viernes, 3 de agosto de 2012

Ozymandias, una obra maestra de Shelley

Ozymandias, según Michael Fairchild.



El poeta y el poema. Percy Bysse Shelley imagina el encuentro con un viajero. Hay un personaje que nos lo cuenta por él. Entre verso y verso sentimos que la arena del desierto nos salpica, el sol nos cae sobre las cabezas ardientes. El poeta pronto desaparece de escena, y deja que hable su interlocutor. 

Lo que nos cuenta es la descripción de un monumento caído, gigantesco, descomunal, que parece traer a cualquiera que lo mira la presencia de aquel soberano magnífico, déspota y poderoso. Es una enorme virtud la del escultor, reflexiona el viajero, la de tallar sobre la piedra la gelidez de un tirano impiadoso y soberbio como aquel, que ya forma parte del pasado pero cuya voz parece resonar todavía. Ese rey ya no está, ha caído tal como ahora su efigie, pero lo que parece un retrato de la magnífica obra de arte, acaba siendo, en el final del soneto de Shelley, una reflexión moral sobre la fugacidad de la vida y la muerte, igualadora e imperturbable. Basta leer lo que dice el pedestal de esa estatua destruida para caer en la cuenta de que toda la magnificencia que representó es cosa de nada, al fin y al cabo.

Ozymandias, el soneto en cuestión, es tan sólo una de las obras maestras de Shelley (1792-1822), aquel poeta de cuya muerte se cumplieron 190 años el pasado 4 de julio de 2012.

Polemista temible (muy pronto declaró su ateísmo y publicó notables y valientes libelos en los que criticaba la religión y la superstición), escandaloso (propugnaba el amor libre, aunque estaba casado con la también notable Mary Wollstonecraft Godwin, autora de Frankestein) y precoz (fue pilar del romanticismo inglés y murió antes de cumplir los 30), su poesía contradice a su poema mayor: todo será una ruina, pero sus versos aún brillan, no han podido ser enterrados.

Percy B. Shelley en una pintura de Alfred Clint.
La traducción. El poema Ozymandias es un verdadero prodigio, una verdadera maquinaria yámbica de perfección musical, pero también notable por su capacidad para tocar un viejo gran tema con la novedad de la obra maestra. En este caso, de lo que habla Shelley a través de la escultura de un rey es de cómo todo lo magnífico es nimio ante la descomunal estatura de la muerte y el fluir irrefrenable del tiempo. 

Desde su publicación, en 1818 (surgida a partir de una compulsa de Shelley con un amigo, a quien lo desafió a escribir un poema sobre una estatua de Ramsés que había llegado a Londres), el poema ha ejercido una notable influencia. La dificultad de su traslación a otra lengua explica, en parte, la abundancia de traducciones literales que esquivan toda métrica y rima. Entre los primeros que se atrevieron fueron Vicente Gaos y Manuel Altolaguirre. Miguel Sánchez Pesquera, en tanto, eligió olvidar el formato del soneto y lo convirtió en su traducción en un poema de 20 versos, lo cual es buena muestra de la riqueza conceptual que supo condensar Shelley en apenas 14.

A continuación presento mi propia versión, en la que he trabajado a partir de una traducción previa que publiqué en 2008 y en la que me permitía cierta libertad musical. En este caso he avanzado sobre aquel esbozo, en un doloroso trabajo con las rimas y los acentos, para intentar reflejar en un endecasílabo clásico castellano la magnífica musicalidad conseguida por Shelley en sus pentámetros ingleses.


Manuscrito de la primera versión del soneto.

Ozymandias

by Percy Bysse Shelley

I met a traveller from an antique land
Who said: Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desart. Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them and the heart that fed:
And on the pedestal these words appear:
«My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!»
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.


Ozymandias

de Percy Bysse Shelley
Traducción de Fernando G. Toledo

Vi a un viajero de tierras muy remotas.
Hay dos piernas –me dijo– en el desierto,
Son de piedra y sin tronco. Un rostro yerto
Sobre la arena yace: la faz rota,
El frío de esos labios de tirano,
Hablan del escultor que ha conseguido
Reflejar la pasión, y ha trascendido
Al que pudo tallarla con su mano.
Hay algo escrito en ese pedestal:
«Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad
Mi obra, hombres de poder! ¡Desesperad!:
La ruina es de un naufragio colosal.
A su lado, infinita y legendaria
Sólo queda la arena solitaria».

Versión: 2008-2012.

2 comentarios:

Susana Tampieri dijo...


Mi mas sincera felicitacion por tu trabajo. Soy traductora de Ingles.Me recibi en Cordoba hace muuuchooos años.Puedo entonces opinar con cierto conocimiento en la materia que es excelente tu trabajo.
Shelley es uno de mis bienamados as{i que el comentario vale el doble.
Susana Tampieri

Luis R. Molina dijo...

Leyendo la noticia, cuyo link adjunto para quien le interese, y el comentario de uno de los foristas sobre ella, busqué a Ozymandias, pues no recordaba muy bien su texto y así llegué hasta aquí. Me encantó la traducción del poema y, al ver la imagen que lo ilustra y la que acompaña a la noticia, una vez más volví a pensar en las encrucijadas de tiempo y espacio que marcan los instantes de nuestra vida en muchas oportunidades. Cordiales saludos desde Trelew, Chubut.

http://www.lanacion.com.ar/1992007-descubren-una-escultura-colosal-del-antiguo-egipto-en-un-barrio-del-cairo