domingo, 16 de abril de 2017

La excusa del poema y Liliana Lukin



(Presentación y selección)

Nada más que cinco versos en cada poema, dispuestos en una sola estrofa, le alcanzan a la poeta Liliana Lukin (Buenos Aires, 1951) para que la filosofía, la reflexión ensayística y el lenguaje poético se crucen de una manera intensa y reveladora. La autora propone unas anotaciones, en una especie de «modo tanka», para ir descubriendo una tesis sobre el poder y el amor, el deseo y el placer, la víctima y su verdugo. Contundencia argumentativa mezclada con  el filo del hacha de la imagen póetica: «El cordero no ama en el lobo más / que su temor anciano y nonato: él es una creación / de la mujer por salvarse del lobo del cuento…». Así, los dieciocho textos de Ensayo Sobre El Poder, resultan ser el recorrido inquietante de un lector que sabe siempre que estuvo del lado del término real en la conocida metáfora del lobo y el cordero.





1.
El amor del lobo por el cordero es
una herramienta que sangra
la comprensión de lo que no
se comprende del amor ni del lobo,
en lo que queda desgarrado del cordero.

2.
En lo que no se comprende del lobo,
en lo que del cordero hay desconocido,
avanza la conjetura sobre la naturaleza
del amor que el cordero tiene por
el amor del lobo hacia el cordero.

3.
Pura carne, puro sentimiento
blanco, blando, frágil: ofrece
el cordero al lobo tanto
que el lobo debe dudar
antes de dar la dentellada.

4.
El amor del lobo por el cordero ama
su debilidad de lobo expuesto al vellón,
a los ojos redondos del pánico. El lobo
ama la piedad que no conoce,
adivinada en el momento del zarpazo definitivo.


De Liliana Lukin, Ensayo Sobre El Poder. Wolkowicz Editores, 2015.


LILIANA LUKIN nació en Buenos Aires, en 1951. Egresada de Letras de la UBA, es docente en Crítica de Artes de la Universidad Nacional de las Artes. Desde 2005 coordina la Clínica de escritura poética de la Biblioteca Nacional. Recibió, entre otros, el Primer Premio ECA de la Secretaría de Cultura de la Nación (1985) y el premio de la Fundación Antorchas (1989).Publicó, en poesía: Abracadabra (1978), Malasartes (1981), Descomposición (1986), Cortar por lo sano (1987), Carne de tesoro (1990), Cartas (1992), Las preguntas (1998), retórica erótica (2002), Construcción comparativa (2003), Teatro de operaciones (2007), Libro de buen amor (2010), La Ética demostrada según el orden poético (2011) y Ensayo sobre el poder (2015). En 2009, editorial Del Dock publicó su Obra reunida. 

lunes, 10 de abril de 2017

La historia de un poema de Patricio Torne



por Patricio Torne*
(Especial para El Desaguadero)

Por entonces, me había obsesionado en encontrar el meollo de las conductas y modos de vida de aquellos acérrimos defensores de las tradiciones cuyanas y la tonada como música inevitable y referencial. Peñas, asados, fiestas familiares, guitarreadas con clima de profunda intimidad, todo era propicio y bienvenido a mi intención de asirme a ese flujo de vida tan particular como auténtico. Poco a poco, un grupo de esos hombres, que a la vez estaban relacionados por lazos familiares, me fue incorporando a su cofradía que en apariencias era muy abierta, sin embargo, fiel a sus propias tradiciones, era muy cerrada, como quien teme abrirse a un juego social que funciona más como amenaza que como lugar propicio para compartir. Allí me hicieron depositario de historias y hechos que, de no ser por la confianza y el afecto conquistado, jamás podrían haber estado en poder de mi conocimiento: rencillas y decepciones amorosas; peleas irreconciliables por cuestiones domésticas; pasiones cruzadas o traiciones. Hechos todos que, superado el pudor, fueron el tema inspirador de algunas tonadas o cuecas de las que algunos de los integrantes de este grupo fueron autores.

Uno de estos hombres se hizo profundamente confidente conmigo, él aparecía como desvalido ante el ojo de los que no pertenecían a ese círculo, porque era uno de los pocos que no tocaba la guitarra, no cantaba, ni escribía versos, sin embargo siempre estaba como el motor, y se situaba en los bordes de la escena que surgía de una juntada, un asado, una guitarreada, como quien lleva a cabo el registro visual que luego se volverá anécdota fiel de lo ocurrido para un documental. Si bien me hizo partícipe de muchas de sus cuestiones personales, fue sobre una en particular que volvía recurrentemente, y trataba de un amor clandestino con una mujer que ya estaba casada con uno de sus familiares. Si bien intentaba disimularlo, cada vez que aparecía el tema, su sufrimiento era ostensible. Toda la culpa de la concepción occidental y cristiana lo atormentaba, pero no podía hacer otra cosa que volver, una y otra vez, al centro del pecado. «Tendrías que escribir sobre esto», me decía. Por estos lugares hay un modo de amainar las consecuencias de la resaca: «pá destrancar», dicen los criollos, y consiste en tomarte un vaso de aquella bebida que la noche anterior funcionó como la mejor compañía. Y esto fue lo que tomé como eje para escribir, a mi modo, lo que le estaba pasando a ese amigo cuyano.


***


Resaca

Ahora es lo que pesa. El dolor donde antes hubo dicha. Lo amargo de una fruta que antes supo la más jugosa y dulce de su especie. Lo que de ser veneno mata con esa lentitud que te hace dialogar con el verdugo. Lo que de ser verdugo lleva el rostro y el perfume del que amas y viene a indigestarte. Lo que de haber sido sonrisa ya es la mueca, es el espasmo. Lo que no más fuese el elixir, vuelto hiel como cicuta en las entrañas. Lo que no tiene remedio. Eso que está lejos de cualquier bálsamo. Lejos de toda compasión, toda palabra bienhechora, porque la ternura de otra fuente nunca alcanza y es infierno después de tanto cielo. Lo que a pesar de tanto infierno es una espada congelada rompiéndote de frío, y mucho más que todo eso. Lo que uno siente que es mejor no haber tenido paz; ni haber bailado con lo más deseado de la fiesta, o haber comido de su plato hasta saciarse nada más que con las migas, vaciando una tras otra las botellas del más franco de los vinos.
Lo que antes de tan breve fue un suspiro, vuelto ahora bocanada sin aire en los pulmones. Lo que lejos de querer ser vade retro, maldición, un acto despreciable, es pura pena por saber lo que nos falta. Un acto irremediable de conciencia con piadosa mentira, haciéndote decir que ahora has aprendido; que es mejor ser un estoico, un ermitaño, un desalmado, un cero, alguna piedra, cualquier cosa menos la pasión; cualquier objeto menos la sangre. Porque nadie está dispuesto a resistir tanta tragedia, tanta sombra en lo inmenso de la noche, y lo que es peor: nada es tan grande como este malestar que nos aqueja, que sólo hay un brebaje capaz de disiparlo, y es el mismo veneno que lo trajo.


*Patricio Emilio Torne, poeta, cronista, artista plástico. Nació en Helvecia (Provincia de Santa Fe), el 31 de Enero de 1956. Desde el año 1985, reside en Villa Mercedes, y desde entonces coordina Talleres de Escritura en la Secretaría de Extensión Universitaria de la U.N.S.L. Desde el año 2010 Coordina el Ciclo PRETEXTO, donde poetas de todo el país, la región y locales se dan cita para desarrollar lecturas y compartir experiencias creativas. Ha participado y editado en distintos congresos, encuentros y publicaciones del país y el extranjero. Ha publicado los libros Orbita de Endriago (Editorial Filofalsía, 1990); Helvecia y Otros Tópicos (Editorial Todos Bailan, 1990); Donde Muere la Lógica (Editorial Último Reino,1992); Anacrónica (Ediciones de la nada, 2000); Perros (Editorial Revistas Callejeras, 2010); Materialismo Dialéctico (Editorial deacá, 2013); Perros y más perros (Editorial deacá, 2015). Junto a Pablo Castro realiza performance poético musicales, entre ellos “Un abrazo” y “Corazonada”.

lunes, 3 de abril de 2017

La poesía universal de un escritor de provincia

Antología poética, de Julio González. Dibujos inteiores: Alfredo Ceverino.
Prólogo: Jaime Correas. Editoria: Mendoza Ciudad, 2016. 



Hay un dictamen, más declamativo que otra cosa, que exige a los poetas dejar sentado en sus textos el lugar desde el que escriben para que sus poemas valgan la pena. Por supuesto, esa clase de sentencias no pueden aplicarse al conjunto de todos los poetas, ya que si bien tenemos a autores que han hecho de cada «aldeas» propia la materia principal de sus versos, hay otros que prefieren elevar la vista y contarnos acerca de lo que pasa allende la comarca en la que están sentados y trazando sus versos.

En Julio González tenemos a un poeta sin ataduras geográficas, de esos a los que la dirección de una calle cercana o las gentes que le pasan por al lado le influyen menos que la gente lejana de ciudades soñadas;  menos que las ciudades de papel de sus poetas admirados, lo cambian menos que una lectura afiebrada de un filósofo alemán o un vate peruano.

Esa ciudadanía imprecisa que propone la poética de Julio González lo convierte en un poeta legible para cualquier bandera (especialmente si el bello idioma español está en sus labios). Estamos ante un autor cuya obra se ha construido en voz baja, como los sueños que lo llevan a las ciudades de los poetas que ha leído y a los que tributa con su propia voz. La obra de Julio, sí, es una obra breve y dispersa, pero una antología –como la que acaba de publicar la editorial de la Municipalidad de Mendoza– permite apreciar su relieve universal, su enlace con la gran poesía de los contemporáneos que lo han acompañado: Dylan Thomas, César Vallejo, Czeslaw Milocz y su cercano Fernando Lorenzo.

Sin embargo, si la poesía de Julio tiene pocas aspiraciones regionalistas y mucha ambición universal, basta con dejarse recorrer por los poemas que ha elegido para advertir rápidamente que es imposible desanudarla de otros afectos que exceden el terruño.

El afecto por el tango es el primero y más palpable, y no por nada nuestro autor dedica un capítulo de sus poemas elegidos para reunir allí algunos de los versos que no sólo la música, sino la sangre y la carne del tango y los tangueros han hecho de él este poeta que es.

Julio González.
Pero hay otros intereses cercanos, como la pintura (no por nada el libro está ilustrado por uno de los grandes: Alfredo Ceverino), el cine y el espectáculo del mundo que se muestra a través de las noticias de los periódicos. Y otro más: el interés por el amor como tema lírico. En Julio González el amor acaba siendo el reducto final de todo decurso poético, la razón de todas las razones. Y si bien el poeta hace del amor una esencia del tipo platónico («sombra iluminada», le llama), este amor es siempre un amor encarnado, palpable, tan corpóreo como las manos que recorren la piel de una mujer. Por ello aunque los poemas de amor no hacen al grueso de la obra de este poeta, podemos pensar en el amor como la metáfora ineludible que explica su pulsión creadora.

Y es que, así como Julio entiende que al Amor –con mayúsculas– se llega amando, también vemos cómo en cada poema esa dialéctica entre las apariencias y las esencias se despliega con cada tema que toca: habla de una lluvia vespertina y esa lluvia es todas las lluvias («un rezo entre el viento y la hierba», le llama); si habla de un cielo pintado por Georges Braque, de pronto «se divisa, alto, / el cielo de los hombres»; o si habla del momento en que el sol de ese día cae, Julio sabe que «para todos llega la noche».

Cuando descubrimos que este es el modo de proceder poético de Julio González es cuando entendemos que carece de sentido la dicotomía que mencionábamos al comienzo, aquella que enfrenta al escritor con nacionalidad y al otro sin ataduras gentilicias.

Y vemos al fin, entonces, que un poeta como Julio González es capaz de trazar un autorretrato esquivo en ese poema que incluye en su antología y que se llama Escritor de provincia. Un poema en el que se dice amante «de tres o cuatro poemas» (de Dylan Thomas, de Milocz, de César Vallejo); en el que confiesa que de todas sus costumbres prefiere «la del silencio», quizás para no olvidar lo que dice; y un poema en el que deja escrito un mandato: que sus papeles escritos sean cremados «y sus cenizas arrojadas / al suave comienzo del otoño».

Son estos, quién lo duda, los deseos comunes a todo poeta. Por eso no importa si nacieron en París o en Mendoza. Importa si crecieron mirando al mundo, queriendo abarcarlo con la sola herramienta de sus poemas. 


Tres poemas de Julio González

El hombre invisible

Hemos perdido el calor del rebaño,
olvidado a los dioses y su sombra.
Pagaremos por ello, como griegos sin oráculo.
El hombre, ¿enciende el fuego, cuida
la lumbre y el ganado, calienta su cuerpo y su deseo?
La noche y su soplo de ceniza
apaga la mirada del tigre,
el vuelo, el vuelo del viento entre los árboles,
la brizna y su tiempo muerto.
Todo sucede sin memoria;
es la hora del hombre invisible,
del hombre sin espejo,
arrodillado en las horas descalzas.
Nadie cuida la llama que se apaga.
De su sueño han huido el toro,
su arco y las flechas del aire en la hierba;
nada para llevarse a la tumba,
cuando los días concluyan en su pecho
y el bisonte perdido en la cueva de su alma.
Nunca más el trote, el trote verde
de la muerte entre la risa de los jóvenes.
Con qué soñar, en esta noche arrepentida.
El hombre invisible camina solo
en la ciudad invisible.
El gran hermano lo espera
en la pared-pantalla.
Aprieta el botón de la infancia;
menos mal, porque ya no recuerda nada,
ya nadie recuerda nada.

*

Esperando tus manos

La cama se amarra al silencio
como un barco sin gaviotas
y los restos de sueño
pegan en mi pecho muerto.
Cae el alba sobre mi cuerpo
sin oleaje
trazando círculos en el muro
sin respuesta.
La sombra de la vigilia
vaga en la almohada desierta…
Espero una palabra, una sola,
como un mandoble del estío,
como hablarle al rocío,
lo que queda del vuelo,
ese aire abandonado,
esa espada sin manos;
voces, voces entre los árboles,
juegan con el silencio
y levantan hogueras de adioses.
Como en lejanos corredores,
suena tu voz,
aparecen tus manos,
el aire huele a hierba,
a cielo abierto, a vuelo despegado.
Brillan tus ojos;
el día existe.

*

El mar según Dylan Thomas

De la granja al mar, de su dorado
trino de manzanas, hay apenas
un prado y un bosque,
que el niño mide con
el viento.
Siente su aliento de estaciones
muertas,
su fatigado golpe en las rocas
y el aire salobre entre sus
labios.
Como un pequeño rey,
se sienta en su trono de piedra
y larga su caña hacia arriba,
al infinito.
El mar y el cielo se unen
a la distancia.
Cierra los ojos y lo respira;
ahí viene, avanzando con su ballena
blanca,
sus naves vikingas y el
perfume
de la noche de Tánger;
con su caballo a la carrera,
con el marino sin taberna
y su ginebra viajera.
Con sus peces dormidos,
con sus algas de espanto,
con su carga de tabaco ausente;
con la seda en penumbra
y la noche ciega de los esclavos.
Cuando abre los ojos, el mundo
de caracolas y de espejos
se abandona en la mañana
infinita.

viernes, 31 de marzo de 2017

El Desaguadero / Número 18



ENTREVISTAS

por Fernando G. Toledo


LA HISTORIA DE UN POEMA

por Sergio Pereyra

por Paulina Vinderman

por María del Carmen Marengo

por Lucas Soares

por Ana Guillot

por Carlos J. Aldazábal

por Carlos Battilana

por Tom Maver

por Elena Anníbali

por Mariano Shifman

por Joaquín Valenzuela

por Marcelo Dughetti

por Sebastián Miranda Brines

por Pablo Queralt

por Alejandra Correa

por Jotaele Andrade


NOTAS Y ENSAYOS

por Hernán Schillagi


REPORTAJE HAIKU

por Fernando G. Toledo


LA EXCUSA DEL POEMA

por Fernando G. Toledo


INFORMES Y CRÓNICAS

por Paula Seufferheld


TRADUCCIONES

por Fernando G. Toledo


RESEÑAS CRÍTICAS

por Fernando G. Toledo

por Diego Roel

por Diego Roel

por Fernando G. Toledo

por Fernando G. Toledo


martes, 7 de febrero de 2017

Entrevista a Dionisio Salas Astorga

«Lo prosaico es la pérdida de sentido de la literatura»

Dionisio Salas Astorga.

por Fernando G. Toledo

Hasta el año 2003, la poesía de Dionisio Salas Astorga (Viña del Mar, 1965) era para muchos un enigma. Incluso, tal vez, una cosa de un pasado adolescente que presagiaba un después que no había sido. En efecto, el autor había publicado en su tierna juventud un premiado librito titulado Sentimiento, que pudo pasar, para algún distraído, por un arrebato adolescente. Pero quienes lo trataban más de cerca sabían, en cambio, que en su voz siempre la poesía estaba presente. Y que acunaba desde hacía años un libro que esperaba su turno por salir. En el medio había estado su mudanza al país vecino (este), su formación en la Facultad de Filosofía y Letras, sus años como periodista de redacción y sus lecturas constantes. Pero en esos albores del siglo XXI, Salas Astorga entregó a la editorial Libros de Piedra Infinita un puñado de poemas que no eran justamente aquellos que ya tenían hasta un título, sino otros nuevos que terminaron reunidos bajo el título Sábanas sin flores.
El «regreso» de Salas Astorga a la poesía publicada, sin embargo, no presagiaba el caudal prolífico que debía esperar aún una década más para desatarse. Poco después, el también docente de Letras incursionó en la novela infantil con Las aventuras de Cepillo el león (que tuvo también versiones teatrales y que acaba de ser reeditado), fundó su propia editorial y recopiló una antología de la poesía mendocina (Promiscuos & Promisorios) que las letras contemporáneas de Mendoza necesitaban.
A partir de 2013, al fin, llegaron los años intensos. el poeta publicó un libro con poemas novísimos y de temática amorosa, Como en las películas (2013) al que le siguió casi sin descanso una serie homogénea y que terminó de definir su perfil lírico: Últimas oraciones (2013, ahora sí, el libro largamente acunado), Crónicas cínicas (2014) y Para salir a matar (2015), todos editados en su sello LunaRoja.
Ahora, en el último suspiro de 2016, Dionisio Salas Astorga regresó al catálogo de Libros de Piedra Infinita con Vida de santos y santas non sancta, un poemario que confirma el cauce que los últimos títulos venían trazando, y en el que revierte el formato de las oraciones a santos paganos para volcarlos en la labor que viene desvelándolo: el convertirse en un cronista poético de los hechos del presente.


–Este nuevo libro se enlaza directamente con los últimos títulos publicados (de Últimas oraciones a Para salir a matar). ¿Cuánto hay en Vida de santos y santas non sancta de continuidad y cuánto de ruptura con tus libros anteriores, tanto en lo temático como en lo estilístico? 
–Hay un vínculo con los libros anteriores aunque cambie lo esencial de la forma (textos breves / textos extensos / voces que a modo de coro griego anuncian o presagian dentro del poema); es decir, en mis libros hay constantes temáticas –el mundo, la gente nadie, creencias por contrato, la decepción del amor, lo feo y lo triste, si querés, el humor– pero son muy distintos los escenarios y los protagonistas. Digamos que los temas, ciertas posiciones poéticas, la trinchera que a uno le importa defender difícilmente se abandona, tal vez por temor a naufragar, además. Tener esas trincheras (temas recurrentes) es lo que moldea eso que se conoce como «estilo». Y esa continuidad de mi poesía que vos observás la veo también en lo que digo en algunos artículos o ensayos que cada tanto escribo. Puede que sea un defecto de mi profesión docente, no idealizo a la literatura ni menos a los escritores. Y reitero algunos descubrimientos, las clases que me han salido bien. Ahora bien, volviendo al libro y tu pregunta, Vida de santos... pone el problema en la fe y nuestra relación con los santos populares; los ruegos por el milagro diario: que arranque el auto, que nos aumenten el sueldo, que alcancen los votos no de fe sino los que le faltan al candidato, que siempre será Judas. Y no coloca el problema en Dios o los pobres santos ruteros, sino en la mezquindad que se manifiesta en esa fe popular (la de todos y todas), más casera y burda, al pedir. Eso es lo que este libro muestra, expone, denuncia si querés. No se parece en su discurso ni estilo ni voz a Crónicas Cínicas o Para salir a matar, porque esos libros exhiben el desamparo general en el que estamos y hay mucha relectura de la Historia. Vida de santos y santas es más mendocino, es una parodia de lo que somos nosotros menducos, aquí y ahora, y que seguramente seguiremos siendo.



–En Últimas oraciones aparecía la reposición poética de los temas religiosos más cercanos al punto de vista canónico. Ahora lo que aparecen son los santos profanos y populares. ¿De dónde proviene tu interés por esa temática? 
–La fe hace milagros y la falta de fe también. Y parece que libros (ja). Hay muchos años entre estos dos, pero me quedé con ganas de variar la óptica de los textos. Últimas oraciones demoró décadas en ser un libro, implicó arduas lecturas y gran escepticismo. Cuestiona lo que pasa con el mundo desde lo teológico, desde el discurso religioso cristiano en particular. Vida de santos en cambio es la parodia de nuestra mala fe cuando creemos que implorándole a una mujer santificada por sus acosadores, o a un gauchito asesinado por estancieros, nos va a funcionar mejor el auto, el novio dejará a la otra o nos van a cuidar la casa cuando estemos en Mar del Plata. La fe muestra a la gente, es decir, lo peor de ella y lo que nos salva del suicidio colectivo. La religión y la fe signan casi todos los actos de la humanidad. Estos libros coinciden en el tema de la fe o de la religión porque plantearla literariamente me ayuda a establecer un vínculo más racional con el lector, desafiarlo en esa parte menos pública de su vida, y a veces más contradictoria. Y desafiarlo a verse expuesto, cuestionado, sucio.

La fe no mueve montañas, pero puede mover al lector, al menos moverlo a pensar, que es lo que en definitiva busco que genere lo que escribo. En realidad te diría que me importa manosear al lector en el sentido más amplio de su fe, es decir, en todas sus creencias, incluso la negación de ellas.
–La poesía de este libro bien puede ser calificada de «urgente», cuestión que acentúa lo que ya se percibía en las partes finales de tus libros Crónicas cínicas o el ya mencionado Para salir a matar. ¿Se te puede pensar como un cronista que escribe en versos? ¿Es cada libro algo así como un periódico del presente, convertido en materia poética? 
–Me gusta esa idea, sí, podría no ser más que un cronista y la crónica está sujeta al tiempo. Ahora bien ¿qué autor no ha sido cronista de su tiempo, de su aldea, de los miedos o vergüenzas de su época? Las crónicas de todos los tiempos rebosan literatura, realidad, historia. Los escritores dan al periodismo una cara estética y emotiva; los periodistas enaltecen la realidad con un toque de literatura. Lo de «urgente» de esta poesía está en que ya no hay mucho tiempo para esperar, o al menos no lo tiene este autor por su finitud. Soy profundamente pesimista respecto del futuro, teniendo en cuenta el balance a la fecha. Nadie que conozca un poco la Historia Universal puede tener abundantes expectativas. En ese caso mis libros podrían ser un diario de bolsillo, algo amarillista, para leer en el tren y tirar bajo el banco. El asterisco lo pongo en eso que llamaste «materia poética», o sea la materia oscura que es la poesía, la emoción, la idea que trasciende en ese texto que habla del presente (qué poesía, además, no habla del presente).

Supongo que lo poético que hay en lo que escribo está ligado al tema en sí mismo, y obvio, el ritmo del discurso, el pentagrama de las ideas, el juego, es lo que separa a estos libros o los salva de ser mera crónica. 

«La forma de ver las cosas vistas»; pienso en Carver, en Bukowski, en Saramago. Puedo escribir a la manera de un cronista, por ejemplo de un accidente vial (lo he hecho): el poema ahí no está en los detalles del choque, el poema está en la muerte, la cruz a la orilla del camino que va borrando el viento y la lluvia, el nichito despintado que también desaparecerá.

–Si bien el lenguaje de tus poemas busca esquivar toda impostura, y utiliza muchas veces coloquialismos, diálogos y frases cotidianas, al mismo tiempo pareciera que hay un cuidado extremo por no caer en cierto prosaísmo simplón como el que ha caracterizado buena parte de lo que se llamó «la poesía de los 90» (porteña y rosarina, especialmente), así como algunas muestras, un tanto tardías, de poesía local. ¿Coincidís con esta observación? Y, si es así, ¿por qué sería necesario hoy esquivar ese estilo prosaico? 
–Coincido. La poesía debe conservarse en algún lado, cuando se escribe. Y puede que la poesía al escribir esté en el vacío que deja el texto. Pero ese vacío es premeditado, no es un accidente. La buena poesía no es puro relato ni menos simplona. Los poetas malos se esfuerzan por llenar la página con versos rimbombantes, adjetivos tiernos, por describir escenas neoclásicas. Creen que hablando de la belleza se escribe bonito. Pero la belleza no tiene nada de trascendente ni de profundo. La belleza en la literatura no tiene que ser bonita, menos la fealdad. Cualquiera de esos que pintan caballitos con cuernos con aerosol en la plaza sería un gran artista y no lo es porque sus cuadros están llenos de obviedades, de lugares comunes, del imaginario popular. No obstante la habilidad de esos «artistas», no aportan ningún descubrimiento, no cambian el modo de ver ni lo que vemos, no transforman nada. Y también están los otros, los que a fuerza de omitir creen que dicen. Tampoco creo en el metalenguaje poético, en la construcción discursiva poética, en un poema que dice ser poema porque se refiere así mismo, en la retórica poética más elitista y hermética, en el puro juego verbal. Creo que el purismo de un supuesto discurso poético superior o canónico es una negación, un caprichito de los formalistas ñoños. Por otra parte, «escrito en prosa no es lo mismo que prosaico», aclaro. La prosa en el poema es un recurso lícito y hasta indispensable para componer. En mi poesía –tiende el yo a desaparecer, ya que no creo en el yo ni la referencia personal ni en el poeta médium– quiero que las voces sean de otros, quiero que el que diga no tenga mucho que ver conmigo y ahí el discurso en prosa es fundamental, la parodia o representación de la voz del otro. No soy yo quien juzga el cinismo cuando escribo; el cínico se muestra en el poema o el poema evidencia a los cínicos. No soy yo el que ve la decadencia del mundo, como un testigo inocente, nosotros lo vemos, y hacemos esto al mundo. El poeta no tiene nada de inocente. El problema, por último, no veo que esté en el uso de la prosa si no en el uso vacuo del lenguaje, en la falta de ideas de la poesía, en la obviedad.

Lo prosaico como vos lo llamás no sólo debe desaparecer de la poesía, es la pérdida de sentido en la literatura. 
Al menos en esa literatura que a los más veteranos nos importa, no la del mercado persa que son las editoriales internacionales.  



–En cuestión de fechas frías, tu trayectoria bibliográfica está por cumplir 35 años. ¿Cómo repasás tu propia evolución como poeta, desde Sentimiento (1982) hasta Vida de santos y santas (2016)? 
–Nunca había pensado en ese tiempo. Tu aclaración me provoca un sacudón jodido. Veinte años no es nada, pero 35 sí. Bueno, de mis 35 años de literatura diría que tengo tres hijos corregidos y aumentados. Que escribí bastantes libros y por suerte la mayoría se perdieron o vencieron. Ahora, después de 35 años, siento a veces que escribo algo «que parece escrito por otro». Ha sido puro aprestamiento. Mi decálogo con pinzas sería este: contrariamente a lo que algunos novísimos declaran por ahí, pienso que el escritor que no ha leído su época, no conoce su genealogía literaria, no tiene nada nuevo que aportar. Está condenado a la reiteración, a veces triste, a veces disimulada, a veces ocurrente, de lo mismo de siempre. Y leer bien y mucho lleva algunas décadas. Y después silencio. Y si se supera ese tiempo de estupor, de sorpresa, de maravilla, ese apabullamiento que produce leer a los grandes, se escribe. Y si hay más convicción o neurosis todavía, se publica. El primer y segundo libro casi siempre son un error necesario –salvo para los genios– pero como escribir un mal libro de poemas no genera cáncer ni afecta el clima del planeta, no hay que exagerar demasiado. Soy un autor rezagado, pero respetuoso de la historia literaria, soy un hombre de letras al fin y al cabo y eso da cierto pudor a la hora de escribir.

–Pero la constancia deja como saldo ineludible, también, la experiencia. ¿Hay algunas conclusiones que destile esa experiencia de escribir poesía?
–De todos estos años de dedicación semi exclusiva a la literatura digamos que me consta que: 1) hay grandes escritores que son personas insignificantes. Hay malas obras hechas con buena fe y heroísmo; 2) cualquiera puede escribir y ganar premios y hasta quedar en la historia, porque la historia de la cultura se escribe y trama en un nido de cascabeles, en ciudades estados, en sectas más o menos persistentes, por personas vinculadas a algún poder circunstancial y efímero, 3) entre la comedia y la tragedia, siempre prefiero a la tragedia, es el género que verdaderamente representa la figura secundaria del escritor, el destino trazado de su obra para nadie, el asombro y el olvido del lector, la vida; 4) igual que Gilda, no me arrepiento de este amor; 5) poeta muerto vale homenaje; 6) poeta con incontables amigos es sospechoso de alta traición al género; 7) poeta que sigue a flote después de reiterados tsunamis es porque es livianito y no vale la pena leerlo; 8) poeta ponedor de bombas y organizaciones parapoéticas seguro consigue un puesto en el gobierno, pero pasará al olvido; 9) poeta que se usa a sí mismo, sufre el complejo de narciso o de madrastra de Blancanieves y en realidad es uno de sus siete enanos; 10) poeta que vive gracias a los muertos, es un poeta necrófago; 11) poeta que vive gracias a los vivos, es un hijo de puta.

–Si bien este libro sale por una editorial con la que ya hace 13 años habías salido de tu largo silencio poético tras tu debut literario de juventud, en gran medida fuiste editor de tus propios libros y, además, de otros títulos. Entre ellos está tu antología de la poesía mendocina actual. A ocho años de esa compilación, ¿cómo ves el estado de la poesía y los poetas mendocinos?  
–Bueno, es cierto que no edité nada en 10 años y por eso algunos me eliminaron del mapa, pero en esos 10 años publiqué tres centenares de artículos periodísticos, cuentos, ensayos, poemas sueltos y una novela infantil. Mi novela salió el 2007, la editó Diógenes, financiada por Cultura de la provincia. No es que me haya dedicado a la endocrinología, digamos. Promiscuos&Promisorios, la antología de 14 poetas de Mendoza que edité con LunaRoja –para cuya selección hubo un consejo asesor– sigue siendo representativa. Lo dije muchas veces: las antologías son un recorte necesario y si responden a algunos criterios, se justifican, porque dejan una foto panorámica. La mayoría de esos 14 merecía estar, destacarse, ser reconocidos en esa foto, aunque hoy no haría el enorme trabajo que supone editar a otros. De hecho la colección que seguía se suspendió por falta de disposición de los autores y falta de calidad literaria que justificara el esfuerzo.

Hay en Mendoza mucha gente que escribe, somos todos escritores en Mendoza, pero a la hora de separar recitadores, payadores, folcloristas, chamanes, corazones rotos, divorciados y maestras jubiladas, no queda mucho. 
Así que me consta que poetas mendocinos hay más que lectores de poesía, pero obras poéticas, pocas. También es verdad que en los últimos años la poesía se ha viralizado por bares y otros puntos de la ciudad y hay mucha gente inédita que no conozco exponiendo sus sentimientos en las redes. Hablo pensando en los poetas coetáneos, la gente de mi generación, cuando hablo. No veo mal que la gente edite sus propios libros y se multipliquen las editoriales artesanales. La poesía no tiene otra posibilidad en este mundo de novelitas de chimentos y biografías eróticas. Sí creo que hay mucha impunidad, exceso de lamento boliviano, endogamia, asistencialismo literario y que los lectores han renunciado a su rol maravilloso para dedicarse a escribir. La consecuencia aquí en Mendoza es la misma para Santiago o Buenos Aires: canibalismo lírico, sectas que curan enfermedades del alma, clubes de poetas que en vez de bocha tiran sus versos hasta el amanecer entre amigos que esperan su turno.

–Vida de santos y santas non sancta aparece pocos meses después de tu anterior libro de poemas y, además, se suma a una seguidilla de libros que venís publicando desde principios de 2013. ¿Cuál es la razón de estos años prolíficos? ¿Ya hay un nuevo libro de poemas escribiéndose? 
–He renunciado a la riqueza terrenal, o sea, horas de clase. Así generé un tiempo que no tenía, la paz, ganas y hasta la presión. No se pueden escribir libros a medianoche, solo el domingo o esperar a jubilarse. He tomado a la literatura como una enfermedad terminal, terminal para mí. Hay una edad en que se hacen o no se hacen ciertas cosas. Hay que mirarse al espejo y decidir. No se puede pasar la vida uno usurpando el título de escritor por una docena de poemitas tibios que escribió en la «juventud divino tesoro», a mí al menos se me cae la cara, salvo claro que hubiera escrito Las flores del mal. Y no es el caso. Los ’40 exigieron la cuota de egoísmo, aislamiento, misantropía, orfandad que la literatura cobra por prestar sus servicios. Hay más libros terminados. Uno sobre Valparaíso y su historia, finalista en Chile de los subsidios nacionales de Cultura, pero que por manos negras no logró el dinero y ahí está esperando; dos de poesía, otro de ensayos relacionados con la literatura.

Hay gente que ve sospechoso que el que oficia de escritor, escriba. En realidad nos hemos acostumbrado y resignado a no escribir, a escribir para concursos, a decirnos que de lo bueno poco y consuelos más o menos ingeniosos para aguantar el estreñimiento literario. Yo no me tengo ni respeto ni piedad en esto: he leído demasiado para no saber que lo que no está escrito no existe, que aun escrito todo libro está en manos del azar absoluto, que en esta carrera u oficio que es hacer literatura la meta es un espejismo de la ruta. Y en la ruta hay que encomendarse a todos los santos.

–Junto con tu obra poética aparece una única obra en prosa, la novela infantil Las aventuras de Cepillo el león, que acaba de ser reeditada y que sigue teniendo versiones teatrales. ¿Has seguido trabajando en la narrativa? 
–Escribo algunas columnas en diarios, se van amontonando prosas profanas, digamos. Tengo cuentos cortos y mucha pintura costumbrista, como se decía en los tiempos de don Mariano José de Larra y que diluyera bien Roberto Arlt en Buenos Aires. Uno de esos libros está terminado: Las desventuras de jaimito (sátira o parábola sobre algunos funcionarios del gobierno actual), pero por cuestiones políticas lo demoro. Eso es todo. Sé que me debo una novela, pero por ahora no asoma en esta lista. Y no me preocupa, en el fondo sé que los libros no le hacen falta a nadie en este mundo que parece una mala película de ciencia ficción. Las librerías venden música, los escritores que llenan las ferias son sexólogos o chimenteros de TV. No hay que tomarse la literatura tan en serio, la literatura solo es un discurso más en este mundo donde nadie escucha a nadie, menos que menos a aquellos que andan gritando que han visto el fin y la verdad y que se viene la apocalipsis.




Tres poemas de
Vida de santos y santas non sancta


nosotros también tenemos hijos madrecita
y vamos por un desierto
tenemos hambre y sed miedo de no llegar vivos
a fin de mes

por eso por eso
intercede
este es nuestro mandato
que nos aumenten el básico
que no nos paguen en cuotas

ayúdanos a que nuestro sueldo sea una tabla de surf
sobre el diluvio inflacionario que nos rodea

no permitas que la sociedad nos siga despreciando
que las escuelas nos enseñen semana a semana
las siete plagas de egipto

no permitas que los medios nos ignoren o tergiversen
los porcentajes

no permitas que el cuerpo de la comunidad educativa
vaya por las calles como un leproso sin familia  


* * *


no es cuestión de fe
de buena o mala fe

a nosotros nos sobra la fe

lo que nos falta es todo lo demás

* * *

todo hubiera sido sencillo
sin tanta metáfora
sin tanta parábola

demasiada letra chica
brother

demasiadas putas haciendo el trabajo feo

y lavando tus platos rotos más encima