viernes, 17 de noviembre de 2017

La historia de un poema de Silvina López Medin

Silvina López Medin.

por Silvina López Medin
Especial para El Desaguadero 

Pasé cuarenta y cinco días en un centro de arte en Banff, Canadá. Fue por una beca para una residencia de escritores, hace tiempo, tenía poco más de veinte. Me dieron un carnet que decía «Artist». En la foto salí con los ojos cerrados. El carnet daba acceso a comida, libros de la biblioteca, una pileta de agua cálida, casi todo. Uno se cruzaba con pintores, músicos, ardillas. Los espacios tenían grandes ventanales, las montañas nos rodeaban. En alguna parte había un lago. 

Tenía un estudio propio en medio del bosque. A veces algún ciervo se acercaba tanto al vidrio que uno de sus cuernos hacía «tac». Cada día recorría la callecita que iba del hotel al estudio, del sueño al trabajo. ¿El trabajo? En el camino escuchaba a los músicos ensayando en sus cabañas, ópera, violines, una partitura, algo que seguir. Uno iba a trabajar, se suponía. ¿La escritura? En el texto que escribía había un lago. En el lago del texto el agua parecía tan azul desde lejos, tan postal. Montañas, bosque, música ajena. Uno iba a escribir, se suponía. Pero como dice James Laughlin en su texto sobre Gertrude Stein, «la única manera de disfrutar de un paisaje es dándole la espalda».

Hasta ese momento había escrito y punto, no me había hecho preguntas al respecto. Y en ese espacio tan bello en el que todo estaba a disposición empezaron las dudas en torno a mi escritura. Trabajé en unos textos poéticos en prosa. No pude seguir ese proyecto. No hay partitura, qué hay, cómo se sigue. Terminé abandonando. No pude escribir poesía durante ocho años. Padecí mucho esa imposibilidad. Ocho años. 

En ese intervalo pasé por el teatro, me dediqué a observar en actores y directores mecanismos que me sirvieron para mi propio proceso creativo; por ejemplo, cómo los actores sostienen el tiempo presente, o que la duda y el miedo son parte del asunto, o cómo hay ciertos elementos básicos, especialmente en la fase de improvisación: la paciencia, la fe. Abrir, abrir y si algo se detiene, trabajar con el propio detenimiento. Tuve el impulso de hacer algo con lo último que había escrito ahí en Banff, antes de dejar de escribir. Trabajé con esos restos, y terminó saliendo algo completamente distinto a aquellos textos viejos y abandonados. Fue importante a nivel personal, lograr hacer algo con lo desechado. La serie creció y se transformó en Pentimento, un término que designa los rastros de los cambios que ha ido realizando un artista en la composición de una pintura, y que asocié al procedimiento de estos bloques. Además, la forma «serie» me aliviaba un poco del miedo a la no-escritura, me daba una punta a qué aferrarme.

De aquellos textos originales quedaron a la vista sólo algunos elementos (una mujer, un hombre, una casa frente al lago) y un único verso: «como si alguien hubiera cavado un pozo para llenarlo de lo que cae al apretar un trapo», que era el color del lago al acercarse.



Pentimento


1.

Lo que no encaja
lo que suena a hoja rasgada es
hoja rasgada
y esos resquicios de luz
son bordes salvados
con cinta scotch,
y esta es una forma de desesperación
la uña que raspa
en busca de la punta.



2.

Hay una X que es la incógnita
que se despeja.

Hay otra que es una forma medida de tachar,
lo anterior asoma.

Y hay otra letra
que se repite en hipoxia asfixia anoxia, es decir
cuando no alcanza el aire. Ahora
es esto: algo que se acumula en los papeles
corta mi respiración.



3.

No hay tiempo
para esperar la transparencia que el tiempo da

miro manchones a trasluz
¿esto es una letra?
dudo de esas patas
de insecto que aún se agita,
el impulso es rematar.



4.

Un hombre. Una mujer. Una casa frente al lago.

Restos
del texto abandonado como esas piedras de la playa
que uno junta 
y en el fondo sabe va a soltar.



5.

Cómo se construye sobre la tierra blanda
que deja el lago

esos troncos fueron pilotes
parecían tocar
la capa resistente del terreno,
una mujer se sienta en la madera, fuma
piensa escombros.



6.

¿Eso que escribís te pasó?

Shhh
no lleva a ninguna parte un lago
es más
es ciénaga
fondo que se hunde
no me deja hacer pie no me deja ir
como una boca
traga las palabras.



7.

Rasgar, rasgar.



8.

La cabeza sobre la tapa del escritorio
una imagen de reposo
si no fuera por este dedo que sigue 
una veta de la madera,
lo que parece comenzar
a abrirse se cierra y sólo es
un punto de dolor
preciso como la incrustación de una astilla.



9.

Digo azul, que se vea
el agua del principio

no se sostiene el tono
esa mujer mete un pie en el lago
que se enturbia

como si alguien hubiera cavado un pozo para llenarlo de lo que cae al apretar un trapo

había escrito
y no había escrito más.



10.

La mujer en la orilla fuma
corre la cara
el viento le devuelve su humo.



11.

Una forma de darse ánimos, inventar
un episodio de bravura
como quien corta la maleza con el óxido
de un cuchillo en la mano

esa hoja contra el viento dice
déjate ir, déjate ir
no importa entonces 
lo que se pierde: el filo
en los tallos
largos como letras que se tuercen
en el apuro en el afán de seguir
el envión.



12.

En esto hay algo artificial

decir la pareja frente al lago
o el vaso que se vuelca en el cuaderno
hace un agua negra.



13.

Antes, con el mínimo crujido de una rama
esa mujer hubiera construido una escena de regreso

ahora una rama que se quiebra
es una rama que se quiebra
pura repetición.



14.

Copio el gesto del pintor que inclina el cuerpo
cada vez más
abajo, hacia la tela
arroja esas gotas, él mismo
a punto de caer dentro del cuadro.



15.

La mujer en la orilla
palpa en su abrigo
el peso de unas piedras.



16.

El lago
contagia su quietud.

Si acá hubiera mar
haría lo que se hace frente al mar
acoplarme al movimiento
su forma
de eterna tachadura.



17.

No alcanza la anécdota, no alcanza
un hombre, una mujer, un lago
un trazo no alcanza
buscar hasta salirse de la lengua
quiero decir stroke
del golpe a la caricia
la escala se abre, el gesto se abre
no deja de ser contorno.



18.

Shhh, no vale el recurso
esto de unir fragmentos
con música incidental.



19.

Cada tanto se enciende una ínfima brasa
la mujer que fuma en la orilla
no se ve más
ha quedado tachada.



20.

Capa tras capa de pintura,
se vuelve
sobre lo mismo.



21.

¿Lo que escribís te pasó?

No poder decir
el lago de otra forma.


¿Lo que escribís te pasó?

Deformar el lago
volverlo laguna
cosa olvidada
vacío.


¿Lo que escribís te pasó?

Nadar es empujar el agua, así
se empujan las palabras
a otro ritmo, lo que queda
es ir hasta el fondo, uno aguanta
la respiración, para decir luego: ahí estuve
de eso se trata
un lago.

(de Esa sal en la lengua para decir manglar, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2014).




Silvina López Medin nació en Buenos Aires en 1976. Publicó los libros de poemas La noche de los bueyes (Madrid, Visor, 1999, Premio Internacional de Poesía a la Creación Joven de la Fundación Loewe), Esa sal en la lengua para decir manglar (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2014) y 62 brazadas (Buenos Aires, Zindo & Gafuri, 2015). Su obra de teatro Exactamente bajo el sol (estrenada en el Teatro del Pueblo, 2008) recibió el Tercer Premio de Obras de Teatro del Instituto Nacional del Teatro. Tradujo al español, junto con Mirta Rosenberg, el libro Eros the Bittersweet de Anne Carson (Buenos Aires, Fiordo, 2015). Preparó la antología de poemas Home Movies, de Robert Hass (Zindo & Gafuri, 2016), que tradujo junto con Alejandro Crotto, Liliana García Carril y Mirta Rosenberg. Cursa una maestría en escritura creativa en inglés en New York University. Es co-editora de Señal, serie de poesía latinoamericana en ediciones bilingües publicada por Ugly Duckling Presse.

domingo, 10 de septiembre de 2017

La historia de un poema de Osvaldo Picardo

Osvaldo Picardo.

Por Osvaldo Picardo
Especial para El Desaguadero


Mar del Plata son doce fragmentos o imágenes que componen un solo poema que reescribí durante algunos años para apartarme del estereotipo del afiche y pensar mi ciudad.

Historiar un poema es entrar en un depósito de objetos extraviados que aunque nunca han sido reclamados por sus verdaderos dueños, si los revisás con algún cuidado, te dejan ver, el made in y también esos abollones y rayas que delatan su prestada humanidad.

Esto me pasa cuando vuelvo sobre algún poema, como en el caso de Mar del Plata, que, a su vez, es un poema que nace como una meditación sobre el made in y la prestada humanidad de mi lugar en el mundo.

Cada vez que pienso en «historia» no puedo dejar de pensar en algo más que en el tiempo transcurrido. El tiempo no transcurre sin agregar algo más que tiempo. Por eso, la historia de un poema difícilmente pueda parecerse al poema. Podemos contar de dónde sale tal o cual poema, explicar dudosamente el hecho que provocó la escritura, y hasta podemos ingenuamente idealizar la desbordante capacidad de una o dos palabras para inspirarnos. Pero debo advertir que siempre detrás de esa pantalla hay un proceso por el cual la escritura primera se borra, se corrige y transforma en una realidad que no existía antes de ser escrita.

Mi poema también se recuesta sobre las cenizas de un tiempo pasado, cuando Mar del Plata comienza a ser algo más que un asentamiento en Laguna de los Padres y un saladero de un consorcio brasileño de un tal Meyrelles, en la desembocadura del arroyo Las Chacras, cerca de la actual playa de Punta Iglesia. Pero no quería hablar desde la anécdota y la nostalgia, ni desde la historia oficial de «La Feliz». Había otras preocupaciones y procesos de escritura que me interesaba desarrollar. Tenía que escribir algo que significara para mí la ciudad natal así como también, el interrogante de lo que es una «ciudad» sin caer en prototipos elegíacos o celebratorios.

Hay un despertar a otra realidad, un viaje a otra ciudad cuando mirás fotos antiguas de la vieja estación de trenes o de un arroyo a cielo abierto donde es hoy la diagonal de los tilos. Cosas como volver a una esquina de la infancia en que había un bar que ya no existe, relatos de crímenes que nunca fueron resueltos... No sé qué de todo eso disparó mi primer acto de escritura. Fue una cuestión de anotaciones y documentos con los que me gustó entretenerme, pero que principalmente, me sirvieron para poder pensar una ciudad que se me volvía difícil de comprender y representar.

Escribir desde el lugar donde uno vive tiene que ver con un cierto provincialismo dentro de la poesía contemporánea; un lastre entre complacencias burguesas y concesiones publicitarias que no ayudan a pensar una ciudad que de tanto vivirla y sobrevivirla se hace invisible, lejana y olvidable.

¿Cómo se recuerda una ciudad? Quiero decir, ¿existen las ciudades así como las recordamos? La memoria de una ciudad no existe en las cosas, en los edificios, ni en los monumentos, sino en las marcas que hacemos. El texto trata de reflexionar y describir esas marcas, algunas más conocidas que otras. Escribir una ciudad que no sea la de los lugares comunes: los lobos de mar, la Bristol, el puerto, el souvenir de caracoles y la canción fácil, etc. Hay que referenciar todo de una manera que encaje en la extrañeza del que la descubre a través de las huellas propias y ajenas, los rastros que lo cotidiano y familiar han ido borrando o desdibujando.

La ciudad tiene abollones y rayas como una foto vieja que vuelve a ser mirada. Saltan a la vista las contradicciones y paradojas. Imaginen por un momento: hay una típica casona de piedra con techos de teja roja, a cada lado se levantan tremendos edificios de hormigón y carpintería de aluminio. No es sorprendente que en pocos años, desaparezcan negocios, casas y hasta balnearios. Esa también es otra forma de escritura del tiempo y de la sociedad. Lleva implícitas las huellas de una historia de destrucción, que es la historia de la Argentina y la que subyace detrás del brillo opaco de la «Perla del Atlántico».

La ciudad no es simplemente el lugar, sino la ciudad es la persona que la camina y la va marcando con su vida. Somos la ciudad.
No sé si pude lograr el poema. Mi intento al menos logró hacerme menos incomprensible Mar del Plata que, aunque cercana a Buenos Aires, queda siempre lejos del mundo.




Mar del Plata

IX

Debería hablar sobre el mar,
el que le da nombre a la ciudad
tanto como que la niega.

El mar —decir por ejemplo— respira.
Suben y bajan, apoyados, tres patos marinos.
 Y sobre el ronquido de su sueño

se sostiene el insomnio del pescador.
No está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país…

Me viene en cambio, la imagen del pescador.
De su espera larga, en la escollera.
Horas bajo el farol, horas de termo y de radio.


Y el brillo de unos ojos muertos
que traducen la incógnita de otro mundo.
No es el mar, sino una caña en el tiempo.

Debería hablar sobre el mar: El que da nombre
a la ciudad tanto como que la niega.
Decir algo así como Fogwill dice:

“Pero no hay mar: el mar es sólo ausencia
 en la sílaba mar: pasa el sonido
y queda el hombre frente a un mar que inventa”.


Es cierto, no hay sino un invento.
Y sólo fuera del lenguaje

es posible que lo miren y que lo vean.


Osvaldo Picardo nació en Mar del Plata en 1955. Es poeta y ensayista. Publicó: Apenas en el mundo (Ed. de autor, 1988), Dejar sin ventanas la verdad (Hojas de Sudestada, 1993), Quis, quid, ubi. Poemas de Quintiliano (Ed Martin, 1997), Primer mapa de poesía argentina. Solicitudes y urgencia. El noroeste: La Carpa y Tarja (FNA, Bs.As., 2000), The love poems, de James Laughlin (Martin, MdP, 2001), Una complicidad que sobrevive (Ed. Martin, 2001), Mar del Plata (Ed.Martin, 2005), Pasiones de la línea. (Poemas de Nicolás de Cusa) (Ed. En Danza, Buenos Aires, 2008), Mar del Plata seguido de Otros Lugares y Viajes (Ediciones de la Universidad Nacional del Litoral, 2012), 21 gramos (Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2014), Poesía de pensamiento. Una antología argentina (Madrid, Endymion, segunda edición, 2015).

lunes, 31 de julio de 2017

La historia de un poema de Eduardo Espósito





por Eduardo Espósito (*)
Especial para El Desaguadero

La casa de al lado quedó deshabitada y silenciosa por muchos años, a causa de las frecuentes inundaciones que asolaban a Paso del Rey, mi pueblo de la infancia. Solíamos jugar en ella desde muy chicos, especialmente en los veranos, sorteando un paredón, deslizándonos entre pastos altísimos, arrebatando las mandarinas sin dueño que crecían junto a la higuera.

Ya en mi adolescencia, dos familias jóvenes  -muy hippies ellos- llegaron para volver a darle vida. Pintaron, revocaron y cortaron el pasto. También comenzaron a sembrar en esa tierra  presuntamente virgen. Desde el alambrado, yo vi crecer zapallos, calabazas, tomates, habas, y unas plantitas que hasta ese entonces nunca había visto siquiera. Luego me enteré que no eran para infusión precisamente. Disfruté mucho de su breve vecindad, en especial, cuando desde la ventana de mi dormitorio escuché alelado a David Lebon cantar «Hombre de mala sangre». Y es que hablo de una época complicada para nosotros, los amantes del rock nacional. Sólo había por aquel entonces dos emisoras de radio -capitalinas por cierto- que transmitían a Pescado Rabioso, Sui Generis, Manal, más las delicias del rock sinfónico inglés con Yes, Pink Floyd, ELP y otros monstruos. Encontrar gente con gustos musicales afines era estar en la gloria. 
                                                                      
Pero justo cuando comenzábamos a intercambiar nuestros discos y los libros de la colección Minotauro, y a disfrutar de algunos humos juntos, se fueron, tan rápido como habían venido. La casa se había vendido de un día para el otro. Esta vez, un matrimonio mayor comenzó a verse y oírse en las mañanas. La señora –Lidia- comenzó a invadir el espacio aéreo de mi patio con música clásica, su marido Bogdan, un bielorruso al que le decíamos Carlos, porque así lo llamaba ella, prefería cantar tangos.

Ávida de conocimientos, interesada en todo lo que fuese cultura, Lidia comenzó a preguntarme, a los pocos días de instalados en su nueva casa, qué era esa música que yo escuchaba. Le habían llamado la atención Pink Floyd y Rick Wakeman, para mi satisfacción. Por esos días, le comenté que algunos de sus discos clásicos me parecían muy buenos, y claro, sin gran conocimiento yo había estado elogiando a Beethoven y Tchaikowski, nada menos.

Pasaron algunos años, en los que Lidia me obsequiaba pilas de suplementos culturales, especialmente de poesía, dado que se enteró de que yo garabateaba algunos textos y se ensamblaron mejor nuestras conversaciones. Llegó 1982, me fui a vivir a Gral. Roca, Río Negro, llevé conmigo un regalo que atesoré en mi estadía patagónica. Sabiendo que partía al sur, Lidia me regaló un long play con la «Sonata a Kreutzer» de Beethoven. Un disparador que me acercó definitivamente a los clásicos, claro que sin olvidarme de mi amadísimo rock. 

En 1991, regresé a Paso del Rey, a la casa de mi infancia. Lidia, bastante mayor ya, se puso muy contenta. Seguramente le gustó retomar ciertas charlas que no sabía compartir con su marido. No me animé a decirle que mis discos –incluida la sonata- habían quedado en Río Negro, luego de mi divorcio.

Y así siguieron pasando los años, con afectos y obsequios de ambas partes. La vecina comenzó a utilizar un bastón, pero siguió activa mientras pudo, no sin un cierto donaire a pesar de su nueva y penosa enfermedad. El poema «Le gustaba Beethoven» fue escrito al día siguiente de su fallecimiento. No pude evitarlo. Simplemente salió. Tiene una particularidad: es el único poema fechado, de los tantos que compuse. Cuando lo lean, de seguro comprenderán el motivo.

Existe, debo reconocerlo, una cierta conexión especial con el público, cuando lo leo en algún recital. Supongo que a mí me ocurre lo mismo con ciertos poemas de otros autores. Creo entender el porqué. Habiendo un buen manejo del lenguaje en un poema, lo que el lector u oyente atentos perciben es, a mi parecer, la autenticidad, la carencia de golpes bajos, de artificios. Esto es impagable, porque allí está la verdadera Poesía, esa madre superadora que nos sigue arropando ante las inclemencias del sistema.

***



LE GUSTABA BEETHOVEN

Ayer nevó en Bs. As. Después de 89 años
También ayer falleció Lidia la vecina
después de 85
Eventos que no ocurren a menudo
como ases en la manga salen a la luz
Dos buenas jugarretas del destino
un extraño combo inesperado
Si no viajo pienso
no veré la nieve nuevamente
si no muero no veré a Lidia como ayer
Lo cierto es que nada garantiza
que si viajo en Bariloche habrá nevado
que si muero iré a tomar el té con la vecina
o a escuchar a Beethoven
tocarle un solo de arpa
La nieve comienza a disolverse igual que Lidia
y yo sentado frente al mar de lo ya escrito
me abrigo bien en mi afán de perdurar.

10/7/07

De “Quilombario”. Ediciones Amaru (2008)

 *Eduardo Espósito (Argentina, 1956) Ha publicado. El niño que jugaba a ser Rayo. Bs. As.: El Francotirador, 1992; Violín en bolsa. Bs. As.: El Francotirador, 1995. Una novia para King Kong. Bs. As.: Amaru, 2005, Quilombario. Bs. As.: Amaru 2008, Las Puertas de Tannhäuser. Bs. As.: El mono Armado, 2011. Participó en varias antologías, destacándose entre ellas Poesía en el subte. Bs. As.: de la Flor, 1999.Coordina desde 1996 el taller de escritura de la Dirección de Cultura de la ciudad de Moreno, y a partir de 2001, desempeña igual actividad en el taller literario “Elementales Leches” de la ciudad de Gral. Rodríguez, Argentina.


                                                                             









lunes, 10 de julio de 2017

Poemas ante la amenaza del Tiempo

Ánima cruda, de Horacio Castillo (h). El Mono Armado, 2016.

por Fernando G. Toledo

En esa acuciante película que es Cabo de miedo (Cape Fear, 1991), de Martin Scorsese, el terrible montañés Max Cady sale de la cárcel decidido a vengarse de su abogado, Sam Bowden, quien no ha hecho bien el trabajo de defenderlo para evitar su condena.

Pero el procedimiento de Cady (interpretado en esta versión por Robert De Niro) es singular: no se trata sólo de ejecutar su venganza, no. Antes será necesario anunciarla, establecer un plazo no inmediato y luego advertirle a su víctima que el reloj está corriendo y él siempre estará allí para recordar que su amenaza está vigente.

En Ánima cruda (El Mono Armado, 2016), el poeta Horacio Castillo (h) construye un libro de poemas reconcentrados, contundentes, de una rara perfección, para poner en versos la denuncia de una amenaza similar a la de Cady, emprendida con la misma psicopática argucia de no permitir que la víctima olvide que lleva la sombra de una condena sobre sí. Sólo que en este caso, quien dicta la amenaza, sabemos, será mucho más eficiente y temible que el desquiciado Max Cady. Aquí, el enemigo no es otro que el Tiempo.

A pesar de que se trata del primer libro de Castillo (h), no tiene nada Ánima cruda de obra inicial. Al contrario, rezuma madurez. Los datos biográficos del poeta nos ayudan a entender ese paso firme: publica su primera obra a los 48 años, tiene (es evidente) un grueso caudal de lecturas sobre sí y, acaso –porque esto es hipotético– tuvo la oportunidad de conocer la «trastienda» detrás de la escritura y corrección de un poema por el hecho de atestiguar el trabajo de su padre, que no es otro que el admirado y recordado Horacio Castillo, autor de poemarios tan deslumbrantes como Tuerto rey o Cendra.

Horacio Castillo (h).

La mencionada madurez es la que permite, claro que sí, que Castillo (h) incline la temática predominante de sus poemas hacia el centro de gravedad del Tiempo (así, con mayúsculas, tal como aparece en la cita de Thomas Wolfe que cierra el libro). El Tiempo es para este poeta el gran asediador, el asesino acechante que cumple con la amenaza de su constancia y se encarga de mostrar con anécdotas triviales y cotidianas que no cejará en su tarea.

Por ello, el poeta anota cada aparición de la conciencia del Tiempo en su conjunto breve (otro gesto de madurez) y potente de poemas, y se enfrenta con ellos ante su acosador con un aire de estoica resignación en el tono:

«…Tal vez quede algo sin materia, vaciado de sustancia
un punto de extrañeza sobre el que volverán y girarán sin sentido
durante algún almuerzo de verano
mientras sacuden los recuerdos de los manteles»
(Almuerzo de verano)

Ese tono resignado –que no da lugar a la estridencia aun cuando Horacio Castillo (h) se permita desplegar sus ideas y su música en versos anchos y arrestos de narratividad– dota a sus poemas de cierta impronta «giannuzziana», como bien apunta César Cantoni en el texto de contratapa.

Pero Castillo (h) no es un mero epígono de Giannuzzi. En Ánima cruda, más bien, lo que vemos es una expansión de la lírica del autor de Contemporáneo del mundo, o al menos una bifurcación de sus búsquedas. Esto es, una exploración y una explotación de las herramientas «giannuzziannas» (la sobriedad verbal, la pátina de engañoso antilirismo, el escepticismo, la racionalidad) en pos de una «insurrección», que sólo podrá traducirse en el modesto y frágil fruto que representa el texto poético:

«…como si esas robustas ramas,
ajenas al cromático concierto que se despliega en la mañana,
sólo esperaran un improbable florecimiento,
que cuelgue un cuerpo muerto,
un ánima cruda».
(Insurrección)


 Conviene retomar al fin otra escena de Cabo de miedo: para sacarse de encima la condena que pesa sobre sí, Sam Bowden contrata a tres matones que irán a amedrentar a Max Cady. Será un intento vano, pues el pérfido ex convicto se quitará de encima a los hombres que le ha enviado su víctima, quien observa la escena con terror. Al acabar con ellos y oír un ruido que le indica que Bowden ronda el lugar, Cady le habla al aire sabiendo que el que le ha enviado a los «maporros» va a escucharlo: «¿Creías que te ibas a librar de mí? Yo soy más poderoso. Yo soy como Dios, y Dios es como yo». 

Si pensamos en que en Ánima cruda, el Tiempo es el que lanza esa imprecación, no es de extrañar que Castillo (h) haya escrito estos versos, hermosos y dolidos, resignados pero conscientes de que, en efecto, no va a poder librarse del Tiempo. Y que, mientras la amenaza llega para cumplirse, él no puede más que legar estos poemas dictados por la sabiduría del que conoce que, como decía Publio Siro, «es estúpido temer lo que no puede evitarse».


Tres poemas de Ánima cruda, de Horacio Castillo (h)


La mirada de los perros

Hoy es un día apagado, las cosas carecen de su brillo habitual,
reconozco entre las sombras las señales de la devastación
y me pregunto inútilmente sobre esta subterránea oscuridad.
Tendido a mis pies, un cuerpo ennegrecido espera,
una materia simple, organizada sin turbulencias,
dirigiéndome esa mirada que siempre tienen los perros en los ojos.


Almuerzo

Ahora los vemos correr con gracia, leves,
flotando en un mundo demasiado extenso todavía.
El viento de la historia aún los sobrevuela con indiferencia
y es probable que de este almuerzo no saquen mayores conclusiones
que revolviendo la tierra en busca de lombrices, babosas o insectos mitológicos.
Pero nosotros, en la sobremesa, mientras juntamos platos y botellas vacías, 
nos preguntamos qué quedará del día de hoy, qué se extinguirá para siempre.
Tal vez quede algo sin materia, vaciado de sustancia,
un punto de extrañeza sobre el que volverán y girarán sin sentido,
durante algún almuerzo de verano,
mientras sacuden los recuerdos de los manteles.


Absolución

Esta mañana, ha de ser como todas las mañanas en el mar,
niños corriendo en la arena, la respiración jadeante de las olas en la orilla,
el tiempo detenido bajo el sol.
No habrá sobresaltos, no habrá absurdos interrogantes por responder,
ningún esclarecimiento, nada que turbe el ocio o estremezca la conciencia,
sólo el tiempo detenido, calcinándose bajo el sol.
Pero en cierto modo, hay una irrefutable orfandad en este paisaje,
algo que me excede, una claridad que roza el perfil de la verdad,
como si ante la proximidad de un final que desconozco
todo en este instante me fuera perdonado.


jueves, 29 de junio de 2017

Melissa Carrasco y las raíces de la poesía


Foto: Marcelo Ramos


Melissa Carrasco (Santiago de Chile, 1987), es poeta y profesora de Lenguaje y Comunicación. En su oficio como correctora ha colaborado con diferentes editoriales de Valparaíso. Desde que vive en Mendoza dicta talleres de poesía y edición, además de ser una editora independiente. Fue finalista en 2015 del premio «Gabriela Mistral» y, en 2016, participó en el «IV Festival Internacional de Poesía de Mendoza», junto con Ignacio Martín Sánchez y Sabrina Barrego, para la mesa de poetas inéditos. Ese mismo año apareció Las Plantas, su primer libro donde concentra un poderoso grupo de poemas tan precisos como desbordantes de una luz extraña. En un comentario final, Gabriel Pérez nos dice que este poemario: «Pone en evidencia y a la vez denuncia, directa o indirectamente, la trágica verdad del mundo, vacío y procaz, en el que nos enfrentamos por estos días…». Tres preguntas, entonces, para entrar al mundo natural y poético de Carrasco.


1-EN ESTE MOMENTO

–En tu primer libro, Las Plantas (2016), hay una mirada extrañada sobre la infancia, ¿Cómo pensaste, desde la actualidad, los recuerdos convertidos en poemas?  

–La infancia para mí siempre fue tema crucial, creo que es la etapa en que nuestro lenguaje es poético en un estado más puro, intrínseco, sin las pretensiones que tenemos de adultos. Este libro lo escribí en Valparaíso hace unos tres años y busca acercarse (vanamente) a esa instancia, que ya no es la misma cuando la escribimos y en ocasiones a ese lenguaje, un total imposible. Finalmente, como expliqué alguna vez, lo que quise fue desenterrar los juguetes de la infancia, intentar ese juego y enterrarlos nuevamente. Para mí es un verdadero alivio que haya salido este libro, para olvidarme de él. Vendrán otros, igualmente dolorosos, pero diferentes.


2-EN ESTE LUGAR

–Sos una de las que coordina el ciclo Indeseables/Poesía Itinerante, contanos cuáles han sido sus actividades y cómo ves a los/las poetas de Mendoza.


–Indeseables/Poesía Itinerante es un movimiento cultural independiente, sin fines de lucro, que coordinamos junto a Paula Bilen. Armamos una agenda mensual con encuentros literarios, a veces temáticos, donde solemos exponer algunos estudios sobre literatura, hay música, ilustración, en ocasiones teatro, micrófono abierto y creación colectiva, siempre en distintos espacios de Mendoza. Además hacemos actividades de Poesía a la Calle, que incluye intervenciones públicas en espacios y medios urbanos, y muchas otras cosas que tenemos en mente. Todas las actividades son abiertas y contemplan una participación libre, desprejuiciada. Con respecto a los/las poetas de Mendoza, creo que hay menos de los que se cree, pero muy buenos. Hay una herencia importante que de a poco voy conociendo, a la que creo todos debiesen mirar un poco más. Hay varios poetas mendocinos, vivos o muertos, que admiro mucho. Aunque también advierto actualmente un clima muy autocomplaciente y sectario, que generalmente va de la mano con la falta de autocrítica y trabajo serio.

3-UNA REFLEXIÓN


–En uno de tus poemas decís: «cuando yo abro mi boca / también soy una ola…», ¿De qué maneras las mujeres que escriben poesía están haciendo oír su voz?


–Puedo hablar en mi caso y referido a las poetas que conozco: trabajando juntas, elaborando proyectos, abriendo espacios para todos y todas, llevando nuestra convicción poética a cada taller o exposición que realizamos, a cada libro que empujamos a salir, y sin permitir, en ningún caso, desvaloraciones paternalistas que no tengan que ver exclusivamente con nuestro trabajo.


Dos poemas de Las Plantas


Las últimas horas

Yo voy dibujando casas por el camino.
Tengo los nervios duros,
la boca hecha pasta,
cinco lápices en cada mano.

Tú quieres las casas en el papel.

Una casa de una puerta
y cuatro ventanas como la mía,
ofrece cuatro modos de beber el día,
sólo uno de vivirlo.

Una casa sin puertas
y sin ventanas es el mundo,
creo que en algún momento que nos recordamos
hemos entrado en esta casa
y ya se nos hizo imposible salir.

Una casa con dos puertas, sin ventanas,
es donde pasan sus últimas horas las plantas,
ajenas de todo impulso, de toda aspiración.

Lugar donde entran
o salen
los enfermeros que las atienden,
quienes al salir sirven a la vida
y al entrar rinden culto a la muerte.

*

Enredadera

Yo miro por si pasan mis árboles
por si alguien viene a buscarme

a coser este brazo que desencaja.

No veo más que tormenta,
la furia desenraizando los campos.

Nada hay que sobreviva a esta casa:
ni las lámparas ni los relojes ni las voces

ni la enredadera que colgué del techo
ni el poema clavado a la puerta.

La enredadera saldrá de este lugar,
pues no encontró luz dentro

ni encontrará
al romper el vidrio de la ventana.

Mis árboles han entrado en los torbellinos.
No vendrán a devolvérmelos.

Se pierden
como yo

diminuta
                en el fondo.


sábado, 10 de junio de 2017

La resistencia es inútil




por Hernán Schillagi

Sin duda, la poesía es desafío, es decir, la lectura de poemas propone (e impone, por qué no) una visión oblicua, una musicalidad desacostumbrada y una disposición del discurso que rompe con la prosa de la realidad de todos los días.

Cuentan que García Lorca escuchaba muy atentamente recitar a Rubén Darío y cuando este llegó al  verso: «que púberes canéforas te ofenden al acanto…»; el granadino dijo: «A ver, otra vez, por favor, que sólo he entendido el ‘que’…». Podríamos concluir que es la anécdota de dos atrevidos del idioma castellano, ya que solo basta con recordar algunos pasajes que asestó Federico en su libro  «Poeta en Nueva York» para equilibrar los tantos. Pero, por otro lado, ¿resultan tan desafiantes los poetas en la actualidad? ¿Lo fueron realmente alguna vez? Allá lejos quedó el deseo de Platón de expulsar a los vates de la polis griega por veleidosos y delirantes.

Si bien no existen muchos lectores dispuestos a entrar en el territorio poético (con malicia se ha dicho que un poema es un cuento flojo con muchos «enter»), el género hoy está asimilado: se leen poemas de compromiso en actos escolares, se perpetran frases edulcoradas de lirismo facilongo en los muros virtuales, se enseña como un fósil de museo en las universidades. Esa «asimilación» de la sociedad es como la que hacían los Borg, esos personajes de la Nueva Generación de Star Trek, que tomaban automáticamente y por la fuerza toda la información y vida de culturas diferentes, pero para hacerlas desaparecer adentro de un «colectivo» sin identidad propia. «La resistencia es inútil», decían en modo robot. Como inútil le resulta también a esta sociedad la poesía, por eso la tolera con aire perdonavidas como algo que tiene que estar presente en concursos oficiales, despedida de jubilados, o festejos civiles. Queda bien leer unos versos en algunas ocasiones, la gente aplaude con fuerza como si quisiera aplastar cada palabra amplificada por el micrófono.

Los poetas, además, ¿redactan textos para los que no son escritores de poemas? ¿Poesía solo para poetas? ¿Sueñan los poetoides con lectores eclécticos? Tengo la fantasía de salir a caminar por la ciudad y preguntarle de sopetón al que vende churros en la esquina, o a la que cobra el estacionamiento: «¿Te anda haciendo falta un poema?». La necesidad (poética) tiene cara de jefe.  Lo cotidiano, por otro lado, funciona al igual que un cerco ambivalente: apresa a la escritura tanto como la justifica. Aunque escribir no deja de ser una posibilidad de ir un poco más allá, correr los límites hasta ámbitos inusuales. María Negroni lo define como «El arte del error», donde plantea con lucidez: «La escritura busca siempre lo mismo: rebelarse contra el automatismo y las petrificaciones del discurso, que cancela el derecho a la duda, limitando a las criaturas el acceso a su propia inadecuación…».

Tal vez  por eso, el que habla en un poema se reconoce más en lo material que en lo visionario. Visualizar una frontera en concreto, darle un nombre y demarcar las limitaciones humanas (con sus defectos y virtudes) quizá sea el pulso necesario para que se dé ese quiebre o salto entre verso y verso, un abismo blanco en la página ante los ojos desprevenidos del que lee. Para llegar a un resultado tan sonoro como gráfico de una búsqueda sin contemplaciones, los registros en papel (y voz) de un cimbronazo que nadie advirtió, pero que dejó huellas reconocibles. En una palabra, incomodar. «No vine a divertir a tu familia / mientras el mundo se cae a pedazos…», decía Fito Páez en una canción. Porque el desafío, finalmente, es advertir que el poema verdadero está también afuera y no solo en las palabras. Aunque sin las palabras de un desatinado poema, la realidad quedaría a merced de ser nombrada por los que la quieren de un único e insoportable modo.   

viernes, 26 de mayo de 2017

La historia de un poema de Valeria Pariso

Valeria Pariso (foto de Pachu Villar).

por Valeria Pariso (*)
Especial para El Desaguadero

Tal vez porque cuando aparece algo que podría disparar mi escritura, tomo especial cuidado en no escribir (sino que espero a que eso se asiente, se transforme) es que me cuesta hacer este ejercicio de recuperar la historia que está detrás de un poema.

La historia previa al poema ha sido deliberadamente disuelta o disgregada, hasta convertirse en material de trabajo, de modo que lo que me queda no es una historia sino una herramienta.

Unos versos de Margaret Atwood explican lo que quiero decir. Ella dice: «No preguntes por la historia real: / ¿para qué la necesitas?» (Historias reales, Margaret Atwood, Traducción María Pilar Somacarrera Íñigo, Editorial Brugera, España, 2010.).

Así trabajo.

Al momento de escribir no me importa si la historia que recuerdo fue real o no, lo que me importa es la evocación y lo que construyo a partir de aquello que operó como disparador de la escritura.
Ahora bien, hecha esta salvedad, voy a contar lo que vi y oí, tiempo antes de escribir uno de los poemas de Triza (Editorial de Todoslosmares, recientemente editado).  Elijo este porque acá está bien marcada la incidencia de la anécdota como parte del poema.

Una tarde iba caminando por una de las veredas de la plaza San Miguel. Era otoño. Cinco de la tarde. No me acuerdo cómo estaban los plátanos.

Enfrente de la plaza está la municipalidad y al lado de la municipalidad hay un bar y, como muchos bares, este saca las mesas y las sillas a la vereda. Había hombres conversando, sentados afuera.

La Municipalidad tenía las puertas abiertas pero no se veía a nadie.

Yo no me crucé. Seguí por la vereda de la plaza.

Sobre uno de los bancos de la plaza veo sentado a un perro abrazado a un hombre. El perro era negro, grande. El hombre tenía puesto un traje que alguna vez fue negro, roto, como de cien años, y no tenía zapatos.

Pasé delante de ellos y ninguno de los dos se movió. Hasta creo que me paré a mirarlos. Enfrente, en el bar, los hombres hablaban fuerte. 

Me acuerdo haber sentido que la calle Sarmiento, que separa la plaza del bar, separaba también el sonido. Todo el silencio de un lado, todo el ruido del otro.

El silencio de este lado, del lado por el que yo iba caminando, que era el mismo lado del perro y del hombre vestido de negro y sin zapatos, se me volvió enorme, perturbador. 

Tiempo después,  escribí el poema.



15

Un perro de la calle abraza a un hombre.
Lo veo: el hombre sentado en la plaza
sube a su cuello las dos patas delanteras del perro.
El perro no le tiene miedo. Están ahí: cara con cara.
Los dos abandonados se abrazan.
En silencio se abrazan.
Hay dolor de huesos, de hembras.
En el amor a los dos los mordió el hambre.
No hay nada más animal que la belleza.


Valeria Pariso nació en 1970, en la Provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: Cero sobre el nivel del mar (Ediciones AqL, 2012), Paula levanta la persiana (Ediciones AqL, 2013); Donde termina esta casa (Ediciones de la Eterna, 2015), Del otro lado de la noche (El Mono Armado, 2015) y Triza (Editorial Detodoslosmares, 2017). En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge. Coordina talleres de poesía. Tiene los blogs: Tanto te quería, La ficción del olvido y Viajar es un poema

sábado, 20 de mayo de 2017

Esperando el milagro


Todas esas cosas que no usás, de Pablo Gullo. Bruma ediciones, 2016

 por Fabián Almonacid
Todas esas cosas que no usás es el poemario del mendocino Pablo Gullo que ha sido publicado el año pasado, compuesto por 38 poemas. Muchos de ellos habían sido dados a conocer por Gullo en un blog, el mismo al que llegaron los editores de Bruma, quienes apostaron, muy acertadamente, a editarlos en formato papel. 

La cuidada edición cuenta con un exquisito prólogo de Mercedes Roffé, que a modo de un «esbozo de una poética» se encarga de analizar los poemas. Además, la foto de tapa es autoría de Lorena Mont, que capturó con su lente un grafiti en el cual hay una alusión al músico y artista estadounidense Daniel Johnston, del gusto del autor de los poemas, lo que ha terminado por conformar un libro cargado de alusiones.

Gullo, como nos tiene acostumbrados en sus textos narrativos, juega con maestría con lo no dicho, con una ironía como sello distintivo y personalísimo. Sin embargo, estos poemas nos muestran un yo poético más descarnado, preocupado por cuestiones ontológicas, aunque también se da un tiempo para reflexionar sobre lo cotidiano.

Y entre esas preocupaciones podemos citar dos poemas –el que abre y el que cierra el libro–, que contienen referencias bíblicas. A ellos me remitiré, ya que el prólogo de Roffé se detiene en una ajustada interpretación.

«Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios». Mateo 19:24 es el primer poema y el versículo hace referencia a la declaración de Jesús cuando intenta explicar el sacrificio en la Tierra que conlleva la promesa del cielo. Y un verso de ese poema, «entre la fe y la falacia», nos da el tono del poemario. Porque la alusión bíblica se menciona para ponerla en tela de juicio, evidencia una lucha entre creer a ciegas y la mentira de esa creencia. ¿Qué esconde, además, esa probable dicotomía? ¿La fe en la palabra o la falacia de la palabra? ¿Qué hay entre la fe y la falacia? ¿Se puede habitar allí? 

El libro concluye con otro versículo. «Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda”». Epitafio (Juan 5:8) se llama el poema y hace referencia a las palabras dichas a un paralítico que deja de serlo por la intervención divina. Se interpela el yo poético desde ese lugar en el que yace el que creía que todo iba a ser fácil, en el umbral de la muerte, con la metáfora de los 40 años (o los 38 poemas) en el desierto del pueblo judío como emblema de castigo y victoria, a pesar de las derrotas aparentes.

Ambos poemas, en definitiva, nos hablan de un milagro. Del posible milagro que sucedió desde ese primer poema en el que se confiesa «me nacen los odios como lava» hasta los versos «Aquí yaces // sin rencores» del poema final. Y del milagro de seguir, a pesar de que el camino se estreche «entre la fe y la falacia», y, por qué no, del milagro que no fue, del que no es día a día. Pero también, estoy seguro, del que se produce cuando se es «fénix en cada amanecer».

Pablo Gullo*
Dos poemas de  
Todas esas cosas que no usás

Mateo 19:24

Estoy al fondo de la lluvia de relojes
dormido en la caverna de los ciegos
hundido entre la hierba que orina el diablo
tortuoso y rico como sus tripas.

Estoy endemoniado de semillas
me nacen los odios como lava
crezco desde la ceniza
en oleadas de camellos
(la aguja clava su ojo
entre la fe y la falacia.

La caravana de recuerdos
cruza el imperio entre la dicha,
la mañana
y su sabor a cactus).


Epitafio (Juan 5:8)

Creíste que sería fácil
te sentías intangible
purgaste karmas milenarios
arrastraste piernas al Gólgota
cruzaste cuarenta desiertos de voluntad.

Fénix de cada amanecer,
triplicaste la fuerza de tus brazos
evitaste el horror de los espejos
te quedaste, por nosotros.

Aquí yaces
sin rencores
endurecido

Te saluda tu alma ignorada
bailando feliz
el despertar de los muertos.

(*)Pablo Gullo vive desde siempre en Junín, provincia de Mendoza. Es profesor y licenciado en Letras, ha publicado el libro cuentos y misceláneas Humores Malignos en 2004, la novela filosófica El mesías de la nada, en formato blog, en 2011, y formó parte del colectivo literario Ale Caterva, con quien publicó Vieje en 2013. Actualmente es miembro del taller literario de Juan Forn.