viernes, 4 de marzo de 2016

Reportaje haiku: Eugenia Simionato y el poema como una mirada

Eugenia Simionato.


por Fernando G. Toledo

Basho definía al haiku como «lo que está sucediendo en este momento, en este lugar y atravesado por una reflexión». Inspirados en esas líneas, proponemos un «reportaje haiku», cuyas preguntas y respuestas se apoyen en esos pilares.

Mirar, explorar, nombrar. Parecen estos los verbos más importantes para Eugenia Simionato si se piensa en los poemas que traducen su trabajo con las palabras en La noche crece como un río solitario, su primer libro. Aunque bien podríamos corregirnos: mirarse, explorarse, nombrarse es la manera en que pone en práctica estos verbos con su poesía íntima pero expuesta, secreta pero cercana. Lírica, en suma, como toda poesía escrita con intensidad. La poeta mendocina entiende que el yo es el punto de partida para sus versos, y en este reportaje haiku revela que, como muchos, toda exploración no acaba en el conocimiento, sino más bien en la extrañeza.

En este momento

–La noche crece como un río solitario es tu primer libro publicado. Hay en él una voz que habla desde una intimidad explícita, y en la que los sueños, la vigilia y la exploración en el yo son constantes. ¿Cómo fue la escritura del libro y cómo surgen en vos estos temas?

–Sí, es cierto que hay una exploración en el yo, y que esos temas insisten a lo largo del libro. No fue un libro planeado, fue madurando en un trabajo que hice con un poeta (Diego Muzzio), con el que aprendí mucho, a partir de su lectura acerca de mis poemas; y eso le da también cierto halo de espontaneidad, que tiene que ver conmigo, claro, con la forma en la que  yo me muevo en la vida. Tuve que mirarme para poder ver cómo creció mi mirada: ¿de qué están hechos mis ojos?, por decirlo de algún modo. Es interesante, en ese punto, el tema de la «exploración en el yo» porque, contrariamente a como podría interpretarse (un ensimismamiento, o un no contacto con el mundo, por esa exploración hacia adentro), pienso que no, que como nos dice el psicoanálisis «el yo es un lugar de desconocimiento». Empezar por el yo no implica no tocar el mundo, sino más bien todo lo contrario; entonces,  creo que surge justamente por eso, el yo es un centro abierto, un círculo con líneas entrecortadas, un lugar poroso, donde mirarse es también mirar la resonancia que tienen en uno las cosas del mundo. En cuanto a cómo surgen en mí estos temas, si bien hablo mucho de mi mundo interno, quizás es para entrar en él, como si yo misma fuera ese río, y así ver con qué recursos cuento para empezar a navegarlo, nunca del todo hacia dentro, y nunca del todo hacia afuera. Pensando en mi escritura, me gusta que haya una mezcla de situaciones concretas, simples cosas del mundo de lo cotidiano, pero dichas con cierto velo, con un uso estético de la palabra, con imágenes que te dejan en otro lugar, que no lo dicen o explican todo. Trabajar con el misterio, con lo que sorprende o asombra. Después está lo que hace al estilo, que es algo muy difícil de lograr, ya que para eso es necesario conocer o haber descubierto esos modos de la luz, o de un objeto o situación, que solamente el propio ojo reconoce. Hay un poema de Wallace Stevens, El hombre de nieve, que podría ejemplificar esto de la exploración en el yo. Ahora que lo recuerdo, lo puedo relacionar. El poema comienza así: «uno debe tener una mente de invierno / para mirar la escarcha y las ramas / de los pinos cubiertas de nieve / y haber tenido frío durante mucho tiempo / para contemplar los enebros empolvados de hielo / los recios abetos en el destello distante».

En este lugar

–¿Cómo ves tu libro en el contexto de lo que escriben poetas mendocinos y argentinos de hoy? ¿Con quiénes sentís afinidades?

–Yo siento afinidad por la poesía que trasciende la mirada, que va más allá de lo que alguien puede ver y llevar al papel. Me gusta que haya lirismo. No me gusta la inmediatez de quien ve algo, y lo dice tal cual, y ya con eso arma un poema: el poeta que describe un hecho, como uno puede leer en los diarios, que eso se ve bastante. Me interesa más el poeta que trabaja la palabra, que la profundiza, que desafía lo que le dice su ojo, que se anima a decir algo simple y cotidiano, pero con una complejidad en la sintaxis, que implica cómo trabaja las imágenes que usa para decir lo que dice. Por ejemplo, en el poema Trece modos de mirar a un mirlo, de Wallace Stevens, uno podría pensar: «¿por qué trece modos, y no uno solo?». Algo así es lo que me influye a la hora de escribir. Pero con respecto a lo que escriben poetas de hoy, y a cómo veo mi libro en ese contexto, no podría decir mucho, pero sí me diferencio de esos modos más posmodernos de abordar la palabra. Creo que es fundamental que haya lugar para la contemplación, participar de un modo contemplativo con lo que uno está observando. Poder descubrir cuánto movimiento hay en la forma de mirar algo tan simple, como un mirlo o una taza de café. Pero no por eso, hacer una copia fiel de eso. En cuanto a poetas mendocinos, me gustan algunos poemas que leí de Débora Benacot, Fernando G. Toledo, Carlos Levy, Oscar D’Angelo, Hernán Schillagi, Cecilia Restiffo, Eugenia Segura y Eliana Drajer. Y de poetas de otras provincias, me gustan Laura García del Castaño, Elena Anníbali, Rita González Hesaynes, Jotaele Andrade, Melisa Mauriño y muchos más que ahora no estoy pudiendo recordar.

Una reflexión

–En lo que puede leerse de tu poesía, tanto en tu libro como en los poemas inéditos que compartís en la red, se percibe esa impronta lírica de la que hablás. ¿Sentís que el lirismo ha recuperado espacio en la poesía contemporánea o todavía dominan corrientes antilíricas?


–Sí. Hay muchos poetas que leo, tanto en libros, como en la red, que trabajan sus poemas desde una impronta lírica. Con respecto a si todavía dominan corrientes antilíricas, creería que no, que sigue habiendo lirismo en la poesía contemporánea. En lo personal, no me gusta la poesía antilírica. La poesía nunca puede ser antilírica, para mí. Pienso, cuando se habla del realismo en la poesía, del que trata de escribir como si estuviera obligado a reproducir tal cual lo que ve en el poema, sin trabajar  las imágenes o sin darles otro giro, como decía anteriormente. Siempre nos movemos en el terreno de lo ficcional, toda verdad es una ficción, una construcción propia y singular, y eso es lo que hace que uno tenga un «estilo». Somos seres hechos de palabras, y eso ya nos da un recurso poderoso y rico: la  posibilidad de la invención, de la metáfora. Mark Strand por  ejemplo, habla en una entrevista , de «poetas metonímicos», que quieren reproducir la realidad tal como es, entendiendo a lo metonímico, como algo que no produce algo nuevo, o un efecto sorpresivo. Quizás sea eso la poesía «realista». Digo esto porque se  la contrapone al lirismo, y uno puede ver entonces, esa división entre poetas líricos, y poetas realistas, que me parece más bien, citando lo que dijo Roberto Juarroz en una entrevista que le hizo Guillermo Boido (donde habla de las «enfermedades paraliterarias»), me parece que es algo que pasa más entre los poetas, un conflicto entre las personas que escriben antes que algo que pueda enriquecer el trabajo mismo de la escritura. Si, como dice Octavio Paz en su ensayo El arco y la lira, «la poesía revela este mundo, y crea otro, es un diálogo con la ausencia, una plegaria al vacío, oración, letanía, epifanía, presencia, magia, arte de hablar en una forma superior, pero también lenguaje primitivo»; creo que es un modo de pensar, y entonces con lo único que estamos comprometidos los poetas es con la palabra, y en cómo la usamos y pulimos. Así como el bailarín debe ejercitarse y trabajar en su cuerpo para poder bailar y tener su estilo, el poeta tiene que hacer lo mismo con la palabra, desde la invención y la creación. Nuestro cuerpo, en este caso, es la imaginación, y hay que ejercitarla. El poema, sin dejar de ser lenguaje, está más allá del lenguaje, como sostiene Octavio Paz en su  libro. Creo que hay que ir más allá de esa división lirismo/antilirismo y pensar qué lugar existe para la poesía hoy, cuando estamos en una época en la que no se sabe muy bien qué es poesía, y qué no, qué es arte, y qué no. 


Poemas de
La noche crece como un río solitario
de Eugenia Simionato


Hacia el oscuro río de la noche

En esta cama mi cuerpo crece
hacia el oscuro río de la noche,
tengo las manos atadas a mis sueños
la antigua espina de mi infancia,
clavada en uno de mis ojos.
La roca erosionada de un recuerdo
roza mis piernas
y entonces me despierto
con un puñado de días
hundidos en la espalda.


Claroscuro

Me hablabas del claroscuro,
de la espera
y yo jugaba con la luz:
esa oscuridad temida.
Pero ahora,
después de haber quebrado lo que se alza
en cada creencia,
tiemblo
porque venís a ese lugar
donde ya no estoy.


Un hombre desconocido me acaricia

Un hombre desconocido me acaricia.
Sus manos hipnotizan. No consigo huir.
Huelo a flores recién cortadas
de un jardín que nunca tuve.
Canto una melodía que ignoro.
Ni siquiera el suelo que ahora piso
es el suelo que alguna vez pisé.
Tanta suavidad me lastima.
¿Cuánto tarda en separarse un cuerpo
de otro cuerpo?
¿Cuántos temblores hacen falta
para expulsar la ternura de unas manos
que se han ido?
Mis piernas desobedecen.
No camino. Doy saltos prematuros
como si la permanencia en la tierra me quemara.

(de La noche crece como un río solitario, Ananga Ranga, 2015)

viernes, 26 de febrero de 2016

La historia de un poema de Joaquín Valenzuela

 

por Joaquín Valenzuela (*)

Especial para El Desaguadero


Por cuestiones laborales suelo viajar bastante. Lo hago en colectivo (micro, ómnibus, le dicen en otros lugares). Es un buen momento para leer y sobre todo para escribir. La ventanilla es maravillosa. Muchos poemas han comenzado en esos viajes. El poema que he elegido fue escrito durante uno de ellos. Voy a contar las imágenes que lo fueron armando. Vamos a hacer la mochila, esperar el remis, ir a la terminal, subir al colectivo. La mayoría de las veces casi vacío. Otras, con pasajeros repartidos por acá y por allá.

Me gusta viajar del lado de la ventanilla, ver el campo, las rías, las tropillas pastando, caranchos, liebres, vacas. Y estaba en esas cuando le eché una mirada al resto de los pasajeros. Entonces me vi repartido y, en todo caso, sentí partes de mí repartidas en tantos viajes. Para ese entonces ya estaba escribiendo.
¿Y si todos los pasajeros fuesen yo en distintos tiempos? Ahí me dividí, me volví oreja, boca, partes de mí, cada cual en su butaca. Me volví nariz en el café, en el baño químico. Calculé los boletos que en algún momento supe guardar cuando significaban algún viaje en especial. Y enseguida recordé los pantalones lavados con boleto en los bolsillos, el papel desmenuzado, el polvo de las casas que he habitado, las pelusas en las ranuras de los pisos de parquet, el paso del tiempo, mientras el viaje continuaba. Yo iba a la ciudad de Dolores.

Cuando pasamos por el peaje varias hileras de balizas me llamaron la atención. Cónicas, anaranjadas, como bonetes con pequeñas esferas en la punta: eran como hileras de letras íes indicando el camino, ¿y si hubiera sido de noche? ¿y si era de noche y había de esos tachos con gasoil que a veces encienden para indicar los caminos?

Luego, la imagen del pobre pájaro en los últimos versos corresponde a otro viaje. Para el verso final, que también figura entre los primeros, no tengo explicación. Ese fue el verso que inició todo. Y llegó así porque sí.




6


pantanos satelitales estaba todo
igual de verde y negro que vía
satélite en el google earth yo pasaba
el viaje escribiendo pero más me iba
caballo viendo campo campo galopaba
más en los ojos que a pelo a mí
del corazón me salen papas pensaba
parecía este viaje una experiencia
como con drogas mixtecas
detrás iba yo en butacas
salteadas todos los viajes los bolsos
los pasajes rotos los papeles lavados
de los boletos desmenuzados el papel
no aguanta y menos un boleto común
de colectivo se habrían desintegrado
los boletos como uno año por año como
la arena es la pulpa del papel
el papel que se muere al polvo vuelve
a la pelusa y estábamos ahí restos
de mi atrás meta ida y vuelta no
polvo pero tantito muerto bajando multiplicado
subiendo la escalerilla del micro una pierna
una oreja un índice diciendo de mí no
no la nariz multiplicada oliéndole las tetas
al perfume del café químico del baño viajando
permanente i cono i cono i cono i cono el
peaje fuego en tachos de gasoil entre camiones i
cono i cono el parabrisas era el final
de sangre de los pájaros pensaba a mí
del corazón me salen papas


de Actividad Física (Ediciones en Danza, 2007)


(*)Joaquín Valenzuela Bellocq nació en Dolores, provincia de Buenos Aires, en 1971. Publicó los libros de poesía: Actividad Física (Ediciones en Danza, 2007); doméstico (Ediciones en Danza, 2009); Varamientos pampa (Ediciones en Danza, 2011); La casa del deshielo (Huesos de Jibia, 2013). Ha participado en antologías como Infancias -III Festival de Poesía en la Escuela- (añosluz, 2012) y Amor (Ediciones en Danza, 2015). En narrativa ha publicado la novela Mandarse a mudar (Ruinas Circulares, 2014). Su formación es interdisciplinaria: teatro, bellas artes, fotografía. Lleva el blog deanúmeros donde pueden leerse sus textos.

martes, 23 de febrero de 2016

La historia de un poema de Marcelo Dughetti

Marcelo Dughetti.

Doméstica bitácora del animalito en junio

por Marcelo Dughetti (*)
Especial para El Desaguadero

Fue en junio cuando el animalito del frío paseaba por la casa. Enrejaba la lluvia a los cuatro árboles que con mi hija habíamos plantado: un limonero de cuatro estaciones, un pino y dos algarrobos. Con la madre terminábamos un matrimonio de 12 años que nos había consumido y, a la manera del cuervo de Poe, graznaba su frase lacónica. El mundo se debatía en otra de sus guerras y el país en esas luchas intestinas que nos sobresaltan y enloquecen.

Había alquilado una pieza y un baño que compartía con primos. Mi casa, mi lar, quedaban atrás. En un Rastrojero había cargado mi bicicleta, dos bibliotecas breves, discos y ropa: nada más pediría. En la mudanza, entre los libros encontré un dibujo en papel verde que mi hija me hiciera. Allí me retrataba con mis anteojos, barba rala y una capa corta. Un superhéroe. La realidad no podía estar más distante. Esa fragilidad, ese precario sentimiento de no poder con nada construía ahora para mi criatura el símbolo de una caída.

Entonces, una vez instalado en aquella pieza y tapado con cobijas a falta de calefacción, agarrotadas las manos, comencé a escribir este poema que es ni más ni menos que la encarnación de toda la precariedad; de toda la impotencia que sentí ante el mundo abierto como una fruta podrida que cayera al suelo y estuviera a merced de todo tipo de alimañas. Aquel capullo familiar había reventado y colonias de insectos se repartían los despojos.

El poema tenía, de por sí otro final, pero en la mitad del aliento llamó mi hija y le dije que se calmara, que íbamos a estar juntos, que todo esto era parte de crecer. En fin, las estupideces que intentan explicar un naufragio que sabía seguro. Por eso es que llega hasta el llamado y cambia, y cae quizás en un simple «te extraño y que descanses».

Solos, los padres sabemos lo que esa primera noche hace con nosotros. Por eso es necesario, más que necesario esa primera noche, estar alejados de filos y alturas conmovedoras, aferrarse a fotos , pequeños dibujos, restos que fulguran.

* 

hija
yo no puedo salvarte de nada
pero te prometo un paraguas roto
un poema a media mañana
la soledad de la única flor de la enredadera
la canción con la que te acuné
los feriados al sol leyéndote cuentos
la mamadera tibia 
los caramelos de menta
mi abrazo que es como la flor de esa enredadera
una oración
el arroz pasado con aceite normal según vos
cualquiera que no sea de oliva
las aceitunas de la pizza que pedimos los viernes
los automóviles con patentes impares
el color rojo
la lluvia en las mañanas del sábado
los grillos en la caja de fósforos
los caminos que siempre van a Roma
y los otros que nunca se sabe
bueno 
que duermas bien
te extraño 
mayo se ha perdido
junio es un animalito suelto en el patio.


[poema que integra el libro inédito Los galgos de sol]



(*) Marcelo Luis Dughetti nació en Villa María (Córdoba) en 1970. Publicó en poesía: La joroba de bronce (2003), Donde cayó esta muerta (2003), Los caballos de Isabel (2009), Hospital (2012), Los perros del loco Torriglia (2010), Sioux (2013) y Fui a cuidar los árboles (2014). En narrativa: La bicicleta roja (2007).

miércoles, 17 de febrero de 2016

La historia de un poema de Sebastián Miranda Brenes

Sebastián Miranda Brenes.


por Sebastián Miranda Brenes*
Especial para El Desaguadero

Ahí estoy de 15 años, en una tarde de vacaciones, tirado en la sala con mi hermano, seis años mayor que yo. No hablábamos nada relevante, nos ganaba el sonido de la radio y el silencio constante que se producía entre nosotros.

–¡Qué loco, Sebas! –empezó diciendo mi hermano– Muchos amigos y amigas mías ya son papás. No me imagino yo en esas. Me da miedo, la verdad.

–Yo tampoco –contesté–. De algo de lo que estoy seguro, es que no quiero tener hijos.

Mi hermano fue sorprendido por la seguridad con que lo dije y por un intenso rayo de sol que atravesaba la ventana. Vi en su cara la extrañeza por ese tono firme que poco me caracterizaba a esa edad; y por la claridad que llegó a encandilarlo. Sin embargo, se guardó todo cuestionamiento y sólo contestó que él tampoco quería ser papá en ningún momento.

–¿Y qué pensás hacer? –yo sí que no tuve reparo en cuestionarlo– ¿Te vas a operar?

–No es mala idea –contestó–, sólo que todavía no.

Yo también quedé meditando sobre dicha opción. Así que le lancé una propuesta.

–Yo estoy sumamente seguro de eso –empecé diciendo, mientras me acomodaba para que no me diera directamente el sol– pero digamos que existe la posibilidad de que algo o alguien me pueda hacer cambiar de parecer. Así que démosle tiempo a eso que llaman destino, y propongo que a mis veintiocho, si llegamos los dos sin hijos, nos operemos. ¿Qué te parece?

–Razonable... Me gusta la idea... Hagamos trato –sentenció mi hermano.

Eso fue lo último que hablamos esa tarde, al pacto nunca más lo volvimos a mencionar, pero la idea de la vasectomía siguió rebotándome por mucho tiempo. Tanto así que pasé el colegio, la universidad, las fiestas, las parejas y no había nada ni nadie aún que me hiciera cambiar de parecer. Sólo un susto con una de chica casi me tira abajo todo, cuando me dijo: «Sebas… tengo un atraso».«¡El destino, como le dije a mi hermano!», pensaba yo, cagado del susto. Pero luego todo volvía a la normalidad y me decía a mí mismo: «¡Cuando llegue a los veintiocho!».

En las reuniones de amigos, siempre era el desatino, cuando salía el tema a relucir y aparecían los futuros padres, orgullosos de dos o tres. Las futuras madres, de uno, máximo, pues dos son muchos. El otro que hablaba del deber de hacer patria. Las otras que decían que para llegar a realizarse como persona había que tener al menos uno. Y mientras yo y algún o alguna otra persona desentonando y creando controversia.

Igualmente no faltaba aquella señora que te decía: «cuánto tengás tus hijos, lo entenderás». O el escándalo que se formaba en la casa con la abuela, las tías, los tíos y mi madre, cuando salía el tema y uno declaraba abiertamente la idea. Entre el barullo sólo se alcanzaba a escuchar «pero, ¿cómo? Si los hijos son la mayor bendición…»; «no digas nada, que si Dios quiere, nada puede contra eso»; «te vas a perder un regalo maravilloso» y «cuando te casés, ¿no le vas a dar hijos a tu mujer?». Pero a pesar de todo esto, seguía empecinado.

Llegó diciembre de 2010 y con él, el aguinaldo. Tenía 27 y me faltaban escasos dos meses para llegar a la edad pactada. Mi hermano en ese tiempo seguía sin niños, pero se había ido del país y llevaba una vida muy distinta para preocuparse por hijos, por operaciones o pactos de los que nunca más recordamos. Así que me dije: «bueno, tengo la plata, no tengo hijos y dos meses no es nada. Digamos que tengo 28, y todo arreglado». Así fue como lo hice. Busqué doctor, saqué cita. Le comuniqué a mi pareja, quien estuvo muy feliz por la decisión, le dije a mi mamá (a quien le partí el corazón con la noticia), y un poquito antes de lo establecido, en otra tarde asoleada, cumplí el trato.

Un mes después de la operación tuve una sensación consoladora, un alivio que trajo la necesidad de hablarle a él o a ella. Explicarle al hijo que no iba a tener la razones del por qué de esa decisión. Esa seguridad desde antes de los 15. Era a la única persona que realmente merecía una detallada justificación. Y no hablo de arrepentimiento, ni culpa. Se trataba de tener un dialogo sobre por qué no quería que él llegara acá, a pesar de que entendía todo lo que no viviría. Así que comencé a escribirle un poema, transportándome hasta diferentes épocas de mi vida, y en cada una de estas etapas mis diferentes yo le escribieron una pequeña carta, que luego tomé y compilé en Cartas al hijo que no tuve.



Cartas al hijo que no tuve
«no tengo hijos, ¿acaso es un crimen?»
Juan Carlos Mestre



Diciembre 2010

Le di la espalda
a tu primer paso
a descubrir todo con tus ojos

me privé
de correr con vos
de tus preguntas

la risa por mis muecas
el beso de buenas noches
no existirá entre ambos

tus verdades serán ajenas
así como tus errores
tu ausencia
tu abrazo

Diciembre 2030

Camino solo
crecen los árboles

el parque se llena de risas

acumulo cariño como polvo


Diciembre 2040

Quise mantenerte lejos
del sol desnudo
de los animales llevados a lo extinto
de la multitud caminando sobre el llanto

deseé que fueras libre
que habitaras otro mundo
                                                

Diciembre 2050

Como acto de amor
me negué
              a que fueras terrestre
                             

(de Antimateria, colección Cuadernos AmerHispano, 2013 y Editorial Public Pervert 2014. México)


(*) Sebastián Miranda Brenes
Nace en San Pedro de Barva, Heredia (Costa Rica) en 1983. Estudió Química Industrial. Es escritor y Gestor Ambiental y Cultural. Es miembro fundador de la Asociación Cultural TanGente, proyecto que forma parte del Corredor Cultural TransPoesía, entre Argentina, México y Costa Rica. Ha participado en Festivales Internacionales de Poesía en Cuba, Guatemala, Nicaragua, México y Argentina. En 2013 publica su libro Antimateria, dentro de la Colección Cuadernos AmerHispanos, (en San Luis Potosí, México) y en 2014 por la editorial Public Pervert, Chiapas, México. 

viernes, 12 de febrero de 2016

La historia de un poema de Pablo Queralt



por Pablo Queralt*

Especial para El Desaguadero


Reterritorializar el campo de un poema no es tarea fácil, qué sentido o universo incorporal, como dice Guatari, dio lugar al poema. No lo recuerdo, no lo sé. Sí sé que estaba escuchando a Frank Sinatra, tal vez «Hello young lovers» o «My shining hour», que habíamos llegado recién de vacaciones en el mar con mi mujer y teníamos todo ese aire triunfal de sal y sol. Estábamos felices. Había terminado en esas vacaciones un poemario llamado Inside, todavía inédito, había leído a Cage y me encantó su postura de vida ante el arte y su estética. También, la novela de Martín Adán, algo de Lezama Lima y Wallace Stevens. Fue el verano del 2007. Estaba en living de casa –con una notebook nueva– con ese aire de la música y del atardecer de un día de marzo. Sí, eso lo recuerdo. Estaba mirando hacia la pared el puntillismo hipercromático del cuadro de Zuloaga, pintor uruguayo de Maldonado y amigo. Ya que no titulo los poemas, sino que corren uno atrás de otro como un continuo de un sensorio que sigue su instinto más allá de la idea original, denominé al poema con el primer verso como titulaba William Carlos Williams a sus poemas «Hundirse en las nubes más hermosas». Este poema dio inicio al libro Late que fue publicado al año siguiente por la editorial Huesos de Jibia. Fue el puntapié inicial que hizo rodar la pelota, la máquina que dio flujo al poemario: muy sanguíneo, visceral, los ritmos de lo que late. Esa estética de la experiencia era la que buscaba.

El poema iba saliendo solo. No sé si hice una pequeña corrección o no, y este, a su vez, iba generando al siguiente, y así casi todo el libro. Iba cambiando frases, ideas, rompiendo el pensamiento con algo leído, escuchado, visto, intuido, soñado, pero siguiendo un sentido: el del latido. Algo que expande y retrocede que busca y lleva algo, que es una sorpresa, algo que nos pone en situación de resolución. Así elegimos para allá o para acá. Ahí se define la felicidad.

Creo que el libro fue leído, circuló bien -según me dicen algunos poetas-, y me dio una alegría, ya que la poeta Gabriela Bejerman realizó una pequeña perfomance. Recitó varios poemas de Late en una lectura en la que me invitaron a leer el libro durante el ciclo organizado por la poeta Soledad Fernández Mouján (2008). Pude comprobar la distancia que había entre el poema y yo, y lo que el poema había recorrido. Ya era de otro.

Revisitar el poema desde la memoria de lo escrito: el cómo, el porqué, el para qué entre el deseo de escribir y lo escrito, abre paso a una libertad que es felicidad en acto.


*

Hundirse en las nubes más hermosas carecer de gravedad
hasta atrapar el vacío en las manos de papel de un tiempo
perdido en las estaciones de un tren sublunar corriendo de atrás
hasta tocar con la punta de los dedos del sol la alegría en la
niebla del hombre que espera el embarque de la sangre
y el vino, tu cuerpo.

Comprendimos todo al quedarnos despiertos en la canción
del sol en su mueca de mujer vencida
alguien que piensa que se burlan de él puede sentirse
amado,
vivir entre mentiras amar como aman
bandas de cenizas y gracia.


*Pablo Queralt es médico y poeta. Es curador de poesía de la biblioteca de San Isidro, colaborador del suplemento cultural del diario El pregón de Jujuy y diario Punto Uno de Salta. Publicó varios libros de poesía entre ellos Cansancio de lo escrito, La flecha de Agustín, Primer paso, Crack, Escribí mi nombre, Poema de la nieve, El padre, Late, Cocineros, Jazz, Perfume animal, La piscina, Ser y ser visto. Fue traducido al catalán y al italiano y figura en dos antologías de poetas de Buenos Aires y en la antología Brazuca editorial Niña Bonita de Zaragoza, España, con poemas de fútbol para el Mundial  2014. Su libro Coca y Laleblan fue publicado en España en Niña bonita cartonera y La Piscina en editorial Karakartón de Palma de Mayorca y Aves del Paraíso, Toulouse, Francia, 2014. En este año saldrá publicado por editorial Colectivo Semilla de Bahía Blanca el libro Biografía del trauma.

sábado, 6 de febrero de 2016

Un poema de Liliana Bodoc ante el espanto

Liliana Bodoc.

por Fernando G. Toledo

Las crónicas asépticas dicen que un cuerpo de Gendarmería Nacional ingresó el viernes 29 de enero de 2016 a las 21, a la Villa 1-11-14 en el Bajo Flores, Buenos Aires. Que los gendarmes informaron dos heridos de la fuerza y ese saldo fue repudiado por el Ministerio de Seguridad. Pero que, poco después, se conoció lo inexplicable: que en realidad, los gendarmes habían atacado con balas de goma y de plomo a una murga de la villa, llamada Los Auténticos Reyes del Ritmo, integrada por adultos, jóvenes y también niños. ¿Cómo defenderse ante el espanto? No hay muchas armas. Pero las pocas que existen están en alto.
Atenazada por ese espanto, la escritora Liliana Bodoc, cuya poesía se cuela página a página en sus maravillosas novelas (La saga de los confines, Memorias impuras, Tiempo de dragones, entre otras), decidió defenderse con la poesía. Y lo que hizo fue escribir, entonces, un poema que no se cobije en la prosa de uno de sus relatos o en la canción que entone alguno de sus personajes. Al parecer la mendocina ha creído que si la poesía es el mecanismo de defensa, debe ser blandido como tal. 
En EL DESAGUADERO ofrecemos este poema inédito de Liliana Bodoc, dedicado a las víctimas del espanto.





Los Auténticos Reyes de la Historia


por Liliana Bodoc


Me voy de carnaval
A murguear, a construir la fiesta.
¿Va a venir a escucharme? Yo soy de los que cantan.
«Vamos rojo al ritmo de la murga»
Me contaron que esto de la murga es viejo como usted.
¡No se me enoje!
Eso me hace feliz porque me da un pasado.
No un día sino muchos
Un pasado, ¿me entiende?
Un barrio como un mundo.
«Todos los domingos siempre voy a estar
Recordando siempre al que ya no está»
Me voy de carnaval, de redoblantes.
Burla para el infierno.
Me voy de mascarada a celebrar que somos los que fuimos.
Después pase un ratito y me saluda.
---------------
«Vamos rojo al ritmo de la murga»
Y de repente se rompió la risa.
Se deshizo la gracia.
¿Qué pasa?
¿Por qué duelen los cantos?
¿Quién golpea? ¿Quién corre?
Mi máscara chorrea por la frente.
¿Por qué, si estoy bailando?
-----------------
Mañana, cuando ya no tenga miedo
Voy a pensar despacio.
Mañana voy a entenderlo todo
Y que ¡Oh, dale oh!
No hay paliza más grande que una fiesta del pueblo.
¡Dale, oh! ¡Dale, oh!
Ellos van a pasar
Y la murga
Va a seguir calle arriba
Dale oh, dale oh                        
Hasta la vida.

(inédito)

jueves, 4 de febrero de 2016

Ashraf Fayadh: 10 poemas para ser condenado a muerte

Ashraf Fayadh.


Apóstata, exiliado, muerto en vida. Al poeta palestino Ashraf Fayadh (nacido en 1980) le cabe cualquiera de esos motes. En noviembre de 2015, el autor fue condenado a muerte, sin posibilidad de defenderse, por la corte de Arabia Saudí, el país en que reside, acusado de apostasía (renunciar al Islam) y «promover el ateísmo».
Al conocerse la noticia, que publicó el diario inglés The Guardian con grandes titulares, las protestas contra la sentencia y el apoyo internacional no se hicieron esperar. De algún modo, Fayadh tuvo suerte: la pena acaba de ser conmutada y reemplazada por 800 latigazos y ocho años de prisión. En 2015, más de 500 personas fueron ejecutadas por casos –similitudes más, diferencias menos– como el de él.
La activista y escritora árabe Mona Kareem, que lideró los reclamos por la liberación de Ashraf Fayadh, tradujo al inglés el año pasado algunos de los poemas «polémicos» que le hicieron al escritor ganarse la pena de muerte. De esa traducción surge, a su vez, esta versión al español. Es un camino complejo para llegar a los versos de Fayadh, y en ese camino de seguro muchas cosas se habrán perdido. Pero quizá haya que conformarse con lo que sigue latiendo a través de las lenguas, con la fuerza del remezón poético que esta lírica condenada a muerte es capaz de provocar.



Poemas prohibidos

de Ashraf Fayadh
Versión de Fernando G. Toledo

1

el petróleo es inocuo, excepto por la estela de pobreza que deja tras de sí

habrá un día en que las caras de los que encuentran otro pozo de petróleo se oscurezcan,
cuando le insuflen vida a tu corazón para extraer más petróleo de tu alma
para uso público
esa es la promesa del petróleo, una auténtica promesa

la final.


2

se dijo: pónganlo ahí
pero algunos de ustedes son enemigos de todo
así que déjenlo ya

véanse a ustedes mismos desde el fondo del río;
los de arriba tengan un poco de piedad con los de abajo…
los desplazados están indefensos,
¡como la sangre que nadie quiere comprar en el mercado del petróleo!


3

perdóname, discúlpame
por no ser capaz de extraer más lágrimas para ti
por no murmurar tu nombre en la nostalgia.
apunté mi rostro hacia el calor de tus brazos
no tengo otro amor más que a ti, nada más que a ti, ¡y soy el primero de tus pretendientes!


4

noche,
eres inexperta con el tiempo
escaso de gotas de lluvia
que podrían lavar todo lo que resta de tu pasado
y librarte de lo que llamas piedad…
de ese corazón capaz de amar,
de jugar,
y de cruzarse con tu obscena retirada de esa decadente religión
de ese falso Tanzeel [*]
de esos dioses que han perdido su orgullo.


5

eructas, más de lo normal
como los bares que bendicen a sus visitantes
con recitados y atractivas bailarinas

acompañado por el DJ
recitas tus alucinaciones
y dices tu alabanza por esos cuerpos que le danzan a los versos del exilio.


6

él no tiene derecho a caminar sin embargo
o a correr sin embargo o a llorar sin embargo.

él no tiene derecho a abrir las ventanas de su alma,
a renovar el aire, sus residuos y sus lágrimas

tú tiendes a olvidar que eres
un pedazo de pan.


7

en el día del destierro, ellos se quedan desnudos,
mientras tú nadas por las oxidadas tuberías del desagüe, descalzo…

esto podría ser saludable para los pies
pero no para la tierra


8

los profetas se han retirado
así que no esperes a que el tuyo venga a ti

y para ti,
para ti los supervisores traen sus informes diarios
y ganan sus altos sueldos…

cuán importante es el dinero
para una vida digna.


9

mi abuelo se queda desnudo todos los días
sin destierro, sin creación divina…
yo ya he sido resucitado sin un golpe piadoso a mi imagen
yo soy la experiencia del infierno en la tierra…

la tierra
es el infierno dispuesto para los refugiados.


10


tu sangre muda no hablará
mientras te enorgullezcas de la muerte
mientras sigas anunciando –en secreto– que has puesto el alma
en manos de aquellos que no saben nada

perder tu alma va a costarte tiempo,
bastante más de lo que te llevará consolar
a tus ojos, que han llorado lágrimas de petróleo


(*) Tanzeel es un nombre masculino, común en árabe. Significa «Revelación».


jueves, 28 de enero de 2016

La historia de un poema de Alejandra Correa





por Alejandra Correa*

Especial para El Desaguadero


Hay un poema que no cesa, que se escribe cada octubre renovado. Luego de tantos años, su cuerpo es un tejido denso integrado por pequeñísimos organismos de carácter fragmentario, extraídos con obsesión de orfebre de ese yacimiento arqueológico que es la infancia. Ese tejido contiene huesos, atardeceres azulados, materia orgánica, olores impresos en las profundidades de la memoria, dolores sedimentados e imágenes que tienen la posibilidad de adquirir nuevas tonalidades con cada primavera. Es el poema del mito personal y por eso se consagra a su propia reinvención. Un animal hambriento que se ha vuelto autosuficiente con el tiempo: cuanto más se escribe, más necesita ser escrito.

Pero no hablaré de ese poema.

Hablaré de este otro que irrumpe desde un sitio que podría decirse «nuevo» si no fuera tan viejo como el mundo. Tiene las características de una epifanía, no sabemos nada de su primera combustión, aunque podríamos sospechar que se trata de un estado del alma en suspenso y que, por su propia característica de aire, logra alejarse de ese otro poema, el que hunde sus raíces en las profundidades de la tierra y el pasado.

Así surgió este poema al que llamo La canción del bosque.

Un invierno visitábamos Solanas, en la costa uruguaya. La casa estaba a orillas de un bosque denso. Nicolás, uno de mis tres hijos –de entonces 9 años– quiso acompañarme a hacer una primera caminata.

Íbamos charlando hasta que en un momento nos ganó el sonido crujiente de nuestras pisadas. A los pocos minutos estábamos en silencio e inmersos en otra realidad. Se había abierto una puerta nueva y un lazo mágico nos unía a la respiración de los árboles. Él señalaba algo y yo entendía qué quería decirme sobre ese asombro, sin una palabra. A su vez, mi descubrimiento, despertaba una media sonrisa en él. Éramos viejísimos: teníamos la edad del bosque.

En otras caminatas con él, con Marina y Francisco –sus hermanos–; o con Javier, mi marido, saqué cientos de fotos. Buscaba recuperar el misterio, hacerlo tangible. ¡Oh, lo imposible y su poder de gravitación!

Desde entonces, en ese procedimiento que propuso el misterio del bosque, la fotografía empezó a ser para mí un camino siempre abierto para retener fragmentos visuales antes de que llegaran a enunciarse con palabras (o al menos hacer el intento): luces, sombras, texturas, tonalidades. Años después del bosque, la fotografía sigue siendo esa herramienta con la que intento escuchar lo que dice la luz.

Este es el poema.



La canción del bosque

Esta es la canción del bosque
dijo uno de los niños que di a luz
en septiembre

De su mano brotó un pájaro claro
que se hizo hojarasca
para caer a sus pies

con la levedad del viento

Pude pedirle que me mostrara
cómo había logrado encantar la materia

que me dijera
qué sabe él de los pájaros de fuego y aire
cuando lo cierto se esconde

pero hay cosas que no se le preguntan a nadie
ni siquiera a un hijo al que vimos nacer

Detrás de la maraña de ojos que anida el bosque
detrás de los zorros grises que todo lo saben
y de las pequeñas ardillas de cuento
fuimos en larga travesía
encarnándonos en el vientre de la noche

Quién sabe por qué me llevó de la mano
como si yo fuera la hija

Qué esperaba encontrar
al borde del mundo
donde los últimos hombres
hace tiempo
mutaron en árboles

Poema inédito (2009)

*Alejandra Correa, 1965, Río de la Plata. Es poeta y artista visual. Publicó los libros de poesía Río partido (1998), El grito (2002), Donde olvido mi nombre (2005), Cuadernos de caligrafía (2009 y 2014), Los niños de Japón (2010), Maneras de ver morir a un pájaro (2015) y Si tuviera que escribirte (2015, Madrid). Recibió el III Premio Nacional de Artes Visuales de Argentina (rubro textil) en 2013, el I Premio Nacional de Literatura para niños y el II Premio Nacional de Poesía otorgados por el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay en 2014. Ha trabajado como comunicadora social, editora gráfica, periodista y gestora cultural. Es una de las creadoras de la Audiovideoteca de Escritores de Buenos Aires, de la cual fue codirectora durante 7 años. También trabajó en la creación de la Red Federal de Poesía y el I Festival Federal de Poesía (marzo 2015) junto a Julia Magistratti y Marisa Negri. Coordina desde 2010 el Festival de Poesía en la Escuela junto a Marisa Negri.

lunes, 18 de enero de 2016

La historia de un poema de Jotaele Andrade

Jotaele Andrade (y compañía).

por Jotaele Andrade*
Especial para El Desaguadero


Reconstruir un poema, o los sucesos que dieron en él, constituye por sí mismo un extrañamiento ontológico para quien, como yo, piensa que la poesía es una categoría de elemento, como el fuego, el agua, el aire y la tierra. Pudiendo prescindir de ese extrañamiento noto que por su naturaleza elemental, un poema se construye de un modo plural, casi inasible. O, al menos, inasible en una referencia totalitaria.

Recuerdo los canales comunicantes que dan en la escritura de un poema: el termómetro emocional, el horario, el insomnio o no, las formas de las nubes trayendo la tormenta; la «imagen» total que configura el espectro poético que luego debo trasladar al idioma pero contar esa historia a través de un proceso de reconstrucción, de modo que se realiza el proceso de ordenación de un cubo de Rubik, me está vedado, por impericia personal, nada más.

Puedo referir, sin embargo, un lugar: el patio de casa de mi madre, donde muchos de los poemas han surgido como revelación, epifanía, como autopsia de algún hecho, como material dado por el mismo conjunto de ciruelos, trozo de cielo, trastes arrumbados, perímetro donde uno es sucesivamente, otra vez, todos los que ha sido.

Es un lugar perdido en una provincia donde me gusta mirar las estrellas, ver el golpe veloz de alguna luz sobre las telarañas, pensar sobre la existencia.

Uno de tantos amaneceres me encontró ahí. La luz caía, encerrada en sí misma, gris, sucia. Recostado contra el marco de la puerta, mirando la cadencia del viento entre las ramas, la monotonía del patio con sus cosas, cavilaba sobre la existencia: qué es existir, qué el mundo, yo ahí, en mi vida, los otros, el universo. El conjunto era un cuadro desalentador y opresivo. Ahí estaba: arrasado por la existencia o, como mejor dijera José Agustín Goytisolo, llevado porque «la vida ya te empuja como un aullido interminable». También como un agujero en la nada.

Entonces sucedió una pausa. O creo que fue eso. Los árboles dejaron de moverse, la luz recortó cada cosa y pude ver las vetas de los ladrillos en los muros de las casas vecinas, la tierra cuarteada, la gramilla, los trastos, todo en sí mismo, fue en ese estatismo que cayó una hoja desde uno de los ciruelos. No es mucho más lo que puedo aportar sin caer en el poema en sí mismo.

Desde siempre se discute si para hablar de poesía hay que hacerlo de modo poético o no. No resolveré esa cuestión pero mientras escribo esto, recuerdo que hace poco soñé que alguien daba un discurso y que, una vez que se bajó del estrado, con cara de preocupación rememoraba sus palabras y espantado descubría que había habido indicios de filosofía, no muy hondos pero lo suficientemente claros como para ser detectados por él, y su espanto provenía de la posibilidad de «que pueda sucederme un rasguño metafísico». La poesía que me emociona es una cuchillada metafísica. Este poema quizás sea las huellas de eso en mí.




Cae una hoja del ciruelo

amanecía y yo me atareaba
en ciertas cavilaciones

en ciertos corajes
en la sangre que es un vino
que se agria

el viento se esforzaba
también
entre las ramas

ah qué pesado el andar
entre las orillas
briosas del pensamiento
me dije

qué atroz ir cargando
las grandes preguntas

la frágil permanencia entre la furia
orgiástica
de la vida y la muerte

fue entonces
que dio en caer una hoja
del ciruelo

no hubo un chasquido

no sucedió el estruendo que provoca
un árbol
al caer

se desprendió
girando sobre sí misma
y fue
blandamente
a dar contra la tierra

a confundirse
sin más
entre todas las demás hojas
caídas

dentro de poco ella y las otras
se perderán
en el ciclo de las estaciones

y sin embargo cada vez que recuerde
el modo en que se recortó
en el horario encapotado del amanecer
la forma singular en que daba vueltas
sobre sí misma
esa hoja seguirá cayendo
conmigo

acaso
me digo
tal vez existimos para ser la memoria de estos sucesos


De la antología Los sobrinos bastardos de Arlt (Ediciones de La Eterna, 2015)


*Jotaele Andrade
, La Plata, 1974. Ha publicado El salto de los antílopes, 2012 (editorial El mono armado); El oleaje del mundo, 2013 (editorial Azul); Elefantes con anteojos (selección), 2013 (Edición de bolsillo, editorial Morosophos); Elefantes con anteojos, 2013 (Cartonerita Niña Bonita, España); La mano del verdugo, 2014 (Ediciones de La eterna); Los metales terrestres, 2014 (editorial Añosluz); participó en la antología Los sobrinos bastardos de Arlt (Ediciones de La Eterna, 2015). Ha coordinado talleres literarios y distintos ciclos poéticos. Desde 2013 coordina el Festival Internacional y Acampada poética de la ciudad de Azul.

jueves, 31 de diciembre de 2015

El Desaguadero / Número 17


ENTREVISTAS

por Paula Seufferheld


NOTAS Y ENSAYOS

por Hernán Schillagi

por Marcelo Leites


LA HISTORIA DEL POEMA

por Patricio Foglia

por Ricardo Costa

por Alejandro Méndez Casariego

por Denise León

por Marcelo Díaz

por Silvia Castro

por Sandra Cornejo

por Fredy Yezzed


INFORMES Y CRÓNICAS

por Hernán Schillagi


RESEÑAS CRÍTICAS

por Fernando G. Toledo

por Hernán Schillagi

por Fernando G. Toledo

por Hernán Schillagi

por Fernando G. Toledo