miércoles, 11 de septiembre de 2013

La historia de un poema de Fabián Soberón


Cómo escribí las «vidas breves»

 

(Especial para El Desaguadero)


  
Siempre me impacta lo que opina alguien desde afuera. Nadie conoce el proceso de escritura de mis poemas o de mis relatos hasta que tengo la oportunidad, como ahora, de hablar de ese proceso.

Una de mis estrategias al escribir los poemas (o relatos, según cómo se los lea) incluidos en Vidas breves fue trabajar con el registro del presente histórico. Todas las vidas breves están escritas en presente. Bien: ese artificio (estoy refiriéndome a hechos del pasado y debería usar un tiempo pasado) se llama «presente histórico». El presente histórico da una sensación curiosa y compleja: remite al pasado pero con la ilusión de que está más cerca. También produce la sensación de que ocurre ahora, o mejor, de que está ocurriendo. Además, en las Vidas breves, tomo momentos que me parecen cruciales. Tomo momentos de la vida de las personas que fueron definitorias. Es decir: narro momentos que –siguiendo a Borges– le ayudan a definirse, a saber quiénes son. En ese sentido, trabajo con la cuestión de la identidad. Ese momento crucial –o que yo creo que es crucial– es fundamental porque de alguna forma le ayuda a definir su identidad, su yo.

Creo que estos recursos (uso del presente histórico y referencia a momentos cruciales ligados con la identidad) se potencian cuando están trabajados desde la idea de escena. Es decir, yo ubico y redefino narrativamente ese momento crucial a través de la idea de escena. Y entonces, los momentos se ubican en un espacio y en un tiempo definidos, casi como en el teatro o en el cine. Por eso, creo, muchas personas me dicen que las vidas breves les brindan imágenes cinematográficas. El poema o el relato están estructurados desde la idea de escena y adquiere, creo, la potencia narrativa del cine.

Algunos poemas del libro, están redactados bajo la idea prodigiosa (para mí) del poema conjetural. Esta idea fue promulgada por Kipling en lengua inglesa y fue Borges el que la difundió en nuestra lengua española. Los poemas redactados en primera persona promueven una persona falsa, una ficción. La primera persona desde la que se construye el poema es una pura ficción, una conjetura, ya que ahí habla o piensa alguien que no soy yo. Es el yo de alguien que ha dejado de existir. Ese yo lírico es una ficción, una creación decidida. De modo que en estos poemas se cruzan el uso del presente histórico, la apropiación de la idea de escena y la ficción del yo conjetural.

Debo decir, también, que los comentarios de los lectores me ayudan a pensar mis poemas y cuentos y me alientan a seguir escribiendo. Para ser escritor hay que escribir mucho y leer mucho. Pero también, y sobre todo, hay que conseguir un lector, alguien que tenga oficio de lector. El oficio de lector es simétrico al oficio de escritor. No se puede escribir sin escuchar las opiniones de un lector. Un crítico no es otra cosa que un lector entrenado, alguien que lee con placer e inteligencia. Un crítico es un lector más civil, como dice Borges. En ese sentido, no se puede escribir sin la ayuda atenta de un crítico. Y si no, piensen qué hubiera sido Kafka sin su amigo y lector Max Brod.

Por qué escribo

La escritura es inseparable de la lectura. Escribo mientras leo y cuanto leo lo escudriño para reescribirlo.

Alguna vez tuve una moto y corrí como un loco y sentí el abrazo desangelado del viento zumbando en mis oídos. Escalé el glaciar Perito Moreno, navegué por las olas turquesas del sur; deambulé, fascinado, por la cárcel de Ushuaia contemplando los patios vacíos de los maniáticos y de los asesinos. Todo, o casi todo, lo hice para después escribirlo. 

La escritura es una de las razones que le da sentido a mi vida. Por eso creo que la escritura no es poca cosa. Y la vida tampoco. Anotó Abelardo Castillo en un ensayo: «Roberto Arlt escribió para aprender a vivir feliz». Yo vivo para aprender a escribir.

Hace 22 años, dicté, en voz alta, mis primeros textos en un cuarto húmedo de un pueblo de Tucumán. Mi querida tía Amalia, devota de Edgar Poe y de la conversación voluntariosa y amable, anotaba mis oraciones en una máquina de escribir Olivetti. Eran los guiones para un programa de radio. Todavía escucho el repiqueteo metálico de las teclas y las gruesas gotas de lluvia en el techo de zinc. Las ideas copiadas en el papel se convertían en la voz grave del locutor y después se perdían en el aire infinito. Nadie recuerda hoy esos programas de radio. Las ondas se esfumaron en el vacío como los cuerpos se pudren, irreversiblemente, bajo la tierra. A veces pienso que lo que escribo está destinado, como las diáfanas ondas radiofónicas y como casi todo, a perderse en el océano arrollador del olvido.

El filósofo Emil Cioran no deseaba la inmortalidad sino haber vivido en el pasado romano. Yo anhelo que al menos una línea de mis cuentos y novelas no sea olvidada del todo. Mi escritura es, de alguna forma, una lucha empecinada y vana contra el olvido.

***

Schopenhauer

Pudo oír

en las difíciles sombras
de los días
la voluntad del mundo:
la música.
Tal vez
sólo escribió lo que vio.
Después de las cenizas
repite su doctrina:
la materia del tiempo
sobrevive.
El frágil
anciano de Alemania
ha dejado rodar
sus melodías
entre los hombres.
Suficiente.

(Extraído de Vidas breves. Buenos Aires, Ediciones Simurg, 2007)

 

2 comentarios:

eldes a.p. dijo...

Muy bueno lo tuyo. Deseo que son el tiempo escribas para estar vivo. Con cariño. Elides

Fabián Soberón dijo...

Hola Elides. Muchas gracias por leer y gracias por el comentario. Un saludo cordial. Fabián