sábado, 1 de agosto de 2015

También la oscuridad es otro sol

El lado oscuro del mundo, Marta Miranda. Bajo la Luna, 2015. 56 págs.





por Hernán Schillagi


En Nadadora (2008), el libro anterior de Marta Miranda (Mendoza, Argentina), la propuesta era registrar toda una jornada de ejercicios acuáticos donde «la que nada alcanza la orilla». Entonces, tracción a sangre de por medio, el cuerpo de la que hablaba unía los dos lados con la voz, pero elegía volver al centro para soñar con «aguas más profundas». Es así cómo, en El lado oscuro del mundo, Miranda elige colocar en la superficie un grupo de poemas que, en apariencia, resultan una miscelánea efectiva; sin embargo cada palabra será dicha desde el hilo tensado de una relación a distancia.  

La presencia del agua (y su poder) genera su influencia desde el comienzo. Aquí la soledad es caudalosa y se encuentra bajo la lluvia. El «otro», por tanto, está en otro lado, es más, «del otro lado del mundo». Así, oscuridad y luz se irán batiendo a duelo en poemas de una extrema precisión, ya que cada verso es un destello fugaz para tanta noche: «para salvarte / una luz se hizo / en el fondo de tus ojos / y nueva en tu boca, una palabra: / agua…». Esa claridad en el decir se expresa, además, con cierta sequedad, sin adornos innecesarios; porque la respiración de la que corta los versos tiene que ser escuchada -fuerte y claro- por alguien ausente, distante en la inmensidad de la Tierra.  Su lirismo es contenido, pero potente. Aparece la hipérbole para exagerar situaciones cotidianas -la nieve, las cenizas de un volcán, el recuerdo del padre-, sin embargo «la sujeta», como le gusta decir a Tamara Kamenszain, equilibra el efecto de grandilocuencia con descripciones impasibles  y lo transforma en revelación: «Apuro el trago / dejo un hielo en la boca / y en la lengua estalla / tu parque nevado // Que la nieve del mundo / se lleve este ardor…». 

En el libro, Marta Miranda se permite un período más amplio en el desarrollo y la cantidad de los poemas. Un hipervínculo hasta La misma piedra (2002) se hace necesario, porque en ese poemario anterior, la autora proponía -más allá del estilo similar- que: «En algunas situaciones / pensamos en lo otro / como algo amenazante…», para terminar afirmando: «cuando la propia sangre / se vuelve contra una / es imposible / detenerla…». Es por eso que, cerca del final de El lado oscuro…, aparece el viaje como una posibilidad de encuentro, imaginar la vida del «otro lado», pero hay situaciones/murallas que impiden que esta relación soterrada encuentre su lugar de contacto luminoso (más allá de la pantalla virtual), porque la que se preguntaba qué había tenido que matar antes de trasladarse, ahora se da cuenta que: «acá o allá /cero respuesta/ aunque seguís apareciendo / puntual / cada tantas líneas / tantos poemas…», para decir más adelante: «que no vuelva / a salir el vuelo/ sin mí…».  

Por lo tanto, en el recorrido deslumbrante por libro, la vista se impone como algo lúcido, resplandeciente; sin embargo, una ceguera elegida termina siendo la respuesta para la que tapa el sol con un dedo. De este modo, el deseo, la tristeza, el encierro y la pérdida serán expuestos al sol más abrasador para que, en ese exceso, no quede ninguna sombra. De este material oscuro e inquietante están compuestos los poemas de Marta Miranda.

 ***




Algunos poemas de 
El lado oscuro del mundo 




EL RÍO PODEROSO

En medio de la isla
sola
en una cama que no es mía
escucho la tormenta

Para amainar el miedo
trato de identificar los ruidos:
prevalecen
ante todo
el chasquido potente
de la rama de los sauces
y el enorme caudal
del río poderoso.

Miro el Paraná
calculo
a lo sumo unos cuarenta metros
hasta la otra orilla
en medio
corre fuerte el río
trayendo
lo que trae

en su anchura 
lleva y deja
las partes
de una misma
la gente que se quiere

aquello
que no veremos más

*

NO RECUERDO LA SONRISA DE MI PADRE

 

Aunque la enfermedad lo devoraba
siempre ponderé
la belleza de mi padre:
sus grandes ojos
sus manos alargadas
el aire irónico con que miraba el mundo

Desde su silla de ruedas
si alguien cometía una torpeza,
cosa frecuente dado el lugar
las circunstancias,
si me miraba en esas circunstancias
sonreía calladamente
yo tomaba ese gesto como una señal de bienvenida,
de ser parte de su mundo

Sin embargo
no recuerdo su sonrisa, digo,
lo material
de su sonrisa

¿Sus dientes eran amarillos
o parejos?
En el recuerdo
la sensación es de felicidad
pero la imagen congelada
al mirarme
es la sonrisa que ofrecemos al perro abandonado
que al cruzarnos en la calle nos sigue
mueve la cola, no nos muerde

Creo que es suficiente
con saber que mi padre sonreía
más allá del recuerdo
para poder creer en la regla de bondad
de todas las sonrisas
de todos los perros
de todos los padres de este mundo

   
*

NIEVE


Hace días que el mundo es otro:
llueve en esta parte del mundo
y el aire es caldo
sensación de una cosa
que subiendo por la tráquea
enmudece, deja
la lengua como un charco

Hace días que llueve y me gustaría
saber si va a parar
y no lo sé
porque clavado en la pantalla
aparece siempre el pronóstico
de la ciudad donde estás
Grados de temperaturas
nubecitas de colores,
hoy
y durante toda la noche
copos blandos empezaron a ocultar tu casa
si sigue así
mañana tendrás que palear la nieve
para poder salir

Aquí
la lluvia cesa y sale el sol
ruge como venido del infierno
una bocanada caliente y húmeda
que nada logra sofocar

Apuro el trago
dejo el hielo en la boca
y en la lengua estalla
tuparque nevado

Que la nieve del mundo 
se lleve este ardor 

*

CENIZAS


Las cenizas del volcán
hicieron que todo
se convirtiera en sombra
estatua colosal
que iba esculpiéndose con lentitud
a cada respiro de la boca

Vos y yo
lo vimos por tv

igualmente
y aunque lejos
a miles de kilómetros de allí
una nube espesa
entró en la casa
cubrió la foto
de tu cara junto a la mía

y allí quedó

la ceniza, gris
el peso de las cosas
nos ahogaron
hasta volvernos sombra
 

domingo, 19 de julio de 2015

La historia de un poema de Denise León

Denise León.

Poemas de Estambul

por Denise León (*)

Cercados por las palabras como vivimos, cada uno de nosotros habla su propia lengua. Una lengua que sólo puede traducirse parcialmente y que sentimos profundamente nuestra en sus inflexiones, en la música de determinadas palabras, en sus recuerdos privados y en sus ritmos propios. Así, todo territorio lingüístico contiene y delimita sus espacios sagrados, sus centros flotantes. En mi caso, uno de esos centros tiene que ver con el mundo familiar, con la infancia. Un orden poderoso y esquivo que tiene que ver sobre todo con las mujeres –con mi madre, con mis abuelas– y que voy buscando y voy perdiendo y voy recuperando y voy transformando en mis poemas. A partir de la existencia secreta y elusiva de esta casa en la que siempre estoy merodeando, voy tejiendo una maraña de citas, una maraña de notas al pie: el texto de mi vida.
En la cuadra en la que yo crecí no vivía ninguna niña, sólo había varones para jugar. Así que  tuve que lidiar con mis terrores y aprender a disparar rifles de aire comprimido, manejar la honda y jugar a la guerra de cascotes. Siempre admiré la aventura y sin embargo, como diría Barthes, la pasión de mi vida ha sido el miedo. Hay personas y poetas a los que les suceden cosas, a mí sólo me sucedieron las lecturas y la televisión.
Los poemas suelen aparecer ante el lector como algo acabado. Para el poeta, sin embargo, cada texto no es más que la estabilización transitoria de un proceso lleno de opacidades, lleno de temblores. Tal vez por esto, mi primer libro de poemas, Poemas de Estambul, despertó cierta curiosidad, cierta intriga. Siempre recuerdo que la persona que reseñó el libro para la Revista Aky Yerushalayim advertía con lucidez que «klaramente el ladino de estos poemas no es el ke se avla aktualmente en las komunidades sefaradis del Mediterraneo; se nota en el la influensa del espanyol avlado en Arjentina, lo ke es natural, siendo ke la autora nasio i se eduko en este paiz».
El ladino de mis poemas –en efecto– tiene un acento muy peculiar que difícilmente pueda encontrar un correlato geográfico específico, sencillamente porque es una lengua inventada, una lengua que no es de ninguna parte y que por eso tiene también algo de deliberado, de artificial, y de imposible. Una lengua que no tiene sombra, como el agua.
El poeta, el traductor y el exiliado saben que todo idioma es impuro, que no hay idioma que sea una isla, y que toda lengua contiene a otras lenguas.  Los idiomas se invaden entre sí y en mis oríges están mezcladas estas dos lenguas próximas y distantes al mismo tiempo. Una, se escribe de derecha a izquierda; la otra, de izquierda a derecha. El método poético consistirá entonces, sobre todo, en enumerar minuciosamente las pequeñas cosas, pegando la nariz a ellas hasta que estas nos entreguen sus historias, sus secretos, su saber sobre lo que las rodea. Trabajar con los restos del banquete, con las sobras, con las hebras de la nostalgia que siguen de alguna manera actuando, prolongándose en la lengua cotidiana, en la música precisa de algunas palabras. Mis Poemas de Estambul  son un pobre resto de algo grandioso, y también un homenaje que sólo es posible desde la modificación y la pérdida. Sólo podemos conservar aquello que modificamos hasta sentirlo como propio.

Uno de los Poemas de Estambul (Alción, 2008)
Denise León

La piedra minudika
del silensio.
La kamaretta de mi madre.
La llavedura blanka
ke mira a la kamaretta.
Los talones de mis pieses
ke desean
i no alliegan la ventana.
El empiezo de todas las kosas.
La palavra ke quita el miedo
i una boz
ke es la manyana.

*


La piedra pequeñita
del silencio.
La habitación de mi madre.
La cerradura blanca
que mira a la habitación.
Los talones de mis pies
que desean
pero no alcanzan la ventana.
El comienzo de todas las cosas.
La palabra que quita el miedo
y una voz
que es la mañana.



(*) Especial para El Desaguadero

viernes, 26 de junio de 2015

La historia de un poema de Alejandro Méndez Casariego




por Alejandro Méndez Casariego*
especial para El Desaguadero


EL PRECURSOR

A diferencia de mi primer libro, El elefante de cartón, que resultó de un rejunte de poemas sueltos, escritos en distintos momentos y bajo variadas influencias;  el segundo, Los réprobos (Buenos Aires, 2007) obedeció a una idea preconcebida, a un objetivo preciso. Esta forma de escribir poesía era toda una novedad para mí, ya que siempre fui devoto  de la «inspiración», del poema vinculado a lo imprevisto, al impulso del instante.   

Lo primero fue la idea, y derivado de esta idea, el título. A partir de allí, me llevó un año redondo desgranar los poemas que lo compondrían. Durante ese año hubo bastante investigación, mucho análisis y sobre todo lecturas muy particulares.  Y digo particulares porque, por ejemplo,  leer  el texto de unos treinta autos de fe de la inquisiciones española, italiana y peruana puede resultar una experiencia insólita y, contradictoriamente, enriquecedora.  

Después de los primeros tropezones con aquel  lenguaje arcaico, estos  testimonios pueden volverse de una increíble riqueza narrativa, en un territorio donde lo racional y la magia se mezclan de forma revulsiva. Como en otros casos, los  artífices  principales de esta especial alquimia, son aquellos indeseados pero no secundarios motores de la historia y sus excusas: la intolerancia y la mentira. He allí la idea central conque concebí cada uno de los poemas de Los réprobos, dar «la versión de las sombras», recuperar algo de lo que «no está escrito ni instalado en los códices», el pensamiento de los que estaban fuera del sistema, cualquiera que esté afuera.  

Casi terminado el libro, sentía que el objetivo de expresar mis ideas en forma poética, estaba, mal o bien, logrado. Pero al mismo tiempo tuve la nítida sensación de que faltaba algo: una especie de precursor, alguien de desde las más lejanas brumas de la historia hubiera arrimado la primera antorcha a tanta oscuridad. Había rozado el nombre de Akenatón y su singular reinado en mis investigaciones, dejándolo, inicialmente, de lado. Pero de algún modo, una lectura no desprovista de cierta parcialidad, me lo puso enfrente; tal vez no tal como era, sino como yo necesitaba que fuera. El faraón que destruyó los dioses unificándolos y representando al dador de toda vida, un elemento real, para nada mágico: el sol. Utilicé el poema Akenatón a Nefertitis como un resumen de mi concepción sobre temas como el origen de la existencia, la materialidad del mundo y sus fenómenos,  la ética de la verdad, la incondicionalidad del amor. La estructura se me figuró como un canto labrado sobre piedra con jeroglíficos. De hecho, tuve en cuenta el estilo y el fondo de algunas inscripciones halladas en Tebas, correspondientes al período de este reinado. 



«Eres tú quien hace que se desarrollen los gérmenes en las mujeres.
Tú quien crea la simiente en los hombres.
Tú quien da vida al hijo en las entrañas de su madre.
Tú quien le calma con lo que hace cesar el llanto.
Tú, la nodriza de aquel que está todavía en las entrañas…»



 
Y así fue cómo nació este poema, el último que escribí para Los réprobos.

 



(Akenatón a Nefertitis)

Mientras yo viva, luna mía,
el mundo no adorará otros dioses
que los que el mundo vivo nos ha dado

No se prosternará ante imágenes
mitad criaturas humanas, mitad bestias
que la naturaleza se ha negado a engendrar

Somos frutos de la cópula
de la tierra y el sol
específicos y reales
como un amanecer en la rivera
pantanosa del Nilo
escarabajos en una arena que no tiene fin

Y en el sueño del tiempo
volveremos a ella, porque solo su demanda
es materia de fe: la interminable
única que aullará sobre la tumba
del último animal de su especie.

Ya vendrán por nosostros
pero la piedra que hemos puesto
rodará más allá de la memoria
y habrá una huella tendida en los confines
con la hendidura de nuestras sandalias

A los otros, en cambio
la nada extenderá un poder
cortado en piedra muerta

No hay, mi amor, monumento más alto
que aquel que siempre estuvo allí
y que la mano del hombre más experto
no ha conseguido tallar ni repetir
este no pide humillación ni sacrificio
otorga, en acto elemental que no requiere ritos
un don que solo aprecian
quienes, como tú y yo, amantes en los límites
carne que no tendrá testigos
despediremos al final
de nuestro último día.





*Nací el 19 de diciembre de 1952. Estudié Profesorado de Historia en la UNC, carrera que fue interrumpida por la persecución de la dictadura militar. Si bien escribo desde muy chico, mi aproximación a la poesía como genero se produce hace unos quince años. Desde el 2001 al 2007 conduje, junto a José Emilio Tallarico, Gerardo Lewin y otros, el ciclo de poesía
«El Orate y la Musa» en la Ciudad de Buenos Aires. Publiqué, en 2003, el poemario «El Elefante de Cartón» y en 2007 «Los Réprobos». Dos libros inéditos «El único límite» y «Los Dioses del Hogar» esperan turno para su publicación.


viernes, 5 de junio de 2015

La historia de un poema de Ricardo Costa



por Ricardo Costa*
especial para El Desaguadero


LA GEOMETRÍA ESTALLA



Simplemente, celebraba mi juventud. Había pasado el colegio secundario, el tortuoso servicio militar y la dictadura agonizaba. Eran épocas de escritura compulsiva. Sabía que tenía todo el mundo y el tiempo por delante. De manera que decidí consagrar mi vida a la poesía y vivir a través de ella. O a través de lo que ella quisiera entregarme.

En aquellos años, el fervor por la palabra escrita pasaba exclusivamente por el universo del discurso lírico. No concebía la idea de que la pasión tuviese lugar en elementos o experiencias ajenas al estallido del corazón. Quiero decir, no aceptaba que un alma sensible pudiese conmoverse por eventos que no comprometieran su capital amoroso, contemplativo o trágico. Me refiero a esos alumbramientos que irrumpen reveladores en un espíritu que vibra a través del lenguaje poético. En pocas palabras, rechazaba el concepto de que el arte -en cualquier de sus formas- se consumara en temáticas relacionadas con las ciencias duras; como la matemática, la física o la química, por ejemplo. Así, mis primeras escrituras ardían en recargados fuegos pasionales: la adoración de la mujer amada, el interrogante de la muerte, la angustia existencial, el amor no correspondido, y demás etcéteras de imágenes edulcoradas.

Años después, durante una cursada de literatura griega y luchando contra las agudas contradicciones que conlleva la madurez, descubrí en una edición enciclopédica los pormenores de la muerte de Arquímedes. Ese genial geómetra, matemático e ingeniero siracusano que fue muerto por un soldado romano en el siglo III a.C. Por lo tanto, y a poco de comenzar dicha lectura, quedé seducido por la obsesiva búsqueda del conocimiento que este genio desplegaba a través de ecuaciones numéricas, teoremas y trazados geométricos. El hecho de que Arquímedes dedicara su vida al saber científico, sin otro interés que el conocimiento mismo, me maravilló y me condujo a reformular las erróneas ideas que albergaba respecto de lo que significaba la pasión creativa.

Cuenta la historia que un soldado romano había sido comisionado para conducir al siracusano ante el despacho del prefecto de turno; comisión que se advierte difícil cuando el legionario encuentra a nuestro héroe resolviendo cálculos sobre una parcela de tierra. Pero el viejo sabio no presta atención a la orden castrense. Escucha, sí, pero no le importa lo que el hombre armado viene a comunicarle, ya que su disciplina es prioritaria por sobre cualquier reclamo o decreto. El griego está concentrado en sus estudios y odia que lo interrumpan. Y más aún cuando la sombra del gladiador estorba sus escrituras.

La versión biográfica de marras testimonia que las últimas palabras que pronunció Arquímedes, antes de que la espada del soldado cayera sobre su cuerpo, se alzaron en una pregunta «¿Quién es el que se atreve a interrumpir mis estudios?». Comprendí entonces que sólo la pasión puede abstraer a un hombre, o a una mujer, de la realidad más cruda que en ese momento esté atravesándolo. Sólo la pasión por lo que se ama transforma en obsoleta la realidad y superficial la materialidad del mundo, al punto de llevar a un científico desarmado a desafiar la brutalidad de un soldado invasor.

Así como la ciencia matemática fue desarrollada para explicar el orden del universo a través de los números, no hay posibilidad de que la búsqueda y el desafío existencial transcurran por fuera de la pasión. Ergo, la pasión reina por sobre la multiplicidad de lenguajes. Y uno de ellos es el que ilumina la poesía. Aunque el poema se recluya en la melodía de una música lejana, en la pintura, en la danza, en el poema, o en el vuelo que sugiere un trazo geométrico sobre una parcela de Siracusa. La pasión siempre gobernará por sobre la voluntad de cualquier mortal. Porque es allí donde late la esencia de la poesía y tiembla el corazón del poeta.





Mundo terrible la geometría.

Todo lo que resta es un círculo,
una línea volviendo a su origen.

Una figura creada para sabernos
sobre un espacio seguro.

Todos contemplamos la redondez
de esa línea, pero festejamos el vacío,
no la línea.

Así nosotros: un punto sobre otro.

Imprudente ciencia, dicen, y alguien
olvida la luz; ama la sombra que borra.

Entonces la geometría estalla.


del libro Teatro teorema. Ed. Libros de Tierra Firme. Bs. As 1996




*RICARDO COSTA es docente, escritor y promotor de lectura. Reside en la ciudad de Neuquén, Patagonia Argentina. Obras publicadas: Casa mordaza (Libros de Tierra Firme, Bs.As 1990); Homo dixit (Libros de Tierra Firme, Bs.As1993); Teatro teorema (Libros de Tierra Firme, Bs.As1996); Danza curva (Ed. Del Dock, Bs.As 1999); Veda negra (Ed. Del Dock, Bs.As 2001), Mundo crudo: Patagonia satori (Ed. Limón, Bs.As 2005); Fenómeno natural (CODIC 2012). En 2007 publicó el ensayo Un referente fundacional. Ed. El Suri Porfiado. Bs. Aires 2007. En 2011 publicó la novela Fauna terca. Ed. El Suri Porfiado. Algunos reconocimientos: Concurso Becas y Subsidios a la Creación Artística- Fundación Antorchas 1995; Primer Premio Fondo Nacional de las Artes 1998; Tercer Premio Concurso Iberoamericano de Poesía Neruda, Chile 2000; Conc. Poesía en Tierra. Fondo de Cultura Económica-Centro cultural de España 2004; Primer Premio II Concurso Nacional de Poesía Javier Adúriz 2012. En 2008, en México, su obra Mundo crudo, Patagonia satori fue ganadora del Premio Internacional de Poesía Macedonio Palomino para obra publicada.

martes, 26 de mayo de 2015

La ventana indigesta

Crónicas cínicas, de Dionisio Salas Astorga.




Entre las muchas cosas que un poeta puede hacer con su poesía una es retratar –como un fotógrafo que registra lo que pasa por su ventana– el espectáculo constante del mundo. El poeta se convierte así en un cronista que observa, asimila y comparte lo que desfila ante sus ojos.

Una tarea como esta es la que ha emprendido Dionisio Salas Astorga y que ha cristalizado en Crónicas cínicas, el último libro de una trilogía aparecida en dos años prolíficos para el autor.

Es importante subrayar cierta secuencia en este trabajo. Primero, el descubrimiento de que el espectáculo que nos pasa a través de la ventana (metafórica, por cierto: una ventana, una mirilla o simplemente, una mirada) merece ser contado. Luego, la tarea de volcar esa mirada en forma de versos que también sean crónicas, que observen el paso del tiempo. Por último, recién allí, ver otro espectáculo: el de los versos acumulados como un residuo de los días. Y entonces dar el paso de reunirlos para que le den carne a un libro.

Visto este mecanismo es más fácil entender lo que traen, y adónde llevan, las páginas de Crónicas cínicas. Traen una mirada de lo real, una mirada amarga, desencantada, porque lo que el poeta ve no es siempre un espectáculo festivo ni edulcorado. Y nos lleva al cinismo que propone el título del libro.

La cuestión cínica resulta de especial importancia en la concepción del volumen. De hecho, Dionisio Salas Astorga se preocupa por hacer que la puerta de entrada a sus poemas sea, precisamente, una definición convencional de cinismo. Pero la verdadera definición que construirá el libro de poemas empieza, justamente, donde ese introito termina. Es decir, en los poemas. Y es que aquí el cinismo no se parece en todo ni a la equiparación de este con la hipocresía ni tampoco, estrictamente, a la escuela griega que profesaron, entre otros, Antístenes o Diógenes de Sínope.

En realidad, el cinismo aquí no es una postura filosófica que sustente los poemas sino, acaso y más bien, dos cosas muy distintas: un mecanismo de defensa y una pátina estética. El mecanismo de defensa lo antepone el poeta al no detener su observación, al no quitar los ojos de la ventana indigesta. Mira y sigue mirando y lo que ve no siempre es hermoso. Por ello responde con palabras que si lo enlazan con aquel filósofo que vivía en un barril, rodeado de perros y entregado a un desprendimiento constante, es sólo en el modo en que trata con el mundo. Y así se llega a la pátina estética. El propio Diógenes respondía con un humor no destinado a la risa, sino a la mueca: podía tener a Alejandro Magno enfrente y no lo reverenciaba, sino que le pedía que se quitara del lugar para que no le tapase el sol.

Con parejo humor, Salas Astorga arriba a la estética de sus poemas. En la línea de su libro anterior, Últimas oraciones, no se deja hipnotizar por falsas esperanzas, promesas ultraterrenas o estampitas consagradas. De hecho, nos cuenta (es lo que ve por la ventana) que esas esperanzas fracasan, esas promesas siempre quedan sin cumplir o esas estampitas se corroen con el duro sol de un planeta en peligro.

El carácter cínico encaja, así, perfectamente, con la propuesta lírica del poeta. Este, que ha asimilado influencias diversas (desde Neruda, Huidobro y Teillier hasta Juarroz y Ernesto Cardenal, pasando por innumerables lecturas), traza versos pletóricos de ironía, en los que habla una voz que se confunde a veces con la suya propia, pero sólo porque ni siquiera los límites, en este páramo, son seguros.

En Crónicas cínicas, con un estilo que se confunde a veces con un acta, con un frío informe sociológico o (vade retro) con un reporte periodístico, Salas Astorga encuentra la forma de su poesía, que entra por esa ventana y se posa, ardiente, sobre los papeles del poeta como para dejar su marca. No para dejar sentada una esperanza sino, al fin, y tal como él lo reconoce, para agregar un gesto más a todo el espectáculo, para poner una muesca leve en el paisaje, para sumarse apenas con el digno gesto de la autoconciencia a un lugar en el que «en nombre de la felicidad la democracia los pobres / se siembra la tierra con cruces de madera».

Si, como concluye en su epílogo el libro, todo lo que se diga va hacerse desde este, el «planeta más despreciado del universo», quizá lo único que podamos pedir es que se diga a través de la poesía. Con la materia agridulce de ese consuelo está escrito Crónicas cínicas.



Tres poemas de
Crónicas cínicas
de Dionisio Salas Astorga

se puede escribir

la guerra es una solución
hay enfermedades incurables
el odio es irracional

escribir o callar
si hablamos de amor

la vida es un misterio que está bien así

todo se puede escribir
no cambia en nada este fracaso


*

no tenemos desaparecidos

ninguno de los nuestros fue
un peldaño colérico en la escala
del mal

no nos mataron a nadie
no nos echaron al exilio con lo puesto

nos dejaron aquí

vivimos

todos estos años fuimos nada

(24 de marzo)

*

se fue detrás del amor de su vida

tres días después volvió

para no perder el trabajo

lunes, 18 de mayo de 2015

La historia de un poema de Silvia Castro



por Silvia Castro
Especial para El Desaguadero


Laica surgió de una errata producida por Juan Pablo Bertazza en su reseña del libro Los estantes vacíos, del bahiense Ignacio Molina, una de esas curiosidades del azar que nos llevan a escribir. 

En la reseña, al referirse al cuento El visor, decía: «…un fotógrafo que les saca el trabajo a las tarotistas al decirle a un hombre abandonado, a partir de las fotos tomadas con su Laica, por qué pasó lo que pasó y cómo van a seguir las cosas».

La confusión entre la Leica que hiciera famoso a Cartier Bresson y la perra inolvidable del espacio fue demasiado para mí, fotógrafa agnóstica muy dada a coquetear con lo que la idea de Dios pudiera proveer.

En el tiempo en que escribí Laica vivía con un fotógrafo en Avellaneda. Todos los fines de semana él debía viajar hasta Floresta en el colectivo 85 para llevar a su hija de regreso con su madre. Es un trayecto más apto para la NASA que para la escala humana, más si se realiza en compañía de una niña pequeña.

El poema comenzó con el brazo que se levanta para que un colectivo se detenga. Es el que empuña la cámara, que también detiene aquello a lo que apunta.

Hay algo del error que nos lleva siempre por buen camino. Hay un rescate del error que Spinoza hace de este modo:

«No he creído que errara uno a quien hace poco he oído gritar que su patio había volado a la gallina del vecino, pues la intención de su pensamiento me parecía lo bastante clara» (Ética, Parte Segunda, proposición XLVII).

Cómo fue que esa perra disparada dio con la idea de Dios, sólo Dios y la NASA lo saben.

***


Laica


yo tengo una perra con un solo ojo
como la de Cartier Bresson

ella no captura el instante
sino la mitad

por ejemplo
tus manos en alto
se vuelven una sola
que muestra la palma

yo te apunto con mi Laica.

ella le ladra al futuro que pasa por tu mano

es un viaje del azar que no se detiene con Dios

tu mano se ha vuelto inmortal
y yo vivo en la mitad de tu vida

estás detenido en el espacio

Laica te mira a través de la burbuja de vidrio

vamos a casa
te dice
no todos los perros van al cielo

la burbuja brilla como la aureola de un santo
pero es sólo casualidad
no se puede rezar con una mano sola

Del libro Isondú (El Surí Porfiado, 2014)

jueves, 14 de mayo de 2015

Desde las profundidades de un monstruo



Dice Jonás, Diego Roel. Ediciones El Mono Armado, 2015, 64 págs.


por Hernán Schillagi



Todo libro de poemas interesante contiene el germen de la ficción. La mera exteriorización de un yo que no puede controlar su subjetividad y la desparrama en descripciones melancólicas o en un irreflexivo diario íntimo versificado, solo puede conseguir el resultado de una poesía un tanto deshonesta, al menos con la literatura. Tal vez por eso, Diego Roel (Temperley, Buenos Aires, 1980) propone ya desde el título un corrimiento explícito del tan mentado yo lírico. Aquí «Dice Jonás» y el desafío está planteado: «me arrodillé en el útero del mundo, /vi lo que nadie quiere ver…».

La historia del profeta Jonás y la ballena es bastante conocida. Por lo tanto, Roel toma los núcleos narrativos para pulirlos y así convertir la materia cuantiosa del relato en pequeños fragmentos/poemas sin título que, sin perder musicalidad, avanzan letales: la brevedad y concisión de cada verso resultan como fogonazos de una historia mayor; pero que solamente alumbran lo imprescindible (como en el interior de una ballena). No obstante, es en la voz de Jonás (esa ficcionalización del decir) donde la propuesta del libro se juega entera: medida, creíble, sin solemnidad, pero con la gravedad suficiente para sostener un habla imposible, la del que está completamente solo: «¿Volvía mi cuerpo del desierto? /¿Huía yo de la Voz de mis ancestros? / ¿Iba hacia Nínive a anunciar la destrucción?». Preguntas certeras del que tenía una misión como profeta, pero ha desobedecido desde la poesía.

El libro, más que estar dividido en partes, sugiere tres momentos para tomar aire, como el mismo Jonás que fue arrojado al mar tempestuoso y logró detenerlo: «Acá abajo, en el fondo del pozo / ya no soy hombre ni mujer. // No tengo patria ni lugar de descanso… ». El lector puede permitirse, así, cambiar de respiración entre sección y sección, para luego reflexionar, ver cómo un hombre pierde la conciencia en las profundidades, ser exiliado después, donde el cuerpo se pierde; pero no la voz. Esa pequeña voz del mundo, al decir de Diana Bellessi, que es capaz de construir su casa en el desierto, en la intemperie más feroz, a pesar de haber sido expulsado de la boca de un monstruo gigante hacia la orilla del planeta.

Ya en su libro anterior, Los Jardines del Aire (2012), el autor proponía mirar lo que está debajo del cielo para que el poema únicamente cante «en la penumbra de la lengua» y luego resplandecer y callar. Hacia lo último de Dice Jonás, el poeta eremita se transforma (¿Jonás? ¿Roel?), muta en forma salvaje y habla (sin cantar esta vez) a la espera de Dios: «En este mundo no hay direcciones. // Espero que Dios arroje su Verbo sobre mí…». Pero ya nada ni nadie responden. Frente a la inquietante pregunta de «¿Quién habla en el poema?», Rafael Felipe Oteriño ensaya que: «lo que habla en el poema es el acontecimiento verbal, escrito, enigmático e inacabado, que constituye la puesta en acto de una construcción irreal que se vale de alusiones reales…». Para plantear más adelante que «poeta y obra son realidades distintas, aunque complementarias». Quizá por eso, desde una propuesta tan reflexiva como intensa, tan narrativa como melodiosa, tan ficticia como personal; aquí además «dice Roel». Para repetir, pero desde lo bajo: «Y hablo de lo que nadie quiere hablar: de lo que se desliza y repta, de lo que está en vilo y permanece…».


***







Algunos poemas de Dice Jonás,
de Diego Roel




Yo, Jonás, hijo de Amitai, pasé tres días y tres noches
en el vientre del gran Pez.

Y vi lo que nadie nombra, lo que nadie quiere ver:
la sangre oscura de la bestia, el líquido amniótico del sueño,
espejos que se duplican y reflejan la permanente fuga de las cosas.

Yo, Jonás, hijo de Amitai, descendí hasta lo profundo de la tierra,
me arrodillé en el útero del mundo,
vi lo que nadie quiere ver.

*

Me preguntaron mi nombre,
me preguntaron mi oficio y mi lugar de nacimiento.

Les respondí: “Yo soy Jonás, hijo de Amitai.
Tírenme al mar y el mar se aquietará.
Arrójenme a la boca del abismo”.

Ellos dijeron: “Jonás, hijo de Amitai,
que la tierra eche sus cerrojos sobre ti,
que el alga se enrede en tu cabeza”.

Entonces la corriente me envolvió
y todas las olas pasaron sobre mí.
Vi lo que nadie quiere ver:
ciudades tragadas por el fuego,
engullidas por el soplo de las bombas,
arrasadas por el recio viento que viene del oeste.

Yo vi lo que nadie quiere ver.

*

Me crecieron alas, garras
y una larga cola.

Se multiplicaron mis ojos.

En mis manos apareció
la eterna cifra del Exilio.

*

El cielo se repliega y cae.

Ya nada responde:
apenas queda un signo que habla de otro signo:
un espacio sin espacio posible,
una voz que se repite,

una voz que se repite.

lunes, 11 de mayo de 2015

La historia de un poema de Patricio Foglia

Patricio Foglia.
Foto: Gustavo Gottfried.


especial para El Desaguadero

Cuando escribí este poema, todavía vivía con mi abuela y mi papá, en nuestra casa en Lugano, a tres cuadras de la estación. Mi abuela tenía noventa años y se sentaba, todos los días, al lado de la cocina para tomar pavas y pavas de mate. Yo, me acomodaba con mis cosas en la mesa de madera, a unos metros, y leía mis apuntes de la facultad.
    Al principio, intenté escribir sobre cómo, con toda claridad -al menos para mí- mi abuela se sumergía en su memoria, literalmente en esas aguas como un buzo táctico, nadando hasta el fondo del mar para volver, después de un rato, con algún comentario. Como si acabase de salir del océano, con su mano extendida, habiendo logrado rescatar algo único y luminoso, una moneda imperial o una extraña almeja que me enseñaba fascinada. Mi abuela me decía cosas como:
     –¿Sabías, Patricio, que cuando era chica mi madre nos purgaba a todos en casa? Nos daban un líquido verde y espeso, y nosotras lo tomábamos, siempre en septiembre, me acuerdo, pero eso ahora ya no se hace…
     Y después volvía encantada a su paseo marino.
     Los poemas sobre abuelas que buceaban no llegaron nunca. Lo que apareció en cambio fue otra imagen: una playa solitaria y un caminante. Preferí no encapricharme, dejar que el poema crezca por sí mismo: seguir, yo también, el recorrido del hombre de la escafandra.



La escafandra

Desde el muelle, parecía tener unos
quinientos años

Primero vi algo informe
acercándose
desde lo alto de un médano
y después descubrí
un antiguo traje submarino
que avanzaba con dirección a las aguas, al calor
del atardecer en la playa

(de La escafandra, Mágicas Naranjas, 2015)