martes, 17 de julio de 2012

Aquel poeta que ardió en la plaza

Víctor Hugo Cúneo, según un dibujo de Carlos Alonso.


por Fernando G. Toledo 


El hombre pone el pie en la plaza Independencia como quien sube a un altar. Es el monje que va a celebrar el rito, el dios al que está dedicado y la víctima a sacrificar: se ve en sus ojos.

Este hombre llegó hace años desde San Juan pero se mezcló entre los mendocinos y no como uno más.
Era delgado y desprolijo, de bigotes que crecían por descuido y andaba de aquí para allá con papeles, libros y frases provocadoras, destinadas, incluso, a sus amigos. Era poeta y librero, y (como ha contado uno de sus evocadores, el periodista Rodolfo Braceli) tosía mucho porque «padeció la tuberculosis por años hasta que un día la tuberculosis se cansó de él».

Al hombre de la plaza Independencia, parece, no lo distrae el día. Hay sol, pero ese calor es poco para una mirada que ya no titubea.

Víctor Hugo Cúneo, que así se llamaba y había nacido en 1925, quiso en Mendoza vivir, en todo sentido, de las palabras. Las puso a andar pero también pensó que podían darle de comer. Por eso vendía libros usados. Tuvo un puesto en la calle Las Heras a la altura del 400 y luego lo llevó a otro lugar, que a la postre sería emblemático: la avenida San Martín, frente al edificio de Turismo. Cúneo instaló su puesto allí, pero se lo quemaron. ¿Por qué? Quién sabe: por vandalismo, por rencillas, por el puro gusto de ver el humo del papel correr por las calles. Cúneo volvió a levantar su modesta librería. Pero volvieron a quemarla. Ese puesto aún pervive y fue quemado más de una vez. Es la historia del fuego.

El hombre de la plaza lleva un traje raído y un bote de querosén en las manos. Camina tranquilo, «como un faquir», como dirá el cuidacoches que lo ve pasar, igual a una alucinación.

Cúneo puso palabras en papeles que llenaba largamente en los cafés, aunque su obra fue breve: publicó sólo un libro, El nacimiento del ciudadano, que le editó el gran Gildo D’Accurzio hace justamente 60 años y en el que mira a la ciudad (Mendoza) como un extraño ser que no acaba de formarse. Por eso ese libro también es una mezcla sin fronteras entre la prosa y el verso, entre la traza mitológica, el retrato sociológico y la mirada existencial. Publicó también, Cúneo, dos plaquetas: una, La campana, dedicada a su entrañable amigo Fernando Lorenzo; la otra, Poema a Vincent van Gogh, dedicada a un artista demasiado afín: «Yo sé como él / que a veces enloquecen los astros, / enloquece el sol / y conducen a los hombres creyentes / a espantosas soledades».

El hombre ha llegado a la plaza después de un extraño diálogo con la dueña de la pensión donde pasa sus días, un diálogo que los diarios de la época reproducirán. Ha pedido solvente para limpiar su traje. ¿Habla sólo de «limpiar»? ¿Habla sólo de su chaqueta y su pantalón?

Cúneo rehízo su puesto de libros hasta donde pudo soportar el derrumbe del fuego. Escribió hasta el último suspiro (dictó un poema en su lecho agónico) y, como dijo de él su discípulo Carlos Levy: «Fue como aquellos que convocaron la muerte llevando como única compañera de viaje la dignidad de los héroes».

Es el domingo 19 de octubre de 1969 y el hombre mira una ciudad última. Parece estar, ahora, pidiéndole a ella eso que una vez escribió: «Muéstrame tus plazas como se contempla un lago / y ábreme ventanas como se suelta un pájaro». El hombre, el poeta Cúneo, se vuelca el querosén sobre el cuerpo y enciende su propio fuego.


Poemas de Víctor Hugo Cúneo



La sed

Sueña enjaular una cascada,
rondar sus peces de frescura
y sus ráfagas aguadas.
Fogata del deseo, llegará el agua
jeroglífica, relámpago del aire.
Familia de tranquilidad,
cántaro, pájaro aljibe
en mis labios de delirio.

Pendiente, acequia de los cantos,
recodo de la voz; por mi boca,
panorámica de silbos y canciones,
se empoza el agua en mis ansias.
El placer se despeña del vaso.
El agua es el arribo, la mano
de frescura en mi bolsillo de sed.
Algas de dicha, flora
de mis arenales de delirio,
yo canto, oh agua de imágenes.


Canción a la ciudad

Los vuelos de la primavera llegaban año a año a la montaña
y asentaban en el valle los panes que traían del sol
y las tierras lejanas mostraban su rostro de otoño
porque la habían visto partir tras el pájaro de albas
que volvía a cantar su viejo canto de trigales.
Mi padre cultivaba las orillas del río y los nidales
y cuidaba las palomas que sostenían nuestra sangre.
Entre muchas otras cosas del amor del sol y la tierra
recuerdo la capa espumosa del bosque y yo ya no sé…


Canción al mundo

Tú eres el que existe, el que lleva el viento adentro.
Te contemplo desde un hombre.
Todo mi cuerpo es un ojo abierto hacia ti.
Te vuelan pájaros de tu ser, ríos de ti mismo,
te tocas con muchachos, te recorres con viajeros,
te miro cruzar los puentes vestido de peregrino
y desembocar niños de las madres de ti.
Familias de tu amor se hacen de tu cuerpo de montaña una casa.

Para mi querer levantar los techos
cuéntame tus vidas como se escucha un río,
muéstrame tus plazas como se contempla un lago
y ábreme ventanas como se suelta un pájaro.

 (de El nacimiento del ciudadano)


Poema a Vincent van Gogh

Os traeré el recuerdo de Van Gogh.
Sabed que quiso ser como los campesinos agachados
como circunferencias estremecidas por los trigales,
con su paleta de girasol,
león de las flores,
como un sombrero caído del sol
con antorchas de piel
y fogatas de estampas espesas
entre pinceles despeinándose
las pequeñas melenas
en colores cuajados.

Van Gogh,
una gota de sol en los pinceles,
girasol del amarillo,
infancia del sol,
la paloma de las lámparas
que amamos en las cosas,
despegándola con los ojos.

Yo sé como él
que a veces enloquecen los astros,
enloquece el sol
y conduce a los hombres creyentes
a espantosas soledades
donde sólo hay un girasol amaneciendo
como un baño de alazanes.

Nombre espeso,
de óleo.
Un nombre que gotea
como cuajada de trigales.

Anduvo por la ternura del mundo
una muchacha llamada Provenza
y fue como la bondad del mundo.
Tal vez buscando a Dios
y lo encontró en el sol,
cuando se derrumbaron los misales de la infancia
con un ruido feudal,
porque Dios no podía ser otra cosa que lámpara,
después de una ciudad con apellido de monasterio,
Amsterdam:
espigas de imprenta
con granos de campanas
para misales escritos gota a gota
entre las flechas de la lámpara
con pájaros de cuchillos
y lanzas idiomáticas
con golondrinas
como alabrados de tinta.

Y ahora sus cuadros iluminan.
Amaneceres.
Cuadros de sol.
En esas ventanas sin casas,
ventanas viajeras
que llegan con amaneceres pegados
a las galerías de ciudades ahumadas
donde hay que vivir,
vivir espesamente
como si el mundo fuera un gran caldo,
la sopa de la humanidad
con la capital del amor,
la ciudad del hombre,
donde hay que empaparse de jugos
que tienen gusto a mujer de la vida,
a campesino de Provenza,
como una muchacha rubia
con cielos azules en los ojos.



La luna 
(último poema)

Yo y la poesía
Ramponi y el drama religioso

Es inútil primavera que golpees la luna,
deja ya el monje maduro
en el convento del páramo,
por el deshielo de plumas y pieles de las migraciones.

Nadie cruzará esta frontera de truenos afelpados.
¿Qué estarás cantando eremita de las piedras
y de las ciudades náufragas,
para decir amor, amor,
con los buques rosados
en el duraznero femenino?


1 comentarios:

Hernán Schillagi dijo...

Fernando: muy buena tu semblanza ensayística. Me acuerdo cuando empecé a conocer la obra poética de Cúneo llevado un poco por ese halo "maldito", ese final tan trágico como épico. Saqué su primer libro de la biblioteca de FyL y ¡oh! estaba firmado por el propio Víctor Hugo Cúneo. Una letra hermosa que decía algo habla de la dignidad humana. Me impresionó tanto esa dedicatoria que hasta escribí un poemita en prosa (quizá uno de los primeros decentes que redacté).

Al mismo tiempo estaba leyendo a Fernando Lorenzo que me había deslumbrado con su "Segundo diluvio" y ya estaba de cabeza con los poetas mendocinos actuales. Por eso cuando me encontré el poema "Bonzos" en "Museo flúo" de Rubén Valle, todo comenzó a crear afinidades y secretas corrientes.

De su producción, obviamente, me quedo con su libro póstumo "Poemas", sin embargo "El nacimiento del ciudadano" creo que influyó a muchos (Levy el primero) en animarnos a tomar el ambiente urbano en estos lares.