jueves, 7 de noviembre de 2013

Entrevista a Luis Benítez

«La poesía se queda y es para siempre»



Luis Benítez en el I Festival de Poesía de Mendoza 2013 (foto: Camila Toledo)


Por Fernando G. Toledo

Profeta en su tierra y en tierra ajena: Luis Benítez es de esa clase de autores cuya obra le permite ser reverenciado en el país que lo vio nacer y también ser disfrutado en otras latitudes, por el privilegio que representa ser un autor generosamente traducido.

Nacido en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956, Benítez irrumpió en el panorama de la poesía argentina en 1980 con un libro de juventud, pero de poderosa voz: Poemas de la tierra y la memoria. Ese libro, aun evidenciando la resonancia de poetas formadores (Dylan Thomas y Jorge L. Borges, puntualmente), instaló a Benítez como uno de los poetas más interesantes de su generación. Pronto el autor se deshizo de la potencia de las voces referenciales e impuso la suya propia, con títulos como Mitologías/Balada de la mujer perdida o Behering y otros poemas, que también mostraron esa profundidad metafísica ampliando el discurso hacia la narratividad, la elusión, el juego intertextual de diálogo con otros autores. Construyó así una admirable obra poética que ha mantenido hasta hoy el mismo afán inquieto por seguir explorando las posibilidades de la lengua, por no repetirse, y al mismo tiempo, por trazar una admirable arquitectura poética en la que el lector ingresa como a un portentoso edificio de palabras. Sin embargo, y a pesar de que es reverenciado y admirado por un nutrido número de contemporáneos y por generaciones más jóvenes, su nombre no aparece en antologías y referencias que el peso de su obra parecía pedir a gritos. Basta sin embargo toparse por primera vez con su obra (una manera puede ser la antología preparada por Elizabeth Auster, por ejemplo) para que ese desenfocamiento ponga las cosas en su justa perspectiva: estamos, con Benítez, ante uno de nuestros grandes poetas vivos.

A poco de participar del Primer Festival de Poesía de Mendoza y con un nuevo libro de poemas recién editado (como particularidad: antes en francés que en español), el también novelista y ensayista se sentó a repasar su obra y su presente en esta entrevista en la que quedan pocos aspectos sin tocar y en la que se vislumbra, también, parte de su mirada sobre las cosas.

Dans la langue français

–Acaba de publicarse tu nuevo libro de poemas en Francia, Les Imaginations, con la particularidad de que esos poemas verán la luz antes en el idioma galo que en el español en que fueron trazados. Quisiera saber cuál es el concepto y tono de esos nuevos poemas, y qué representa esa curiosidad idiomática para un poeta ya ampliamente traducido como vos.

Les imaginations, traducido
al francés por Jean Dif.
Les Imaginations, tal el título del libro al que aludís, traducido al francés por el poeta Jean Dif, y que mientras hacemos este reportaje recién acaba de ser lanzado en Francia por Éditions L’Harmattan, me llevó tres años de trabajo, seguramente porque marca un cambio en mi poética. En Les Imaginations empleo un lenguaje más coloquial, creo que menos rígido que en mis entregas anteriores, y además acuso una influencia de mis lecturas de los imaginistas norteamericanos, señaladamente Marianne Moore. En verdad, se publicó más o menos casualmente. Nicole Barrière, la directora de la colección Accent Tonique, donde se publicó, quería editar un libro mío ya aparecido en Argentina en 1985 y luego en México en 1995, Bering y otros poemas. Justamente cuando me reuní con la editora francesa en Buenos Aires, estaba por salir traducido al sueco, como Bering och Andra Dikter. Lo pensé mejor y le propuse a la editorial francesa que editara Las Imaginaciones, que yo acababa de terminar de escribir; felizmente lo aceptaron. Uno siempre tiene más cariño por su hijo recién nacido. Lamentablemente, no aceptaron hacer una edición bilingüe –lo que me hubiese gustado porque facilita hacerlo circular por el ámbito hispanoparlante– por una cuestión de costos y distribución, desde luego que muy entendible. Que haya salido en francés, en una excelente traducción del poeta Jean Dif, me llena de satisfacción doble: porque haya sido Dif el traductor, quien es un poeta admirable, y porque hasta ahora yo no tenía una edición francesa de un libro mío, a pesar de que llevo años publicando en revistas de ese país y de Canadá. Y de rebote, creo que la aparición de Les Imaginations por Éditions L’Harmattan colaboró para decidir a otra editorial francesa, Éditions La Résonance, a editar en 2014 la versión gala de una antología de mi poesía compilada por Elizabeth Auster, quien primero la publicó en Rosario, Provincia de Santa Fe, en 2008 y luego en Inglaterra, hace unos meses, por The Littoral Press. También hay una edición española, de descarga gratuita.  Tener libros editados en un país facilita seguir haciéndolo en  la misma región.

–Has expresado en varias ocasiones –una de ellas, en el prólogo a tu libro Manhattan Song– que todo
Traducción de Flavia Cosma al italiano de
Manhattan Song. Cinco poemas
occidentales,
de Luis Benítez.
poema es un fractal (así se llama otro de tus libros, por cierto). ¿La escritura poética ha sido para vos una vía para el conocimiento o, quizás con más precisión, para el autoconocimiento?


–Creo que ambas comarcas del conocimiento son franqueadas gracias a la poesía. Como si ella abriera un contacto más íntimo con el inconsciente, donde almacenás datos, sensaciones, visiones, percepciones que no recordás a voluntad; allí sabés más del afuera y del adentro de lo que vos podés recordar o siquiera imaginar. La poesía reactualiza esos conocimientos, los que tenés del macrouniverso y los que poseés del micromundo que vos sos. Además, el lenguaje mismo es otro universo, uno tercero, donde el afuera y el adentro se conjugan. Si tenés esas claves, entonces los tres mundos se hacen más nítidos y uno de ellos es intrínsecamente vos. Ciertamente, la poesía es un don, no un regalo de los dioses –que no existen más que como símbolos– sino un obsequio que viene quién sabe de dónde, pero que no reparamos muy seguido en agradecer, cuando las peripecias de estar vivo nos hacen olvidar, por un momento a veces muy largo, qué suerte tenemos de disfrutar de él, que no se «vaya» al despertar, como cuando recibimos un regalo en sueños y abrimos los ojos buscándolo inútilmente por la habitación. La poesía, en cambio, se queda y es para siempre.

Constante evolución

–Al repasar tu extensa obra se ve una búsqueda constante por no repetirse en temas y tonos, pero al mismo tiempo se mantiene una voz personal y reconocible. ¿Cómo considerás en ese sentido tu propia evolución poética, desde el primer libro, Poemas de la tierra y la memoria, hasta esta nueva publicación?

–Fue un proceso largo, muy largo; no creo yo que haya terminado; al menos en mi caso creo que no va a culminar hasta que yo termine de andar por «aquí». Creo que el arte implica renovación constante, avance permanente hacia nuevos mundos y novedosos lenguajes para referirnos a él. Un autor está acabado cuando incurre en la autofagia, cuando empieza a repetirse, y eso es algo que encontrás en algunos de los mejores, cuando se abandonan a la mera retórica propia, a repetir sus temas y los tratamientos que les dan a sus temas, los tonos de abordaje y los núcleos de sentido de sus poemas. Claro que es más cómodo armarse una retórica y sentarse sobre ella a escribir más o menos los mismos poemas. Algunos hipócritas llaman a eso «coherencia»; yo lo denomino «facilismo» y como decía bien Thomas Sterns Eliot, «ni siquiera en el verso libre hay facilidades para el muchacho trabajador». Repetirse es estancarse, simplemente porque estás cómodo allí y la poesía más bien es el lugar de las incomodidades. «Crisis», en griego, quiere decir «cambio» y el cambio, lo dinámico del cambio, es un síntoma de que se está vivo. Una poesía que no está en crisis permanente debe comenzar a preocuparse seriamente por su salud. Las fases que atravesó mi poética se inician con una búsqueda de influencias –porque las influencias pueden ser buscadas– como la de Dylan Thomas y Jorge Luis Borges, dos pilares de mi construcción inicial. Luego busqué «digerir» mejor esas voces, sintetizarlas (con los distintas que ellas son) y amplié mi registro a la historia, lo enigmático del mundo natural, el misterio de la escritura poética en sí misma. También se fueron agregando otras indagaciones, otros asombros: el tiempo, la vida, el amor, la muerte, el miedo, la situación del hombre histórico y del específicamente contemporáneo, tratados ya desde una óptica más mía. Esto coincidió con mi descubrimiento de la gran poesía norteamericana, gracias a Jorge Luis Borges: yo, un atrevido que había publicado mi primer libro, a comienzos de los ’80, se lo obsequié en el tercer piso de la Sociedad Argentina de Escritores. Él era un hombre dotado de esa virtud rara en la actualidad: la cortesía, y por eso me pidió que le leyera un par de mis poemas, tras agradecerme el obsequio de mi primer libro, Poemas de la tierra y la memoria. Escuchó mis poemas con atención y me dijo que si tanto me gustaba Dylan Thomas, bien podía incursionar en la obra de Walt Whitman, como me dijo Borges, «el autor de otras epifanías». Con esa petulancia que sólo se tiene a los 20 años, le dije a Borges que ya lo había leído, pero que no me había atraído demasiado. Él me dijo entonces que lo leyera de nuevo, pues «los libros siempre nos esperan». A partir de ese consejo de Borges, comencé a prestarle más atención a la poesía norteamericana y con los años, aunque no lo vi más, nunca dejé de agradecerle sus palabras. Mi registro poético se amplió aun más desde entonces, aunque sigo buscando nuevos territorios donde hablar con voz propia. Insisto: creo que es un trabajo que no se termina jamás.

El metro universal, 
novela de Luis Benítez.
–A la par de tu elogiada y difundida obra poética, has construido también una obra ensayística y narrativa, con la aparición casi simultánea de tus novelas El metro universal y Sombras nada más. ¿Cómo se da en tu caso la elección, a la hora de escribir, sobre qué género o registro será el elegido (un poema, una narración)? ¿Se impone en algún caso alguno de los escritores? En el sentido de si sos más bien un narrador lírico o un poeta narrativo, si es que cabe la disyunción.

–Yo creo que no elijo a qué género asignarle una idea, mejor dicho una sensación, que es el «fantasma» mental, esa cosa todavía sin forma, algo monstruoso, que es lo primero que surge previamente a un texto del género que sea. Ese espectro señala por sí mismo, cuando va tomando nitidez en nosotros, a qué género pertenece: si es novela, relato o poesía el destino de su monstruosidad.  Así, hay ideas y sensaciones que se condensan mejor como poema que como relato, otras que cuajan mejor en el molde de un ensayo; hay fantasmas que encarnan mejor como novelas. Lo importante, en todo caso, es no forzar el asunto y querer meter una novela de 200 páginas en los 20 versos de un poema o diluir en un relato de 30 páginas ese extracto de sentido que es un poema. Cuando cuaja en nosotros el espectro, vemos que elige en nuestra mente y nuestra sensibilidad unas palabras para expresarse y descarta otras; de igual manera, por cómo se ordenan las palabras, apreciamos a qué género pertenecen. La sintaxis de un poema no es igual a la del comienzo de una novela; el oído siempre debe atento a todo, a todo lo que nos dicen las palabras: ellas saben muy bien lo que hay que hacer. En ocasiones, en este segundo paso del asunto, cuando la sensación, el «fantasma» al que me refería antes, ya eligió sus palabras iniciales, lo único que tenemos es el comienzo, quizá parte del desarrollo, muy raramente en mi caso, el final del texto en cuestión: pero eso ya contiene la clave de qué tipo de texto literario será y desde luego, no podrá ser plenamente otro. En letras, no conviene desperdiciar las pocas certezas que uno tiene y esta es una de ellas. Yo creo que soy un poeta y un narrador y que en la narración cabe la lírica, del mismo modo que en la poesía puede tener lugar la narración; esos son recursos y cada género los aprovecha como debe.

Modus operandi

–A propósito de la pregunta anterior, siempre resulta interesante conocer cuáles son los rituales, momentos o preparación para la escritura. En tu caso, pareciera, por lo prolífico de tu obra, que no hubiera momento en que no escribieras. ¿Es así?

–Hace años que me impuse alguna disciplina, que resulta bien provechosa, por cierto. Lo ideal, particularmente en narrativa, es reservar por lo menos dos o tres horas diarias, esto quiere decir exactamente «todos los días» y ello significa «todos los días del año», para escribir y nada más que escribir; si nada surge, es un saludable ejercicio y mantiene caliente la mano, algo de lo más importante. Y si nada escribimos durante esas horas, también es fundamental que hayamos reservado ese espacio diario, sin teléfono, sin gente, sin otra ocupación. Stephen King es muy práctico al respecto: él dice que para escribir una novela, es prudente escribir una página diaria, pero de las buenas, cada día. Cuando llega Navidad, tenés sobre el escritorio una novela de 360 páginas lista. Escribir poesía es otra cosa: las «inspiraciones poéticas» hoy suenan como una mala palabra, pero como sucede con las brujas, actualmente nadie dice creer en ellas pero que las hay, las hay. Tiene que venir ese asunto hasta uno, leyendo un libro, escuchando algo por la calle, leyendo el diario, viendo distraídamente televisión, como sea; después todo es trabajo y mucho.

La edición inglesa de la antología
compilada por Elizabeth Auster
(traducción de B. Allocati).
–En su prólogo a la Breve antología poética, Elizabeth Auster establece un elenco de nombres de autores que probablemente resultaron referenciales para tu propia formación. De Dylan Thomas (que resuena en tu primer libro) hasta Borges, pasando por un amplio abanico de autores argentinos. ¿Cuáles fueron los poetas que resultaron fundamentales para tu propia decisión de convertirte en poeta? Por lo que sabemos no sólo has leído a grandes de nuestro tiempo, sino que estableciste relación de amistad con muchos de ellos.

–Respecto de la poesía, mis primeros intentos se produjeron alrededor de los 15 años, más bien como consecuencia de mi afán por las lecturas de los clásicos españoles del siglo XIX y XX. Aprendemos por imitación, ya sabemos. Luego descubrí a los vanguardistas franceses, y, posteriormente, hacia mis 20 años, a la poesía inglesa, que le dio un giro fundamental a mis intentos. Los poetas que más me impactaron fueron los románticos ingleses: Byron, Coleridge, Shelley, Keats; luego T.S. Eliot, Ezra Pound, y fundamentalmente, Dylan Thomas, para mí quizás el autor más importante. Y por supuesto, los poetas metafísicos ingleses del siglo XVII, que son una lectura ineludible. Además de los que ya referí, desde luego Pablo Neruda (influencia de la que felizmente ya me liberé) y César Vallejo (influencia que me gustaría que se hubiera acentuado más en mi obra). También numerosos autores norteamericanos, como Allen Ginsberg, Allen Tate, Edgar Allan Poe, Denise Levertov, Richard Wilbur, Theodore Roetke, Amy Lowell y su sobrino (como poeta, menor que su extraordinaria tía) Robert Lowell, Emily Dickinson y en menor medida, Gregory Corso. Actualmente, como ya dije, una influencia importante es Marianne Moore; asimismo  John Ashbery y Mark Strand, a quienes conocí cuando viví en Nueva York, en los ’90. Entre los argentinos, desde luego Jorge Luis Borges y también Juan Laurentino Ortiz, Joaquín Giannuzzi, Olga Orozco, Francisco Madariaga y Enrique Molina. Estos dos últimos fueron mis amigos, amigos entrañables, inolvidables. Mi generación, la del ’80, fue muy afortunada: cuando tenías alguna duda, podías preguntarle a Molina, a Madariaga, a Giannuzzi, a Olga Orozco… eran grandes poetas y los distinguía un sello inconfundible: una gran humildad y una enorme sinceridad, algo que se extraña en estos tiempos, por su ausencia en algunas figuritas de reparto con veleidades más farandulescas.

Luis Benítez, Fernando G. Toledo y Santiago Sylvester
en el Primer Festival de Poesía de Mendoza (2013).
Foto: Camila Toledo. 

Lo poético y lo extrapoético

–Has podido tener contacto con numerosos escritores de todo el país. ¿Cómo se te aparece hoy en día el panorama de la poesía argentina actual, no sólo en cuanto a estilos, sino en cuanto a nivel general?

–La poesía argentina es dinámica, cambiante, está viva, pero es lo extrapoético lo que complica su desarrollo. Adolecemos todavía de un marcado centralismo, donde parece absurdamente que toda la actividad generadora de cultura radica en Buenos Aires, cuando hay 23 provincias que generan poesía, búsquedas estéticas propias, obras valiosas que, por ese centralismo disparatado, no circulan como debiese suceder, y eso desde hace mucho. Esa parálisis empobrece, frena, detiene; por simple aritmética, la mayoría de los autores argentinos no viven dentro de la Capital Federal; entonces, ¿cómo es posible que las obras que mayoritariamente circulan sean de autores de Buenos Aires? Hay todo un aparato de lobbies culturales, de intereses –insisto: elementos extrapoéticos– que operan para producir esto. Si pudiésemos contemplar el fenómeno de la poesía argentina en su conjunto, cabalmente, veríamos que es algo mucho más rico que las cuatro o cinco líneas poéticas que dicta Buenos Aires. Es lo que le sucede a cualquier investigador extranjero del género que llega a la Argentina: si se queda con lo que lee y aprecia en Buenos Aires, casi no ve nada. Hay muchos más estilos, hay mucha más poesía de la que se ve o circula en los medios; inclusive más de la que circula en Internet, que es un instrumento precioso para vulnerar este encapsulamiento porteño, pero hace falta más, mucho más. No podemos entender qué estilos existen hoy y cuál es el nivel general si no apreciamos el fenómeno en su conjunto; por eso trato de acceder a lo que se escribe en todo mi país, no solamente en la porción donde me tocó nacer, que es tan pequeña en relación al conjunto. Mientras no acceda a una buena parte de cuanto se escribe en Argentina, ¿cómo yo podría contestar a tu pregunta? Más autores de todo mi país conozco, más rico me parece el género nacional. Si me refiero a lo que conozco, me limito a Buenos Aires y a lo que por suerte y con esfuerzo leo de otras partes de Argentina, pero eso no es un fundamento válido, en mi opinión. Creo que así se entiende mejor la gravedad de la cuestión, pese a que se editan periódicamente antologías y pseudoantologías que dicen resumir, contener 10, 20, 50 o 200 años de poesía argentina, un fenómeno en un 90% desconocido para los mismos que dicen ser especialistas en el tema. Siempre desde lo que veo en Buenos Aires, el panorama ofrece la maduración de las obras de autores de la generación intermedia, quienes están escribiendo sus mejores trabajos y están en plena producción. Tras la disolución de los movimientos propios de la generación de los 80, se impuso la búsqueda estética personal que estábamos ya desarrollando entonces los autores genéricamente denominados como «los independientes». Paralela y afortunadamente, el público lector va descreyendo de ciertos autores que se aplicaron a una poesía buscadamente superficial, propia del final del siglo XX, lo que yo llamo «el intimismo bonaerense marquetinero», donde hablaba un sujeto aislado, que había digerido mal el minimalismo norteamericano, confundiendo «síntesis» con «chiquitito», porque muy pequeño era su registro; una especie de Raymond Carver diluido con agua, mucha agua. Con la imagen de un tipo que cierra la puerta de su departamento y se olvidó las llaves adentro no se hace un poema, aunque ello no es sólo un problema de «tema», sino también de capacidades. Ciertamente los medios especializados y un sector del criterio académico apoyaron esa mala praxis poética como una «novedad» –el esnobismo es una plaga mediática y académica muy contagiosa–  y algunos de sus autores alcanzaron una mediana notoriedad, convirtiéndose en modelos para una parte de los nuevos autores que los siguieron: inclusive imitar las letras de las canciones de rock fue visto como «un aporte novedoso» a la poesía argentina. ¿Puede ser una pobre imitación entendida como un aporte válido? Si tenés el aval interesado de algún medio sí, y si te canonizan algunos académicos después, mejor. Tales cosas suceden en Buenos Aires y se venden por todo el país, como efectivamente se hizo en estos y en casos aun peores. Podemos decir que en la sección final de la poesía argentina del siglo XX hubo una sostenida arremetida contra la lírica característica de las obras de las generaciones anteriores, cuando la lírica es parte indispensable de un poema y está presente hasta en autores tan imperfectos como Charles Bukowski. Aquí, en Buenos Aires, ello sucedió también gracias a la herencia del llamado neobjetivismo, hoy entendible como una ilusión tan ingenua como la escritura automática que impulsaban los surrealistas; estos suponían poder escribir «sin censuras subjetivas ni objetivas», algo imposible, mientras que los neobjetivistas locales pretendían que era posible suprimir el sujeto en sus textos. Del mismo modo, también ayudó la herencia del neobarroco, otra baladronada poética, donde se suponía que la poesía es forma y pura forma, en desmedro del significado. Esta barricada estética motejó a los autores no coincidentes con su postura de «contenidistas», como si fuese posible, en poesía, separar forma de contenido, cuando están tan unidos como la madera en el árbol, según la fórmula feliz de Vicente Huidobro. ¿Alguien puede separar la madera del árbol sin destruir el árbol entero? En plena posmodernidad, estas corrientes –el neobjetivismo y el neobarroco– pugnaban de modo clásicamente modernista por imponerse como vanguardia superadora de lo anterior. ¿Qué quedó de ellas? Prácticamente nada y es una suerte; pero ayudaron a darle base al «intimismo bonaerense marquetinero» del que hablé antes. Afortunadamente, la poesía es el género de relectura por excelencia y las relecturas suelen ser impiadosas, más experimentadas, y por ello mismo más justas. En cuanto a los más nuevos, el porvenir parece auspicioso, porque he leído una muy buena antología publicada en 2010, con trabajos de autores muy jóvenes y de varias localidades del país, donde se aprecian nuevas búsquedas y una repulsa general por los postulados de ese «intimismo bonaerense marquetinero» tan fláccido y tan publicitado de los años inmediatamente anteriores. Se llama Si Hamlet duda le daremos muerte. Antología de poesía salvaje, lo editó Libros de la Talita Dorada, de La Plata, Provincia de Buenos Aires, y se puede leer gratis en Internet; recomiendo atentamente su lectura, pues en sus páginas están algunos de los autores y autoras que vamos a seguir leyendo en esa todavía bruma que es el mañana. Causó mucho revuelo en Buenos Aires y en su momento la aparición de esta antología que reúne a 52 autores jóvenes, y bien se ve por qué: altera el ordenado mundo que pensaban heredar los lobbies y sus estrellitas de ocasión.

Luis Benítez, Carlos Levy, Leandro Calle y María Negroni
en la mesa sobre «Poesía y traducción» del Primer
Festival de Poesía de Mendoza. Foto: Camila Toledo.

–En Mendoza participaste, como parte del Festival de Poesía, de una mesa dedicada a la traducción, desde el punto de vista de un autor ampliamente traducido. Allí mencionaste la importancia de hacer conocer nuestra obra en distintos idiomas. ¿Dónde se funda tal importancia?

Bering Och Andra Dikter, de Luis Benítez,
según la traducción al sueco de Maria
Nääs (editorial Siesta Förlag).
–Estimo que el autor contemporáneo será internacional o no será. El desarrollo de la tecnología informática nos permite contactar e interactuar hoy con el resto del mundo, tanto en el aspecto literario intrínseco como en la participación en el mundo editorial. Ya no es posible pensar en lo local solamente, sino que el desafío es insertarse en la dinámica del género a escala mundial. De hecho, así sucede: los autores se contactan con revistas y editoriales, con colegas y nuevos estilos en un horizonte internacional que acercó el mundo hasta nosotros al tiempo que amplió –como era impensable antes de Internet– nuestras posibilidades. Ello hace necesario que logremos hacer traducir y publicar nuestros trabajos en otras regiones. A escala de nuestro país, ayudó muchísimo el Programa Sur de apoyo a las traducciones de autores argentinos, impulsado desde 2009 por la Cancillería argentina, que ya subsidió la traducción y edición en el extranjero de más de 500 títulos de autores nacionales, con un efecto aparejado: teniendo libros publicados en el exterior, es más fácil que las editoriales extranjeras acepten editarte por su cuenta, más allá del referido subsidio. El problema es que, dentro del país, las editoriales locales siguen sin poseer una política de apoyo a los nuevos autores, al menos no sucede eso a la escala deseable. En el caso específico de la poesía, en Buenos Aires hay muy contadas editoriales que acepten arriesgarse y editar por su cuenta y cargo un libro de poemas, aun en el caso de autores de la generación intermedia o de los que ya acreditan una consagrada trayectoria. Entonces, ¿paradojalmente?, es más fácil editar en el exterior que aquí, tal mi experiencia, y el resultado es que hoy hay varios, hay muchos poetas argentinos lanzados a editar sus títulos en el exterior, por las primeras razones que ya dije y también por las segundas, las locales. En ese contexto, la labor de los traductores será de primera importancia, pues es imprescindible que lo que se escribe en el género local sea difundido y apreciado en el exterior, rompiendo toda posibilidad de insularidad de la poesía argentina. No se puede vivir aislado en el mundo cultural actual; esto es un movimiento general en Occidente, la participación en la interculturalidad, el «lado bueno de la globalización», con las diferencias y los matices que le imprimen al conjunto cada una de las culturas que intervienen en él.

Pionero digital

–Tu obra también ha sido editada en formato digital, y de alguna manera pareciera que sos pionero en la edición digital en la Argentina. ¿Qué desafíos plantea esta nueva manera de publicar y leer? 

–Cuando hace ya un tiempo una editorial española, PublicaTusLibros.com, me propuso editar mis Poemas Completos (1980-2006) en tres volúmenes electrónicos, me sorprendió que su propuesta se expresara como algo tan natural y habitual, pues no sabía que había tomado tanta relevancia en Europa, que se había vuelto tan común como el formato papel. Cuando en 2012 un editor argentino, Marcelo Caballero, del sello  E-Book Argentino, me propuso publicar tres novelas mías en formato electrónico (El metro universal, Tango del mudo e Hijo de la oscuridad), yo poco más sabía al respecto, pero conversando con el editor aventuré: «esto es el futuro». Ese editor me corrigió. Él me dijo: «esto es hoy». Tenía razón. El formato electrónico implica tantas ventajas de costo, logística y distribución, que ya se está imponiendo y definitivamente el hoy y el porvenir son suyos. Para la literatura es sólo otro cambio de formato, simplemente es eso, un soporte mejor y más adecuado, no para el futuro, sino para el presente. En lo específico del género, la poesía encontró en la tecnología un nuevo medio de llegar al lector y eso ya está siendo aprovechado. De hecho, lo que decidió a la española PublicaTusLibros.com a editar mis Poemas completos, fue que la edición electrónica que subió a la web de la Breve antología poética que de mi obra había hecho Auster en 2008, tuvo 9.000 bajadas en tres meses, apenas subida a la red. Esto te da idea del poder del e-book, respecto de la edición en formato papel. ¿En cuántas librerías –de todo el mundo, porque tales son las descargas de e-books– debe estar presente tu libro para que 9.000 lectores accedan a él? La poesía es lírica, pero también ama lo concreto.

* * *

Poemas de Las Imaginaciones
de Luis Benítez

El róbalo

En el plato que parece pequeño bajo su forma poderosa
El róbalo de ancha escama y enorme boca armada
Todavía muerde el aire que huyó de su último intento
Aunque vencida por las redes de la compañía pesquera
Y traída a la fuerza a este mundo que pensamos
Es más seguro y auténtico que el suyo
La bestia marina sigue acechando al pulpo ocho veces inquieto
En su bosque de corales y sus fuertes músculos
Quieren llevárselo de un rotundo coletazo
Hacia lo negro y profundo de las cordilleras sumergidas
Hacia las islas precipitadas desde la superficie
Hacia las muchas atlántidas que son jardines de algas
Batidos por las corrientes y el paso interminable
De las ballenas que van por el amor hacia lo oscuro
Como un paisaje en lento movimiento
El róbalo en su furia congelada a medias todavía envuelto
En el papel de diario con que lo abrigó el marchante
El róbalo que ayer a mediodía diezmaba a dentelladas
Inmensas columnas de sardinas que se fundían en una
O se dispersaban por el golfo sosteniéndolo
(Parecía) como a un palacio sumergido
La fiera insaciable como un lingote de plata asesinado
Que ya no surfeará las olas con desprecio
Orgullosa del poder de su ancha espalda
Entre las frutas y las botellas de cerveza
Humillada por el hombre que cierra su heladera
Y piensa en otra cosa y rasca su cabeza
Y que es para su dios que brama en las campanas
Lo que el róbalo en el plato.

.
 El décimo círculo 

Soy dante alighieri
Nunca creí una sola palabra de todas las que escribí
Y crucifiqué por escrito el alma de todos los que me precedieron
Fui mejor que la traición porque entendí que la traición
Es lo único parecido al corazón humano
Y que decirlo rectamente era condenarme a la hoguera y al olvido
Vivo en todas las tonterías que se dijeron de mí
Y ése es el mejor tributo que pudieron y pueden darme
Beatriz era una gorda despreciable
El papa al que defendí un adúltero un criminal y un réprobo
No menos atroz que los nobles que en un bosque de siena
Mandaron tres sicarios a cortarme los dedos
Y entendí siempre cada maquinación como el normal movimiento
De la misma máquina que guiaba mis pasos
Ni bueno ni malo es cada asunto
Pero oh qué difícil es explicarlo
Este será un enredo eterno
Soy dante alighieri
Nunca creí en dios


El amor de la albahaca

No es la anónima, la de las grandes plantaciones industriales,
Destinada al secado por toneladas,
La que aflora etiquetada en todos los supermercados de este mundo.
Tampoco la singular, la  noble albahaca que ciñó Virgilio
Entre sus labios y enjugó la mano de Horacio entre los álamos.
Es la rastrera, común albahaca salvaje de los  campos,
La única y la sola que nos mira siempre verde entre las ruinas,
La que saluda desde hace millones de años
Entre las piedras. Allí, donde seguramente no es querida,
Asoma sus muñones empecinada, con la sola ayuda
De unas gotas de lluvia casual, de a cada tanto:
Un gramo de tierra le basta a la paciencia de la albahaca,
Para amar el rincón entre ladrillos rotos que, parece,
Quieren expulsarla para  siempre de su seno.
Persevera sola en su manchón de verde
Entre lo estéril, lo que le niega el sustento
Es aquello que más ama: más quiere agotarla,
Más se empecina; más quiere secarla, más florece.
La indiferencia la abona y riega sus hojas
El desdén. A desplantes crece la pasión
De la sufrida albahaca. Y cuando aquello parece
(Una vez cada año sucede que se ausenta)
Alcanzan cuatro lágrimas celestes
Para que resurja de la nada como antes,
Otro milagro del amor, que no conoce
La muerte, ni el olvido ni el engaño:
Raíz que persiste honda entre cenizas y polvo,
Milagro que florece a solas, prodigio
Sin correspondencia alguna, la albahaca
Es el amor que no se calla ni seca,
Por propia voluntad ni por ajena.


En el cantero arrasado por el frío resistía

(Para José Emilio Pacheco)

Discutíamos tú y yo
Sobre cosas de nuestro amplio mundo,
Hecho de ventanas
Detrás de las que guardamos padecimientos y alegrías,
Como en un acuario
Que creemos aislado de lo que está
Bullendo, cuando
En todo lo que decimos su magma estalla:
El hombre y la mujer
Son dos razas que en medio de su batalla perpetua
Se intercalan.

Más allá ¿recuerdas? Estábamos en el balcón y explotó en abril
Su desusada melodía.
El grillo viejo desde un cantero lejano bramó su partitura,
En el ya frío abril
Del hemisferio sur era su estar lo desusado, lo inaudito:
Nada tenía que hacer
Su sexual sinfonía, trastorno del verano, en medio de la tarde helada
Que abandonaba en su águila
Ese niño furioso que para siempre representará el deseo.

En el cantero arrasado por el frío resistía,
Como un bulbo tozudo,
Como una semilla insistiendo en procrear,
En ser padre tardío
De diminutas larvas que inundaron el aire
Meses antes,
Cuando la escarcha no nublaba el parabrisas
Del hombre cansado
Que por la calle somnolienta conduce el autobús.
Abajo, en la calle,
Alguien grita que tiene odio, hambre y frío;
Entre los bocinazos
Otro cruza la calle frenético en su automóvil
Y un vendedor recita
Su interesada palinodia. Nosotros ante el grillo
Callamos la vergüenza
De ser casi ya viejos y de no ser padres.
No llegará hasta una hembra
Su violín desastroso: en la humedad del cantero
Le cortarán las cuerdas
Entidades más potentes que su canto ridículo:
La niebla de mayo,
El viento de la calle que sembrará otro junio,
Arrasarán el destiempo
De su amplificado rascar los costados gastados
Por un deseo incesante.
Estúpido animal que cuando un silencio momentáneo
Intercede por su apenas, mínima gracia,
Deja oír en toda la calle su humilde esplendor,
Esa insistencia
De otro tiempo simultáneo que no vemos,
Que no oímos,
A no ser por un grillo u otra cosa eterna y fuera para siempre
De este  bien conocido,
calculado y cotidiano mundo que habitamos.

Ciertamente el tiempo
Es un río
Que a orillas de su canto
Se detiene.



sábado, 2 de noviembre de 2013

La poética de Marina Centeno


Erosión, de Marina Centeno. Editorial Aebius, Madrid, España.


Por Daniel Dragomirescu
Orizont Literar Contemporan
Especial desde Rumania para El Desaguadero


El universo poético de Marina Centeno es amplio y se encuentra en un momento de expansión creativa.

Entre Quietud (2012), su primer poemario, y Erosión, la autora muestra que su inspiración y su vocación tienen consistencia y representan su modus vivendi natural. Erosión contiene poemas que ofrecen al lector, este «eje principal» del trabajo artístico e literario, nuevas perspectivas, nuevas detalles de un universo poetico de una cierta amplitud y profundidad.

Marina Centeno hace de sus versos una verdadera confesión: la expresión poética está llena de sugerencia, las imágenes están logradas una tras otra con elegancia, con un instinto poético especial. Si el poemario anterior es uno de la «quietud» como un principio de creación poética, el segundo poemario convierte la «erosión» en una modalidad complementaria de construcción poética. La existencia es inevitable «erosión» de todos sus lados, exteriores e interiores. Preludio de una cierta solemnidad, el primer poema tiene un valor emblematico: «Erosionamos / cuando el incendio baja sus telones / y la oscuridad tiene una manera dulce de aproximarse al encuentro // Hasta el puerto –mi puerto– / caerá el abismo de tus ojos / esa eterna pirámide / que encierra océanos de silencio» (I). El mar, el agua, están presentes en las anotaciones sucesivas de los poemas, como una permanencia fundamental: «El mar finge indiferencia y reparte su anchura / cuando atraviesa como espada erecta / el hueco de la mesa costera» (IV), construyendo una identidad entre el ser humano y el medio líquido: «Soy agua de sal –lo has comprobado– / llego desde la voz hasta el cansancio / para ganar terreno en bajamar» (VI).

Marina Centeno, poeta mexicana.
Sorprenden las imágenes poéticas llenas de sugerencia y belleza, que no pueden pasar desapercibidas: «el cétaceo invade con su caos» (XI), «llegamos juntos a la noche» (XII), «la mirada imprecisa de la luna» (XVI). Esta es claramente una poética «modernista», donde la metáfora es el principio generador del texto poético. También esta es una poética de la sensibilidad del ser humano frente a la existencia y al universo, un modo que conduce lógicamente a observaciones con un contenido filosófico.

En verdad, para un lector atento, la poética de Marina Centeno comunica sus mensajes por la concisión y por la expresividad, sus cualidades naturales, entre otras. En estas condiciones, los aforismos están presentes en la mayoría de los poemas y dan un aura de nobleza espiritual, que merece ser revelada.

Definiciones poéticas de una sensibilidad especial, los aforismos acompañan al lector a través del poemario: «El mar es transparencia» (XII), «sabemos que la luz produce sombra» (XIV), «El mar es un vástago de lluvia», «la distancia es un hoyo sucio / que separa tus ojos de mi playa» (XXV),  «la tenacidad es oleaje / en la hemorragia de luz» (XXXIV) son sólo algunos ejemplos en este sentido. He aquí una dimensión fundamental de la poética de Marina Centeno.

* * *

Dos poemas de Erosión
de Marina Centeno

V

Dices –Eusebio– que el mar es infinito: es pequeño

Erosiona
cuando la luna pierde su hermetismo
encerrada en períodos de celo

Huye y vuelve
manso como los corderos
con esa esquizofrenia que acorrala
los efluvios del viento

Tú le abarcas –por eso es pequeño– en tus ojos mixtecos
que convierte en espuma tu silencio

Dices –Eusebio– que el mar es infinito: es pequeño

Erosiona
en la muerte del sol y en el nudo del beso.


XVIII

Cede la pausa
en abrasión de olas que van hacia la nada
en esta superficie que no tiene final

Aquellas nubes que exprimen su trayecto
volverán desgastadas
cuando aparcan nostalgias hacia el sur

Un monte blanco se extiende entre la niebla
como las cartas que llegan de lo lejos
con su desolación empapando las tablas

Volverás –lo presiento–

Mientras llegas
los pescadores tiran la carnada
y desciende la sarta escampando la muerte
con sus viejas jornadas de quebranto

Quedan trenzados nuestros nombres
entre los humedales
y el vaho que se arrastra hacia el malecón.


domingo, 20 de octubre de 2013

El libro sin poema ni lector




Resonancias, de Facundo López. Editorial En Boca Cerrada, Mendoza, 2013, 40 págs.


            por Hernán Schillagi

            La poesía es desafío, pero ¿son desafiantes los poetas en la actualidad? Es decir, la lectura de poemas propone (e impone, por qué no) una visión oblicua, una musicalidad desacostumbrada y una disposición del discurso que rompe con la prosa de la realidad de todos los días. Si bien no existen muchos lectores dispuestos a «entrar» en la poesía, el género está asimilado. Sin embargo, esa «asimilación» de la sociedad es como la que hacían los Borg, esos personajes de la Nueva Generación de Star Trek que tomaban, automáticamente y por la fuerza, toda la información y vida de culturas diferentes, pero para hacerlas desaparecer adentro de un «colectivo» sin identidad propia. Así, Resonancias, del mendocino Facundo López (Las Heras, 1977), aparece como un libro bellamente editado, con formato de mínimo folleto apaisado (un «no libro», entonces), con poemas brevísimos que prescinden del verso tradicional (¿una prosa interrumpida?) y con una dedicatoria llena de pólvora que nos hace levantar la mirada mecánica: «a los que no leen poesía».

            Resonancias, por tanto, abre un desafío  luego de Mariposa sobre las cenizas (Libros de Piedra Infinita, 2006), donde López toma al género poético por primera vez para descubrirse las cicatrices en el aire de las palabras y bajar así «a pedradas la luna»; pero sobre todo en el notable El monstruo (Libros de Piedra Infinita, 2012) aparece la poesía como una zona dinamitada. Allí el desborde contenido en versos es el material desechable con el que trabaja para dar cuenta de una historia poco probable de ser narrada: un sujeto civil, padre de familia, trabajador ejemplar en quien se agita lo deforme y lo espantosamente cotidiano. Facundo planta bandera desde el comienzo: «Olviden lo bello, no sé qué cosa sea eso, quizás otro monstruo inexplicable, como la poesía y la música».  Entonces, en este tercer libro de 2013 editado por el flamante sello En Boca Cerrada, a sabiendas de una tarea imposible, la voz que canta (¿o nada más habla?) le hace frente al lector esquivo para «explicarle» un proceso creativo fatuo: «Esta es la prueba de una línea como si fuera un poema corto». Fin del primer «poema». Abismo blanco en la página ante los ojos incautos del que lee.

            De este modo, el libro continúa: son pruebas de contacto, textos de un ensayo mayor en el que el yo poético visualiza sin piedad que la humanidad se niega a la poesía, ya que, en su discurso, no justifica ni al que la escribe ni a su lector. El poema, en sus vanos intentos, forma un dibujo irracional o sin sentido, que no es lo mismo: «Escribo en la pared como de niño solía. Despierto y vuelvo a los zapatos y el café. Escribo oculto de mí mismo». Así lo cotidiano apresa a la escritura, aunque escribir no deja de ser una posibilidad de ir un poco más allá. Además, las pruebas son evidentes en cuanto a lo formal: hay una puntuación que reemplaza el corte de verso o el encabalgamiento que, también, refleja una respiración diferente; ya que cada «resonancia» es el resultado de una frecuencia reforzada. Frecuencia acústica y hasta quizá taquigráfica, porque cada segmento tantea una hazaña casi sorda, capturar el mar del lenguaje en un poema: «Todo lo que llevo puesto. Todo lo que traigo escrito. Es prestado».

            El libro, por lo tanto, más que presentar dos capítulos está virtuosamente partido en dos: la primera parte, un «work in progress» abierto, como un borrador que se rebela y se revela para lograr su constitución en poema, a pesar de su propio autor: «Este tampoco es un verdadero poema». La segunda parte, salta al vacío, pues el que escribe ha reconocido anteriormente su derrota, pero igual ofrece su humilde pero intensa faena. Por eso, la confianza con el lector es a «ojos cerrados» y va creando una zona de tolerancia. Aquí, Facundo López se suelta con imágenes y metáforas de mayor carga. Aunque, luego de usar el voseo al comienzo, elige contradictoriamente el remanido «tú poético», existe también una fuerte apelación al otro, reconoce que el poeta poco puede hacer por él, critica con sutileza al poema sensiblero y melancólico, a la belleza órfica e ineficaz y a los poetas que escriben «largas listas» en vano, solo para endulzar el ego: «hoy amor no es caricia», asesta sin medias tintas.

            Finalmente, el experimento poético llega a su clímax: el que habla se reconoce en lo material en vez de lo visionario. No hay una misión que lo trascienda. Así y todo le pide al lector que se acerque desde la sinceridad: «Sólo conozco mis manos», le confiesa. Para llegar a un resultado tan sonoro como gráfico de una búsqueda sin contemplaciones, los registros en papel (y voz) de un cimbronazo que nadie advirtió, pero que dejó huellas reconocibles. Porque el desafío es advertir que el poema verdadero está afuera y no en las palabras. Ahora, solo le queda al lector furtivo bucear por su cuenta y no quedarse cómodamente sentado.


Algunos poemas de Resonancias,
de Facundo López




Esta es la prueba de una línea como si fuera un poema corto.

*

Seguís en esto. Deberías perder las ganas. No vas a encontrar una sola palabra que te justifique ni que lo haga conmigo. Ni vos ni yo. Demasiado humanos.
Ni vos ni yo.

*

Los muertos hablan un idioma ajeno a la razón. Sus voces se acercan a lo lejano.

*

Cada poema es una prueba. Cierro los ojos y salto. El vacío no puede ser peor que esto de saber que busco la forma del mar en un pequeño papel.

*

Tomaste mi mano. Mis labios. Caminaste mi orilla. Todo lo escrito. Pequeña. No puede explicarte.

*

Rezo con las tripas. Roto el pecho y la cabeza. Mientras largas listas endulzan el ego de los enanos. Busco en el moho de las hojas. En la sangre. En la paciencia de la roca que espera. Sabe quién es y lo que escucha.

*

Dame tu mano. No sé decir cuándo te enciendes. Deja el resto. Tal vez esto sea todo lo que vine a hacer por ti.

martes, 15 de octubre de 2013

La historia de un poema de Álvaro Mata Guillé


Álvaro Mata Guillé



Sobre Debajo del viento


por Álvaro Mata Guillé*

(Especial para El Desaguadero)

De pequeño, cuando todos dormían, en la penumbra de mi cuarto escuchaba la radio, tratando de sintonizar emisoras de países lejanos, los que aparecían escondidos entre las voces distorsionadas de los locutores. Imaginaba –envuelto en el misterio que se diluía en lo lejano– otros lugares, otro tiempo sumergido en el tiempo, otras historias, preguntándome cómo llegar a ellos, cómo eran sus parajes, qué ocurría en sus veredas, en los callejones perdidos en las ciudades, tratando de escuchar las voces, también perdidas, que pernoctaban en las aceras. La sensación, que me provocaba el vislumbre de lo lejano, reaparecía al ver el brillor de las luces, de las casas parpadeando en la oscuridad, adentrándose en las montañas, intentando deletrear lo que ahí ocurría: el origen de su origen, la simultaneidad de espacios que se concatenaban, las historias de otras historias que daban forma al aquí y ahora. Las sensaciones se transformaron en preguntas, en lo incierto, que como un laberinto, iba al pasado en busca de respuestas procurando darle un rostro al presente, incertidumbres entrelazadas por un eje común que las nutría, que las hacía ser: la sensación de extrañeza, de ajenidad, el saberse solo en tránsito hacia el abismo –la noche que persigue la noche– confundiendo la nostalgia mezclada a la niebla –a las nubes, a la lluvia, al viento–; diálogo

constante con las sombras, con los muertos, indagando con los ecos quiénes éramos, de dónde veníamos, cuál era la historia que nos poseía habitándonos, desnudando nuestra identidad, el inicio que nos llevó a ser. 

No es fácil responder qué motiva lo que escribimos, se suman muchos intentos por saber qué somos, confrontando el límite, lo que percibimos o imaginamos, la necesidad de ser convertida en necesidad del existir. Debajo del viento, como la simultaneidad de murmullos que se esconden en las luces en las montañas, entre los cercos en los montes, es un escenario de múltiples escenarios, preguntas que llevan a otras preguntas: la transitoriedad, el reencontrarse buscándose siendo otros, nuestros mitos, nuestras derrotas. 






«qué soy

¿aire

que se diluye en viento?

¿viento

que deletrea el aire?

¿valle

por donde corren

los muertos?»


Fragmento del libro: Debajo del viento, de Álvaro Mata Guillé.





*Álvaro Mata Guillé (Costa Rica, 1965). Es director de teatro-danza, ensayista, investigador, dramaturgo y poeta. Desde 1998, se desempeña como Director General del Simposio Internacional Libertad y Poesía. Dirige asimismo la revista Hoja en blanco y el sello Aire en el Agua Editores. Es Subdirector del Laboratorio de Investigación del Cuerpo en Escena y Director del grupo Baco, de danza-teatro. Como tal, ha dirigido, entre otras, las obras La Señorita Julia, de A. Strindberg (1997/1998), El jardín de las delicias, de Fernando Arrabal (1998), una adaptación del poema “Pasado en claro” de Octavio Paz (1998/1999/2000), una adaptación del poema “Cuadernos del destierro” de Rafael Cadenas (2001/2002). De su propia autoría ha dirigido Escenas de una tarde, en repertorio desde 2002 y en gira por Latinoamérica. Entre sus libros de poemas merecen mencionarse: Intemperies, junto a Norberto Salinas y Marta Royo (Ed. Aldus, México D.F., 2005), Escenas de una tarde (Ed. Lunes/Literatura Digital, San José de Costa Rica, 2004/2005) y Debajo del viento. Ha publicado además el ensayo El laberinto disperso (Editorial Alambique, San José de Costa Rica, 2005).




domingo, 15 de septiembre de 2013

Festival de Poesía de Mendoza 2013: entrevista a Fernando G. Toledo

Fernando G. Toledo (Foto: Camila Toledo)
«El público mendocino se deja siempre avasallar por la poesía»





Celebrar la palabra y también el silencio, un festival poético implica estas acciones y las hermana. Pero también representa el encuentro de personas que van a compartir el goce de conocerse «cara a cara» más allá de la lectura y conocimiento de una obra o el contacto virtual. Además, un festival es, necesariamente, presentación, puesta en escena. Los poemas se ponen de pie, salen de la intimidad del papel para prodigarse entre los asistentes.

Entre el 26 y el 29 de setiembre se realizará el Primer Festival de Poesía de Mendoza en el marco de la Feria del Libro. Participarán poetas de la talla de el nicaragüense Ernesto Cardenal, el chileno Arturo Volantines y de argentinos como Jorge Leonidas Escudero, María Negroni, Santiago Sylvester, Claudia Masin y Luis Benítez. Hablamos con el director de este encuentro, el poeta y periodista Fernando G. Toledo que nos dio detalles de esta experiencia inédita en la literatura mendocina. Además, presentamos el dossier especial sobre el Festival con datos sobre los participantes y sus poemas. 

Click en la imagen


–¿Cómo surge la iniciativa de realizar este Festival?


–Desde hace unos cinco años venimos acunando la idea de un festival con Hernán Schillagi, eterno compañero de correrías poéticas. La intención surge más o menos en los tiempos en que abrimos la revista El Desaguadero, y forma parte del mismo afán que nos ha llevado también a insistir con una editorial de poesía, como Libros de Piedra Infinita, y con otros proyectos que están por ahora durmiendo el sueño de los justos. Pero habíamos llegado a un momento en que teníamos a disposición de nosotros la posibilidad de tomar contacto con muchos poetas que admirábamos y quisimos entonces hacer lo que se hace en otros lugares pero no se hacía en Mendoza: celebrar la poesía con un encuentro de poetas. Lo propusimos hace mucho a Fabricio Centorbi, quien fue el primero que se sentó a escucharnos, cuando estaba al frente del teatro Independencia. Es que nuestra idea primigenia era que esa sala fuera sede del festival junto con otros lugares de la provincia. La cuestión se mantuvo así, en mero proyecto, hasta que este año las autoridades de Cultura se animaron a hacerlo. Centorbi ya sabía de nuestro trabajo, había leído nuestro proyecto y supongo que consideró tenía la seriedad suficiente como para darle salida a través de un ente oficial. Y así fue.

–¿Por qué 2013 es un momento oportuno para hacer este Primer Festival de Poesía? ¿Qué condiciones están dadas hoy que antes no existían?

–Creo que se conjugaron muchas cosas. Por un lado, al menos desde que nosotros propusimos el festival hasta ahora, otras provincias también se animaron a tener su propio festival. Este género, aun siendo lateral, es uno de los que mejor se ofrecen para lecturas en voz alta, que combinadas con otras actividades pueden conformar una propuesta inmejorable, sobre todo en el marco de una feria del libro. La condición que se dio ahora tiene que ver, en fin, con la decisión de hacerlo de una vez por todas. Supongo que no es fácil apostar por un festival así, y siempre habrá reticencias: los poetas no suelen ser los autores más populares de la literatura y hacer un esfuerzo económico y estratégico para convocar a poetas de diversas latitudes sólo puede decidirse cuando uno confía en el valor enriquecedor que puede tener, desde unas variables que no involucran ni la resonancia mediática, ni la convocatoria multitudinaria: tiene que ver con el mero aporte estético que nuestros grandes poetas pueden brindar con su presencia y su obra. A la toma de decisión por parte del gobierno (un particular no puede hacerse cargo de un festival así, a menos que le sobre el dinero), se suma un hecho que podríamos llamar «conocimiento del campo»: yo participé este año, como poeta invitado, de dos festivales internacionales de poesía, el de Buenos Aires y el festival itinerante Abbapalabra, que pasó por Mendoza. Cada uno me proporcionó experiencias importantes para terminar de darle forma a esta primera edición de un Festival de Poesía en Mendoza. Los compromisos personales no le permitieron, sin embargo, a Hernán participar de la organización, del trazado, de la elección de nombres y de todo lo que representa la dirección del festival, pero el impulso ya lo habíamos dado juntos e igual me animé a hacerlo realidad.

–¿Quiénes colaboran con vos en este proyecto?

–En esta ocasión muchos han colaborado. Primero, Marizul Ibáñez (ministra de Cultura) y Fabricio Centorbi (subsecretario de Gestión Cultural) con la decisión. Luego, Leonardo Martí con el trabajo abarcador de la Feria del Libro 2013, en la que está inserta el festival. Y luego Carlos Levy, quien ha ejercido como asistente de dirección y ha trabajado mucho a la hora de establecer contactos con algunos poetas y en la propuesta de otros. Virginia Oviedo (del ministerio) y mucha gente que trabaja en la feria, terminó de cerrar el círculo. A ello se suma todo el trabajo de asistencia que tiene gente más cercana a mí, como mi esposa Romina Arrarás, quien me acompañó al festival de Buenos Aires y también pudo empaparse del funcionamiento para colaborar en infinidad de cuestiones. Schillagi mismo ha servido de consejero en ocasiones, así como la poeta Marta Miranda.

–¿Quiénes serán los invitados extranjeros y nacionales?

–La lista de participantes es excelente. Me gustaría decirlo de un modo en que ese elogio no se transfiera a mí: la excelencia tiene que ver con la obra poética de cada uno de los invitados, a quienes yo simplemente he posibilitado que confluyan entre el 26 y el 29 de setiembre en Mendoza. Lo digo como cualquier amante de la poesía, que no puede menos que alegrarse por saber que estarán en nuestra provincia brindado recitales nombres como los de Ernesto Cardenal (Nicaragua); William Agudelo Mejía (Colombia); Jorge Leonidas Escudero (San Juan); María Negroni (Santa Fe); Santiago Sylvester (Salta); Claudia Masin (Chaco); Luis Benítez y Gabriel Cortiñas (Ciudad de Buenos Aires); Leandro Calle (Córdoba); Arturo Volantines (Chile); Graciela Aráoz y Gustavo Romero Borri (San Luis); Ricardo Luis Trombino, Reyna Domínguez, José Casas y Alfia Arredondo (también de San Juan); Víctor Condal Nobre (Portugal-San Juan) más los mendocinos Mercedes Araujo, Bettina Ballarini, Patricia Rodón, Rubén Valle, Dionisio Salas Astorga, Omar Ochi, José Luis Menéndez y el propio Schillagi.

–¿Qué criterios utilizaste a la hora de seleccionar quiénes vendrían?

–Hay muchos criterios en juego. Hay uno y principal, y corresponde a algo «vaporoso» para una consideración objetiva como es la valoración estética de la obra de cada uno de los invitados. Fueron elegidos poetas que tienen obras que me parecen muy valiosas, cada uno en su estilo: si otro fuera el director del festival y siguiera ese primer criterio, seguramente no todos los nombres coincidirían. Pero también hay un afán federalizador (que haya representantes de varias provincias argentinas), que influyó en las decisiones. Por supuesto entró también en el juego un tema de agendas, ya que hay poetas que no podían venir aunque estaban dispuestos y por ende pasamos a otros que tenía en una lista y que sí podían. También fue importante pensar en que este festival es sólo el primero, un capítulo de algo que pretende instalarse en Mendoza (jamás lo vería como algo que se agota en una sola edición: cada año deberé convencer a quien tenga ánimos de apoyarme que hay que seguir haciéndolo): así, siguiendo los mismos criterios que te dije, la lista podría ser enorme, pero habrá nuevas ediciones y por suerte hay muchos poetas, tanto en Mendoza como en todas partes como para conformar nuevas ediciones. También hay que decir que hubo, finalmente, límites económicos: quedaron afuera poetas que deseaba participasen pero que, por ahora, resultó imposible invitar por una cuestión presupuestaria.

–¿Cómo reaccionaron los poetas convocados ante la invitación?

–Por suerte, de manera irresponsable (risas). Quiero decir con esto que pusieron por delante su enorme amabilidad y sus deseos por visitarnos, confiando en alguien como yo, que jamás había organizado un festival poético en una provincia que jamás había tenido un festival de estas magnitudes. Muchos de ellos lo hicieron, sí, porque me conocían, o porque conocían a Carlos Levy. Otros, simplemente, lo hicieron porque son tan generosos como para compartir con los mendocinos su hermosa obra.

–¿Qué poeta te sorprendió más con su aceptación a participar?

–Sería injusto mencionar sólo a alguno. Son muchos de ellos poetas de enorme prestigio, que han transitado muchos festivales y que tienen muchas ocupaciones además de la más importante: escribir lo que escriben. Aun así se sumaron a la aventura. Sí puedo dar ejemplos: Mercedes Araujo (una mendocina que no vive en Mendoza), se ofreció a pagar su traslado y alojarse en casa de sus familiares “para que lo que podría haberse gastado en mí se utilice para la visita de algún otro poeta”. Claudia Masin también propuso hacer un traslado por sus propios medios. Otros poetas asumirán el costo del alojamiento por más días de los previstos, también por su cuenta, o de quienes los acompañan. Merced a esas actitudes, y a otras tantas, los propios poetas a los que nosotros debemos agradecer por traernos su presencia, su voz y sus versos, ponen más de sí mismos para estar aquí. Es algo que no me cansaré de agradecer.

–Para organizarlo, ¿has tomado como referencia otros festivales?, ¿qué rescatás de estas experiencias que quisieras ver materializadas en este festival?

–Como te contaba antes, mi experiencia personal tuvo que ver con la participación en dos festivales internacionales, uno muy distinto del otro, además de un encuentro en San Luis hace varios años. Pero, por supuesto, desde hace mucho estoy atento a los diseños de festivales referenciales como el de Medellín o el de Rosario, más el reciente que comenzó a hacer Córdoba. Aprendiendo de lo que hacen en cada uno de ellos, le sumé un diseño que pretende tener su propia personalidad, sin estridencias. Y, de hecho, hay muchas propuestas en lo que yo pretendo de un festival que en esta primera edición, por ser la primera, no se podrán hacer, pero espero llevar a cabo con el transcurrir de las próximas entregas.

–Es decir, que siempre la idea es apostar por la continuidad…

–Sí, porque confío mucho en lo que puede aportar este festival a una tierra que ha tenido grandes poetas. Para los poetas locales, que son muchos y muchos de ellos muy buenos, esto representará una invalorable posibilidad para conocer de cerca la obra y personalidad de muchos de ellos. Para el público que gusta de la poesía, lo mismo. Y hay tantos y tan buenos poetas, y tan grande el alimento que puede ofrecer algo así, que pensar en una sola edición sería pensar con estrechez de miras.

–¿Qué actividades paralelas se realizarán en el marco del festival?

–No habrá actividades «paralelas», todas serán actividades del festival. Sí habrá una «columna vertebral», que serán las lecturas, los recitales poéticos de los nombres que te mencioné. Pero habrá muchas otras cosas, muy interesantes: un homenaje a Escudero, por ejemplo. Una mesa en donde se reflexionará sobre la traducción de poesía. Los directores de la revista La Guacha hablarán sobre los 15 años de esta publicación, y serán acompañados por la gente de El Desaguadero. Habrá un hermoso homenaje a Teny Alós, recientemente fallecido, y no un homenaje cualquiera: estará a cargo de sus compañeros de aquel referencial grupo «parapoético» llamado Las Malas Lenguas. Habrá una presentación de un libro póstumo de ese gran poeta del tango que fue José María Contursi, y cuya publicación se ha gestado en Mendoza. También habrá encuentros con escritores, la proyección de dos películas (Oro nestas piedras, sobre Escudero, y El jardín secreto, sobre Diana Bellessi) y, en el año y el mes en que se conmemoran los 40 años de la muerte de Neruda, un panorama de la poesía chilena que vino después del autor de Residencia en la tierra. Y habrá un hermoso cierre musical a cargo de la banda Altertango, que estará presentando su nuevo disco. Este grupo siempre ha puesto mucha atención a la poesía de sus letras, y en este disco se incluyen no sólo líricas de algunos poetas sino también un homenaje a Alejandra Pizarnik.

–¿Qué encontrará el público que asista?

–Primero podrá escuchar, en eventos con entrada gratuita, a poetas formidables. Los escuchará leyendo sus propios poemas, develándonos los acentos y pausas de cada verso, verá qué poemas eligen y tratará de dilucidar por qué. Podrá acceder, seguramente, a tener en sus manos libros de esos mismos poetas. Podrá emocionarse con los homenajes, escuchar las reflexiones que hagan con los temas propuestos.

–Has participado en numerosos recitales, encuentros y festivales poéticos en todo el país, ¿qué características tiene el lector/oyente de poesía mendocino comparado con otros?

–Como no ha habido, según yo sepa, un encuentro de esta magnitud, hay que decir que el público se formará también con estos festivales (siempre, como ves, no hablo de este que es el primero: pienso en una continuidad). Pero lo que yo puedo atestiguar con lo que han sido mis propios recitales poéticos o los tantos a los que he asistido, el público mendocino se deja siempre avasallar por la poesía y es, en ese sentido, un público excelente cuando se dispone a escuchar, cuando quiere dejar alimentarse.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

La historia de un poema de Fabián Soberón


Cómo escribí las «vidas breves»

 

(Especial para El Desaguadero)


  
Siempre me impacta lo que opina alguien desde afuera. Nadie conoce el proceso de escritura de mis poemas o de mis relatos hasta que tengo la oportunidad, como ahora, de hablar de ese proceso.

Una de mis estrategias al escribir los poemas (o relatos, según cómo se los lea) incluidos en Vidas breves fue trabajar con el registro del presente histórico. Todas las vidas breves están escritas en presente. Bien: ese artificio (estoy refiriéndome a hechos del pasado y debería usar un tiempo pasado) se llama «presente histórico». El presente histórico da una sensación curiosa y compleja: remite al pasado pero con la ilusión de que está más cerca. También produce la sensación de que ocurre ahora, o mejor, de que está ocurriendo. Además, en las Vidas breves, tomo momentos que me parecen cruciales. Tomo momentos de la vida de las personas que fueron definitorias. Es decir: narro momentos que –siguiendo a Borges– le ayudan a definirse, a saber quiénes son. En ese sentido, trabajo con la cuestión de la identidad. Ese momento crucial –o que yo creo que es crucial– es fundamental porque de alguna forma le ayuda a definir su identidad, su yo.

Creo que estos recursos (uso del presente histórico y referencia a momentos cruciales ligados con la identidad) se potencian cuando están trabajados desde la idea de escena. Es decir, yo ubico y redefino narrativamente ese momento crucial a través de la idea de escena. Y entonces, los momentos se ubican en un espacio y en un tiempo definidos, casi como en el teatro o en el cine. Por eso, creo, muchas personas me dicen que las vidas breves les brindan imágenes cinematográficas. El poema o el relato están estructurados desde la idea de escena y adquiere, creo, la potencia narrativa del cine.

Algunos poemas del libro, están redactados bajo la idea prodigiosa (para mí) del poema conjetural. Esta idea fue promulgada por Kipling en lengua inglesa y fue Borges el que la difundió en nuestra lengua española. Los poemas redactados en primera persona promueven una persona falsa, una ficción. La primera persona desde la que se construye el poema es una pura ficción, una conjetura, ya que ahí habla o piensa alguien que no soy yo. Es el yo de alguien que ha dejado de existir. Ese yo lírico es una ficción, una creación decidida. De modo que en estos poemas se cruzan el uso del presente histórico, la apropiación de la idea de escena y la ficción del yo conjetural.

Debo decir, también, que los comentarios de los lectores me ayudan a pensar mis poemas y cuentos y me alientan a seguir escribiendo. Para ser escritor hay que escribir mucho y leer mucho. Pero también, y sobre todo, hay que conseguir un lector, alguien que tenga oficio de lector. El oficio de lector es simétrico al oficio de escritor. No se puede escribir sin escuchar las opiniones de un lector. Un crítico no es otra cosa que un lector entrenado, alguien que lee con placer e inteligencia. Un crítico es un lector más civil, como dice Borges. En ese sentido, no se puede escribir sin la ayuda atenta de un crítico. Y si no, piensen qué hubiera sido Kafka sin su amigo y lector Max Brod.

Por qué escribo

La escritura es inseparable de la lectura. Escribo mientras leo y cuanto leo lo escudriño para reescribirlo.

Alguna vez tuve una moto y corrí como un loco y sentí el abrazo desangelado del viento zumbando en mis oídos. Escalé el glaciar Perito Moreno, navegué por las olas turquesas del sur; deambulé, fascinado, por la cárcel de Ushuaia contemplando los patios vacíos de los maniáticos y de los asesinos. Todo, o casi todo, lo hice para después escribirlo. 

La escritura es una de las razones que le da sentido a mi vida. Por eso creo que la escritura no es poca cosa. Y la vida tampoco. Anotó Abelardo Castillo en un ensayo: «Roberto Arlt escribió para aprender a vivir feliz». Yo vivo para aprender a escribir.

Hace 22 años, dicté, en voz alta, mis primeros textos en un cuarto húmedo de un pueblo de Tucumán. Mi querida tía Amalia, devota de Edgar Poe y de la conversación voluntariosa y amable, anotaba mis oraciones en una máquina de escribir Olivetti. Eran los guiones para un programa de radio. Todavía escucho el repiqueteo metálico de las teclas y las gruesas gotas de lluvia en el techo de zinc. Las ideas copiadas en el papel se convertían en la voz grave del locutor y después se perdían en el aire infinito. Nadie recuerda hoy esos programas de radio. Las ondas se esfumaron en el vacío como los cuerpos se pudren, irreversiblemente, bajo la tierra. A veces pienso que lo que escribo está destinado, como las diáfanas ondas radiofónicas y como casi todo, a perderse en el océano arrollador del olvido.

El filósofo Emil Cioran no deseaba la inmortalidad sino haber vivido en el pasado romano. Yo anhelo que al menos una línea de mis cuentos y novelas no sea olvidada del todo. Mi escritura es, de alguna forma, una lucha empecinada y vana contra el olvido.

***

Schopenhauer

Pudo oír

en las difíciles sombras
de los días
la voluntad del mundo:
la música.
Tal vez
sólo escribió lo que vio.
Después de las cenizas
repite su doctrina:
la materia del tiempo
sobrevive.
El frágil
anciano de Alemania
ha dejado rodar
sus melodías
entre los hombres.
Suficiente.

(Extraído de Vidas breves. Buenos Aires, Ediciones Simurg, 2007)