domingo, 8 de abril de 2012

Traducir la noche, traducir la muerte




José María Blanco White (1776-1841) tenía unos treinta años y una promisoria carrera diplomática en su España natal cuando debió buscar refugio en Inglaterra. Hijo de un vicecónsul inglés y una madre española, Blanco se vio obligado a huir cuando los franceses invadieron Andalucía.
Ese hecho político acabó teniendo una importancia crucial para la poesía inglesa del siglo XIX, puesto que el español Blanco, formado en un hogar bilingüe, profundamente católico, decidió adoptar la lengua del país que lo acogió para expresar su formidable talento literario. La añoranza de su país natal y las crisis religiosas por las que atravesó no impidieron al poeta escribir algunos de los textos más notables en el inglés de su tiempo.

En otra lengua
La fama de Blanco White (cuyo albo apellido intenta, en esa traducción incluida, reflejar el carácter también bilingüe de su personalidad) se debe fundamentalmente a un poema en inglés firmado en 1825, que está considerado «el mejor y más notable soneto escrito en nuestra lengua», según Coleridge.
Este soneto llegó a mis ojos en otoño de 1998. Fue en un número del Diario de Poesía de esa época, dedicado a la traducción, y junto con una noticia biográfico-literaria firmada por Guillermo Piro (de la que he tomado los datos de los primeros párrafos), se publicaba el poema original, acompañado por una serie de traducciones célebres del mismo, además de dos versiones novísimas de Leónidas Lamborghini, realizadas por encargo de la revista.
Por ese entonces yo mismo ultimaba los detalles de lo que iba a ser mi primer libro de poemas, y mi pensamiento estaba, creo recordar, particularmente sensible a la vibración estética. Y, sin dudas, Night and Dead, es un soneto de tal perfección que no pudo menos que impresionarme, no sólo por la magnitud de su belleza, sino por lo que había representado para diversos traductores, la mayoría de ellos también poetas, durante tantos años. Un magnetismo, seguramente, potenciado por los polos de las dos lenguas en pugna, que Blanco White ejercía en carne propia.
Un difundido retrato a lápiz del poeta.
No se sabe que el propio poeta haya volcado a su lengua natal ese soneto sobre la noche como un ropaje de la muerte. Pero sí está claro que de inmediato fueron muchos los que se abocaron a la febril tarea de trasladar la punzante y ominosa música del pentámetro inglés a los, acaso, más sedosos endecasílabos o bien alejandrinos castellanos.
Piro anotaba y comentaba, en su artículo, algunas características de las traducciones incluidas en la publicación. A las rimadas y endecasílabas de Alberto Lista (1837) y Rafael Pombo (c. 1882) las aludía con una cita de Menéndez Pelayo. Era «poco feliz» la primera y «una paráfrasis» la segunda. Apunto al margen que, además, la de Lista utiliza la vía de los antónimos para traducir el título: El sol y la vida.
A la versión en alejandrinos y sin rima realizada por Antonio Elías en 1954, como una reacción al desagrado que a éste le provocaba la de Pombo, el autor del artículo le achacaba con justicia «reiteradas asonancias». Luego venían dos versiones de Jorge Guillén, ambas con versos de catorce sílabas, sin rima la primera y rimada la segunda, en las que se busca «conservar los valores formales» del soneto original pero cuyo principal defecto es ser «excesivamente guillenianas».
Luego Piro compartía, sin comentarla, la versión que Jesús Díaz preparó en 1986 para una edición de la obra poética de Blanco White editada por Visor (1994). Mi comentario podría parecerse al que dedicó Menéndez Pelayo a la de Pombo, aunque la de Díaz es más musical, pero no por ello menos cargada gratuitamente de adjetivos psicológicos que exageran el «pasmo» mucho más sutil del poema original.
La versión de Esteban Torre, que mereció, informaba Guillermo Piro, un premio de traducción en 1988, era quizá la mejor de las consignadas, aunque para mi gusto cometa un desplazamiento injustificado hacia la primera persona (sólo tácita en el original de Blanco White), lo cual hace de la suya una versión cuyas resonancias enigmáticas terminan atenuadas.
Sobre la traducción de Eliseo Diego (1991), Piro incorporó un comentario del propio poeta-traductor sobre su versión: «Me pregunto qué diría Blanco White si pudierse leer su poema inglés en el español que él abandonara. No me atrevo siquiera a imaginarlo. El soneto perdió sus rimas en el vuelo de un idioma a otro, Dios nos valga».
Por último, en las dos versiones de Leónidas Lamborghini aparece, como en el par de las de Guillén, un exceso de intervención del traductor. Aunque en este caso, se supone, el «lamborghinismo» es deliberado y entonces, en esos términos, el resultado tiene buen nivel.

El juego de la traducción
Pero visto ese espectáculo de versiones, traducciones y, por qué no, traiciones, el poder que emanaba del soneto original seguía produciendo en mí una seducción difícil de eludir. Mis experiencias con la traducción se reducían, por aquel tiempo, a tareas menos arduas. Apenas había volcado al español una veintena de poemas (de verso libre) de Paul Auster, junto con algún otro ejercicio sin importancia.
Retrato al óleo de Blanco White.
Esa inexperiencia no impidió que me animara, después de varios años de titubeos y traslaciones literales en verso libre y luego en verso blanco, a una traducción que sirviera de exorcismo para el hechizo de este soneto irresistible.
El hechizo no fue conjurado. Pero algo se formó de ese trabajo de destrucción y rehechura. Juntas y en explosión, la lengua y la poesía parecen dictar preceptos a cumplir. Fascinación mediante, la tarea de la traducción, maldita y hermosa, putrefacta, ineludible, es entonces un juego en el que sólo se triunfa haciendo trampas.
Así, mi versión endecasílaba del soneto resigna rasgos, anécdotas y elementos del poema original de Blanco White en pos del rigor métrico, para el cual también son convocadas palabras ausentes (aunque en lo posible, no ajenas) en el soneto primero. La acentuación clásica ha sido respetada en la medida de lo posible, aunque apartándola en algún caso cuando resultara más importante el crescendo propio de Blanco White: el último verso es el mejor ejemplo de esto.
La segunda versión (¿o, también, «paráfrasis»?), en alejandrinos de laxos hemistiquios, se acomoda mejor a la comparación con Night and Death en cuanto a expresiones, vocablos y giros. Incluso, quizá, a la combinación de sonido y sentido, por cuanto el inglés posee mayor expresión en un espacio menor de tiempo –las palabras suelen ser más cortas–. Aun así, hay concesiones, aunque el objetivo es que se diluyan en el todo y, mejor todavía, formen parte integral sin delito de extranjería. Es indispensable, en cualquier caso, una lectura acompañada por la presencia del original.
Si hay que hablar de preferencias, todo depende del parámetro elegido (lo cual delataría cierto principio de imperfección implícita en toda traducción). Supongo que en mi versión endecasílaba funciona mejor la armonía sonora; y en la alejandrina, alcanza mejor cariz el desarrollo lógico de la idea de la noche como una metáfora de la muerte. Creo preferir la primera porque a veces la música acompaña y completa los sentidos. Creo preferir la segunda porque el sentido compone su propia música con la simple repetición de su secuencia. En definitiva, prefiero el original para volver a traducirlo, una y otra vez, hasta que la noche nos separe.


Night and Dead

by José María Blanco White


Mysterious Night, when the first man but knew
Thee by report, unseen, and heard thy name,
Did he not tremble for this lovely frame,
This glorius canopy of light and blue?

Yet’neath a curtain of traslucent dew
Bathed in the rays of the great setting flame,
Hesperus with the host of heaven came,
And Io! creation widened in his view.

Who could have thought what darknes lay concealed
Within thy beams, oh Sun! Or, who could find,
Whilst fly, and leaf, and insect stood revealed,

That to such endless orbs thou mad’st us blind!
Weak man! Why to shun death this anxious strife?
If light can thus deceive, wherefore not life?


Noche y muerte

por José María Blanco White
Versiones de Fernando G. Toledo, 2002


(Versión 1)

Noche extraña, cuando el hombre primero
Supo sin conocerte que vendrías,
¿Tembló al mirar el marco que ofrecías,
Temió perder su toldo azul entero?

Pero, bajo el rocío duradero,
Llegó Héspero cuando el ocaso ardía,
¡Y lo creado en sus ojos crecía,
Con las huestes del cielo justiciero!

¡Oh Sol, quién descubrir así pudiera
La oscuridad en tu rayo emboscada!
¡O quién adivinar que está escondida

En las hojas e insectos la ceguera!
¡Débil criatura! La muerte no es nada.
Si engaña la luz, ¿por qué no la vida?



(Versión 2)



Extraña noche: cuando tuvo  el hombre reporte
De ti, sin verte supo, o le fue revelado,
¿Tembló tal vez por este admirable bordado,
Este brillante, azul, y glorioso soporte?

Mas traído en un velo de gotas su transporte,
Por el ardiente fuego del ocaso bañado,
Con la hueste del cielo ya Héspero ha llegado:
¡Su vista la creación del sur extiende al norte!

¡Quién iba a sospechar que había oscuridad
Entre tus rayos, Sol! ¡O entrever la verdad
oculta entre las moscas, los insectos, las hojas,

La ceguera del orbe a la que nos arrojas!
¡Débil hombre! ¿Por qué negar la muerte tienta?
¿No engañará la vida si la luz aparenta?

* * *


Otras versiones

El sol y la vida

¡Oh noche! Cuando a Adán fue revelado
quién eras, y aun no vista, oyó nombrarte,
¿no temió que enlutase tu estandarte
el bello alcázar de zafir dorado?

Mas ya el celaje etéreo, blanqueado
del rayo occidental, Héspero parte;
su hueste por los cielos se reparte,
y el hombre nuevos mundos ve admirado.

¡Cuánta sombra en tus llamas ocultabas,
oh Sol! ¿Quién acertara, cuando ostenta
la brizna más sutil tu luz mentida,
esos orbes sin fin que nos velabas?
¡Oh mortal! Y ¿el sepulcro te amedrenta?
Si engañó el Sol, ¿no engañara la vida?

Versión de Alberto Lista, 1837



La noche

Al ver la noche Adán por vez primera
Que iba borrando y apagando el mundo,
Creyó que, al par del astro moribundo,
La Creación agonizaba entera.
Mas luego, al ver lumbrera tras lumbrera
Dulce brotar y hervir en un segundo
Universo sin fin... vuelto en profundo
Pasmo de gratitud, ora y espera.
Un sol velaba mil; fue un nuevo Oriente
su ocaso; y pronto aquella luz dormida
Despertó al mismo Adán, pura y fulgente.
...¿Por qué la muerte al ánimo intimida?
Si así engaña la luz tan dulcemente,
¿Por qué no ha de engañar también la vida?

Versión de Rafael Pombo, antes de 1882


La noche

¡Oh noche misteriosa! Cuando tu imperio y nombre
a nuestro primer padre fue por Dios anunciado,
¿no tembló por la fábrica adorable del mundo,
por la luz y la gloria de la bóveda azul?
Mas, cuando tras un velo de rocío que enciende
con sus rayos la gran llamarada poniente,
surge Véspero al frente del ejército celeste,
¡oh!, a la vista del hombre la Creación se ensancha.
¡Quién hubiera pensado la tiniebla escondida
dentro de tus fulgores, oh sol, y quién creyera
que al revelar la flor, la hoja y el insecto
nos cegabas al brillo de orbes innumerables!
¿Por qué, pues, nos encoge la angustia de la muerte?
Si así la luz engaña, ¿no ha de engañar la vida?

Versión de Antonio Elías, 1954


Noche y muerte (versión I)

¡Oh Noche de misterio! Cuando te conoció
Nuestro padre inicial, según sacra noticia,
Y tu nombre escuchó, ¿no tembló -ya nocturno-
Ante el dosel glorioso de fulgor y azul?

Pero tras la cortina -traslúcido rocío-
Que traspasaban los rayos de occidental hoguera,
Héspero con la huestre de aquellos cielos viene,
Y a los ojos del hombre la creación se ensancha.

¿Quién imaginó que dentro de los rayos
Se ocultase tal sombra, quién, oh Sol, pensaría,
Mientras se nos revelan hojas, moscas, insectos,

En orbes invisibles, porque tú nos cegaste?
¿Y tan ansiosamente luchamos con la muerte?
¿Si así la luz engaña, no habrá engaño en la vida?



Noche y muerte (versión II)

¡Oh Noche misteriosa! Cuando el varón primero
Conoció hasta tu nombre, informe era divino,
¿No se apresuró temblando frente a frente al destino
Del glorioso dosel con tanto azul entero?

Pero tras el rocío -cortina transparente-
Que atraviesan los rayos del crepúsculo en llama,
Héspero a los ejércitos del firmamento llama:
Más Creación descubren los ojos y la muerte.

¿Y cómo presentir que en tus rayos alojas
Oculta oscuridad, oh Sol, y convertida,
Después de revelados insectos, moscas, hojas

En orbes invisibles tras tu mismo esplendor?
Si así la luz nos miente, ¿no nos miente la vida?
A nuestro fin mortal, ¿por qué oponer horror?

Versiones de Jorge Guillén, 1969 y 1971


La noche y la muerte

El día aquel que Adán, noche sombría
De tu llegada al serafín oyera,
Temblando estuvo por su alma esfera,
Por la bóveda azul que relucía.
Tembló hasta que, lumbre que caía
Y el relente de seda que cayera,
Salió el lucero con su hueste entera
Y, era de ver: ¡la creación crecía!...
Oh quién pensado hubiera tal negrura
Dentro del sol; quién pulga iluminada,
O mosca o flor de cada luz sentida,
Y tal inmensidad del orbe oscura.
La angustia ante la muerte es para nada.
Como engaña la luz, miente la vida.

Versión de Jesús Díaz, 1986


La noche y la muerte

Oh noche oscura, si por vez primera
te viera yo venir, ¿no temblaría
temiendo que esta clara luz del día,
este milagro azul se deshiciera?
Pero, si ya el lucero reverbera
al caer la tarde, y la alegría
de mil estrellas nace, ¿negaría
que brilla más la creación entera?
¡Quién hubiera pensado, oh noche oscura,
que el propio Sol pudiera ensombrecerte,
tenerte entre sus rayos escondida!
Eres gloria de paz y de hermosura.
¿Por qué temer, entonces, a la muerte?
Igual que el Sol, ¿nos cegará la vida?

Versión de Esteban Torre, 1988



A la noche


¡Extraña noche! Cuando el primer padre
tuvo de ti noticia, oyó tu nombre,
¿tembló quizás por la adorable forma,
la regia cúpula de luz y azul?
Mas bajo un velo de rocío translúcido,
entre los rayos del poniente en llamas,
Héspero con la hueste etérea vino,
¡y el hombre vio ensancharse la Creación!
¿Quién pudo imaginar tales tinieblas
allá en tus rayos, sol, o quién pensó,
mientras insectos y hojas se perfilan,
que a innumerables orbes nos cegaras?
¿A qué rehuir la muerte, pues, ansiosos?
Si engaña así la Luz, ¿qué hará la vida?

Versión de Eliseo Diego, 1991



¿Se apagó esa gran luz?... (I)

«¿Se apagó esa gran luz? ¿Volvíame ciego?;
fue tan honda la angustia desatada,
que muy adentro mío oí mi nada
sin consuelo gemir: era mi ruego».

«(Hablo desde ti mismo y no lo niego,
el misterio de hablarte me anonada,
porque es mi voz de Génesis trucada,
de aquel tiempo a este tiempo, sin sosiego)».

«Asomándome, luego, luces en lo alto
vi cambiar; no, esa luz no era la misma,
pero alcanzó a calmar mi sobresalto».

Desde aquel primer mono fue la duda
y el terror de un final que nos abisma:
¿mas no será cual luz que en otra muda?


¿Se apagó esa gran luz?... (II)

¿Se apagó esa gran luz? ¿Volvíame ciego?;
fue tan feroz la angustia desatada,
que hondo desde la cueva aullé mi nada:
como un loco gemía, era mi ruego.

(Hablo desde tu adentro y no lo niego,
el misterio de oírme me anonada,
porque es mi voz de Génesis trucada,
de aquel tiempo a este tiempo sin sogiego).

Asomándome, empequeñecidas,
vi en lo alto luces, no la misma,
mas sospeché una argucia repetida.

Desde el principio, entonces, fue la duda,
el engaño, el terror que nos abisma
y a que a mi grito el tuyo propio anuda.

Versiones de Leónidas Lamborghini, 1995

miércoles, 28 de marzo de 2012

El último vaso con agua

La necesidad de leer poesía




«Ahora y aquí y mientras viva
tiendo palabras-puentes hacia otros.
Hacia otros ojos van y no son mías.
No solamente mías:
Las he tomado como he tomado el agua…»


Circe Maia

por Hernán Schillagi


Hay una imagen que me tortura desde hace unas semanas. Pienso que alguien va caminando apurado por las calles de una ciudad cualquiera y se detiene de golpe porque acaba de darse cuenta que necesita un poema. Por lo tanto, temo que este fotograma mental me anda persiguiendo punzante por un único motivo: no es posible que suceda.

Por el año 1999 leí, en una entrevista que le hacían a la poeta mendocina Bettina Ballarini, una frase que adopté inmediatamente porque encerraba una pequeña verdad. El motivo de la nota era que ella había recibido una mención en un concurso, y al describir sus preferencias como lectora decía: «Me son necesarios...» y luego nombraba un grupo de poetas insoslayables para su existencia. Unos años más tarde le escuché contar en una conferencia a la autora de esa maravilla llamada La saga de Los Confines, Liliana Bodoc, que ella había tomado decisiones capitales de su vida aferrada a un poema. No por casualidad, a su lado, Diana Bellessi presentaba Los días del fuego.

Por eso es que a veces digo: «Tengo necesidad de Borges, o de Lorca, o de Orozco, o de Giannuzzi...» y corro sediento a beberlos como si fueran el último vaso con agua. Pero las necesidades, una vez saciadas –siempre parcialmente–, se modifican o regresan con fuerzas distintas. Es que si a alguien le preguntaran: «¿Cuál es el poema de tu vida?», o, más tímidamente «¿qué poema andás necesitando?», las respuestas siempre serían diferentes. Aunque no descarto que pueda existir un único poema, nada más, que nos diga, nos constituya.

Con la aparición de los blogs como espacio para aportar contenidos propios a la red, se dio casi al mismo tiempo un hecho notable: bitácoras que empezaron a «colgar» a diario un poema. No importa si el texto es de factura personal o es el resultado de un trabajo curatorial de las bibliotecas analógicas que abarrotan nuestras casas. Espacios virtuales como el de Jorge Aulicino (Otra iglesia es imposible), o el de Esteban Moore (Alpial de la palabra), por nombrar solo a dos de los más activos, recogen años de exploración profunda en breves posteos, difunden a poetas jóvenes, traducen y rescatan del olvido a algunos autores mayores por la falta de reediciones actuales. Pero, ¿quién se los pidió? Pareciera que Moore y Aulicino –además de otro centenar de bloggers poéticos– le estuvieran respondiendo al ensayista Alfonso Berardinelli que dice de los poetas del siglo XXI «tienen una vaga idea de lo que puede ser poesía pero no tienen lecturas variadas[…]. En este sentido, los poetas tienden a leer poco, tanto a los clásicos como a sus contemporáneos» [1]. Sin embargo resulta bastante desalentador que se escriba/recite/traduzca/publique poemas nada más que para otros poetas. El mismo Berardinelli, por tanto, sentencia: «Hoy la poesía es muy apreciada, teóricamente, pero no tiene verdaderos lectores…». ¿Será por eso que Olga Orozco decía risueñamente que al encontrarse con un lector de poesía que no escribía le daban ganas de plantarlo para que creciera?[2]

Entonces vuelvo a inquirir con menos sarcasmo que perplejidad: ¿es el poeta un taxidermista perverso? Es decir, el que escribe poesía conserva algo (un objeto textual en este caso) que el resto de la sociedad –la gente de a pie– considera poco importante, inexistente. Si hasta hay grupos que por las noches mendocinas, en un gesto nietzschiano, han pegado carteles que rezan: «La poesía ha muerto». Habiendo tantos otros rubros para declararlos difuntos, justo a la poesía le viene a tocar. Todo un gesto de reafirmación, dirán los optimistas. Sin embargo, la sociedad, tal vez, nos está exigiendo silencio. ¿Callarse será, sin más, hacerle el juego al discurso dominante y aplanador? La sospecha de la autocomplacencia siempre está a la vuelta de la esquina: escribir para otros poetas, o para los críticos y el periodismo especializado (todos poetas, también). Pero qué puede ofrecer la poesía a un mundo que no se detiene a contemplar, a reflexionar acompasadamente. En La pequeña voz del mundo, Bellessi anota: «La pregunta, o la afirmación en torno a cuánto se lee poesía, o lo poco que se la lee es de vieja data. Los argumentos también. Sin duda es una lectura de resistencia, una lectura exigente que demanda atención…»[3]. Para definir más adelante: «La complacencia de iluminados con que ciertos poetas justifican que la poesía pueda leerse menos me parece una falsía.»

Es más que seguro que este planteo no solo es una cuita del género lírico. No muchos deben transitar las calles solicitando como fieras ver un cuadro del fauvismo, o que sintonice el taxista la Sinfonía N°5 de Schubert. No obstante, la poesía porta en su ADN tanto la popularidad (no hay que olvidar  nunca que en el medioevo se recitaba en las plazas y las tabernas) como también la marginalidad más pasmosa; ya que se encuentra expulsada de raíz del mercado editorial, afuera de toda consideración y reconocimiento de los medios masivos. Así y todo, la poesía se las rebusca para aparecer y levantar la mano en zonas no convencionales: bares, paredes, redes sociales o cualquier lugar imprevisto donde la palabra camaleónica se infiltre. La velocidad irrefrenable de las urbes, la incorporación de la electrónica móvil en la vida cotidiana, el consumismo atolondrado y la información tan candente como vacua; nos mantiene la cabeza distraída y el corazón alejado de lo que verdaderamente importa: una voz que se arrima para decirnos lo que ya sabíamos en nuestro interior, pero que no nos atrevíamos a poner en palabras. De hecho, un poema tiene el poder de modificar algunas estructuras mentales. Tal vez sea cierto y nadie necesite de un poema como tampoco la poesía necesita que nadie la defienda. Aunque algunos, como Antonio Requeni –entre otros miles y miles de invisibles– lo intenten una vez más:

Oscuro fuego


¿Quién necesita que yo escriba?
Sin embargo es hermoso
vivir por la belleza, aproximarse
al fuego oscuro en el que arde
la fiesta y el misterio de la vida.
Aunque a nadie le importe.
Brilla en la noche el verso
bello y desamparado
como un cuerpo desnudo.



***
[1] «Vivimos la era del pos poeta». Entrevista a Alfonso Berardinelli en el suplemento Ñ de Clarín, sección «La cátedra», 2010.
[2] Travesías. Conversaciones entre Olga Orozco y Gloria Alcorta. Coordinadas por Antonio Requeni)». Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1997.
[3] La pequeña voz del mundo, Diana Bellessi. Ed. Taurus, Buenos Aires, 2011.

miércoles, 21 de marzo de 2012

La idiota de la familia

La pequeña voz del mundo, de Diana Bellessi.
Buenos Aires, Taurus, 2011.



La idiota de la familia. La díscola de la lengua. La subversiva. Así considera Diana Bellessi a la poesía en La pequeña voz del mundo, el libro de ensayos que la autora santafesina (Premio Nacional de Poesía 2011) publicó en Taurus.

Para Bellessi, hablar de la poesía es como asomarse a un paisaje pedregoso y difícil. Una fotografía, hecha de papel, pigmentos y colores, acaso consiga retratar un paisaje. ¿Pero cómo hace la palabra para retratar a la palabra, a la palabra en carne viva, a la más inasible, a la de la poesía, pues? 

Diana Bellessi.
Así, en un primer intento (si a eso corresponde la primera de las dos partes de este libro), la autora de El jardín avanza como en una aventura a tientas, cuando no a ciegas. Lo hace como quien quiere hacer las preguntas más que como quien quiere responderlas, y por eso de a ratos hay cierta penumbra y el tono es, curiosamente, poético. Es decir, no sólo ensayístico, sino eminentemente lírico, como si los ensayos sobre poesía tornaran, ellos mismos, en poemas: un espejo puesto delante de otro.

Veamos, por caso, este ejemplo:

«Sí, yo es otra. Yo es en otras. No en mi voluntad de enunciación. Pero quizás sí en la crianza de mi alma. Si el estilo es el espíritu individual, éste es simplemente quien lleva a cabo el recorte, quien rastrilla en el océano del gran rumor donde el vulgo canta» (ensayo 1 de la parte 1, 1998-2003).

En la segunda parte, desatada ya y asumida sin reparos la condición poética, reconocido ya su puesto marginal y desestabilizador, Bellessi mira en torno. Y es allí donde, entonces, como liberada, da rienda suelta a su capacidad para reflexionar sobre panoramas y corrientes de la poesía actual, para advertir sobre el retorno de la lírica, para hablar del carácter rupturista de los grandes poemas y, por último contarnos cómo suena la música de la poesía. Y con todo eso construye, al fin, un libro hermoso que nos canta en voz baja. Con una voz pequeña, sí (pero siempre a punto de estallar).



La pequeña voz del mundo

Diana Bellessi




Ensayo 1, parte 1

Esa pequeña voz del sueño o de la vigilia más atenta que la idiota de la familia escucha, los ojos fijos en la gloria de las formas. Intenta traducirla con las mismas herramientas inocentes del vulgo, pero la engola a veces, la encierra y no deja a la grácil melodía fluir por donde quiera. Esa pequeña voz que escribe los poemas. Quién, si no ella, podría decir nadie se baña dos veces en el mismo río. Arcaísmo sutil de un pensamiento que no desea ir mucho más allá de la ofrenda o la celebración de diminutas revelaciones repetidas siempre, una y otra vez sobre la huella de la conciencia humana. Pura emoción que se traduce, se enfría como condición ineludible del recorte y vuelve a llamear, con fortuna, por gracia de resurrección sonora a cuyas ancas sentidos y significaciones se tejen como jaez que permite la monta del caballito flameante.
La voz del poema, la voz que el poeta cree su voz. Su condición de vanguardia consiste en ser retaguardia, vigía del fondo, tragafuegos que se funde con la última silueta anónima del cortejo de la feria. Ella lo sostiene, desde lejos, desde atrás, y lo impulsa a ser la cresta. Fondo y figura moviéndose fugaces bajo el tambor del corazón.
Las tareas de esta voz: permanecer atenta a lo inútil, a lo que se desecha, porque allí, detalle ínfimo, se alza para ella lo que ella siente epifanía. Las tareas de esta voz: deshacer las cristalizaciones discursivas de lo útil y tejer una red de cedazo fino capaz de capturar las astillas de aquello que se revela. Atención y artesanía. Las tareas de esta voz: desatarse de lo aprendido que debe previamente aprenderse, y disminuir así los ecos de las voces altas para dejar oír la pequeña voz del mundo. La voz es a menudo correcta, es inteligente, es interesante, pero no es la voz del poema, se ha quedado en las fases de su formación, se ha desatado del fondo que le da su ser y ya no fluye por el río que a ambos alimenta. Se ha cortado, entonces, la marea, y la lengua es lengua muerta, no importa cuán famosa sea la patética figura.
Sí, yo es otra. Yo es en otras. No en mi voluntad de enunciación. Pero quizás sí en la crianza de mi alma. Si el estilo es el espíritu individual, éste es simplemente quien lleva a cabo el recorte, quien rastrilla en el océano del gran rumor donde el vulgo canta.
Y la epifanía de este canto es, a veces, sentido y a veces herida del sentido. Si la orfebre engarza bien las chispas de la hoguera, cardúmenes luminosos que saltan siendo, volviendo a ser materia opaca, entonces el objeto que compone, el poema, es una cicatriz que ante los ojos de quien lee, ante la escucha, vuelve a abrirse en herida resplandeciente, vuelve a ser de quien fue siempre: del vulgo. Por un instante parpadea y da cuenta, da memoria del rumor. Se refleja en el cristal de agua de quien posee también la voz pequeña. Nuestra tarea no es ir lejos, es ir cerca. Construir espejismos que nos ayuden a vernos en el espejo.
El lirismo más puro es siempre arcaico. Señala una sola cosa: nuestra pertenencia. A la casa de lo humano, a la casa de la materia, por supuesto, y al pequeño pago de la lengua. Gloria y fragilidad de su sentido puesto en duda, afirmado, puesto en duda..., en medio del gran coro, por la idiota de la familia, es decir, la voz de la poesía.

martes, 13 de marzo de 2012

El Desaguadero / Número 10




 Donde confluyen la poesía y la reflexión

ENTREVISTAS

Entrevista a Pablo Anadón:
por Fernando G. Toledo


REPORTAJE HAIKU

por Hernán Schillagi

RESEÑAS CRÍTICAS

por Sergio Pereyra

por Fernando G. Toledo

por Hernán Schillagi


NOTAS Y ENSAYOS

por Fernando G. Toledo

por Fernando G. Toledo


por Cecilia Restiffo

por Fernando G. Toledo

por Sergio Pereyra



por Sergio Pereyra

LA HISTORIA DE UN POEMA

por Irene Gruss


LA EXCUSA DEL POEMA

por Paula Seufferheld


NOTICIAS Y ADELANTOS

por Pablo E. Chacón

por Hernán Schillagi

 
INFORMES Y CRÓNICAS

por Fernando G. Toledo

domingo, 19 de febrero de 2012

Por un poco más de luz


Entrevista a Pablo Anadón


Pablo Anadón, autor de Estudios de la luz (Pre-Textos, 2010)




Puesta a la luz, «surgente ebria de sol» como diría Montale, la prosa de los días puede tornar en poesía iridiscente. La más cerrada oscuridad no basta para teñirlo todo: siempre habrá quien intente, con la sola ayuda de las palabras, sacar algo de brillo de la más opaca realidad.
Un escenario como ese, de luces y sombras, se despliega, como en un íntimo acto, sobre las páginas de Estudios de la luz, el libro del cordobés Pablo Anadón (1963), publicado por la editorial española Pre-Textos.
Poeta, ensayista, traductor, editor y docente, Anadón es una de las voces que más clara y admirablemente suenan (cantan) en el polifónico coro de la lírica nacional. Cultor de una poesía de gran trabajo formal, reivindicador de la métrica y la rima y pulidor de la cotidianidad a través de sus versos, el también autor de El trabajo de las horas propone en su poesía lo que buscaba Ungaretti: restituir la luz a los «objetos terrenos».
Llevado por cierto mandamiento ético y estético de Goethe («la vida sin amor es como un calidoscopio sin luz»), el autor reúne paisajes solitarios, pensamientos junto a la hoguera, mañanas de café, heridas sin sanar, esperanzas y fracasos, siempre al son de una música de tono menor que semeja la de un murmullo o de un oboe lejano que nos llamara a un suave concierto.
En esta entrevista, que han hecho posible nuestras cuentas de correo electrónico, el director de la revista y la colección Fénix nos muestra ese objeto luminoso que es su último libro y, además, reflexiona (con sabios recaudos) sobre su propia poesía, sobre los caminos que ha proyectado la lírica argentina actual y sobre esa tarea apasionante y llena de secretos que es la traducción poética.

–¿En qué sentido es Estudios de la luz una continuidad y en qué sentido un vuelco con respecto a su libro anterior, El trabajo de las horas? Si es que, claro, se me permite mirar su obra en sentido completo antes que por «episodios». Me refiero a continuidad o vuelco en cuanto a la propuesta estética de su lírica.

–Con la previa aclaración y disculpa de que el autor a menudo no es la persona más indicada para examinar su obra, me parece que Estudios de la luz (2005-2007) continúa la indagación, iniciada en realidad en la última parte del libro Lo que trae y lleva el mar (1978-1993), pero más acentuada en El trabajo de las horas (1994-2004), en las vetas de significación humana general que puede encerrar la más concreta y circunscripta experiencia personal e histórica. No hay vuelco, pues, sino continuidad. La expresión «propuesta estética», sin embargo, perfectamente válida en sí misma, me deja ciertas reservas si la pienso en relación con mi trabajo con los versos: a pesar de que desde muy joven he practicado el ensayo y la crítica, ejercicios que siempre implican una distancia interrogativa sobre el hecho estético, creo que nunca he tenido un programa ni un proyecto definido para mi propia escritura poética, ni pretendo que mi obra constituya propuesta alguna para los demás poetas. Se trata, cada vez, de lograr el poema, lo que cada poema pide para sí. Lo más parecido a una «propuesta estética» que recuerdo haberme planteado en mi vida es haber dicho para mí mismo, luego de leer el poema Resurrección de Vladimir Holan, allá por los veinte años: «Este es el tipo de poesía que quiero escribir un día». No sé si lo habré logrado, pero sigo intentándolo.

–Reconoce usted que hay una tonalidad más bien oscura en los temas tratados en este libro de título, paradójicamente, luminoso. ¿Es una oscuridad que considera proyectada, como una sombra, en los mismos poemas (digamos «en la tonalidad» de los mismos) o más bien es una oscuridad anímica en la que se encuentra el poeta a la hora de trazar sus versos?

En unas palabras preliminares del libro he recordado una frase de Goethe que, desde que la leí en la adolescencia, ha vuelto a mi mente a menudo como una suerte de estribillo: «la vida sin amor es un caleidoscopio sin luz». El título, Estudios de la luz, puede entenderse así tanto en un sentido concreto, pictórico digamos, como en un sentido simbólico. Todo el libro es un intento de explorar y de transfigurar estéticamente las variaciones, refracciones, eclipses de esa luz en la existencia.


La dimensión musical

–El manejo de ciertas formas clásicas (por ejemplo, el soneto), como el cuidado de la métrica y aquí, también, de la rima, se muestra incluso con mayor incidencia que en su libro anterior, en el que predominaban los versos blancos y la combinación de distintas métricas. Justamente esta cuestión ha alimentado una polémica, de la que ha sido uno de los polemistas. ¿Es su interés ahondar definitivamente en el verso medido y evitar el verso libre? ¿Qué reflexión le merece la aludida discusión sobre el cuidado o descuido, el olvido, el desprecio o la reivindicación de las formas rítmicas y de la rima, en la poesía argentina contemporánea?

–Creo que a lo largo de estos libros, en efecto, como usted certeramente observa, puede verificarse una progresiva importancia instrumental acordada a las formas métricas, importancia que quizá no sea más que una mayor familiaridad en su uso, si bien desde que empecé a escribir y leer poesía le presté una demorada atención a la dimensión musical del verso. Podría ahora, sin embargo, aducir un par de hipótesis complementarias sobre la función y el predominio de tales estructuras en mi último libro. Por una parte, si bien no es que me haya propuesto dejar de lado definitivamente la práctica del verso libre (¿quién sabe qué le propondrá a uno el futuro?), me parece que, en un período de laxitud y estandarización masiva de esa forma, el verso medido quizá ofrezca mayores posibilidades de experimentación y de indagación estética. Por otra parte, este último libro nació en los años más difíciles que me ha tocado vivir, años de profunda desorientación y crisis existencial: no es casual, creo, que haya recurrido con asiduidad a las formas métricas, e incluso a una estructura estricta y cerrada como el soneto, por ejemplo, para dar cohesión y tensión poética a experiencias que fácilmente podrían haber derivado en lo informe, lo oscuro o lo inconsistente de la mera confesión personal. Agregaría, incluso, una tercera razón: las formas estrictas son un límite que funciona a la vez como un dique ―contienen y potencian― y como un estímulo generador de nuevos sentidos ―obligan a ir más allá de lo primero que sale―. En cualquier caso, esto que hago ahora son razonamientos a posteriori; cuando escribí esos poemas, no había demasiada opción: ¡llegaban de ese modo!

–Usted suele volcar en sus textos el instante en que comienza a incubarse un poema. Me gustaría conocer cómo se suscita en usted la escritura poética: si sigue ciertas rutinas (otros le llamarían «rituales»), si se refugia en ciertos lugares particulares, si se acompaña de ciertos objetos, o si está continuamente escribiendo, no importa la época ni el lugar. También si sigue ciertos «proyectos», o va coleccionando los poemas que va escribiendo y recién luego piensa en darle una unidad a través de un libro.

–He escrito o pensado poemas en bares, en ómnibus, de espaldas en la cama a cualquier hora del día o de la noche, en la cocina de mi casa, caminando por el campo o por las calles… En fin, como observó Baldomero Fernández Moreno, «el poeta, como el cazador pobre, a lo que salga». A menudo, me resultan propicias las largas horas que suelo transcurrir en un café (soy rutinario, así que suelo ir al mismo lugar) leyendo, tomando notas o simplemente fumando y viendo pasar la gente. Siempre llevo conmigo un bolsito del ejército ruso, que compré hace casi treinta años en un mercado de pulgas de Varsovia, donde guardo el libro que estoy leyendo, el tabaco y la pipa, una libreta, un lápiz para subrayar y una lapicera para escribir apuntes en prosa o poemas. Esos, diría, son mis instrumentos de trabajo y, de algún modo, mis amuletos. Con respecto a la configuración del libro, no, no sigo proyectos demasiado definidos (en torno de un tema, un motivo, etc.): como decía, lo que cuenta para mí, cada vez, es lograr el poema en sí mismo, y si bien vivo a la espera de la poesía, nunca me he propuesto acosarla ni emboscarla: tiene que venir a mí. Ahora bien, llega un momento un momento que puede demorar diez o más años en que percibo que el conjunto de poemas que han sobrevivido en ese lapso de tiempo permite ser organizado en una totalidad. Allí comienza entonces otra tarea, en cierto modo equivalente a la de disponer las palabras del poema: la de encontrar en esos textos un hilo conductor, una especie de diseño, una trama imaginativa. En ese proceso, para mí es muy importante el sopesar las afinidades o contrastes de tono, de léxico, de figuras, de motivos existenciales, de intensidad, de ritmo, etc., así como la mayor o menor necesidad de dividir el desarrollo en capítulos. En fin, entiendo que el libro de poemas, aun a través de textos que tienen su validez autónoma, debe contarle al lector una suerte de historia, como un relato lírico.


Huellas de poetas

–Siempre resulta interesante conocer los meandros de la formación poética a través de las lecturas que, al menos conscientemente, marcaron a un escritor. ¿Cuáles son, en su caso, esas influencias?

–Bueno, en realidad, nuevamente, a esa pregunta la debería responder más un crítico que el escritor. Leo y escribo poesía desde niño, y son muchas las lecturas que a lo largo de ese tiempo ya demasiado dilatado han marcado mi vida. Sin embargo, poniéndome en el dudoso papel de crítico de mi propia obra, puedo decir de algunas predilecciones que tal vez hayan tenido su efecto en mi escritura. Así, por ejemplo, en mi adolescencia, la frecuentación de poetas como Antonio Machado, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Jorge Luis Borges, Cesare Pavese, numerosos poetas argentinos contemporáneos y las primeras traducciones que hice entonces de T. S. Eliot y otros autores de lengua inglesa. Más tarde, fue importante para mí, antes y durante los siete años que viví en Italia, la lectura y la traducción de poetas como Giuseppe Ungaretti, Eugenio Montale, Umberto Saba, Vittorio Sereni y, en general, la llamada «poesía hermética italiana». De regreso al país, en 1994, comencé una lectura sistemática de los poetas postmodernistas argentinos, entre los cuales destaco a Baldomero Fernández Moreno y Enrique Banchs. La traducción de Robert Frost y, recientemente, Boris Pasternak, tal vez haya dejado alguna huella, no lo sé, en mi escritura. Por otro lado, entiendo que ha sido muy valiosa para mi experiencia de la poesía, por evidentes razones, la cercanía familiar de Alejandro Nicotra, «il miglior fabbro» que he conocido en mi vida [nota: Anadón es hijo de A. Nicotra y hermano de Esteban Nicotra], así como la amistad de años con poetas y ensayistas como Alejandro Bekes y Ricardo H. Herrera en la Argentina y Alfonso Berardinelli en Italia, con quienes hemos intercambiado lecturas, críticas, opiniones, y de quienes he aprendido mucho, como suele ocurrir en las amistades más fecundas.
Anadón y su gato Baudelaire.

–¿Cómo se relaciona su labor de traductor con su propia escritura poética?

–La traducción de poesía, que practico desde la adolescencia, ha sido para mí un taller de artesanía estilística muy importante. La traducción quizá cumpla en el presente la función que pudo cumplir la copia o la colaboración con maestros para los pintores de otras épocas. Ayuda a «hacerse la mano». Ayuda, asimismo, a «ver» y «escuchar» con mayor atención, a percibir con mayor claridad y conciencia por qué un verso ejerce su magia en el original e intentar algo semejante en la versión a la propia lengua. En la traslación, por otra parte, si no se limita a ser una traducción literal sin finalidad estética, uno se ejercita en el arte de sopesar palabras, giros y ritmos, variaciones sin fin de un verso o una estrofa en busca de una mayor precisión, una mayor naturalidad expresiva, un mejor empaste musical. Creo que no se puede aconsejar una práctica mejor para un aprendiz de poeta, ese aprendiz que es todo poeta hasta el final. Hablo, por cierto, de la traducción elegida, la que uno hace por admiración al poeta, aunque no siempre el motivo que nos lleve a traducirlo sea la afinidad (también se aprende de autores diferentes de la propia concepción poética). Lo que cuenta, me parece, es el desafío, el intento de confeccionar con las palabras de nuestra lengua un talismán sonoro equivalente a aquel que nos hechiza en la lengua extranjera.


Lo que se quiere decir

–La visión del mundo (Weltanschauung) de cada autor, más allá de la postura puramente estética (si es que hay pureza en tal posición), determina el modo en que se narra ese mundo a través de los textos. No es lo mismo un poeta pesimista que uno idealista, no es lo mismo un poeta existencialista que uno idealista, que uno materialista (en sentido filosófico), un poeta positivista que uno posmodernista, uno religioso que uno ateo, uno socialista que uno conservador, etc. ¿Qué podemos conocer de su propia visión del mundo y cómo se expresa en su poesía?

–Mi visión del mundo, o en cualquier caso una visión del mundo, que no necesariamente coincide con la que me permite vivir, es la que está en mis poemas. En un epígrafe de la «Nota preliminar» a El trabajo de las horas he citado las siguientes palabras de Lawrence Durrell: «Quizá tenía razón, pero su verdadero significado está en otra parte. Aquí, así lo espero, en este papel garabateado que he tejido como una araña con la sustancia de mi vida interior». En efecto, yo comentaba luego, «la labor del poeta se parece a la de la araña, que trama su tela con la baba que extrae de su propio interior: es en el diseño entresoñado de la urdimbre poética que quizá pueda vislumbrarse un significado más real a la experiencia». Quiero decir que si hubiera podido expresar entonces, o pudiera expresar ahora, cuál es mi visión del mundo en otras palabras que las de mis poemas, lo hubiera hecho entonces o lo haría ahora con esas otras palabras. En ese sentido, la poesía, de manera semejante al mito, encarna en metáforas sonoras lo que no podría manifestarse de otra manera. Por eso, si intentara aquí diseñar una suerte de personal Weltanschauung (declarar por ejemplo que soy ateo pero que poseo un ánimo religioso; que considero que la  piedad y la simpatía –en el sentido etimológico del término–  hacia el otro y los otros son la sola posibilidad de crecimiento individual y colectivo; que descreo de un sentido trascendente y universal para la vida humana pero creo que el hombre debe crear y crearse como si lo hiciera para la eternidad; que me conmueve lo que el tiempo hace con los hombres; que detesto los nacionalismos y los totalitarismos de distinto signo; que veo la historia, no como un camino lineal de progreso hacia la perfección y la felicidad, sino como una espiral de construcción y destrucción, etc. etc.), sentiría que de algún modo estoy sobreimprimiendo mis opiniones y creencias al significado más «verdadero», poéticamente verdadero, que quizá pueda encontrarse en los textos. Tal vez sea así porque el poema no expresa lo que el poeta «quiere» decir, sino lo que se quiere decir en el poema, un sentido del cual el autor no siempre es plenamente consciente y que en ocasiones no expresa un sentir estrictamente personal, sino un sentimiento de la época.

Autopistas poéticas


–A la hora de hablar de nuestra literatura, ¿se vislumbra, según usted, un estilo poético, una corriente se diría, que de algún modo predomine entre los nuevos poetas argentinos? O, cuanto menos, ¿hay algunos rasgos estéticos comunes entre ellos? 

–Bueno, si hay que hablar de predominio no podemos desconocer la dimensión cuantitativa, por lo cual me parece claro que la poética más difundida actualmente en la poesía argentina coincide en líneas generales con los rasgos del llamado «objetivismo», que ha hecho escuela, para bien o para mal (me inclino, tutto sommato, por lo segundo), entre los poetas más jóvenes. He dedicado a la cuestión ya demasiados textos críticos, por lo cual yo mismo me aburro un poco del tema, pero entre las notas salientes podríamos identificar las que siguen: léxico de uso corriente, mientras más corriente mejor, purgado de toda reminiscencia literaria, como si los autores temieran ser confundidos con personas medianamente cultas; como causa o consecuencia de lo anterior, reducción de la complejidad de la experiencia indagada en el poema (todo lo complejo exige, a un cierto grado de profundización, una mayor riqueza lexical); reducción al mínimo, asimismo, de los tropos y recursos característicos de la poesía (metáfora, aliteración, hipálage, hipérbaton, etc.), intentando aproximar lo más posible el discurso poético al discurso de la prosa, y a menudo lográndolo; escenario casi exclusivamente urbano o suburbano (Fabián Casas confesaba que le era imposible leer poemas por donde no cruzaran taxis); predilección por términos que recuerden la civilización tecnológica, aunque se introducen con mayor frecuencia en el texto maquinarias que no funcionan demasiado bien, que están un poco corroídas por el óxido, signos, en fin, que demuestren que la composición proviene de un contexto propio de un país venido a menos (probablemente sea la modesta cuota de «denuncia» que esta poesía se permite); carácter epigramático del texto, no necesariamente por su brevedad, sino sobre todo por plantear un juicio, tácito o explícito, sobre el mundo; impersonalidad, elusión del yo, salvo que asome a través de la ironía; exequias del lirismo, despachado con displicente imperturbabilidad (los objetivistas suelen ser, o aparentar, temperamentos más bien flemáticos); imperio indiscutido del verso libre, menos por libre elección (sabemos que es frecuente el llano desconocimiento de los recursos métricos) que por destino, según el extendido prejuicio por el cual la poesía moderna y contemporánea sólo puede ser escrita en ese tipo de verso… Mi mayor disidencia con el objetivismo consiste en la limitación de esa poética, en el empobrecimiento de las posibilidades verbales, formales y espirituales de la poesía, pero eso no impide que dentro de sus límites se pueda hacer un buen poema. Recientemente, sin embargo, se observa la aparición de algunos jóvenes autores que se plantean otros desafíos, aunque es demasiado pronto para saber qué lugar encontrarán entre sus contemporáneos.
 


–En su revista Fénix y en diversas publicaciones, usted ha llamado la atención sobre la existencia de una «autopista poética Buenos Aires-Rosario», una especie de centralismo a la hora de considerar la poesía argentina, que termina siendo muchas veces la poesía porteña, como lo demuestran algunas antologías contemporáneas. Santiago Sylvester ha hablado del «país amputado». ¿Persiste este centralismo? 

–Sí, sin duda, un centralismo bastante explicable en un país política y culturalmente centralista. Ahora bien, no creo que se trate necesariamente de mala voluntad hacia los autores del interior. Creo que consiste más bien en una cuestión de «poética» (justamente la que ha circulado por los carriles de la autopista Buenos Aires-Rosario), cuya afirmación en el medio literario nacional fue practicada casi como una militancia política destinada a derrotar o absorber a las demás poéticas. Se trata, pues, de la característica dificultad argentina para aceptar que puede haber diversas perspectivas, en este caso estéticas, todas igualmente válidas en la medida en que originen buenos poemas, coexistiendo en el mismo período. Así, por ejemplo, que el objetivismo no sea mi poética preferida no me llevaría a excluir a todo poeta objetivista de una selección de la poesía argentina reciente (de hecho, hay varios representantes de esa tendencia en una breve antología que publiqué hace algunos años en España, Señales de la nueva poesía argentina), porque entiendo que hay autores que han trabajado bien en ese estilo. Quienes piensan, en cambio, que su propuesta poética es la única que puede expresar adecuadamente a su tiempo, han considerado justo excluir de sus muestras a las demás. Como lo que perduran no son las escuelas ni las tendencias (salvo para la veneración de las «crédulas universidades»), sino las obras, los lectores futuros decidirán qué poemas, qué libros, qué autores les hablan todavía desde este presente, que será muy pronto un borroso pasado. Para entonces, términos como «objetivismo», «neobarroco», «neorromanticismo», etc., sólo tendrán algún sentido para los historiadores de la literatura. No hay que preocuparse tanto, pues, por quedar adentro o afuera de las redes justas o injustas de promoción, sino por templar la propia obra para que resista lo más posible a la corrosión del tiempo. Igualmente, ese temple no depende del todo del rigor con que el poeta trabaje formalmente sus textos, rigor imprescindible sin embargo: lo mejor de una poesía, lo que a los lectores nos deja grabadas sus palabras y hace que nos las repitamos una y otra vez a solas, a menudo aparece en el horizonte de la conciencia del poeta como un astro inesperado, aunque a propiciar esa aparición el autor le dedique toda una vida de paciente espera.


Tres poemas de
Estudios de la luz
de Pablo Anadón





Hostal Hispania

Es la tarde, en la misma galería
Donde dejaba transcurrir el tiempo
Como un hombre seguro de su día
Y de su noche. Ahora es otro tiempo
El que miden las horas. También yo
Soy otro. Otra es mi vida. Tantos años
Hoy se deshacen como nubes o
Como aves trazan en el aire extraños
Signos: son lo que soy, lo que he dejado
De ser y ya no entiendo. No comprendo
Qué se ha hecho de todo lo que he amado,
Por qué su luz ya no es la que estoy viendo.
Se extingue un tordo entre el cielo y la sierra;
Oscurece también sobre la tierra.



Para el aniversario de mi muerte
(Variación sobre un tema de W. S. Merwin)

Every year without knowing it I have passed the day
When the last fires will wave to me…
W. S. Merwin


Cada año he pasado ya ese día
En que voy a morir: desconocido,
Su dolor me habrá dado o su alegría
Y ahora es una fecha del olvido.
Extraño aniversario, igual que aquel
De la mañana en que empezó mi vida.
Como quien, por el gusto de la miel,
Adivina el panal y la perdida
Flor, así del sabor de lo que ayer
Fue, reconozco lo que aún no ha sido:
La agonía del mundo honda en el ceño,
Los ojos entreabiertos al ensueño
Y en los labios un nombre de mujer.
Moriré de la muerte que he vivido.



Amanece

La luz leve del día en la ventana,
La cama con las sábanas caídas,
Libros, vasos, colillas, desvaídas
Esencias de sahumerio y marihuana.
Lentamente se enciende la mañana
En el espejo: vuelven las perdidas
Formas, desde el cristal, a sus sabidas
Dimensiones; la sombra se hace humana.
La cabellera negra en la blancura
De la almohada, una pierna entrelazada
A otra, el brazo en torno a una cintura
Y dos bocas que alientan cadenciosas…
Calla el mundo. La angustia, arrodillada,
Vela sobre las frentes silenciosas.

martes, 14 de febrero de 2012

Un escritor llamado Spinetta


por Fernando G. Toledo


Cuando un poeta muere hasta las palabras lloran. Y cuando un poeta que cantaba, un enorme poeta como Luis Alberto Spinetta muere, incluso el viento llora.

Con el Flaco, quien murió el miércoles como consecuencia de cáncer de pulmón, ha muerto un escritor como pocos conoce la música popular, sobre todo en la Argentina. Un artista cuya estatura musical iba a la par de su calibre lírico, prueba de lo cual lo muestra el hecho de que puede hacerse con sus letras el curioso ejercicio de quitarles la música, para comprobar que así desnudas, como poemas nada más (nada menos), siguen teniendo el mismo y contundente efecto estético.

Dibujo original de Spinetta
Sin embargo, que a un compositor se lo llame poeta se ha convertido, a veces, en una atribución facilista. Así, a cualquiera que avizora una metáfora, consigue por azar un oxímoron o utiliza algún vocablo más o menos escondido del ancho caudal castellano, a cualquiera, se lo llama poeta. Y, además, a otros cuya lírica se alza con dignidad pero con mucha más eficacia merced a la música que lo acompaña, a ese también se lo llama poeta.

Por eso resulta una verdadera invitación preguntarse qué hacía a Spinetta un poeta cabal, completo y brillante, equiparable acaso a otros grandes nombres de la lírica nacional. Y preguntarse, además, qué tenía su poesía y cuánto hizo ella por convertir a sus oyentes en poetas, que aún hoy están creando.


Dios de la adolescencia. La poeta, docente e investigadora Bettina Ballarini, profesora Adjunta Efectiva de Introducción a la Literatura en la Facultad de Filosofía y Letras (UNCuyo), considera que las letras del ex Almendra se entroncan con la más pura vertiente lírica. Seguidora del músico desde su niñez («reuní lo que costaba el LP Almendra, para escucharlo en el Winco de mis hermanos una y otra vez con la complicidad de mi madre, en los horarios en que ellos estaban en el secundario»). Ballarini asegura que «la metáfora de Spinetta está emparentada con el más delicado trabajo de la poesía lírica: trasladar la imagen a la música de las palabras, o viceversa». Ese ejercicio fundamental es, acaso entonces, lo que hace del Flaco un poeta con todas las letras, ya que «su poesía no resulta inadvertida a pesar de los contextos de percusión, bytes y tribus urbanas que nos musicalizan hoy», analiza la autora de Sin fundación mítica.

En su trabajo de tesis acerca de la relación entre la poética de Artaud y Spinetta (el músico usó el apellido del francés como nombre de uno de sus más célebres discos), la investigadora María Victoria Acebal Mallo resalta como distintivo en el Flaco la asimilación de la poesía culta, clásica, pero especialmente de vanguardia, como influencia para sus obras. «Es interesante destacar el trabajo de reescritura que realiza Spinetta con ciertas obras y ciertos autores. Esta característica es, tal vez, una de las cuales lo distinguen de otros compositores argentinos contemporáneos», escribe Acebal Mallo. Y destaca un gesto posmoderno: «Spinetta utiliza tanto obras literarias como pictóricas como método de inspiración. En este caso (se refiere a Cantata de los puentes amarillos), Spinetta toma las cartas de Vincent van Gogh a su hermano, las ‘digiere’ y la lanza como una nueva obra».

Ese ejercicio de alta poesía podría haber seguido los carriles propios que sigue cualquier libro de versos, destinado a un público cada vez menor, pero ciertamente acotado. Sin embargo, la música de Luis Alberto «vehiculizó» de manera fenomenal esa lírica refinada, a punto tal que podría decirse que la inyectó en un público que se vio compelido a asimilarla y quizá, a familiarizarse con la misma, cosa que tal vez de otro modo no habría sido posible.


La sombra del aliado. En una entrevista con el autor de esta nota, por ejemplo, el fallecido poeta porteño Matías Vernengo se confesaba como víctima feliz de esa «violación poética» que Spinetta ejercía con sus canciones. «Su música y sus palabras, sus canciones, han sido muy importantes para mí, y mostraban en una época oscura de la Argentina, que coincidió con mi adolescencia, que alguien podía crear y buscar el sentido y la belleza y transmitir el dolor y los interrogantes de la existencia a través de un arte posible y presente», contaba el autor de Cuaderno blanco.

Pero la influencia de las canciones de Spinetta (quien también publicó un libro de poemas: Guitarra negra) adquiere una inusitada relevancia, especialmente, en los poetas mendocinos contemporáneos. Ya el poeta Dionisio Salas Astorga apuntaba en el prólogo la antología de poesía mendocina Promiscuos & Promisorios cuáles eran algunas de las señas de formación de algunos de los antologados y el nombre del Flaco surgía naturalmente: «Unos cuantos son hijos no reconocidos del rock argentino (20 años ha), sus poemas saludan a Spinetta desde noches de estricta soledad en compañía».

La marca spinettiana es tan evidente en muchos de los autores que a la investigadora de la UNCuyo Marta Castellino la ha llevado a destacarlo como nota saliente, en su libro Poesía argentina: dos miradas.

En su análisis sobre el rumbo lírico de muchos poetas mendocinos de los ’90, Castellino asevera: «Luis Alberto Spinetta (...) delineará el inicio de una búsqueda literaria para construir una identidad propia para el rock nacional, con un nuevo centro temático: la ruptura de la literalidad y unidireccionalidad de la imagen (como las vanguardias artísticas de principios de siglo y en especial del surrealismo)». Y es Spinetta, para Castellino, quien lleva a los escritores a bucear en otras aguas: «La predilección de nuestros poetas por la obra de Spinetta se explica a partir de lecturas comunes: Rimbaud, Artaud, Foucault».

El mendocino Mauricio Videla también ha destacado la influencia del rockero. Citado por Castellino, dice Videla que es claramente Spinetta el responsable de permitir en nuestros poetas «la creación de un misticismo escéptico generado en nuevos mundos, donde se desenvuelven y recrean ambientes oníricos que poco tienen que ver con las antiguas miradas románticas y con las estéticas simbolistas: la canonización de mundos internos en los que Spinetta encuentra las respuestas a su propia trascendencia».


Marcapiel. Escritores locales como Patricia Rodón, Teny Alós, Luis Ábrego y Rubén Valle son algunos de esos creadores para los que el autor de Kamikaze resulta fundamental. Valle asegura: «Mi primera aproximación a la poesía fue a través de las letras de la canciones del rock nacional, no por vía de los buenos o malos poetas. Y en ese abanico de letras, donde convivían sin problemas Charly García, León Gieco y Luis Alberto Spinetta, entre tantos, la poética del ex Almendra se recortaba con brillo propio, me conmovía más que el resto».

Pero Valle hace una salvedad: recibir una influencia tan crucial no significa convertirse en un epígono de Spinetta: «Su influencia operó más en la definición de una vocación que en reflejar un estilo ‘spinetteano’. Después del impacto inicial, no queda otra que encontrar la propia voz. Por eso es que a simple vista –o audición– no pareciera haber tantos clones de Spinetta, como sí ocurre por ejemplo con Andrés Calamaro. Es decir, muchos –me incluyo– pueden decir que se dedicaron a la música o a la literatura gracias a su influjo, aunque su poética o su música haya decantado en otra cosa».

Hecho este recorrido, al parecer, la respuesta a las preguntas iniciales parecen ya trazadas. Para la lírica argentina posterior a los ’70 y en especial, para la mendocina, la influencia de Spinetta es tan crucial como pueda serlo la de poetas como Borges, Girondo, Gelman, Pizarnik, Juarroz o Giannuzzi. Y si, como Pedro Aznar dijo una vez, «en sus canciones Charly García es un periodista y Spinetta es un poeta», queda claro que no sólo el rock nacional está de luto. También nuestra poesía. Y por eso llora la música, lloran las palabras, llora el silencio.

Publicado originalmente en Diario UNO de Mendoza.



Guitarra negra: el libro de un poeta musical

La belleza lírica de Luis Alberto Spinetta encontró su gran desarrollo en sus varios cientos de canciones, distribuidas en sus casi 30 discos.

Desde la tersa poesía de Muchacha ojos de papel o Plegaria para un niño dormido (grabadas cuando Spinetta tenía solo 18 años) hasta el refinamiento surrealista de Cristálida, Cantata de puentes amarillos y Encadenado al ánima o la tersura visceral de Barro tal vez o Lago de forma mía, Spinetta mostró siempre un nivel lírico altísimo.

Sin embargo, poeta al fin, el Flaco también se permitió ofrecer una muestra de su poesía pura, esto es, despojada de toda música.

Fue en su único libro de versos, titulado Guitarra negra y publicado en 1978. Todo un tesoro aún hoy, cuando ha sido objeto de algunas reediciones, este volumen tiene algunas muestras íntegras del nivel de Luis Alberto como escritor. Aquí, una muestra de su escritura:

I

Hay una locura intensa
que necesita un cuerpo y una fulguración
y se desarrolla lentamente
en el tiempo
o en la eternidad de un tiempo
Y hay otra locura
periódica,
de la sangre y el alma,
que es fugaz como el sol,
que no admite desarrollo ni duración alguna en el tiempo.

Que es un llanto,
instantáneo resoplar del cuerpo,
y que sana, distante,
en un elixir que difícilmente se prueba.



Algunos poemas «spinetteanos»


Óleo

a Luis A. Spinetta

Y fui
el ciego aquel
que apuntó sus ojos
al mar
y cayó
muerto
por última vez


Rubén Valle, en Museo flúo (1996)

*

Tríptico fugaz


«Lo que se ve, se ama se pierde»

Luis A. Spinetta


I- Lo que se ve

No hay escándalos de sorpresa
cuando aparecés por las calles.
Es un flash
con fondo montañés.

II-Se ama

Por momentos
siento la velocidad
de tu carne joven.
Acortándome la vida.
Alargándome la pasión.

III- Se pierde

Hasta la visión del paraíso
termina derrotada
por los disparos del reloj.
Partir.
No tener la certeza
de volver a tejer
crucigramas con tus ojos.


Luis Ábrego, en Letanía beat (1998)

*

Arrorrock

«La vida para los locos
es como la guerra para los cuerdos»

Luis A. Spinetta


Ahí están los viejos dinosaurios muertos
atravesados por los cuchillos de luz
del cataclismo
Ahí están los que alimentaron la boca
de los cementerios
los pequeños secretarios de la muerte eléctrica
con la sombra llena de cenizas y el mantel
y la cama y la conciencia
Los conocemos muy bien
De chicos los veíamos con sus falcon caníbales
apareciendo en tevé envueltos en la bandera
con su mundial su papa de plástico
y sus estúpidas guerras
Su torpeza era como una jaula llena de ratas
Al principio no sabíamos qué hacer
Íbamos de la bronca al asco de la pena al silencio
Estábamos como con un amigo recién muerto
y todo el tiempo teníamos un grito dentro
que caía como cae un piano desde el último piso
Ahora sabemos que no importa
porque maldecimos
sus firmas sus estómagos sus maletas
porque arrojamos caras en sus sueños
golpeamos sus corazones con un lápiz
despreciamos el triste olor de sus roperos
y nos burlamos de sus confusos naufragios en inglés
No importa que estén ahí con sus ojos fanáticos
No importa
porque el mal no tiene paz ni tregua ni gloria ni mañana
Nosotros continuaremos mirando el universo
desde una terraza
continuaremos paseando el alma por plazas
que nunca llevarán sus nombres
continuaremos festejando cumpleaños
perfumando sábanas
y buscando vida bajo el cielo
estropeado de las ciudades.


Patricia Rodón, en Tango rock (1998)

*

Vapor

«Te hallaré en mí
como un jarrón
lago de forma mía…»

Luis A. Spinetta


Una mañana soy lago
una gota se filtra en mi forma.

Una mañana soy gota
y ansío deformarme.


Hernán Schillagi, en Mundo ventana (2002)