
Le pedimos a Paula que hiciera una recorrida por el centro mendocino y buscara libros de poesía de autores locales y nacionales sin morir en el intento. Aquí va su crónica tanguera.
«La poesía trae en su ADN la marginalidad»
Hernán Schillagi
Ser marginal es estar fuera de las normas sociales, glosa el diccionario con su dedo índice rector. En las librerías del microcentro mendocino la poesía nacional y local se atiene a rajatabla a esta definición y la extiende holgadamente: si la consigna es «estar afuera», los poemarios de nuestra literatura están fuera de las primeras estanterías, fuera de los mesones de entrada, fuera de la iluminación, fuera de la limpieza a conciencia, fuera del alcance de la mano –si con eso se entiende no arrodillarse o estirarse como contorsionista de circo ruso- y, fundamentalmente, fuera de cualquier tipo de orden que facilite su búsqueda.
Ésta es una reflexión lúgubre. No acostumbro a hacerlas. Por lo general, salgo a la calle a indagar con un candoroso optimismo esperando encontrar experiencias que añadan diversidad a mis crónicas. En este caso, hallé poco, me indigné bastante y traté de sonreír con algunas «ironías» de nuestro mezquino mercado local. Mi metodología de investigación era sencilla, solo dos preguntas a los vendedores de turno: «¿qué me podés mostrar de poesía local?, ¿y de nacional?». Nunca pensé que esta simpleza interrogatoria suscitaría tanta incomodidad.
Empecemos nuestro recorrido por la librería García Santos (San Martín 912 – Ciudad). Aquí encontré mucho material aunque disperso y poco ordenado. Lo primero que me ofreció el vendedor fue Armando Tejada Gómez (Ahí va Lucas Romero y Antología de Juan de Torres Agüero Editor). Acto seguido y sin que yo hubiera emitido sonido, me dijo que no había nada de Alfredo Bufano, Américo Cali y Ángel Bustelo. Le respondí que por el momento no tenía interés en comprar obras de e
Dejé a nuestro vendedor cavilando y di un vistazo a las estanterías de poesía para encontrar gratas sorpresas: La colección La mesita de luz de Editorial Diógenes, fundamental para comprender el trabajo poético de los 90, se hallaba casi en su totalidad (Postal en movimiento de Carlos Vallejo, Letanía Beat de Luis Ábrego, Los peligros del agua bendita de Rubén Valle, Hotel Alejamiento de Fernando G. Toledo, entre otros). De Ediciones Culturales de Mendoza había menos material y los poemarios Mapas de Adelina Lo Bue y Secuencia del caos del mismo Toledo debían convivir en extraña vecindad con Sabores de la antigua cocina cuyana. Frente a esta estantería sorprendía la calidad de los ejemplares de la editorial porteña El mono armado. Dirigida por el poeta Marcos Silber y su hijo Ramiro, se propone publicar no solo obras de autores de Buenos Aires sino también del resto del país. Quien se acerque a este rincón de la librería encontrará, más allá de un arco iris de lomos coloridos, los poemas del mendocino Carlos Levy (Viejo hotel), la puntana Susana Baigorria (Poemas para decir la luz), el salteño Leopoldo Castilla (Bambú), entre varios más. La Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras estaba presente en unas viejas antologías –con estudios preliminares incluidos- de Vicente Nacarato y Alfonso Sola González. «No te vayas sin ver esto», me dijo el vendedor mostrándome una alta pila de libros de gran formato. Allí estaba mirándome desde las alturas Solo tu nombre de trigo verde de Luis Ricardo Casnati, obra subsidiada por el Gobierno de Mendoza en 2008 y publicada por Zeta editores. El ambicioso poemario iba a recibirme desde pilas semejantes en todas las librerías que visité ocupando, como única excepción a lo que afirmé al comienzo, un lugar central en los negocios recorridos.
Y llegué a la cadena, al limpio e impersonal eslabón céntrico de Yenny (San
Pasé por Rayuela recordando que en muchas ocasiones encontré entre sus anaqueles textos que no había hallado en ningún otro lado. Éste no fue el caso. De poesía local tenían los poemarios de Tejada Gómez y Casnati ya vistos y como novedad me enseñaron Los desangelados de Martín Echeverría (Por la huel
Concluí mi viaje de tres cuadras en Mendoza Libros (San Juan y Garibaldi). Me volvieron a ofrecer el libro de Casnati y un material desconocido hasta el momento: Poemas para regalarle a su amor de Jorge Sosa (Ediciones Infinito) acompañado por un CD. «¿Se vende?», pregunté, «sí, muy bien», fue la respuesta feliz.
De lo visto y escuchado, pude extraer algunas conclusiones y unas cuantas preguntas:
-El canon escolar pide obras que no edita el mercado (¿los docentes deberían reformularse los textos que solicitan a sus alumnos?, ¿es correcto que pidan “los clásicos” ya que los nuevos autores no han sido lo suficientemente estudiados?).
-El público desconoce la obra de los nuevos poetas (¿deberían tener más difusión en los medios?, ¿el apoyo del estado debería ser mayor?, ¿qué estrategias sería conveniente que implementaran los autores para llegar a más gente fuera del círculo de poetas, periodistas y conocidos?).
-Una obra no vende más ejemplares aun ocupando los lugares centrales de la librería si su autor no es lo suficientemente conocido.
-Un personaje multifacético como Jorge Sosa (escritor, periodista y humorista), muy popular en la provincia, no solo puede vender «muy bien» poemarios, sino también cancioneros infantiles, recopilaciones de monólogos, libros de relatos y hasta recetas de cocina si se propusiera escribirlas.
Conclusiones generales, infinidad de preguntas, pero el gran interrogante que se desprende de estas visitas es el siguiente: ¿las librerías son los canales más propicios para que la poesía encuentre sus lectores? Sin duda, son los más «lógicos». Pero, ya lo sabemos, este género subvierte cualquier lógica, la desafía, «es marginal hasta el hueso» y, quizás, en la circulación de mano en mano, en la recomendación de un amigo entusiasta, en la emoción suscitada por la lectura de un recital, la poesía halla puentes más legítimos para dar con aquel público que no sabía cuánto la necesitaba.













