domingo, 19 de junio de 2022

Una fotografía que habla

 Chicas que escuchaban radioteatros, de María Cristina Alonso.
Editorial Niña Pez, Buenos Aires, 2022, 48 pág.
Ilustraciones: MCA

por Hernán Schillagi*



1. Apenas abrimos «Chicas que escuchaban radioteatros», de María Cristina Alonso (Bragado, 1955), el libro presenta 16 textos intercalados por ilustraciones. Sin embargo, inmediatamente se impone la pregunta (o el desafío): ¿Son relatos? ¿Son poemas? ¿Son fragmentos rescatados de un texto perdido? Ya que, de entrada, la propuesta es observar a través de la lente de una cámara. Distancia necesaria desde el presente para convertir en pasado lo inmediato. Todo parte desde una foto familiar antigua que la autora recibió como un tesoro inesperado. Por lo tanto, mirar el pasado ajeno desde las fotografías y escribir. Escribir e ilustrar. En «El arte del error», María Negroni nos dice: «Uno de los malentendidos más viejos en materia literaria es el que se empeña en clasificar las obras en categorías, géneros, escuelas, allí donde, en sentido estricto, no hay más que autores y artistas...» Entonces, los textos se revelan como «epígrafes extendidos», relatos enmarcados que buscan su punto de fuga en la frágil potencia de la poesía:

En las tardes interminables
mi madre sueña el futuro.
Casi puedo ver ese sueño
en las fotografías
que se sacó junto a sus hermanas
la tarde de la bicicleta.

2. Las historias aparecen como fascinación. Con el incierto poder de detener la muerte y hacernos felices, como lo hacen las fotografías. El radioteatro y sus melodramas de la década del 30 son convocados en estas páginas. Para así soñar en el medio de la zona pampeana, fertilidad y vacío que permiten fantasear con otras vidas y expandir una realidad acotada por el duro trabajo y la vida de campo:  «Soñaban poco, porque era mucho lo que trabajaban / y caían rendidas sobre las sábanas ásperas…». Aunque no aparece, aquí la fotografía es testimonial. Sin embargo, además surge la poesía como un improbable artefacto de memoria registrada: «Pero cuando lo hacían, eran capaces, / las muy locas, de hamacarse en la luna con sus / piernas espléndidas a la vista de todo el universo…». Las imágenes «congeladas» comienzan a moverse por obra y gracia del poder de las palabras (como en el cuento «Las babas del diablo», de Julio Cortázar). Documentar, entonces, la alegría y la despreocupación de unas mujeres a las que no les estaba permitido el esparcimiento. Madres y tías, jóvenes y felices, hablan por boca de la autora. Cristina, por un lado, toma un registro fiel y preciso y, por otro, deja que la imaginación rompa el marco impuesto por el papel fotográfico.


 3. Debido a que toda historia narrada en prosa quiere mostrar un mundo completo, el formato o el envase del verso se convierte en una herramienta para explorar lo fragmentario. Alonso no ve por una ventana, sino que apenas encuentra rendijas, hendiduras de lo posible y, porqué no, de lo imposible. Apoya su oído de narradora experimentada y ausculta: latidos, golpes sordos, restos de frases. Así, logra amplificar el decir de estas imágenes: «La bicicleta levantó vuelo, / voló tan alto aspirando el aire / de la tarde  de otoño…». Vemos que pronto aparece la imaginación, la metáfora que nos traslada a otra realidad para escapar del cuadro, es decir, tanto del campo óptico como del campo real. Esa «bicicleta con alas» se dirige hacia un tiempo íntimo y personal, el de la madre. Ya en la introducción se nos advierte: «Si hay algo que certifica la fotografía es que todo en la vida es efímero y que no hay nada más frágil que la felicidad de un instante…». La narradora se descubre, entonces, como una testigo no presencial, pero que se esfuerza en la omnisciencia para poder entrever los sentimientos y sueños de la madre, en una época donde los mitos estaban aún por nacer:

Las chicas escuchaban radioteatros
en la llanura.
Se amigaban con las lechuzas y hasta habían creído ver
un tigre anaranjado salir de los pajonales.
Un bello y altivo animal igualito
al de un almanaque que colgaba de la despensa.

4. De este modo, el registro pasa de escritural a una modalidad de estampa. Por eso, los relatos están conectados con las ilustraciones: la llanura, el campo, el arduo trabajo, las faenas rurales, los radioteatros, entre otras cosas que van configurando un tiempo en sepia. El libro avanza y los elementos elegidos no son al azar: una bicicleta prestada y de varón sirve, al mismo tiempo, como un apoyo para estas hermanas que posan alegres, pero también como un símbolo de esa libertad tan cercana como negada. Toda bicicleta necesita de equilibrio y dirección, sin embargo, aquí se utiliza para volar. La época es la década del 30 del siglo XX, más precisamente, 1937. Gardel ha muerto ya, Evita todavía no es un heroína popular. No obstante, aparece como una mujer que salió del campo profundo para volar alto. Así, página a página descubrimos el detrás de escena de la ficción de los radioteatros: «Tormentas de papel de celofán y rayos de hojalata…». Pero el paso del tiempo hace que la magia no se pierda, sino todo lo contrario. Como ya leímos, en plena llanura bonaerense, salta un fabuloso tigre de almanaque. Por fin algo vivo y extraño, la belleza en la imaginación en medio de esta superficie plana como una hoja en blanco. La llanura es interminable, al igual que el trabajo rural y los quehaceres de la casa. El espacio para soñar resulta escaso, pero cuando pueden hacerlo, es de manera épica.

5. Hacia el final, el inevitable transcurrir del tiempo se traslada del sueño a la realidad. La rutina, la vejez, las aplastantes tareas hogareñas: «Después, la vida las obligará a nadar en las oscuras /aguas de las cacerolas, / a fregar la ropa, a limpiar los pisos…». Por lo tanto, vuelve la narradora (la poeta, la testigo) y observa desde la lejanía de los años, del espacio, del destino; ya que por ser de otra generación, su vida ha sido muy diferente, con otras libertades, derechos ganados y luchas que han dejado su huella. Sin embargo, hay puntos de contactos: imaginar desde la ficción el mundo, no conformarse con lo que le toca y salir, sonreír ante las adversidades y tomar esa instantánea para afrontar el futuro. De este emotivo y potente material está construido «Chicas que escuchaban radioteatros», como una foto que –una vez revelada– no la podemos dejar de mirar, porque además nos ha capturado.

*Texto leído en la presentación de Chicas que escuchaban radioteatros, el 27/05/2022, en el Teatro Florencio Constantino, de Bragado.

 


 Dos poemas de
Chicas que escuchaban radioteatros,
de María Cristina Alonso

1

En 1937 todavía no había estallado la guerra.
Gardel ya se había muerto en Medellín.
Las voces de la radio se evaporaban en el aire.
Unas muchachas sonreían
mientras el viendo le volaba el cabello.
El mundo se acaba en la línea del horizonte.
Mi madre era joven.
El tiempo parecía detenido.

*

15

El viento trae el eco de la radio encendida en la cocina.
Las chicas que escuchan radioteatros
tienen sueños suaves como las medias sedosas
que no pueden comprar,
y sus polleras, cosidas en la Singer,
florecen en las noches azules de la llanura.
Sueñan con el gran amor que las llevará muy lejos.

domingo, 12 de junio de 2022

Entre mi casa y el trabajo

«En casa. Variaciones sobre la misma pandemia», de Bettina Ballarini.
Con fotografías de Maby Ciaffone y diseño de Clara Muñiz. Jagüel, Mendoza, 2022


por Sergio Pereyra* 

Antes de comenzar, una sugerencia y una advertencia. 

La sugerencia: cada una de mis afirmaciones, imagínenla precedida por un «quizá», un «tal vez», un «me parece» … porque estaré hablando de poesía y, en general (ustedes que lo son, lo saben), el lector de poesía se maneja con intuiciones, a veces tan fugaces como los chisporroteos de un cable mojado por la lluvia.

La advertencia: estas notas, que dan cuenta de una lectura, no pueden ser sino arbitrarias y subjetivas, como cualquier lectura.

1

No negaré que, si de otro poeta se tratara, título y subtítulo habrían sido pretextos para la suspicacia, pues mi experiencia con los poemas escritos «sobre» o «a propósito de» (temas de la coyuntura), no ha sido la mejor, más bien todo lo contrario. Pero como hablamos de Bettina Ballarini (Mendoza, 1960), cuya obra sigo con atención desde hace muchos años, título y subtítulo produjeron el efecto contrario: estimularon mi curiosidad. Qué habrá rumiado, me pregunté, en su casa durante la pandemia; me pregunté, además, cómo habría integrado en su poesía (usualmente tan lírica) un asunto trajinado ad nauseam por periodistas y opinólogos de toda laya. Con estas preguntas, abro el libro y, en su índice, observo que consta de dos partes: Big Bang y Génesis. ¿No les parece inquietante esta proximidad entre ciencia y religión? A mí me lo pareció. Solo un instante. Porque luego recordé que, en el punto más negro de la pandemia, subidos al columpio del miedo, todos nos balanceamos entre un universo y el otro. Quiero decir, nos «embarbijamos», nos vacunamos; pero también, «por si las moscas», compartimos cadenas de oración en redes sociales y prendimos alguna que otra velita. De cualquier modo, son hipótesis, pues como saben, todavía no leí el libro. «Escribir», afirma Graham Greene en el epígrafe, «es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana»; y de inmediato me hace sentido: si, entre las muchas atesoradas, Ballarini ha escogido estas palabras para encabezar su libro, quizá se deba a que, encerrada y rodeada de enfermedad y muerte, y para no caer en las garras del miedo ni enloquecer, escribir fuera su forma de «curarse de palabra».

2

Entonces, me expongo al Big Bang. Los poemas de esta primera parte presentan una situación extraordinaria que desnuda la fragilidad de nuestros cuerpos, habitantes de un presente igualmente frágil (fragilidades sobre las cuales la lente de un virus, con nombre y número, nos impide hacer «la vista gorda»); cuerpos, además, con incertidumbre respecto del futuro. Me explico: si bien la muerte siempre ha estado presente, ahora está «más presente»; y el horizonte siempre más o menos difuso, ahora se pierde en densa oscuridad. Esto, claro, produce miedo, sobre todo cuando se transita en soledad. En síntesis: muerte, miedo, soledad atraviesan los poemas. No obstante, como no es mi intención desanimar a los potenciales lectores del libro, paso a informarles que, también aquí y allí, aparecen algunas herramientas para desactivar tanto infortunio. Solo señalaré un par; el resto, habrán de descubrirlas ustedes cuando encaren su propia lectura. Primera herramienta: La memoria como antídoto contra la mordedura del presente. Así, en el poema «Familia» el yo en los versos finales dice: Bajo este minuto voraz que se nubla y se encrespa, lejos los ojos de cualquier sencillez de infancia vuelvo a los cajones de esa vida. Como peregrinación sacra. Segunda herramienta. Si Dios juega a los dados con nosotros, tal vez el amor nos ayude a sobrellevar una partida adversa. En el poema «¿Desenlace?», pueden leerse estos versos hermosos: Sin embargo queda una mínima ilusión: no hay ola que no se rompa en la marea de tu olor.



3

Dejado atrás este big bang de emociones e ideas, me deslizo en el «Génesis». He de reconocer que, leída la primera parte, el título de esta sección me produce ahora muchos interrogantes. ¿Por qué «Génesis»? ¿Qué puede originarse en medio de la calamidad? ¿Es un título irónico o la expresión de un optimismo a prueba de respiradores y antibióticos? Cuestiones para las cuales mi capacidad predictiva no encuentra respuestas. Pero, si como afirma Darwin en uno de los acápites («Si no hay dudas, no hay progreso»), con mis dudas a cuestas, avanzo «en la tierra desordenada y vacía» ¡y que Dios me ayude! «El mundo, monótono y pequeño, en el presente, /ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen», nos dice Baudelaire en su poema «El viaje». Qué imagen, me pregunto, obtiene de sí misma una persona confinada en un mundo aun más «monótono y pequeño» de lo habitual, vale decir: su casa. No olvido, sin embargo, que la persona en cuestión cuenta con un recurso no disponible para todos: la escritura. Pues, aunque en el poema «Uno» se declare que «estos días / que podrían llamarse / desdichados, aciagos / desgarraron un poema» y que «las palabras / se han hecho pozos», pese a esto, pese a todo, se escribe. El libro que esta tarde nos convoca, es prueba de ello. Entonces, imagino a Bettina Ballarini encerrada, fija la vista en el mundo puesto a su alcance por la ventana. ¿Qué es lo que ve y anota la poeta en este «Génesis»? Como no pretendo spoilear el contenido, solo haré un punteo sobre algunas de las visiones registradas en estas páginas.

a/ El presente como una película de ciencia ficción distópica (perros, gatos, seres humanos hambrientos en las calles vacías); una película, según el yo poético, ya vista antes; la diferencia es que ahora lo hace «desde adentro». «A decir verdad», declara irónicamente, «he apreciado mejor / las (películas) del neorrealismo italiano». Ironía, sospecho, que salva al sujeto (también a los lectores) de la desesperación absoluta.
b/ Si, como mencioné antes, el mundo se ha reducido a las dimensiones de una casa, no es insólito colmar nuestros ojos con lo usualmente invisible. Tal el caso de los bichos, de quienes, como en las fábulas, se puede extraer alguna enseñanza. Por ejemplo, que los recuerdos, como las hormigas, a veces pican; o que las celdas de un panal, aunque lo parezcan, no son idénticas, y es, entonces, imperioso entrenar la mirada para distinguir aquellas cargadas de miel, de las saturadas de cera. (Cada uno de los presentes es libre de interpretar esta metáfora como mejor guste).
c/ El mundo como un sitio inestable, envenenado, donde los pulmones y el agua son «el bazar de las contiendas», donde sería urgente «sembrar otro trigo».
d/ El amor como una experiencia cuya proximidad con el goce vuelve temible y, no obstante, es casi la única digna de ser vivida. Podría aquí citar varios poemas. Me limitaré a los últimos versos de unos de los textos más bellos del libro, el titulado «Vida»: «Y entonces, libre de miedo, sentiría que ahí mismo, en tus ojos, ya he muerto antes sin morirme»
e/ Finalmente, también en esta sección, como no podía ser de otra manera, bajo distintos rostros, desfila la muerte. La muerte desde un punto de vista general: «el cuerpo amarrado a la rueda del tiempo / subirá bajará y va a girar / hasta que el tiempo decida / que es momento de quietud». La muerte inoportuna, representada por la caída de una hoja verde, una hoja caída antes de tiempo. El recuerdo, reflotado por los retratos, de los muertos queridos («los retratos siempre han tenido/ esa virtud de oscurecer el tiempo/y después iluminar la ausencia exacta»). Y, por supuesto, la propia muerte: aunque desde Quevedo sepamos que, así como en algún momento usamos pañales, en otro nos probaremos la mortaja, en un contexto de pandemia, es hasta lógico el súbito crecimiento de una idea venenosa: el próximo podría ser yo.

4

Concluida la lectura de «En casa», me asaltan unas palabras de Idea Vilariño: «Creo que la actitud más lúcida, más sana, es tener presente que la vida y el amor se acaban. Ver a los otros y a uno mismo caminando a la muerte, vivir el amor a término, tal vez hagan el amor y la vida más terribles, pero también digo que los hacen más intensos y más hondos». Y no es azaroso su asalto, porque eso he hallado en este libro: una visión dura, seca de la existencia, pero no deprimente. O sea, en ningún momento me sentí tirado para abajo, todo lo contrario. Dicho todo esto, y, para terminar: ¿les cabe alguna duda de que «En Casa» es un muy buen libro y ustedes tienen la obligación, mientras pueden todavía, de regalarse el placer de leerlo? Pues más allá de los temas, más allá de mis torpes intentos de explicación, está la poesía de Bettina Ballarini. Está su mirada como de recién llegada, -una niña mirando sorprendida-. Están sus palabras (ese suave tuteo, incapaz de incomodarme a mí, militante declarado del voseo; el gusto por los giros arcaizantes; las citas ocultas -los centauros aterradores de las bodas de Pirítoo-; la sonoridad amable como de una bossa nova); sus palabras que, desviadas de los caminos rectos (prosaicos), saltan al verso siguiente y, por un instante, como en un satori, nos acercan a los inasibles misterios de la vida. En fin, más acá, más allá de todo, está la poesía de una de nuestras poetas mayores.

*Texto leído para la presentación de «En casa. Variaciones sobre la misma pandemia», el 26/05/2022 en el "Museo de la Educación de Mendoza".

 

Dos poemas de
En casa. Variaciones sobre la misma pandemia,
de Bettina Ballarini


Vida 

Verrá la morte e avrá i tuoi occhi

Cesare Pavese


Si en estos días
la muerte al fin me saliera de adentro
y tan obscena como susurrante
me obligara a mirarle los ojos
para destapar toda mi vida
como una película en cámara rápida,
es posible
que lo único bondadoso de esta muerte,
haría
que la cinta se detuviera
solo en esos ojos tuyos
el tiempo suficiente de su mar y sus olas
y sus pintas doradas donde
se iba quemando
en silencio
el sol de las tardes.

Y entonces, libre de miedo,
sentiría que ahí mismo,
en tus ojos,
ya he muerto antes
sin morirme.


*

Después


En las casas,
en muchas,
más de las que pudimos
haber pensado,
quedan los retratos.
No entre las danzas de Durero
ni en el aguafuerte cruel
de las estampas de Goya.
Tal vez con el toro del Guernica.
Retratos simples sin más estrategia
que la instantánea
con nombres hondos,
cercanos, propios.
Por aquí un nacimiento
por allá una boda
y otro brindis
y un viaje
y una reunión cualquiera,
y a lo mejor, la única foto
de cuando todos éramos chicos
el día de los Reyes.

No hay en la imagen
ninguna señal del destino descarado
de quién se irá primero ni por qué.
Nunca se trató de cuál
era el más necesario ni el menos.
Los retratos siempre han tenido
esa virtud de oscurecer el tiempo
y después iluminar la ausencia exacta.
Ahora es más intenso.

En estos días que aún corren
impacientes debajo de los flashes
de la incertidumbre
del qué vendrá después,
quedan los retratos.  

jueves, 2 de junio de 2022

Cribar el subconsciente con ojo lúcido



Ojodrilos, de Rubén Valle. Ediciones Peras del Olmo (digital), 2021.


por Andrés Cáceres


La población crece mientras los lectores decrecen. Los poetas siguen escribiendo, pero difícilmente llegan al libro: se quedan en la versión digital. ¿Qué escribir en el mundo actual, globalizado, tiranizado por el capitalismo apátrida? Rubén Valle convoca a la poesía desde su interioridad. Sabe que esa es su residencia permanente y que solo responde cuando hay autenticidad.

En Ojodrilos, su nuevo poemario, vuelvo a comprobar que para él, el ejercicio poético es liberación, casi al modo de los surrealistas, con la diferencia de que Valle criba la sustancia subconsciente con el filtro de un razonamiento crítico, lúdico y estético.

Sin querer dar una definición, considero al arte, en general, como inspiración y riesgo. ¿Cómo no encontrar estos valores en su poesía?

Y comienza por el título, Ojodrilos. Borges considera a los globos oculares como «esos tenues instrumentos». Valle les otorga una condición cuasi omnisciente: «Son más efectivos / que el hambre y el olvido / Peores que un secreto o el óxido». Y advierte: «Ojo con esas miradas / que te muerden / como los espejos que delatan / lo que tus ojos criban».

Al igual que con los libros anteriores, nos sumerge en un mundo vital donde lo cotidiano toma carácter metafísico y la poesía, esa inasible transparencia, sobrevuela de extremo a extremo.

Considero que para nuestro vate, el poema es esencia, sustancia, instancia primigenia. En El huevo o el poema se pregunta: «¿Cuál de los dos predijo el big bang / su imperativa metáfora de lo posible? / ¿Quién parió la primera muesca / y lanzó a la nada aquel berrido inaugural?». 

Leerlo es disfrutar de una imaginación poética que lleva a pensar, a sentir que estamos vivos y a creer, con cándida beatitud, que la vida es eterna y, como si fuera poco, que las variaciones metafóricas son infinitas.

Tal es el placer que me permite en Frankenstein escribe a Mary Shelley, que lo he leído y releído, como si quisiera memorizarlo: «Con el corazón zurcido pendiendo de un hilo negro / y su carne devastada a la espera de turno en chapa y pintura / el prometeo de los pespuntes jura ante su sombra: / Maldita Mary Shelley hoy seré yo quien te escriba / con estas manos de sepulturero voy a reinventarte».

En Goles perdidos, el primer verso («La campana de la catedral»), lleva a imaginar claustros de recogimiento místico, pero ya en lo siguiente, el rumbo es muy otro: «No me llama a mí (tampoco a vos) / tañe como el grito de los inocentes / o esos goles perdidos / que se suicidan un domingo cualquiera». (Esto me hizo pensar en el penal que Higuain disparó a la estratósfera).

Una lectura completa me da la convicción de que Valle no es optimista ni pesimista, sino vitalista, de temperamento sanguíneo. Atropella con la belleza por estandarte y nos ametralla con aciertos metafóricos.

Cuando hablo de belleza en sus libros, rechazo de plano a la decorativa. La suya es natural como un paisaje, de sinceridad conmovedora, de música sincopada, de imágenes renovadas, donde el humor es un camarada sabio que suma su estro al río eterno de la lírica.

Insisto: no hay retórica ni ornatos sino legítimo verso augural, de armónica síntesis de forma, musicalidad y significación.

De entre tantas ideas gratificantes, como escritor de ficciones, elijo la siguiente: «El que lee es un obrero calificado / un esteta que padece la frase incorrecta / como un ladrillo mal colocado / El lector es una casa vacía / un nombre en blanco / pero ante todo un oído dispuesto para que el cantor / confiese lo que ya todos sabíamos». 

En fin, Rubén Valle, dueño de un humor de alto calibre, que hace sonreír al alma, se abre camino, con luz propia, en medio del numeroso y caótico quehacer actual de la poesía argentina. 

Rubén Valle.




Tres poemas de 
Ojodrilos
de Rubén Valle


El huevo o el poema

¿Cuál de los dos predijo el big bang, 
su imperativa metáfora de lo posible?
¿Quién parió la primera muesca
y lanzó a la nada aquel berrido inaugural?
¿El huevo o el poema?
¿El poema? ¿El huevo?
Con ínfulas de esclarecido el poeta sentencia: 
el poema siempre es el huevo
De él nace cada día una nueva Roma
Un camino para el cojo y el cimpiés
Una casa abierta a los diletantes
Y no pocas veces un decamerón 
 que vela y desvela 
nuestros sueños más sombríos
Es el poema quien prohija al amor 
en pleno sturm und drang 
y en el palimpsesto de lo desandado
bifurca a ciegas ese sendero por el que arriban 
las preguntas y raras veces parten las respuestas. 

El huevo siempre es el poema. 
 
A Luis Benítez

*

Frankenstein escribe a Mary Shelley

Con el corazón zurcido pendiendo de un hilo negro
y su carne devastada a la espera de turno en chapa & pintura
el prometeo de los pespuntes jura ante su sombra:
Maldita Mary Shelley hoy seré yo quien te escriba
Con estas manos de sepulturero voy a reinventarte
Tendrás el cuerpo perfecto (ese que ansío para acoplar mis costuras) 
La boca de Marilyn las cejas de Frida los labios de Jolie
Los pechos más dulces y los ojos del faro del fin del mundo
Colmillos como cuchillos a estrenar para que me muerdas a lo loba 
Y una voz sin orillas que atraviese los laberintos de mi cabeza 
con canciones sucias como un desayuno en el pantano
Lucirás Mary Shelley el pelo de mil brujas en ebullición
y una lengua oscurísima del largo de mi espalda 
para enhebrar los fragmentos que me faltan 
y así ser lo que siempre soñaste de mí: 
todos los hombres en uno.


*

Nom de guerre

No tuve la gracia de elegir el nombre 
que me nombra y me iguala 
a tantos y de otros tantos me diferencia
Si por mí fuera me llamaría
Isidro, Thelonious, Odo, 
Jorge Luis o Polifemo
A decir verdad preferiría llamarme 
como un libro de puño & letra
Tener un título no un nombre
Algo así como Altazor
Op Oloop Aleph o Bartleby
Nunca me llamaría Onur
Leopoldo Atila o Carlos Saúl
Mucho menos Adolf
Pero me llamo como me llamo 
y hasta un perro sin hambre se da vuelta
cuando escucha su nombre.


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martes, 16 de noviembre de 2021

La historia de un poema de Rolando Revagliatti



por Rolando Revagliatti (*)
Especial para El Desaguadero


Devastado por mi incompetencia, había yo perdurado en malogradísima función marital durante algo más de cuatro años, entre mis 23 y mis 27 largos. Período en el que sólo escribí un poema cuyo título fue Paredes, el que describía mi agobio, a manera de relevamiento: en efecto, paredes así y asá, gruesas, toscas, impasibles o frenéticas, me impedían volver a ser «algo» (se publicó en la sección «Versos que hablan», en el inolvidable periódico Alberdi (1923-1976), de la localidad de Vedia, en la provincia de Buenos Aires, donde también colaboraban Marcos Silber, Ramón Plaza, Eduardo Dalter, Elena Díaz, Roberto J. Santoro, Carlos Patiño, Alberto Luis Ponzo, Ariel Canzani, Elías Castelnuovo, Raúl González Tuñón, Julio Huasi, Clara Franco, Jorge Isaías, Amaro Nay, Hugo Diz, José A. Cedrón, Fátima Gatti, Enrique Puccia, Rogelio Ramos Signes, Carlos Penelas…, hasta que la Alianza Anticomunista Argentina encarcela a su director en dependencias del Ejército y obliga al cierre del periódico).

Para mí, concebido de una sentada muy poco después de haberme separado de aquella esposa desairada a quien se lo dediqué y con la que había mantenido, en un primer lapso, a partir de mis dieciocho años, una relación de un par de encuentros semanales, al tiempo que militaba, día tras día, como compulsivo Casanova, en absoluto selectivo, siempre maniobrando en procura de algún inusual número de chicas y mujeres con las que alcanzar al menos una formidable y reafirmatoria encamada. Todo esto aceptado por ella, la del poema. 

Un día corté esa ligadura. Porque sí, lo era, en tanto me mortificaba y hasta atormentaba su incondicional aceptación. Me libré así, bastante, de la aflicción que me había inferido el «contrato verbal», aunque extrañaba, desde luego, no únicamente los despliegues eróticos, sino también los paseos, las conversaciones, las lecturas, las idas al cine, lo mucho de agradecible que nos dábamos. 

Más de un año después, una circunstancia, que no recuerdo con precisión, nos reunió, y allí, en un auto conducido en la niebla por un amigo, siendo medianoche, regresando desde Ezeiza a Capital Federal, los tres sentados en los asientos delanteros, a viva voz, le pregunté, embargado y de sopetón, a Ángela si querría casarse conmigo. Eduardo, el amigo, estudiante de medicina, detuvo, no sin alharaca, su coche, y me compelió a que repitiera, valientemente, la proposición. Y lo hice.





Para mí

                                  (a Ángela Da Silva)

Entré con dientes, pero no con todo
me quedé afuera un poco
Yo nunca fui a la escuela
yo
    realmente
nunca vendí diarios
Cuando yo medio no existía
yo era demasiado yo
para mí solo.


Del libro Obras completas en verso hasta acá (tres ediciones en soporte papel —1988, 1990, 2007— y dos electrónicas —2006, 2016)


(*) Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, República Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y quince poemarios, además de otros cuatro poemarios sólo en soporte digital. También en edición electrónica se hallan los seis tomos de su libro Documentales. Entrevistas a escritores argentinos, conformados por 159 entrevistas por él realizadas. Todos sus libros cuentan con ediciones-e disponibles en http://www.revagliatti.com. Ha sido incluido en unas ochenta antologías de poesía, narrativa y dramaturgia de la Argentina, Brasil, Perú, México, Chile, Panamá, Estados Unidos, República Dominicana, Venezuela, España, Alemania, Austria, Italia y la India.

viernes, 6 de agosto de 2021

Cinco poemas de El cuerpo del silencio, de María Agustina Pardini

María Agustina Pardini.
Cuerpo y extrañamiento

por Fernando G. Toledo

El extrañamiento parece una figura clave en la poesía de María Agustina Pardini. Una vulneración de lo observado a través de lo que narra en los versos, una deformación que parece servirle para que su voz sea haga —tal vez— más real, más presente.

Pardini acaba de publicar su primer libro, en el que eso se expresa en plenitud. El cuerpo del silencio (Buenos Aires Poetry, 2020), está atravesado como por raíces que ingresaran al hogar poético y se instalaran para verse a sí mismos crecer. La imagen no es gratuita, sino que aparece en uno de los textos (Capullo incógnito), pero bien puede ser paradigmático de la propuesta.

Poeta y traductora freelance, María Agustina Pardini es traductora por el Traductorado científico literario en inglés y licenciada en Lengua inglesa. Publica textos sobre literatura en el suplemento de Cultura del diario Perfil y en la revista internacional literaria Words Without Borders
Aquí, una breve selección de los poemas de ese volumen.



Capullo incógnito


Por debajo de la puerta entran raíces gruesas
como las manos pesadas de un gigante dormido.
Arrastran su cuello bifurcado
cubierto de diminutos brotes inocentes.

Alertas al ruido de vidas en silencio
trepan el muro, arraigan sus venas 
al suelo. 

Invadido, el día, 
sucumbe a la oscuridad
sobreviene el jadeo de soles ahogados. 

Cubierta de hilos verdes 
me balanceo inalcanzable
en mi capullo. 



Vuelan nubes

«It was a moment of rare, immutable joy –
a moment for which one feels grateful to Life and Death».
R.K Narayan

Krishna, tu viaje está en mis 
pasos. Frágil luz de sol vidriado
hileras de fuegos solitarios
marchan hacia el apagón.
Tu distancia está en mi altura.

Aquí sin forma sin cielo sin color.

Fuente de vértigo
miedo y olvido.
A través de la piel de un niño
busco tu estela. Cruzo el umbral
de jazmines enlazados. 


Interferencia


Hubo un tiempo de pensamientos ordenados
sin espacios entre mi cabeza y el cielo. 
No se oía en la tarde un silbido 
que despertara la ciénaga
de la mente.

Como un jazmín infectado
decidí no apartar sus hojas del resto 
dejé que el tallo se enredara en mi cuerpo.
Advertí que ya no florecían los brotes.

En la piel que recubría el ardor
había polvo.
Partículas de miedo anidado
trazos sin terminar en mi conciencia. 



Disociaciones


Un rayo de sol
se abre paso entre lambertianas 
para llegar a mis hojas.

Páginas amarillas suspiran
evocan lo que el invierno 
me había guardado.

Mis manos sudan
las puertas se cierran
un latido balbucea la ruptura.

Entre la hoja y la semilla
la distancia entre la realidad 
y mi percepción disociada.

Un pájaro naranja se aproxima
me percibe como una extraña. 
Cuánto tiempo estuve ausente.




El tiempo de T.S. Eliot

La orfandad del tiempo medido florece
traslúcidas mariposas clarividentes
no habrá más fragmentos yuxtapuestos

la tradición astilla las horas
las conduce a un jardín múltiple.
El germen de la libertad se propaga.


Benítez lanza su palabra para romper la ventana del idioma

Luis Benítez



por Rubén Valle

Las últimas publicaciones del poeta, narrador y ensayista literario argentino, Luis Benítez (Buenos Aires, 1956), orientadas fundamentalmente hacia la novela y la investigación, parecían haber dejado en un inmerecido segundo plano su producción poética. Y como si ese supuesto tiempo en blanco llevara implícito una deuda a saldar, su nuevo poemario, Nadie sabe dónde estuvimos, editado por ascendente el sello santafesino Palabrava, sale a luz —nunca más oportuna la metáfora— con una abundante cantidad de poemas. 

Benítez es, a la par de un escritor prolífico, un poeta de tiempo completo y esa praxis literaria de vida y obra queda necesariamente plasmada en cada uno de sus libros. Sin necesidad de explicitarlo, este distópico presente marcado a fuego por la pandemia del Covid-19 asoma, se camufla o directamente grita, en distintos puntos del trayecto que invita recorrer este trabajo de largo aliento. «La muerte es una desorientada mensajera», alerta el poeta en guardia. 

Ya desde su título, el autor de La tarde del elefante desafía a los arqueólogos del futuro, convencido de que «en la palabra ayer todas las cosas de hoy son el mañana». Cuando pase esta pesadilla del virus global, probablemente los que queden en pie se pregunten «dónde estuvimos» cuando la pandemia nos metía tanto dentro de nuestras casas como de nuestras mentes y sus implacables laberintos. Dónde, cuando estos poemas se cocinaban en un caldo espeso de desasosiego y preguntas retóricas. Dónde, cuando las palabras eran el único salvoconducto, el abrazo prohibido, el café postergado, los brindis asordinados. Quizás a la conclusión a la que arriben es que «la nuestra es una conspiración sintáctica / y quien reordena las palabras está ordenando el mundo».

Consciente o inconscientemente, Benítez nos habla a todos, se habla a él mismo, le grita a los indolentes poderosos, se enoja con el mundo y con aquellos que lo sabotean todo el tiempo. Se piensa y nos piensa. Es escéptico y esperanzado y (nos) advierte: «Lancé mi piedra a lo desconocido / y rompí la ventana del idioma». Porque no es de otra forma que empoderado por la palabra que pueda uno protegerse ante lo indecible ya que «nada importante viene a nosotros montado sobre un dragón sino en sigilo». 

Con 42 libros de poesía, ensayo y narrativa publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, México, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay, Benítez cuenta con una sólida y profunda obra que amerita conocerse, seguirse, o revisitarse en todo momento, porque pase lo que pase con el planeta y cada uno de nosotros, inquilinos siempre al borde del desalojo, «como un témpano de hielo en el whisky de un dios es el deseo ferviente de vivir». 

Razón más que suficiente, entonces, para que «salvemos a la poesía de la ciencia y que no tenga sueños reales como antes». 



Dos poemas de 
Nadie sabe dónde estuvimos, de Luis Benítez 
(Editorial Palabrava, 128 páginas, junio 2021).


una voz que creció omitida en las palabras 


lancé mi piedra a lo desconocido 
y rompí la ventana del idioma 
todo de una vez      la herramienta y el sitio 
los árboles los olores el seguro de vida se entregarán 
en esta respiración única 
lo que estamos viviendo ahora es un retroceso 
una voz que creció omitida en las palabras 
pierde sus pistas de distancia entre los matorrales 
hay un golpe en la puerta y se abre la vieja historia 
esta ilusión de que todo empieza siempre 
es un exilio donde se encuentra una figura olvidada 
y para un huésped que no se espera 
allí un grano de arena pesa como una bendición 
nos encontramos con el disfrute 
como con un desconocido que tropieza 
con nosotros en la calle y sin pedir disculpas 
ni sacudirse la ropa comienza una conversación 
caminamos siempre por la patria de lo imprevisto 
lo posible es una nueva versión de lo imposible 
y la primera vez que alumbró un sol 
el cielo estaba lleno de nada


nadie sabe dónde estuvimos 

toda la tarde llovió 
y nadie sabe dónde estuvimos 
de ahora en más 
me quedaré en tu sombra 
viviré el fin de las estaciones cuando 
el insecto retorna a su estado de larva 
listo para creer que cada uno que anda 
por la calle es uno que yo conozco 
pero yo me quedaré en mi cuarto 
hecho de tu sombra 
en una habitación oscura
onde la muerte es una desorientada mensajera 
donde entraré en esa pobre tan mínima luz 
sea como eso sea 

domingo, 18 de abril de 2021

Una vida, la poesía




Prólogo al libro La muerte no tendrá la última palabra (Ediciones en Danza, 2021), 
de Jorge Ricardo Smerling,



Uno

Hace unos meses, en el invierno de 2019, en un bodegón del barrio porteño de La Paternal, Graciela Smerling me dijo que había logrado recuperar los poemas inéditos de su hermano. Fue una tarea de varios años —cuatro, creo—, que incluyó la recopilación de textos dispersos en archivos personales de poetas y amigos de Jorge Smerling. Abordamos los temas usuales de conversación en estos casos: recuerdos, anécdotas, opiniones y comentarios sobre la vida y obra del poeta; su derrotero terrible hacia el abismo de la Belleza y la poesía; su proximidad con Dios, esa familiaridad con que los santos y los místicos lo tratan; el desarreglo de los sentidos —una expresión que se repite en estos poemas, y que constituye un manifiesto de cuatro palabras— y la dispersión fantástica e inabarcable de su obra. De la editada no existen ejemplares disponibles: hay en las colecciones privadas en número reducido, quizás en alguna biblioteca pública o en el mercado de internet. 

Smerling hacía imprimir sus libros en plomo y cada edición era una obsesiva tarea que caía sobre la cabeza —y a veces la nuca— del impresor. Que lo diga Carrá. Nunca un libro fue igual al anterior, siempre había algo, un dibujo, una tipografía, un formato que lo diferenciaba. Sólo con la editorial de Eugenia Mugnani Ranea —La Guillotina— accedió a trabajar con offset, ya avanzada la década de 1980 y cuando casi nadie imprimía en plomo en Buenos Aires. 

No resulta fácil hablar de Jorge Smerling, menos aún cuando en este enero se cuentan seis años de su partida. ¿Por qué hablar de alguien cuya presencia es constante, que mantiene sus terribles juicios sobre la belleza y la verdad poéticas y permanece en esa memoria resistente al polvo de los tiempos? Hay un empecinado corazón que guarda todas estas cosas: dolores, placeres, angustias, efímeras felicidades, confianzas sacudidas por los vientos de dudas y pesares. 

Dos 

La recopilación de estos poemas inéditos de Jorge Smerling tiene todo eso: propone un itinerario, sugiere un recorrido. Algunos textos están fechados, de otros es incierta su datación. No obstante, puede establecerse un largo período que abarca desde sus primeras escrituras hasta las últimas, las más cercanas a su muerte. Es decir, hay una construcción efectiva de su poesía que marcha paralela con su obra publicada. Una se apoya en la otra. 

Entonces, estos poemas están lejos de ser un descarte, y menos todavía, de constituir una antología encubierta. Smerling escribía continuamente y en muchos casos —aquí se percibe claramente en los poemas que llevan epígrafes de Eliot— trabajaba sus poemas con los de otros poetas. Encontraba acaso el hilo conductor de su propia poesía en la de Olga Orozco, en la de Catulo o Píndaro, o con Victorio Veronese, o Héctor Miguel Ángeli, quizás con Celia Gourinsky y Juana Ciesler; en Enrique Molina, en Miguel Ángel Viola. En tantos, en tantas. 

Esos textos, dibujados en papeles de origen y calidad diversos, garabateados a veces y otras, escritos con un trazo fino, siempre febril, se conservaban en enormes bolsas negras de residuos que Smerling acumulaba en sus habitaciones de la casa de la calle Campana. O en el departamento de Sánchez de Bustamante. A veces, durante una conversación, ofrecía: «¿querés un poema?», y extraía uno al azar para leerlo de inmediato. Otras, enviaba cuadernillos mecanografiados por correo postal a sus interlocutores eventuales. O en largas llamadas telefónicas, intervenía los diálogos con lecturas de sus más recientes poemas. Así, esa obra concienzuda, expandida, querible, se distribuyó como los panaderos —la flor del diente de león— en el viento de otoño. Seguramente habrá más poemas escondidos en algún archivo, en cajones o cajas guardadas en altillos, en carpetas viejas. 

No hay —y si existe, es escaso— registro digitalizado de su obra. Sólo aquello que los amigos han conservado o transcripto. 

Tres 

Los dos poemas de esta antología encabezados con citas de Miércoles de ceniza, de T. S. Eliot, muestran la trastienda del poeta. Tras una lectura del norteamericano —no un préstamo—, Smerling aporta una dimensión nueva. El lector de este libro sabrá cómo compone el poeta: los ingredientes que utiliza y dónde los obtiene, los versos que encuentra y cómo los retuerce para lograr su mejor y más exasperada expresión, las atmósferas a las que acude o en las que subsiste, el ritmo que elige o que se le impone como feroz latido. Pero, como todo buen cocinero, se guardará el secreto. Todo está ahí, a la luz, su receta parece fácil. Falta el secreto. 

Estas citas son apenas un ejemplo, un emergente pequeño en la gran poesía que hoy nos ocupa; dos versos condensados del diálogo que tanto Eliot como Smerling mantienen con Dios: un mosaico de desventuras donde la Belleza se pasea, no indiferente sino en acto, y tironea hacia la esperanza. «Porque no tengo esperanza de volver», asegura Eliot mientras Smerling, que sabe por experiencia propia que la Belleza está después de la belleza, también aprenderá que su corazón «arde en múltiples universos». 

La misma operación poética hará a lo largo de esta antología con los malditos, esos que siempre estuvieron a su lado —Baudelaire, Rimbaud, Artaud—, que incoaron en él el desorden de los sentidos entre absurdos existenciales y cumbres místicas, entre el erotismo más absoluto y la contrición del pecador, del réprobo. 

En esta antología varios poemas constituyen un virtual «ciclo de malditos» que demuestra la familiaridad de Smerling con esos poetas. La búsqueda de la Belleza, así con mayúscula, y la de Dios es casi la misma empresa para Smerling. Son cuatro poemas: uno dedicado a Baudelaire y tres a Rimbaud —los ojos, la cara y una carta—. 

Reconoce la paternidad de Baudelaire —viejo, le dice— y atribuye a Rimbaud la visión, la videncia: habla de los «ojos alucinantes» del iluminado de Charleville al comienzo de un poema cuyo desarrollo no es más que la descripción de paisajes, exteriores e interiores, la recorrida por el implacable e irreductible trayecto hacia la Belleza. 

En Jorge Smerling, como en Lope o Juan de la Cruz y Simone Weil o, más todavía, en Agustín de Hipona, no hay dobleces, y el universo es precisamente eso: uno y diverso. El dolor acompaña el alivio de toda fatiga, obtiene su descanso en la fe y en el convencimiento de ser merecedor del Amor, de ese amor que da la vida por sus amigos, de ese amor que es la luz, la verdad y la vida. Un camino que habrá emprendido en Villa Devoto y que no le habrá sido fácil. 

 Cuatro 

 En fin, es posible sugerir que las lecturas se le imponen como parte de la realidad y merecen su interpretación. O ya hay una interpretación al elegir esas lecturas. Es sabido que varios de sus poemas —aun de sus libros, por ejemplo Quásar— tienen origen en informaciones periodísticas, en investigaciones científicas, en noticieros televisivos. Era un seguidor de las tapas, primero, y de las placas televisivas de Crónica, después. Si a los textos poéticos los sometía a un duro tratamiento de torsión la síntesis casi poética de los títulos periodísticos no hacía más que estimular su poesía —y su humor, su sarcasmo—. Esta colección, por caso, tiene un solo texto de una serie, mucho más extensa, titulada Peluquín de pubis, que compuso durante varios meses —quizás años— durante la década de 1980. Esos poemas, de un humor entre surrealista y patafísico, estaban escritos en hojas celestes o rosas de papel liviano para correo por vía aérea, y en varias ocasiones la tinta elegida —generalmente, bolígrafo— se transparentaba en el dorso. O sea que él leía el poema, digamos en un bar, y su interlocutor, sentado enfrente, podía seguir esa lectura desde el texto espejado. 
Jorge Smerling.



Cinco 

La mayoría de sus poemas debe estar en archivos de amigos, de amigas, de poetas y escritores, de artistas vivos o muertos. Muchos circularon acompañando cartas extensas, tipeados con máquina de escribir y abrochados con ganchos. Algunos de esos textos salieron de los archivos, cajones, carpetas y ficheros de poetas —Rosana Giribaldi, Victorio Veronese, Diego Roel, Gerardo Burton— y llegaron a esta antología, sin saber ninguno si la que se publica ahora es la composición definitiva. Entonces, esa calidad de efímera que tiene esa obra, porque no está terminada, porque hay versiones diferentes de los mismos poemas, porque su autor todavía no finalizó su composición es, justamente, lo que la mantiene viva. Dijimos que esta antología era inédita, y lo es. Pero de la extensa obra creativa de Smerling, esta colección sólo ofrece una parte. 

Sin embargo, como también se dijo, estos poemas no son últimos, no son los finales. Es la producción de Jorge Smerling que se construyó en paralelo con su obra publicada. Tampoco es un descarte: es una poesía a la que un poeta dedicó su vida. Y es apenas lo escrito. La vida de Smerling fue (es) poesía.

Neuquén, enero de 2020



Poemas de 
de Jorge Ricardo Smerling


El otro pie que llega a la luz


el otro pie se asoma
porque suele ser la brillante libélula que reparte magnesio
por el sol y pierde altura

ese otro pie que llega a la luz en dimensión de cuerpo
cuando se dobla
corre pájaros con suaves ojos escritos bajo el agua
el pie
ese otro pie que desconoce la luz
aumenta su cacería en vuelo bajo
abre la curva prometida de la noche   
                                                 y canta
pero no conozco su canción
el pie gira el pie como universo otoñal gira
                                               y pierde su camino
pie sin luz tampoco sombra gira
                                               y es otro pie
se detiene cuando la luna estalla en calavera de reina negra
oh saturación en la semitierra de los pobres

*

Árbol que nace por aventura de mirar


siembra la luz la siembra inquieta
el ojo del ángulo que sostiene la cara
y ese pómulo himalayo que soporta la sombra
sin luz ni hueso de música
bajo el párpado el metal de sombra
sin luz y el ángulo donde estalla el universo
ese ojo que lanza sus puntas y sus fuegos
sobre la cara que es lenta travesía para el mundo
esa línea donde puedo dejar la luz de mi mirada
y es una bailarina la que sopla en siembra de noche
luz estremecida por debajo de los muslos del toro
bicéfalo  
             bicorne 
                         elemental 
                                         doblado
y negro sobre el ojo la pupila también porque es la vida
ojo sin ángulo
            imposible
para mirar es necesario destruir

*

De un pato a otro pato


Vuela. No importa el camino.
Sube en ese ejército que alaba las facciones del universo:
tensas quizá como una flor con el beso de la aurora.
Vuela.
La vida es bella a pesar de los fusiles.
Vuela.
Aunque debas llorar por tu muerte
y la de un pato solo
                              a orillas del río.

*

Voy por vuelo que me ha llamado


Voy por un vuelo que me ha llamado
igual que las tormentas de los extensos campos
atado a ese grito como la Tierra
a los golpes del agua y la indiferencia
a todo lo humano que resiste y resiste

he perdido toda noción de altura
y toda noción de hundimiento
pero me alzan las cuchillas de las nubes
sin otra pretensión que una indigna libertad
porque ya
           más arriba
donde el cielo es azul y mi cuerpo
puede rodar
como un hilo de sangre
mordido pero sin muerte y
apenas cayendo de un movimiento a otro movimiento
            de movimiento en movimiento
                        silenciosamente
                                   desde 
                                                lo
                                    alto

como la másmuerte codiciosa y hambrienta

*

¿Otro olvido más?


aquel lejano buscador del trino de la opaca luz que sueño
¿será otro olvido más?

quise el parpadeo de las alegrías y no pude
quise la suave mano apenas y no pude
quise el rosario del viento para mi cuello
y sólo fue la inmigración de tristes palabras esta suerte

                       convéncete, Señor

he vivido en tantos mundos
que ya nadie me recuerda
mientras despojas al sin nombre
                       y no dudan de Ti
                                     Señor 

de tu espada de tu flecha como esa espada
                       que arrojas
                                  y
                                  arrojas
                                  y clavas
igual que un estilete apagado dentro de mí
que apagas con un goteo lento
como la forma del apenas
                        ese último sin dolor final
                        del último dolor
                                     apenas

sábado, 17 de abril de 2021

La historia de un poema de Susana Slednew



por Susana Slednew*
Especial para El Desaguadero


La historia de También me ensucié las manos con cal y barrí la arena se relaciona con las muchas veces que me he preguntado por qué la poesía en mi vida; por qué la escritura de poesía; de dónde o de quiénes extraía yo la emoción, el pensamiento y la palabra para la poesía.

Provengo de una familia de clase trabajadora y mi numeroso núcleo familiar era gente de oficios de inmigrantes, de tareas del hogar, que sólo habían pisado una escuela primaria. Sin embargo, la lectura era un valor presente en algunos miembros y éramos socios de la Biblioteca Pública de Suárez, el lugar donde nací. Pero hasta el día de hoy no supe de ningún integrante del árbol que escribiera o disfrutara de leer particularmente poesía. Yo parecía ser el único ser absorto frente al espacio de cualquier papel que pudiéramos tener en la casa y en el que quedara algún verso copiado o trazado débilmente por mí.

Básicamente, cada vez que yo me preguntaba –ya adulta- «por qué escribo poesía», «por qué la poesía en mi vida», lo más claro era mi propia familia, las imágenes de aquella casa familiar, ellos con sus maneras de hablarme a través de sus ocupaciones, sus oficios, sus tareas domésticas. Lo más claro era la poesía de esas formas, su lenguaje.

El día que escribí También me ensucié las manos con cal y barrí la arena pensaba en mi padre, entonces cobró mucha fuerza para mí la imagen de su trabajo, la emoción que me causaba verlo desde aquella mezcla entre la admiración por su fortaleza o capacidad de trabajo y el amor filial que yo sentía por él. Así apareció la primera línea del poema como dictada por esa escena de la historia familiar, por lo pensado tantas veces acerca de ella, por el conocimiento del oficio de constructor albañil del que yo sabía detalles por haberlo observado. Tomé –sin ser plenamente consciente de ello- la construcción de la casa como forma de construir los días de la vida, y a la vez la construcción del poema como parte de los días de la vida.

Recuerdo que me mantuve atenta a ese dictado, a ese impulso inicial que me llevó a escribir el poema completo. Desde esa primera línea que quedó casi con fuerza de título no me detuve hasta no escribir la que sentí que era la última palabra: extremo.

Puedo afirmar que sentí una emoción similar a la vivida en aquellos años, que al menos evoqué aspectos de aquella emoción que fueron valiosos para el poema. Sentí aquel affectus que describe en La emoción en el poema la poeta y ensayista Alicia Genovese. Sentí que echaba raíz en este poema de alguna manera parecida a como ella lo describe cuando dice que esa emoción «conforma en el poema una línea de fuerza invisible que lo impulsa, lo sostiene y alimenta su sentido». Además, sentí una gran alegría al escribirlo, una sensación de satisfacción por esa forma de la lucidez que resulta ser para mí la escritura de poesía.

También me ensucié las manos con cal y barrí la arena quedó prácticamente como lo escribí aquella tarde. Le hice apenas dos o tres ajustes menores.

Es un poema que siempre me emocionó mucho leer en público. La primera vez que se lo leí a mis amigas poetas se me anudó la garganta, tanto que alguna de ellas terminó su lectura. Y durante muchas lecturas posteriores a su publicación sentí esa conmoción. Es uno de los poemas que más ha gustado. Es uno de mis poemas más queridos.

Pertenece al libro Los bordes del azar, editado por Ediciones en Danza en 2017 que contiene una serie de poemas cruzados por una poética del viaje, del desplazamiento, real y simbólico, en el que solemos estar inmersos. Y También me ensucié las manos con cal y barrí la arena es un viaje al origen de mi placer por escribir poesía a través del oficio de mi padre.

 

***


 

También me ensucié las manos con cal y barrí la arena
Cuando pienso en las palabras
recuerdo a mi padre con una cuchara de albañil
quitando restos de cemento entre ladrillos
lo veo repasar con ternura de obrero
la piel rugosa de la mezcla
Recuerdo que lo miraba transformar el espacio
guiado por la claridad de un sencillo piolín
de extremo a extremo de la obra
con la misma sencillez con que transformaba la vida
No se borra de mí esa dicha
la tarea fina del fratacho
pasando dulcemente por la cara de la casa
como si fuera el rostro de la infancia
como si fuera un poeta
buscando el mejor poema para dar
Él logró con su manera de estar
volver dichosa la mía
logró
mejor dolerme los ladrillos
la mezcla la cuchara
el hilo que tensa esta vida mía
entre extremo y extremo

 

 

*Susana Slednew nació en Coronel Suárez, Buenos Aires, en 1958. Es poeta y docente. Publicó: Los bordes del azar (Ediciones en Danza, 2017), Lavar la vida (Ediciones en Danza, 2018), Mapa oscuro (Ediciones del Dock, 2019), #HastagParaElAmor (Ediciones Arroyo, 2020), Porcelana rota, Premio Poesía Fondo Editorial Pampeano 2019 (Edición del FEP, 2021). Publicó sus poemas en tres ediciones conjuntas con el Grupo de poesía Desguace y Pertenencia: El hilo invisible (2012); Donde el viento (2016); Hoja de ruta (2019). Participó de antologías nacionales e internacionales. Sus poemas fueron publicados en revistas, páginas y blogs de poesía. Participó en dos ocasiones de clínicas de obra poética como becaria del Fondo Nacional de las Artes, a cargo de Alicia Genovese y de Irene Gruss. Participa con sus lecturas en festivales, ferias, jornadas y encuentros de poesía. Ofrece cursos, talleres y clínicas de poesía.

viernes, 9 de abril de 2021

Cinco poemas de Insensata frontera, de Mercedes Gobbi


 

Publicado en 2019 por Fundíbulo Ediciones, Fiebre para saciar viene a ser la confirmación de lo que todo lector de poemas en Mendoza sabe: que Mercedes Gobbi es una de las voces más personales de los últimos cuarenta años. Los poemarios Ya no míos, En mitad de una vigilia, Flor mutante y el mencionado en el Certamen Vendimia 2001, Fiebre para saciar, son hitos en un camino de compromiso con la escritura y la libertad creadora. Para esta edición, Gobbi se rodeó artísticamente de sus hijos Melisa Benacot (en el diseño gráfico) y Holubii (en las ilustraciones). El resultado es una familia de palabras, tipografías y dibujos que corren los bordes hasta una zona impensada y feliz: «Afirmar que la frontera solamente es límite es detener la sangre y acotarla a ser solo un río que transmuta el oxígeno. Es frontera cuando se vuelve insensata, cuando desafina...», avisa en la contratapa la autora.

 


 Cinco poemas de
Insensata frontera,
de Mercedes Gobbi 


LUCHA


la telaraña es el tatuaje que la escarcha fabrica dentro
del sueño
y el hielo no alcanza a vaciar tu fiebre de noche
en el día a día que se desarma contra el humo del
cigarro y apaga la luz del hambre y encuentra
nuevas maneras de comprarse por si acaso
en el supermercado una gota
gotísima
de esperanza

*


DESOBEDIENCIA

 

la única manera de salvarme de la muerte es viviendo

POR QUÉ debo pedir disculpas por no moverme
delntro del pentagrama según órbitas previstas

por no quedarme tejiendo en una hamaca
si todavía
me queda un resto de nervio y arrebato

*

VENGANZA


es extraño el silencio que disuelve las gotas del
instante

una adivinanza terca

un laberinto que atrasa las ganas que desgaja el
puente donde no hay margaritas en el
remolino del juego

y esta ácida alegría de saberte lejano y arrojado
detrás de los malvones con disfraz de babosa

*


AÑORANZAS


he llorado esta mañana por todas las localidades de
la casa

en la cocina fue un llanto de café y pan tostado y
ausencia de pucheros
como cuando eran niños los hijos y había que correr
para que los delantales estuvieran planchados y no
se hiciera verdad el pánico recurrente que me hacía
vociferar cerca de las doce cuando descubría
que eran las doce y todos los guardapolvos estaban
en el cesto de la ropa sucia

o peor aún
estaban todavía en el dormitorio hechos un bollo
amorfo ganándole una batalla a los papeles




 

   

Ritos y ofrendas


 
Flores a mis muertos, de Paula Novoa. Cave Librum Editorial, Buenos Aires, 2021, 54 pág.

 

Por Carlos Battilana

 

Los poemas de Paula Novoa se preguntan por la existencia de los muertos. Parece extraño este interrogante que sobrevuela el libro. Pero sí. ¿Cómo es que alguien con el que se ha tenido tanta intimidad, con el que se ha compartido intensamente una experiencia afectiva, de repente ya no está y, sin embargo, aún exista? Los poemas de Novoa responden que esos seres a quienes hemos acariciado, sentido y amado, con quienes hemos dialogado y nos hemos reído, siguen viviendo a la manera de la memoria proustiana. No es que estos poemas apelen a una visión sobrenatural ni tampoco a ninguna teoría de la trascendencia religiosa. Las acciones cotidianas -mínimas, microscópicas- se convierten en signos imperecederos que conectan la ausencia del ser amado con el presente, como si lo vivido se prolongara en el hecho mínimo de oler una fruta, de regar una planta o simplemente de cuidar unos gajos en una lata de duraznos. En su fragilidad, el universo botánico es un modo de convocar las formas efímeras del pasado: “Tomé un fruto, / padre, / lo acerqué a mi boca / y tu memoria se acuñó / en mi memoria”.

Uno de los poemas de Flores a mis muertos narra el instante previo a la expiración. El texto está dedicado a un amigo al que se ha querido mucho y refiere un ritual que la poeta denomina «la ceremonia de la muerte». No se trata de ninguna liturgia sobrecogedora ni de una congoja explícita. Los dos amigos sostienen los momentos finales hablando de cualquier cosa, estando en silencio, mirándose y compartiendo un cigarrillo. El silencio abrasa cada segundo como si fueran horas doradas. Esos hechos exiguos son los únicos posibles y se experimentan no como una tragedia sino como un don arrojado a la pequeña posteridad. Sin palabras grandilocuentes, sin pretender siquiera descifrar el secreto mejor guardado, sin decir necedades acerca de lo impensable, los amigos aguardan juntos el fin. Ese tiempo compartido postula la única certeza, la de que se intentó -como se pudo- honrar las horas de cada día.

Ya que la poeta no suele llevar «flores» a sus difuntos, nos preguntamos por la inclusión de ese vocablo en el título del libro. Las flores, transfiguradas en pequeñas miniaturas textuales, son un regalo para todos aquellos a quienes se evoca. Hay una analogía entre las flores y los poemas, como si escribirlos fuera un ramito depositado en la tumba del muerto. Y también hay otra analogía entre los seres extintos y la experiencia del amor trunco («la medida del amor»). La poeta -que narra una infancia tenazmente silenciosa- no gritó ni gritará su dolor hacia afuera. Aun así trata de meditar cada domingo, luego del trajín semanal, acerca del origen y la naturaleza del tormento. Las ausencias se agrandan pero se constata, como pequeñas materias del mundo -plantitas, racimos, tierra mojada- que lo bello fue posible, y quizás aún, en su súbita suspensión, pueda suceder otra vez: «Dormía la siesta / y vos leías en el comedor, / la puerta estaba entreabierta por el humo. // Me avisaste que nevaba, / nos quedamos en silencio / y por un rato olvidamos / el daño que nos habíamos hecho / la noche anterior».

Los poemas de Paula Novoa son breves; sus versos se escriben en un muro de piedra con un estilete y buscan decir lo necesario, reservándose a la manera de los icebergs una parte que debemos completar. Dos tipos de poemas componen este libro: por un lado, los poemas literales, que cuentan los hechos acontecidos con delicada precisión; por otro, los poemas que interrogan al misterio y se exponen a la incertidumbre. Este bello libro de Paula Novoa nos convence de que la poesía es una manera de situarse en el mundo. Y también nos persuade de que el cuerpo, en su caso, más que durar un periodo biológico determinado, prefiere verse afectado amorosamente por los días. De ese modo, vivir empieza a tener sentido.

 

***

 

 

Tres poemas de 

Flores a mis muertos,

de Paula Novoa

 

Flores a mis muertos


Aunque no lleve flores a mis muertos,
intento recordar sus voces,
la textura de sus pieles,
busco los olores
que dejaron en mis cosas.

Olvidé en dónde están sus huesos,
qué parte de mí tocó sus carnes.

No sé quiénes habitan hoy sus casas.

Aunque no lleve flores a mis muertos,
hago rituales cotidianos,
como brotar gajos
en una lata de duraznos
y esperar.

*

Un fruto como la magdalena


Tomé un fruto, padre,
lo acerqué a mi boca
y tu memoria se acuñó
en mi memoria.

Tomé un fruto,
padre,
y su dulzor
me llevó a tu infancia.

Ahí,
en tu casa,
me senté a la mesa junto a tus hermanos,
probé el alimento de tu madre muerta,
y volví para ser tu hija.

*

Cementerio de animales


Debajo del nogal está
el cementerio de animales.  

Dos niñas construyen
lápidas y coronas.

En un banquito
frente a las tumbas
rezan.

Ahí, aprenden
que la materia perece
y rezan.

Con las manitos juntas
y los ojos cerrados
rezan.

¿Esto es la muerte?
preguntan.

Sí, la muerte:
decenas de pequeñas tumbas al pie del nogal
y una plegaria.