viernes, 4 de marzo de 2011

Sin títulos no hay paraíso


A favor de los títulos en los poemas




por Hernán Schillagi

En una época donde la gélida tecnología nos permite comprimir información -visual, acústica y gráfica- para poder salir por las calles de la ciudad con la discografía completa de Pink Floyd, o hasta con El Quijote en un artefacto del tamaño de una chaucha; un nuevo fenómeno está sucediendo en cuanto a la identificación de las obras: la pereza de no titular los discos, las canciones y -teníamos que llegar vivos para esto- también los poemas.

De este modo, un adolescente tardío salta de carpeta en carpeta, de track en track y, mientras chequea la actualización del twytter, da lo mismo don Chicho que San Martín, como atizaba Discépolo en Cambalache. Por lo tanto, contrario a lo que se piensa, es cada vez más habitual encontrar esta «no-práctica» en los blogs de poesía, donde los poetas digitales cuelgan sus escritos en verso sin un título que los encabece. ¿Revolución contra la nobleza de los títulos? Me permito pensar que a muchos ni se les cruza la idea de que al otro lado de la pantalla hay un receptor ansioso de contar con todos los estímulos posibles.

Pero es más llamativo todavía, abrir hoy un libro y que, luego de leer cinco o seis poemas rotulados, aparezca un grupo de versos decapitados. Diez o quince líneas abandonadas al blanco baldío de la hoja. Entonces, el paciente lector de poesía -y vale recordar que no abunda- debe reformular su modo de lectura ante semejante holgazanería creativa. Es decir, se siente expulsado del paraíso profano que supone leer un poemario.

Hablo de los títulos porque hace un tiempo, el escritor Fabio Morábito redactó una columna titulada Contra los títulos[1], donde se despacha sin piedad sobre «la innecesaria manía de titular los poemas». Trata a los títulos como si fueran una «extraña anomalía de lectura» de su parte, ya que siempre se los olvida. Los tilda de poco esclarecedores, inútiles y hasta de una formalidad. No conforme, se lanza también contra los epígrafes en los poemas, porque los considera «elementos decorativos y, lo mismo que los títulos, un mero preámbulo para aclararse la garganta…» Pues, como todo buen ensayo, este breve texto del poeta italiano residente en México me generó varios cuestionamientos.

Todo poema tiene título. Es casi impensado hallar un libro impreso sin nombre alguno. Recorrer con la mirada un anaquel de libros, leer los nombres de cada lomo hasta que aparece uno de ellos completamente en blanco resulta angustiante. Mezquindades de la editorial, me dirán. Aunque sí es muy común toparse con poemarios enteros que tienen los textos sin titular. Poemas que aparecen numerados, o con un asterisco, o hasta sin nada. Aquí Morábito asesta casi con razón: «La poesía sigue siendo en buena medida un arte oral […] los títulos son mudos por naturaleza…» En los cuentos pasa lo mismo con respecto a la oralidad, y no exagero si digo que no existen casi relatos sin nombre. No obstante, recuerdo la Poesía Vertical de Roberto Juarroz y sus sucesivos tomos. Un ejemplo extremo donde el autor elige un único nombre para toda su obra y para todas las piezas que la integran. Esos poemas, entonces, sí tienen un título. Pero cuando ya vamos leyendo la Novena o la Décima Poesía Vertical pedimos a gritos, como Dante extraviado en el medio de la selva oscura, a un Virgilio que nos guíe un poco en tanta maraña verbal y numérica. Para el caso, si un título es mudo, el poema sin él comienza a tener problemas de disfonía.

Vox populi. Ante la falta de títulos, los lectores -y también los críticos- han ido creando anticuerpos ingeniosos, ganchos para no caerse en el aljibe sin fondo del silencio. Son evidentes e inevitables las históricas «soluciones» formales en las «Coplas» de Manrique, las «Églogas» de Garcilaso y las «Rimas» de Bécquer. Me imagino a los amigos del inolvidable Gustavo Adolfo resolviendo cándidamente qué hacer, post mortem, con las más de 80 «rimas» dispersas. Además, ¿alguien puede negar, más allá del arbitrario número, que su rima más famosa no se llama «Volverán las oscuras golondrinas»?[2] Es allí donde los lectores comunes imponen su voz. Hablan sin consultarle a José Hernández de la «Ida del Martín Fierro» para referirse a la primera parte de la obra en consecuencia con «La vuelta».

Concentración máxima. De todos los géneros, la poesía se destaca por la brevedad de su discurso, por concentrar en un puñado de palabras todo un mundo de significados. Cualquiera puede leer un par de veces en su vida La guerra y la paz o Bomarzo sin necesidad de revisitar esas páginas en su totalidad; pero un poema tiene la capacidad proteica de decirnos algo nuevo y sorprendernos en las diferentes etapas de nuestra vida. Modestamente, todo poema concentra a toda la poesía. Como dice Víctor Redondo en una entrevista: «El poeta tiene que sacar el mayor jugo posible de la menor cantidad de palabras; en ese sentido, debe leer como el más inteligente de los lectores…»[3] Por lo tanto, el nombre de un poema sería la expresión máxima de esa síntesis. Los más sagaces poetas utilizan el título como si fuera algo inseparable del resto; a veces el título contradice lo dicho, a veces abre puertas insospechadas y, en las mejores ocasiones, funciona como un primer verso autónomo que se potencia con la lectura de los demás. Es el caso de este poema del español José Agustín Goytisolo:


ÉXITO DE UN POEMA

Escribiste un poema a fin de cautivar
a una muchacha y el resultado fue
que la muchacha se enamoró perdidamente
del mensajero que le entregó el poema.


en Palabras para Julia y otros poemas (Plaza & Janés, 1997)

M´hijo el pueta. Es cierto que muchos poetas utilizan los epígrafes como un elemento de adorno. Es más, que los colocan en una esquina superior del poema como los petulantes padres amuran la chapa de su «hijo el dotor» junto a la puerta. Inseguridad y mucho esnobismo de algunos «puetas» que necesitan darse a conocer a través de la voz prestigiosa de otros, tal vez. «Sufren de para-citología», me dice una amiga escritora. Es injusto que Morábito los compare con los títulos, ya que estos son distintivos del poema como el nombre de una persona o de un lugar. Así y todo, un sincero y pertinente epígrafe -muy de vez en cuando- demuestra que el poeta está dispuesto a dialogar con otros, propone a los lectores que hagan links analógicos hacia los autores que lo han deslumbrado.

Pecado capital. De todos los vicios condenatorios, se dice que la pereza es el peor, debido a que genera otros pecados. No es que me sienta Brad Pitt y Morgan Freeman persiguiendo a un asesino, sin embargo sospecho que más de un poeta rotula deficientemente un poema o prescinde de los títulos por flojera. Admiro los poemarios que proponen una serie de poemas numerados -o no- a partir de un solo nombre, siempre y cuando sostengan la idea motriz de principio a fin. Por el contrario, la miscelánea implica indefectiblemente la titulación de los textos; el poema se encuentra dentro de un alucinante revoltijo de ideas, ritmos, emociones y temas donde el lector realiza una lectura random, un paseo aleatorio y a los saltos por las páginas del libro. Entonces se hace necesario encontrar carteles en la ruta poética, señales de una causa más que personal, parafraseando a Joaquín Giannuzzi. Desalienta chocarse en el camino con poemas que repiten el primer verso como título, encontrarse además con los que al azar eligieron una sola palabra perdida entre el texto, como también resulta una neblina impenetrable aquellos que impíamente los borran de la cabeza del poema. Invito a hojear los libros de cualquier biblioteca y los ejemplos ilustres y desconocidos estarán de sobra. Hacia el final, Fabio Morábito arremete: «Ponerle el título es delatar el hecho oprobioso de que volvimos la cabeza en algún momento para, justamente, ponerle un título, siendo que lo propio de un poema es no volver nunca la cabeza y solo admitir un camino hacia delante…». ¿No será -digo- un hecho más vergonzoso olvidarse de los lectores en medio del caos sin mirar para atrás, como un Lot hipermoderno escapando de Sodoma?

Sin etiqueta. Para mi sorpresa, me encontré unos meses después de leer la opinión de Morábito con una entrevista[4] donde el escritor sacude otra vez a los títulos con obsesión: «Los títulos, por un lado, no tienen mayor importancia. Hay que ser sinceros. Creo que les importan más a los editores que a los escritores. No es que el escritor viva con el título metido en la cabeza. Yo casi siempre los encuentro al final, y de una manera muy azarosa. Por ejemplo, La lenta furia, tenía dos o tres títulos, y de repente apareció, pero todavía no sé si tiene que ver realmente con lo que escribí…» Sería interesante que los lectores -tan dejados de lado por el autor- encontraran también la relación entre el nombre y el texto.


Finalmente, el arduo trabajo del poeta entraña otra cosa más importante. Escribir poesía es una lucha constante y lúcida con el lenguaje. Aunque vemos, por ejemplo, cómo Santiago Sylvester ha reparado -en el fragor del combate- en los lectores. Ante la pregunta de por qué los títulos de su último libro, El reloj biológico, están entre paréntesis responde: «Es que no son tanto títulos como ‘indicaciones de lectura’. El hecho de que hubiera un tema general hacía que no tuviera sentido poner títulos, pero sí ‘orientar’.»[5] Orientar sugiere, por tanto, guiar sin imposiciones. En una hermosa carta/poema a Álvaro Mutis[6], el poeta y crítico Alfredo Veiravé reflexiona risueñamente sobre la escritura de su nuevo libro: «No quiero exagerar sobre los/ nombres pero/ en verdad, el título es un rótulo un símbolo un signo/ una señal en el camino que debe indicar la dirección del viento/ al caminante para que no se extravíe en sus alucinaciones…» Por lo tanto, la guerra de guerrillas con las palabras supone ganar de vez en cuando alguna que otra batalla, que se traduce en el cuerpo del poema. Pero, una vez enfriadas las armas, aún quedarán las negociaciones diplomáticas con los títulos que pueden convertir ese pequeño y anhelado triunfo, en nada.



***

[1] Fabio Morábito, en Suplemento Ñ de Clarín (30/04/2010)
[2] Llama al menos la atención que, en vida, Bécquer publicara en periódicos de la época una docena de sus «Rimas» y que más de una vez las presentase con un título. Como pasa con la rima 29 (Imitación de Byron), la 33 (Dos en uno), la 45 (Melodías), la 56 (Al amanecer), entre otras. Me he guiado por el Estudio Preliminar y las Notas de Ivonne Bordelois y María Silvia Delpy en Rimas, Gustavo Adolfo Bécquer, ed. Kapelusz, Buenos Aires 1969.
[3]Entrevista de Marcelo Di Marco a Víctor Redondo, en Hacer el Verso, apuntes, ejemplos y prácticas para escribir poesía, ed. Sudamericana, 2009.
[4] Entrevista de Franco Torchia a Fabio Morábito para el Suplemento Ñ de Clarín (05/11/2010)
[5] Entrevista de Fernando G. Toledo a Santiago Sylvester para el Suplemento Escenario, Diario Uno (17/02/2008)
[6] Carta a Álvaro Mutis bajo el cielo de México, de Alfredo Veiravé, en Laboratorio central, ed. Sudamericana, 1991.

15 comentarios:

sergio dijo...

A pesar de mi inquebrantable pereza a la hora de titular mis poemas, mis ensayos, mis posts y cualquier cosa que escriba, concuerdo con ud en todo.
Que un buen título ayuda a entrar en un texto, sobre todo si este es críptico o complicado (Idus de marzo, Un joven del arte literario, en su 24° año, ambos de Cavafis)
Que hay libros que reclaman, exigen ese título, especialmente los misceláneos (¿se imagina qué dolor de bolas leer Violín obligado de Gianuzzi si sólo tuviera numeritos o nada?).
Que un libro con algunos poemas titulados y otros no, se ve desprolijo (aunque adoro Poemas y animales sueltos de Teresa Arijón, ahora que lo analizo, me lo parece).
Que hay epígrafes que no son nada decorativos, que son imprescindibles y en algunos casos un acto de honestidad intelectual (Pienso en: “Una madre siempre es una ciénaga” de Osvaldo Bossi; y “O no hay cómo seguir si no se vuelve” de Diana Bellesi, usados por Masin).
Que algunos epígrafes son puro alarde, pura figuración. Le dejo a ud la misión de buscar los ejemplos.
Sabe (seguramente lo sabe) que si ud quisiera encontrar una cita de autoridad para sus argumentos, Pizarnik sería ideal, puesto que no tituló los poemas de Árbol de Diana (un libro unitario) y sí los hizo en sus restantes libros (más bien misceláneos), y siempre sus epígrafes son muy precisos.

Excelente ensayo. Es más, creo que no me equivoco si digo que es el mejor de los que han sido publicados en esta revista: prosa ágil, entretenida y a la vez muy reflexiva. Felicitaciones.

Hernán Schillagi dijo...

Sergio: qué buen aporte sobre cómo utilizó los títulos Alejandra Pizarnik en toda su obra. Bordelois recuerda cómo se pasaban noches enteras viendo el orden de los poemas que integrarían luego "Árbol de Diana". El resultado del trabajo es evidente.

Con respecto a libros como el de Teresa Arijón, se descarta que los poemas tiene un gran nivel; pero es desconcertante -al menos- esa discontinuidad en los títulos. Lo mismo pasa -pero con los epígrafes- con "Espantasuegras" de Bárbara Belloc que nos partió maravillosamente la cabeza en su momento; sin embargo la profusión de citas y textos sin titular nos plagó de cavilaciones al leerlo.

Gracias por comentar.

Hernán Schillagi dijo...

También quiero destacar que cuando este ensayo llevaba solo 24 horas de publicado (4/03/2011), Fabio Morábito en la Ñ del 5/03/2011 volvía a insistir sobre los títulos lo siguiente:«...Así, poner título a una colección de poemas, que es un gesto clausurador, es desconocer la naturaleza antiescrituraria y antilibresca de la poesía. Habría que regresar a la costumbre decimonónica de poner en las carátulas la palabra 'Poemas'...»

Verán los lectores que Morábito eleva obsesivamente la apuesta con respecto a los títulos y ya no quiere ni nombrar siquiera a los libros.

Ustedes sacarán sus propias conclusiones. Las mías ya están expuestas y fundamentadas.

Damián dijo...

puta madre!!!
quiero escribir un comentario y no tengo tiempoooooooo!!!

Damián dijo...

arranco con una anécdota.

en una clase de la facultad, el profesor escribió:

"una flor
no lejos de la noche
mi cuerpo mudo
se abre
a la delicada urgencia del rocío"

del texto surgieron lecturas diversas, cada una con distintas proporciones de autobiografía y delirio.

Terminado el ejercicio, el docente preguntó: "¿y cómo titularían el poema?" las opciones que se plantearon obedecían a los mismos criterios que las interpretaciones. La propuesta más insulsa, debo admitirlo, fue la mía, que, enemigo de los títulos como soy, propuse "poema 32" ante el evidente desagrado del profesor.

cuando cada uno hizo su aporte, el docente escribió en la parte superior del texto: LOS AMANTES.

en ese momento pude sentír (casi corporalmente) cómo las hipótesis interpretativas se reducían, se encauzaban, se monotizaban.


Si bien no desconozco el valor del título como herramienta textual, debo reconocer que me opongo a su uso en la poesía. Su uso, necesario en la escritura de textos no literarios, termina jugando en contra a la poesía tal como yo la entiendo: un hecho de lenguaje siempre divergente, siempre en fuga, siempre personalísimo en la actualización del lector.

También es cierto que existen textos cuyo título no avanza más allá de un delirio metafórico del autor, con lo cual pierde su utilidad, con lo cual no debería estar ahí.

También es cierto que hay poemas que no se ven vulnerados por su título: su temática es tan contundente que el título no rpiva de nada, sino que ratifica la propuesta central. Nuevamente: ¿para qué está entonces?

rescato una propuesta: en una plaqueta publicada hace años, mi esposa colocaba los títulos después del texto.

Capítulo aparte son para mí los títulos de libros. En esta misma revista yo he hablado de la escritura programática, de cómo un libro de poemas se construye de voces interdependientes que configuran un proyecto general. En ese sentido, el título es necesario: el proyecto tiene nombre, una idea nuclear en cuya órbita rondan los poemas (como el "Primera Persona" de Hernán).
En ese sentido, sería incorrecto ponerle "Poemas", ya que enuncia una categoría variopinta, cuando el conjunto de textos así pensado es un constructo orgánico.

en definitiva, cada cual, cada cual, atiende su juego... yo, por mi parte: libros con título sí,poemas con títulos, no.

Hernán Schillagi dijo...

Damián: cómo se hizo esperar tu comentario, pero me encantó.

La anécdota sobre el hermoso poema de Pizarnik es buenísima, sin embargo me parece que la culpa no es del título del poema en cuanto forma, sino en las pocas posibilidades de lectura que "Los amantes" da como título. Ergo, Alejandra se mató por escribir un poema inolvidable y tuvo un poco de pereza para rotularlo. ¿No hubiese sido genial que tuviera un título que dignificara el resto de los versos? No tenerlo no le haría ganar nada, solo perplejidad para los lectores. Hasta a los más grandes les pasa.

Por otro lado, observo que estás en la línea "morabiteana" con respecto a los títulos. Aunque sé que sostenés tus argumentos no solo con tus lecturas, sino también con tu concepción programática de la escritura. Pero me preocupa que en tus apreciaciones -como también le pasa a Morábito- te olvidés tanto de los lectores. Cuando Pizarnik o Juarroz publicaban, el lector de entonces era bien distinto al de hoy.

Estamos hablando de lectores analógicos convertidos (¿evolucionados?) en lectores digitales, es decir, contaminados de un discurso "2.0" y "massmediático" donde el título es parte de su modo de lectura. "Les querés dar más de lo mismo", me asestarás vos. Todo lo contrario, la poesía -marginal desde su ADN- debe crear anticuerpos, mutar y adueñarse del discurso hegemónico para transformalo en el lenguaje de la resistencia.

Lo más interesante de este debate es poner en duda una "no-práctica" considerada un valor: no titular amplía las interpretaciones. Mejor díría: titular reduce la posibilidad de sobreinterpretación (cuando no bolazos).

Más allá del impacto visual, no le veo nada distinto el titular debajo de los poemas. Sin embargo, mientras tenga el título en algún lado, el lector agradecido. Reforcemos lo que propone Sylvester: los títulos como una "guía" y no una "imposición" para interpretar.

En este ensayo digo que admiro los poemarios con números o nada y que apoyan toda una idea-hilo conductor en el título del libro, siempre y cuando sostengan ese disparador desde el primer al último poema (vos has escrito uno así). Sin grandes pretenciones, yo también he escrito un par de libros en esa línea. Como nombraste mi libro "Primera persona", aclaro la idea: parte de la excusa de ser un único poema (con un único título lógicamente) que su autor perdió y trató de recuperar a través de su memoria. Los recuerdos fragmentados serían los "poemas". Después habria que preguntar qué le pareció a los lectores, jaja.

Damián, gracias por tan pensado comentario y, lo que es mejor, por saber que del otro lado hay un poeta que ha reflexionado sobre su práctica para luego reafirmarla.

el andamio ediciones dijo...

también es cierto que la inocente práctica de asistir al lector con un título puede convertirse en subestimarlo dándole de antemano la solución. entonces, si el título no es un parámetro interpretativo fuerte, ni tampoco un capricho del autor, ¿qué es? ¿para qué existe?

qué se yo... a pesar de que las busco, no se me ocurren situaciones en las que el título no termine perjudicando al poema


(y como siempre, gracias por el espacio. contesto cortito porque estoy en compu ajena!)

Hernán Schillagi dijo...

Damián: no creo que un autor que medite el título como si fuera la máxima condensación del fárrago de palabras, ideas y emociones que es un poema esté pensando en "asistir" al lector para "subestimarlo". No lo creo, porque sencillamente no es así.

Todo (buen) título es una invitación a repensar el poema de otra manera a introducir la llave por una cerradura que abre mil puertas. Como también es, antes de leer un poema, un desafío para hacer predicciones de lectura, hipótesis que se confirman o no.

En fin, el título está muy lejos de "perjudicar", como decís, a un poema; sino todo lo contrario. Es una señal evidente de que el autor pensó que habrá alguien inteligente del otro lado que estrujará esas pistas. Siempre con la salvedad de que el poeta no sea un perezoso y ponga nombres a la bartola.

Gracias por seguir reflexionando y haciéndome reflexionar.

el andamio ediciones dijo...

está bien.

vos creés que el título es una cosa, yo creo que es otra.

por eso debe ser que vos lo usás y yo no, je.

(el 28 de abril rindo al ultima materia previa a la tesis, así que hasta ese momento hago mutis por el foro)

Hernán Schillagi dijo...

Damián: me encantó cómo evitaste decir que estás por conseguir tu "título", jaja. Chiste!

Mucha suerte.

Anónimo dijo...

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