jueves, 14 de mayo de 2015

Desde las profundidades de un monstruo



Dice Jonás, Diego Roel. Ediciones El Mono Armado, 2015, 64 págs.


por Hernán Schillagi



Todo libro de poemas interesante contiene el germen de la ficción. La mera exteriorización de un yo que no puede controlar su subjetividad y la desparrama en descripciones melancólicas o en un irreflexivo diario íntimo versificado, solo puede conseguir el resultado de una poesía un tanto deshonesta, al menos con la literatura. Tal vez por eso, Diego Roel (Temperley, Buenos Aires, 1980) propone ya desde el título un corrimiento explícito del tan mentado yo lírico. Aquí «Dice Jonás» y el desafío está planteado: «me arrodillé en el útero del mundo, /vi lo que nadie quiere ver…».

La historia del profeta Jonás y la ballena es bastante conocida. Por lo tanto, Roel toma los núcleos narrativos para pulirlos y así convertir la materia cuantiosa del relato en pequeños fragmentos/poemas sin título que, sin perder musicalidad, avanzan letales: la brevedad y concisión de cada verso resultan como fogonazos de una historia mayor; pero que solamente alumbran lo imprescindible (como en el interior de una ballena). No obstante, es en la voz de Jonás (esa ficcionalización del decir) donde la propuesta del libro se juega entera: medida, creíble, sin solemnidad, pero con la gravedad suficiente para sostener un habla imposible, la del que está completamente solo: «¿Volvía mi cuerpo del desierto? /¿Huía yo de la Voz de mis ancestros? / ¿Iba hacia Nínive a anunciar la destrucción?». Preguntas certeras del que tenía una misión como profeta, pero ha desobedecido desde la poesía.

El libro, más que estar dividido en partes, sugiere tres momentos para tomar aire, como el mismo Jonás que fue arrojado al mar tempestuoso y logró detenerlo: «Acá abajo, en el fondo del pozo / ya no soy hombre ni mujer. // No tengo patria ni lugar de descanso… ». El lector puede permitirse, así, cambiar de respiración entre sección y sección, para luego reflexionar, ver cómo un hombre pierde la conciencia en las profundidades, ser exiliado después, donde el cuerpo se pierde; pero no la voz. Esa pequeña voz del mundo, al decir de Diana Bellessi, que es capaz de construir su casa en el desierto, en la intemperie más feroz, a pesar de haber sido expulsado de la boca de un monstruo gigante hacia la orilla del planeta.

Ya en su libro anterior, Los Jardines del Aire (2012), el autor proponía mirar lo que está debajo del cielo para que el poema únicamente cante «en la penumbra de la lengua» y luego resplandecer y callar. Hacia lo último de Dice Jonás, el poeta eremita se transforma (¿Jonás? ¿Roel?), muta en forma salvaje y habla (sin cantar esta vez) a la espera de Dios: «En este mundo no hay direcciones. // Espero que Dios arroje su Verbo sobre mí…». Pero ya nada ni nadie responden. Frente a la inquietante pregunta de «¿Quién habla en el poema?», Rafael Felipe Oteriño ensaya que: «lo que habla en el poema es el acontecimiento verbal, escrito, enigmático e inacabado, que constituye la puesta en acto de una construcción irreal que se vale de alusiones reales…». Para plantear más adelante que «poeta y obra son realidades distintas, aunque complementarias». Quizá por eso, desde una propuesta tan reflexiva como intensa, tan narrativa como melodiosa, tan ficticia como personal; aquí además «dice Roel». Para repetir, pero desde lo bajo: «Y hablo de lo que nadie quiere hablar: de lo que se desliza y repta, de lo que está en vilo y permanece…».


***







Algunos poemas de Dice Jonás,
de Diego Roel




Yo, Jonás, hijo de Amitai, pasé tres días y tres noches
en el vientre del gran Pez.

Y vi lo que nadie nombra, lo que nadie quiere ver:
la sangre oscura de la bestia, el líquido amniótico del sueño,
espejos que se duplican y reflejan la permanente fuga de las cosas.

Yo, Jonás, hijo de Amitai, descendí hasta lo profundo de la tierra,
me arrodillé en el útero del mundo,
vi lo que nadie quiere ver.

*

Me preguntaron mi nombre,
me preguntaron mi oficio y mi lugar de nacimiento.

Les respondí: “Yo soy Jonás, hijo de Amitai.
Tírenme al mar y el mar se aquietará.
Arrójenme a la boca del abismo”.

Ellos dijeron: “Jonás, hijo de Amitai,
que la tierra eche sus cerrojos sobre ti,
que el alga se enrede en tu cabeza”.

Entonces la corriente me envolvió
y todas las olas pasaron sobre mí.
Vi lo que nadie quiere ver:
ciudades tragadas por el fuego,
engullidas por el soplo de las bombas,
arrasadas por el recio viento que viene del oeste.

Yo vi lo que nadie quiere ver.

*

Me crecieron alas, garras
y una larga cola.

Se multiplicaron mis ojos.

En mis manos apareció
la eterna cifra del Exilio.

*

El cielo se repliega y cae.

Ya nada responde:
apenas queda un signo que habla de otro signo:
un espacio sin espacio posible,
una voz que se repite,

una voz que se repite.

1 comentarios:

Susana C. Lobo dijo...

TAL VEZ ME LLAME JONÁS
Yo no soy nadie:
un hombre con un grito de estopa en la garganta
y una gota de asfalto en la retina.
Yo no soy nadie. ¡Dejadme dormir!
Pero a veces oigo un viento de tormenta que me grita:
"Levántate, ve a Nínive, ciudad grande, y pregona contra ella".
No hago caso, huyo por el mar y me tumbo en el rincón más oscuro de la nave
hasta que el Viento terco que me sigue,
vuelve a gritarme otra vez:
"¿Qué haces ahí, dormilón? ¡Levántate!"
-Yo no soy nadie:
un ciego que no sabe cantar. ¡Dejadme dormir!
Y alguien, ese Viento que busca un embudo de trasvase,
dice junto a mí, dándome con el pie:
"Aquí está; haré bocina con este hueco y viejo cono de metal;
meteré por él mi palabra y llenaré de vino nuevo la vieja cuba del mundo.
¡Levántate!"
-Yo no soy nadie. ¡Dejadme dormir!
Pero un día me arrojaron al abismo
las aguas amargas me rodearon hasta el alma,
la ova se enredó en mi cabeza,
llegué hasta las raíces de los montes,
la tierra echó sobre mí sus cerraduras para siempre...
(¿Para siempre?)
Quiero decir que he estado en el infierno...
De allí traigo ahora mi palabra
y no canto la destrucción:
apoyo mi vida sobre la cresta más alta de este símbolo:
Yo soy Jonás.
LEON FELIPE