viernes, 30 de noviembre de 2012

Entrevista a Bettina Ballarini


«La imagen y la metáfora son mi intemperie»






En la obra poética de Bettina Ballarini (Mendoza, 1960) podemos encontrar, al mismo tiempo, más de una apuesta interesante. En su primer libro, Espacios que los pájaros pierden (Zeta Editores, 2000) se observa -en una especie de mapa/mandala desplegable- un acercamiento a la temática amorosa desde un lugar diferente: lo sutil en vez de lo desesperado. Pero no quiere decir que los poemas sean mera levedad. Esta estrofa de uno de los poemas lo demuestra: «A veces uno guarda sed / que va y viene en la garganta / y es más fuerte que gritar...»

Más adelante, en Sin fundación mítica (Libros de Piedra infinita, 2003), se redobla la apuesta: hablar de Mendoza sin caer en los remilgos empalagosos de la acequia, los pámpanos y los cosechadores. Desmitificar una tierra que se empeña -vendimia a vendimia- en autocelebrarse. En el poema «Esta mujer...» es más que evidente: una tejedora anónima perdida en el desierto que, en su urdimbre, le gana terreno a la esperanza. El ejemplar número cero de la obra fue confeccionado en hojas de cuero de chivo, manuscritas por la propia autora con plumín y tinta. Todo un gesto de dejar una huella irrepetible en la era digital.

Ya en 2007 crea Jagüel, Editores de Mendoza, en la que aparece La cantina del alba. Aquí Ballarini retoma el amor, pero en su momento de quiebre y ruptura definitiva. Dos amantes que saben que cada palabra será la última. ¿El nuevo desafío? Tratar de narrar una historia a partir de los fragmentos que toman cuerpo de poemas. Esta vez el formato del libro -angosto y alargado- simula ser una carta de bar donde textos y fotografías son el menú ideal para la despedida.

Finalmente, aparece Bananaspleen (Jagüel, 2012), donde una veintena de poemas están atravesados por el virus del ciberlenguaje. Un paradójico e-book de papel -intervenido por acuarelas- que nos interpela esta vida actual de lectores digitales.

A punto de presentar su nuevo libro el 7 de diciembre en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, Bettina Ballarini nos invita a navegar por las aguas virtuales de una poesía, de la que no podremos salir indemnes.


-en cada uno de tus libros existe un proyecto que excede lo literario (libros objeto, documentales, entre otros) ¿Cómo fue naciendo la propuesta hipertextual en Bananaspleen?

-El principio fue porque por varios años me negué a usar cualquier tipo de tecnología informática y/o digital. El trabajo y en fin la vida en el mundo me fueron obligando. Hasta que terminé atrapada en la red (no necesariamente por las redes sociales, valga la aclaración).
Un día me acordé de que había leído en un antiguo diario vespertino de Mendoza, que ya no se publica, El Andino, que de alguna manera habían tratado de que una computadora -seguramente de aquellas que abarcaban una habitación y tenían tarjetas perforadas- escribiera un poema. Había resultado algo así como «es triste ser solo una máquina». Ignoro si ese dato era cierto y ya no conservo aquella publicación de El Andino. Pero empecé a jugar con la idea de ventana y de las ventanas virtuales. Así nació «Windows life». Luego me traicionó mi formación en la literatura y como dirá algún psicoanalista «racionalicé», me acordé de «El barco ebrio» de Rimbaud y de la polémica que produjo en el lenguaje poético de su época. Y desde ahí decidí jugar, con la navegación, los botes, los botes como bananas, los botes de banana Split que me compraba mi abuela si me portaba «modosamente» cuando de niña me llevaba al cine, el spleen como ese estado de angustia y de vértigo de unas cosas que se acaban y de las otras que empiezan. Jugué con palabras, imágenes, relaciones entre el lenguaje binario y la metáfora. Le mandé por mail a Mecha Anzorena –que desde hace unos años vive en Valencia— los poemas organizados en una secuencia de libro y fue muy impresionante recibir por el mismo medio y casi de inmediato la explosión de color de sus acuarelas. Clara Luz Muñiz, con su natural creatividad y su manejo de la tecnología del diseño, le dio el diseño final de objeto.

-En Espacios que los pájaros pierden escribiste: «la vida ocurre en los extremos / ardientes al tacto…» ¿Qué te produce, entonces, tocar con cada mano tanto tu primer libro como el último?

-Uy, es una pregunta difícil de responder a quemarropa. Primero debería tocar  las tapas del primero y de Bananaspleen y verificar que sean extremos. No sabría si la mano izquierda, la del corazón, la pondría sobre Espacios… o sobre Banana... Algún periodista alguna vez acusó en Espacios que los pájaros pierden que eran poemas en una especie de afiche y que podían encontrarse muchos parecidos en internet. Creo que debo agradecerle haber escrito Bananaspleen, porque seguí buscando sobre el lenguaje y su virtud de caleidoscopio. En aquella oportunidad él me sugería abrevar en la intemperie de Juanele Ortiz. Sin embargo, confieso mis límites. Solo pude seguir abrevando en el lenguaje y su intemperie, buscando la metáfora. Una búsqueda que seguramente nunca se me va a acabar. Y que es como la utopía, aunque suene antiguo hablar de utopía.

-En este nuevo libro hay un juego paródico con las nuevas tecnologías, como así también con ciertos paradigmas poéticos. Así, vas haciendo «links analógicos» con Prévert, el romancero, Rimbaud o Neruda. ¿Pensás que internet y las redes sociales han modificado la manera de leer y de interpretar la realidad?

-No sé si a esta altura las han modificado literalmente. Para los lectores formados, hay modos y conductas que no se modifican. También para los escritores. Pero, sin duda, hay un nuevo panorama en abanico para explorar, experimentar, estar atentos. ¡Qué cambios tendrá el lenguaje mañana para quienes son niños hoy? Creo que, conforme a la velocidad de las tecnologías, todo puede suceder. Hasta que volvamos a las tablillas de cera y el punzón. Me viene al recuerdo esa bellísima película Koyaanisqatsi.

-Espacios como un mandala, la ciudad y el desierto, un hongo junto a un álamo, o una cantina han permitido que tus poemas busquen su refugio. ¿El mundo virtual de la web como un «no-lugar» propone una intemperie que -paradójicamente- permite ocultarse mejor en Bananaspleen?

-Tal vez. Lo que es seguro en mi caso es que la imagen y la metáfora son mi intemperie.

-Sacarle el antifaz a lo mítico, expresar con un romance el caos de la crisis de 2001, narrar una separación mediante una elegía, por caso. ¿Han sido deliberados tus golpes de timón y tu abordaje anfibio hacia lo clásico en cada propuesta?

-Me parece que en todo y en cada acto de escritura hay una deliberación.  Y por qué no decirlo, un sueño de subversión de lo clásico que en el fondo no subvierte mucho.

-Allá por 1999, en una entrevista expresaste algo así como que los poetas y su poesía «te son necesarios». ¿Cómo ha ido mutando con el tiempo tu relación «compulsiva» con los poemas?

-Bueno, los poemas no se «me despegan». Juro que intento divorciarme, incluso mediante juicio contencioso. Estoy un tiempo largo haciendo acto de negación. Pero al fin y al cabo vuelvo a escribirlos o a leerlos. Y no diré vuelvo al redil, porque no sé si en ellos hay redil.

-¿Cuáles serían los poetas de nuestra lengua que han dejado una huella en tu escritura? ¿Por qué?

Pedro Salinas,  Rafael Alberti,  Oliverio Girondo,  Nicanor Parra, Jorge Luis Borges, Cintio Vitier, en ese orden.  Porque en algún momento inicial, y en varios momentos de frecuentación o relectura, algo «me sonó» y  «me siguió cantando».

-¿Qué lectura hacés de la poesía producida en Mendoza en los últimos 15 años?

Durante la franja de años que acotás, hay algunos poetas que resultan muy definidos como «clásicos»: Patricia Rodón, Juan López, Carlos Vallejo, Adelina Lo Bue, por ejemplo. Plumas distintas que podrían marcar derroteros distintos para la poesía de Mendoza en estos últimos años. Sin embargo, sondear lo más joven, que no necesariamente significa lo más nuevo o innovador, nos enfrenta con mucha fijación en «la angustia de fin de siglo», algunos juegos con la sonoridad y el ritmo, y bastante prosaísmo deliberado o no. Seguramente hoy se lee de otra forma la poesía, por múltiples razones, incluso de mercado o ¿fundamentalmente de mercado? Sin embargo,  percibo que la poesía mendocina sigue sosteniendo algo así como una «impronta barroca», más allá de que se pueda hablar de generaciones o hacer todas las periodizaciones posibles. De todas maneras, es claro que me hace falta un estudio en profundidad para poder darte una respuesta más rigurosa.

-Sabemos por tus menciones en los premios Vendimia 2004 y 2008 que tenés, al menos, dos poemarios inéditos. ¿De qué tratan esos libros? ¿Hay algún plan para editarlos en un futuro?

-¡Jajajá! Siempre te intrigaron esos libros. Son dos variaciones del mismo tema una más irónica que la otra: la presunta liberación femenina, que, en realidad,  me parece un juego intelectual como un cuento inglés. Es decir, bajo la aparente libertad del confinamiento doméstico, ahora tenemos más trabajo: el doméstico y el externo. ¿Pero de verdad, después de todos estos años de liberación femenina, pensamos distinto?
Claro que voy a editarlos. Decía Machado que los libros que no se publican, son pecados que no se confiesan. Agrego que son peores los pecados que se premeditan.

-Bettina Ballarini: poeta, narradora de cuentos para niños, docente e investigadora, artista audiovisual, editora, fotógrafa, alfabetizadora de jóvenes y adultos ¿Es el desafío, acaso, el hilo que atraviesa y une tus múltiples facetas?

-No, desafío no. Es que desde niña tengo atención múltiple, jajajá.


 Tres poemas de 
Bananaspleen 




window’s life


Te escribo sobre miles
de cristales líquidos y sólidos
hago señales
con la huella digital
de mi dedo que se borra
y no deja
el delicado olor a rosas
de la caligrafía.

Escribo sobre cristales
cambiantes como el agua.

Solo un trazo eléctrico nos reúne un momento
y no soy nadie, ni yo,
más que este espacio sin espacio.

Y no eres quien responde
en hojas de lavanda.
Ni el otro.

Más espacio sin espacio.
Efímeros diagnósticos del alma.

Quizás
el problema del amor ya no sea problema.

*

desayuno


Encendió temprano
la notebook
sobre su cama
edulcoró
el café con leche
lo revolvió
con la cucharita
abrió los mails
eliminó varios
bebió algo
de café con leche
y apoyó la taza
sobre el plato
mordió la medialuna
cliqueó
responder
y bebió otro sorbo
sonó su teléfono
inteligente
identificó el llamado
no respondió
solo el contestador
automático
adjuntó un archivo
y cliqueó
enviar
entró
a la red social
desconectado
revisó
su perfil
en la red profesional
actualizó
unos datos
cerró
el café con leche
y la medialuna
extrañó un cigarrillo
afuera hacía calor
no llovería
sonó un tuít
y fue
a cepillarse los dientes
con pasta blanqueadora
y me quedé esperando

*

avatar


Buscaría el silencio     aún
pero ahora soy toda
la selva
donde redobla el eco
de diásporas electrónicas del sol.

Si la sangre no fuera el secreto
más celoso de la historia.

Si ante las tropas del hambre
las almenas no se desplomaran de niños

Si no tuviera miedo y rabia
del miedo.

Si el amor no fuera el salto ileso
de la rebeldía.

Si el agua no escaseara.
Y el mundo dejara un espacio sin gritar. 

lunes, 19 de noviembre de 2012

Herencia poética

La poesía como un hecho inevitable*

           




Porque hubo habrá hay generaciones
(demás está decir que «hay cadáveres»)
no crean en Rimbaud joven para siempre
hay rockstars pelados hay malditos en muletas…

Tamara Kamenszain, en La novela de la poesía


           
 1.De tal palo, tal poesía

Cuántas veces hemos escuchado decir frases como: «Tiene los mismos ojos del padre», «Camina como el abuelo», o «Sonríe como la tía». Sin embargo qué sucede cuando a un vástago la voz le sale extraña, única y oscura. Encima nunca dice lo que dice. Siempre esquiva la mentira y habla con la verdad, que es el modo más claro para confundirnos. Por lo tanto, la preocupada madre se queja con el alma en un hilo: «El nene me salió poeta». Entonces, la vecina le responde con total sinceridad: «Querida, lo que se hereda no se roba».

           
2.Mapa poético
           
La poesía se encuentra en el ADN de la humanidad. De otro modo, cómo podemos explicar que, en un mundo vertiginoso y tecnificado como el de hoy, siga existiendo. Así, han pasado las guerras, las torturas y los campos de concentración. Por eso leo, con más pena que curiosidad, los poemas de Ana María Ponce, una militante secuestrada y desaparecida durante la última dictadura militar. En medio del cautiverio en la ESMA se animó a redactar para su hijo: «Para que la voz no se calle nunca / para que las manos no se entumezcan, / para que los ojos vean siempre la luz / necesito sentarme a escribir…»[1]. Apropiadamente, Adorno dijo que después de Auschwitz escribir un poema era un acto de barbarie. Aunque, la misma poesía viene a ser un testimonio fugaz de nuestro paso por la Tierra, la suma fragmentaria de una historia personal, la herencia unívoca de las palabras que se comparten en la mesa familiar. La poesía, según dicen, no sirve para nada; pero el inventario mensual de lecturas, publicaciones, presentaciones, blogs, performances en bares y teatros demuestran que, al menos, es inevitable.
           
           
3.Nene, qué vas a ser cuando seas vate

Jorge Luis Borges sospechaba que sus padres lo habían engendrado en Buenos Aires para la felicidad y que les había fallado. En un solo gesto heredó la ceguera, como así también la luminosa biblioteca paterna donde eligió perderse para siempre. Padres e hijos, hijos y padres: «No nos une el amor, sino el espanto…», supo escribir. Como también es cierto que los mismos poetas nos dejan su propio legado: un modo voluptuoso de torcer el idioma dominante (Rubén Darío), la voz que se levanta ante la desigualdad (Alfonsina Storni), la vitalidad a prueba de solemnes (Oliverio Girondo), el habla inquieta de la calle (Juan Gelman), el hacer del cuerpo un poema (Alejandra Pizarnik). Ningún poeta que se precie, por tanto, apuesta todo a la tradición lírica; al contrario, ya que desdeña convertirse en una repetición deformada y anacrónica de sus antepasados y, como supo ver el japonés Bashô: «No sigo el camino de los antiguos: / busco lo que ellos buscaron». La herencia es una oferta que, tal vez, la eternidad pone en saldos y retazos. Ya la obtuvimos sin esfuerzo, está al alcance de la mano. Ahora nos queda ir en su contra.

           
4.Cosecharás tu verba

Lo dicho: como el color de los ojos, la poesía se nos hace inevitable en la caligrafía del genoma humano, imposible de soslayar con el pulso sobrenatural del silencio o las distracciones cotidianas. si la herencia es involuntaria, las palabras no. Sin determinismo, uno elige letra por letra qué va a decir (y qué va a leer) para guardar en el baúl de los recuerdos literarios. Todos hablamos para hacernos notar. Muy pocos callan para poder existir. Generaciones y generaciones de palabras corren ciegas por nuestras venas hasta que estallan esplendorosamente. Ya no podemos pronunciar «luna» sin verla un poco como la describieron Federico García Lorca («La luna vino a la fragua / con su polisón de nardos…»), Leopoldo Lugones («Y la luna en enaguas, / como propicia náyade…»), o el mismo Borges («Mírala. Es tu espejo»). Sin embargo, también el ADN de la poesía va mutando, es un animal vivo que corre hacia delante; porque sabe que nunca leemos lo mismo en un poema, cambia todo el tiempo, convierte en frases inolvidables aquello que creíamos dormido en nuestro interior. Como anota Edgardo Dobry: «la inestabilidad es fantasma perpetuo, y el poeta trabaja en ese límite devenido centralidad: el de la agresión sublimada y directamente ejercida sobre el idioma como un filo que atraviesa los niveles del lenguaje y los cortocircuita y los fisiona. Abdicando, de paso, toda venerable genealogía literaria…»[2]. Entonces, como sucede en el paso irrecuperable por la infancia, la poesía también nos modifica para siempre; y ese es nuestro legado al mundo, nuestra herencia poética.

 
 
 
 
*A partir del guion escrito para el espectáculo Herencia poética, poemas de padres e hijos presentado por el grupo El Desaguadero durante 2012.
[1]«Poemas», Ana María Ponce. Colección Memoria en movimiento, Buenos Aires, 2011.
[2]«Orfeo en el quiosco de diarios: ensayos sobre poesía», Edgardo Dobry. Ed. Adriana Hidalgo, 
Buenos Aires, 2007.

lunes, 29 de octubre de 2012

«Los poemas están sobre la mesa, mostrándonos los dientes»



Entrevista a Facundo López





por Paula Seufferheld

 

A días de presentar su segundo poemario  El monstruo –el 2 de noviembre en La Feria del Libro de Mendoza–, Facundo López, autor de Mariposa sobre las cenizas (Libros de Piedra infinita, 2007),  ganador de la Beca del Fondo Nacional de las Artes para el taller de poesía dictado por Alicia Genovese; además de hablarnos de su libro más reciente, hace un recorrido de su obra: analiza los cambios que ha experimentado su escritura en estos últimos años, nos refiere su experiencia en el colectivo poético La Moledora de Carne y con palabras contundentes nos cuenta cómo su trabajo en el área de Educación de la Penitenciaría no sólo lo ha modificado como hombre sino también como poeta.

 –En la contratapa de tu primer poemario, el texto que aparece funciona como un arte poética contundente. Allí afirmás que dejás correr los días buscando un poema que te justifique... ¿seguís en esa búsqueda? 
–Creo que en definitiva me busco a mí mismo, pero esto termina siendo una trampa en la que aceptamos caer; es hundirse en la contradicción, es disgregarse en palabras y  estar cada vez más lejos. El poema no necesita, ni debe justificarse, por lo tanto hoy no creo que pueda justificar a nadie. Simplemente está allí y eso es suficiente. Lo que se pude decir está sobre la mesa, mostrándonos los dientes desde el plato y cada uno se come ese bocado como puede y si puede.  

–Hay un Facundo que, en Mariposa sobre las cenizas, usaba el cincel para marcar en la piedra poemas breves y certeros, y otro, en este nuevo libro, que se desliza con soltura en la creación de poemas de largo aliento. ¿Qué causas te llevaron a este cambio de registro y estilo?  
–Escribir es salirse del camino; por qué debería  mantenerlo si no sé hacia dónde voy. Busco escribir desde un lugar incómodo, forzarme al cambio, romper los diques de contención y dejar que el torrente me arrastre. El poema es quien termina por sorprenderme.



–Hablemos de El monstruo (Colección El Desaguadero, Libros de Piedra Infinita). En la prosa poética que abre el libro, describís a este ser como algo que emerge desde un fondo profundo, pulsa por salir, se zafa de las cuerdas. Tuve la sensación como lectora y también como poeta de que ese «monstruo» era, ni más ni menos, la palabra, sobre todo cuando escribís: «él nos necesita».¿Es descabellada mi asociación o hay algo de verdad en lo que infiero? 
–No es descabellada, El monstruo, es mucho más que la palabra. Esta puede transformarse en un monstruo y fagocitarnos. Estamos indefensos ante lo que desconocemos y la única forma de enfrentarlo es abrir la puerta para que ingrese. No es «lo ajeno», no es «el otro».  Es apretar los dientes y rascar la llaga con las uñas. Asomarse a ver quiénes somos, aunque nos dé asco. Aceptar que no necesitamos ayuda para ser «hijos de puta», que nos sale muy bien y que tal vez  hasta nos aplaudan por serlo.  

El poema Un poco rota cuyo título alude justamente a la memoria sobre la última dictadura y su saldo negro de desaparecidos. Es, para mí, el escrito más comprometido con un hecho social concreto y también el más desgarrador, ¿cómo fue la génesis de este texto? 
–Justamente, era entrar a un tema del que me cuesta hablar, porque me despierta emociones dolorosas. Es un  intento de encarnar la llaga. Un poco rota es una mujer a la que se intenta destruir con minuciosa perversidad. Estos textos fueron  escritos desde la oralidad, son imágenes que surgieron de los sonidos y a partir de allí comenzaron a coagular hasta quedar en poema. La voz sobreviviente. Avanzando débil a través del tiempo en un dolor profundo y común, transmitida sin necesidad de un texto que la sostenga y la renueve. Una voz innata. Fueron textos que costaron mucho digerir. 

–¿Cuáles creés que fueron los cambios más notables que produjo en tu escritura el haber sido becario del Taller del Fondo Nacional de las Artes aquí en Mendoza dictado por Alicia Genovese?  
–Un cambio notable para mí  fue aprender a trabajar en grupo. A aceptar y aplicar las críticas de otros poetas. Me ayudó a terminar de perderle el respeto al poema y destruir sin remordimientos lo que no funciona, sabiendo que nada se pierde para siempre. Madurar y acechar el poema. Obviamente Alicia es una gran poeta que, además, supo transmitir lo que cada uno de nosotros necesitábamos. 

–Sabemos que el colectivo La Moledora de Carne surgió entre los integrantes del taller, ¿qué los llevó a agruparse?, ¿qué rescatás de esa experiencia? 
–Prolongamos el trabajo que veníamos realizando. Decidimos seguir con lo que habíamos comenzado. La experiencia de trabajar con La Moledora fue genial, porque se trataba de un grupo de poetas muy distintos entre sí, lo que nos permitía ampliar la mirada sobre el objeto poético. De hecho, sigo disfrutando mucho las presentaciones que siguen haciendo Eliana (Drajer), Mercedes (Parral) y Gabriel (Jiménez). 

–En una entrevista anterior que diste a esta revista decías que escribías desde la incomodidad de la palabra, supongo por esta afirmación que reescribís tus poemas... ¿cuándo los visualizas «terminados»?, ¿cuándo esa «incomodidad» se vuelve muelle y empezás a trabajar en algo nuevo?  
El monstruo es un libro inconcluso. Es un libro en construcción. Esa es la idea; no es un libro cerrado. Esto no quiere decir que tenga una continuación o una segunda parte. El libro es inacabado, imperfecto es algo que quiere ser un libro, por eso importantísimo el papel del lector, que va a tener que vérselas con esta cosa amorfa. 

¿Cómo influye tu trabajo cotidiano en la producción de tu poesía?  
Hace dos años que estoy trabajando en el Penal de Boulogne Sur Mer, en el área de Educación. Mi trabajo ha ido modificando la visión que tenía acerca de la sociedad y esto seguramente ha influido en la escritura. A veces siento el penal como una gran alfombra con la que tapamos todo lo que no queremos ver. Allí abajo metemos todo lo que no queremos que ande dando vueltas o haciendo daño en la calle. Metemos todo lo que no nos sirve. El problema es que tarde o temprano rebalsa, se pudre y la suciedad sale por algún lado. Entonces sentimos que el olor ofende nuestro olfato y culpamos a la alfombra por no cumplir con su función. Trabajo junto a las personas que la gente no quiere tener cerca, aquellos que según ellos deben seguir ocultos bajo la alfombra. Escribir no deja de ser una forma de supervivencia, no puedo tapar el mal olor con perfume.  

–¿Cuál es tu opinión de la poesía que se viene gestando en la última década en la provincia, ¿qué diferencias encontrás (tópicos, modos de circulación, influencias) con la que se hacía en la generación anterior a la tuya? 
–La poesía es una sola, tome el rumbo que sea. No me interesa marcar una diferencia generacional. Me parece que a veces perdemos demasiado tiempo discutiendo hacia dónde vamos. Más que diferencias he encontrado algunas similitudes en las posturas de la mayoría de los poetas que se han tomado demasiado a pecho su lugar en el mundo. Alguien debería avisarles que no son tan importantes. A mi entender, en el modo actual de circulación de los poemas todo es válido y eso nos ha permitido acceder a poetas y textos que estaban fuera del alcance. También, se podría llegar a decir que esto ha favorecido a que se cascoteen desde el comedor de casa con discusiones pedorras acerca de quién es popular y quién es mediático; pero mientras se mantengan escribiendo, que sigan los cascotazos; aunque yo voto por una piñadera bien organizada, una vez al año, para limar asperezas y después abrimos el micrófono para que lean chorreando mocos y sangre. Una vez al año es suficiente. Creo que hay en Cuyo dos grandes poetas como Leónidas Escudero y Raúl Silanes; pero me faltaría lugar para nombrar otros muy buenos poetas como Levy, Rodón, Valle, López, Vallejo, Salas Astorga y más cercanos a mi generación, por supuesto mis ex compañeros de la moledora antes mencionados; Ortiz Bandes, Segura, Piccolo, Benacot, Toledo, Schillagi, Restiffo, Seufferheld, Diego Roel un poeta de la Plata con un trabajo muy interesante. Es interminable la cantidad de buenos poetas que actualmente están escribiendo en Mendoza, sólo falta que fijemos un día al año para que se hagan escuchar.



Poemas de 
El monstruo
de Facundo López



1_El monstruo


Comienzo a escribir este poema junto a una botella de Spiritus. Lucas me entregó esta botella. Bebo el destilado y recuerdo a mis amigos. Ellos no son el tema del poema. Tampoco el frasco, que voy soltando hilo a hilo. Me gusta la botella, sentirla en la palma de la mano. Es agradable saberla algo más pequeña que la de vino. Cuatro lados planos de quinientos mililitros y cuarenta y cinco de graduación alcohólica para que pase la Aduana y salga del país. El mate también a mi lado, falta el perro. Me va bien mate y el agua ardiente. No luchan por sobresalir, se acomodan, se acompañan. Es agradable su sabor. Ambos se llevan bien conmigo que no sufro del estómago, con el café tengo un problema que hoy no viene al caso. Lo que debía venir era el poema. Lo tengo, no es que no exista. Sucede con él que se trata de un monstruo. Sabemos todo lo que implica desenfundar a estos seres que cruzan el cerco sin que uno los llame, a su antojo. No quiero confundirlos, pero debo comenzar por el principio de todo monstruo. No puedo describir la realidad de su forma, porque es monstruo por mí y en mí, y ahora en ustedes; es una mancha que asoma, que se insinúa en todo lo terrible, donde también cabe la posibilidad de lo bello. Olviden lo bello, no sé qué cosa sea eso, quizás otro monstruo inexplicable, como la poesía o la música. Olvídenlo, es un buen ejercicio. Volvamos. Soñé con un ser al que arrastraba desde un pozo, como quien pesca junto al mar con una red. Allí estaba. Él. Estaba también yo que luchaba. Ahora entran otros, que ya entonces eran ustedes, tiraban de la cuerda conmigo. “Otros” desaparecen, quedo solo. Yo. Suele suceder en los sueños. Él estaba atrapado. Lo hacíamos nacer de la tierra,  de ese agujero fangoso. Era nuestro monstruo. Aunque yo estaba solo. Era nuestro monstruo. Atrapado en la red, liberado del pozo. Corta los nudos. Zafa de las cuerdas. Nunca vimos sus ojos que miraban hacia abajo. Apestaba el aire con su hedor inmundo, algo de esa peste quedó en mi piel, luego de que huyera. Así desde entonces. Nos tememos el uno al otro. Él nos necesita. Nos acechamos. Cerca. Ustedes lo saben, porque también rondan los límites y los cruzan. A veces. Solo para oírlo respirar; para estar seguros de que sigue allí, a tiro de piedra.

Espera.


I

Emerge
de la habitación vacía
parido sobre la mesa
oscura
sin nombre
ni palabra
apenas una voz
anhelante
que deforma lo que toca.

(…)


2_Un poco rota
  
A unos
conviene olvidar
otros no pueden.
De padres
a hijos
una memoria.
De padres
a hijos
otra opuesta.
El mundo
es lucha.
A unos
conviene olvidar
otros no deben.

*

Cuarenta y nueve días de interrogatorio
la llave que abre el pozo de la pena
donde dejamos el cuerpo
y salimos
sin beber del olvido.

*

Pretenden convertirme
en un animal.
Intentan convencerme
de ser un animal.
Saben que soy
una persona
que piensa peligroso.

(…)

El monstruo fue editado por Libros de Piedra Infinita, como parte de la colección El Desaguadero que dirigen Fernando G. Toledo y Hernán Schillagi. El diseño del libro es de Romina Arrarás.

domingo, 14 de octubre de 2012

Reportaje haiku: Fabián Almonacid y sus máscaras mutantes

Fabián Almonacid




Intro 

La sección consiste en que los poetas nos respondan tres preguntas (tres versos tiene el haiku), que están referidas a las tres características esenciales –según Matsuo Basho– del haiku japonés: «en este momento, en este lugar, atravesados por una reflexión».

Fabián Almonacid nació en Mendoza en 1972. Estudió la Licenciatura en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras (UNCuyo). Trabaja como corrector en el Diario Uno. Bajo el heterónimo de Antonio Nogueira publicó en 2005 Trampas de la noche, por la editorial Libros de Piedra Infinita. Allí aparecen una treintena de poemas breves, intensos, de alto voltaje lírico, pero con la hondura del que sabe que la palabra es siempre una trampa abierta en la oscuridad. En estas tres respuestas nos irá revelando las diferentes máscaras que utiliza para atravesar la poesía.


1/En este momento

–¿Después de la publicación de Trampas de la noche, ¿qué direcciones tomó tu escritura poética? ¿Estás preparando un nuevo libro?

–Luego de Trampas de la noche, ya que me había acostumbrado al poema breve y no había camino que seguir por ahí, salvo el silencio, según el precepto de la poesía pura; la profesora Cristina Salatino, quien es desde siempre «la mano que escribe sobre mi mano», me recomendó ejercicios de amplificatio: «lo que dijo en una línea debe decirlo en cuatro», era la propuesta. Así fue que tomé primero poemas que había escrito para «extenderlos» y luego, como me aburrí con los míos y me resultaba muy complicado, opté por tomar poemas de poetas en serio. De ese modo lúdico aparecieron muchos que he dado en llamar «variaciones», porque son «ejercicios intertextuales» conscientes y evidentes. Básicamente, consiste en leer un poema o conjunto de ellos y, al mismo tiempo, ir elaborando una escritura paralela. Una especie de «improvisación» sobre una base melódica ya existente. De ese modo pude escribir unos 40 poemas, todos con la misma particularidad.

Eso sucedió hasta 2008, cuando dejé de escribir. Este año he retomado y tengo varias ideas en carpeta. Quiero escribir «libros», es decir, tomos que tengan un eje aglutinador claro. Diez, quince poemas que pueda publicar en internet. Entre ellos, la idea es concretar viejos anhelos, como un libro que he rumiado años y años sobre números y otro, que tendría alguna semejanza con Variaciones, relacionado con una intertextualidad bíblica. También estoy trabajando en una serie de personas que leen, con título tentativo de Gente leyendo, y otro relacionado con un texto de Derrida que se encarga de analizar las implicancias estéticas e ideológicas que supone escribir con dos manos, con el auge de las computadoras. ¿Qué viene a decir esa mano que estuvo apartada del proceso creativo durante centurias?, ¿cómo son los poemas escritos en una pantalla?, ¿qué supone la facilidad de borrar, no tachar, en los textos que escribimos cotidianamente?

 
2/En este lugar

–¿Cómo es tu relación con la poesía actual de Mendoza? ¿Tenés en claro alguna pertenencia estética o generacional?

–Hace unos años participé en algunos ámbitos, pero ahora ya no, aunque gracias a varios blogs estoy en contacto con poetas que trato de seguir, como vos, Dionisio Salas Astorga o Rubén Valle, por ejemplo. Además de Pablo Gullo, aunque es narrador. No creo pertenecer a ninguna generación ni grupo con una misma estética en particular.

 
3/Una reflexión

–En tu obra utilizaste un heterónimo para publicar y has escrito Variaciones, un libro que interviene poemas de autores renombrados ¿Existen, además,  procesos de ficcionalización en tu poesía?

–Variaciones es propiedad del heterónimo Francisco Robles, un español remolón que escribe mientras toma café por las mañanas. Muy distinto del Antonio Nogueira que escribió Trampas de la noche. Una forma de explicar esto podría resumirse en estos cuatro conceptos:
1.El uso (ficcional) de heterónimos responde, en primer lugar, a una forma concreta de dejar en claro la fuerte influencia que lo literario tiene sobre lo que escribo, mucho más que lo anecdótico o meramente biográfico. Unos versos leídos al azar en cualquier libro me inclinan al papel mucho más que un sentimiento o un paisaje. Podría decir que el 90% de mis poemas están basados en palabras, frases, climas provenientes de la literatura. Es obvio, entonces, que el modo de presentarme ante los demás sea basado en un artilugio literario.

2. Antonio Nogueira es parte del nombre verdadero de Fernando Pessoa, ya que su nombre completo es Fernando Antonio Nogueira Pessoa. Seguramente él no sabía que hasta su propio nombre encerraba también un heterónimo. Y me gusta pensarme así, como un heterónimo tardío de Fernando Pessoa, como dice Santiago Kovadloff.

3. «Si el artista debe asumir una actitud exterior cualquiera, como de todas maneras será falsa, que por lo menos sea exageradamente falsa, evidentemente ilusoria. Es un homenaje al escepticismo del interlocutor». Esta frase aparece en un ensayo de Juan José Saer. Y me parece que define de manera precisa el «chiste» de los heterónimos. Como los carteles que colocaba Brecht en sus obras de teatro del tipo: «No ponga esa cara de tristeza, esto es sólo teatro». Al llamarme Nogueira, les estoy advirtiendo a los que leen, y hasta a mí mismo, que lo escrito es sólo literatura. Aunque duela.

4. Y por último, si cabe alguna duda, lo que decía un personaje de Pío Baroja: «como el andaluz a quien le preguntaban si era Gómez o Martínez y contestaba: es igual, la cuestión es pasar el rato».


Algunos poemas de Fabián Almonacid 



14

Descansa en el viento
una blanca presencia de luna.

Anzuelos de sombras
penetran el sueño de los hombres.

Duerme solo 
ajeno al poema. 


23

El asombro del niño
perdido en la noche.

Sin hombros
padres
aplausos
ni mar.


30

En la profundidad de la noche
se deja adivinar
la sorda lucha

–peso muerto
apagado eco–

Careces de todo lo que nombras.


de Trampas de la noche (2005)

*

Fugacidad / variación Arrieta


Contrafiguras a través de un espejo:
bruma del sueño indolente y firme
que despierta al tumultuoso día
como un raso cerrar de malogrados ojos.

Es la noche sin astros, una túnica
de invisible desdén, de compás mudo.
Duplicado abrazo, imagen fugitiva:
noches doradas armonizan en la ventana.

¿Vive aquel? ¿Vivo yo? ¿Vivimos?
Renace el tenebroso trueno de la soledad:
ser dos en uno, uno mismo dividido en dos,
la improbable unidad de la lucidez.
  

Estepario y las ovejas / variación Hesse
 
Lobo perdido entre nosotros
que yerra en las ciudades
hacinadas de rebaños.

Lobo que no se sabe lobo
sosegado instinto que se afana
con violencia hacia adelante.

Lobo sin arma ni grito de combate,
altivo, procaz, procesión en pos
de una redentora materia humana.

Aunque una noche impostergable,
cegado de plata, reclamos y celo,
nos dedique una única mirada primitiva.


de Variaciones (inédito)


*


Adiós

Los viajeros no mienten,
sólo lo hacen los establecidos,
los que hacen viajes cortos
y deben ver a las mismas personas,
a sí mismos,
todos los días.


Certezas

Después de tantas noches sin escribir
sin encontrar la gracia prometida,
ni la semilla de la calma,
ni la raíz de la indolencia,
sólo oyes el despertar ocioso de las cosas.

Y tiendes a creer que en este río sin márgenes,
revuelto de camalotes sin sentido,
no queda nada,
nada encontrarás,
desvanecido a fuerza de ir a tientas…

Pero, como siempre, estás errado.
  
de Poemas inéditos