lunes, 14 de marzo de 2016

Pensé que se trataba de poetas

Ilustración de Pablo Lobato


Algunas notas sobre el cruce entre el rock y la poesía

por Hernán Schillagi


1. Spinettalandia y sus videos. Cuando hace unos años irrumpió el tan disparatado como genial programa de televisión Peter Capusotto y sus videos resultó saludable ver cómo se construía el andamiaje entre un tipo de rock clásico y potente (en los videos) con la parodia casi brutal a los diferentes clichés y gestos ampulosos del rocanrol (en los sketchs). Sin embargo, una de las escenas más relevantes ha sido hasta el momento esa que se metió con el prócer y poeta más insigne de la historia del rock argentino: Luis Alberto Spinetta. Allí aparecía un bipolar «Luis Almirante Brown» que proponía aunar en sus canciones letras de un alto calibre lírico con estribillos bien populares y escatológicos, tipo cumbia picaresca. Así, el dúo Capusotto & Saborido se burlaba precisamente del tan estimado estilo spinetteano para componer las letras. Con exageraciones en el hermetismo y el universo luminoso del Flaco al comienzo, para luego rematarla con fraseos al modo de «Laura, se te ve la tanga», más que de «Laura va». Entonces, ¿qué relación han tenido la cancionística del rock y el género poético? ¿Siempre fue equilibrado el empalme entre la canción y el poema? ¿La letra es un mal necesario para los músicos? ¿Un compromiso que hay que resolver rápidamente y como sea? ¿Cuánto de casualidad hay en las composiciones? Si hasta el mismo Luis Alberto, que escribió maravillas como «Todos los espejos de su corazón / se quebraron en mí...», se confesó una vez ante un periodista: «No hago poesía, soy poético».

2. Yendo de la letra al riff. Todo poeta que pase largamente la treintena, no puede dejar de reconocer que una de las puertas de acceso a la poesía (y a la literatura toda) fue el rock. Como recuerda el poeta y narrador Fabián Casas: «Hace muchos años, en mi adolescencia, yo iba a esa galería (Galería del Este, en Florida) porque ahí estaba un local de la marca de ropa Little Stone que en ese entonces hacía furor […] En una de esas incursiones de testosterona pasé por la librería que aún hoy está en la galería y vi a Borges. Me quedé tieso. Estaba sentado, vestido con un traje claro y una mujer le pasaba un vaso de agua. Yo, iniciado por mi maestro de séptimo grado, ya había leído alguno de sus libros, pero creo que en ese entonces me interesaba más el rock que la literatura…». Podríamos hablar, por lo tanto, de las esplendorosas letras del tango o del Nuevo Cancionero Latinoamericano, pero nos tocó esta generación alocada, melenuda y ruidosa: la rockera. Marta Castellino describe a los poetas de fin de siglo atravesados por: «La intertextualidad con el denominado rock nacional, emergente de una particular relación tanto con los medios masivos de comunicación como con la denominada ‘cultura popular’…». Los manuales escolares de los ’80 y principios de los ’90 ya nos inyectaban tímidamente «La balsa», de los iniciales Nebbia y Tanguito, «El oso», del legendario Moris, o «La vida es una moneda», de un cuasi adolescente llamado Fito Páez. Hemos crecido, entonces, escuchando las canciones de Sui Generis, de Almendra y de Pescado; de Vox Dei, de Manal y de León Gieco; cuando «Todo era nada, era nada el principio» y las confesiones se hacían en invierno; donde las pibas eran «muchachas» que nos miraban fugitivas con «ojos de papel». Eso sí, ¿algún poeta se habrá atrevido en su libro a tratar a una mujer como «nena»? El mal traducido y bastante machista «baby» ha sido un latiguillo paladeado por todos los cantantes. ¿Su función? Comprobar, por un lado, que el canal esté abierto: «Espero que las sombras se hayan ido, nena…», clamaba Charly García. Por otro, completar ramplonamente un par de sílabas y cerrar así una estrofa escandida a la topa tolondra: «Vos no me dejaste, nena…» (Spinetta en Pescado Rabioso). «La letra es generalmente un complemento de la música», se excusaba el mismo Charly en una entrevista, pero deja abierta una ventana: es posible ir más allá con las palabras (claro, él fue a lugares insospechados, maravillosos y reveladores). Aunque, más temprano que tarde, nos dimos cuenta de una realidad incontrastable: la llegada de la palabra cantada tiene un poder feroz que la poesía no alcanza ni a soñar someramente. De este modo, Ulises Naranjo nos avisaba en la contratapa del libro Letanía beat, de Luis Ábrego: «La literatura fue derrotada por la música…». Para más adelante darnos una débil (aunque esperanzadora) posibilidad: «Sin embargo, esa batalla perdida, para los escritores, redunda en un encuentro más profundo: la palabra termina lo que inició el rocanrol…». Por eso, estas notas exudan un carácter inactual, sesgado, algo melancólico y contradictorio. Como esos señores -pelados, panzones- que llevan a sus hijos a los recitales para perpetuar un ritual que nunca terminaron de entender.

3. Íntimos enemigos. La canción y el poema han tenido siempre una relación de innegable amor/odio. ¿Puede un poeta escribir sin dificultades una «buena canción»? Pienso en Pipo Lernoud, en Adrián Abonizio, o en Marcelo «Cuino» Scornik. ¿Es el songwriter capaz de parar en una hoja sin sonido un puñado de versos que no tambalee en la segunda lectura? Traigo los nombres de Pedro Aznar, de Palo Pandolfo, o de Rosario Bléfari. También ha habido cruces inesperados entre los géneros, como un Miguel Mateos haciendo, en «Los atacantes del amor», una reversión bastante lograda con los versos del poema «Cosas» de Juan Gelman. Donde el autor de Gotán dice: «Los atacantes del amor / enmascarados por el mundo /asaltan en la calle…»; el rockero, por su parte, entona: «Rojo cielo, van a llegar / los atacantes del amor / a liberar las cárceles / de la luna…». En este caso, al menos, las comparaciones nos devuelven «un poco de satisfacción». «Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel...», canta y escribe Joaquín Sabina con bastante intriga. El cantautor, nacido en Jaén, ha demostrado como nadie que no es tan así aquello de que complejidad y popularidad son imposibles en nuestro idioma. Si bien sus letras siempre fueron muy elaboradas y con un cabal conocimiento de las formas clásicas (con las que juega todo el tiempo), los últimos tres o cuatro discos son de una manufactura nunca vistas, por oscuras y efectivas. Algunas son en colaboración; otras, versiones «libérrimas» de canciones consagradas («En pie de guerra», versiona al mismísimo Leonard Cohen) y las menos, canciones correctas, divertidas o ingeniosas («Embustera», «Parte meteorológico»). El libro que escribe Benjamín Prado, Romper una canción, evidencia el proceso, tortuoso y desafiante, de escritura a cuatro manos entre Sabina y él: ¡no se dejaron pasar una! Al contrario de la mayoría de los músicos, Joaquín escribe los poemas antes (sabe, cómo no, cuándo unos versos van para una canción y cuándo se quedan en un soneto); luego se reúne con su banda y vuelve a corregir en función de la música. Este trabajo compositivo, me arriesgo a manifestar, es mucho más eficaz que el del solitario poeta, ya que se pone al servicio de otros ojos, de otros oídos y de otra cadencia. De algún modo, también, hasta es más humilde. Aunque la soberbia de un poema bien escrito traspase ritmos, descontextualizaciones y programas anodinos de radio. Finalmente, ¿será Enemigos íntimos, el disco que hizo con Fito, el álbum con las mejores letras del rock argentino, que -para bajarnos un poco el orgullo nacional- escribió un español con todas sus zetas? Alguna vez, alguien tenía que decirlo aunque sea a modo de pregunta.

4. Flaca, no me claves tus poemas. En una nutrida Antología del rock argentino, la periodista Maitena Aboitiz recoge de primera mano «la historia detrás de cada canción». Allí, rockeros de letras emblemáticas como Andrés Calamaro no se reconocen para nada como poetas, ya que lo de ellos es la música. A la idea de «complemento» de Charly, se le suman el azar: «Casi siempre empiezo con la música ya encendida: voy haciendo la música y terminando la letra. Pero lo mejor es querer escribir y llenar papeles escribiendo…» (Calamaro); la obligada y subsidiaria cortesía de encajar palabras: «Me duele un poco escribir, entonces lo trato de hacer lo más rápidamente que puedo. Después, obviamente corrijo […] Por ahí, me doy cuenta que quiero decir otra cosa y la cambio ahí…» (Gustavo Cerati); también cierta planificación propia de la hibridez: «A veces necesitás una parte C, una tercera parte, más tranquila, que no diga mucho, para que cuando vuelva el estribillo, vuelva la estrofa, recobre la fuerza del principio y que sea una excusa para volver a escuchar lo que tenemos ganas de escuchar una vez más…» (Edu Schmidt, de Árbol). Nuevamente, el autor de Alta suciedad concluye con una afirmación de género: «Hay que entender la música y las guitarras, y no la letra…». Para subrayar este enunciado, en el prólogo de otro libro, El rock argentino en cien canciones, los autores nos previenen ante la «traducción» de los sonidos a letras de molde: «Quizás parezca obvio pero vale la pena insistir en que se trata de canciones: las ‘letras’ de rock existen para ser escuchadas antes que leídas. Es decir que los cien ejemplos que desfilan a continuación naturalmente fueron concebidos junto a la música, y su universo de sentido se activa en relación con ritmos y melodías…».

5. Un bajón para el poeta idiota. Pienso que si Carlos Solari (así, sin ser el mítico Indio ni el cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota) hubiera escrito nada más que poemas (muy buenos, por cierto) y publicado libros (a pulmón, en editoriales pequeñas o autogestivas); entonces, en lugar de haber venido en un jet privado desde su residencia en Nueva York, y cantado épicamente frente a una multitud bajo la lluvia, habría llegado a Mendoza por vía terrestre, todo contracturado por los asientos vencidos del coche semicama. Luego habría leído en una sala oscura frente a treinta personas y vendido auspiciosamente once ejemplares. No obstante, el fenómeno ricotero es bastante complejo. Porque en toda entrevista al público, los mismos fanáticos (y no eran experimentados lectores de poemas), destacaban el valor testimonial de las letras y su alta poesía, pintándolas en trapos, ploteándolas en las lunetas de los autos y coreándolas a pogo limpio. ¿La música ayuda a romper el prejuicio feroz que hay frente a la lírica? Lo que más me intriga: las letras/poemas de Solari no son precisamente directas y literales como las del rubicundo Axel, por caso. Hay cerrazón y metáforas rebuscadas en los versos. Diego Colomba en su muy completo ensayo Letras de rock argentino habla de una «línea dura» en las estéticas y arriesga una respuesta: «Esta línea estilística puede recurrir a tantos tropos y figuras como lo hace la lírica. La diferencia radica en la actitud, el ethos del personaje que construyen, y en cómo funciona el trabajo retórico y temático en función de aquellos. Su dureza, desencanto, sarcasmo, lo alejan de la sensibilidad sutil del lírico o de la ligereza del pop…». Algunos piensan que se puede escuchar por años una canción sin reparar en la letra. ¿Será esto una autodefensa inconsciente ante la poesía? No me cierran, además, todas las letras de Solari, como tampoco me convencen todos los poemas de Roberto Juarroz. En el caso del primero, la música ayuda, son más que una buena liric; pero desnudas pierden bastante. Eso sí, sería injusto desvestirlas de la instrumentación original para compararlas con un buen poema de Olga Orozco o de Jorge Leonidas Escudero (para dar dos ejemplos extremos). Lo mismo pasaría con cualquier poeta parado frente a 150.000 personas leyendo -en medio de la tormenta- un poema, y sin la protección distante del soporte libro. ¿La canción y el poema son dos géneros tan diferentes? ¿La canción es una categoría en sí misma, con leyes propias? ¿O podrían tener más coincidencias de las pensadas? Seguramente, los festivales de poesía deberían invitar más seguido a los rockeros que escriben con conocimiento de causa (siempre y cuando no cobren los cachet que acostumbran), para probar, comparar y pasarse trucos de un lado y del otro. Pienso en «Juguetes perdidos» del Indio, esa que empieza poderosamente: «Banderas en tu corazón…». La leo en la pantalla fría y le noto la falta de cohesión, la rima facilonga, la irregularidad métrica, cierta caída en lugares comunes. La busco luego en Youtube: me golpea, me encanta (en el sentido de hechicería) y me parte la cabeza en cuatro. Todas las «falencias» por escrito casi se borran en el audio, justamente, como por arte de magia. Aunque otra vez aparece el mismo Capusotto dando recetas en su programa sobre cómo escribir letras «al uso ricotero» para bajar de un hondazo mordaz cualquier asomo de solemnidad poetil. Por lo tanto, el poeta siempre se encontrará más expuesto en sus palabras que el compositor, pero se podrá refugiar tranquilamente en las páginas de un libro y no tendrá que salir a defenderlas con el cuerpo ante la euforia y el paroxismo de una multitud deforme. Sé de algunos que lo han hecho y lo hacen. Son los menos. Sería una pequeña voz frente al mundo, como quiere Diana Bellessi: «Porque la poesía nunca estuvo aquí, sino allá, en la rebelión del cuerpo, en la revuelta descomunal del habla a la que no se enjaula así nomás, quiere hablar y le sale espuma, y esa espuma corroe como un ácido las retóricas prolijas que nos supimos conseguir…». La poesía y el rock, las canciones y los poemas, los poetas y los cantautores; especies que siempre se miraron por sobre el hombro, desconfiadas, pero que nunca dejaron de ir de la mano para diferenciarse, para robarse, para retroalimentarse. Que los cantantes leen poco y son exhibicionistas, que los poetas han perdido cierta musicalidad y no tienen en cuenta al lector. Así y todo, hay algo de lo que estoy seguro: desde que se conocieron, ya nada fue igual. Bienvenida la incómoda convivencia.



Menciones (en orden de aparición)

-Casas, Fabián. «El día que la literatura de Borges cambió», en Revista Ñ, 20/06/2009.
-Castellino, Marta y Zonana, Gustavo. Poesía argentina: dos miradas. Corregidor, Buenos Aires, 2008.
-Naranjo, Ulises. Contratapa de Letanía beat, de Luis Ábrego. Diógenes, Mendoza, 1998.
-Prado, Benjamín. Romper una canción: Joaquín Sabina. Aguilar, Madrid, 2009
-Aboitiz, Malena. Antología del rock argentino, la historia detrás de cada canción. Ediciones B, Buenos Aires, 2011.
-Toscano y García, Guillermo y Warley, Jorge . El rock argentino en cien canciones. Colihue, Buenos Aires, 2013.
-Colomba, Diego. Letras de rock argentino: géneros, estilos y transposiciones (1965-2008). Editorial Academia Española, 2011.
-Bellessi, Diana. La pequeña voz del mundo. Taurus, Buenos Aires 2011.










miércoles, 9 de marzo de 2016

La historia de un poema de Mariano Shifman

Mariano Shifman.

por Mariano Shifman (*)
Especial para El Desaguadero

Creo que en todo poema participan, en partes desiguales –las proporciones dependen del caso– la subjetividad del poeta y «el mundo exterior». Claro que la distinción nunca resulta clara, porque nuestro «yo» se compone primordialmente de estímulos externos y, al mismo tiempo, aquellos estímulos siempre han de pasar por el tamiz interior del poeta. La vieja historia del huevo y la gallina.

Sirva esta pequeña reflexión como nota introductoria al poema que elegí para participar de esta sección de El Desaguadero. El poema se titula Humos sin humos, y el origen fue como sigue.

A principios del año 2014  iba rumbo a la Municipalidad de Avellaneda para retirar un premio por un concurso literario. Hacía tiempo que no iba por las avenidas Belgrano y Mitre –las principales de la ciudad–, de modo que desde mi asiento colectivo curioseaba el paisaje urbano. Es muy frecuente que mis poemas nazcan en observaciones que voy recolectando en la calle o también de conversaciones. He llegado a escuchar, por ejemplo, a una joven mujer que le contaba a una amiga o compañera, en un tren colmado y a viva voz, que había «quedado» (embarazada, claro), con la simpleza y naturalidad con la que otros comentan el resultado de un partido de fútbol: esta noticia también motivó la creación de un poema

Retornando de la digresión.  En una de las avenidas mencionadas –no recuerdo cuál–, me topé con un cartel de dimensiones más que regulares en una cochería que parecía  ser una de las principales. La leyenda del cartel decía, literalmente: «No pague de más. Cremaciones a 400 pesos».

La primera reacción fue de incredulidad; antes de que el colectivo avanzara, giré el cuello para corroborar el texto, y sí, así era: «No pague de más. Cremaciones a 400 pesos» (con un poco de humor negro, o gris, al menos, podía alegarse que hace dos años esa suma era sustancialmente más valiosa que en la actualidad). Pero hablando en serio: en un principio el cartel me chocó, casi como un golpe, me indignó, pero al poco tiempo sentí que allí se agazapaba un poema: nada descubro si digo que la poesía nace de la sorpresa, del extrañamiento. Y además, soy de los que piensan que la felicidad, por lo general, se basta a sí misma y que el arte aparece con más naturalidad ante la desazón –Pessoa lo manifestó genialmente: «el arte es la confesión de que la vida no alcanza»–.

Desde la macabra revelación publicitaria hasta que escribí el poema no pasaron muchas horas. Intuyo que al leer el aviso, el poema ya estaba hecho, al menos in nuce, y que sólo había que esculpir adecuadamente el mármol.


Cremación $400. No pague de más.



Humo sin humos

«No pague de más: cremación a $400»
(Cartel de una cochería en Avellaneda, Buenos Aires)

Desde Troya corrieron años miles,
todo es prosaico en nuestras cercanías.
En vez de héroes rigen mercancías:
otro es el mundo y otros sus rediles.

Tras la alta pira del divino Aquiles
lloró su madre diecisiete días.
Hoy, en cambio, se borran biografías
aún antes de que expiren los candiles.

Y a precios módicos, qué duda cabe:
ya no exige sus óbolos Caronte
 (nadie paga el pasaje de su nave).

Partir al por mayor es más barato:
quien vive como oscuro polizonte,
hoy muere en un veloz anonimato.


(*) Mariano Shifman nació en Lomas de Zamora (Provincia de Buenos Aires), en 1969. Abogado y Licenciado en Letras.  Publicó los libros Punto rojo (I Premio XI Certamen Nacional de Poesía Editorial de los Cuatro Vientos, 2005) y Material de interiores (2010). Recibió premios y menciones en diversos certámenes de poesía. Varios de sus poemas han sido traducidos al francés, inglés, neerlandés, portugués y catalán.

viernes, 4 de marzo de 2016

Reportaje haiku: Eugenia Simionato y el poema como una mirada

Eugenia Simionato.


por Fernando G. Toledo

Basho definía al haiku como «lo que está sucediendo en este momento, en este lugar y atravesado por una reflexión». Inspirados en esas líneas, proponemos un «reportaje haiku», cuyas preguntas y respuestas se apoyen en esos pilares.

Mirar, explorar, nombrar. Parecen estos los verbos más importantes para Eugenia Simionato si se piensa en los poemas que traducen su trabajo con las palabras en La noche crece como un río solitario, su primer libro. Aunque bien podríamos corregirnos: mirarse, explorarse, nombrarse es la manera en que pone en práctica estos verbos con su poesía íntima pero expuesta, secreta pero cercana. Lírica, en suma, como toda poesía escrita con intensidad. La poeta mendocina entiende que el yo es el punto de partida para sus versos, y en este reportaje haiku revela que, como muchos, toda exploración no acaba en el conocimiento, sino más bien en la extrañeza.

En este momento

–La noche crece como un río solitario es tu primer libro publicado. Hay en él una voz que habla desde una intimidad explícita, y en la que los sueños, la vigilia y la exploración en el yo son constantes. ¿Cómo fue la escritura del libro y cómo surgen en vos estos temas?

–Sí, es cierto que hay una exploración en el yo, y que esos temas insisten a lo largo del libro. No fue un libro planeado, fue madurando en un trabajo que hice con un poeta (Diego Muzzio), con el que aprendí mucho, a partir de su lectura acerca de mis poemas; y eso le da también cierto halo de espontaneidad, que tiene que ver conmigo, claro, con la forma en la que  yo me muevo en la vida. Tuve que mirarme para poder ver cómo creció mi mirada: ¿de qué están hechos mis ojos?, por decirlo de algún modo. Es interesante, en ese punto, el tema de la «exploración en el yo» porque, contrariamente a como podría interpretarse (un ensimismamiento, o un no contacto con el mundo, por esa exploración hacia adentro), pienso que no, que como nos dice el psicoanálisis «el yo es un lugar de desconocimiento». Empezar por el yo no implica no tocar el mundo, sino más bien todo lo contrario; entonces,  creo que surge justamente por eso, el yo es un centro abierto, un círculo con líneas entrecortadas, un lugar poroso, donde mirarse es también mirar la resonancia que tienen en uno las cosas del mundo. En cuanto a cómo surgen en mí estos temas, si bien hablo mucho de mi mundo interno, quizás es para entrar en él, como si yo misma fuera ese río, y así ver con qué recursos cuento para empezar a navegarlo, nunca del todo hacia dentro, y nunca del todo hacia afuera. Pensando en mi escritura, me gusta que haya una mezcla de situaciones concretas, simples cosas del mundo de lo cotidiano, pero dichas con cierto velo, con un uso estético de la palabra, con imágenes que te dejan en otro lugar, que no lo dicen o explican todo. Trabajar con el misterio, con lo que sorprende o asombra. Después está lo que hace al estilo, que es algo muy difícil de lograr, ya que para eso es necesario conocer o haber descubierto esos modos de la luz, o de un objeto o situación, que solamente el propio ojo reconoce. Hay un poema de Wallace Stevens, El hombre de nieve, que podría ejemplificar esto de la exploración en el yo. Ahora que lo recuerdo, lo puedo relacionar. El poema comienza así: «uno debe tener una mente de invierno / para mirar la escarcha y las ramas / de los pinos cubiertas de nieve / y haber tenido frío durante mucho tiempo / para contemplar los enebros empolvados de hielo / los recios abetos en el destello distante».

En este lugar

–¿Cómo ves tu libro en el contexto de lo que escriben poetas mendocinos y argentinos de hoy? ¿Con quiénes sentís afinidades?

–Yo siento afinidad por la poesía que trasciende la mirada, que va más allá de lo que alguien puede ver y llevar al papel. Me gusta que haya lirismo. No me gusta la inmediatez de quien ve algo, y lo dice tal cual, y ya con eso arma un poema: el poeta que describe un hecho, como uno puede leer en los diarios, que eso se ve bastante. Me interesa más el poeta que trabaja la palabra, que la profundiza, que desafía lo que le dice su ojo, que se anima a decir algo simple y cotidiano, pero con una complejidad en la sintaxis, que implica cómo trabaja las imágenes que usa para decir lo que dice. Por ejemplo, en el poema Trece modos de mirar a un mirlo, de Wallace Stevens, uno podría pensar: «¿por qué trece modos, y no uno solo?». Algo así es lo que me influye a la hora de escribir. Pero con respecto a lo que escriben poetas de hoy, y a cómo veo mi libro en ese contexto, no podría decir mucho, pero sí me diferencio de esos modos más posmodernos de abordar la palabra. Creo que es fundamental que haya lugar para la contemplación, participar de un modo contemplativo con lo que uno está observando. Poder descubrir cuánto movimiento hay en la forma de mirar algo tan simple, como un mirlo o una taza de café. Pero no por eso, hacer una copia fiel de eso. En cuanto a poetas mendocinos, me gustan algunos poemas que leí de Débora Benacot, Fernando G. Toledo, Carlos Levy, Oscar D’Angelo, Hernán Schillagi, Cecilia Restiffo, Eugenia Segura y Eliana Drajer. Y de poetas de otras provincias, me gustan Laura García del Castaño, Elena Anníbali, Rita González Hesaynes, Jotaele Andrade, Melisa Mauriño y muchos más que ahora no estoy pudiendo recordar.

Una reflexión

–En lo que puede leerse de tu poesía, tanto en tu libro como en los poemas inéditos que compartís en la red, se percibe esa impronta lírica de la que hablás. ¿Sentís que el lirismo ha recuperado espacio en la poesía contemporánea o todavía dominan corrientes antilíricas?


–Sí. Hay muchos poetas que leo, tanto en libros, como en la red, que trabajan sus poemas desde una impronta lírica. Con respecto a si todavía dominan corrientes antilíricas, creería que no, que sigue habiendo lirismo en la poesía contemporánea. En lo personal, no me gusta la poesía antilírica. La poesía nunca puede ser antilírica, para mí. Pienso, cuando se habla del realismo en la poesía, del que trata de escribir como si estuviera obligado a reproducir tal cual lo que ve en el poema, sin trabajar  las imágenes o sin darles otro giro, como decía anteriormente. Siempre nos movemos en el terreno de lo ficcional, toda verdad es una ficción, una construcción propia y singular, y eso es lo que hace que uno tenga un «estilo». Somos seres hechos de palabras, y eso ya nos da un recurso poderoso y rico: la  posibilidad de la invención, de la metáfora. Mark Strand por  ejemplo, habla en una entrevista , de «poetas metonímicos», que quieren reproducir la realidad tal como es, entendiendo a lo metonímico, como algo que no produce algo nuevo, o un efecto sorpresivo. Quizás sea eso la poesía «realista». Digo esto porque se  la contrapone al lirismo, y uno puede ver entonces, esa división entre poetas líricos, y poetas realistas, que me parece más bien, citando lo que dijo Roberto Juarroz en una entrevista que le hizo Guillermo Boido (donde habla de las «enfermedades paraliterarias»), me parece que es algo que pasa más entre los poetas, un conflicto entre las personas que escriben antes que algo que pueda enriquecer el trabajo mismo de la escritura. Si, como dice Octavio Paz en su ensayo El arco y la lira, «la poesía revela este mundo, y crea otro, es un diálogo con la ausencia, una plegaria al vacío, oración, letanía, epifanía, presencia, magia, arte de hablar en una forma superior, pero también lenguaje primitivo»; creo que es un modo de pensar, y entonces con lo único que estamos comprometidos los poetas es con la palabra, y en cómo la usamos y pulimos. Así como el bailarín debe ejercitarse y trabajar en su cuerpo para poder bailar y tener su estilo, el poeta tiene que hacer lo mismo con la palabra, desde la invención y la creación. Nuestro cuerpo, en este caso, es la imaginación, y hay que ejercitarla. El poema, sin dejar de ser lenguaje, está más allá del lenguaje, como sostiene Octavio Paz en su  libro. Creo que hay que ir más allá de esa división lirismo/antilirismo y pensar qué lugar existe para la poesía hoy, cuando estamos en una época en la que no se sabe muy bien qué es poesía, y qué no, qué es arte, y qué no. 


Poemas de
La noche crece como un río solitario
de Eugenia Simionato


Hacia el oscuro río de la noche

En esta cama mi cuerpo crece
hacia el oscuro río de la noche,
tengo las manos atadas a mis sueños
la antigua espina de mi infancia,
clavada en uno de mis ojos.
La roca erosionada de un recuerdo
roza mis piernas
y entonces me despierto
con un puñado de días
hundidos en la espalda.


Claroscuro

Me hablabas del claroscuro,
de la espera
y yo jugaba con la luz:
esa oscuridad temida.
Pero ahora,
después de haber quebrado lo que se alza
en cada creencia,
tiemblo
porque venís a ese lugar
donde ya no estoy.


Un hombre desconocido me acaricia

Un hombre desconocido me acaricia.
Sus manos hipnotizan. No consigo huir.
Huelo a flores recién cortadas
de un jardín que nunca tuve.
Canto una melodía que ignoro.
Ni siquiera el suelo que ahora piso
es el suelo que alguna vez pisé.
Tanta suavidad me lastima.
¿Cuánto tarda en separarse un cuerpo
de otro cuerpo?
¿Cuántos temblores hacen falta
para expulsar la ternura de unas manos
que se han ido?
Mis piernas desobedecen.
No camino. Doy saltos prematuros
como si la permanencia en la tierra me quemara.

(de La noche crece como un río solitario, Ananga Ranga, 2015)

viernes, 26 de febrero de 2016

La historia de un poema de Joaquín Valenzuela

 

por Joaquín Valenzuela (*)

Especial para El Desaguadero


Por cuestiones laborales suelo viajar bastante. Lo hago en colectivo (micro, ómnibus, le dicen en otros lugares). Es un buen momento para leer y sobre todo para escribir. La ventanilla es maravillosa. Muchos poemas han comenzado en esos viajes. El poema que he elegido fue escrito durante uno de ellos. Voy a contar las imágenes que lo fueron armando. Vamos a hacer la mochila, esperar el remis, ir a la terminal, subir al colectivo. La mayoría de las veces casi vacío. Otras, con pasajeros repartidos por acá y por allá.

Me gusta viajar del lado de la ventanilla, ver el campo, las rías, las tropillas pastando, caranchos, liebres, vacas. Y estaba en esas cuando le eché una mirada al resto de los pasajeros. Entonces me vi repartido y, en todo caso, sentí partes de mí repartidas en tantos viajes. Para ese entonces ya estaba escribiendo.
¿Y si todos los pasajeros fuesen yo en distintos tiempos? Ahí me dividí, me volví oreja, boca, partes de mí, cada cual en su butaca. Me volví nariz en el café, en el baño químico. Calculé los boletos que en algún momento supe guardar cuando significaban algún viaje en especial. Y enseguida recordé los pantalones lavados con boleto en los bolsillos, el papel desmenuzado, el polvo de las casas que he habitado, las pelusas en las ranuras de los pisos de parquet, el paso del tiempo, mientras el viaje continuaba. Yo iba a la ciudad de Dolores.

Cuando pasamos por el peaje varias hileras de balizas me llamaron la atención. Cónicas, anaranjadas, como bonetes con pequeñas esferas en la punta: eran como hileras de letras íes indicando el camino, ¿y si hubiera sido de noche? ¿y si era de noche y había de esos tachos con gasoil que a veces encienden para indicar los caminos?

Luego, la imagen del pobre pájaro en los últimos versos corresponde a otro viaje. Para el verso final, que también figura entre los primeros, no tengo explicación. Ese fue el verso que inició todo. Y llegó así porque sí.




6


pantanos satelitales estaba todo
igual de verde y negro que vía
satélite en el google earth yo pasaba
el viaje escribiendo pero más me iba
caballo viendo campo campo galopaba
más en los ojos que a pelo a mí
del corazón me salen papas pensaba
parecía este viaje una experiencia
como con drogas mixtecas
detrás iba yo en butacas
salteadas todos los viajes los bolsos
los pasajes rotos los papeles lavados
de los boletos desmenuzados el papel
no aguanta y menos un boleto común
de colectivo se habrían desintegrado
los boletos como uno año por año como
la arena es la pulpa del papel
el papel que se muere al polvo vuelve
a la pelusa y estábamos ahí restos
de mi atrás meta ida y vuelta no
polvo pero tantito muerto bajando multiplicado
subiendo la escalerilla del micro una pierna
una oreja un índice diciendo de mí no
no la nariz multiplicada oliéndole las tetas
al perfume del café químico del baño viajando
permanente i cono i cono i cono i cono el
peaje fuego en tachos de gasoil entre camiones i
cono i cono el parabrisas era el final
de sangre de los pájaros pensaba a mí
del corazón me salen papas


de Actividad Física (Ediciones en Danza, 2007)


(*)Joaquín Valenzuela Bellocq nació en Dolores, provincia de Buenos Aires, en 1971. Publicó los libros de poesía: Actividad Física (Ediciones en Danza, 2007); doméstico (Ediciones en Danza, 2009); Varamientos pampa (Ediciones en Danza, 2011); La casa del deshielo (Huesos de Jibia, 2013). Ha participado en antologías como Infancias -III Festival de Poesía en la Escuela- (añosluz, 2012) y Amor (Ediciones en Danza, 2015). En narrativa ha publicado la novela Mandarse a mudar (Ruinas Circulares, 2014). Su formación es interdisciplinaria: teatro, bellas artes, fotografía. Lleva el blog deanúmeros donde pueden leerse sus textos.

martes, 23 de febrero de 2016

La historia de un poema de Marcelo Dughetti

Marcelo Dughetti.

Doméstica bitácora del animalito en junio

por Marcelo Dughetti (*)
Especial para El Desaguadero

Fue en junio cuando el animalito del frío paseaba por la casa. Enrejaba la lluvia a los cuatro árboles que con mi hija habíamos plantado: un limonero de cuatro estaciones, un pino y dos algarrobos. Con la madre terminábamos un matrimonio de 12 años que nos había consumido y, a la manera del cuervo de Poe, graznaba su frase lacónica. El mundo se debatía en otra de sus guerras y el país en esas luchas intestinas que nos sobresaltan y enloquecen.

Había alquilado una pieza y un baño que compartía con primos. Mi casa, mi lar, quedaban atrás. En un Rastrojero había cargado mi bicicleta, dos bibliotecas breves, discos y ropa: nada más pediría. En la mudanza, entre los libros encontré un dibujo en papel verde que mi hija me hiciera. Allí me retrataba con mis anteojos, barba rala y una capa corta. Un superhéroe. La realidad no podía estar más distante. Esa fragilidad, ese precario sentimiento de no poder con nada construía ahora para mi criatura el símbolo de una caída.

Entonces, una vez instalado en aquella pieza y tapado con cobijas a falta de calefacción, agarrotadas las manos, comencé a escribir este poema que es ni más ni menos que la encarnación de toda la precariedad; de toda la impotencia que sentí ante el mundo abierto como una fruta podrida que cayera al suelo y estuviera a merced de todo tipo de alimañas. Aquel capullo familiar había reventado y colonias de insectos se repartían los despojos.

El poema tenía, de por sí otro final, pero en la mitad del aliento llamó mi hija y le dije que se calmara, que íbamos a estar juntos, que todo esto era parte de crecer. En fin, las estupideces que intentan explicar un naufragio que sabía seguro. Por eso es que llega hasta el llamado y cambia, y cae quizás en un simple «te extraño y que descanses».

Solos, los padres sabemos lo que esa primera noche hace con nosotros. Por eso es necesario, más que necesario esa primera noche, estar alejados de filos y alturas conmovedoras, aferrarse a fotos , pequeños dibujos, restos que fulguran.


hija
yo no puedo salvarte de nada
pero te prometo un paraguas roto
un poema a media mañana
la soledad de la única flor de la enredadera
la canción con la que te acuné
los feriados al sol leyéndote cuentos
la mamadera tibia 
los caramelos de menta
mi abrazo que es como la flor de esa enredadera
una oración
el arroz pasado con aceite normal según vos
cualquiera que no sea de oliva
las aceitunas de la pizza que pedimos los viernes
los automóviles con patentes impares
el color rojo
la lluvia en las mañanas del sábado
los grillos en la caja de fósforos
los caminos que siempre van a Roma
y los otros que nunca se sabe
bueno 
que duermas bien
te extraño 
mayo se ha perdido
junio es un animalito suelto en el patio.


[poema que integra el libro inédito Los galgos de sol]



(*) Marcelo Luis Dughetti nació en Villa María (Córdoba) en 1970. Publicó en poesía: La joroba de bronce (2003), Donde cayó esta muerta (2003), Los caballos de Isabel (2009), Hospital (2012), Los perros del loco Torriglia (2010), Sioux (2013) y Fui a cuidar los árboles (2014). En narrativa: La bicicleta roja (2007).

miércoles, 17 de febrero de 2016

La historia de un poema de Sebastián Miranda Brenes

Sebastián Miranda Brenes.


por Sebastián Miranda Brenes*
Especial para El Desaguadero

Ahí estoy de 15 años, en una tarde de vacaciones, tirado en la sala con mi hermano, seis años mayor que yo. No hablábamos nada relevante, nos ganaba el sonido de la radio y el silencio constante que se producía entre nosotros.

–¡Qué loco, Sebas! –empezó diciendo mi hermano– Muchos amigos y amigas mías ya son papás. No me imagino yo en esas. Me da miedo, la verdad.

–Yo tampoco –contesté–. De algo de lo que estoy seguro, es que no quiero tener hijos.

Mi hermano fue sorprendido por la seguridad con que lo dije y por un intenso rayo de sol que atravesaba la ventana. Vi en su cara la extrañeza por ese tono firme que poco me caracterizaba a esa edad; y por la claridad que llegó a encandilarlo. Sin embargo, se guardó todo cuestionamiento y sólo contestó que él tampoco quería ser papá en ningún momento.

–¿Y qué pensás hacer? –yo sí que no tuve reparo en cuestionarlo– ¿Te vas a operar?

–No es mala idea –contestó–, sólo que todavía no.

Yo también quedé meditando sobre dicha opción. Así que le lancé una propuesta.

–Yo estoy sumamente seguro de eso –empecé diciendo, mientras me acomodaba para que no me diera directamente el sol– pero digamos que existe la posibilidad de que algo o alguien me pueda hacer cambiar de parecer. Así que démosle tiempo a eso que llaman destino, y propongo que a mis veintiocho, si llegamos los dos sin hijos, nos operemos. ¿Qué te parece?

–Razonable... Me gusta la idea... Hagamos trato –sentenció mi hermano.

Eso fue lo último que hablamos esa tarde, al pacto nunca más lo volvimos a mencionar, pero la idea de la vasectomía siguió rebotándome por mucho tiempo. Tanto así que pasé el colegio, la universidad, las fiestas, las parejas y no había nada ni nadie aún que me hiciera cambiar de parecer. Sólo un susto con una de chica casi me tira abajo todo, cuando me dijo: «Sebas… tengo un atraso».«¡El destino, como le dije a mi hermano!», pensaba yo, cagado del susto. Pero luego todo volvía a la normalidad y me decía a mí mismo: «¡Cuando llegue a los veintiocho!».

En las reuniones de amigos, siempre era el desatino, cuando salía el tema a relucir y aparecían los futuros padres, orgullosos de dos o tres. Las futuras madres, de uno, máximo, pues dos son muchos. El otro que hablaba del deber de hacer patria. Las otras que decían que para llegar a realizarse como persona había que tener al menos uno. Y mientras yo y algún o alguna otra persona desentonando y creando controversia.

Igualmente no faltaba aquella señora que te decía: «cuánto tengás tus hijos, lo entenderás». O el escándalo que se formaba en la casa con la abuela, las tías, los tíos y mi madre, cuando salía el tema y uno declaraba abiertamente la idea. Entre el barullo sólo se alcanzaba a escuchar «pero, ¿cómo? Si los hijos son la mayor bendición…»; «no digas nada, que si Dios quiere, nada puede contra eso»; «te vas a perder un regalo maravilloso» y «cuando te casés, ¿no le vas a dar hijos a tu mujer?». Pero a pesar de todo esto, seguía empecinado.

Llegó diciembre de 2010 y con él, el aguinaldo. Tenía 27 y me faltaban escasos dos meses para llegar a la edad pactada. Mi hermano en ese tiempo seguía sin niños, pero se había ido del país y llevaba una vida muy distinta para preocuparse por hijos, por operaciones o pactos de los que nunca más recordamos. Así que me dije: «bueno, tengo la plata, no tengo hijos y dos meses no es nada. Digamos que tengo 28, y todo arreglado». Así fue como lo hice. Busqué doctor, saqué cita. Le comuniqué a mi pareja, quien estuvo muy feliz por la decisión, le dije a mi mamá (a quien le partí el corazón con la noticia), y un poquito antes de lo establecido, en otra tarde asoleada, cumplí el trato.

Un mes después de la operación tuve una sensación consoladora, un alivio que trajo la necesidad de hablarle a él o a ella. Explicarle al hijo que no iba a tener la razones del por qué de esa decisión. Esa seguridad desde antes de los 15. Era a la única persona que realmente merecía una detallada justificación. Y no hablo de arrepentimiento, ni culpa. Se trataba de tener un dialogo sobre por qué no quería que él llegara acá, a pesar de que entendía todo lo que no viviría. Así que comencé a escribirle un poema, transportándome hasta diferentes épocas de mi vida, y en cada una de estas etapas mis diferentes yo le escribieron una pequeña carta, que luego tomé y compilé en Cartas al hijo que no tuve.



Cartas al hijo que no tuve
«no tengo hijos, ¿acaso es un crimen?»
Juan Carlos Mestre



Diciembre 2010

Le di la espalda
a tu primer paso
a descubrir todo con tus ojos

me privé
de correr con vos
de tus preguntas

la risa por mis muecas
el beso de buenas noches
no existirá entre ambos

tus verdades serán ajenas
así como tus errores
tu ausencia
tu abrazo

Diciembre 2030

Camino solo
crecen los árboles

el parque se llena de risas

acumulo cariño como polvo


Diciembre 2040

Quise mantenerte lejos
del sol desnudo
de los animales llevados a lo extinto
de la multitud caminando sobre el llanto

deseé que fueras libre
que habitaras otro mundo
                                                

Diciembre 2050

Como acto de amor
me negué
              a que fueras terrestre
                             

(de Antimateria, colección Cuadernos AmerHispano, 2013 y Editorial Public Pervert 2014. México)


(*) Sebastián Miranda Brenes
Nace en San Pedro de Barva, Heredia (Costa Rica) en 1983. Estudió Química Industrial. Es escritor y Gestor Ambiental y Cultural. Es miembro fundador de la Asociación Cultural TanGente, proyecto que forma parte del Corredor Cultural TransPoesía, entre Argentina, México y Costa Rica. Ha participado en Festivales Internacionales de Poesía en Cuba, Guatemala, Nicaragua, México y Argentina. En 2013 publica su libro Antimateria, dentro de la Colección Cuadernos AmerHispanos, (en San Luis Potosí, México) y en 2014 por la editorial Public Pervert, Chiapas, México. 

viernes, 12 de febrero de 2016

La historia de un poema de Pablo Queralt



por Pablo Queralt*

Especial para El Desaguadero


Reterritorializar el campo de un poema no es tarea fácil, qué sentido o universo incorporal, como dice Guatari, dio lugar al poema. No lo recuerdo, no lo sé. Sí sé que estaba escuchando a Frank Sinatra, tal vez «Hello young lovers» o «My shining hour», que habíamos llegado recién de vacaciones en el mar con mi mujer y teníamos todo ese aire triunfal de sal y sol. Estábamos felices. Había terminado en esas vacaciones un poemario llamado Inside, todavía inédito, había leído a Cage y me encantó su postura de vida ante el arte y su estética. También, la novela de Martín Adán, algo de Lezama Lima y Wallace Stevens. Fue el verano del 2007. Estaba en living de casa –con una notebook nueva– con ese aire de la música y del atardecer de un día de marzo. Sí, eso lo recuerdo. Estaba mirando hacia la pared el puntillismo hipercromático del cuadro de Zuloaga, pintor uruguayo de Maldonado y amigo. Ya que no titulo los poemas, sino que corren uno atrás de otro como un continuo de un sensorio que sigue su instinto más allá de la idea original, denominé al poema con el primer verso como titulaba William Carlos Williams a sus poemas «Hundirse en las nubes más hermosas». Este poema dio inicio al libro Late que fue publicado al año siguiente por la editorial Huesos de Jibia. Fue el puntapié inicial que hizo rodar la pelota, la máquina que dio flujo al poemario: muy sanguíneo, visceral, los ritmos de lo que late. Esa estética de la experiencia era la que buscaba.

El poema iba saliendo solo. No sé si hice una pequeña corrección o no, y este, a su vez, iba generando al siguiente, y así casi todo el libro. Iba cambiando frases, ideas, rompiendo el pensamiento con algo leído, escuchado, visto, intuido, soñado, pero siguiendo un sentido: el del latido. Algo que expande y retrocede que busca y lleva algo, que es una sorpresa, algo que nos pone en situación de resolución. Así elegimos para allá o para acá. Ahí se define la felicidad.

Creo que el libro fue leído, circuló bien -según me dicen algunos poetas-, y me dio una alegría, ya que la poeta Gabriela Bejerman realizó una pequeña perfomance. Recitó varios poemas de Late en una lectura en la que me invitaron a leer el libro durante el ciclo organizado por la poeta Soledad Fernández Mouján (2008). Pude comprobar la distancia que había entre el poema y yo, y lo que el poema había recorrido. Ya era de otro.

Revisitar el poema desde la memoria de lo escrito: el cómo, el porqué, el para qué entre el deseo de escribir y lo escrito, abre paso a una libertad que es felicidad en acto.


*

Hundirse en las nubes más hermosas carecer de gravedad
hasta atrapar el vacío en las manos de papel de un tiempo
perdido en las estaciones de un tren sublunar corriendo de atrás
hasta tocar con la punta de los dedos del sol la alegría en la
niebla del hombre que espera el embarque de la sangre
y el vino, tu cuerpo.

Comprendimos todo al quedarnos despiertos en la canción
del sol en su mueca de mujer vencida
alguien que piensa que se burlan de él puede sentirse
amado,
vivir entre mentiras amar como aman
bandas de cenizas y gracia.


*Pablo Queralt es médico y poeta. Es curador de poesía de la biblioteca de San Isidro, colaborador del suplemento cultural del diario El pregón de Jujuy y diario Punto Uno de Salta. Publicó varios libros de poesía entre ellos Cansancio de lo escrito, La flecha de Agustín, Primer paso, Crack, Escribí mi nombre, Poema de la nieve, El padre, Late, Cocineros, Jazz, Perfume animal, La piscina, Ser y ser visto. Fue traducido al catalán y al italiano y figura en dos antologías de poetas de Buenos Aires y en la antología Brazuca editorial Niña Bonita de Zaragoza, España, con poemas de fútbol para el Mundial  2014. Su libro Coca y Laleblan fue publicado en España en Niña bonita cartonera y La Piscina en editorial Karakartón de Palma de Mayorca y Aves del Paraíso, Toulouse, Francia, 2014. En este año saldrá publicado por editorial Colectivo Semilla de Bahía Blanca el libro Biografía del trauma.

sábado, 6 de febrero de 2016

Un poema de Liliana Bodoc ante el espanto

Liliana Bodoc.

por Fernando G. Toledo

Las crónicas asépticas dicen que un cuerpo de Gendarmería Nacional ingresó el viernes 29 de enero de 2016 a las 21, a la Villa 1-11-14 en el Bajo Flores, Buenos Aires. Que los gendarmes informaron dos heridos de la fuerza y ese saldo fue repudiado por el Ministerio de Seguridad. Pero que, poco después, se conoció lo inexplicable: que en realidad, los gendarmes habían atacado con balas de goma y de plomo a una murga de la villa, llamada Los Auténticos Reyes del Ritmo, integrada por adultos, jóvenes y también niños. ¿Cómo defenderse ante el espanto? No hay muchas armas. Pero las pocas que existen están en alto.
Atenazada por ese espanto, la escritora Liliana Bodoc, cuya poesía se cuela página a página en sus maravillosas novelas (La saga de los confines, Memorias impuras, Tiempo de dragones, entre otras), decidió defenderse con la poesía. Y lo que hizo fue escribir, entonces, un poema que no se cobije en la prosa de uno de sus relatos o en la canción que entone alguno de sus personajes. Al parecer la mendocina ha creído que si la poesía es el mecanismo de defensa, debe ser blandido como tal. 
En EL DESAGUADERO ofrecemos este poema inédito de Liliana Bodoc, dedicado a las víctimas del espanto.





Los Auténticos Reyes de la Historia


por Liliana Bodoc


Me voy de carnaval
A murguear, a construir la fiesta.
¿Va a venir a escucharme? Yo soy de los que cantan.
«Vamos rojo al ritmo de la murga»
Me contaron que esto de la murga es viejo como usted.
¡No se me enoje!
Eso me hace feliz porque me da un pasado.
No un día sino muchos
Un pasado, ¿me entiende?
Un barrio como un mundo.
«Todos los domingos siempre voy a estar
Recordando siempre al que ya no está»
Me voy de carnaval, de redoblantes.
Burla para el infierno.
Me voy de mascarada a celebrar que somos los que fuimos.
Después pase un ratito y me saluda.
---------------
«Vamos rojo al ritmo de la murga»
Y de repente se rompió la risa.
Se deshizo la gracia.
¿Qué pasa?
¿Por qué duelen los cantos?
¿Quién golpea? ¿Quién corre?
Mi máscara chorrea por la frente.
¿Por qué, si estoy bailando?
-----------------
Mañana, cuando ya no tenga miedo
Voy a pensar despacio.
Mañana voy a entenderlo todo
Y que ¡Oh, dale oh!
No hay paliza más grande que una fiesta del pueblo.
¡Dale, oh! ¡Dale, oh!
Ellos van a pasar
Y la murga
Va a seguir calle arriba
Dale oh, dale oh                        
Hasta la vida.

(inédito)

jueves, 4 de febrero de 2016

Ashraf Fayadh: 10 poemas para ser condenado a muerte

Ashraf Fayadh.


Apóstata, exiliado, muerto en vida. Al poeta palestino Ashraf Fayadh (nacido en 1980) le cabe cualquiera de esos motes. En noviembre de 2015, el autor fue condenado a muerte, sin posibilidad de defenderse, por la corte de Arabia Saudí, el país en que reside, acusado de apostasía (renunciar al Islam) y «promover el ateísmo».
Al conocerse la noticia, que publicó el diario inglés The Guardian con grandes titulares, las protestas contra la sentencia y el apoyo internacional no se hicieron esperar. De algún modo, Fayadh tuvo suerte: la pena acaba de ser conmutada y reemplazada por 800 latigazos y ocho años de prisión. En 2015, más de 500 personas fueron ejecutadas por casos –similitudes más, diferencias menos– como el de él.
La activista y escritora árabe Mona Kareem, que lideró los reclamos por la liberación de Ashraf Fayadh, tradujo al inglés el año pasado algunos de los poemas «polémicos» que le hicieron al escritor ganarse la pena de muerte. De esa traducción surge, a su vez, esta versión al español. Es un camino complejo para llegar a los versos de Fayadh, y en ese camino de seguro muchas cosas se habrán perdido. Pero quizá haya que conformarse con lo que sigue latiendo a través de las lenguas, con la fuerza del remezón poético que esta lírica condenada a muerte es capaz de provocar.



Poemas prohibidos

de Ashraf Fayadh
Versión de Fernando G. Toledo

1

el petróleo es inocuo, excepto por la estela de pobreza que deja tras de sí

habrá un día en que las caras de los que encuentran otro pozo de petróleo se oscurezcan,
cuando le insuflen vida a tu corazón para extraer más petróleo de tu alma
para uso público
esa es la promesa del petróleo, una auténtica promesa

la final.


2

se dijo: pónganlo ahí
pero algunos de ustedes son enemigos de todo
así que déjenlo ya

véanse a ustedes mismos desde el fondo del río;
los de arriba tengan un poco de piedad con los de abajo…
los desplazados están indefensos,
¡como la sangre que nadie quiere comprar en el mercado del petróleo!


3

perdóname, discúlpame
por no ser capaz de extraer más lágrimas para ti
por no murmurar tu nombre en la nostalgia.
apunté mi rostro hacia el calor de tus brazos
no tengo otro amor más que a ti, nada más que a ti, ¡y soy el primero de tus pretendientes!


4

noche,
eres inexperta con el tiempo
escaso de gotas de lluvia
que podrían lavar todo lo que resta de tu pasado
y librarte de lo que llamas piedad…
de ese corazón capaz de amar,
de jugar,
y de cruzarse con tu obscena retirada de esa decadente religión
de ese falso Tanzeel [*]
de esos dioses que han perdido su orgullo.


5

eructas, más de lo normal
como los bares que bendicen a sus visitantes
con recitados y atractivas bailarinas

acompañado por el DJ
recitas tus alucinaciones
y dices tu alabanza por esos cuerpos que le danzan a los versos del exilio.


6

él no tiene derecho a caminar sin embargo
o a correr sin embargo o a llorar sin embargo.

él no tiene derecho a abrir las ventanas de su alma,
a renovar el aire, sus residuos y sus lágrimas

tú tiendes a olvidar que eres
un pedazo de pan.


7

en el día del destierro, ellos se quedan desnudos,
mientras tú nadas por las oxidadas tuberías del desagüe, descalzo…

esto podría ser saludable para los pies
pero no para la tierra


8

los profetas se han retirado
así que no esperes a que el tuyo venga a ti

y para ti,
para ti los supervisores traen sus informes diarios
y ganan sus altos sueldos…

cuán importante es el dinero
para una vida digna.


9

mi abuelo se queda desnudo todos los días
sin destierro, sin creación divina…
yo ya he sido resucitado sin un golpe piadoso a mi imagen
yo soy la experiencia del infierno en la tierra…

la tierra
es el infierno dispuesto para los refugiados.


10


tu sangre muda no hablará
mientras te enorgullezcas de la muerte
mientras sigas anunciando –en secreto– que has puesto el alma
en manos de aquellos que no saben nada

perder tu alma va a costarte tiempo,
bastante más de lo que te llevará consolar
a tus ojos, que han llorado lágrimas de petróleo


(*) Tanzeel es un nombre masculino, común en árabe. Significa «Revelación».