lunes, 28 de marzo de 2016

La historia de un poema de Tom Maver

Tom Maver (foto de Camila Toledo).


por Tom Maver (*)
Especial para El Desaguadero

«A veces quisiera acercarme a mi música por primera vez como si nunca la hubiera escuchado antes»
John Coltrane

Los poemas empiezan antes que uno. Hablan antes que uno. La verdadera tarea es poder escucharlos, y ese aprendizaje lleva tiempo. Yo estuve largo rato con el oído puesto en este poema antes de escribirlo. Luego tuve que darme cuenta de que mis latidos, mis sueños, mi respiración, no eran el poema. Y que debía empezar de nuevo. A escuchar por primera vez la fuente de donde venía.

Ya hacía un tiempo que estaba obsesionado con la figura de John Coltrane, su música, ese manejo de la velocidad, del ritmo (si escuchan sus solos vertiginosos improvisando con el demonio, o sus baladas: la seducción más demorada, masticando deseo, uno tiende a pensar que hizo un pacto con el Tiempo). Y sobre todo con su versión de My favorite things, grabada en 1960 en el disco de 1961 del mismo nombre.

Desde mi infancia conocía la versión de Julie Andrews para The sound of music (que a su vez era una versión del musical de 1959). Cuando escuché por primera vez esos compases de la versión de Trane y en la espalda de mi memoria resonaba inquieta la otra que conocía, quizá ahí ya estaba empezando a escribirse este poema. Después fui sabiendo de su relación con el bebop, el free style, el maestro Thelonius Monk, el quinteto de Miles Davis, con la droga, la noche, el trabajo, con Naima, con la religión, con el aire entrando a sus pulmones y saliendo hecha historia negra. Pero esto fue después.

En los poemas están las obsesiones. Pero estas pueden aparecer sólo para escucharse repetir lo mismo. Cuando ya había empezado a escribir el de Coltrane, fallando, perdidamente pifiando notas porque no tenía un poema sino lo que yo quería decir, me topé con el dato que me mostró el Coltrane que buscaba, el ritmo de locomotora que sí podía seguir. Era la escena en que Trane quiere poner sus cosas en orden y decide dejar toda su vida de músico atrás, con las noches eternas, las giras, la droga como despabilador. En ese trance decide hacerse cartero postal. Imaginen a John Coltrane, con 35 años, una extensa carrera en el mundo del jazz preguntándose qué poner en su CV o si tiene una bicicleta para hacer los mandados… Ahí lo vi más verdadero que nunca. Algo en él estaba a punto de morir. Pero aparecía su amor de entonces, una mujer, siempre una mujer, para hacerle ver que no era eso. Que lo que debía morir en él era otra cosa, otro demonio.

Mi amiga Nadina me contó que en algunos lugares de Perú se cree que a los moribundos hay que ayudarlos a morir. A darles el empujoncito que necesitan para soltar este mundo. En el lugar que ella visitó, particularmente se buscaba una madre que amamantara y se le pedía un poco de su leche y se la daba de beber a la persona moribunda. Al poco tiempo moría. Pareciera que en el roce entre lo que más vida tiene y lo que más lejos está de la vida, permite el corte y dar ese giant step.

Eso era Naima para mí. La que le da una comprensión, unas palabras (cuándo mejor dicho) de aliento. Entonces empecé yo también a escribir de nuevo. Quizá el mayor logro sea que nuestros poemas no sean fieles a los que los escribimos. Mi plaga seguía a ese flautista maldito y santo.




Trane cuenta un sueño [John Coltrane]


Es noche cerrada y estoy en medio de una plantación
enorme de algodón tocando el saxo soprano.
No hay nadie en kilómetros a la redonda y nieva
como si nunca fuera a dejar de hacerlo.
Sé que estoy en el Sur porque a pesar de que acá
jamás nieve, mis pies están encadenados a la tierra.
Los copos salen disparados cuando llegan a la boca
de mi saxo donde soplo como un desquiciado.
Pero a pesar de que toco así sólo sale un murmullo,
voces que giran en la nieve, en mi sueño, y ya no sé
si estoy tocando o más bien oyendo algo antiguo,
una mujer pidiendo que por amor
de Dios dejen de darle latigazos a su hija, la voz
de Nina Simone cantando Strange fruit, Billie
Holiday aceptando que cuando viene el amor
ya no se puede hacer nada, Malcolm X manifestando que él
odia como un negro de la plantación, Langston Hughes
proponiendo que la poesía sea como la música, B.B.
King sonriendo al decir que tocar blues es ser dos veces negro,
Frederick Douglass contando cómo escapó del Sur
y en las plantaciones los cantos de los esclavos
expresaban la más profunda tristeza y la más plena alegría,
y yo recibo estas frases de una historia poco oída en un sueño
donde hago que mi respiración sea sonido, y que el sonido
sea un soplo que le dé vida a viejos terrores, a modos
de resistencia. Me encadeno a estas voces y las llevo
conmigo como en los barcos negreros a pesar del hambre
y del mareo y del maltrato, de una orilla a la otra, atravesando
el infierno, llegó con nosotros también un ritmo,
una presencia todavía más antigua que los cuatrocientos años
de esclavitud. Y cierro los ojos y avanzo a ciegas siguiendo
las entonaciones, igual que en la iglesia metodista
de High-Point donde mi abuelo, el reverendo Blair,
predicaba y hacía que hombres y mujeres se sacudieran
en trances espirituales, despejando de sus almas al diablo
que los atravesaba de pies a cabeza, así yo me dejo llevar
hasta que de mi voluntad no queda nada más que unos
piolines electrizados. Cuando vuelvo a abrir mis ojos
estoy en un escenario en uno de esos bares perdidos
que no faltan en las giras, pero acá también nieva
y el público no quiere que toque, me silban, abuchean
a la banda, y comprendo como sólo se comprende en sueños,
que un músico negro siempre toca en una plantación
donde antes fue linchado un familiar suyo, donde
una tátarabuela vio por primera vez a los encapuchados
rodear a quien ella amaba prendiendo fuego
cruces de madera en la noche de Georgia.
Por eso yo soy en este escenario un pulso que tiembla
en el centro de los reflectores, conciente
de que tengo una alegría que sólo mi tristeza
puede comprender, y miro a mis compañeros y le digo
a Elvin con plena seguridad: “Estoy perdido. Seguime”,
y arrancamos a tocar y los silbidos y toses y charlas
se apagan y llegado un punto yo dejo de oír incluso
la música que sale de mi saxo soprano
hasta que lo único que existe es el sonido de mi respiración,
como si la hubiera aguantado por años y ahora
la fuera soltando de a poco, abriendo al medio mi instrumento
como un baúl enorme de cosas perdidas
de donde recupero objetos, recuerdos, personas.
Todavía no lo puedo saber pero cuando despierte
me voy a dar cuenta de que durante todo el sueño
estuve tocando un tema que se llama Mis cosas
favoritas, una canción que habla de aquello
en lo que alguien piensa para alejar la tristeza.
Sólo que yo no pienso en ponis de colores
ni en gotas de lluvia sobre los rosales. No es esa
mi felicidad. Todavía para mí la alegría es una palabra
sin contenido, pura forma, que tengo que llenar
con pedacitos de mí, con música, y entre el envión y el salto
que sólo puede darse con la emoción, ahí debo soplar
hasta quedarme sin aire, porque la felicidad
también es un gran mareo, y ¿cómo frenar su desequilibrio?
“Vos sos parte de lo que tocás”, me dice Naima
acariciándome. Naima es, por ejemplo,
una de las partes más punzantes de mi alegría.
La conocí cuando yo era un pobre tipo comido
por la heroína y el alcohol, el lugar común
de los negros de esta década, pero ella me tomó
la mano y me dijo: “Vos sos parte de lo que tocás”
y separó mis dedos pegoteados para que contara
los días que hacía que no dormía, 3, 4, 5, haciendo
que le diera la razón a Miles por echarme a la mierda
del quinteto y haciendo que me diera cuenta de que
ir al correo con vergüenza a dejar un currículum
-¿qué podría decir un currículum mío?- para trabajar
como cartero, era dejarme vencer. “¿Qué es más revulsivo”,
me dijo, “que ver a un negro amar lo que hace?
Vos vivís de respirar adentro de tu saxo. Eso es Mis cosas
favoritas, amar la alegría, su soledad, esa cosa densa
que nos pierde”. Entonces empezó a susurrarme
Cada vez que decimos adiós, de Cole Porter. “¿Oís,
Trane? Tu música va a la inversa. Junta todo lo que sentís
durante esa soledad para luego, en el momento de volver
a abrir los ojos, decirme finalmente, “Hola, Naima, acá estoy.
Mirá lo que hice”.

(inédito)

(*) Tom Maver nació en Buenos Aires, 1985. Poeta y traductor, estudió poesía con Osvaldo Bossi y Walter Cassara. Traduce principalmente poesía estadounidense, y publica algunas de esas traducciones en su blog Hasta Donde Llega la Voz. Desde el 2013 edita junto a Patricio Foglia el blog Malón Malón. Fue editor de Viajero Insomne Editora. Actualmente dicta talleres de poesía junto a Martín Vázquez Grillé. En 2009 publicó Yo, la incesante nieve (poesía).

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