martes, 14 de agosto de 2012

La historia de Dinastías bajo agua, de Roberto D. Malatesta





LA CULPA LA TUVO LI PO



            Por Roberto D. Malatesta

(Exclusivo para El Desaguadero)


            A Por encima de los techos lo comencé a escribir en mi mente, luego cuando conté con papel, a la luz de la vela. Cuando al fin hubo luz eléctrica y traje mi computadora -que se había salvado dada mi previsión- la mandé al service, el cual no se inundó, pude enviar por mail a mis contactos ese grupo de poemas que constituyó el libro. El efecto expansivo me azoró. Además de Internet, los poemas se comenzaron a oír en la radio.  Finalmente, mi amigo Alejandro Álvarez que publica la revista «El arca del sur» -que ya va por su número 171- me sorprendió editando un número especial que incluyó todo el libro, la tirada fue de otro mundo: 3000 ejemplares, gran parte de ellos se distribuyeron en la ciudad de Santa Fe.

            Entre los daños de la inundación, uno de los golpes más duros, fueron la cantidad de libros irrecuperables. A salvo quedaron sólo aquellos que reposaban en los estantes más altos, mi casa tuvo un metro y medio de agua, algunos de los inundados, dada la calidad del papel, pudieron recuperarse. Establecí un «secadero» en mi patio, sobre mesas, sillas, árboles; otros, los más queridos, los dejaba junto al horno de la cocina, entre ellos estuvo un libro entrañable: Poetas Chinos de la Dinastía T’ang, de la editorial Hachette. La cuidadosa edición pasó la prueba del calor (y la del río). Hoy, a pesar de los daños, sin tapa y con algunas marcas de moho, sigue conmigo.

El poeta chino, Li Po.
            Así es como «Dinastías bajo el agua» nació, un poema tan cierto como todos los que integran Por encima de los techos. El juego con Li Po como con Dante y Virgilio en «Visitas»  no invalidan el dato real; pero hay otra historia posterior. Por aquellos días  hallándome en la cola para cobrar las ayudas a los inundados, colas que daban vuelta una manzana, hacían un nudo y seguían. En esas circunstancias, alguien tocó mi hombro, era una mujer, pobremente vestida, como todos los que estábamos allí, una desconocida para mí, me dijo: «Vio, Malatesta, la culpa la tuvo Li Po».  Supe entonces que toda posible teoría sobre la relativa importancia del lector quedaba, al menos para mí, desbaratada. No  había dudas de que el poema debe buscar su lector.

            Luego, entablando conversación, la mujer me contó que tenía en su casa un par de libros míos, además de la revistita del Arca del Sur. En realidad, la revista era lo único que le quedaba de mi poesía, ya que los otros libros ya no estaban más, en su barrio el agua había llegado por encima de los techos. Le di mi dirección, me visitó, le repuse los libros perdidos (mis ejemplares por suerte sobrevivieron en una caja encima del ropero) y alguno más. Nunca más la vi. Con cuántos he hablado tanto y hoy no los recuerdo, ni ellos a mí.

                                                                                 


Dinastías bajo agua



Tengo junto al horno
a los poetas chinos de la dinastía T’ang.
Secan sus páginas junto al calor mientras
numerosas son las dinastías
que esperan su turno,
y vastas también
aquellas que han perdido totalmente su esperanza
bajo el agua enlodada.
Li Po, se decía de él, escribía poemas
que con tinta fresca aún
arrojaba al río.
Alguien, ¿tal vez Li Po desde su luna?
arrojó un río sobre mi casa,
sobre mis libros y papeles,
para enseñarme tal vez
el valor perecedero
de todo papel.
Y todavía se ríe.


                                                        
Roberto Malatesta, en Por encima de los techos (Leviatán 2004)

6 comentarios:

Fernando G. Toledo dijo...

Los poemas son muy bellos, pero, además, esta historia merecía ser contada.

Fernando G. Toledo dijo...

Y digo «los poemas» porque he leído los de Por encima de los techos, claro está.

Hernán Schillagi dijo...

Sí, Por encima de los techos es un gran libro. Un poemario "de trinchera", como avisa Malatesta, pero que testimonia una experiencia única, aunque completamente expansiva y que conmueve a cualquiera.

Gracias, nuevamente, a Roberto Malatesta por su historia y por sus poemas.

Simón Esain dijo...

Grande, Robertón!

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