sábado, 9 de febrero de 2019

El Desaguadero: 10 años y 10 definiciones de poesía



Los 10 años de El Desaguadero, revista de poesía y reflexión, no representan únicamente un trabajo continuo y tenaz por difundir a poetas de todo el país desde Mendoza; también esta década se ha convertido en un archivo original de voces diversas y potentes que fueron razonando a través de entrevistas, notas, ensayos e historias de poemas. Con el honor de contar con estas definiciones exclusivas sobre el género poético y su creación, Fernando G. Toledo y Hernán Schillagi lo celebramos y compartimos como un regalo inesperado. Por que la poesía siempre sea un deseo imposible de ocultar.


1
«La poesía, como última red de sentido, es para mí una zona de esclarecimiento. Pero en un segundo momento es un lugar de encuentro. No es una tarea solipsista, sino primordialmente solidaria. Leer un poema en público es ir al encuentro de quien en definitiva lo completará».




2
«Creo que todos los artistas (poetas incluidos) trabajan siempre en contra de lo que ya lograron, en ese sentido son siempre ‘post’. Vale decir que si uno repite constantemente un formato que ya había alcanzado antes, se podría decir que está en problemas… Por eso yo creo que en un sentido todo poeta es ‘vanguardista’ en relación a su época».




3
«La poesía es un don, no un regalo de los dioses –que no existen más que como símbolos– sino un obsequio que viene quién sabe de dónde, pero que no reparamos muy seguido en agradecer, cuando las peripecias de estar vivo nos hacen olvidar, por un momento a veces muy largo, qué suerte tenemos de disfrutar de él, que no se ‘vaya’ al despertar, como cuando recibimos un regalo en sueños y abrimos los ojos buscándolo inútilmente por la habitación. La poesía, en cambio, se queda y es para siempre».




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«Un poema no es ni una vitrina ni un pedestal para la exhibición de su autor. Y la forma, al menos en mi deseo, tampoco es una vestidura que pretenda añadir belleza, elegancia o estilo, sino algo crecido orgánicamente con lo que se dice, al modo de la propia piel. Que, por cierto, es la vestidura que, siendo la más ceñida, la más justa y propia, permite al mismo tiempo la mayor libertad».





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«Escribo poesía porque haciéndolo no sé qué es lo que hago, ¿me entendés? Y confío luego en lo que el lector dice de ella, allí se termina el poema, o mejor aún, no termina nunca mientras haya un nuevo lector que abre ese poema. A la luz de lo que vos me das en este momento, podríamos decir que es un intento de avizorar siempre el futuro».




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«El poema, se sabe, es un elogio incansable a lo imposible. Hay que aceptar que el forcejeo con el lenguaje es doble y paradójico: por un lado se lucha para tratar de devolver toda su plenitud a las palabras ‘de la tribu’ y por otro, para dotarlas de un sentido distinto vinculado a nuestro deseo más oculto. Y todo eso dentro del repertorio formal de la tradición, a la que se cuestiona a fin de establecer desvíos, fracturas, movilidades. De este íntimo núcleo contradictorio, hecho de entusiasmo y desmoralización, nace la escritura».




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«La poesía nos ayuda a sostener los interrogantes. Hay preguntas que no tienen respuestas y para sostener esas preguntas, yo encuentro en la poesía un camino. La poesía es pregunta. Lo importante son las preguntas».




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«Por suerte, no he llegado a ninguna certeza. Precisamente ese es el motor para seguir escribiendo. Los interrogantes, los finales abiertos, los mundos a descubrir, siguen siendo la principal razón para no dejar de escribir. Encontrar respuestas significa cerrarse puertas, al menos en el hecho creativo. Es cierto que algunos poemas tienen ese tono casi imperativo, pero tiene más que ver con recuperar cierto dramatismo, cierto nervio, que veo que la poesía está perdiendo en ese afán de realismo que, en muchos casos, la convierte en un relato meramente descriptivo del propio yo y su circunstancia».




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«La poesía es un nexo entre un microcosmos, que está adentro, y un macrocosmos, que está afuera. Pero los dos son infinitos y, así, siempre hay un diálogo. Creo en el trabajo del poeta, no en la inspiración. Creo en las correcciones, en las búsquedas, en la endonavegación, en las preguntas. No creo en los poemas que vienen del cielo como un rayo misterioso, como dice el tango. Eso no existe. La poesía es un oficio, un ejercicio. Yo soy poeta como pudiera haber sido panadero, médico, agrimensor, sastre, bailarín».




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«Mi vínculo con la poesía es tan intenso, caprichoso y arduo como siempre. Reconozco algunos matices diferentes en el diálogo entre lo dicho y la necesidad de decirlo, en la tensión entre lo escrito y la voluntad de escribirlo. Más exigencia, más rigor, más autocrítica. Y, claro, una mayor conciencia de la efímera felicidad que produce el escribir un poema. Escribir un buen poema es muy difícil. Un solo maldito poema. Nadie se imagina, salvo otro poeta, la batalla que hay que mantener con uno mismo para aproximarse mínimamente a lo que se quiere decir y para mantenerse alerta ante la autocomplacencia».


domingo, 30 de diciembre de 2018

Entrevista a Pablo Dema


«Tener una voz es producir una diferencia»


Por Augusto Munaro
Especial para El Desaguadero


Pablo Dema (Córdoba, 1979) publicó tres libros de cuentos: Fotos (2005), Sin nada permanece (2007), y Hoteles (2010), y la novela De piedra o de fuego (2009). En 2005 fundó con José Di Marco la Editorial Cartografías, que codirige hasta el presente.

Filos (Ediciones Del Dock), su último libro, es un poemario «sobre la posibilidad de un encuentro, sobre la dinámica de las relaciones que se anhelan, que son imprescindibles para vivir pero no duran y acarrean dolor», como bien aclara en esta entrevista el autor.
El suyo es un libro agudo que indaga la realidad a través de una mirada que destila pensamiento. Así, Dema trabaja la voz de manera personal. Una poesía breve, de pocos versos, que petrifican instantes, pensamientos fugaces, cotidianos.

–Según tengo entendido, la publicación de Filos fue un hecho inesperado.
–En cierto modo sí, porque yo no quería publicar, no quería que me cayera encima la etiqueta de aspirante a poeta. Tengo una relación continua como lector con la poesía desde mis inicios y las primeras tentativas de publicaciones fueron poemas en revistas y periódicos. Paralelamente escribía cuentos. Todo esto en los años en que comencé la carrera de Letras en Río Cuarto y me transformé en un lector más ordenado. Ahí me di cuenta de que nadie leía poesía, ni siquiera los profesores, salvo excepciones. Entonces vi claramente también que los que leían poesía eran aspirantes a poetas y que no había una estética dominante, no había una preceptiva, no había principios claros. A eso había que añadirle que la poesía era un género que muchos practicaban sin ser buenos lectores y sin sostener una práctica. La idea era que un poema lo escribe cualquiera y de cualquier forma, con tal de publicar algo en alguna parte. Esos años, entre los 18 y los 22 años más o menos, fueron tiempos en los que me devanaba los sesos tratando de objetivar algún criterio de valor, de entender qué hacía que un texto (ante todo un poema o un cuento, que era lo que más me interesaba) fuera bueno. Sentía que con la narrativa sí se podía saber en qué terreno se pisaba pero que la poesía era un campo totalmente disperso. Así que avancé más con el cuento, comencé a enviar a concursos, a publicar en revistas, hasta que armé un primer conjunto de relatos y salió un libro, y después otro y otro. La poesía quedó más en un plano íntimo y de lecturas. Durante esos años y hasta hoy fui todo el tiempo a presentaciones de libros y encuentros de poesía y escuché leer a mucha gente. Paralelamente leía también a muchos poetas jóvenes (además de los autores que me gustaban), sobre todo de Río Cuarto, porque armamos con José Di Marco la editorial Cartografías. Di Marco era un poeta respetado para mí, alguien que ya tenía experiencia en armar publicaciones y en la visibilización de la literatura, además de ser un lector muy voraz y agudo. Así que se fue consolidando una imagen mía como un «narrador», como le gusta decir a la gente, mientras tanto siempre mantuve el vínculo con la poesía. Un modo público de hacerlo fue escribir siempre crítica y reseñas sobre poesía. Me marcó mucho ir a escucharlo a Silvio Mattoni en una feria del libro, más o menos por 2007. Ahí Silvio leyó completo Poemas sentimentales y yo lo grabé. Ese poemario de él me pareció bastante a contrapelo de lo que, según mi criterio, dominaba el escenario de la poesía, el noventismo, digamos, el objetivismo, con toda su carga de amargura, de desencanto y hasta de nihilismo. Ese libro de Silvio fue una señal clara. Dije: «lo que hace este poeta es sólido, parte de una visión personal auténtica, está hecho sin miedo y sin complacencia». Entonces pensé que yo también tenía que ser fiel a mis intereses poéticos, a mis lecturas, a un tono que podría llamar «conmovido» y del cual no podía ni quería desprenderme. Los encuentros con poetas me permitieron conocer a mucha gente. En un momento, por ahí por 2010, la conocía Griselda García, una persona que charló conmigo sin ningún prejuicio y a quien le mostré mis poemas. Cuando me sentí afianzado comencé a trabajar con ella en la idea de un libro a partir de todo el material que tenía y salió Filos. Conocí a la persona justa en el momento adecuado.

Filos está compuesto por poemas que hablan sobre la amistad, pero que parten de ese sentimiento opaco y opuesto, llamado soledad. ¿Qué lugar ocupa ella en este libro?
–Sí, es algo que me da vueltas y que abordo, creo yo, en todo lo que escribo. Un poco la pregunta es sobre la posibilidad de un encuentro, sobre la dinámica de las relaciones que se anhelan, que son imprescindibles para vivir pero no duran y acarrean dolor. Un amigo sería una talismán contra la sensación de vacío, una vía para superar la angustia de la separatidad. En cierto modo uso la palabra amigo como una sinécdoque de «vínculos», lo que pasa es que esa palabra está muy cargada de un discurso de la normalidad, de los aportes de la psicología... Es muy importante el epígrafe de Aristóteles sobre los amigos, que para mí muestra la gran ambivalencia de la palabra. ¿De verdad está allí el amigo, estará eventualmente en las horas difíciles, seré yo digno de ese nombre cuando me requieran, sabré responder?

–El poemario está articulado a través de dos partes. ¿Lo pensaste de forma orgánica, o se fue escribiendo de un tirón?
–Como te decía, había mucho material. Cuando comenzamos a trabajarlo con Griselda deseché cosas muy viejas y vi un núcleo en torno al tema del amor filial y otros poemas que se podían unificar en torno a la amistad. La palabra «filos» apuntaba al imaginario del amor  a algo (según la consabida lección escolar sobre la etimología de «filosofía») sin dejar de evocar metonímicamente la cuestión del corte, de la posibilidad de la herida.

Pablo Dema en una lectura junto a Martín Cristal.
–En tu poesía hay una fuerte dimensión apelativa hacia la gramática de los vínculos. ¿Cómo trabajás para llegar a ese meticuloso efecto?
–La amplitud de mi gusto como lector es inversamente proporcional a la limitación de mi escritura, que lo es en varios sentidos. No me siento atraído (ni dotado) para escribir textos extensos, no me interesa mucho el tema de las ficciones con gran despliegue imaginativo, no cultivo los géneros en el sentido más convencional del término. Además escribo poco o, en todo caso, sólo lo que siento necesario. No me interesa la idea del escritor que tiene el compromiso (personal o comercial) de levantarse cada mañana y escribir, ni la figura del escritor profesional ni el escritor compulsivo ganado por una supuesta vocación absoluta, tal vez ganado por algún cliché cinematográfico. Muchas veces me he sentido un irresponsable, alguien que permite que lo traten como un escritor cuando en realidad hago tantas otras cosas. Ante todo doy clases, y leo más que escribir. Sin embargo, los años pasan y siempre vuelvo a escribir o sostengo la escritura, y en general lo hago en los momentos menos pensados, por ejemplo cuando estoy con el discurso de que «no tengo tiempo». Pienso que una beca para escribir y nada más no me resultaría, aparte me da cierto pudor pedir tiempo y dinero para dedicarme a realizar unos tanteos que probablemente no conduzcan a nada, porque al fin y al cabo eso es sentarse a escribir. Entonces si hay algo así como un trabajo yo lo llamaría simplemente un oír lo que llama dentro de uno, atender a ello, buscar su forma, su peculiaridad y darle un cuerpo que sea asequible también a otros. Porque en esto no hay tanto secreto, sé muy bien lo que es y lo que hace la poesía porque he leído Trilce, entonces de lo que se trata es de perseguir una verso que se pueda leer, en un futuro, a continuación de uno de Vallejo o de Pessoa o de cualquier gran poeta. Esto no se hace, de ninguna manera, por ambición o por soberbia, sino por gratitud hacia la poesía. Se trata de querer devolver algo de lo tomado.

–En Un hilo, los últimos tres versos cierran el poema de la siguiente manera: «El recién nacido / inventa a la madre / y no sabe que es el mundo». ¿Qué lugar ocupa la reflexión en tu mirar poético?
–Obviamente, eso surgió de la mirada del padre primerizo que fui siendo bastante joven. Había leído sobre la fusión, sobre la falta de límites que hay entre la madre y su cría el primer tiempo, pero al verlo y vivirlo me conmovió particularmente, y el poema es el rescate de esa conmoción, no mucho más. Nunca había pensado en la reflexión como una instancia concreta del proceso creativo. Sí diría que me preocupa que haya cierta lógica en la totalidad de los poemas y de las series. Y pongo mucho cuidado en eso. Si trabajo con una serie de metáforas por ejemplo, busco que haya una correlación lógica en todo el texto. Por ejemplo ahora estoy tratando de hacer algo sobre el río, porque vivo en Río Cuarto y he notado que ese personaje (si se puede llamarlo así) está marginado del imaginario y de la historia de la ciudad. Más aun, me da la impresión de que una crítica política sobre Río Cuarto, sobre el conservadurismo que la sostiene, debería partir de hablar y de mirar el río. En estos poemas trabajo sobre la idea de la poesía leída durante años como un flujo que recorre el cuerpo (el río de la poesía) y, por otro lado, sobre lo poético del río. Entonces uso mucho la idea de lo fluido, de las corrientes internas (del cuerpo) y subterráneas, de la poesía sobre el río, del río de la poesía. En esos juegos trato de ser muy riguroso con la lógica. Ese rigor muchas veces está al servicio de la ambigüedad, de la anfibología, del excedente de sentido que proviene de las torsiones de la lengua.

–En Una duda aludís a Joaquín O. Giannuzzi. ¿Comulgás con su poética?, ¿por qué?
–Lleno, a veces en exceso, de alusiones lo que escribo. Desde siempre, es algo que me sale muy naturalmente y que a veces descarto porque se puede caer en la cita o la mención gratuita. A Giannuzzi lo leí tempranamente por un amigo y fue de esos poetas que dejan una impronta muy definida. Para esto mi prueba es la memoria. Pasan cinco o diez años y lo tengo fresco en la memoria y el corazón. Tonos, giros, poemas completos vueltos a leer todos los años. Cuando lo leí me gustó mucho el modo en que tomaba los objetos cotidianos, el tiempo demorado y la amplitud con que los miraba para desprender de allí alguna reflexión que viabilizaba la emoción que integraba todos los elementos del poema. Me identifiqué con cierto pesimismo, con cierta amargura, pero por suerte cambié de frecuencia a tiempo. Criar un gorrión en la garganta, como dice el poema que mencionás, implica que uno no puede apretar demasiado esa corbata hasta ahorcarse por más pálidas que se vean las cosas en un momento.

–La voz en Filos se construye desde la duda, ante el fantasma de la nada: «No perdí mis coordenadas, nunca las tuve», decís en un verso. ¿Notás un sesgo confesional en piezas como Una amiga y El visitante? ¿Por qué?
–En una mitología personal la poesía bien puede coincidir con un centro vital; la escritura como báculo, linterna, machete, como instrumento para llegar a lo más propio de uno. Por más que esté al tanto de la datación histórica y el carácter probablemente perimido de esta concepción de la escritura (vagamente asociada al romanticismo) no puedo alejarme mucho de allí sin sentir que caigo en el oportunismo, la impostura y el esnobismo. Estoy al tanto de que muchas otras ideas sobre el arte y la poesía repudian con mucho énfasis las concepciones más vitalistas, expresivas, existencialistas y confesionales de la poesía. El mote de sentimentalismo, por ejemplo, hizo fortuna en Argentina desde que Osvaldo Lamborghini se lo aplicara a Raúl González Tuñón. Las desventuras del yo, la elaboración poética de la vivencia, todo eso está muy mal visto, sin embargo estos repudios son muchas veces meras declaraciones. En la práctica no se ven tantas diferencias ¿Los mejores poemas «objetivistas» de Fabián Casas, no son pura emoción, puro lirismo? El tema no es abolir el yo. ¿Cuál sería la ventaja de hacer una poesía automática, objetiva? Por otra parte, esa poesía, ¿no es el resultado del acto volitivo de suprimir el yo durante la escritura? Ahora recuerdo un texto de Edgar Bayley sobre la «realidad interna y la función de la poesía». Lo que dice Bayley es que, de los poetas provenzales a Apollinaire, las formas poéticas varían pero la realidad interna y la función de la poesía es algo que reconocemos siempre. En Una amiga, El visitante y Donde yo estaba lo que hay, más que confesión, es una forma anclada a una vivencia no ordinaria que permite entender algo. Cuando digo vivencia no digo anécdota, sino instantes de cierta intensidad que uno quiere retener. Y, paradójicamente, en algunos casos necesito imaginar mucho, ficcionalizar mucho para generar un objeto dinámico del que surja la emoción que está en el origen del poema. Sabemos que Pound vio los rostros rosados salir de la estación del metro que originaron su poema. A mí a veces me pasa que no tengo esa materialidad. La anécdota de Una amiga es una invención completa, absoluta, puesta al servicio de algo que quería transmitir sobre el tema del agobio de la vida cotidiana.

–Pablo, ¿un verdadero poeta tiene una voz propia?, ¿por qué?
–Una amiga a quien respeto mucho dijo sobre Juan L. Ortiz que no le gustaba pero que sin duda tenía una voz. Pienso que es lo que hay que tener, un matiz propio, una perspectiva de las cosas irreductible, eso es lo que nos atrae de un poeta. El que se inicia imita y plagia, está preso de todos los convencionalismos y del sentido común. Tener una voz es producir una diferencia. Pero no como expresión de una biografía singular sino como el hallazgo de algo que se sustrae a lo esperado, a la uniformidad. Acabo de recibir esta tarde, prestado por un amigo, un libro de poemas de Carlos Schilling que se titula Ensayos de voz. Creo que Schiling sabe muy bien qué resonancias tiene un título así en un lector de poesía, si hay ensayos hay tentativas y búsqueda, hay un trabajo para llegar a tener y a colocar (siguiendo con la metáfora del canto que también evoca el título), la voz de manera personal.

–En 2005 fundaste con José Di Marco la Editorial Cartografías. Respecto al catálogo que venís desarrollando, ¿has editado a poetas?
–Eso comenzó con la inquietud de leer y dar a leer lo que se escribía en nuestro medio. Comenzamos publicando a autores jóvenes, casi todos primeros libros, y después el catálogo se fue abriendo. Tenemos una colección que se llama Archipiélago que alberga a autores locales (Pedro Centeno, Diego Formía, María Reineri, Elena Berruti, Marcelo Fagiano, entre otros) y también a algunos autores de la zona, de Villa María, por ejemplo, como Marcelo Dughetti, Gustavo Borga y Alejandro Schmidt. También tenemos un libro de un poeta importante de los 60, Osvaldo Guevara, que es una figura de peso en la cultura local. Ese catálogo implica una gran cantidad de actividades, presentaciones, ciclos, ferias, festivales, lo cual nos puso en contacto con muchos poetas de todo el país. Editando también se aprende a leer de otra manera y a pensar como un escritor. Como digo siempre, siento que soy un tanto irresponsable por dedicarme a editar, a escribir, dar clases, escribir reseñas en los periódicos. Todo indica que no es seria una persona que vive en semejante dispersión. Sin embargo, aunque me agobian las tareas y siempre desatiendo algo, todavía siento que aprendo sobre la literatura haciendo todas estas cosas a la vez y que se puede encontrar un punto de convergencia. A lo mejor a los 40 me doy cuenta de que el tiempo se me va, se me está yendo, y me pongo a escribir de modo más sistemático, la verdad que no puedo saberlo ahora.



Poemas de 
Filos, 
de Pablo Dema



Otra amiga

Tuve un sueño horrible, amiga.
Al despertarme esta mañana me di cuenta
de cuánto me has estado mintiendo
en todos estos meses de amistad.

En sueños entendí
que fingías saber cosas que ignorabas,
que me respondías con seguridad
sólo para que no te rechazara.
Acepto tu falsedad en aras del cariño,
tu pudor, tu debilidad, tu falta de grandeza,
tu miedo a perderme.
Toma mi mano,
tomemos otra vez la ruta
y hundámonos en la noche.

*

Amigo, amigo

Amigo, amigo…
ya ves que te negué
no una ni dos ni tres
sino cientos de veces.
Pero en la noche más oscura
Bajo la tenue ceniza tibia
Perduraba encendida
La brasa de tu corazón


*

Un hilo

Un hilo
de luz
fascinante
los une.

Como si sus auras nimbadas
no supieran todavía
la noticia que los cuerpos conocen.

¡Son dos!

El recién nacido
inventa a la madre
y no sabe que es el mundo

*

Una duda

Durante mucho tiempo
fue mío también
el dilema de J.O.G. frente al espejo.

Me engañaba doblemente:
jamás usé corbata,
crío un gorrión en la garganta
que no tiene a donde ir.

viernes, 28 de diciembre de 2018

El año que leímos en peligro





Una mirada sobre algunos libros mendocinos de 2018



La edición de libros en una provincia como Mendoza, responde más a un secreto deseo que a una publicación programada y continua. Sin embargo, los que somos lectores de poesía -y tenemos una especie de mandato feliz por conocer y hacer difundir estos poemarios- buscamos entre presentaciones, festivales y ferias, los ejemplares de poetas que han decidido convertir en papel las palabras que los justifican. Así, nos sentamos y pusimos sobre la mesa los libros que nos fuimos encontrando en este 2018. El arco va desde la edición autogestiva hasta la publicación en editoriales dentro y fuera de la provincia. La muestra no quiere (ni puede) ser exhaustiva, sino que pretende ser una excusa para convertirnos en cómplices de estos libros y continuar la búsqueda de los que faltan en esta lista.   

-Del hombre solo (poemas y entrepoemas), de Fabián Almonacid. Abrapalabra, Mendoza, 2018, s/n.

El poeta, corrector y reconocido tallerista, Fabián Almonacid debuta como editor artesanal con un poemario de tapas de cartón, hermosa encuadernación japonesa e ilustraciones de Lidia Leventeris en los interiores. De entrada, el autor propone un modo de lectura lúdico, ya que en medio de los poemas que hablan de la soledad, del oficio de escribir, de la inminencia de la muerte y de las obsesiones cotidianas; aparecen los «entrepoemas», es decir, pequeños recortes en forma de «stickers» que irrumpen en plan epigramático: «Los viajeros no mienten / sólo lo hacen los establecidos, / los que hace viajes cortos / y deben ver a las mismas personas, /  y a sí mismos / todos los días…». El resultado: un viaje no lineal e intenso por el paisaje de un hombre.


-Lo negro de la nieve & otros poemas así, de Rubén Valle. Ediciones Literarte, Buenos Aires, 2018, 20 págs.

La obra poética de Rubén Valle se inició a mediados de los ’90 con una voz que, rápidamente, se hizo notable al estar atravesada por el pop, las referencias literarias de culto, la ironía y la contundencia cabal de cada verso. Más de dos décadas después -y con un grupo de excelentes libros sobre su espalda-, el autor obtuvo merecidamente el «Primer Premio del Concurso Internacional de Poesía Ediciones Literarte 2017». Una serie breve y miscelánica donde la madurez en el decir se enfrenta con lo indomable del lenguaje: «Confórmense con que logremos / hacer pie en el abecedario / Acertarle con la lengua a un verso bien parecido / Poner en foco lo intuido en la niebla…». Valle, con conocimiento de causa, logra lo que promete en el título: una precisión inusitada, brillante.


-magnética, de Sabrina Usach. Ediciones Culturales de Mendoza, Mendoza, 2018, 41 págs.

Hacía un tiempo que Usach venía pidiendo pista para que su voz fuera escuchada. Dos libros publicados (Versos para beber hasta y Muecas de una voz pájara), además de una activa participación en festivales nacionales y latinoamericanos, hicieron que no fuera una sorpresa cuando este año recibió el «Primer Premio Literario Vendimia de Poesía» por un libro que reúne un grupo de poemas tan esmerado como potente. Los textos de magnética siguen el legado de una lengua femenina, lunfarda y sublevada; como también proponen una sintaxis dislocada, que se rompe para emitir una música propia, resultado de un trabajo arduo con la palabra que, así y todo, nos suena familiar: «vuelvo a pasar por el baúl voy / de reverso me achico hasta ser / la guacha insurrecta o la mínima / recapituladora de inocencia / busco la otra lengua en lo oscuro…».


-Ritual de la memoria, de Andrés Cáceres. Inca Editorial, Mendoza, 2018, 96 págs.

Si editar en la provincia es una especie de milagro, es para celebrar que Cáceres (periodista cultural, poeta y narrador reconocido) vuelva con una reedición del recordado poemario de 1999 dedicado a las Madres de Plaza de Mayo, donde su voz busca la carnadura de la justicia y de la memoria. De este modo, las palabras son preguntas que, de otro modo, nadie más se atrevería a responder: «Soy un pozo / donde la piedra / no halla el agua. /  Me desfondó el desvelo de las madres / en tantas madrugadas / en tantas noches trizadas por la espera…». Un regalo para el final: una generosa carta del recientemente desaparecido Osvaldo Bayer dirigida al autor. El ritual de la memoria y de la lectura se ofrecen una vez más.


-Luna en escorpio, de Victoria Urquiza. Caleta Olivia, CABA, 2018, 66 págs.

Esta poeta, nacida en Catamarca, reside en Mendoza desde  hace varios años y su actividad poética se ha hecho notar con las performances del colectivo «Write like a girl», además de su participación en el «Taller de los Jueves». Luego de la plaqueta Registros (2017), Urquiza levanta ferviente la mano con este primer poemario atravesado por textos tan breves como intensos. Su palabra poética se despliega en cinco capítulos donde se evidencia la búsqueda y el recorrido para construir un tono, una expresión propia. La autora se desdobla sutil, se interroga ferozmente e intenta que los lectores compartamos su impiedad, aunque también su entrega: «Seguiré prefiriendo el libro aquel / que releo y releo, / seguiré buscando entre las excusas / la que mejor me cuadre, / el café no muy fuerte, / el té con canela, / el desorden…».


-Aguas vivas, de Luis Alfredo Villalba. Inca Editorial, Mendoza, 2018, 64 págs.

Si en su libro anterior, Fotogramas (2015), Villalba nos proponía un centenar de poemas cortos como lúcidos fragmentos de una película imposible; en este Aguas vivas, el autor abre la mano para desplegar (y desplegarse) con una vitalidad e irreverencia que sorprenden y emocionan. Humor, ironía, referencias políticas, musicales y literarias van apareciendo con toques de belleza y reflexión. Un poeta de casi 80 años que lleva más de media vida entre preguntas impertinentes en forma de versos: «¿Quién es Milagro Sala? / ¿Alguien que encuentra su yo en el nosotros?...». Al mismo tiempo, su contundencia poética adquiere peso propio para nombrar y definirse: «Luis Alfredo, más que un nombre, / es una clave a descifrar. // Este hombre habla y escribe, pero sin gramática, / porque no tiene dioses. / Este hombre luce un cuerpo traslúcido, / desde que todo lo sólido se desvaneció en el aire…».


-Plano secuencia. Antología poética (1998-2018), de Fernando G. Toledo. Ediciones Del Dock, CABA, 2018, 112 págs.

Otra edición para festejar es esta antología de Toledo que recorre de un modo tan cinematográfico como literario los veinte años de su poesía. Aquí, la selección es variada y contundente; no obstante, este «barrido» visual privilegia una línea que -al decir del poeta Santiago Sylvester en el prólogo- sigue la «poesía de pensamiento». Cinco poemarios, entonces, sustentan el esfuerzo del autor por hallar una forma precisa en cada poema, además de su abordaje a temas incómodos como el ateísmo, el silencio y la escritura, lo cotidiano y la conciencia de un fin: «Me pregunto si hubiera dicho algo / Diferente al saber que tres días más tarde / Ibas a respirar / Por última vez sin decir adiós / En aquel hospital. Decir adiós / Es lo que no se elige decir…». Un grupo de textos inéditos cierra el libro como una auspiciosa y meditada propuesta para el futuro.


-La esperatriz, de Débora Benacot. El Andamio ediciones, San Juan 2018, 88 págs.

A tan solo un año de su emotivo En las fotos todavía corre el viento, Benacot sorprende con este poemario donde, ya en el título, aparece la propuesta de un personaje lírico que fusiona en su nombre la ansiedad con la palabra. Al abrir el libro, nos encontramos página a página con la alternancia formal de la prosa con el verso. De este modo, la autora va a permitirse describir, narrar y hasta reflexionar en el relato, con destellos tan mordaces como poéticos: «La esperatriz vive en un castillo mental, esos son sus dominios. Demasiados inviernos le forjaron una piel de mithril para correr por los jardines sin temor al granizo. Más de una vez la abandonaron a su mala suerte…»; aunque también dará estiletazos certeros de belleza y musicalidad en cada corte de verso en los poemas: «Le han crecido / raíces en la espalda / finos tentáculos que se alimentan / con la aspereza líquida / del pasado…».


-Extra: también nos quedamos con ganas de tener en las manos, leerlos y comentarlos aquí, a libros como El Puerto (Editorial Equinoxio), de Lía Truglio Farina; Fiebre para saciar (Fundíbulo Ediciones), de María de las Mercedes Gobbi; Más destierros en la Zona de Tormentas y Restos del Naufragio (Editorial de Autores), de Carlos Levy;  Apenidad, de Antonio Gómez; Pestañee humanidad, de Janet Grossi, entre muchos otros.  

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Plano secuencia: los 20 años de poesía de Fernando G. Toledo

Fotografía: Griselda García.


La editorial Del Dock, en la colección El Pez Náufrago, publica entre sus títulos de este año Plano secuencia. Antología poética 1998-2018, una selección de textos del poeta, periodista y narrador Fernando G. Toledo (uno de los directores de esta revista).

El volumen se suma a esta colección, acaso una de las más prestigiosas de la Argentina, e incluye 50 poemas que no sólo repasan los cinco poemarios publicados por Toledo, sino que le suma ocho textos inéditos.

Los poemas de Plano secuencia, cuyo título alude a la técnica cinematográfica de mostrar diversas acciones en un solo plano (un procedimiento análogo al de esta antología), está precedido por un prólogo de Santiago Sylvester que reproducimos a continuación, acompañado por dos de los poemas incluidos sólo en este libro.



Toledo, el expulsado

Por Santiago Sylvester 

Siempre resulta intrigante el propósito de Platón de expulsar a los poetas del Estado. Tan luego él, uno de los más fecundos creadores de mitos y alegorías. Sin embargo es así, aunque no queden demasiado claras las razones a pesar de que se ha tomado el trabajo de explicarlas.

Pareciera que su desconfianza es porque los poetas no son razonables (y es cierto, no lo son: al menos no del todo), o por la propensión que tienen a mentir («el poeta es un fingidor»: ¡salud, maestro!), o quizás, como también está dicho, quiere aplicar esa «áspera medicina» a quienes pueden producir lo que no pueden explicar (y esto también es rabiosamente cierto).

Montaigne, el mismísimo Montaigne, juega una carta a favor de los poetas cuando dice que Platón era un «poeta deshilvanado»; de modo que mucho antes de que irrumpiera Freud ya se enunció una razón bastante freudiana: se trataría de alguien de la tribu que, mutatis mutandi, opinaba que las uvas están verdes.

Puede ser, todo puede ser, pero pasados los más de veinte siglos desde entonces, y viendo que Platón y sus ideas siguen siendo incansables, lo que me parece claro es que, diga lo que diga, a Platón hay que escucharlo. Por eso yo he adoptado un juego privado, de lector tan maniático como cualquiera, que consiste en preguntarme cuando estoy ante un poeta (o más seriamente ante su obra): «¿Platón lo expulsaría?». Si la respuesta es «sí», todo está bien y la lectura continúa estimulada y feliz; pero si la respuesta es «no», es posible que termine expulsándolo yo: de ninguna República, por supuesto, sino de mi ámbito más íntimo, secreto, que es el de mi interés como lector. Y en esto puedo ser, como todos, más implacable que Platón, con el terrible poder de cerrar un libro y no abrirlo más. Sé de sobra que «con la vara que midas serás medido», así que debo esperar reciprocidades, pero el juicio implacable es tan inevitable que no vale la pena cambiar de costumbres por eso.

Ahora me ha tocado leer Plano secuencia, selección que Fernando G. Toledo nos acerca de sus propios poemas, y lógicamente no he hecho ninguna excepción: me hice esa pregunta abstracta sobre el posible destierro de Toledo, y la respuesta ha llegado cargada de razones. Leo, por ejemplo:

«Una muerte para cada cadáver
Una correspondencia para cada sueño
Tus relojes están llenos»

«Un cuerpo se desnuda y rescata su forma»

«Levantas el papel que nadie ha escrito
y una esquirla de presente te alcanza»

«La suerte presenta la renuncia»

«Es lo que tengo Lo demás se ha ido»

«Este poema va a ser corregido
por el siguiente»


Cito fragmentos porque no es posible copiar ahora poemas enteros; y lo que queda evidente es que en ellos se ocultan motivos fuertes. El repaso de esta obra muestra un destino en ejecución, alguien que calibra ideas, palabras, propenso al endecasílabo y también a que se note poco, que se instala en la incertidumbre, y que camina con los dos pies de la cultura: conocimiento del pasado (he encontrado varios saludos, unos evidentes y otros secretos), y construcción de lo que está viniendo, que es la parte del futuro que nos toca y que Toledo transforma en innovación. Estoy diciendo, para seguir con la alegoría, que Platón lo desterraría.

Sería expulsado por buenas razones, y estaría en buena compañía: no hay que olvidar que a Toledo lo acompañarían Homero, Hesíodo, Píndaro, Ovidio y Eurípides. Nada mal para una temporada fuera de casa.

Mayo de 2018





Dos poemas de 
Plano secuencia
Antología poética 1998-2018


Foto desconocida

En esa foto, otro instante embalsamado
Que casi consigue escapar de la eternidad.
No pudo hacerlo. Dejó todo allí, con esas herramientas
Prestadas por la realidad para su propio plagio,
Y convirtió la escena matutina de un colegio
En un campo de batalla con cuerpos cercenados:
Falta un brazo allí, aquel no tiene cabeza,
Muchas piernas se perdieron en el disparo
De la cámara y toda una dimensión cayó
Sin dejar siquiera un rastro de sangre.

Hurguemos en los restos: las caras
Que descubren la lente llaman primero la atención
Aunque no son las que importan. Sin embargo
Allá, ubicado en un ángulo fingido
Por las leyes del formato, un hombre mira hacia abajo
(Siempre hay que andar con cuidado) y presta
Lo opaco de su cuerpo para quedarse allí,
A la vez en el pasado y el presente,
Abriendo, frente a mí, un agujero negro
Que absorbe la materia del olvido y me arrastra
Hacia aquel punto escondido en el cráneo,
Justo detrás de otro recuerdo, fijos sus rasgos,
Nítidos por prepotencia de juventud, provoca
Que yo estire los dedos, los pase por su silueta,
Y compruebe que, sí, ese es mi padre,
Y no aquel cuyo rostro
Quedó cerrado hace años ya a la luz.


* * *


Destino fijo

Porque hay una línea en sal trazada
Que se vislumbra aun a lo lejos,
Vamos a caminar. Lento,
Los pasos se oyen, el eco
Rebota contra las piedras;
Rápido, un relámpago que muy tarde
Se replica en un crujido ronco.
Lento, el sol da de frente
Pero algo vemos al fin; rápido
Es oscuro y a ciegas, como un pérfido juego.
Vamos a caminar: lento,
Un sabor que nos pasa por la lengua;
Rápido, todo
El veneno junto.
Vamos a caminar: sopla en contra
Un arduo viento y nos llaman,
El sendero es pedregoso.
Pero estamos
Cada vez más cerca.

martes, 25 de diciembre de 2018

El estallido poético de la lengua

César Vallejo, según Pablo Picasso.

Por Fernando G. Toledo

El día y el mes permanecen en el vapor del olvido. Pero el año está claro: 1918. Hace, entonces, 100 años, un poeta nacido en Perú comenzaba a escribir uno de los libros más sobrecogedores, revulsivos, novedosos e influyentes de la literatura contemporánea.

Eran tiempos difíciles para César Vallejo, el poeta en cuestión, y otros peores iban a llegarle en medio de su laboriosa escritura. Dificultades a las que no sería antojadizo atribuir parte de responsabilidad en el carácter tan novedoso y a la vez anómalo que tendría el conjunto de poemas.

Vallejo venía de publicar un elogiado libro llamado Los heraldos negros, en el que mostró ya una voz sorprendente que parecía superar el modernismo que, con la fuerza de Rubén Darío y Leopoldo Lugones, se imponía en la poesía castellana de aquel entonces. Pero aunque el germen estaba allí, los brotes cenitales que representarían los poemas de Trilce (publicado, al fin, en 1922) serían difíciles de prever.

Desde la escritura de los primeros poemas hasta los que incluyó poco antes de la impresión, César Vallejo vivió la muerte de su madre, la separación de su novia (quien lo dejó para evitarle al escritor la tristeza de verla morir por la enfermedad terminal que padecía) y una reclusión carcelaria de más de 100 días.

¿Qué puede un hombre, y particularmente un poeta, devolver ante esas adversidades? Pues lo que Vallejo devolvió fue una gema de un color y una forma desconocidos, tallada en una piedra dura pero dócil a los dedos de su poética. Trilce reunía sonetos, poemas en prosa y muchos en verso libre.
En total, 76 textos agrupados bajo una palabra que veía la luz por primera vez y para siempre, y que aún hoy fascinan por la potencia de su expresividad y por las novedades gramaticales, léxicas y conceptuales que legaron.

La cárcel, acaso, pueda servir de metáfora para lo que hizo Vallejo con la lengua: forzó los barrotes que lo recluían y, vencidos ya, los dejó como muestra de su fortaleza lírica («En la celda, en lo sólido también / se acurrucan los rincones», dice a propósito uno de los versos).

Soles, tristeza, dulzura
El título es un buen portal para entender lo que vendrá: esa palabra desconocida, pero a la vez tan sonora y familiar, es aún una incógnita. ¿De dónde salió? Acaso, de la conjunción entre los vocablos «triste» y «dulce» («tri-lce»). La explicación de un estudioso de su obra va en otra línea, una que a los seguidores de la serie Games of Thrones les recordará el procedimiento que da nombre al personaje de Hodor por repetición degradada: «Hold the door, holdedoor, holdor, hodor».

En el caso de Vallejo, André Coyné explica que tuvo que ver con el precio adicional en moneda peruana que debía pagar el poeta en caso de cambiarle el título original (Cráneos de bronce): tres soles. Al parecer, el autor comenzó a decir: «Tres soles, tresoles, tresles, trelse, trilce». Y así, obtuvo el nombre.

Pero fuera del título, Trilce trae poemas en los que la lengua es forzada a tal punto que se destruye, arrastrando acaso el sentido, pero consiguiendo transmitir, comunicar, insinuar mucho más de lo que tal vez sería capaz si respetara las convenciones.

Un poema arranca, por ejemplo, con estos versos insólitos:

«Alfan alfiles a adherirse
a las junturas, al fondo, a los testuces,
al sobrelecho de los numeradores a pie.
Alfiles y cadillos de lupinas parvas».

¿Qué nos dice Vallejo? No se sabe, pero lo cierto es que atrapa con esa música, con ese ritmo, con esas insinuaciones. En otros textos arremete con más frases neologizantes («Rechinan dos carretas contra los martillos / hasta los lagrimales trifurcas»), u omite la ortografía para lograr expresividad («Vusco volvvver de golpe el golpe») o da un golpe de dados para invertir las letras de las palabras («Oh, escándalo de miel de los crepúsculos. / Oh, estruendo mudo. / ¡Odumodneurtse!»).

Lo notable, además, es que con esos poemas contundentes como un sablazo inesperado, conviven otros de apariencia más «transparente», pero que introducen quiebres similares, con lo cual muestra que detrás de toda apariencia de familiaridad puede anidar un monstruo de nueva elocuencia poética.

Un siglo después del inicio de su escritura, Trilce sigue fascinando, y los caminos de su obra (que luego seguirían Huidobro, Girondo y Gelman, entre otros) permanecen abiertos y vibrantes como una playa inexplorada, acaso esa de la que habla en el último de los versos:

«¡Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!».

Publicado en diario Los Andes el 25 de febrero de 2018

lunes, 2 de abril de 2018

El Desaguadero / Número 19



Una revista de poesía 
escrita por poetas

*

ENTREVISTAS

por Augusto Munaro


LA HISTORIA DE UN POEMA

por Liliana Lukin

por Silvina López Medin

por Osvaldo Picardo

por Eduardo Espósito

por Valeria Pariso 

por Luis Benítez

por Patricio Torne


NOTAS Y ENSAYOS

por Hernán Schillagi


REPORTAJE HAIKU

por Hernán Schillagi


LA EXCUSA DEL POEMA

por Hernán Schillagi


RESEÑAS CRÍTICAS

por Hernán Schillagi

por Hernán Schillagi

por Fernando G. Toledo

por Fabián Almonacid

por Diego Roel

por Fernando G. Toledo

domingo, 25 de marzo de 2018

Entrevista a Enrique Campos



El oro del sentimiento

Por Augusto Munaro
Especial para El Desaguadero

Hoy es lejano (Ivan Rosado), el quinto libro del poeta Enrique Campos se afirma sobre una escritura que ha sabido tejer en la unidad de sus temas, en la persistente y singular mirada que enriquece la experiencia, un tono personal, un pequeño universo que se construye y renueva en cada lectura. Versos que transmiten sensaciones a través de atmósferas que no eluden la emoción. Porque para Campos, el núcleo de la verdadera poesía ha sido y será siempre el sentimiento. 

–Hoy es lejano, me refiero literalmente al título, desprende una connotación un tanto nostálgica.
–La verdad es que no escribo poemarios pensándolos como tales. Escribo poemas sueltos y al cabo de un tiempo, cuando veo que llego a un cierto número, o cuando noto un cambio de tono o de emoción, suelo decir «basta» y releerlos. En esa relectura me vuelvo consciente de algún hilo que quizás me atravesaba en el tiempo que escribía esos poemas y en esa línea intento estructurar el poemario. Generalmente el principio y el fin de ese proceso coincide con alguna vivencia personal, una etapa que termina o algo así. En el caso de Hoy es lejano no me es tan claro porque lo dejé medio de lado al escribir, corregir y publicar mi siguiente libro, que aunque salió antes, es más mi último libro que éste. Así que al volver luego a Hoy es lejano, porque no me gusta dejar sin publicar las cosas mientras tenga la oportunidad de hacerlo, noté que no tenía mucha conexión con el sentimiento que había detrás. Era como si estuviera corrigiendo poemas ajenos. De ahí quizás el título y la idea de lejanía. No sé si fue intencional la verdad, ahora me gusta pensar que sí… Pero en realidad no lo sé. Es mi libro menos mío de alguna forma. Donde esa lejanía me puso en un lugar en el que no había estado antes. Fue distinto. Suelo estar emocionalmente más cercano al corregir y esta vez estuve más frío.

–En Hoy es lejano, como en el resto de tu obra, hay versos alucinados que elaboran paisajes oníricos. «Sólo están los pinos ahogados en la / niebla; una muralla acostada sobre los huesos / sin / nombre». O bien: «En la oscuridad de los puertos que seca el tiempo, / entre la arena y el barro, se asoman las manitos de / uñas cortas». ¿Pensás que existen vínculos relacionables entre tu poesía y los sueños como espacio de creación?
–Sí, totalmente. No es algo buscado. No me levanto con un bloc y una birome en la mano y escribo un sueño, pero sí soy muy consciente del mundo interior que tenemos. El mío propio lo cultivo desde que tengo memoria. Es casi como una vida paralela de sueños, ilusiones, fantasías y dolores desgarradores, que muchas veces es hasta más fuerte que mi mundo real. No porque esté loco, sino porque es un lugar de mucha riqueza creativa. La vida también lo es, y ese mundo onírico obviamente nace de esa realidad concreta, pero luego se transforma en algo más lúdico y maleable, menos rígido. Y eso me gusta. No me parece que lo onírico sea opuesto a lo costumbrista o a lo cotidiano, me parece que conviven dentro de uno mismo. Y lo que para muchos puede ser algo alucinado o surreal, para mi generalmente, mientras no pierda conexión con el sentimiento, es algo completamente verosímil.

–Resulta evidente tu interés por el surrealismo…
–Me parece que el surrealismo es algo que se me vuelve completamente cotidiano. Me interesan los límites de la racionalidad y me interesa pasarlos y ver qué hay después. Y creo que lo que más me interesa de lo que hay después son los sentimientos o las emociones, en el estado más puro. Sin tener que ajustarse a ninguna lógica de la razón, o a la imágenes preestablecidas que las identifican. El sol, la luz, el calor no necesariamente tienen que indicar amor, cariño, valentía, etc. Al igual que la noche, el frío y la oscuridad, no tienen por qué necesariamente indicar miedo, dolor, angustia y soledad. A veces sí, y está perfecto, pero a veces hay otras imágenes, y pararme sobre esa barrera mirando hacia los dos lados me parece un desafío que disfruto mucho. No hablo necesariamente del surrealismo como movimiento artístico, hablo de una conexión personal con ese otro lado de la razón, de una cierta idea de diálogo, y me encanta.

–El libro está estructurado en dos partes: I. Un paseo que tanto se parece a la imperfección y II. Así la tarde de espinas… ¿Por qué?
–No hay mucha justificación para eso en mis libros en general. Suelo ser bastante intuitivo en el armado y el ordenamiento de los poemas. Los títulos, en todos los casos, siempre surgen de mi libro anterior, son versos de mi libro inmediatamente anterior. Tanto los capítulos internos como los nombres de los poemarios. Salvo el primero que lo tuve que inventar, y el que saldrá a fines de este año, para el que decidí salirme de ese gesto innecesario que me tenía un poco preso. No me gusta ponerle títulos a los poemas, siento que estoy induciendo al lector a leer desde alguna óptica o algo así. En cambio no me parece mal dividir un libro en partes, si es que dentro de cada división hay una cierta lógica narrativa, aunque sea sólo para mí. Además como lector me gustan los capítulos en general, siento que me dejan abrir y cerrar una puerta chiquita en contraposición a tener que abrir y cerrar toda una casa, o lo que es peor, irme a dormir sin terminarlo y dejar la puerta de la casa entreabierta. Miedo.


–¿Te identificás con alguna tradición poética?, ¿algún autor que haya despertado tu interés en particular?
–Aunque suene quizás medio adolescente, me identifico bastante con el surrealismo y el decadentismo, desde los poetas malditos hasta los beats. Me fui volviendo un poco más romántico me parece, hasta barroco por momentos quizás, pero una cosa no quita la otra. Tampoco tengo una formación literaria muy profunda, no leí tanto como me hubiera gustado ni estudié historia o teoría literaria como para poder contestar esta pregunta con un poco más de información y respeto. Empecé a escribir por Rimbaud, como seguramente muchos poetas lo hayan hecho. Y aunque no lo releo hace mucho ni consulto a ninguno en particular, me suscribí instantáneamente a esa forma de escribir mucho más visceral, impulsiva y emocional, que a las vertientes más academicistas, correccioncitas o metódicas.

–Me gustaría saber sobre el modo en que construís las escenas de tus poemas. Leo un ejemplo: «Contra las tumbas frescas de niños guerreros, / crecen a resguardo visiones encantadas como / espigas de trigo». ¿La imagen precede a la palabra o viceversa?
–Puede pasar de las dos formas. Suelo escribir muy rápido. Como intentando escaparle a la mente racional que acecha. Y muchas veces se me imponen imágenes y otras veces frases. Palabras no. Tengo un tema con las palabras sueltas, me generan una cierta extrañeza, intento escribir fácil y que la imagen sea la protagonista. Pero en el fondo, mucho antes que la imagen o que la frase, está el sentimiento. Si la frase rompe la conexión con ese sentimiento, la cambio, y si la imagen no logra a mi juicio transmitirlo, la saco. Transmitir sentimientos es básicamente lo único que intento hacer. Lo demás esta todo en función de eso.

–En una extraña coreografía de objetos, a través del poemario se nombran velas, espejos, alas, nubes… ¿Pensás que tu poética ritualiza ciertos objetos para resignificarlos?
–No es mi intención consciente, creo, resignificar nada. Sí creo que puedo a veces utilizar cierta idea detrás de algún objeto como símbolo para construir una imagen y, de nuevo, transmitir una emoción. Pero lo hago desde un lugar muy personal, no es una búsqueda que pase por dirigir o manipular al lector, sino más bien desde una búsqueda estética por expresar algo de una forma más clara. Y las simbologías también surgen de mi propio imaginario. Los espejos o las velas no significan lo mismo para todos, y esa construcción que se genera sobre la significancia de determinados objetos o imágenes entre el que escribe y el que lee, me parece increíble. Si y solo si, ese diálogo existe desde la emoción.

–¿Qué significa para vos el lenguaje?, ¿cómo lo domesticás a tus obsesiones?
–Es un medio, un instrumento. Como lo puede ser la música, la pintura, la matemática… No soy para nada un defensor del lenguaje per se. Intento en vano domesticarlo a veces escribiendo algunas palabras de forma distinta, no poniendo doble signo de pregunta o interrogación, usando muchos guiones o comillas, etc.., pero siempre termino cayendo en la idea que en realidad es disruptivo innecesariamente. Es decir, me interesa escribir sobre sensaciones, sobre lo que sentimos cuando vivimos, cuando morimos y renacemos. El lenguaje en sí no me importa mucho más que como una herramienta para comunicar eso, me parece casi anecdótico en sí mismo. Si me hubiera dedicado a la pintura la respuesta sería la misma. 

–¿Existe el estilo en poesía?
–En todo creo que existe el estilo, hasta en la forma en la que uno vive. No lo veo como algo que se crea artificialmente, ni que se busca de forma deliberada. Sí, por supuesto, es algo que se trabaja y que se intenta pulir. Desde un lugar individualista para intentar diferenciarse del resto. Y también desde un lugar más genuino e interesante a mi juicio, que sería el de afinar eso tan íntimo que uno tiene para decir de la forma más universal que se pueda, y a la vez transmitir eso tan universal que uno siente, de la forma más íntima y personal posible.

–Me gustaría te refirieras al aspecto narrativo con que articulás buena parte de tus poemas. Si bien no solés explicitar este mecanismo, es común notar un trabajo notable en torno a la descripción. En ese sentido, cada poema logra atmósferas diferentes.
–Como escribo cada poema por separado, de una forma muy poco disciplinada u organizada, me es fácil encontrarme con imágenes o atmósferas muy distintas entre sí. Se me mezclan mucho en esta repuesta las cosas que dije antes. Para empezar pongo siempre el acento en la emoción, en lo que estoy sintiendo y quiero expresar. Luego aparecen imágenes o frases que me van llevando y termino con un determinado texto. No tengo mucho más para decir que eso. Quizás en la corrección hay una cierta limpieza de todo aquello que siento que está de más. Como en la vida misma, siempre hay cosas que están de más. No vuelvo a leer nada mío una vez publicado porque no puedo soportar no haber sacado más cosas.

–Enrique, ¿cuáles son algunos de los clichés de la poesía contemporánea?
–¡Ay! No me gusta opinar mucho sobre la poesía contemporánea porque no me siento ni con conocimiento histórico suficiente, ni tampoco tan metido en lo que se está haciendo. Sí creo que hay un lado de la poesía, que existió siempre y que sigue siendo un cliché, y es el tema de la pretenciosidad. Me parece que la pretenciosidad es uno de los peores enemigos en cualquier rama del arte. En la poesía se ve muy claramente en dos áreas: en la forma y en las palabras. Alguien que antepone la forma a la emoción, pierde. Y alguien que se endulza con el sonido de ciertas palabras en lugar de intentar vehiculizar una sensación, también pierde. ¡Esto es obviamente mi opinión! Hay mucha gente joven que ama la poesía en verso, la métrica, la rima, y la buscan antes de ver lo que sienten o lo que les interesa transmitir; como también hay gente joven que se esfuerza en grandes descripciones cargadas de palabras inmensas que ni siquiera utilizan en lo cotidiano. Creo que en ambos casos, aunque válidos y hermosos para muchos críticos y lectores, se termina poniendo el carro adelante del caballo. En lo que a mí respecta, nada debe imponerse a la emoción, nada debe estar en un plano superior, y todo recurso que se utilice (palabras, frases, descripciones, imágenes, formas, etc..) debe estar al servicio de eso. Mi intención, y lo digo como lector de poesía, es relacionarme con la emoción, y si algo se interpone, ya no me interesa.

–Por último, ¿qué sentido de realidad te ofrece particularmente la poesía?
–Me ofrece la realidad cotidiana más pura de lo que significa transitar esta vida como un ser humano. Como cualquier otra forma de arte, la poesía, como escritor y como lector, es una forma más de buscar una manera de comunicación de nuestros sentimientos y emociones más universales y a la vez privadas, y al reconocerlos en un texto, es decir, en un otro, no sentirnos tan solos.  

Dos poemas del libro 
Hoy es lejano 
(Iván Rosado) 
de Enrique Campos



Comenzó la lluvia del final del invierno

Contra las tumbas frescas de niños guerreros,
crecen a resguardo visiones encantadas como
espigas de trigo

El viento frena en la puerta donde descansan los
padres huérfanos. Las nubes bajan y bailan en la
inmensidad del silencio.

El gris con el que se tiñen las calles y los ríos se
parece a la nieve. Quizás lo sea con el tiempo.


 *

Bajo un manto nocturno y frío, se escucha el canto
que escapa por sus mangas.

Las burbujas ascienden hacia un claro entre
cuerdas de arpa. Son voces que dicen aquello que
no se escucharía en los ecos de la superficie.

En la oscuridad de los puertos que seca el tiempo,
entre la arena y el barro, se asoman las manitos de
uñas cortas.


Enrique Campos (Bs.As. 1982), publicó Las edades de un monstruo (2009), Uno y todos los posibles (2011), El momento en su boca (2012), y Eterno sólo para él (2016). Ha publicado además poemas en diversas revistas como El poeta y su trabajo, Hablar de poesía, El Banquete y Cuisine & Vins.