sábado, 13 de diciembre de 2014

Entrevista a Rafael Felipe Oteriño

«La poesía y el pensamiento son primos hermanos»

Rafael Felipe Oteriño.


Por Fernando G. Toledo

1

Para Rafael Felipe Oteriño (Buenos Aires, 1945) la poesía no es ni un canal cuyo cauce llega a lo divino ni un remplazo del discurso cotidiano, indistinguible de este más que por la declaración previa de que tal cosa es poesía. Al contrario, desde su primer libro, Oteriño ha considerado a la poesía –, quién sabe si por modestia o ambición– como «una facultad de desconocer que lleva al conocimiento».
En gran medida esa concepción se atestigua a pleno en Viento extranjero (Del Dock, 2014), el último libro de este poeta. En el título se cifra una de las claves que animan los poemas aquí incluidos. El viento, como el río o, más ampliamente, el agua, aparecen como constantes en el recorrido de las páginas. Son imágenes de lo inasible que se presenta a diario, que corre para perderse y luego reaparecer, igual y distinto (extranjero): «la prosa del mundo en un viento huracanado».
Oteriño mantiene aquí su afán por atravesar lo mirado con el bisturí del pensamiento, pero cambia el enfoque de otros libros y se permite una cercanía mayor con los temas abordados. Si, como apunta Pablo Anadón en un ensayo sobre Oteriño, la poesía de este «busca un registro impersonal, distanciado de las circunstancia individual» (1), en Viento extranjero la voz del poeta se hace más íntima. Por eso, en un poema se lo oye dialogar con su hija, en otro nos muestra la nostalgia por la infancia y en otro más evoca un antepasado al que se siente extrañamente ligado.
Sin embargo en este libro, disueltas las distancias, aparece algo que permite al poeta hacer que la cercanía no lo ciegue. Oteriño adopta una mirada que no se duele con lo que ve, porque a todo lo observa como si recién lo descubriera y, una vez comprendido, lo asimilara con un estoicismo perfeccionado (quizá) con la edad. Lo muestra cuando, al evocar la Ciudad natal, escribe: «Bienvenido sea / porque puedo ver la obra del tiempo / que de ordinario le es negado a un solo hombre». O cuando habla de unas hamacas: «En el vaivén está su secreto, / en el soplo y en la brasa, en la aparición y en la desaparición. / Por su abundancia, la luz tiene necesidad de repetirse, / hace nido en la piel y se transforma en memoria» (2).
El paso dado adelante en las cosas, en el Oteriño de Viento extranjero, también se evidencia en el hecho de que es este un libro agradecido, sobre todo de sus pares, aquellos que, metidos en el mismo barro de la poesía, le han mostrado a nuestro autor gemas de un brillo que no olvidará. Por ello es que aparecen nombres explícitos (Horacio Castillo, Javier Adúriz, Wisława Szymborska) y otros tácitos, como en el poema Todos, alguna vez, estumivos en el Paraíso, de inconfundible cuño borgeano.
Si hay un breve cambio de rumbo en este libro de Oteriño, lo que no cambia, aun con los embates del viento, es la hermosa musicalidad de sus versos. En el ensayo ya citado, Anadón hablaba de la «evidente atención» por la forma en la escritura, a pesar de que sus poemas estén trazados en versos libres. En Viento extranjero la música es fresca como una serenata barroca, conseguida a través de un ritmo definido en ocasiones porque late en las entrañas de sus poemas una versificación clásica. Leemos, por ejemplo, en el ya mencionado poema Ciudad natal: 


«(...) El viento de la avenida me lleva adonde quiero ir,
pero no llego, no puedo llegar a esa ciudad que sólo vive en mí,
derrotando al tiempo todas las horas».

Basta con repasar ese hermoso segmento para descubrir, entonces, que hay endecasílabos y heptasílabos que funcionan en esa trama poética que teje Oteriño, e incluso rimas disimuladas en los pliegues. Se ve al reordenar los cortes:

«El viento de la avenida me lleva
adonde quiero ir,
pero no llego, no puedo llegar
a esa ciudad que sólo vive en mí,
derrotando al tiempo todas las horas».

Música y pensamiento, estoicismo e intimidad. Si lo pensamos así, son ingredientes justos para una poética ideal. Y eso es lo que, en gran parte, consigue Oteriño en Viento extranjero, que condensa y amplía su poesía y es ahora, quizá, una de sus mejores obras.

2

Poco después de la edición de Viento extranjero, y justo luego de la distinción Rosa de Cobre, que le entregó la Biblioteca Nacional, Rafael Felipe Oteriño llegó a nuestra provincia para participar, como invitado, del II Festival Internacional de Poesía de Mendoza. Con la excusa de esa visita es que se produjo el siguiente diálogo.
Autor de Rara materia, Lengua madre, El orden de las olas y Todas las mañanas (entre otros títulos), Oteriño suele ser generoso y compartir con sus lectores no sólo su magnífica poesía sino también sus conceptos sobre la misma, Un buen ejemplo de ese afán es esta entrevista, en la que sus respuestas se acercan a pequeños núcleos ensayísticos y que, por eso mismo, vale la pena guardar y atesorar.

–¿Qué siente cuando tiene la oportunidad de leer sus poemas a viva voz, como sucedió en el Festival Internacional de Poesía de Mendoza 2014?
–La poesía, como última red de sentido, es para mí una zona de esclarecimiento. Pero en un segundo momento es un lugar de encuentro. No es una tarea solipsista, sino primordialmente solidaria. Leer un poema en público es ir al encuentro de quien en definitiva lo completará. Días atrás, al recibir la Rosa de Cobre dije que una poesía es una pieza enigmática e inacabada, que anda a la búsqueda del lector que la complete, y cada lectura la recrea y cada lector la hace suya al leerla. Es de este modo como se vuelve real la aserción borgeana de que es trivial y fortuito que sea uno el lector y otro el redactor de páginas que él denomina ejercicios, ya que el arte es siempre un trabajo de a dos: uno (el autor) y otro (el lector, espectador u oyente) que completa la obra con su participación hermenéutica.

–¿Recuerda el momento o las circunstancias en que se despertó en usted el afán por escribir poesía?
–Alrededor de los 15 o 16 años comencé mi trato con las palabras. Un poco –a lo Dylan Thomas– enamorado de ellas: por lo que decían, por lo que callaban, por lo que escondían; por su grafía, por sus sentidos y sonidos. Las palabras para poner orden en lo indiscernible, pero también para explorarlo. Al poco tiempo ingresé a Derecho y en su arquitectura lógica-racional creí hallar respuestas a mi necesidad. Pero fue insuficiente y la poesía siguió a mi lado procurándome esas respuestas. Claro que de un modo elíptico: por deslizamientos, raptos y relámpagos.

–En más de un juicio crítico se ha caracterizado a su poesía como un trabajo cuyo fin es similar al de la filosofía, en el sentido de verse como un medio intelectual para conocer mejor el mundo. En una particular Ars poetica que incluye en su libro Todas las mañanas, define a la poesía como «una facultad de desconocer que lleva al conocimiento». ¿Es ese afán el que ha motorizado toda su escritura? ¿Por qué se da en usted en la forma de un poema (sea en verso, sea en prosa) y no, por ejemplo, de un ensayo filosófico?
–Mi afinidad es con el verso, aunque leo mucha filosofía. Creo que la interrogación y la perplejidad filosófica van de la mano con la curiosidad y el asombro poéticos. Aquel «desconocer que lleva al conocimiento» no es más que la puesta en práctica de ese movimiento de exploración que motiva tanto la elaboración del pensamiento como el advenimiento del poema. Aunque, ciertamente, no se trata de lo mismo: el poema está asistido por la mágica técnica, mientras que el pensamiento está más sujeto al discurrir lógico. Aunque ambos corren velos. Me animaría a decir que son primos hermanos, como lo fueron con claridad en la antigüedad presocrática.

–Hace unos cinco años el volumen En la mesa desnuda reunió toda su poesía publicada hasta ese entonces. ¿Qué sintió al observar todo ese trabajo acumulado, qué cambios, permanencias, evolución o constancia detectó en su obra?
–Reuní en ese volumen aquellos poemas que, por estar asistidos de una cierta arquitectura formal y un mismo espíritu de búsqueda, daban el tono de mi voz. Una voz hecha de la lectura de mi tradición literaria, pero también de un paisaje propio, acaso más natural que urbano. Después de todo, me crié en zona de quintas, entre plantas y animales, y luego me mudé, aún joven, a descubrir el mar. Como también soy hijo de la cultura, reuní todo eso en una serie de poemas (hoy ya insuficientes para representarme, puesto que publiqué dos libros más que no están allí incluidos) enlazados con el criterio de exponer una mirada particular: la mía, la que fatalmente yo puedo expresar.

–A pesar de que usted elige el verso libre, hay una musicalidad patente en sus poemas. Últimamente, además, se aprecia la aparición de textos que van en compañía de los demás pero no están escritos en versos; son lo que suele llamarse «prosas poéticas». ¿Cómo encuentra usted la «horma» de su decir poético?
–Lo primero que escribí en verso fueron sonetos y su métrica y acentos todavía se adivinan en mis frases. Pero también me importa lo que denominaría la «aproximación simpática» al poema: su aspecto visual, su distribución en la página, el equilibrio entre los blancos de las estrofas y la intensidad física de las palabras. Creo que el poema es un arte semántico, sonoro y visual. En cuanto a esos poemas de aparente literalidad (me cuesta hablar de «prosas poéticas», más allá de que remiten a Baudelaire), no difieren de aquellos acomodados a preceptivas más tradicionales. La poesía se diferencia de la prosa por su intensidad, originalidad e inevitabilidad (algunos hablan de velocidad) y no necesariamente por sus aspectos formales. Lo que hay es escritura, lo que hay es lenguaje, operando como disparadores de ese «algo más», de ese ruido de fondo que pugna por ser escuchado.

–¿Qué poetas en particular o escritores en general cree han sido las grandes influencias en su poesía?
–Los enunciaré por orden de aparición o descubrimiento: Molinari, Saint-John Perse, Borges, Ungaretti, Montale, William Carlos Williams, Auden, Mastronardi, Czeslaw Milosz. El espectro es amplio y variado: de lo general a lo particular, de lo platónico a lo circunstanciado. Durante el último año he estado abocado al estudio de las experiencias poéticas del polaco Zbigniew Herbert y del inglés Philip Larkin.

Oteriño en el II Festival Internacional de Poesía de Mendoza.
Foto: Camila Toledo.
–¿Qué obras de sus contemporáneos poetas admira o, de manera más abarcadora, qué nombres sugeriría a alguien que quiera tomar como consejo algún autor contemporáneo que usted aprecia por su poesía?
–Horacio Castillo, Santiago Sylvester, Leopoldo Castilla, Rodolfo Godino, Santiago Kovadloff, César Cantoni, Néstor Mux. Fueron y son mis amigos y seguramente mi opinión está teñida de subjetividad. Pero hay miga en ellos.

–Suelen interesarme particularmente los «rituales» de escritura. Hay poetas «estacionales» (que escriben en cierta época o momentos del año), hay prolíficos poetas que escriben en cualquier parte y momento; otros que necesitan rodearse de objetos, libros o compañías especiales para escribir. ¿Cómo es en su caso el trabajo poético? ¿Cuándo siente que ha concluido un poema y cómo construye, al mismo tiempo los libros (por acumulación o por concepción previa)?
–De acuerdo a dichas categorías, yo sería un poeta «estacional»: normalmente escribo entre la primavera y el verano y siempre de mañana, desde muy temprano; luego, eso sí, corrijo largamente los poemas, en el intento de llevarlos a buen puerto. El propio texto me señala cuándo está concluido: como un duende, se separa de mí y ya es otro (pieza enigmática e inacabada que sale al encuentro del lector, como digo más arriba). El libro se organiza de acuerdo a un tono: el último libro (Viento extranjero) se fue armando desde un tono bajo, horizontal, que hurgaba en los rincones físicos y en los rincones de la memoria.

–Dirige una colección de ensayos sobre poesía, Época, en Ediciones del Dock. ¿Cree que las nuevas generaciones de poetas necesitan también de la reflexión poética y que esta puede encauzar o modificar de algún modo los rumbos de la poesía?
–Creo en la reflexión poética y me interesa, especialmente, la que proviene de los propios poetas. La poesía es –como dijo SJ Perse–, antes que un modo de conocimiento, un modo de vida y de vida esencial. Una manera de mirar, una manera de organizar los datos de los sentidos, una propuesta siempre nueva. Original en el sentido de remitir a las fuentes y escapar de los lugares comunes y convencionales de la comunicación.

–Desde muy temprano gozó usted del reconocimiento, a través de premios y galardones. Hace poco recibió la distinción Rosa de Cobre, de la Biblioteca Nacional. ¿Qué representa para usted esta distinción?
 –¿Qué significa? No sin un dejo de ironía y descreimiento, diría –con palabras de Robert Frost–: un sostén, un remanso momentáneo contra la confusión (mía, por supuesto). Piadoso, todo esto se borra muy rápidamente.

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(1) Anadón, Pablo. «La conciencia artística desamparada. Lectura de la poesía de Rafael Felipe Oteriño», en La poesía en el país de los monólogos paralelos. Colección Fénix, Editorial Brujas, Córdoba, 2014.

(2) Oteriño, Rafael Felipe. Viento extranjero. Colección Pez Náufrago, Ediciones del Dock. Buenos Aires, 2014.

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Tres poemas de 
Viento extranjero
de Rafael Felipe Oteriño


Todos, alguna vez, estuvimos en el Paraíso

El que observó a medianoche la espuma blanca del cielo,
el que oyó un galope prolongado en la estepa de la mañana,
los que presintieron la lluvia y se refugiaron en ella,
el pescador que aguarda el próximo pez que prenderá esa tarde,
el que recuerda el olor a café detrás de una puerta que no existe,
quien siente en la boca la primera palabra de un verso:

todos, alguna vez, estuvimos en el paraíso;
las manos lo tocaron y el pecho aspiró su aroma,
el Paraíso cedió por un instante -se detuvo allí-
alzó un vivac en el que cada fragmento coincidió con su parte:
las sombras con el árbol, el árbol con el camino,
el río de Heráclito con el río a secas.


En grandes círculos

Quedé varias horas mirando el humo girar sobre los techos,
la vida regresaba a mí en grandes círculos,
una nube era seguida por otra nube,
la luna no menguaba sino para brillar con más fuerza,
la confianza era bendecida por gotas de lluvia.

Una rama menos callada musitó al oído:
lo que no tuvo comienzo tampoco tiene fin.

En grandes círculos,
como los batallas en los libros de historia,
como las fechas en la memoria de los más viejos,
como las notas de cristal de ese pájaro
que canta a intervalos y aclara el día.


Mis ojos prestan más atención

Mis ojos prestan más atención a los detalles,
mis oídos no se cansan de escuchar,
alertados por las cuatro estaciones.

No es que quiera apropiarme de lo que no es mío,
pero esta hora, también nacida para mí,
sucede afuera, en la lluvia y en el camino.

Hay otra luz que no sabría conjugar sin su ayuda
y que se vuelca invencible sobre las cosas.
Nuevos dioses proyectan sueños más prolongados.

Necesitaría otra vida y no sería suficiente.
El escarabajo y la oruga tienen mayor oportunidad
de dibujar travesías sobre la mesa.

Yo quisiera estar a su lado orquestándolo todo,
con la confianza del que bebió su pócima
y escucha el mandato de comenzar de nuevo.

Cuando esta hora y el telón de agua dormida
amenacen con quitarme el mundo y mis ojos con él.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La historia de un poema de Jorge Córdoba



por Jorge Córdoba*
(Especial para El Desaguadero)


El francés sobreviviente de la Segunda Guerra cabalgaba junto a mi padre en la pampa húmeda y las municiones de la Bersa de mi viejo deshacían la carne tibia de las liebres escurridizas. Al amanecer, sus cadáveres colgaban de las patas en un tapiz de despojo y poder que perforaba el horizonte. «Tinta roja en el gris del ayer…», llenaba el atardecer del campo la voz del Polaco junto a los pinos y la leche con cascarilla de cacao. Las noches de luna esperaban la luz mala mientras que mi vista se fijaba en las osamentas de los animales. En las otras noches, esas de ceguera extensa y permanente, distinguían la nada del otro lado de la ventana. Mi vista se fijaba en el pabilo incandescente de la vela sobre la mesa de luz que guardaba aquel catecismo de forro celeste con caballitos: «Rezá que se van todos los miedos», repetía noche a noche mi madre. Tiempos en los cuales la realidad es una construcción de la inocencia. Mi cabeza de niño se sustrae a la significación: tiempos en el que nace mi poesía.

Cuando era niño pasaba largas horas oyendo el zumbido del viento que limpiaba las sombras en los pinos. Mi vista se acostumbró a la lejanía, a lo imperceptible. A clasificar los sentimientos desde un mundo descentrado, en una realidad paralela y asmática. Mi poesía es el conjunto de retratos que arman el todo; la totalidad que me satisfizo en mi niñez. Mi poesía, manifestaciones escritas llamadas presuntuosamente poemas, son huellas que he pisado pero que no conozco.

En el rezo constante de aquella luz de la vela intento, persistente y balbuceante un escrito. ¿Cuál es la historia de mi poema? No la hay, nunca la hubo. Soy aquel niño que pierde la mirada en la oscuridad y se place del enorme silencio. Al escribir recobro el acontecimiento inasible de la belleza. Ese ser ahí de la insondable tristeza o de la alegría recuperada. La luz incandescente de la piedad en el alma.

 ***

Presunciones finales que no lo son y la buena fortuna de
poseer juicio, sanos poemas y sentidos castigos

nunca hubo misterio
                          dung and death
                          como diría eliot

el saber fue menos
que lo confines
de la vergüenza

las revelaciones
son otra frivolidad
de poetas creyentes

              alfabéticos cardos rusos
              rodando a través del poema

ese mismo que no sabe de juicios
sólo es la variación
más aceptada
                      de la antropofagia


en Poesía grave  que intenta ser festiva (Libros deTierra Firme, 2007) 

*Jorge Córdoba (1965), poeta, narrador y editor.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Un paisaje nuevo para la poesía argentina



por Leandro Calle
Especial para El Desaguadero

Todavía lo recuerdo. El poeta se levantó de su asiento y bajó la rampa hacia el escenario en donde tenía que leer. Fue en ese momento en el que trastabilló y el cúmulo de libros que llevaba en sus manos cayó por el piso. Él bajaba y yo creo que subía por esa rampa. Había unos cuantos minutos de descanso antes de que comenzara la nueva ronda de lecturas. Fue ahí donde Hernán Schillagi, me entregó un primer ejemplar de Ciencia ficción (Libros de Piedra Infinita, 2014). Le ayudé a levantar algunos libros y papeles, él bajó y yo subí por esa rampa-escalera. Me crucé con otro poeta amigo que me dijo, apenas vio el libro de Hernán en mis manos: «es el mejor libro de Hernán». Fue como si me dijeran un secreto. Y lo primero que uno hace con un secreto es contarlo, así que eso intentaré hacer aquí.

Llegado a mi casa recuerdo haber leído de un tirón varios libros que me había traído de Mendoza. Pero mi cabeza estaba embotada, cansada y leí con esa lectura veloz e irresponsable que a veces nos sucede. Entre esas lecturas estuvo Ciencia ficción. Al cabo de dos días, retomé, como jugando, el libro entre mis manos y descubrí que no había retenido absolutamente nada. Es más, me di cuenta de que había hecho una lectura en «piloto automático», una lectura mala. Así que me senté y lo leí con la convicción de que había allí un secreto a ser revelado. Leer es escuchar, así que me dispuse a escuchar y leí. ¿Cómo pude haber transitado estos paisajes del alma humana sin haberme dado cuenta? Porque es otro paisaje el que nos propone el poeta. Schillagi, es un paisaje completamente nuevo o al menos originalísimo en la poesía argentina. Tomar prestado al género de la ciencia ficción sus paisajes y sus palabras y hablar de lo que hablamos siempre los poetas.

El libro de Hernán es como un planeta nuevo por explorar. Nuevísimo. No encuentro analogías o referentes cercanos, entonces el libro (que hace rato me ha declarado la guerra) me anuncia que acabo de perder todas las batallas. Que no me gaste, que es inútil, que este es un nuevo planeta y que no busque más medidas para medir. Que me deje llevar. Que acepte el viaje. No hay medidas. Que navegue. Pero todavía no me rindo y le contesto con su mismo lenguaje: «sin embargo el peligro hace de la casa una nave / que vuela hermética por el espacio de mis recuerdos». Finalmente me doy un poco por vencido y acepto el viaje. Me llama la atención una palabra, la palabra «electricidad».

Los poemas de Ciencia ficción, tienen una electricidad de otro mundo, una electricidad sutil y potente al mismo tiempo. En el poema los canales de marte, Schillagi cierra diciendo: «…y de tu boca por si no lo sabías / comenzarán a salir palabras / como los golpes de un corazón / que se quedó latiendo en otro mundo». Se trata entonces de escuchar a ese corazón y ese corazón late en otros paisajes, paisajes fantásticos, novedosos, paisajes con máquinas, electricidad, civilizaciones y planetas. El latido es modificado por esta atmósfera distinta y entonces el sonido y la musicalidad del poema son distintos. El proceso que hace el poeta es exactamente al revés: para entender el hoy hay que servirse del futuro. No hay ayer en estos poemas o al menos el ayer está tamizado y escamoteado en el futuro. Es preciso avanzar al futuro para entender el presente: «estar despiertos quizá sea la mejor de las resistencias / luego de que las máquinas tomaron posesión / de la arena de tus recuerdos y el tiempo quedó suspendido / en un mundo que no te pertenece y no hay fruta / que calme la sed como tampoco un pájaro / que le regale sus colores al viento de la tarde…».
Hernán Schillagi (foto de Camila Toledo)

El poema al que pertenecen estos versos se llama fuera de la caverna y nos remite evidentemente a la alegoría del filósofo griego. Pero estamos afuera de la caverna en serio. Al menos yo me siento un astronauta solitario en la noche espacial. Solo frente al libro del poeta Hernán Schillagi que ha logrado decir con maestría un lenguaje nuevo para mí, una manera original de hacer hablar a la poesía. De todos los libros de poemas que he leído este año, siento que Ciencia ficción, es el único libro que me ha dejado perplejo. El único libro que verdaderamente me ha conmovido. Su belleza me ha encandilado y no puedo decir nada, porque nada hay que decir. Porque no se puede decir nada en la noche espacial de la belleza. Porque sigue siendo un libro que es necesario volver a leer y a explorar. O mejor, es necesario seguir escuchando sus latidos, esos que vienen de otro mundo a decirnos lo de siempre pero con una música distinta. La belleza es así, uno se asoma y: «has asomado tu curiosidad a la cerradura equivocada / pero tus ojos que esperaban una historia / de pesadillas y espejos negros comienzan a brillar / como si lo visto viniera del mejor de los futuros / y poco a poco y simultáneamente y atravesándose / las imágenes golpean tu retina tu rutina / y forman una aleación con el miedo / entonces la puerta es una nueva frontera / la línea de sal que cauteriza los prejuicios…».

La belleza como principio de lo terrible al decir de Rilke. Vuelvo a la imagen mencionada más arriba. El poeta trastabilla, y da por tierra con todos sus libros. Eso me sucedió cuando leí Ciencia ficción: se cayeron todos los libros posibles y quedé a la intemperie espacial aferrado solamente a estos 24 poemas sin saber si era posible regresar de la belleza.


* * *



Dos poemas de
Ciencia ficción
de Hernán Schillagi


la última espera



a veces cuando preguntaba
sobre esos puntos de luz
que aparecen sin orden con la noche y los grillos
a veces cuando mi voz temblaba oscura
bajo el cielo de noviembre
mi padre a veces sabía contarme
que los astros eran unas naves lejanas
que atravesaban los canales de la galaxia
para decirnos sin más que la espera tenía un fin
que no éramos los únicos luego del estallido primero
ese que nadie se atrevió a escuchar
miles de naves espaciales aproximándose
con esa lentitud que tiene el viento
para darle forma a las rocas

pero a veces cuando las preguntas
comenzaban a caer de mi boca de niño
como esas estrellas que portan un fugaz deseo
mi padre elegía cerrarse en el silencio
hasta hacerlo crecer entre las nubes
entonces el planeta suma de océanos y de tierra
se perdía para siempre en el barro de su soledad

*

conquista del secreto



ahora luego de haber posado
toda la especie humana sobre mis dos piernas
doy el primer paso a la conquista
y comienzo a suprimir con el índice
el nombre originario de las cosas

como en un remoto juego las letras
deben alzar cruces ante mis ojos
y las palabras forman un cementerio del futuro
donde una civilización elegirá resistir
desde el desierto negro de las piedras
desde la lengua rota de las espinas
desde la boca cerrada de las cuevas
resistir toda la invasión
con el último trago de agua en la garganta

porque la conquista solitaria del silencio
sin gritos de sangre ni cuerpos como trofeos
es como capturar un secreto que finalmente
resulta demasiado grande para nuestros oídos
 

domingo, 2 de noviembre de 2014

La historia de un poema de Mariela Laudecina






(Especial para El Desaguadero)


Mi amigo, el poeta Vicente Luy, (1961-2012) en el verano del 2010 trabajaba en mi casa el libro de poemas que en ese entonces no tenía título y luego se editó después de su muerte con el nombre de “Plan de operaciones”. Llegaba a casa por la tarde y nos sentábamos frente a la computadora y yo le tipeaba los poemas mientras él me los dictaba. A veces aparecía con una monjita alemana, que compraba en el almacén de Mario, un negocio del centro  donde venden delicatessen importadas o bien una coquita bien fría y dos paquetes de cigarrillos.

Uno de esos días, haciendo un descanso, nos sentamos en la puerta de casa, que daba a un pasillo y me pidió si podía tomar un poco de vino que había visto arriba de un estante en la cocina. Le serví un vaso. Se prendió un pucho y charlábamos sobre las mujeres a quienes había querido seducir sin tener ningún éxito y me dijo que la ropa que tenía no lo favorecía, y que quizá ese era uno de los puntos en contra. Yo le dije que para su cumpleaños, en mayo, había pensado regalarle una camisa pero no me había alcanzado la plata. Y él me pidió que le regalara medias, pero medias suavecitas, muy suavecitas. Y lo dijo como si estuviera leyendo uno de sus poemas. O al menos así me pareció. 

Vicente tenía una forma de hablar algo pausada, su voz era suave y melodiosa y esas características se potenciaban en sus lecturas. Antes de alguna presentación, ensayaba en voz alta. En una oportunidad en que me pidió que yo leyera sus poemas (porque a causa de tomar veneno para ratas, tenía afectado el habla y salivaba demasiado), me exigía que le leyera una y otra vez para que él me indicara cuál era el tono y la intención que debía tener ese poema. Apenas terminó de decir “suavecitas”, largué una carcajada y le dije que esta situación y lo que él acababa de decir era un poema y que lo iba a escribir. Y entonces me animó a que lo escribiera ahí mismo. A mano o en la compu, pero que lo escribiera en ese mismo momento, tal cual había sucedido. Y mientras lo escribía, iba dejando  afuera algunos detalles, como mi deseo de comprarle la camisa y me exhortó: no, no omitas nada. Y así fue que nació este poema express como llamaba Luy a su forma de hacer poesía.


***



Sentados en el pasillo
con el sol de frente
Vicente fuma y bebe vino
Yo estoy risueña
Le digo que quería regalarle una camisa
pero no me alcanzó la plata
Como si leyera uno de sus poemas, me dice:
-Regalame medias, un par de medias suavecitas; muy suavecitas.


Del libro Tomo las decisiones con los pies – 2011. Llantodemudo Ediciones.