miércoles, 4 de septiembre de 2013

Joaquín Sabina: el desafío permanente





¿Puede un cantautor famoso colar en una canción versos como: «En Comala comprendí / que al lugar donde has sido feliz / no debieras tratar de volver»? (en apenas tres líneas: la exposición de una idea, un aforismo casi, de aparente sencillez, si no fuera por la cita literaria, si no fuera por la elegancia de ese subjuntivo). ¡Claro que puede! De hecho lo hace. Versos polizones que, sin embargo, corren los límites de la canción popular. Quizá este sea el desafío asumido por Joaquín Sabina, quien en los últimos años ha producido obras cada vez más complejas (Dímelo en la calle, Alivio de luto y Vinagre y rosas),  sobre todo si se piensa en que su destinataria primera es la oreja (y no el ojo) del público.

Ahí va otro ejemplo:

«La tarde consumió su luego fatuo
sin carne, sin pecado, sin quizás,
la noche se agavilla como un ave
a punto de emigrar» (coautor: José Caballero Bonald).

Y sí, fácil no es. Pero porque no es fácil, exige un aumento de nuestra atención, compensado ˗claro˗ por el placer de paladear esas palabras,  que sugieren la angustia de la inminencia de la noche de un día disuelto sin dejar huellas, angustia familiar tanto al escritor más célebre como al mortal más de a pie.

Y aunque en ningún lugar he leído que el arte, aun el popular, debe ser fácil; los autores de canciones, a diferencia de los poetas de libro quienes cuentan con la edición como única herramienta para que algún desprevenido saque la billetera del bolsillo; los autores de canciones decía, tienen en la música el instrumento adecuado para hacer que un texto oscuro se repita una y otra vez en la radio del chofer de un micro o en los mp3 de los oxigenados caminantes del parque. Escuchen si no «Menos dos alas», donde al ritmo pegadizo de una rumbita flamenca, el español traza un precioso retrato de Ángel González. Para muestra, un botón:

«Verde por la vergüenza que no tenía
hasta ayudó a Caronte a quemar sus naves
decía que morirse no era tan grave
y agonizó en voz baja por cortesía» (coautor: Benjamín Prado).

Y si acaso se necesitara un argumento extra, allí están las fotos, las filmaciones de los estadios colmados por un público fervoroso que recita, vocifera cada sílaba, atestiguando el triunfo de Sabina. Cabría preguntarse, entonces, si es posible esperar de otros cantautores una actitud semejante. Vale decir, el riesgo de bajarse de la cómoda limusina de los «soy uno más» o «le doy a la gente lo que la gente me pide» (más propia de un verdulero o de un productor televisivo); la recuperación, vamos,  de su rol de faros dentro del mundo estético (todavía rememoro la conmoción experimentada por el adolescente que fui al descubrir una crítica a la sociedad, una imagen extraña, una alusión sexual semiescondidas en los recovecos de alguna letra de García, Cerati, Calamaro o Pandolfo). Porque, aunque sea una verdad de Pero Grullo, nunca sobra recordar que un artista, uno auténtico, solo responde a sus tripas, y el público es siempre un (grato, necesario) añadido posterior.

***
PECES DE CIUDAD
Se peinaba a lo garçon 
la viajera que quiso enseñarme a besar 
en la Gare d'austerlitz. 
Primavera de un amor 
amarillo y frugal como el sol 
del veranillo de San Martín. 
Hay quien dice que fui yo 
el primero en olvidar 
cuando en un si bemol de Jacques Brel 
conocí a mademoiselle Amsterdam. 
En la fatua Nueva York 
da más sombra que los limoneros 
la Estatua de la libertad, 
pero en Desolation Row 
las sirenas de los petroleros 
no dejan reír ni volar. 
Y en el coro de Babel, 
desafina un español. 
No hay más ley que la ley del tesoro 
en las Minas del rey Salomón. 
Y desafiando el oleaje 
sin timón ni timonel, 
por mis sueños va, ligero de equipaje, 
sobre un cascarón de nuez, 
mi corazón de viaje, 
luciendo los tatuajes 
de un pasado bucanero, 
de un velero al abordaje, 
de un no te quiero querer. 

Y cómo huir 
cuando no quedan 
islas para naufragar 
al país 
donde los sabios se retiran 
del agravio de buscar 
labios que sacan de quicio, 
mentiras que ganan juicios 
tan sumarios que envilecen 
el cristal de los acuarios 
de los peces de ciudad 
que mordieron el anzuelo, 
que bucean a ras del suelo, 
que no merecen nadar. 

El dorado era un champú, 
la virtud unos brazos en cruz, 
el pecado una página web. 
En Comala comprendí 
que al lugar donde has sido feliz 
no debieras tratar de volver. 
Cuando en vuelo regular 
pisé el cielo de Madrid 
me esperaba una recién casada 
que no se acordaba de mí. 
Y desafiando el oleaje 
sin timón ni timonel, 
por mis venas va, ligero de equipaje, 
sobre un cascarón de nuez, 
mi corazón de viaje, 
luciendo los tatuajes 
de un pasado bucanero, 
de un velero al abordaje, 
de un liguero de mujer. 

Y cómo huir 
cuando no quedan 
islas para naufragar 
al país 
donde los sabios se retiran 
del agravio de buscar 
labios que sacan de quicio, 
mentiras que ganan juicios 
tan sumarios que envilecen 
el cristal de los acuarios 
de los peces de ciudad 
Que perdieron las agallas 
en un banco de morralla, 
en una playa sin mar.

DOS HORAS DESPUÉS

La tarde consumió su luego fatuo
sin carne, sin pecado, sin quizás,
la noche se agavilla como un ave
a punto de emigrar.

Y el mundo es un hervor de caracolas
ayunas de pimienta, risa y sal,
y el sol es una lágrima en un ojo
que no sabe llorar.

Tu espalda es el ocaso de septiembre,
un mapa sin revés ni marcha atrás,
una gota de orujo acostumbrada
al desdén de la mar.

Y al cabo el calendario y sus ujieres
disecando el oficio de soñar
y la espuela en la tasca de la esquina
y el vicio de olvidar.

Por el renglón del corazón
cada mañana descarrila un tren.
Y al terminar, vuelta a empezar
dos horas después de amanecer.

Tiene la vida un lánguido argumento
que no se acaba nunca de aprender,
sabe a licor y a luna despeinada
que no quita la sed.

La noche ha consumido sus botellas
dejándose un jirón en la pared.
Han pasado los días como hojas
de libros sin leer.


Año: 2005
Letra: Joaquín Sabina y José Caballero Bonald
Música: Antonio Garcia de Diego y Pancho Varona
Disco: Alivio de Luto (2005)


MENOS DOS ALAS 

 
González era un ángel menos dos alas
Gonzalez era un santo por lo civil
un dandy con un ojo a la funerala
tan rojo, tan castizo y tan zascandil.

Hilaba en los garitos de mala nota.
Boleros de Machín con Juanín de Mieres
Apurando esos whiskys en los que flotan
La luna de las golfas y los crupieres.

Cuando volvía del extranjero
tan forastero,
a las dos no era de día,
a las seis ya era de noche,
pídame un coche,
fumando espero
y le aplaudían los camareros.

Otoños y otras luces, pan con verbenas
su príncipe de Gales, tan Cortefiel
Tratado de urbanismo, Juan de Mairena
chicana, magdalena, tinta y papel.

Verde por la vergüenza que no tenía,
hasta ayudó a Caronte a quemar sus naves,
decía que morirse no era tan grave
y agonizó en voz baja por cortesía.

Cuando volvía del extranjero
tan forastero,
a las dos no era de día,
a las seis ya era de noche,
pídame un coche,
fumando espero
y le aplaudían los camareros.


Año: 2009
Letra: Joaquín Sabina y Benjamín Prado
Música: Pancho Varona y Antonio García de Diego
Disco: Vinagre y Rosas (2009)

2 comentarios:

Jose Ramon Santana Vazquez dijo...

...traigo
ecos
de
la
tarde
callada
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...


desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ


COMPARTIENDO ILUSION
HERNAN SCHILLAGI

CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...




ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE ZOMBIS, EXCALIBUR, DJANGO, MASTER AND COMMANDER, LEYENDAS DE PASIÓN, BAILANDO CON LOBOS, THE ARTIST, TITANIC…

José
Ramón...


Hernán Schillagi dijo...

Copio aquí el comentario de Facebook para que no se pierda:

"Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel..." Muy bueno su ensayo, amigo. Sabina ha demostrado que no es así aquello de "complejidad y popularidad es imposible hoy". Si bien sus "letras" siempre fueron muy elaboradas y con conocimiento de las formas (con las que juega, más que acatar); los últimos tres o cuatro discos son de una altura nunca vista. Algunas son en colaboración, otras versiones "libérrimas" de otras canciones (En pie de guerra) y las menos, canciones correctas, divertidas o ingeniosas (Embustera, Parte meteorológico). El libro que escribe Prado evidencia el proceso de escritura a 4 manos entre Sabina y él: ¡no se perdonan una! Al contrario de la mayoría de los músicos, Joaquín escribe los poemas antes (sabe, cómo no, cuándo unos versos van para una canción y cuando se quedan en un soneto); luego se junta con su banda y vuelve a corregir en función de la música. Este trabajo compositivo, me arriesgo a decir, es mucho más eficaz que el del solitario poeta, ya que se pone al servicio de otros ojos, de otra cadencia y otros oídos. De algún modo, también, hasta es más humilde. Aunque la soberbia un poema bien escrito traspase ritmos, descontextualizaciones y programas anodinos de radio.