miércoles, 24 de marzo de 2021

Cuatro poemas de Y el mundo está ahí, de Rafael Felipe Oteriño



Libros del Zorzal publicó en la Colección El Aura Y el mundo está ahí, del reconocido poeta y ensayista nacido en La Plata, Rafael Felipe Oteriño. De larga trayectoria, miembro de número de la Academia Argentina de Letras y con una obra que lo instala entre los autores ineludibles del mapa poético de nuestro país. Reflexivo, certero, íntimo, observador; el poemario de 2019 se divide en cuatro partes: «Más de un amanecer», «Citas no concertadas», «Para una biografía» y «Postales». El propio autor en el prólogo (se) define: «Este no es un libro confesional, aunque contiene algunas confesiones. Fue motivado por atisbos y visiones más que por certidumbres. Lecturas, una palabra retenida al azar, el devenir de un hecho, algún recuerdo que se negaba a desaparecer, operaron como desencadenantes del verso...».

 


Cuatro poemas de 
Y el mundo está ahí
de Rafael Felipe Oteriño

 
La palabra que huye

 
Sólo la palabra que huye es la verdadera,
la que se levanta de la mesa,
la que rompe las filas,
la que corre calle abajo y no se detiene.

Alucinada por el cruce de caminos,
vías férreas, trenes subterráneos,
en el límite de su significado,
como una barca a punto de estallar.

De carbón, de hojalata,
borrada innumerables veces;
regla lesbia entre lo viejo y lo nuevo,
golpea nuestra ceguera con su bastón.


Profética en el interior: ¿qué lengua habla?,
¿cuál es su oración favorita?,
¿qué recuerda de Baudelaire?,
¿en qué barco ebrio huye trepada?

Para saber lo que dice, interrogo a la luna,
exploro el doble fondo del mar,
me detengo a oír las cuerdas de su lira,
antes de que todo se vuelva más oscuro.

 *

En la laguna

 

De espaldas, a orillas de la laguna,
oigo el paso lento y ronco de un avión.

Como un rey en marcha hacia el exilio,
pesa menos que el sueño de una herida.

Pobre él, no tiene asilo en el cielo
ni en la tierra ni en la boca de un pez.

Buscando altura, como todas las cosas,
vuela sin saber que ha llegado.

*

Para una biografía

Arroyos, lagos, troncos suspendidos,
viento fuerte del sur y del oeste
arremolinado en el pelo y la cara;
un pez solitario en el estanque,
inventando el ahogo y la oscuridad;
sal y estrías de sal en los labios;
palmatorias, fósforos, cabos de vela:
guardianes en la casa, de voz apagada.
Porque la vigilia era larga y no había,
hasta el día siguiente, otra claridad.
Satélites en la noche, a cielo abierto;
la llamarada del sol, bien temprano,
y con el primer rayo, el primer altar
(y nadie lo ha advertido todavía).
Un aniversario, un cuaderno escolar,
un barco de madera, lejos del agua;
cornisas, grúas, puentes levadizos,
glorificando el instante. Y ese hombre
de pie, absorto en la contemplación,
tratando de descifrar todo.

*

Gracias

26. Antes los versos eran cortos,
casi aforísticos, apenas una línea o dos.
Ahora se pueblan de imágenes
y llegan a ocupar más de una página.
¿Será porque el poeta ha aprendido
el singular arte de la palabra?
¿O porque la vida ha descargado sobre él
ayes, voces entrecortadas, cantos de sirena,
de los que se alimenta la poesía?




 

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