miércoles, 26 de diciembre de 2018

Plano secuencia: los 20 años de poesía de Fernando G. Toledo

Fotografía: Griselda García.


La editorial Del Dock, en la colección El Pez Náufrago, publica entre sus títulos de este año Plano secuencia. Antología poética 1998-2018, una selección de textos del poeta, periodista y narrador Fernando G. Toledo (uno de los directores de esta revista).

El volumen se suma a esta colección, acaso una de las más prestigiosas de la Argentina, e incluye 50 poemas que no sólo repasan los cinco poemarios publicados por Toledo, sino que le suma ocho textos inéditos.

Los poemas de Plano secuencia, cuyo título alude a la técnica cinematográfica de mostrar diversas acciones en un solo plano (un procedimiento análogo al de esta antología), está precedido por un prólogo de Santiago Sylvester que reproducimos a continuación, acompañado por dos de los poemas incluidos sólo en este libro.



Toledo, el expulsado

Por Santiago Sylvester 

Siempre resulta intrigante el propósito de Platón de expulsar a los poetas del Estado. Tan luego él, uno de los más fecundos creadores de mitos y alegorías. Sin embargo es así, aunque no queden demasiado claras las razones a pesar de que se ha tomado el trabajo de explicarlas.

Pareciera que su desconfianza es porque los poetas no son razonables (y es cierto, no lo son: al menos no del todo), o por la propensión que tienen a mentir («el poeta es un fingidor»: ¡salud, maestro!), o quizás, como también está dicho, quiere aplicar esa «áspera medicina» a quienes pueden producir lo que no pueden explicar (y esto también es rabiosamente cierto).

Montaigne, el mismísimo Montaigne, juega una carta a favor de los poetas cuando dice que Platón era un «poeta deshilvanado»; de modo que mucho antes de que irrumpiera Freud ya se enunció una razón bastante freudiana: se trataría de alguien de la tribu que, mutatis mutandi, opinaba que las uvas están verdes.

Puede ser, todo puede ser, pero pasados los más de veinte siglos desde entonces, y viendo que Platón y sus ideas siguen siendo incansables, lo que me parece claro es que, diga lo que diga, a Platón hay que escucharlo. Por eso yo he adoptado un juego privado, de lector tan maniático como cualquiera, que consiste en preguntarme cuando estoy ante un poeta (o más seriamente ante su obra): «¿Platón lo expulsaría?». Si la respuesta es «sí», todo está bien y la lectura continúa estimulada y feliz; pero si la respuesta es «no», es posible que termine expulsándolo yo: de ninguna República, por supuesto, sino de mi ámbito más íntimo, secreto, que es el de mi interés como lector. Y en esto puedo ser, como todos, más implacable que Platón, con el terrible poder de cerrar un libro y no abrirlo más. Sé de sobra que «con la vara que midas serás medido», así que debo esperar reciprocidades, pero el juicio implacable es tan inevitable que no vale la pena cambiar de costumbres por eso.

Ahora me ha tocado leer Plano secuencia, selección que Fernando G. Toledo nos acerca de sus propios poemas, y lógicamente no he hecho ninguna excepción: me hice esa pregunta abstracta sobre el posible destierro de Toledo, y la respuesta ha llegado cargada de razones. Leo, por ejemplo:

«Una muerte para cada cadáver
Una correspondencia para cada sueño
Tus relojes están llenos»

«Un cuerpo se desnuda y rescata su forma»

«Levantas el papel que nadie ha escrito
y una esquirla de presente te alcanza»

«La suerte presenta la renuncia»

«Es lo que tengo Lo demás se ha ido»

«Este poema va a ser corregido
por el siguiente»


Cito fragmentos porque no es posible copiar ahora poemas enteros; y lo que queda evidente es que en ellos se ocultan motivos fuertes. El repaso de esta obra muestra un destino en ejecución, alguien que calibra ideas, palabras, propenso al endecasílabo y también a que se note poco, que se instala en la incertidumbre, y que camina con los dos pies de la cultura: conocimiento del pasado (he encontrado varios saludos, unos evidentes y otros secretos), y construcción de lo que está viniendo, que es la parte del futuro que nos toca y que Toledo transforma en innovación. Estoy diciendo, para seguir con la alegoría, que Platón lo desterraría.

Sería expulsado por buenas razones, y estaría en buena compañía: no hay que olvidar que a Toledo lo acompañarían Homero, Hesíodo, Píndaro, Ovidio y Eurípides. Nada mal para una temporada fuera de casa.

Mayo de 2018





Dos poemas de 
Plano secuencia
Antología poética 1998-2018


Foto desconocida

En esa foto, otro instante embalsamado
Que casi consigue escapar de la eternidad.
No pudo hacerlo. Dejó todo allí, con esas herramientas
Prestadas por la realidad para su propio plagio,
Y convirtió la escena matutina de un colegio
En un campo de batalla con cuerpos cercenados:
Falta un brazo allí, aquel no tiene cabeza,
Muchas piernas se perdieron en el disparo
De la cámara y toda una dimensión cayó
Sin dejar siquiera un rastro de sangre.

Hurguemos en los restos: las caras
Que descubren la lente llaman primero la atención
Aunque no son las que importan. Sin embargo
Allá, ubicado en un ángulo fingido
Por las leyes del formato, un hombre mira hacia abajo
(Siempre hay que andar con cuidado) y presta
Lo opaco de su cuerpo para quedarse allí,
A la vez en el pasado y el presente,
Abriendo, frente a mí, un agujero negro
Que absorbe la materia del olvido y me arrastra
Hacia aquel punto escondido en el cráneo,
Justo detrás de otro recuerdo, fijos sus rasgos,
Nítidos por prepotencia de juventud, provoca
Que yo estire los dedos, los pase por su silueta,
Y compruebe que, sí, ese es mi padre,
Y no aquel cuyo rostro
Quedó cerrado hace años ya a la luz.


* * *


Destino fijo

Porque hay una línea en sal trazada
Que se vislumbra aun a lo lejos,
Vamos a caminar. Lento,
Los pasos se oyen, el eco
Rebota contra las piedras;
Rápido, un relámpago que muy tarde
Se replica en un crujido ronco.
Lento, el sol da de frente
Pero algo vemos al fin; rápido
Es oscuro y a ciegas, como un pérfido juego.
Vamos a caminar: lento,
Un sabor que nos pasa por la lengua;
Rápido, todo
El veneno junto.
Vamos a caminar: sopla en contra
Un arduo viento y nos llaman,
El sendero es pedregoso.
Pero estamos
Cada vez más cerca.

martes, 25 de diciembre de 2018

El estallido poético de la lengua

César Vallejo, según Pablo Picasso.

Por Fernando G. Toledo

El día y el mes permanecen en el vapor del olvido. Pero el año está claro: 1918. Hace, entonces, 100 años, un poeta nacido en Perú comenzaba a escribir uno de los libros más sobrecogedores, revulsivos, novedosos e influyentes de la literatura contemporánea.

Eran tiempos difíciles para César Vallejo, el poeta en cuestión, y otros peores iban a llegarle en medio de su laboriosa escritura. Dificultades a las que no sería antojadizo atribuir parte de responsabilidad en el carácter tan novedoso y a la vez anómalo que tendría el conjunto de poemas.

Vallejo venía de publicar un elogiado libro llamado Los heraldos negros, en el que mostró ya una voz sorprendente que parecía superar el modernismo que, con la fuerza de Rubén Darío y Leopoldo Lugones, se imponía en la poesía castellana de aquel entonces. Pero aunque el germen estaba allí, los brotes cenitales que representarían los poemas de Trilce (publicado, al fin, en 1922) serían difíciles de prever.

Desde la escritura de los primeros poemas hasta los que incluyó poco antes de la impresión, César Vallejo vivió la muerte de su madre, la separación de su novia (quien lo dejó para evitarle al escritor la tristeza de verla morir por la enfermedad terminal que padecía) y una reclusión carcelaria de más de 100 días.

¿Qué puede un hombre, y particularmente un poeta, devolver ante esas adversidades? Pues lo que Vallejo devolvió fue una gema de un color y una forma desconocidos, tallada en una piedra dura pero dócil a los dedos de su poética. Trilce reunía sonetos, poemas en prosa y muchos en verso libre.
En total, 76 textos agrupados bajo una palabra que veía la luz por primera vez y para siempre, y que aún hoy fascinan por la potencia de su expresividad y por las novedades gramaticales, léxicas y conceptuales que legaron.

La cárcel, acaso, pueda servir de metáfora para lo que hizo Vallejo con la lengua: forzó los barrotes que lo recluían y, vencidos ya, los dejó como muestra de su fortaleza lírica («En la celda, en lo sólido también / se acurrucan los rincones», dice a propósito uno de los versos).

Soles, tristeza, dulzura
El título es un buen portal para entender lo que vendrá: esa palabra desconocida, pero a la vez tan sonora y familiar, es aún una incógnita. ¿De dónde salió? Acaso, de la conjunción entre los vocablos «triste» y «dulce» («tri-lce»). La explicación de un estudioso de su obra va en otra línea, una que a los seguidores de la serie Games of Thrones les recordará el procedimiento que da nombre al personaje de Hodor por repetición degradada: «Hold the door, holdedoor, holdor, hodor».

En el caso de Vallejo, André Coyné explica que tuvo que ver con el precio adicional en moneda peruana que debía pagar el poeta en caso de cambiarle el título original (Cráneos de bronce): tres soles. Al parecer, el autor comenzó a decir: «Tres soles, tresoles, tresles, trelse, trilce». Y así, obtuvo el nombre.

Pero fuera del título, Trilce trae poemas en los que la lengua es forzada a tal punto que se destruye, arrastrando acaso el sentido, pero consiguiendo transmitir, comunicar, insinuar mucho más de lo que tal vez sería capaz si respetara las convenciones.

Un poema arranca, por ejemplo, con estos versos insólitos:

«Alfan alfiles a adherirse
a las junturas, al fondo, a los testuces,
al sobrelecho de los numeradores a pie.
Alfiles y cadillos de lupinas parvas».

¿Qué nos dice Vallejo? No se sabe, pero lo cierto es que atrapa con esa música, con ese ritmo, con esas insinuaciones. En otros textos arremete con más frases neologizantes («Rechinan dos carretas contra los martillos / hasta los lagrimales trifurcas»), u omite la ortografía para lograr expresividad («Vusco volvvver de golpe el golpe») o da un golpe de dados para invertir las letras de las palabras («Oh, escándalo de miel de los crepúsculos. / Oh, estruendo mudo. / ¡Odumodneurtse!»).

Lo notable, además, es que con esos poemas contundentes como un sablazo inesperado, conviven otros de apariencia más «transparente», pero que introducen quiebres similares, con lo cual muestra que detrás de toda apariencia de familiaridad puede anidar un monstruo de nueva elocuencia poética.

Un siglo después del inicio de su escritura, Trilce sigue fascinando, y los caminos de su obra (que luego seguirían Huidobro, Girondo y Gelman, entre otros) permanecen abiertos y vibrantes como una playa inexplorada, acaso esa de la que habla en el último de los versos:

«¡Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!».

Publicado en diario Los Andes el 25 de febrero de 2018

lunes, 2 de abril de 2018

El Desaguadero / Número 19



Una revista de poesía 
escrita por poetas

*

ENTREVISTAS

por Augusto Munaro


LA HISTORIA DE UN POEMA

por Liliana Lukin

por Silvina López Medin

por Osvaldo Picardo

por Eduardo Espósito

por Valeria Pariso 

por Luis Benítez

por Patricio Torne


NOTAS Y ENSAYOS

por Hernán Schillagi


REPORTAJE HAIKU

por Hernán Schillagi


LA EXCUSA DEL POEMA

por Hernán Schillagi


RESEÑAS CRÍTICAS

por Hernán Schillagi

por Hernán Schillagi

por Fernando G. Toledo

por Fabián Almonacid

por Diego Roel

por Fernando G. Toledo

domingo, 25 de marzo de 2018

Entrevista a Enrique Campos



El oro del sentimiento

Por Augusto Munaro
Especial para El Desaguadero

Hoy es lejano (Ivan Rosado), el quinto libro del poeta Enrique Campos se afirma sobre una escritura que ha sabido tejer en la unidad de sus temas, en la persistente y singular mirada que enriquece la experiencia, un tono personal, un pequeño universo que se construye y renueva en cada lectura. Versos que transmiten sensaciones a través de atmósferas que no eluden la emoción. Porque para Campos, el núcleo de la verdadera poesía ha sido y será siempre el sentimiento. 

–Hoy es lejano, me refiero literalmente al título, desprende una connotación un tanto nostálgica.
–La verdad es que no escribo poemarios pensándolos como tales. Escribo poemas sueltos y al cabo de un tiempo, cuando veo que llego a un cierto número, o cuando noto un cambio de tono o de emoción, suelo decir «basta» y releerlos. En esa relectura me vuelvo consciente de algún hilo que quizás me atravesaba en el tiempo que escribía esos poemas y en esa línea intento estructurar el poemario. Generalmente el principio y el fin de ese proceso coincide con alguna vivencia personal, una etapa que termina o algo así. En el caso de Hoy es lejano no me es tan claro porque lo dejé medio de lado al escribir, corregir y publicar mi siguiente libro, que aunque salió antes, es más mi último libro que éste. Así que al volver luego a Hoy es lejano, porque no me gusta dejar sin publicar las cosas mientras tenga la oportunidad de hacerlo, noté que no tenía mucha conexión con el sentimiento que había detrás. Era como si estuviera corrigiendo poemas ajenos. De ahí quizás el título y la idea de lejanía. No sé si fue intencional la verdad, ahora me gusta pensar que sí… Pero en realidad no lo sé. Es mi libro menos mío de alguna forma. Donde esa lejanía me puso en un lugar en el que no había estado antes. Fue distinto. Suelo estar emocionalmente más cercano al corregir y esta vez estuve más frío.

–En Hoy es lejano, como en el resto de tu obra, hay versos alucinados que elaboran paisajes oníricos. «Sólo están los pinos ahogados en la / niebla; una muralla acostada sobre los huesos / sin / nombre». O bien: «En la oscuridad de los puertos que seca el tiempo, / entre la arena y el barro, se asoman las manitos de / uñas cortas». ¿Pensás que existen vínculos relacionables entre tu poesía y los sueños como espacio de creación?
–Sí, totalmente. No es algo buscado. No me levanto con un bloc y una birome en la mano y escribo un sueño, pero sí soy muy consciente del mundo interior que tenemos. El mío propio lo cultivo desde que tengo memoria. Es casi como una vida paralela de sueños, ilusiones, fantasías y dolores desgarradores, que muchas veces es hasta más fuerte que mi mundo real. No porque esté loco, sino porque es un lugar de mucha riqueza creativa. La vida también lo es, y ese mundo onírico obviamente nace de esa realidad concreta, pero luego se transforma en algo más lúdico y maleable, menos rígido. Y eso me gusta. No me parece que lo onírico sea opuesto a lo costumbrista o a lo cotidiano, me parece que conviven dentro de uno mismo. Y lo que para muchos puede ser algo alucinado o surreal, para mi generalmente, mientras no pierda conexión con el sentimiento, es algo completamente verosímil.

–Resulta evidente tu interés por el surrealismo…
–Me parece que el surrealismo es algo que se me vuelve completamente cotidiano. Me interesan los límites de la racionalidad y me interesa pasarlos y ver qué hay después. Y creo que lo que más me interesa de lo que hay después son los sentimientos o las emociones, en el estado más puro. Sin tener que ajustarse a ninguna lógica de la razón, o a la imágenes preestablecidas que las identifican. El sol, la luz, el calor no necesariamente tienen que indicar amor, cariño, valentía, etc. Al igual que la noche, el frío y la oscuridad, no tienen por qué necesariamente indicar miedo, dolor, angustia y soledad. A veces sí, y está perfecto, pero a veces hay otras imágenes, y pararme sobre esa barrera mirando hacia los dos lados me parece un desafío que disfruto mucho. No hablo necesariamente del surrealismo como movimiento artístico, hablo de una conexión personal con ese otro lado de la razón, de una cierta idea de diálogo, y me encanta.

–El libro está estructurado en dos partes: I. Un paseo que tanto se parece a la imperfección y II. Así la tarde de espinas… ¿Por qué?
–No hay mucha justificación para eso en mis libros en general. Suelo ser bastante intuitivo en el armado y el ordenamiento de los poemas. Los títulos, en todos los casos, siempre surgen de mi libro anterior, son versos de mi libro inmediatamente anterior. Tanto los capítulos internos como los nombres de los poemarios. Salvo el primero que lo tuve que inventar, y el que saldrá a fines de este año, para el que decidí salirme de ese gesto innecesario que me tenía un poco preso. No me gusta ponerle títulos a los poemas, siento que estoy induciendo al lector a leer desde alguna óptica o algo así. En cambio no me parece mal dividir un libro en partes, si es que dentro de cada división hay una cierta lógica narrativa, aunque sea sólo para mí. Además como lector me gustan los capítulos en general, siento que me dejan abrir y cerrar una puerta chiquita en contraposición a tener que abrir y cerrar toda una casa, o lo que es peor, irme a dormir sin terminarlo y dejar la puerta de la casa entreabierta. Miedo.


–¿Te identificás con alguna tradición poética?, ¿algún autor que haya despertado tu interés en particular?
–Aunque suene quizás medio adolescente, me identifico bastante con el surrealismo y el decadentismo, desde los poetas malditos hasta los beats. Me fui volviendo un poco más romántico me parece, hasta barroco por momentos quizás, pero una cosa no quita la otra. Tampoco tengo una formación literaria muy profunda, no leí tanto como me hubiera gustado ni estudié historia o teoría literaria como para poder contestar esta pregunta con un poco más de información y respeto. Empecé a escribir por Rimbaud, como seguramente muchos poetas lo hayan hecho. Y aunque no lo releo hace mucho ni consulto a ninguno en particular, me suscribí instantáneamente a esa forma de escribir mucho más visceral, impulsiva y emocional, que a las vertientes más academicistas, correccioncitas o metódicas.

–Me gustaría saber sobre el modo en que construís las escenas de tus poemas. Leo un ejemplo: «Contra las tumbas frescas de niños guerreros, / crecen a resguardo visiones encantadas como / espigas de trigo». ¿La imagen precede a la palabra o viceversa?
–Puede pasar de las dos formas. Suelo escribir muy rápido. Como intentando escaparle a la mente racional que acecha. Y muchas veces se me imponen imágenes y otras veces frases. Palabras no. Tengo un tema con las palabras sueltas, me generan una cierta extrañeza, intento escribir fácil y que la imagen sea la protagonista. Pero en el fondo, mucho antes que la imagen o que la frase, está el sentimiento. Si la frase rompe la conexión con ese sentimiento, la cambio, y si la imagen no logra a mi juicio transmitirlo, la saco. Transmitir sentimientos es básicamente lo único que intento hacer. Lo demás esta todo en función de eso.

–En una extraña coreografía de objetos, a través del poemario se nombran velas, espejos, alas, nubes… ¿Pensás que tu poética ritualiza ciertos objetos para resignificarlos?
–No es mi intención consciente, creo, resignificar nada. Sí creo que puedo a veces utilizar cierta idea detrás de algún objeto como símbolo para construir una imagen y, de nuevo, transmitir una emoción. Pero lo hago desde un lugar muy personal, no es una búsqueda que pase por dirigir o manipular al lector, sino más bien desde una búsqueda estética por expresar algo de una forma más clara. Y las simbologías también surgen de mi propio imaginario. Los espejos o las velas no significan lo mismo para todos, y esa construcción que se genera sobre la significancia de determinados objetos o imágenes entre el que escribe y el que lee, me parece increíble. Si y solo si, ese diálogo existe desde la emoción.

–¿Qué significa para vos el lenguaje?, ¿cómo lo domesticás a tus obsesiones?
–Es un medio, un instrumento. Como lo puede ser la música, la pintura, la matemática… No soy para nada un defensor del lenguaje per se. Intento en vano domesticarlo a veces escribiendo algunas palabras de forma distinta, no poniendo doble signo de pregunta o interrogación, usando muchos guiones o comillas, etc.., pero siempre termino cayendo en la idea que en realidad es disruptivo innecesariamente. Es decir, me interesa escribir sobre sensaciones, sobre lo que sentimos cuando vivimos, cuando morimos y renacemos. El lenguaje en sí no me importa mucho más que como una herramienta para comunicar eso, me parece casi anecdótico en sí mismo. Si me hubiera dedicado a la pintura la respuesta sería la misma. 

–¿Existe el estilo en poesía?
–En todo creo que existe el estilo, hasta en la forma en la que uno vive. No lo veo como algo que se crea artificialmente, ni que se busca de forma deliberada. Sí, por supuesto, es algo que se trabaja y que se intenta pulir. Desde un lugar individualista para intentar diferenciarse del resto. Y también desde un lugar más genuino e interesante a mi juicio, que sería el de afinar eso tan íntimo que uno tiene para decir de la forma más universal que se pueda, y a la vez transmitir eso tan universal que uno siente, de la forma más íntima y personal posible.

–Me gustaría te refirieras al aspecto narrativo con que articulás buena parte de tus poemas. Si bien no solés explicitar este mecanismo, es común notar un trabajo notable en torno a la descripción. En ese sentido, cada poema logra atmósferas diferentes.
–Como escribo cada poema por separado, de una forma muy poco disciplinada u organizada, me es fácil encontrarme con imágenes o atmósferas muy distintas entre sí. Se me mezclan mucho en esta repuesta las cosas que dije antes. Para empezar pongo siempre el acento en la emoción, en lo que estoy sintiendo y quiero expresar. Luego aparecen imágenes o frases que me van llevando y termino con un determinado texto. No tengo mucho más para decir que eso. Quizás en la corrección hay una cierta limpieza de todo aquello que siento que está de más. Como en la vida misma, siempre hay cosas que están de más. No vuelvo a leer nada mío una vez publicado porque no puedo soportar no haber sacado más cosas.

–Enrique, ¿cuáles son algunos de los clichés de la poesía contemporánea?
–¡Ay! No me gusta opinar mucho sobre la poesía contemporánea porque no me siento ni con conocimiento histórico suficiente, ni tampoco tan metido en lo que se está haciendo. Sí creo que hay un lado de la poesía, que existió siempre y que sigue siendo un cliché, y es el tema de la pretenciosidad. Me parece que la pretenciosidad es uno de los peores enemigos en cualquier rama del arte. En la poesía se ve muy claramente en dos áreas: en la forma y en las palabras. Alguien que antepone la forma a la emoción, pierde. Y alguien que se endulza con el sonido de ciertas palabras en lugar de intentar vehiculizar una sensación, también pierde. ¡Esto es obviamente mi opinión! Hay mucha gente joven que ama la poesía en verso, la métrica, la rima, y la buscan antes de ver lo que sienten o lo que les interesa transmitir; como también hay gente joven que se esfuerza en grandes descripciones cargadas de palabras inmensas que ni siquiera utilizan en lo cotidiano. Creo que en ambos casos, aunque válidos y hermosos para muchos críticos y lectores, se termina poniendo el carro adelante del caballo. En lo que a mí respecta, nada debe imponerse a la emoción, nada debe estar en un plano superior, y todo recurso que se utilice (palabras, frases, descripciones, imágenes, formas, etc..) debe estar al servicio de eso. Mi intención, y lo digo como lector de poesía, es relacionarme con la emoción, y si algo se interpone, ya no me interesa.

–Por último, ¿qué sentido de realidad te ofrece particularmente la poesía?
–Me ofrece la realidad cotidiana más pura de lo que significa transitar esta vida como un ser humano. Como cualquier otra forma de arte, la poesía, como escritor y como lector, es una forma más de buscar una manera de comunicación de nuestros sentimientos y emociones más universales y a la vez privadas, y al reconocerlos en un texto, es decir, en un otro, no sentirnos tan solos.  

Dos poemas del libro 
Hoy es lejano 
(Iván Rosado) 
de Enrique Campos



Comenzó la lluvia del final del invierno

Contra las tumbas frescas de niños guerreros,
crecen a resguardo visiones encantadas como
espigas de trigo

El viento frena en la puerta donde descansan los
padres huérfanos. Las nubes bajan y bailan en la
inmensidad del silencio.

El gris con el que se tiñen las calles y los ríos se
parece a la nieve. Quizás lo sea con el tiempo.


 *

Bajo un manto nocturno y frío, se escucha el canto
que escapa por sus mangas.

Las burbujas ascienden hacia un claro entre
cuerdas de arpa. Son voces que dicen aquello que
no se escucharía en los ecos de la superficie.

En la oscuridad de los puertos que seca el tiempo,
entre la arena y el barro, se asoman las manitos de
uñas cortas.


Enrique Campos (Bs.As. 1982), publicó Las edades de un monstruo (2009), Uno y todos los posibles (2011), El momento en su boca (2012), y Eterno sólo para él (2016). Ha publicado además poemas en diversas revistas como El poeta y su trabajo, Hablar de poesía, El Banquete y Cuisine & Vins.

lunes, 12 de febrero de 2018

Imágenes de una causa personal



 En las fotos todavía corre el viento, Débora Benacot. Fundíbulo Ediciones, 2017, 114 págs.




En qué se parecen las fotografías a los poemas. Mejor dicho, cuánto de las palabras, los movimientos, los gestos nerviosos y las sensaciones ocultas quedan apresados en el breve cuadro de una foto antes de que una cámara dispare su click luminoso. La poeta Débora Benacot (Mendoza, 1976) busca en su nuevo libro En las fotos todavía corre el viento capturar la fugacidad de los momentos -en formato verso- al modo de lo que sugiere Susan Sontag: «Todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo…».

Ya desde su título, la obra propone que las imágenes de una foto poseen un elemento extra (o extraordinario), un efecto al estilo cortazariano de «Las babas del diablo», donde los ojos pueden sorprenderse con un recuerdo no visto que se corre, o descoloca todo de su lugar fijo.  Por eso, el libro en el diseño simula ser una polaroid recién impresa, con su margen blanco y un cuadro negro detrás, que sostenemos con las manos y, cómo no, también con la mirada: «Todo estalla en la cara / todo está  ya / detenido para siempre // y sin embargo / la sangre seguirá corriendo en esa foto…». Como en sus libros anteriores, Ácaros al sol y Pirsin, Benacot construye series poéticas, es decir, tiradas temáticas que agrupan significados o campos de exploración: «Panorámicas», «Retratos», «Analógicas», «Instantáneas», «Tira de prueba» y «Cámara oscura». Por lo tanto, las modulaciones de la luz que cada poema emite, reflejan recuerdos de la infancia, juegos de palabras, referencias a la cultura pop y la poesía, humor y mucha ironía; como cuando actualiza socarronamente el antiguo refrán: «Selfies vemos, / corazones no sabemos». La autora despliega así un álbum intenso y miscelánico ante el lector, donde los amigos, familiares, algunos poetas y actores famosos (Ted Hughes, Sylvia Plath, Marilyn Monroe y Michael Fox) son flashes manifiestos de una oscuridad compartida.

Entonces, más allá de la moda actual de las autofotos, en toda fotografía que se precie, siempre ha habido una ausencia; alguien que sacrifica su retratada inmortalidad para ser el que está «del otro lado», el que decide los límites de la realidad que esa imagen va a congelar. En este caso, Benacot realiza en varios poemas un intento de vínculo trascendental (quizá ese viento que corre) entre las fotos y su padre, un fotógrafo tan aficionado como certero: «Tu padre ha muerto / no es un ángel que te cuida / desde el cielo / es un nombre / en una placa de aluminio /cuerpo quieto en una caja / desintegrándose en el parque…». Si la poesía, por tanto, es recuerdo, aquí la pregunta sobre la semejanza con la fotografía hallaría su anclaje, su justificación punzante, ya que el poema sobre el padre continúa con esta especie de respuesta: «es una foto / en la que sonríe / como si nada doliera…».

En una época donde los soportes tecnológicos y las redes sociales han permitido una abundancia casi obscena de las fotografías, tomar un puñado de textos que hablen de una pérdida inmensa, enfocar el dolor para revelar en el laboratorio de la metáfora imágenes inolvidables y proyectar, finalmente, el retrato panorámico de una despedida; resulta ser un verdadero acto de amor, de esos que quedan grabados a fuego en la memoria fotográfica de los días y las noches.


***


Seis poemas de En las fotos todavía corre el viento


Un copo
que no es igual
a ningún otro.
Esa estampa inmarcesible
regocijo de criatura
en el asombro
ver así de cerca
lo blanco
para siempre.

Una foto
única
donde todavía
cae la nieve.

*

Cuando tu primogénita
llora en la vereda
y mira hacia el suelo
con su jardinera roja, polera amarilla

vos das un paso atrás
tomás distancia
paren el mundo
lágrimas y rulos
y ejecutás el disparo.

No es sádico, sino más bien
un gesto hasta poético.

Debo haber heredado eso de vos,
además del humor
y los juegos de palabras.

¿Me ves llorar
ahora menos
rulos más alta
sin nadie que se apiade
que venga a eternizar con luz
este otro desconsuelo?

*

Éramos tan jóvenes

En esa foto -como en otras- sonreímos.
La piel tirante,
el pelo del color
que amábamos en esa temporada.

Las ganas de pasar
el rato en el rito de los libros
la lengua larga para hablar
de todos y de todo
lo que hacía girar nuestro
universo
mate, metas, mitos, vino
y siempre en el final
bailar como entusiastas
en el claro de los sillones
que era la pista mejor
para los pasos
que improvisábamos
con el descaro
de sabernos
eternamente impunes
tan bien acompañados.


*

Michael Fox no tiembla
en ese álbum del pasado adolescente
pero a la nostálgica que permanece en vos
ahora le preocupan un poco más
los que desaparecen de las fotos
del futuro.

*

Blow up

Las manos en el líquido amniótico
que revela la imagen
que flota de apoco
que viene del fondo a boquear
en la superficie.

El olor del líquido y la sangre
subiendo
empapando la gasa
al costado de la sien.

Tu muerte
el final enmarcado
en esa cama de terapia intensiva.

Me alejo
con horror
de la instantánea
que aparece
ante los ojos

Me alejo, pero no retrocedo
quedo adherida a la escena
los olores
las manos que duelen
-olvidé los guantes,
no tomé con pinzas-
el piso pegoteado con las babas
del diablo.

Todo estalla en la cara
todo está ya
detenido para siempre

y sin embargo
la sangre seguirá corriendo
en esa foto
como el viento
o el tiempo en estas venas
al costado de los días
desahuciados.

*

Pictures of you

Una canción vieja
para llorar
este dolor nuevo.
La grabás una vez detrás de otra
del mismo lado del cassette
y empezás a torturarte de modo persistente
porque los dolores nuevos
cicatrizan más rápido
cuando se escuchan
a todo volumen
de corrido.


lunes, 8 de enero de 2018

La historia de un poema de Liliana Lukin

Liliana Lukin (foto de Camila Toledo).


por Liliana Lukin
Especial para El Desaguadero

Leí durante años a Spinoza sin comprenderlo del todo, en una traducción directa del latín, con construcciones sintácticas raras y abstrusas que no me rechazaban: algo allí resonaba como un diapasón. Yo leía y releía como literatura lo que era filosofía y literatura, de todas maneras. ¿Qué era ese libro para mí, que me pedía convertirlo en escritura poética? 

La Ética de Spinoza podría leerse también como la teoría de un «mundo soñado». Toda utopía lo es, y cuando un deseo político se hace programa, ¿qué es sino un sueño, el deseo máximo que se aspira realizar en lo real ?

Leí en la Ética el sentido de «volver posible un sueño», leí a Spinoza como la letra de un proyecto que todavía no ha sido posible, como la voz del que va a sentar las bases de ese mundo, creyendo en la racionalidad viable de ese proyecto, explicando sus leyes internas y pensando un mundo donde eso sea, a pesar de todo. La Ética será eso.

¿Cómo ficcionalizar, poetizar, un pensamiento, no ya un libro, como la Ética demostrada según el orden geométrico, de Baruch de Spinoza?

Pero el recurso al concepto «sueño» como sustantivo y no como verbo, que en este relato aparece como frase hecha, y que es una idea repetida en la historia («deseado» como sinónimo de «soñado»), fue como un eureka, después de largas lecturas y búsquedas de una resolución formal, pero un eureka intuido apenas como dirección, o estructura.

Empecé a trabajar en lo que era una expresión de deseos enunciada orgánicamente, y el concepto se deslizó de sustantivo a verbo: cada poema un sueño, todos los sueños, uno por uno infinitos y distintos, iguales cada vez desde otro lugar (describir un sueño, comparar un sueño y la vigilia posterior, analizar el mecanismo del soñar, dudar de lo soñado, saber que es sólo un sueño, imaginar el argumento de un soñar, explorar variaciones de un argumento, derivar hacia otros, en fin, declarar en el poema un saber y renovar la fe en su posibilidad), siempre en relación con lo que la Ética propone y que me interpela, aquello leído allí de mi propio pensamiento político, ético-estético, más o menos visible en todo lo que escribo («La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro», dice Levinas).

En el libro siguiente, Libro del Buen Amor, los poemas son como el enunciado de la consecuencia del fracaso de Spinoza en este mundo, donde igual, algo fracasa mejor con él.

Al principio la voz era la de un yo femenino, identificable con el yo de la escritura, la escritora, pero supe que debía pasar todo a masculino, y me resultó perfecto: era él el que explicaba sus obsesiones, como si él fuera un inocente, un médium, un ser sencillo que tiene esa especie de misión: fundar un texto sobre sus sueños de un mundo mejor, aún sabiendo cómo es el mundo.

Un ser que concibe, contra todo el desgarro que el cristianismo instala y aún hereda nuestra ideología, un cuerpo no separado de un alma, un alma que sólo vive por un cuerpo, un cuerpo que determina, un complejo sistema de emociones, deseos y voluntades afectados por otro sistema de pasiones que devienen una u otra conducta, y unas ideas imbatibles sobre lo que es mejor para los hombres y mujeres en esta tierra: la certeza de que «no deseamos una cosa porque es buena, sino que es buena porque la deseamos», fundando casi el pensamiento psicoanalítico y el principio de goce y de placer... y así podría seguir..

Finalmente: la Ética de Spinoza ha sido soñada otras veces a lo largo de tantos siglos, que el hecho de que la palabra «soñar» fuera tan fácil de usar, estuviera tan «cargada» de usos, fue algo contra lo que escribí, y esto es fundamental: yo tomé esa palabra literalmente. Insistí en su literalidad para cambiar la obviedad de su uso, relacionable con los deseos y utopías, y trabajé en el límite de esa doble escucha de la misma, y quise igualmente trabajar sobre el acto de soñar y hablar de lo soñado, incluso cuando lo soñado (y ese es, por eso, el poema clave) sea «el sueño de todos». Va primero ese poema, y como todo este libro ha sido tratado como un sólo y único poema y sus variaciones, siguen otros:

XIV 
Algunos sueños son
mejores que otros,
porque parecen una fuerza natural
donde me pierdo
en otros que los sueñan conmigo,
son felices,
más fáciles de recordar
y antiguos: como si fueran
lo que llamamos –todavía-
“el sueño de todos”.

I

Siendo que
‘el sueño de la Razónengendra monstruos’yo deseo que la Razón
no sueñe,
sino que obedezca al deseo
y sirva a la necesidad.
Mi sueño de obediencia
y servicio se olvida
de incluir entre sus frases
‘si no así, cómo, si no aquí, dónde, si no ahora, cuándo’.
Mi sueño es un sueño
incompleto. Temo por él.

IV

Con una marca de tinta
señalo las puertas
de los sueños no cumplidos:
años de tinta, tiza, carbón,
años de sueños señalados.
Cuando duerma
otra vez, las ideas bailarán
alrededor de una mesa
la danza de los apenas
satisfechos.
Al despertar abriré,
apenas tocando, lo marcado
y gritará: una rajadura
basta para entrar
al paisaje de lo incompleto.
Y estaré cansado,
no como quien trabaja
en un sueño,
no como quien insiste
dibujando detalles de un tapiz
para no corromperse
en lo quieto de haber visto,
sino agobiado,
como quien pone los platos
que faltaban
en una mesa interminable
y no tiene platos
ni pan,
sólo puertas.

V

Si lograra dormir,
profusas imágenes en movimiento
darían plenitud
a la cosa soñada.
Como una mesa sucia
donde han comido los amigos
la escena se expandiría
hacia los bordes: todo mesa,
todo sucio de haber saciado,
todo mantel el mundo.
Pero estoy despierto
y los niños me miran
porque canto, lloro,
bailo en círculos cada vez
más grandes
e inmerso en la pena
entro en la oscuridad.

VI

Sueño con voluntad:
mis sueños como una maqueta
de vidas por armar,
diseñados con materias probables,
equilibrios frágiles y torpes,
razones intercambiables.
Planos de planta,
dibujitos habitables
por los excesos y
la precariedad: telas,
vidrio, papel,
generosidades, honestidad,
obstinación.
En mis sueños,
toda vida así construída
encuentra su arquitecto
y su felicidad.


Y este es el que abre el libro, si bien fue el último que escribí:

Demostración

(habla Baruch de Spinoza)

Sueño con una puerta:
armo mi cerrojo
como una llave.
Como en todos los
bellos sueños humanos,
la puerta da a un jardín.
Pero mi llave abre hacia
adentro, donde solo
hay sombra, perfume y rumor
de hojas y de viento.
Yo que he sido
echado, expuesto, amo el resto
de luz que hace posible
ver el jardín donde no
hay un jardín: amo
mi arrojo, mi cerrojo,
el peligro del texto
concebido.
Escolio:
Sueño con pertenecer. Yo,
que nada tengo, a quien nada
pertenece, he sido arrojado.
Amo mi arrojo,
ese acto contra mí
ha hecho de mí lo que soy:
un artífice
que documenta la visión:
un revelador y un
rebelado.
Sueño con ser
recibido,
que mi madre
tome mi rostro entre
sus manos y no pueda
dejar de llorar.
Sueño con perder
el miedo como se pierde
el amor: practicando
su falta.
Sueño con volver
al regazo aún atroz
del mundo,
con los libros que he
escrito, carne de mi carne,
dentro
del saco, como
almohada:
Yo, que he sido
puesto fuera, temido y
desoído y siempre a punto
de caer, cuelgo
del hilo de mi razón
como de la cuerda
el ahorcado:
soy mi razón y mi cuerda.

Sueño con dejar
palabras en el oído
de un niño: quién
podrá decir que no
dije lo que pensaba y
amé y entregué y cuidé
mi pensamiento
como un padre ?
Sueño con una puerta:
armo mi cerrojo
como una llave.
Como en todos los
bellos sueños humanos,
la puerta da a un jardín.
Pero mi llave abre hacia
adentro, donde solo hay
sombra, perfume y rumor
de hojas y de viento.
Yo que he sido
echado, expuesto, amo el resto
de luz que hace posible
ver el jardín donde no
hay un jardín: amo mi arrojo,
mi cerrojo, el texto
en el peligro
concebido.

Gracias a El Desaguadero por la idea, la invitación, la incitación y el compartir.


sábado, 9 de diciembre de 2017

Como agua para el lenguaje



Sombra de agua, Joaquín Valenzuela. Griselda García Editora, 2017, 54 págs.


Imagínese el lector -lector de poesía, para ser más preciso- que camina por una calle donde se ha montado una feria ambulante, y que cada paso está marcado por los colores de las frutas, los aromas de las especias, la suavidad de unas telas, el clamor de ofertas imperdibles, como también el sabor único de una fritura que nos quema la lengua. Pues bien, abrir las páginas de Sombra de agua, el último libro de Joaquín Valenzuela (Buenos Aires, 1971), es una invitación a un recorrido voluptuoso por los placeres que dan comer, mirar, oír, oler y palpar; pero con la palabra como moneda de cambio: «y no has probado gota / y aún así / la boca / te amanece aguada de palabras…».

Griselda García Editora debuta con este hermoso y cuidado volumen, donde, a modo de caleidoscopio orgánico, cada poema del libro es un giro que golpea los sentidos; es decir, imágenes sensoriales que hacen referencia al mundo animal y vegetal se presentan en sinestesia para fusionar experiencias de una intensidad íntima.  La propuesta de Valenzuela, por tanto, es la de leer en estado de alerta, con «ojos avispados». Así, la sonoridad en el escandido de los versos nos va tomando; aparecen cortes imprevistos, encabalgamientos que buscan continuar una línea melódica y de sentido, repeticiones o rimas internas como señales de guía: «El agua / salía de una serpiente / de manguerita roja / los canales bordeaban / la espinaca, el monte de achicoria / tenía perlas y los cestos / dejaban libre al mimbre…».  Sin aviso, por el desborde de los poemas, el paisaje cambia y, en el mismo poema, los ojos advierten un salto: «entonces / el jaguar / que preparaba su siesta / afiló el diente / en el hierro de las cabreadas / y se arrojó sobre nosotros / como gato de entrecasa…». Selva, bosque y océano se dan cita en una misma casa. Es aquí donde el lector logra establecer conexiones, lo cotidiano puede verse de una manera tan alucinada como reconocible. No por casualidad, Doméstico (2009), es el nombre del segundo libro del autor.

Entonces, la hipérbole se encuentra contenida en el pequeño envase del poema. La sintaxis, por lo tanto, se disloca para «acomodar» una realidad profusa, que aventura -como decíamos- una feria/fiesta de los sentidos. El autor, además, no rescata citas externas para justificarse, tampoco titula sus textos ni divide en capítulos su obra. Hay desorientación, sí, como también desafío: «barrer esas hojas es un limpiarse / la frente de baldíos...». Aparecen juegos inusitados de una percepción que está próxima a revelarse: «chajá gritan de raíz chaj dan / con espolón como si garras / en pareja pacen que pasean…». Se activa de este modo el «dispositivo Valenzuela» para decir, una construcción de un lenguaje extraño, un movimiento de piezas identificables, pero que estallan al menor roce de la mirada, una enunciación que quizás nos ubique en ese lugar que sugiere María Negroni en El arte del error: «Si hay un premio en la escritura de un poema, sería este, encontrar un estado 'otro' de la lengua...».

Joaquín Valenzuela viene buscando desde Actividad física, su primer libro de 2007, un idioma dentro del idioma, como querían Bustriazo Ortiz o Jorge Leonidas Escudero. O lo que es mejor, encontrarle las resonancias al lenguaje que lo refunden desde lo elemental, esa «sombra de agua» que pocos vemos y escuchamos, que no nos atreveríamos a tocar, ni a oler siquiera; pero que la vamos a reconocer como cierta cuando nos pase por la garganta para calmar, como decía Spinetta, la sed verdadera.

***



Tres poemas de Sombra de agua



ya que dijo luz en camiseta
al sol, de cuerpo entero. Semidesnudo
ser, tibia punta de flor que trepa
los jos avispados
por si en el panorama saltara
más que en barro, en puntas
de polilla, polen
polen que en nube se disperse

*

se despertó la nena enjambre
querés hacer como que no la escuchás
porque anoche te acostaste tarde
ni siquiera fue anoche, era esta mañana
cuando volvías del brazo de un amigo
como si fueran dos viejos
escapados del asilo de una fiesta
así que este mediodía o quizá tarde
la nena enjambre de tu vecina
la disfrazada princesa
gitana y gracia del edificio
hierve en zumbidos por la escalera
y sube y baja y sube
con el aguijón postizo de esos taquitos
mientras al lado
los albañiles
suben el volumen de la radio meta
cumbia y cortan
ladrillo ladrillo entonces
salís corriendo a ver el mar
que está en la esquina

*

asar fruta, azahares en naranja
asar morrón el rojo, el verde
y de tan alto soltar el jugo
apagarse el fuego. Untar
la papa con la cabeza llena de ajo
ajar los tomates, tomarlos
por el lado en que disparan
sumar mostaza en grano
la pompa de pimienta. Sahumar
con el laurel, con eucaliptus
las olivas asisten
al oro del zapallo, condecoran
como el choclo
trotar alrededor de la parrilla
abrirse de hambre. Entrar
al corte con alas de romero
en flor de anís
en tinta de cebolla