viernes, 13 de marzo de 2009

El tamaño ¿importa?

por Sergio Pereyra

Arijón, Jiménez, Neruda, Withman y Prevert


Paseando ayer la mirada sobre algunos volúmenes de mi biblioteca, di con Neruda, de quien leí completos los edulcorados Veinte poemas de amor y una canción desesperada, pero deserté antes de alcanzar la mitad de los no menos dulces Cien sonetos de amor. También con Whitman, el hombre de la larga barba, tan intenso, tan... ¿Habrá algún valiente cruzado, en los últimos 50 años, ese océano que es el Canto a mí mismo? ¿Y las Paroles de Prevert? Yo, no. Ah, qué alivio, la vista de Claudia Masin, Poemas y animales sueltos de Teresa Arijón, Flores bajo la lluvia de Roberto Malatesta. Tres libros con los que pude. Me asalta entonces una duda: ¿por qué unos sí y otros no?, ¿tiene la extensión algo que ver en todo este asunto? Si comparo los terminados con los abandonados, parece evidente que sí. Poco más de veinte textos unos, cien o más los otros.

La pregunta que se impone, y que les extiendo, es: ¿cuántos poemas debería contener un poemario para que sea leído íntegramente por un lector de estos tiempos tan habituado a la lírica como al “surfeo” por Internet? Dos aclaraciones. La primera: cuando digo leer, desde ya no me refiero a pasarle los ojos y la voz por encima, pues para eso un par de horitas bastan, cuando no menos. Prueben con Árbol de Diana de Pizarnik. Cuarenta minutos y ya está. Esos textos prosificados no deben cubrir más de dos carillas y no obstante, ¡cuántas lecturas soportan! La segunda: sé que pueden responder que en este, como en otros asuntos, no es el tamaño lo importante. Que un texto imposible para un lector puede ser el paraíso para otro. Que hay lectores tan disciplinados que, aunque detesten el plato, lo tragan sin dejar escapar una sola queja. Que hay, asimismo, lectores tan hedonistas que no aceptan de la lectura otra cosa que horas de placer y, por lo tanto, ante el mínimo asomo de tedio avientan el libro por la ventana. Lo sé. Sin embargo, y como esta revista admite los comentarios, las exposiciones, conocer sus experiencias sería interesante para afinar la idea que tenemos del comportamiento de un lector del siglo XXI.

Y aunque no ignoro el trabajo enorme, espinoso que supone lograr la adecuada organización de un libro, trabajo que por supuesto no es gratuito, es decir, está cargado de intención, me pregunto qué tan necesaria, o mejor, que tan posible sea esa lectura del conjunto. Pues, convengamos, muy raramente oímos hablar del sentido global de una colección de poemas, exceptuado quizás el ámbito académico, sino de lo que tal o cual poema suscitó, básicamente en el terreno de las impresiones ¡Ni hablar al momento de las citas, cuando la mayoría nos conformamos con desembuchar dos o tres versitos! ¿Será que a esta altura del mundo nos replegamos en lo parcial porque somos incapaces de obtener una idea general? ¿Será que un poema es una obra que no necesita “compañía” para alcanzar su pleno sentido?

Y como este texto dejó en el aire demasiadas incógnitas y ninguna respuesta, lo abandono. Por ahora seguiré leyendo algunos poemas (sueltos) de Paula Jiménez que, claro está, desen-red-é de su blog.

25 comentarios:

G. dijo...

sí, creo q la extensión de alguna forma u otra incide. Ahora, conozco gente que adora la extensión, por no decir lo grande. por mi parte, lo breve, escueto y sin desperdicio es lo mejor. Será cuestión de gusto o influjo posmoderno, ese amor por el menor esfuerzo? no lo sé...

Proyecto María Castaña dijo...

Para mí el placer de la lectura de poemas no pasa ni por su propia longitud ni por la extensión del poemario donde están insertos. Hay otro factor al que le doy más peso: el tópico de los mismos. No soporto ni siquiera una estrofa de un poema de contenido social o político y eso que soy una gran consumidora del tema en documentales, informes especiales y reportajes escritos. Para mí Neruda se tendría que haber congelado en las Alturas del Machu Pichu. Puedo leer de corrido miles de poesías de amor o existenciales porque empatizo con estos asuntos. Odio también los que pretenden hacer trascender lo cotidiano a costa de que el yo lírico abra una lata de atún o aprete el play de una equipo de música. Finalmente, me repelen los poemas que no puedo entender porque el autor cree que los versos solo pueden vivir encerrado en una cripta. En este sentido, me considero una lectora hedonista que tiene una pila de libros arrojados detrás de su espalda a los que vuelve con los años a terminar y guardar en el anaquel.

Sobre los poemarios y su organización, voy a decir algo muy ignorante y sincero: le doy cero importancia al "orden" en que los poemas aparecen en un libro. Es más, nunca leo este tipo de publicación desde el principio hasta el fin. Si el autor pretendía un todo engarzado, dirigir la mirada del lector, yo sencillamente destruyo sus intenciones. Es más, me río un poco de "las partes" de un poemario. Creo en la autonomía absoluta de un poema. Puede emparentarse con otros en cuanto a tono, tópico y estilo, pero es casi un capricho del autor pretender que sea parte de algo más abarcador.

Fragaria Vesca dijo...

Quizá sí incida la extensión en el ánimo de algún lector perezoso (como es mi caso). Pero eso no quita que si la voz me engancha, yo pueda llegar a devorar el poema con fruición carnívora. También está la absoluta libertad -como planteara Pennac para la novela- de dejar a la mitad un poema, un poemario, o lo que fuera. Por qué estoy obligada a que me guste todo el libro? Me quedo con lo poco o mucho que me taladre mente y cuerpo (aquí entra en juego lo de la empatía que apunta la escriba). Y algo que hoy no leo ni bajo tortura, quizá mañana-dentro de un tiempo-en unos años, sea merecedor de mi atención.

sergio dijo...

G:

Efectivamente no lo sabemos. Digo, lo del influjo posmoderno en nuestras lecturas. Pero alguna influencia debe de tener. Estamos tan acostumbrados a leer cosillas por aquí, cosillas por allá que leer un poemario completo parece una odisea.

sergio dijo...

Paula:

Dice ud: “Odio también los que pretenden hacer trascender lo cotidiano a costa de que el yo lírico abra una lata de atún o apriete el play de un equipo de música” Y vuelvo a una discusión que tengo con una amiga sobre de dónde surge lo lírico. A ud, imagino, le gusta lo arcaizante o directamente antiguo. El caso es que si uno mira un poco, los bajeles, las espadas, los escudos, las togas, etc, etc, etc eran elementos absolutamente cotidianos para griegos y romanos. Ergo, la poesía surge muchas veces de lo cotidiano. Si uno tiene un flash en un colectivo sólo para darle un tinte “prestigioso” dirá “ y en mi carruaje….” Uhmmmm. Y otra vez uhmmmmmm.

Y le digo, esto me suena a pereza, a me eduqué creyendo que la poesía era esto y no puede ser otra cosa. Eso creo. Si no es así, estaría muy bien que lo discutiéramos.

Y para que vea le doy un buen ejemplo:

UN DURAZNO

Morder el verano,
morder el sol entero
por 1,80 el kilo.
Este durazno recién llegado a casa
fue apenas sueño de árbol escondido
alentado por el fertilizante,
después fue flor y fruto verde solo
protegido de plagas y de heladas
por cinco pesticidas,
engordado por lluvias y riego por goteo,
cosechado por Pablo Luis Ojeda
oriundo de Río Negro
que tumba en un colchón de gomaespuma
su cuerpo dolorido cada noche.
Cargado en un camión que avanza bajo el cielo
maduró este durazno con el viaje,
después llegó al mercado,
atravesó las mafias,
fue a parar a una cámara de frío
que le fijó el color
y lo detuvo durante cuatro meses
cerca de San Cristóbal
hasta que lo compró Supermercados Disco,
y lo llevó a la sucursal 14
sector verdulería de autoservice
donde yo lo elegí, lo embolsé, lo hice pesar
lo tiré en el carrito
al lado del pan Fargo, las pechugas,
junto al Skip Intelligent y el queso,
lo llevé hasta la caja, le leyeron
su código de barras,
lo pagué, lo reembolsé con nailon,
lo traje caminando hasta mi casa
cruzando la avenida,
bordeando el hospital,
entre ciegos, cirujas, policías,
lo subí en ascensor
y llegó a la mesada de mármol sin golpearse.
Entonces lo libré de las dos bolsas,
le lavé el pesticida en la canilla,
le lavé todo el cansancio del camión, el humo,
la noche de las manos de Pablo Luis Ojeda,
le saqué la etiqueta de la marca
y lo mordí con ganas de matarlo,
lo asesiné con dientes, mandíbulas y lengua
y a pesar de la química, de la distancia muerta,
a pesar de la larga cadena intermediaria,
me encontré allá en el fondo de su sueño amarillo
con esa flor primera que perfumaba el viento.


Pedro Maizal. Consumidor final.

sergio dijo...

Donde dice Maizal (?) Debería decir Mairal. Este corrector ortográfico....

sergio dijo...

Fragaria:

O sea que si el libro, como totalidad, tenía una intención… nunca la alcanzará. Ojo, no la juzgo porque hago exactamente lo mismo (entre bomberos…)

Fernando G. Toledo dijo...

SERGIO:
Durante dos días tuve la idea fija de poner, por todo comentario, la siguiente palabra:

«Pajero».

Pero dada la discusión acerca del lirismo, preferí empezar por otra palabra:

«Perezoso».

Para ahondar más en la casi insondable profundidad que se abre con la sola escritura de ese adjetivo, diré que no comprendo otra razón siquiera para ponerse a escribir este artículo. Ahora bien, si la pereza fuese todo lo que te lleva elegir los cortitos sobre los largos (perdón: los libros breves por sobre los extensos), esa pereza debería afectarte al punto de no tener ganas de siquiera escribir un texto reflexivo al respecto.
En fin, que antes que diagnosticarte (quizá seás paj... eh... perezoso para leer y no para escribir), observaré que me he encontrado a veces con libros sobre los que lloro porque han terminado. Lágrimas vertidas sobre esa fugacidad. Cuando el libro es bueno, cuando buenos son los poemas, mejor que se extiendan largamente, una página tras otra, para darnos la ilusión de que no van a terminarse. Por ejemplo, hace poco publicaba una reseña sobre el libro póstumo de Giannuzzi, y si tiene pocos defectos, uno de ellos es la brevedad (pobre, murió antes de poder escribir más, claro). Cosa que no ocurre, por ejemplo, con Señales de una causa personal (más de 100 poemas). Por contrapartida, el reciente libro de Silber (Hernán puede dar fe que éste fue uno de los primeros reparos que le hice) es un libro que clama por un recorte.
La cuestión que me parece mucho más simple este intríngulis, y fácil de resolver antes que esas preguntas tan graves como si «nos replegamos sobre lo parcial» (o no), o si un poema necesita companía (o no).
Quizá estoy mirando la paja en el ojo ajeno, nada más.

Fernando G. Toledo dijo...

Dos cosas: el poema de Mairal no lo leí porque es muy largo (no carguen contra mí, ya que es un chiste, che).
La segunda: por favor, desactivá el corrector ortográfico de Word.

Proyecto María Castaña dijo...

Teócrito, Safo, Catulo, Horacio, Virgilio, Ovidio escribieron versos maravillosos sin hablar de los guisos que comían o a dónde iban a darse un baño. Quizás por eso todavía su lectura puede emocionar. En cambio el ejemplo deleznable que me ofrecés, te juro, intenté meterlo en mi carrito mental y desistí. Poemas como ése te puedo hacer 10 en un día, no debe haber nada más fácil. Me sorprende que transcribás ese tipo de texto cuando tu producción apunta a un lado decididamente clásico y cuidado, que, pese a algunas objeciones, es de una calidad muy superior a ese supermercado sórdido de Maizal al que me pretendés sumergir haciéndome mezclar el jabón de lavar con el queso, ¡qué horror!

Proyecto María Castaña dijo...

Pd: Sergio, ¿tu fijación con el durazno la sacaste de ese esperpento?

Anónimo dijo...

Felicitaciones a todos por la revista.
Es hoy un abrevadero para mí.

Seguiré leyendo.

sergio dijo...

Fernando:

Acaso tengas razón y todo este asunto (el texto) no sea sino una justificación de la pereza (la mía, claro).

Sin embargo, y aprovechando que hoy estoy menos “pajero” de lo habitual, intentaré explicar el origen de la nota.

En primer lugar podría hablar de lo boquiabierto que me dejó observar el trabajo que se toman los poetas en la organización de sus libros. ¡Tanto lío, si total cada uno lo lee como le da la gana!, pensé. En mi caso, un poema aquí, otro allá; tres o cuatro libros al mismo tiempo. Y así, por supuesto es muy difícil que me haga una idea del libro en cuestión. ¿Es necesario aclarar que soy un pésimo lector de poemarios y que, en consecuencia, me llevo mejor con colecciones de poemas misceláneos e incluso con antologías?

En segundo término, fue determinante un nuevo acercamiento al mundo de Simonetta y Yanpol, quienes leían a un ritmo que no conozco en nadie hoy, y no sólo eso, sino que además se dedicaban horas y horas a explicarse mutuamente los textos, alcanzar el carozo del asunto, cosa tampoco muy frecuente por estos días. Bueno, sí, ya sé que hablo de seres más bien excepcionales, pero si ellos no funcionan como modelos ¿quién lo haría? ¿Narosky?

Entonces sí me pareció que algo se había modificado; que nosotros si bien somos lectores apasionados tenemos otro hábitos; que (y de esto te excluyo) a veces parecemos incapaces -o directamente desinteresados- de afrontar la empresa de un libro extenso (sobre todo los conceptuales)

Eso es lo que, como digo, me pareció. ¿Cuáles son las razones? Desconozco. Después de todo yo no soy Petete.

Proyecto María Castaña dijo...

Adhiero totalmente a:

¡Tanto lío, si total cada uno lo lee como le da la gana!, pensé. En mi caso, un poema aquí, otro allá; tres o cuatro libros al mismo tiempo. Y así, por supuesto es muy difícil que me haga una idea del libro en cuestión. ¿Es necesario aclarar que soy un pésimo lector de poemarios y que, en consecuencia, me llevo mejor con colecciones de poemas misceláneos e incluso con antologías?

El día que publique un libro de poemas, jornada remota si las hay, voy a tomarme el trabajo de ordenar de una manera muy compleja el poemario, creo que exageraré justamente para parodiar la tarea meticulosa que hacen -casi a la macana y para ellos- los poetas al organizar su material. Creo que los únicos elementos paratextuales que me interesan fuera del poema en sí, que, desde mi punto de vista, tiene autonomía absoluta, son EL TÍTULO y EL ACÁPITE -si lo tienen-.
Es más, en general no entiendo los títulos de los poemarios.

(¿Soy una bestia o una lectora sincera?).

Hernán Schillagi dijo...

No he escrito hasta ahora, ya que estaba totalmente de acuerdo con el autor de la nota. No soporto un libro de poemas que pase los 50 poemas. A partir de ese número, es más que seguro que aparecen repeticiones, poemas rengos, el mismo tema pero de ejecución más torpe y sinónimos de adjetivos avergonzantes.

Pienso en el hermosamente editado "Ricón de haikus" de Mario Benedetti. Es verdad que el haiku es brevísimo (tres versos), pero creer que los 224 poemitas sostiene un nivel deslumbrante es apostar al seguro perdedor. Uno cierra el libro y solito piensa: aquí sobran unos 150. Una selección del total hubiese permitido un libro indiscutible. ¿O el uruguayo nos querrá fomentar la actitud crítica?

Algo parecido pasa con los últimos 4 libros de Juan Gelman. Todos arriba de 80 poemas. ¡Por favor!

Lo que dice Sergio, junto a los poetas que nombra (como Masin o Malatesta), marcan toda una nueva sensibilidad. No sólo del poeta, sino de los lectores (y aquí, más allá del chiste, la pereza no tiene nada que ver). Nueva sensibilidad, ya que esto quizá era indiscutido antes. Los poemas NO PODÍAN editorialmente tener menos de 50 páginas. Y esto lo siguen (conservadoramente) haciendo las bases de los concursos, ninguna baja de las cuarenta A4.

¿Nadie piensa que una obra puede cerrarse mucho antes? Lean "La mala vida", de Paula Jiménez o "Solos y solas", de Tamara Kamenszain que ninguno llega a los 20 textos, pero no les falta nada.

Hernán Schillagi dijo...

Paula: me extraña tu postura. Más allá de que no podás ver lo excelente y hermoso que es "El durazno" de Pedro Mairal (te mandé por mail Consumidor final hace 10 días), tu actitud de lectura frente a un poema se acerca mucho a la necedad.

¿O no es de necios no hacer, al menos una vez, la lectura propuesta por el poeta? ¡Es el autor del libro, loca! Algo te puede decir ese orden, por más miscelánico que se presente el libro. No hacer esa lectura (una vez siquiera) es pensar que la poesía es sólo un acto hedonista, que nadie me puede decir cómo leer.

Habrás leído la espléndida biografía de A. Pizarnik que escribió Cristina Piña, Allí cuenta cómo Alejandra, junto con Ivonne Bordelois se pasaban las noches enteras y parisinas dándole un orden a la secuencia de "Árbol de Diana", cuidando que la cercanía de un poema no le hiciera sombra al otro y que el "continuum" de cada texto potenciara la lectura final. Eso es de bestias, pero de bestias lúcidas.

Entonces, toda lectura azarosa siempre será más pobre, caprichosa y anodina que la otra, si la actitud es la de la negación total y ciega.

Pd: Ah, detesto las antologías temáticas, detesto las antologías de poetas (por generación o lugar de procedencia). Creo que es coherente con lo que dije más arriba.

Proyecto María Castaña dijo...

Me seguirá pareciendo un esperpento "El durazno" hasta el fin de los tiempos. Perdoná, hay cosas que ya son irreversibles en el gusto.
Sobre leer la propuesta del poeta, supongo que un académico interesado puede hacerlo. Pero ni siquiera, tendría que ser un "estilista" de la vieja ola. Cualquier teórico posmo te tiraría al autor por la borda. "Lo que importa es el texto, ¿entiende?".
No puedo cambiar mis hábitos lectores y más cuando estos me dan placer. Pero, para dejarte tranquilo, soy tan "aplicada" que después de hacer con el libro lo que se me da la gana, lo vuelvo a leer en orden y, en la mayoría de las ocasiones, encuentro críptica y caprichosa la organización. Respeto este trabajo de construcción final pero no me parece muy importante. Me pasa lo mismo con los discos conceptuales: mucho arte de tapa, mucho sonido transitorio que une un tema con otro, pero me quedo con dos o tres canciones e ignoro las "sombras" o "luces" que pueden haber proyectado las otras.
Te dejo una pregunta, ¿soy necia porque disfruto un personal trayecto de lectura? ¿no sería más necio imponerme una lectura masoquista?
Sobre gustos, ya lo dice el adagio..

sergio dijo...

Estoy muy de acuerdo con eso que dice Hernán de la nueva sensibilidad. Es otra historia. No creo que seamos menos inteligentes (¿consuelo de tontos?), sino que tenemos, ya lo dije, otros hábitos. Hemos nacido en un mundo donde los períodos de concentración son más breves. Hace un tiempo leía una nota a un novelista mejicano que decía algo como que él describe poco porque los lectores de hoy tienen una serie de referencias que hacen innecesario, por ejemplo, decir cómo son las calles de Venecia (¡todos las vieron en el cine!).

Coincido también con la importancia de la organización de un poemario. Pero el caso es que, estoy bastante cerca de los modos de lectura de Paula. Me explico: leo en orden, pero si el poema no me impresiona demasiado de entrada, es probable que le pase la vista por encima y vaya al siguiente. Sí, soy un optimista. Siempre pienso que en algún momento, daré con uno que me fascine. Y si no es el poema entero, algunos versos bastan (además de optimista, soy muy fácil de complacer)

Además, ahora que lo pienso, la primera lectura en general es parte de un largo proceso. Es decir, si un poeta me gusta, puedo pasarme media vida releyéndolo. Belloc, Cernuda, Vilariño dan cuenta de ello.

Proyecto María Castaña dijo...

Sobre las prácticas de lectura de la posmodernidad hay tanta tinta derramada... Cuando empiece la maestría en lectura y escritura -en días- les cuento y prometo entrada entretenida y académica.

Hernán: estoy leyendo a Mairal, pobre, lo he defenestrado con un poema y tiene muchos hermosos. Una verdad grande como una casa: el trabajo embrutece pero debo ganar los tiempos de los fines de semana.

Cecilia Restiffo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Cecilia Restiffo dijo...

Sergio: Quizás pensando en algunos poemarios que he leído últimamente, surja la siguiente reflexión: si es bueno aunque sea largo no me aburre, no me perturba saber que me quedan más de cien hojas para terminarlo; por ello minimizar el asunto a la cantidad es demasiado injusto tanto para los autores que han escrito libros largos ,como para aquellos que nos conformamos con un famélico volumen de 70 páginas. En cuanto a respetar el orden dado por el autor: al comienzo de mi carrera como lectora leía " sin ton ni son", pero cuando tuve que armar finalmente mi propio libro, pensarlo y secuenciar los poemas, tuve la sensación casi fisiológica de que el mismo me pedía, me exigía una respiración interna dada por la separación en partes que luego le propuse a los lectores. Desde entonces me entrego a la propuesta que hace el autor, pero no porque se me "imponga" sino porque siento que el goce será más pleno si me acomodo y me dejo mecer por la mano abierta que ofrece su alma en cada palabra, en cada intersticio del silencio. Si un libro, largo o corto, me acerca al "resplandor de la verdad, al lugar donde todo es posible", para mí es suficiente.

PD: Sergio, amo el poema de Mairal citado por Ud. Paula, si lo importante es el texto,y ya ha dicho que lo aborreció, ¿por qué fue a leer al autor que tanto daño le hizo? Quizás sea el momento de abrir la lectura a otros como: Lucía Gagliardini, Beti Zapata, Graciela Ballestero o Claudia Prado; que como don Pedro sacan de lo cotidiano una belleza semejante a la de Horacio.

Proyecto María Castaña dijo...

Cecilia, en realidad, volví al autor porque era necesario que le diera una oportunidad. No se puede juzgar a un artista por un texto. Es de super ignorante y yo no lo soy. Hernán nos había enviado por mail TODOS LOS DÍAS (17 poemas, no sé si está entero) y CONSUMIDOR FINAL completo. Anoche los leí y puede advertir muchos resquicios de belleza donde navegar mi lectura.
Insisto si del tópico del durazno se trata, me quedo con la prosa poética de nuestro amigo Sergio en ese mágico momento en donde comparte este acto con su madre.

Y, señora, no me trate de usted que me hace sentir definitivamente vieja. Verá, tengo un complejo importante con el tema.

Saludos.

Fernando G. Toledo dijo...

No puedo decirlo mejor que Cecilia. Firmo también su comentario, antes de las recomendaciones, eso sí. Porque a esas chicas no las conozco.

carolina dijo...

Es verdad que el tema del tamaño en poesía es bastante particular. Debo confesar que no recuerdo haber leído seguido un tomo de poesía de tamaño muy signifiativo, sí un 220 poemas de amor..." o estar laaargo rato paseando por las obras completas de Alejandra Pizarnik. Peroclaro, paseando justamente, buscando acá y allá salteando volviendo cada vez que sentía le necesidad de reabrir el tan preciado "tomito". tengo una que otra obra de poesía al lado de mi cama y de vez en cuando leo, igual como todo vivcio leo uno, dos tres cuaro, cinco y por ahi termino el librito sin darme cuenta! Creo que los poemas tienen vida autónoma a pesar de un eje temático que puede distinguir la organización de un libro. Esa organización me sirve a mi para saber en que parte del libro buscar pero no para leerlo completo completo. El poema es también bastante expresss, nos permite en esots tiempo ir buscar uno, extasiarnos unos mintos, cerrarlo e irnos sin que quede inconcluso como leer dos páginas de una novela. No se, se que se puede hacer un análisis mucho más profundo del tema pero lo primero es la experiencia personal el diía a día del lector y su contacto con la poesía. Pero seguiremos profundizando.. jaja sé que ahora me voy a poner a pensar sobre el tema un par de días... y a misrar mi propia biblioteca...

Proyecto María Castaña dijo...

Carolina, ignoro quién sos, porque no se puede acceder a tu perfil, pero bienvenida. Con Sergio hablábamos el otro día de que todavía no habíamos salido del ombligo de redactores en función de comentaristas de sus propias producciones.
En esta entrada el círculo se ha abierto: vos, Fragaria -que es una amiga posta- y G, incluido un anónimo buena onda. El objetivo es claro: queremos que nos lea el OTRO. Por supuesto, no dejaremos de polemizar entre nosotros sobre poesía o las dos lunas de Marte, porque, después de escribir, es una actividad que nos fascina.