o angosto, recto o sinuoso,
porque la forma se las arregla
para descartar lo que parece
y quedarse con lo que es.
Si miramos tras los racimos
de hojas, se deja ver el cuerpo,
las costillas del condenado.
Quedó indefenso, pero no dudó
cuando la oleada de humo
de la fogata de hojas secas
que se elevaba en el patio del vecino
hizo un giro en remolino
y lo envolvió, ni le hizo mella
que en un momento de confusión
se hiciera lo que parecía
la noche anticipada.
La noción de tiempo
es a nosotros que confunde.
Todo pasó y el desafío del árbol
provoca una nueva irrupción
de la realidad en los sentidos.
Que asimismo los sentidos
son provocativos con la realidad
es lo que incomoda, pero no al damasco.
El énfasis de su aspecto
se presta a una definición incierta.
Llama la atención por lo que calla
y rehúye, pero sin bajar los brazos.
Marca su territorio con sólo estirar
el pescuezo; de animal tiene lo suyo
como nosotros de árbol.
Su trazo es delgado y es vago como el vuelo
de una mariposa con las alas asimétricas
que no encuentra el rumbo ni acierta
con el ritmo de su desplazamiento.
Algo desentendido hay allá arriba
que produce entredichos.
Un color último se manifiesta
en diversos tonos que se extravían
y no tienen continuidad,
pero aun lo breve se debate
con crispada tensión.
El efecto de la luz en esa variedad
de detalles descompone la forma
y los espacios ocupados hacen olvidar
los vacíos que envuelven al árbol.
Miramos dramáticamente,
obligados como estamos a definir
esa cosa viva llena de padecimiento.
Y mientras una rama se ha desnudado
toda a lo largo, otra permanece unida
a sus hojas, distraída,
ajena a las modificaciones
que se van sucediendo sin que nada
podamos hacer para alterar
el libreto de su tragedia.
Salvo que como el gato
tuviera seis vidas más para arriesgar
en un juego que, lo sabe,
no tiene los naipes marcados.
No es comedia, como quisiéramos.
El caso es que lo sabemos,
como sabemos que nuestras manos
son incapaces de resolver
el cálculo de posibilidades
de un destino inseguro.
Apenas somos mirada y voluntad
para las intenciones que calla.
Lo mínimo fluye ahora,
mientras vamos apresando
al damasco que hay en el damasco,
como un modelo bajo la pincelada
que tantea el vacío.
No hay manera de escaparle
a las definiciones.
Por lo bajo el árbol se ríe
de lo que pienso de él,
porque sabe quién soy,
y el crédito que no me da
es la duda que ahora le devuelvo.
Nunca está todo dicho, aun
entre viejos amigos
que en medio de la verdad
se quieren y necesitan sin condiciones,
porque uno justifica al otro
y la diferencia lo complementa.
El damasco no es lo que fue
ni es lo que será,
y todo eso, sin embargo, es
un continuo que no pifia
pero engatusa.
Mirándolo me miro a la cara
para interrogarme, para saber
si es posible un pensamiento
sin abolladuras.
Siento, luego pienso, es
lo que digo, lo que creo que digo,
o lo que debería decir.
Estoy dispuesto a caer en su trampa.
De tanto mirarlo vemos que muestra,
esquivo y mordaz, lo más obvio y conocido.
No porque esquive las preguntas
se presta a una confusión inútil.
Su certeza puede más
que nuestra desconfianza.
El árbol no quiere darse
por enterado de lo que silbo.
Pronto mi cuerpo se abatata en el encuentro.
Si aflojar las piernas
fuera algo más que una ilusión,
le haría bien caminar
un poco por ahí, como nosotros;
tanta tierra por delante
lo mantendría ocupado
y no se pondría a pensar
en problemas de difícil solución.
Por momentos se me hace
que anda
con el cuchillo bajo el poncho,
como si nadie lo supiera.
Lo que todavía no sabemos
es cómo se reparte
la muerte en su corazón
ni qué sentimiento bombea primero
al resto del diseño, porque semeja
vivir sin preocupación como una boca
sin palabras.
Eso que llamamos damasco
permanece en apariencia
cerrado, ensimismándose, ajeno
a lo que pasa.
Sin embargo, el otoño
se ha ensañado con el árbol
en este breve día de mayo.
Lo que se había elevado
cae sin peso, sin remordimiento.
Ahora esas hojas miran desde abajo.
Llega el frío y pueden imaginarlo:
cambia su aspecto pero no su orgullo.
De pie y a menos de dos metros
de distancia, busco mis manos al final
de mis brazos abiertos.
La vecindad me devuelve
restos del verano: pétalos oscuros,
hojas secas, carozos descarnados,
macerados por acumulación.
Hasta no hace mucho el damasco despedía
aromas fragantes, y ahora,
cuando una ráfaga anticipa la lluvia,
se dobla con un quejido.
Los arrebatos del viento lo modifican
previendo un final.
Los ojos que miran
se adelantan en el dolor.
Esos golpes bruscos lo deshojan casi
completamente, la humedad que lo cubre
queda a la vista, oscurecida,
pero la luz ha surgido
de algunas hojas como un cosquilleo
que despierta la curiosidad
de quien se ve envuelto en su misma red.
Las hojas que se volvieron negras
tiran de las más claras;
saturada está la base, el tronco
donde nace, y fragmentaria su copa,
su parte de cielo que se mueve en abanico,
sin quejarse pero con chuchos.
Nos olvidamos de aquel aspecto
y la atención nos lleva
a la parte superior
donde las formas precarias
dibujan nuestro acertijo.
Las hojas de arriba se pierden primero,
algunas comienzan a mostrar agujeros
como si la materia tendiera a romperse
por tensión de sus partes individuales;
muestran perforaciones con signos
evidentes de que tarde o temprano
algo se degrada,
a la vez que otras pocas hojas permanecen
indiferentes, ajenas a cualquier posible
modificación, y esto es engaño
también, y es astucia.
Lo inevitable
termina por suceder.
¿Pero qué es lo inevitable?
¿Es ir de lleno hacia la nada
sin recorrer el camino?
Buscamos alguna posibilidad
para el damasco mientras padecemos
un estremecimiento: el árbol
reflejado en nuestros actos.
La única esperanza es que todas
las respuestas puedan ser saciadas
no bien trasp-ues-to el invierno.
¿Pero qué es todas?
¿Y cuáles las respuestas?
En nuestra duda se hace fuerte el damasco.
Piel de gallina en nuestros brazos;
es el frío del invierno anticipado
que hace el efecto por sorpresa.
La forma se desnuda; inocencia
es lo que no puede esconder.
El damasco también está hecho
de palabras, y las palabras
de tiempo.
Todo eso sigue ahí, cerca,
en el jardín, próximo a la ventana
mostrando las hilachas.
Hilachas, no pinceladas.
Podría pasar por una acuarela;
recuerda a las acuarelas
de Pompei Romanov, un artista ruso
y ‘real’ que supo vivir sus últimos años
pintando como un impresionista
tardío en medio de las chacras,
árboles, pastos, aguadas,
de esta tierra perdida.
También podría ser un dibujo
con unas rayas hechas a cuchillo
en el papel, tiradas a ciegas para hacer
notar el efecto de la casualidad
antes que de la furia.
Pero no es casual ni hay abstracción
en su lucha personal, osada y pendenciera.
Es una nueva posibilidad
para el damasco.
No sé
si esos intentos lo tranquilizan
o lo ilusionan; lo que conmueve
es la audacia de su naturaleza.
Y si lo real es posible en esa forma
que asume su revés, podremos glosar
pantomimas antes que palabras
sin que le haga mella
el resultado.
Imitarlo, parodiarlo, padecerlo
o reírnos con él de lo que somos.
Contar su historia en la nuestra
y la nuestra en la de él.
Ser eso de lo que hablamos.
Cada posibilidad se suma para que avance
la idea sobre la cosa, la envoltura
o la falta de ella,
en esa humanidad increpada.
Vuelve a hacer lo suyo la memoria
por un instante: pienso en los frutos
que dio en el verano
contra los cuales se ensañaron
los pájaros cada mañana,
en especial chingolos y zorzales.
Aquellos frutos, dulces y jugosos,
tuvieron su momento;
las huellas de esa violencia
puede verse en unos pocos
carozos acribillados que todavía cuelgan,
secos, aferrados a las ramas.
Lo que salvamos
se encuentra en la despensa:
unos frascos de mermelada
que hicimos cocinando
la pulpa azucarada a fuego lento
sobre la hornalla y revolviendo
con la cuchara de madera
hasta el punto que indicaba la receta
casera que nos dio mi abuela María
en su cocina de la chacra
cuando la visitamos el último verano
mientras nos hablaba
de su infancia española.
No le temblaban las manos curtidas
cuando refirió detalles de su padre
deportado por causas políticas
a España, en el 35.
De estas cosas también se hace un árbol.
Lo que fue en el damasco
vuelve a ser un desafío sin condiciones,
lejos de un aire veraniego
que sigue en contacto
con el paladar y la lengua.
No hay acto fallido para los sentidos.
Muchas cosas se han ido sumando:
la tierra oscura, las hojas alrededor,
opacas y dispersas, y una vereda,
a su derecha, que refleja una parte
de cielo.
Reflejo de reflejos,
así vamos de cabeza hacia el árbol real.
Sólo en lo alto de esas ramitas
desgraciadas la luz permanece
apiadándose por un momento.
La oscuridad empareja las formas,
las últimas hojas comienzan a definirse
con gruesa imprecisión.
El damasco se hunde en la noche
como si se alejara de nosotros;
diría que nos arrastra con él.
Raro: ninguna queja en el dolor.
Nos tiene agarrados.
Es un escarmiento moral
para los que esperamos algo
de las palabras.
Sabemos que todavía permanece
porque un contorno sugerido,
un arco leve se curva de arriba abajo.
Un pedazo de copa, de rama separada
y de hojas solas se desdibujan en el cielo
donde hay menos oscuridad que al ras
de la tierra, donde de algún modo
la realidad se ha ido
o se ha borrado; sólo
por el movimiento de esas hojas
-que pudieran ser otra cosa-
sabemos que algo todavía queda.
Lo que muere se resiste un poco,
nada más, y el damasco, el pequeño
frutal plantado en los fondos
del patio, dice y no dice
que no quiere saber nada con la nada.


(de Museo de varias artes, 2006)