miércoles, 24 de septiembre de 2014

Entrevista a Hernán Schillagi


«Con Ciencia ficción exploré zonas poco transitadas por la poesía»




por Paula Seufferheld

Hernán Schillagi (San Martín, Mendoza, 1976) es artífice de una obra poética que no deja de sorprendernos desde su primer poemario Mundo ventana (2002) por sus continuos cambios temáticos y estilísticos o como él los llama «golpes de timón». Desde la sencillez de los poemas primeros, influidos por la brevedad y contundencia filosófica de la poesía oriental, pasando por Pájaros de tierra (2007) donde sobrevuela lo cotidiano con un acento nostálgico, íntimo, muchas veces autobiográfico hasta llegar a Primera persona (2008, ganador del Gran Premio Vendimia de Poesía) que marca una etapa de madurez en su escritura. En esta obra plantea un proyecto conceptual donde los poemas son piezas de un rompecabezas donde un yo lírico febril pretende armarlo valiéndose solo de la ayuda de su memoria. Para quienes hemos transitado este caleidoscopio de versos, no nos sorprende la aparición de Ciencia ficción (2014). El género elegido propone tomar conciencia de los límites, pero entendiendo que son solo eso, barreras y como tales pueden ser rotas, traspasadas, vulneradas incluso en sus núcleos más duros. De nuevo el poeta, como en cada uno de sus trabajos, camina por la frontera y nos invita a cruzar con él a un mundo nuevo, igual a sí mismo y distinto de todos.

Todos los libros tienen su tiempo de decantación. Ciencia ficción se gestó entre 2006 y 2010. Como nos dijo su autor, fiel a los tópicos del género que eligió: «no hay máquina del tiempo ni acelerador de partículas que apure el proceso». Así, entre los intersticios en blanco de un tiempo lleno de responsabilidades laborales y familiares, fue dando forma a una obra originalísima en el panorama de la poesía argentina. El plan de escritura no era sencillo: tomar algunos motivos sci fi para luego desandar un camino inverso donde los ambientes de la ciencia ficción funcionaran como disparador y fondo de un microrrelato que abriera una grieta a lo cotidiano y tuviera el ritmo propio de los versos de amplio período. ¿Se cumple este plan en las expectativas del lector? El poeta mendocino Rubén Valle que escribió la contratapa del libro está totalmente seguro cuando afirma sobre el poeta: «alinea versos como si de planetas se tratara y los hace brillar en una noche atemporal».


 -En el texto «Antes de la travesía» que oficia de prólogo de tu poemario, afirmás que la ciencia ficción propone explorar todas las posibilidades del género humano como un sueño con los ojos abiertos. ¿Qué te llevó a recorrer esas posibilidades que parecen tan íntimas e insondables desde el extrañamiento espacio-temporal?, ¿es posible auscultar el corazón de un hombre desde la lejanía de una estrella?


-Creo que lo primero que me llevó a explorar zonas poco transitadas por la poesía fue la necesidad de dar un golpe de timón a lo que venía escribiendo. Es decir, la enorme poesía que se desprende de las obras narrativas de ciencia ficción (ya sean novelas, cuentos o historietas) me hizo pensar que bien podría escribir poemas en verso que tomaran algunos motivos sci fi (los viajes interplanetarios, la vida artificial, el efecto mariposa, por caso), para luego hacer el camino de regreso de este modo: los ambientes de la ciencia ficción como disparador y fondo, la potencia feroz de un microrrelato en el centro, más el ritmo propio de unos versos de amplio período. El resultado, por supuesto, lo deben evaluar los lectores; sin embargo no tardé en comprender que la conciencia de los límites es lo que nos hace avanzar, querer traspasarlos intempestivamente. Así, este género tan lateral en sus comienzos es el que más ha explotado esta pulsión humana. Es por eso que el «auscultamiento» del corazón y sus oscuridades solo es revelador en el justo momento en que decide atravesar una frontera prohibida o imposible.


 -Hay un hilo transparente que une el primer poema «cuando llama la puerta» y el último «la travesía» o quizás sea una sonda que orbita alrededor de los dos para decirle al lector que aunque la curiosidad lo lleve a mirar por una cerradura equivocada vale la pena abrir la puerta –todo el libro supone esa acción-, abrazarse a lo desconocido y dejar que dos corazones comiencen a unirse. ¿Cuánto pesa el tópico amoroso en Ciencia ficción?


-Hay algo que me propuse desde muy joven y fue no escribir nunca poemas de amor, por pudor y piedad con los lectores, o al menos evitar textos que hicieran recordar infectamente a los de Neruda o Benedetti (no es necesario precisar cuáles). Prejuicios que le llaman, es cierto. Sin embargo, uno se define más por lo que esquiva que por lo que elige en poesía. Así y todo, este libro ya me encontró transitando la treintena y, justamente, uno de mis límites era el tópico amoroso. Entonces pensé en las barbaridades –para bien y para mal- que la especie humana ha hecho en nombre del amor y, más modestamente, en cómo nos corre de nuestro eje para dejarnos en la más completa intemperie (La intemperie es uno de los posibles nombres que barajé para este este libro). De un modo enrevesado, pero libre de prevenciones, encaré algunos poemas como los que nombrás desde el amor, como un viaje a lo desconocido, como un miedo a enfrentar.


-Al releer tu obra queda claro que has tratado de no repetirte en tópicos, de experimentar con distintos recursos y voces. Cada poemario goza de total autonomía y puede analizarse como un todo sin reconocer antecedentes, ¿por qué cuando comenzás un libro preferís el riesgo de lo nuevo a la profundización de temas y tonos tan frecuente en otros poetas?


-Sin caer en la petulancia, la idea siempre fue esa, cambiar radicalmente como un Fernando Pessoa que prescinde de los heterónimos y da tercamente el mismo nombre a cada uno de sus libros. Todos los artistas que respeto han dinamitado lo creado cuando ya les resulta cómodo: la variedad barroca que le dicen. Allí los Beatles, Piazzola, Charly García o Gustavo Cerati en la música; como también Oliverio Girondo, Borges (aunque no parezca), alguna etapa de Gelman, Alejandra Pizarnik, Mirta Rosenberg o Jorge Aulicino, en la poesía. Mudar de formas, saltar de género en género, contaminarse de tramas híbridas para luego volver al poema transido por el más lenguaraz de los idiomas. Esto no quita que admire a poetas como Juarroz o Giannuzzi que mantuvieron una línea estética en sus obras y tomaron riesgos desde otro lugar. Es el desafío de mantener una voz, un decir, pero en ámbitos hostiles lo que me hace que avance por caminos diferentes. Eso sí, siempre aprendo de las diferentes experiencias. Sé que no podría haber intentado profundizar en el poema narrativo en este libro, sin antes no haber ensayado en el poema en prosa o en el cuento breve.


-Escribir poesía puede ser  vía para transmitir una idea pero también vehículo para compartir un sentimiento, ¿cómo mantenés  en tu obra el equilibrio entre el tono intelectual y el sentimental?


-La imagen es la siguiente: la del trapecista que avanza sin red por la soga. Sabe que dar un paso atrás es solo para confirmar el avance. Así el equilibrio se mantiene en medio de titubeos y cargas inexactas, sin embargo la meta es clara: no caerse para llegar. Es decir, siempre voy detrás de una idea, ya que no escribo una sola palabra sin antes tenerla medianamente clara. A veces se confirma en la escritura, o se modifica parcialmente porque una metáfora (por decir un recurso) cobró más fuerza que las demás. El azar siempre tiene un lugar en la poesía (un azar muy programado en mi caso). Demás está decir que los sentimientos juegan su papel, aunque es tan denodada la lucha racional con el lenguaje que toda mi atención está puesta en la construcción del poema. Eso sí, la pasión es la misma siempre.


-¿Cuáles son tus prácticas de escritura poética?, ¿han ido mutando con los años desde tu primer poemario?


-Es inevitable el cambio de prácticas, ya que el mundo ha cambiado. Quiero decir que, hace más de 20 años, escribía en cuadernos o papeles sueltos con una lapicera. Con el tiempo, tipeaba los poemas en una Olivetti y corregía in situ. Esa era una manera de fijar en molde la escritura. Después, con los procesadores de texto de las computadoras de escritorio cambió todo y me volví anfibio: redactaba en papel y lo terminaba en el Word. Hasta que un día prendí la 486 y tecleé el primer verso. A partir de ese momento, la escritura a mano se volvió más esporádica o solo para tomar apuntes en libretas furtivas que se me viven extraviando. Al contrario de lo que se piensa entre los poetas, necesito de cierta presión para escribir y también de algo de metodología. Siempre estoy entre los horarios de salida de la escuela de mi hija o apremiado por el trabajo docente y, como no creo en la inspiración, provoco situaciones. Las netbooks han venido a solucionar algunos problemas de logística, ya que no hay que ir al escritorio para escribir; sino que tomando mate en la cocina, o friendo las milanesas, uno puede ir picoteando el teclado. En cuanto a Ciencia ficción tuve que trazar un plan para no ser reiterativo en los motivos del género, como también poder ser justamente «equilibrado» con respecto a las referencias literarias. No quería abrumar al lector. Sabía que no podía ser un libro de muchos poemas y que lo cotidiano de algún modo tenía que estar presente. Tardé cuatro años en escribirlos, de 2006 a 2010 y otros cuatro en corregirlo, ordenar la secuencia de textos, considerar títulos alternativos y notas aclaratorias. No hay máquina del tiempo ni acelerador de partículas que apure el proceso.


-Junto a tu obra poética, muchos hemos tenido el placer de leer tu novela por entregas De los portones al Arco que publicaste en formato digital en tu blog Ciudadeseo entre 2010 y 2013, ¿cómo conviven en vos el poeta y el narrador?,  ¿cada uno tiene su cuarto propio o comparten escritorio y papeles?


-Algo dije en una de las preguntas anteriores: transitar distintos géneros y temáticas no es gratuito para un autor. Cuando regreso al poema, no puedo desprenderme del todo de la ensayística y mucho menos de lo ficcional. Eso sí, al escribir esa novela tenía muy claro que no quería ser poético. Cuánto nos hemos aburrido con algunas novelas líricas, de largas descripciones oníricas y argumentos vagos que se diluyen de un soplido. De los Portones al Arco es una especie de road fiction y la acción me tiraba para delante de una manera casi bestial. Aunque el modo de escritura sí fue el mismo de la poesía (no hay caso, así me formé), ya que no podía dejar de fijarme en la musicalidad de las frases, o la contundencia estética de los remates de cada capítulo. Como también, la corrección obsesiva de cada oración, de cada párrafo.


-Considero que la lectura no solo es lo que ofrece un texto escrito, sino también todo aquello que el sujeto puede «leer» de  otras experiencias culturales como el cine, la música, la plástica, entre otras. ¿Qué lecturas, entendiéndolas en este sentido amplio, han influido en tu obra poética desde sus comienzos?


-La pregunta no por interesante, no deja de ser inabarcable. Ya algo dije de la historieta y la música. Muchos empezamos a leer tiras cómicas y a escuchar rock antes que libros en la infancia. Pero como estamos hablando de este último libro, la lectura de El Eternauta ya te cambia la mirada para siempre y recuerdo, además, las series animadas como Robotech o El Justiciero. También las series y las películas de ciencia ficción fueron fundantes en la primera adolescencia. Principalmente, las distintas secuelas de Viaje a las estrellas, de Gene Roddenberry me acercaron a la cosmovisión inquietante de la ciencia ficción humanística. Al mismo tiempo iba descubriendo las novelas de anticipación de Julio Verne o El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle. Después vinieron Bradbury, Stevenson, Mary Shelley, Wells y otros tantos. Aunque lo aclaro en el prólogo, no soy un fanático de la ciencia ficción, sino que me entusiasma mucho más la lírica poderosa que la atraviesa.


-Como editor y periodista cultural tenés permanente contacto con el quehacer poético de distintas regiones del país, ¿qué comparación podés establecer entre estas producciones poéticas y la que se gesta en nuestra provincia?


-Hace unos meses publiqué un ensayo que se llamaba «La isla de la poesía», donde proponía a Mendoza como una zona poética de paso, es decir, donde la poesía se ha destacado de manera intermitente a lo largo de los últimos cien años. Así, esta «ínsula» se ha sumergido o ha emergido en vaivenes tan intensos como desparejos (la generación del ’25, el Nuevo Cancionero Cuyano, la poesía de los ’90). En la actualidad soy muy optimista con la variedad y la cantidad de producción, las distintas movidas de edición autogestiva y también las performances agitadas por los mismos poetas. Además, tengo que decirlo, hay mucha mezquindad, pereza y miopía en la crítica literaria. Nos mandan libros de todo el país para que los reseñemos en El Desaguadero y casi ninguno de la provincia. Todo un síntoma. Pero sé que esto pasa en todos lados. Esta primera quincena del siglo nos encuentra, en cuanto a estilos y calidad, en un lugar interesante y bastante parejo con respecto a otros lugares centrales como Rosario, Córdoba y Buenos Aires. Quiero decirlo con las palabras precisas: no atrasamos tanto como en otras épocas. Ya la mayoría aprendimos que la poesía descriptiva, laudatoria de la tierra y sus frutos, el octosílabo asonante, la anáfora boba en todo el poema, el corte de verso cuando se termina la idea, la ironía per se  o el erotismo a lo Adrian Lyne no van más. Como también es una realidad que mucho de lo que se publica hoy es una fotocopia gastada de una Xerox maltrecha de los ’90: sin musicalidad ni ideas propias. El agujero del mate de la poesía border ya lo inventaron otros. Nos falta muchísimo, también, para que la poesía producida aquí se haga conocer en el resto del país, que haya presencia de mendocinos en todos los festivales y que empecemos a publicar constantemente en editoriales importantes especializadas en el género (como Gog y Magog, Alción, Bajo La Luna, El Mono Armado o Del Dock). Existen casos honrosos, pero no es lo habitual. Así y todo, la isla está tendiendo puentes que pueden permanecer en el tiempo y conectarnos con más intensidad que nunca.


-En el poema «el contador de estrellas» el yo lírico le habla a un personaje que recorre la oscuridad sin esperanza pero de algún modo lo tranquiliza diciéndole que los deseos encienden luces en el abismo. También es el deseo el que pone palabras en el abismo de la página en blanco de un escritor, ¿en qué “proyecto-deseo” estás trabajando ahora?


-El deseo es lo que moviliza absolutamente todo. Por eso no hay deseo verdadero que pueda ser reprimido. Los proyectos, entonces, tarde o temprano se van concretando, como el de salir a defender este libro Ciencia ficción de un modo diferente: performances en cuanto bar o feria me abra las puertas, en lugar de una presentación convencional; cruzándolo también con el cine o la música y con la voz de otros poetas. Al mismo tiempo, estoy terminando de escribir los poemas de un nuevo libro llamado Lengua padre, donde lo cotidiano se hace presente para reflexionar sobre la figura paterna, la herencia de una voz oscura y apenas trascendente. Si la lengua materna es la primera, tal vez la poesía venga a ser la última. En fin, como decía Viel Temperley: «voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo».

***

Tres poemas de Ciencia ficción,
de Hernán Schillagi 




cuando llama la puerta



has asomado tu curiosidad a la cerradura equivocada
pero tus ojos que esperaban una historia
de pesadillas y espejos negros comienzan a brillar
como si lo visto viniera del mejor de los futuros
y poco a poco y simultáneamente y atravesándose
las imágenes golpean tu retina tu rutina
y forman una aleación con el miedo
entonces la puerta es una nueva frontera
la línea de sal que cauteriza los prejuicios

tu cuerpo por tanto es una región a explorar
una nebulosa carne que se revuelve
tu cuerpo avanza sin sombra
tu cuerpo ya ves se enciende como un sacrificio
por cada paso que das en la piedra
«no hay dolor en el riesgo» te escucho decir
y tiendo mis manos hacia otra dimensión
pero lo que toco es un reflejo
el humo de tu fuego clandestino

acaso tu cuerpo sea también un mecanismo
que fabrica fantasmas de este lado de la puerta
para regresarme al olvido

*


mary shelley no dice



es cierto hay algo que se filtra por instinto
cuando has decidido sujetar entre los dientes
un secreto es cierto ya que en la boca
se dibujan unas arrugas como de flor marchita
donde la savia detenida se acumula
hasta hacer estallar todas las dudas
pero para adentro

un golpe sordo que hace eco en la cueva
viene a revelar la tinta seca sobre el papel
que igual siempre mancha
y no hay sangre que controle la electricidad
y no hay barro que dé forma a los pensamientos
sin embargo es cierto algo se filtra
como un soplo rastrero que hace abrir los ojos
al monstruo de los deseos
criatura sin dios ni vientre en la memoria
que cuando quiera entregar su llanto de mortal
el hilo de la vergüenza le comerá los labios

*


luces extrañas


¿Qué es lo que hace
que una vida funcione y avance?

Fabián Casas


posiblemente no exista un camino cierto
que me conduzca hacia la imagen soñada
de lo que debería ser y no ser mi paso
callado fugaz y sin marca por esta roca azul
que gira fría en el infinito

pero sin vacilar tomo la ruta solitaria
atrás he dejado el humo geométrico de una ciudad
atrás también quedan las ventanas iluminadas
como cruces de fuego con pequeños epitafios
atrás sí bien atrás aúlla el lobo metálico del tren
de nuestra historia interrumpida

y avanzo con el gesto de los trapecistas
observo la línea latente con el corazón como un satélite
que hace subir la marea de mi condena
estiro mis brazos hacia el volante para lograr equilibrio
entonces la velocidad se lleva los recuerdos
y son migas de pan que arrojo a los pájaros del pasado
que amenazan con su vuelo de luto

«voy hacia un encuentro» me digo y la voz
retumba en la oscura cabina del auto
para que unas palabras regresen sin orden a mis oídos
que repiten «todos deseamos que nos olviden
para así nacer de nuevo»

es por eso posiblemente que no me asombre
al ver las luces extrañas que vendrán a buscarme
es por eso que me dejaré llevar a otro planeta
donde seguro mis pasos irán tras tu ciudad tu ventana
tu epitafio para comprobar si has resuelto
nacer conmigo otra vez
    

jueves, 11 de septiembre de 2014

La belleza atrapada en un zoológico de versos

La tarde del elefante y otros
poemas. 
Autor: Luis Benítez.
Sello: Buenos
Aires Poetry.
Buenos Aires, 2014.

por Fernando G. Toledo

«Los hombres crearon a los dioses a imagen y semejanza de los animales» escribe el español Gustavo Bueno para resumir su filosofía de la religión en una paráfrasis de Feuerbach.

La relación con los animales, la fascinación que en los «animales escribientes» ejercen y la invitación que provocan a reflexionar y poetizar se convierten en los epicentros de La tarde del elefante y otros poemas, el libro de ese gran poeta argentino que es Luis Benítez y que aparece por primera vez en nuestro país, luego de publicarse en Venezuela, en México y en una traducción italiana. La edición incluye un prólogo del poeta y editor inglés Neil Leadbeater.

Un poco a la manera de otros grandes poetas que han puesto a los animales en el centro de sus versos (Ted Hughes, Ángel Padilla, Olga Orozco, Teresa Arijón), Benítez los toma también para casi todos los textos de este libro, pero no necesariamente para describirlos o dialogar con ellos.

En todo caso, el autor de Fractal encuentra en un sapo, en un salmón o en el elefante del título más bien el camino y no el objetivo de sus poemas. Así, la imagen de una garza que hipnotiza con su belleza en el Jardín Japonés le permite descubrir que hay una sorpresa sangrienta a punto de estallar. En otro poema, al tiempo, el cadáver de un gato en el asfalto le resulta un residuo más de la muerte cotidiana.

Lejos de la escualidez de algunas corrientes poéticas en boga, Benítez escribe versos anchos y evade los poemas breves (con la probable excepción de un soneto y un texto final que es como un latigazo). Y esto obedece –nos lo dicen sus textos–, a diversas razones, pero puntualmente a dos: el poema debe tener un núcleo reflexivo; el poema debe tener un fondo rítmico y armónico.

Por eso, Benítez ofrece en sus versos ideas profundas y reveladoras que se despliegan con la misma belleza de una seda gigantesca que se descorre para mostrar verdades de esas que no siempre nos animamos a ver, quizá porque «una definitiva maldad camina entre las cosas».

En la línea cerebral de otro gran poeta como Joaquín O. Giannuzzi, sus textos están destinados a contar y a cantar a la vez. Pero si en aquel los poemas tenían la belleza y concisión de un Lied, en Benítez tienen la amplitud y cadencia de un cuarteto de cuerdas.

Admirado, traducido y publicado en diversos países y lengua, Benítez es un poeta al que los lectores argentinos le deben mayor atención. Quizá La tarde del elefante... sea la excusa perfecta para descubrir a un autor fundamental.

Luis Benítez participó en 2013 del Festival
Internacional de Poesía de Mendoza
(foto: Camila Toledo).



Dos poemas de La tarde del elefante
de Luis Benítez

Una garza en Buenos Aires

Algún pincel trazó una rápida letra S
delgada y blanca
sobre el agua castaña y allí estaba
de improviso la garza,
los turistas no la vieron
y ella sí vio todo y a todos, rápida
e inmóvil sobre el milagro del agua.
Un espejo en medio de la ciudad
negligente, pintado de transparente,
un ojal abierto que abrochó en un solo momento
toda la ropa vestida por el invierno.
Ella seguía en la orilla fatal de su propio Amazonas,
la pata desdeñosa replegada contra el cuerpo,
en un decir mi equilibrio está hecho
de una perenne silueta
y de una manera perenne que no los reconoce.
Era un arpón paciente atento sólo al cálculo
entre el berrido juguetón de los patos domésticos,
solamente ella precisa como una diminuta guadaña
en el Jardín Japonés que afable exponía sus gracias,
con esa serenidad oriental que nada sabe
de los bruscos asesinatos de una garza con hambre.
Todos se fueron pero de modo igual yo no vi nada:
faltó un segundo entre las cosas, creí;
un instante en el instante siguiente
fue sanguinariamente salteado,
pero cuando la garza voló
otra vida que la suya en el estanque faltaba.


La tarde del elefante

A mi amigo, el poeta Nicholas Stix, 
en donde sea que esté.

¿recuerdas, nick, la tarde del elefante?
tú estabas abrumado por el enésimo rechazo
que esa mujer casada madre ya de cuatro hijos
te había propinado por teléfono
lo único que te daba desde hacía
entonces once años
al menos
cuando era soltera te lo decía en la cara
y estabas irritado de veras enojado
porque llegué una hora tarde
y te dejé solo en la enorme nueva york
por otra hora más entregado a ti mismo
ni mi taxi ni mis disculpas calmaron
tu rabia anglosajona
decias sólo se está solo en las grandes ciudades
¿te acuerdas, nickie, de la tarde del elefante?
muchas lluvias y nieves y pisadas
de zapatos italianos y de zapatos deportivos
pasaron por esa esquina del village
pero ella no ha olvidado todavía la tarde del elefante
tú me sermoneabas en tu álgido inglés
sin darte cuenta de que yo también estaba derrumbado

y entonces esa enorme sombra

hablabas del tedio de las ciudades
del aburrimiento amarillo que se pone
al oeste del puente de tu brooklin
y de las mujeres jóvenes que cruzan solas
y en ómnibus los laberintos sedosos de central park
rumbo a esos cuartos donde la calefacción les falla

y entonces esas pisadas majestuosas

hablabas de que no te habían incluido en esa antología
y decías que el marido de ella era calvo
seseoso y que dibujaba historietas
el tonto de los cómics repetías
el tonto de los tebeos repetías
mientras la gente
siempre está alerta la gente
dejaba corriendo la acera
tumbaba las sillas
y olvidaba a los niños en su loca carrera
decías que la rutina es una vieja ciega
que mendiga monedas por bond street y por harlem
y que cada persona la recibe en su casa

entonces ese gordo la mole
se quedó parado cerca de nuestra mesa
en la esquina desierta mientras el cajero
temblando llamaba a la policía

cinco mil kilogramos de pacífica selva
aplastando el asfalto una inmensa epifanía gris
de cuatro metros de alto y esa trompa curiosa
con un dedo en la punta
que probaba las frutas de las mesas caídas
y revoleaba jugando los manteles manchados

aplastó en su huida de algún circo o del zoo
a esa vieja mendiga que a la gente oprimida
acongoja en su casa
nos miraba sin miedo como todas las cosas
que sonriendo repiten soy amigo del hombre

jueves, 28 de agosto de 2014

Señales de un humo personal




Humo. Antología personal, Irene Gruss. Ediciones La Palma, Colección: eme,

Madrid, 2014.





El arco que Irene Gruss (Buenos Aires, 1950) tensa con su poesía, entre 1982 y 2012, deja como resultado un repaso tan íntimo como intenso por cada uno de sus diez libros publicados. Así, la editorial Ruinas Circulares editó en 2013 Humo -Antología personal- y allí su autora dio cuenta de una selección reflexiva de poemas y exploró afilada -machete en mano- por libros como La luz en la ventana, el primero, hasta llegar a Notas para una tanza. Pero este año, la editorial española La Palma toma esta recopilación con el añadido siempre prometedor de algunos poemas inéditos.

Humo integra la auspiciante colección de poesía y ensayo «Eme: Escritura de Mujeres en Español» que edita a autoras insignes como María Negroni, Julia Otxoa, María Antonia Ortega y la misma Gruss. El propósito de la colección es, como dice su creadora Nuria Ruiz de Viñaspre: «visibilizar la buena literatura escrita por mujeres, para ofrecer un amplio catálogo femenino de voces españolas junto a otras hispanoamericanas de gran calidad».

Lo primero que un lector atento se pregunta ante un libro que propone, en principio, una lectura cronológica y de afinidades electivas personales es sobre el criterio para elegir y descartar los poemas. Si bien en 2008, la editorial Bajo la Luna había reunido en La mitad de la verdad toda la obra de la poeta, aquí Gruss aprovecha el rescate de los libros de sus comienzos y privilegia -en cuanto a cantidad de poemas- estos inhallables de la década del ‘80 a los últimos; ya que de los recientes La pared y Notas para una tanza recoge nada más que un puñado, secundados por el solitario Música amable al fin, que fuera ilustrado originalmente por Cecilia Alfonso Esteves.

Al mismo tiempo, mediando la antología, aparece el notable Solo de contralto (1997), donde la maquinaria poética de Gruss ya ha tomado una voz potente e insoslayable. Entonces, como si fuera un eje central, el libro se demora, es profuso y generoso en cantidad de textos, con un gesto unificador sintetizado de este modo: «veo marcas que una burla desecha, / y lenta, tiernamente abro / el puño, dejo caer / la arena, vuelvo a tomarla». Luego, seguirán capítulos breves de En el brillo de uno en el vidrio de uno (2000) o La dicha (2004), hasta el final.

Por otro lado, las distintas estaciones temporales que representan estas obras recogidas buscan ser huellas de su paso por el planeta, señales de una causa personal, al decir de Joaquín Giannuzzi. De este modo, Irene Gruss utiliza los versos como ramas secas para frotar con denuedo y provocar el «humo» de un fuego interior, oculto y condensado en poemas breves, que dialogan con otros poetas desde los títulos o desde su propio cuerpo, en «remates compartidos» como citas apropiadas y devueltas con nuevo brillo. Al mismo tiempo, esta mujer -que se sabe «irresuelta» en un mundo incompleto- es una voz poética, no autobiográfica, con una respiración que varía de serie en serie. A veces se oculta a medias de la realidad: «Yo estuve lavando la ropa / mientras mucha gente / desapareció», para decir más adelante: «y mientras pasaban / sirenas y disparos, ruido seco / yo estuve lavando ropa, / acunando, / cantaba, / y la persiana a oscuras.». En otra oportunidad, el aliento se vuelve entrecortado, asmático, sin serlo, para dar testimonio de un ahogo feroz: «Si el aire sale por mi boca / se me escapa / el alma. Si se me va / el alma por la boca, muero, / madre…». Para luego, como proponía Alicia Genovese, buscar un tono en una «doble voz», una que expresa en un mismo gesto el silencio y las palabras, la interioridad femenina y el discurso que se rebela: «Mi voz dice lo que no quiero decir, / mi voz tiene otro tono, lo que quiero decir no lo dice, / dice otra cosa…».

            Finalmente, la propuesta de Humo es múltiple y desafiante: una calma alerta, la mirada y sus ópticas, la dicha de los sentidos, una pared para borronear poemas o una tanza que busca su anzuelo en lo vano. Cada capítulo/libro, entonces, intenta ser un conjunto de piedras oscuras que se friccionan entre sí para alumbrar, con la chispa de sus palabras, a una ahumada realidad que no deja ver, pero que se vislumbra en los imprescindibles poemas de Irene Gruss.


*Esta es una versión ampliada de la reseña publicada originalmente en la revista Poesía Argentina el 04 de diciembre de 2013.


***

Algunos poemas de Humo

 



de El mundo incompleto


MUTATIS MUTANDIS



Por favor no sufran más
me cansa,
dejen de respirar así,
como si no hubiera aire
dejen el lodo, el impermeable,
y el vocabulario,
me cansa,
la mujer
deje de tener pérdida ese chorro sufriente,
los padres dejen el oficio de morir,
el daiquiri o el arpón
en el anca, y aquel perfume matinal,
la Malasia,
y el Cristo
solo como un perro,
y al amor como
un fuego fatuo, y a la muerte,
déjenla en paz,
me cansa,
(¿algo ha muerto en mí?:
tanto mejor).
Así que,
valerosos,
amantes,
antiguos,
huérfanos maternales que acurrucaron
al mundo
después
de la guerra,
dejen el rictus,
oigan
y despídanse,
por primera vez
sin grandeza.


*

de La pared


I

Le hablo a la pared.
Hay quien escribe poemas
en un muro y luego se despide, tira
la carbonilla a un lado.
Lo mío es hablarle siempre a la pared,
antes de que la derrumbe un fuego
o el tiempo simple.

Ah, ilusa,
empecinada en atender lo que calla,
lo que dice.


*


de Sobre el asma


I

La realidad es que el aire no sale
pero la impresión
es que el aire,
no entra, ¿el alma,
el asma de quién?
no abras la puerta,
las ventanas, la realidad, la
enfermedad es el alma, el asma, el aire
que no sale
(pero la impresión…) ahoga.


*


de Notas para una tanza


El carozo


Y lo que en vano hice y quise
no cayó a un pozo ni fue desperdicio; en vano, sí,
por cosa vana, banal, me digo, juego sólo
de palabra. Antes bien, más quisiera pero hice y quise
tocar el cielo y lo he tocado, en vano, en el vano de Su puerta golpeé
y Él me dijo: en vano tocas ahora lo que no es
todavía, ser o estar, la ambigüedad
en el nombre y en lo que no supe ahondar: ah, del carozo,
hincar el diente hasta romperlo y entonces, sí, subir,
subir lejísimo allá a lo alto
y conceder
lo que se hizo, lo que se ha mordido en vano.





domingo, 3 de agosto de 2014

La poesía es una red que sólo recoge los peces del silencio

Templo de pescadores,  
de Denise León. 
Alción Editora, 2013. 
64 páginas


por Fernando G. Toledo

¿Es todo el lenguaje una gran red, la poesía un pez atrapado para alimento de una boca que, más que hambre, tiene sed?

En esa pregunta sin respuesta se recuesta Templo de pescadores (Alción, 2013), el libro de la poeta tucumana Denise León que obtuviera en 2012 el segundo puesto en el Concurso de Poesía Premio Fundación Banco Ciudad.

Como una especie de contraparte a su poemario anterior, El saco Douglas (construido por espesos fragmentos de prosas poéticas), aquí nos encontramos con una serie de poemas breves compuestos por versos brevísimos, casi balbuceos que con timidez perturban el silencio de un paisaje quieto y solitario: el paisaje de un pescador ante la mudez apenas inquietada del agua.

Aunque está dividido en tres partes, el libro tiene una unidad imperturbable. En la primera, parece trazarse el tono general: el de una voz imprecisa que susurra, como para sí misma, reflexiones breves y a la vez poderosas sobre el paso del tiempo. Un paso que no es limpio como una cuchillada, sino brutal y demoledor como un estallido en el interior del ser.

Así lo canta la voz poética, que nos dice (en uno de los pocos poemas titulados y que lleva el nombre de la obra):

«...todo
puede ser perdido.
Inútiles castillos
se levantan
y
–más allá–
se abren
y se cierran
las semillas». 

Aparece, en esa constatación lírica de la expoliación del tiempo, un segmento de Salmos, en los que el interlocutor (nombrado como «Señor») es casi un apoyo vacío, incapaz de responder.

Buscando en ese vacío, hablando al silencio desde el silencio, Denise León construye un poemario de extraña y queda belleza. Una red sin peces, pero con las palabras justas, peces sin agua en la red del poema.



Tres poemas de
Templo de pescadores
de Denise León


Por qué lanzas tu red,
Señor.
Todo esto
te pertenece.
Yo
–en cambio–
planté semillas
que no florecieron.


*

Cumple tus promesas, Señor:
No te despiertes de mí
ni me prohíbas
el dolor
con tu razón traidora.
Mi cuerpo
se ha enfriado
como los barcos
desnudos.
Han cambiado
tantas cosas.
Pero el dolor
arde
como la fiebre
o
como otro corazón.

*

Ahí
donde a veces
estaba tu cuerpo
los días
se caen.



viernes, 18 de julio de 2014

Pérdida y recuperación de un poeta




por Hernán Schillagi            


Umbral de salida. Un lector de poemas es una especie de arqueólogo de la palabra, es decir, los libros de poesía solo son hallados luego de una exhaustiva búsqueda, de excavar de manera impenitente en las cuevas o las fosas comunes de las librerías. Ante esto, el escritor Pedro Mairal dice, con algo de resignación y más ironía, que el espacio dedicado a la lírica siempre está en un rincón: «en general, el tamaño de la sección de poesía es inversamente proporcional al tamaño de la librería». En los pasillos oscuros, o en los subsuelos ominosos de los locales me he tenido que arrodillar sobre alfombras apelmazadas tanto como trepar a escaleras tambaleantes, hasta una vez me tuve que arrastrar cual Juanse en el video de «Vicio» (sí, porque la poesía es un vicio). Así, he salido blanco por el polvo dormido en los cantos y me he sentado a lo indio haciéndome un picnic con los libros de poemas. Todo eso y mucho más, debido a que las librerías de Mendoza y de varias ciudades por las que he escarbado a punta de pala colocan el estante de poesía en los lugares más inverosímiles. El género, también, es un animal vivo y mutante. Entonces, los libreros saben que deben ocultarlo en las jaulas de la indiferencia. Porque la poesía está allí agazapada para el que cree que la ha encontrado, pero en realidad es el lector el que cae en su trampa eterna.

Sin embargo, en tantos años de rastreo alocado, nunca me encontré con un poeta fundamental para el idioma que se habla en esta parte del mundo: Jorge Leonidas Escudero. En parte, por lo que apunta Valeria Melchiorre: «Escudero no suma a la práctica del poema otros modos de intervención en el campo intelectual, forma de la renuencia que no hace más que evitar todo atajo posible hacia la visibilización. Por lo pronto, se desentiende de cualquier tipo de activismo o de polémica sonante en el terreno de lo político o en el de lo estético…». Pero por otro lado, las continuas zancadillas del azar hicieron que mi lectura se disipara hacia escrituras a veces notables, a veces fútiles. Antes de que algún ratón bibliófilo levante su garra acusadora, quiero contar la crónica personal de un desencuentro.

Senderear. Como cualquiera sabe –Wikipedia mediante– Escudero nació en San Juan en 1920 y comenzó a editar recién cuando había cumplido los 50 años. Pero no cobró cierta notoriedad nacional hasta bien entrado el siglo XXI, cuando Ediciones en Danza decidió publicar una de sus obras y sostenerlo en el tiempo sobre las solapas de su catálogo. El escritor sanjuanino ya tenía un halo de misterio que lo precedía, pero qué poeta de provincia no es mitológico. Así han sucedido «descubrimientos» algo tardíos -desde la inevitable mirada centralista- como los de Juan L. Ortiz, de Entre Ríos, o del pampeano Bustriazo Ortiz (dos grandes poetas que coincidieron más en la marginalidad que en el apellido). Así y todo, el nombre del «Chiquito» Escudero y su poesía no se me habían presentado con la fuerza suficiente como para montar una búsqueda intensiva, a pesar de que Canto Rodado, una épica editorial mendocina, había dado a luz uno de sus poemarios en el 2000. En una entrevista a Gabriela Cabezón Cámara el autor confiesa con respecto a sus indagaciones poéticas: «Cuando estuve en Mendoza, que me quedé empleado ahí cinco años, iba a la biblioteca y leía algunos libros de los poetas españoles, la llamada generación del 27. Entonces me gustaba leer, pero ahora se me han olvidado hasta los nombres. Y bueno, pero me quedó algún empuje, para alguna vez manifestarme yo mismo…». Los lectores, y más los de poesía, somos tan cómplices como veletas, pero nada desagradecidos: leemos/amamos/plagiamos a un poeta hasta la extenuación, para después saludarlo de reojo. Pero quizás por cuestiones de intereses lectores del momento, o de ciertas afinidades electivas más cercanas a la «moda» de la llamada Poesía de los noventa, Escudero se me aparecía como un señor bastante mayor, con unos títulos tan inquietantes, sonoros y estrafalarios (Aguaiten, Endeveras, Caballazo a la sombra). Para colmo utilizaba términos regionalistas cuyanos, a los que todo poeta joven les escapa como a la peste. Allí lo perdí de vista a Escudero por vez primera (y voluntaria). Lo dicho: la poesía sabe esperar.

Atisbos. El tiempo pasa para todos, aunque para los poetas sea diferente. Cuántas veces se lo suele llamar «poeta joven» a un cuarentón pelado y de anteojos bifocales. Fue así cómo, a poco de cumplir los 30, me avisaron que Jorge Leonidas Escudero venía a Mendoza, pero no a cualquier ciudad, sino a la mía: San Martín. Para ser más precisos, a la escuela donde yo había terminado la secundaria. Me subí a la bicicleta, agarré unos pocos pesos y me fui a verlo, mejor dicho, a escucharlo. A partir de ese momento fue que se me empezó a escabullir. Llegué agitado, ya todo el mundo estaba sentado: profesoras de Literatura, directores, alumnos cautivos, algún que otro poeta local. Una alarma a lo Cenicienta me tenía preocupado: a la hora tenía que rajar a dar clases. Mesa con mantel blanco, flores recién compradas al pie del micrófono y ahí lo vi, entre dos escritores de la zona que lo secundaban. El viejito, que ya pasaba los 85 años, estaba esculpido en piedra, enjuto, preciso en los rasgos, hermoso en cuanto al semblante. Los otros dos hicieron los honores. Uno leyó un análisis detallado de la obra y el otro habló de la personalidad a partir del nada rebuscado oxímoron «el gran Chiquito». Escudero sonreía con insoslayable vergüenza tímida ante los elogios tan merecidos como cuantiosos. Llegó el momento de pasarle el micrófono al poeta, pero las campanadas de la escuela nocturna hacía diez minutos que habían doblado para que yo me convirtiera en calabaza y entrara a clases. Salí con un nudo en la garganta y casi me llevé por delante una mesita con libros. «Vendeme uno, flaco, que me tengo que ir», mascullé frente al alumno que lo habían empernado allí. «No puedo. Ya están todos encargados por las profesoras». Guardé un par de blasfemias en el tintero y me fui.

Dos años después, en el filo del invierno de 2008, la Biblioteca San Martín organizó un «Encuentro de Integración de Escritores argentinos y chilenos». La propuesta era tan sencilla como estimulante: armar mesas de lectura entre poetas de ambos lados de la cordillera. Don Jorge Escudero era uno de los invitados rutilantes. Yo era uno de los poetas que participaba como el «aguante provincial». Ya tenía las palabras pensadas para presentarme ante él, hacerle un seudochiste sobre mi huida la vez pasada. Iba a comprarle un libro y rogarle que me lo firmara. Una nevada letal al estilo El Eternauta comenzó a caer la tarde anterior. Resultado: cierre del túnel internacional y suspensión, por consejo médico, de la llegada del engripado poeta desde San Juan.

Le dije y me dijo. Tan equivocado no estaba al comienzo de esta historia de negación y extravíos. Si hasta el reconocido crítico Mario Goloboff concuerda conmigo al presentar al poeta de este modo: «En el campo literario argentino, donde a veces brillan hasta las estrellas más fugaces, parece mentira que el gran poeta sanjuanino Jorge Leonidas Escudero sea tan poco conocido, a pesar de que viene escribiendo desde hace décadas una de las mejores poesías de América…». No obstante, yo quería conocerlo, entrar en su poesía como un explorador consumado. Había hecho unos escarceos efímeros por internet que habían dado como fruto un anodino archivo de Word titulado «Poemas de JLE». Al mismo tiempo se empezó a dar el fenómeno de las peregrinaciones escuderas: jóvenes poetas (y no tanto) iban en caravana a su casa y de allí la naciente leyenda urbana: que tiene un jardín lleno de plantas, que atesora una colección de piedras de su época de minero, que la biblioteca es pequeña con los libros que los poetas viejos (y no tanto) le regalan, que su hija es un filtro tan amable como recio, que todavía va al casino, que te manda por correo sus libros con dedicatorias inolvidables. En el medio, los más que ganados reconocimientos de la intelectualidad, los números especiales en revistas de poesía, las entrevistas consagratorias, algún que otro Doctorado Honoris Causa, mención en los Premios Nacionales de Literatura (con una polémica y todo) y hasta una distinción del Concejo Deliberante del Municipio de General San Martín como Visitante Ilustre del Departamento, en un evento anunciadísimo al que, por supuesto, no pude asistir por motivos tan triviales que no merecen ser contados. A veces, los poetas manipulan tanto con el azar que se nos vuelve en contra.

Hasta aquí, Escudero se me presentaba siempre retractilado, es decir, como envuelto al vacío en un nylon transparente, a la vista y al alcance de la mano, pero impenetrable. A un extremo tal que en setiembre de 2013 fue elegido como el poeta homenajeado para el `Primer Festival de Poesía de Mendoza (otra vez, yo era uno de los que representaba a la provincia) y, a último momento, los doctores le prohibieron realizar cualquier tipo de traslado por su delicada salud. De más está decir que cuando quise ver el documental Oro nestas piedras, que refleja su vida, el horario de proyección se superponía con mi lectura.

Verlas venir. Ese mismo mes recibí de manos del grupo Ale Caterva el libro Viaje. Justamente en uno de los cuentos escrito por Edmundo Beltrán se narra la historia de un oficinista de pueblo que, enamorado, parte en un recorrido iniciático hacia la intensidad de la poesía; ya que su destino solo lo podrá vislumbrar un hombre nacido en San Juan: Jorge Leonidas Escudero. No pude más que sonreír cuando cerré el libro. Otra vez «El código Escudero» como un enigma a resolver, o más bien, como una deuda a saldar. ¿Somos los lectores un ejército de culposos vencidos antes del primer disparo? Nos vamos a ir de este mundo, seguramente, mortificados por lo que no alcanzamos a leer y no dignificados por lo leído, a costa de perder la vista en el camino.

Como quien no quiere la cosa, a principios de este año me llegó un mensaje de la revista virtual Poesía Argentina, donde se disculpaban porque el libro que tenían que enviarme para que reseñara se había extraviado en las inextricables rutas del Correo Argentino. «¿Te parece que te mandemos el último del sanjuanino Escudero?», terminaba con inocencia el texto. Los dedos se me anudaron para responder afirmativamente. «No te me vas a escapar otra vez», pensé. A los cuatro días, por correo postal certificado, llegó un paquete más que prometedor. Tembloroso, destrocé el papel madera y no solo apareció el libro Sobrevenir, sino que también estaba acompañado por Atisbos, publicado en 2011. La alegría se mezcló con la sorpresa y me lancé a leer como loco. Esa noche en la cama le fui diciendo en voz alta los poemas a mi esposa. «Escuchá esto», y la sacaba del duermevela con fraseos que podrían también despertar a un muerto: «Parece que la inmensidad /quiere decirme un secreto y al ver /que todavía falta mucho en mí /queda muda…». Así, con una fiebre lúcida, pude escribir la reseña más feliz que alguien puede hacer. Porque los materiales en la poesía de Escudero son inusitadamente conocidos: los minerales y el oficio de minero como metáfora encarnada, el asombro de lo cotidiano, los juegos de azar relacionados con una existencia oscilante, los amigos del pasado y los personajes del barrio, la escritura poética, el humor incombustible de alguien que ha visto mucho con «loj ojitos», pero que ha escuchado mejor la voz de la superficie. Porque es a la vez un poeta con lengua propia y compartida. Un lenguaje que ha sido fundado muy cerca de la corteza terrestre a punta de pico y pala, con un oído atento a los inesperados accidentes. Como también lo observa Ivonne Bordelois en La palabra amenazada: «La violencia que ejerce el poeta contra el lenguaje inerte y cosificado con el cual tiene que medirse es la violencia de los dolores de parto que anuncian la creación de un nuevo lenguaje en el lenguaje, contra el lenguaje…». Así se van desprendiendo valiosos fragmentos del habla popular y golpean la perpleja cabeza del lector: «Y ahora volvamos a esa soledá / que me asustó tanto, tanto porque / m’estaba dando cuenta del vacío / donde había caído». Inesperadas corrientes de aire fresco y sonoro para un idioma al borde de la fosilización: «Na noche», «E esto», «podís», «abreboca». Expresiones que no intentan ser un registro del color local cuyano (como yo, imberbe, había prejuzgado), sino todo un testimonio de oralidad irreverente. Para, luego, reflejarlo en lo más complejo y arisco: la sintaxis conversacional no culta. Aquí es donde se derrumba el lugar común de tildar al viejito de «sencillo y claro», ya que cada construcción/verso es una maravillosa afrenta a la gramática tradicional, como lo es todo diálogo verdadero: «pero hoy / se me vino escribirlo y es esto: iba a, / siendo niño, a una familia amiga…». Así y todo, el resultado es revelador, porque además Escudero no abruma, esencializa el decir. Charla en vez de cantar, reflexiona con rudeza, en lugar de llorar lo vivido.

Finalmente, ahora estoy en un nuevo plan con varias aristas: ir con mi esposa y un amigo a visitar a Escudero en la primavera, ahorrar moneda tras moneda para comprarme la Poesía completa, robarle a este amigo justamente el libro que reúne toda la obra poética y perseguir a cuanta persona me preste la oreja para leerle un poema de este pibe de 94 años como si se tratara de un minero que vuelve con las manos vacías, pero tiene la certeza de haber estado cerca del oro. Mejor lo dice el poeta: «pronto en casa / mi mujer grita:—¿Y? ¿Estamos como siempre? / —Silencio—le contesto—, / hemos tenido años de esperanza...».

***
Bibliografía consultada
-Bordelois, Ivone: La palabra amenazada. Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2005.
-Cabezón Cámara, Gabriela: «Buscar oro y jugar a la ruleta es parecido a dar con la palabra única». En: Revista Ñ de Clarín, Buenos Aires, 2011.
-Escudero, Jorge Leonidas: Atisbos. Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011.
-_________________­­_:Sobrevenir. Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2013.
-Goloboff, Mario: La poesía de Jorge Leonidas Escudero. En: Telam.com.ar, 2013.
-Mairal, Pedro: El equilibrio. Garrincha Club, Buenos Aires, 2014
-Melchiorre, Valeria: «Jorge Leonidas Escudero: Desajuste y autorrepresentación». En: Hablar de Poesía N°24, Buenos Aires, 2011.

sábado, 12 de julio de 2014

El Desaguadero / Número 15





ENTREVISTAS

por Fernando G. Toledo


NOTAS Y ENSAYOS

por María Negroni

por Luis Benítez

por Juan López

por Sergio Pereyra

por Hernán Schillagi


LA HISTORIA DE UN POEMA

por José Villa

por Jorge Paolantonio

por Enrique Solinas


RESEÑAS CRÍTICAS

por Fernando G. Toledo

por Fernando G. Toledo

por Fernando G. Toledo

por Rubén Valle

por Hernán Schillagi

por Fernando G. Toledo

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