martes, 9 de febrero de 2021

Carlos Levy, un náufrago de la palabra


Carlos Levy.




Fue en la mañana de Navidad. Fue como una ironía de esas con las que gustaba reírse, provocar y escribir poemas deslumbrantes. Como en una broma, el escritor mendocino Carlos Levy murió el 25 de diciembre de 2020. Era, sin dudas, uno de los grandes líricos contemporáneos y eso, para una provincia de grandes poetas, no es un dato irrisorio. En un año de grandes pérdidas, la ausencia que suma su fallecimiento (como víctima de la Covid-19) será aun más notoria.

Piedades. Levy había nacido el 7 de julio de 1942 en Tunuyán, lugar que consideraba su «paraíso perdido» y en el que aspiraba a volver para vivir sus últimas horas, algo que no fue posible. El autor, que vivía en el centro capitalino, se descompuso durante la Nochebuena, fue internado y falleció en los albores de la Navidad.

Otros cardinales. Muy pronto, en su juventud, y tras la mudanza al Gran Mendoza, Levy comenzó a relacionarse con lo que podía considerarse la «bohemia» mendocina. Sus gustos por las largas charlas nocturnas, en cafés ambientados por la música, el humo y los buenos tragos, lo llevaron a entablar amistad con grandes personalidades del arte y las letras de su tiempo, como Víctor Hugo Cúneo, Fernando Lorenzo (a quien lo unió una gran amistad y proyectos en común) y el plástico Ricardo Embrioni, a quien consideraba su mayor influencias y a quien le dedicó uno de sus libros. Además, por ese tiempo conoció a Armando Tejada Gómez, a quien siempre consideró el lírico más influyente de su tierra.

Destierros. En los años 60, movido por sus intereses literarios y culturales, Levy se muda a Buenos Aires, ya con la decisión de volcarse a la escritura. Todo su trabajo y las experiencias de entonces cristalizan finalmente en Inmensamente ciudadano (1967), su primer libro, en el que a las influencias de la poesía de Juan Gelman le suma su siempre bien cultivado tono elegíaco y, además, su eterna preocupación por la «cuestión judía», que él solía resumir en una frase: «No hay mayor judío que yo sobre la faz de la Tierra, pero soy ateo».

Naufragios. A pesar de que, sin dudas, mostró con ese libro su calidad como poeta, habrían de pasar 17 años para que Levy pudiera publicar su segunda obra. De vuelta a Mendoza, se dedica a varios oficios y a la venta de libros. En 1984, recopila parte de la gran cantidad de poemas acumulados en su libro Café de náufragos (1984), al que poco después sigue un libro a dos voces, Anverso/Reverso, en colaboración con Fernando Lorenzo, y de una hechura muy particular: era un libro reversible en el que sus textos se cruzaban, como en un diálogo de café de esos que solían mantener.

Canto rodado. En esos tiempos hace Levy también sus armas como editor, tarea a la que se dedicaría en plenitud durante los 90, con una editorial emblemática: Ediciones del Canto Rodado, que no sólo publicó títulos de varios y variados autores locales, sino también algunos de otras latitudes (especialmente de su amigo y colega Marcos Silber) y algunos propios, como Té con hielo (1997), su primera edición íntegramente narrativa, en la que su poesía no podía dejar de colarse.

Dolorata. Luego llegan su hermosa antología poética Destierros (2001) y otro libro a dúo, esta vez con Marcos Silber (Doloratas, 2001, también con temática judía). Entrados los 2000, llegan sus incursiones en la gestión pública. Dirige Radio Nacional (época en la que se produjo el lamentable robo de originales de Víctor Delhez) y la Biblioteca San Martín. También, por ese entonces, abre una legendaria librería, llamada La Anticuaria, que primero estuvo en la galería Bamac y luego en la galería Tonsa, del centro capitalino, y que alimentó de lecturas a muchos amantes de la literatura y, también, a muchos coleccionistas.

Bilbiliko solitario. Más tarde, en 2005, publica una de sus obras más reconocidas: la traducción al judeo español (sefardí) del Martín Fierro, de José Hernández, experiencia que le vale numerosos elogios. Son años prolíficos en publicaciones, ya que luego vendría su libro de poemas Viejo hotel —cuya reseña abrió el primer número de esta revista— y su colección de cuentos Adiós, Celina, adiós.

Inmensamente ciudadano. Tras su trabajo como asesor del gobierno de Francisco Pérez (quien lo declara embajador cultural de Mendoza), con gran actividad en las diversas Ferias del Libro realizadas en el Espacio Le Parc, viene un retiro efectivo de la actividad pública, que cambia para seguir escribiendo (y publicando), pero también para cultivar una pasión, para algunos, secreta: la talabartería. Además, como lo dijo muchas veces, para rodearse de sus nietos y bisnietos.

La palabra y sus nombres. A la hora de posicionarse en la política, se cansó de llamarse comunista, socialista y peronista, indistintamente. Pero, como sucedía con la religión en su caso, también todo quedaba en segundo plano con lo que él consideraba su objeto de adoración: la palabra, la «brava palabra». A ella le escribió una conmovedora «plegaria atea» pensada para ser leída, justamente, en las épocas del año en que dijo adiós. Y que tiene unos versos finales que parecen escritos para su propia despedida: «no nos dejes caer en la tentación del letargo / no nos prives del viento, tu palabra / no nos abandones mientras estemos vivos / que el día de nuestra muerte / prometemos olvidarte / amén».

Una versión de este texto fue publicada en diario Los Andes el 25 de diciembre de 2020




Tres poemas de
Carlos Levy


La piedad de la memoria

Nos queda
la piedad de la memoria
la piedad de esas llaves misteriosas
que abren cada tarde
               las llaves del destiempo y los relojes

y la piedad de las palabras
esos restos casi pobres de un sonido
que fueran una blasfemia heroica,
                         allá en la adolescencia,

es la piedad de los fantasmas
que llevan por nosotros los lutos amarillos
ausencias lejanas que habitan
en la oscura dimensión de los álbumes y arcones 
como si la vida fuera,

        tan sólo un pequeño
        descuido de la muerte.


(de La memoria y otras piedades, 1984)


Poética

Brava la palabras
brazo del poema
que brama y abrasa
tritura sin trampa
que presto se presta
ya presa y con prisa
el modo de amar;

y triste traidora
la que hablada vana
la canción cansada
engalana engaña
ya vieja y ajada
prostituta cara
del gran palabral;

brava la palabra
que como el sol quema
no aquella que crepa
como el crepúsculo
y crápula el sol
que ya no crepita
no brama ni abrasa
como la palabra.

(de Anverso/Reverso, 1989)


Aquello que fuera

La tarde está hecha de pequeñas muertes
en el reloj que llevo en mi muñeca
el segundero
como una daga sin titubeos
me marca un adiós en cada movimiento
y convierte la vida en memoria.

Seré otro mañana cuando amanezca
si ya no soy el que era esta mañana,
y que atrás, que allá
quedará mi adolescencia,
el ave audaz que fuera eso que vendría
vuelta tan sólo por la piedad que tiene el viento
por las mareas
de devolver los restos del naufragio;

lo cierto es,
que la ilusión es frágil
y ya no seré jamás
la aventura que iba a llevar mi apellido
     soy un hombre
     con su melancolía.

(de Café de náufragos, 1991)


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