viernes, 7 de julio de 2023

Ted Hughes y Sylvia Plath: cuando entre el silencio y la poesía está la verdad

Ted Hughes y Sylvia Plath. Foto: James Coyne / Black Star


 

 A propósito de los 25 años de la edición de Cartas de cumpleaños (Birthday Letters), de Ted Hughes.



Se están cumpliendo 25 años de uno de esos acontecimientos literarios que, cuando son tan potentes, tan intensos e involucran a algo más que la literatura, alcanzan un poder simbólico que excede la poesía. «Qué me importa a mí la poesía», dirá algún lector. En este caso, sin embargo –el que esta fecha nos está recordando– poesía y vida, historia y lírica, se entrelazan de manera tan fascinante que puede que estemos ante algo que sí importe.

El poeta Ted Hughes publicó poco antes de morir el libro Cartas de cumpleaños, que le valió una consagración mundial, pero dejó abierta la puerta para el cotilleo, dado que todos los poemas que lo integraban tenían una destinataria inconfundible, la protagonista excluyente de su historia vital.

Esa historia equivale a uno de los culebrones más frecuentados de la literatura en inglés desde los años 60 hasta la actualidad: la genial y tortuosa poeta estadounidense Sylvia Plath se casó en 1955 con el poeta inglés Ted Hughes. Aunque el matrimonio estaba conformado por dos artistas íntegros, no escapó a las exigencias mundanas, pues Sylvia se dedicó al hogar y Ted siguió escribiendo. No había, en un primer momento, discordia con el acuerdo. De hecho, a poco de casarse, el poeta obtuvo un premio por el libro El halcón en la lluvia y ella anotó en su diario íntimo: «El libro de poemas de Ted ganó el primer premio de Harper’s, ¡en cuyo jurado estaban W. H. Auden, Stephen Spender y Marianne Moore! Ni siquiera ahora, mientras lo escribo, termino de creerlo. La gentecilla miedosa lo rechaza. Los grandes poetas y valientes lo aceptan. Me enorgullece mucho que Ted sea el primero. Todas mis ideas trilladas contra el matrimonio con un escritor se han disipado con Ted: cada vez que le rechazan un poema siento el doble de pena que cuando rechazan los míos, y cada vez que lo publican me alegra más que si me publicaran… Es como si él fuera la media naranja perfecta para mí».

Poco después nacieron dos hijos del matrimonio, pero algo en el ánimo de Sylvia cambió, al caer en depresión (antes de su vida con Hughes había intentado suicidarse) y llegó el distanciamiento, la relación de Hughes con la cautivante Assia Wevill y la inevitable separación.

Paradójicamente, junto con eso la actividad literaria de Sylvia creció (sus mejores poemas y su novela La campana de cristal corresponden a esta época).

Sin embargo, en el invierno de 1963, Sylvia Plath se suicidó colocando su cabeza en el horno de su casa, y todos los ojos se volvieron hacia Hughes en busca de un culpable. Así, las voces públicas (lideradas por feministas) se alzaron contra el poeta, acusándolo de encarnar el abuso y la indiferencia machista en el mundo, cuando en realidad, todo indica que el autor de Despertar de primavera fue excluido del abismo que Plath se cavó laboriosa e irremediablemente.

Ante el escarnio, el silencio prudente de Ted había sido la única respuesta. Incluso cuando, para él, siguieron las tragedias, elevándose en dolor: en 1969, Assia Wevill también se suicidó, no sin matar con ella también a la hija que tenía en común con Hughes.

Décadas después, ese silencio de Hughes se interrumpió, al fin, con Cartas de cumpleaños, un volumen de poesía en el que se saldaban las cuentas pendientes. En esos 88 poemas, como en una elegía desencantada, Hughes recorrió la historia íntima de su vida junto a esa mujer que era como una llama siempre a punto de desatar un devastador incendio. El libro es una obra maestra, fue un éxito de ventas y le deparó premios que Hughes alcanzó a disfrutar en la agridulce antesala de su muerte.

Pero, ¿por qué esas páginas eran más que un libro de poesía? Porque Hughes decidía en Cartas de cumpleaños (hay una traducción del escritor Luis Antonio de Villena, para editorial Lumen) narrar anécdotas reveladoras de su vida matrimonial, tachonar su testimonio con anécdotas conmovedoras, ser sincero hasta el asombro. Siempre con Sylvia como centro de sus textos. Y es que Plath era a esos poemas lo que las palabras a la poesía misma, lo que la sangre al cuerpo y el ojo a la luz. Después de tanto silencio, el poeta había decidido pronunciar su verdad, de manera dolorosa y contundente.
La clave para lograrlo era, sin duda, una especie de diálogo entablado con la ausente. El poeta pareció poner delante de sí a su interlocutora y convertir cada poema en una rememoración de tiempos pasados, en una dolida reprobación o en un tristísimo lamento por las cosas que pudieron haber sido y no fueron.
El resultado fue un libro fascinante donde la poesía oficia como médium para que ese hombre que escribe bajo una lámpara pueda decir, tal vez, todo lo que debió haber dicho y tuvo que callar. Entre el silencio y la palabra, a veces, se encuentra la verdad. Sólo en ese resquicio es posible la poesía. Pero una poesía como esta: intensa, porque une los mundos a veces divididos de la literatura y la vida. Y que Ted Hughes, y por supuesto, Sylvia Plath, decidieron reunir en su propia carne.









Tres poemas de 
Cartas de cumpleaños, 
de Ted Hughes
Traducción de Luis Antonio de Villena

Becarios Fulbright

¿Dónde era, en el Strand? Una muestra
de noticias varias, con fotografías.
Por alguna razón la vi.
Había una foto tomada ese año
de los Becarios Fulbright. Recién llegados
o ya aquí. O de algunos de ellos.
¿Estabas entre ellos tú? La fui mirando,
no demasiado aprisa, divagando
sobre a quienes podría llegar a conocer.
Recuerdo ese pensamiento. No
tu cara. Sin duda escudriñé especialmente
a las chicas. Acaso me percaté de ti.
Quizás te sopesé. Sin sentimientos.
Me di cuenta de tu pelo largo, ondulado y suelto.
El tupé a lo Veronica Lake. No te escondía. Resaltaba lo rubio. Y tu sonrisita.
Tu exagerada sonrisa americana
ante las cámaras, los jueces, los amedrentados, los extraños...
Luego olvidé. Pero aún recuerdo
la foto: los becarios Fulbright.
¿Con equipaje? Seguro que no.
¿Vendrían en equipo? Fui andando 
con los pies cansados, con sol caliente y adoquines calientes. 
¿Compré el melocotón entonces? Me acuerdo de eso. 
En un puesto cerca de la Estación de Charing Cross.
Era el primer melocotón fresco que probaba. 
Me costó darme cuenta de cuán delicioso era. 
A mis veinticinco años estaba anonadado otra vez 
ante mi ignorancia de las cosas más sencillas.

*

El búho

Vi mi mundo de nuevo a través de tus ojos 
como lo volvería a ver a través de los ojos de tus hijos. 
A través de tus ojos todo era extraño. 
Los sencillos espinos eran peculiares alienígenas. 
Un misterio de sabiduría y singularidad. 
Cualquier cosa salvaje, con patas, brotaba 
en tus ojos con el signo de la exclamación 
como si hubiese aparecido entre los invitados 
a cenar en medio de la mesa. Los ansares comunes 
eran para ti artefactos con algo extraterrestre, 
su cortejo una soporífera película 
desembobinada por el río. Imposible 
comprender la comodidad de sus patas 
en el agua helada. Eras una cámara 
grabando reflejos que no podías profundizar. 
Hice mi mundo se rindiera al máximo a ti. 
Tú lo tomaste con una incrédula alegría 
como la madre cuando recibe el nuevo bebé 
de manos de la comadrona. Tu frenesí me aturdió. 
Despertó mi extática y estúpida infancia 
de quince años atrás. Mi obra maestra 
llegó aquella noche negra en la carretera de Grantchester. 
Imité el sonido delgado y ronco de un conejo 
con los nudillos mojados, al lado de un arbusto
donde un búho pardo andaba indagando. 
De repente apareció volando, sus alas extendidas 
sobre mi rostro. Me había confundido con un poste de telégrafos.

*

Ouija

Malas noticias siempre en la Ouija.
Deletreamos el alfabeto, decoramos el circo 
de tu mesa de café con letras.
Dos metas: «Sí», a un extremo. «No», al otro. 
Entonces nos inclinamos, nuestros dedos corazón 
reclinados sobre el vaso puesto del revés. La frivolidad 
haciéndose oscura para convertirse en solemne aprensión. 
Respetuosamente convocamos a un espíritu.
Fue tan fácil como pescar anguilas 
en la cálida oscuridad del verano. Apenas un minuto 
y el vaso comenzó a husmear las letras, dando vueltas pensativamente. Al fin, «Sí».
Algo había allí. Un espíritu se ofreció a ser nombrado. 
Ella elaboró su nombre con empujoncitos. Y estaba 
desesperada, deprimida, patética. Inventó 
respuestas macabras y sombrías. Cada respuesta 
era putrefacción o gusanos o sencillamente huesos. 
Quedó un peculiar sentido de culpa. Un sucio 
sentimiento de peligro, la sensación 
de que harían falta días para limpiarnos 
de la polución. Algún oculto carterista 
había hecho un corte en la seda del alma y nos la había manoseado. 
Pero lo explicamos fácilmente: alguien marginado 
de otro sueño había encontrado el camino al vaso 
y ese poder entonces se le subió a la cabeza.
                                                                      Mucho mejor
que pescásemos una clarividencia desacreditada, 
asumir que tarareamos en todas las frecuencias de la creación, 
sincronizar la Ouija a las frecuencias 
de la omnisciencia o de la profecía.
En caso de localizar al espíritu adecuado. 
Una vez más nos inclinamos
sobre el borde de las letras y gritamos hacia abajo, 
al pozo de la Ouija. Esta vez 
anunciamos los requerimientos en tonos firmes, 
y a medida que el vaso comenzó a merodear, repetimos
con claridad las cualificaciones pedidas.
De repente el vaso, en un silbante floreo, 
casi fue arrancado de debajo de nuestros dedos hacia el «Sí». 
Como si hubiésemos enganchado un pez justo en la superficie. 
Este prometió tan sólo la verdad. Para demostrarlo 
ofreció rellenar la quiniela de fútbol de esa semana 
y hacer nuestra fortuna en sólo cinco minutos.
Eligió trece empates. «No son muchos».
«Los suficientes», replicó. Y tenía razón. 
Pese a lo largo de la columna de partidos, 
sus trece empates certeramente marcados, 
el grupo entero quedaba a la deriva por un solo partido
pendiente de resultados futuros. «¿Demasiado afanoso?» «Sí». 
Pidió disculpas. Juró que se corregiría. 
Cinco días entonces de interno silencio de puntillas.
Por fin, al acecho, dispuestos a apuntar. 
Y otra vez, entonces, sacó el número entero, 
dieciocho, precisamente. Perfectamente adivinado 
si no hubiera sido rajado 
y en su deriva por dos grupos de sentido opuesto.
Dos delante, tres detrás ― cayó
a través de la red de seguridad que había preparado para sus errores. 
La fiebre del juego le está empezando a poner nervioso.
Se toma demasiado interés en algunos equipos. 
Busca ganadores y perdedores, y pierde 
la solidaridad natural con la verdad.
Hay una lección en ello, pensé, observando 
semana tras semana, su colapso con el azar 
malbaratando esperanzas y fantasía, humano y ansioso. 
Prefirió hablar de poesía. Hizo poemas.
Deletreó uno:
                      «No tendrá nombre.
La miríada de hijas
ocupándose de su imagen
lavando con lágrimas las laderas de la montaña 
para satisfacer la sed de las resecas llanuras».
                                               «¿Le parece un buen poema?»
pregunté. «Este poema», declaró,
«es un gran poema.» Su poeta preferido 
era Shakespeare. Y su poema favorito El Rey Lear.
¿Y su verso favorito de El Rey Lear? ―«Nunca
nunca nunca nunca»― pero 
no pudo recordar lo que venía después.
Nosotros lo recordamos, él no lo pudo recordar.
Cuando le presionamos, dio vueltas, confuso, entonces: 
«¿Por qué me aturden siempre así?
Me cortaría el brazo a hachazos como una rama podrida 
si me hubieran traicionado como mi memoria».
¿Dónde lo encontró? ¿O lo inventó acaso? 
Era una broma rara. Le gustaban las bromas. 
Pero normalmente era serio. Una vez, inclinados ambos, pregunté:
«¿Seremos famosos?», y tú apartaste la mano hacia arriba 
como si alguien la hubiese agarrado desde abajo. 
Destellaron tus lágrimas, tu cara estaba conturbada. 
Tu voz se hendió, trueno y relámpagos juntos: 
«¿Entregaros a la publicidad? ¿Es eso lo
que queréis? ¿Por qué queréis ser famosos? 
No lo veis ― la fama lo arruinará todo». 
Me quedé atónito. Pensé que me había unido 
a tu asociación de la ambición para complacerte a ti y a tu madre, 
para cumplir la ambición de tu madre 
de que fuéramos ambiciosos. De otro modo 
estaría en el oeste de Australia 
pescando desde una roca. Así pareció de repente. Y lloraste.
Te negaste a seguir con la Ouija. Nada 
de lo que pude pensar explicaría 
tu extrañeza y tu llanto. Quizás, 
tan sólo, que tú habías captado un susurro que yo no alcancé, 
antes de que vuestro vaso se moviera, alguna quieta vocecita: 
«Vendrá la Fama. Especialmente para ti la Fama.
La Fama no puede evitarse. Y cuando llegue 
la habrás pagado con tu felicidad, con tu marido y con tu propia vida».

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