Por Paula Jiménez
(Especial para El Desaguadero)
Una
mañana tenía que ir al CGP barrial (Centro de Gestión y Participación Comunal) de la zona de Villa Crespo, donde viví
algunos años, y para eso crucé a pie el Parque Centenario. Fue a los pocos días
de haberme separado. Estaba hecha una piltrafa, lloraba mientras caminaba, un
desastre. Cuando pasé frente al monumento a la bandera, tomé conciencia de algo
que había estado observando en el camino mientras me caían las lágrimas: la
primavera. Su llegada traía hojas nuevamente a las ramas peladas del invierno.
Volvía a haber verde y el ciclo arrancaba otra vez. Algo que había leído de mil
maneras, visto en películas, en pinturas, en fotografías, vivido constantemente
durante treintipico de años, pero que, sin embargo, era la primera vez que sentía
como una experiencia directa. Fue una especie de epifanía ese pensamiento, una
revelación a partir de la cual algo comenzó a sanar. Y tuve de pronto la
necesidad imperiosa de hacer algo con eso que ahora sabía. Llevaba un cuaderno
y una lapicera, me senté en los escaloncitos del monumento y el poema empezó a
hacerse, a hacerse solo. Desde mi corazón, pero solo. Cuando terminé de
escribirlo sentí un alivio y una urgencia de seguir con nuevos versos; tuve, de
pronto, la certeza de haber encontrado una vía por la cual expiar mi
sufrimiento, transformar esa suerte de autorreproche rumiante que no me dejaba
comer, dormir, vivir, en otra cosa. Qué suerte tenemos los poetas, pensé
entonces y también lo pienso ahora, poder recurrir a ese pase mágico de la
tinta que convierte el veneno en medicina, en belleza la amargura.
Unos días después me cité con una
amiga en un café y le mostré lo que había escrito. Puse sobre la mesa el
original que acababa de imprimir en un cyber de Palermo, a interlineado simple,
recuerdo, con letras Times New Roman, oscurísimas. Ella lo leyó y se mostró conmovida.
«Es muy hermoso», me dijo. Y como yo valoraba mucho su criterio, comenzó para mí
una segunda parte del asunto: tomar confianza en que esas palabras eran
realmente un poema. Y así me apareció, sorpresivamente, la preocupación por el
logro formal que hasta el momento había quedado en segundo plano. Ahora, había
que destronar a la emoción, esa reina, y someterla al trabajo de la obrera.
Había que corregir, identificar un espíritu, un lenguaje, una cadencia, la
música. Con eso que fui encontrando escribí un segundo poema y después un
tercero y todos los que vinieron después, pero ninguno fue tan honesto y
profundo como el primero. Este fue el modo en que nació mi libro Espacios
naturales.
Al tiempo de aquel episodio del
monumento, una amiga me aconsejó que me separara más seguido para que me
salieran más poemas. Pero no sé si me convence la ecuación dolor-poesía. Creo
que no, aunque sí adhiero a algo: para entrar completamente en la escritura de
un poema, una emoción tiene que guiarme y si no, no pasa demasiado. No pasa
demasiado si la resistencia o el control no me dejan caer en los versos totalmente.
Hay una diferencia enorme entre esos poemas que surgen de modo inevitable y los
otros, los que asocio al exagrama 22 del I Ching, que habla de cierta actitud «agraciada»
y superficial, a veces útil para transitar, pero que no toca el fondo de las cosas.
Algo muy lejano a la satisfacción que se experimenta al escribir unos versos
que, al menos por un instante, consiguen hacernos vaciar el corazón de sus
cargas.
Por último, quisiera agregar algo:
que el tópico de esta serie de poemas se concentrara en los detalles de la
naturaleza, en los árboles y las hojas de aquella primavera incipiente, y no en
mí, fue un verdadero descanso. Disolverme en la mirada, olvidarme de mis
asuntos, al menos por un rato. Y repetiré lo que ya dije, porque escribir es
una bendición que no me canso de agradecer: qué suerte tenemos los poetas, dios
mío. Qué suerte.
Espacios naturales
Para olvidarme
de ti
Voy a cultivar
la tierra
Violeta Parra
El fuego enlaza la ramita y desenlaza
el halo que se va, su cola tornasol al disiparse
o baja y prende en lo cercano.
Todo sigue su ritmo natural,
enlace y desenlace llegan juntos,
se van al mismo tiempo.
El fuego como el ojo
del huracán, observo,
es un centro que repta, se desplaza
y en su camino alumbra
lo que quema.
Crepita la madera murmurando
su queja y no obstante
acepta este momento, se despide.
Me dijo volveré, seré cenizas.
Vuela, se mete en la nariz
de mi gato que estornuda,
él sacude su trompa y en las ramas
los pájaros escuchan la advertencia,
revoloteo de plumas en huida
o escondite en el barro
de sus nidos.
Todo sigue su ritmo natural
la mezcla del azar, la biología
y una pequeña parte de intención
que no sirvió de nada.
El polvo dice es tan fácil caer.
Y todas las partículas son una
hablan al mismo tiempo
como un coro de grillos
que en la noche imitan el silencio.
No tengas miedo, dice, no hay temor
alguno en el
amor por
eso el fuego
bendice lo que quema, la lluvia lo que inunda.
Y todo sigue su ritmo natural.
No hay historia ni hay hechos,
oxígeno convertido en fuego
materia en aire puro
permanente desenlace y salvo
los sauces inclinados sobre el río,
nada llora.
Paula Jiménez, en Espacios Naturales (Bajo la luna, 2009)
4 comentarios:
Hermoso poema Paula! Compraré el libro cuando llegue a la librería donde trabajo. Abrazos desde Córdoba.
Coincido, mariela. Y sí, decile a Rubén que traiga el libro, yo también lo quiero
Gracias a los que han comentado aquí y a los que han dejado su apreciación también en facebook.
Muy interesante y emotiva la historia del poema (y un poco del libro) "Espacios naturales". Interesante el modo en que algunos poemas operan en el que escribe. Por suerte, impulsos como este suelen ser escasos, pero sinceros. Mucho más cuando el poeta luego trabaja sobre ese material noble que, por más que sea tallado y modificado, nunca perderá su pureza.
Impactante el final del poema que me regodeo en copypastear:
"No hay historia ni hay hechos,
oxígeno convertido en fuego
materia en aire puro
permanente desenlace y salvo
los sauces inclinados sobre el río,
nada llora."
La imagen tan vistada del sauce llorón se resignifica con cierta frialdad de vocabulario (historia-oxígeno-materia), pero es la frialdad de los bisturíes que cala hondo y con certeza.
Gracias, nuevamente a Paula.
Cómo me gustó eso de: “aunque sí adhiero a algo: para entrar completamente en la escritura de un poema, una emoción tiene que guiarme y si no, no pasa demasiado. No pasa demasiado si la resistencia o el control no me dejan caer en los versos totalmente”. Es hermosa esa idea de caer, de dejarse llevar. Y es hermosa, creo, porque tiene que ver con la intensidad. Luego, como dice Jiménez, hay que trabajar. Concentrarse. Luego. Pero mientras tanto... A mí me gusta la palabra arrebato. Me gusta imaginar que la poesía es una suerte de ladrona o secuestradora que nos arrebata, nos roba de nosotros mismos y de nuestras pobres vidas y, por un rato, nos lleva con ella.
La verdad esta es mi sección favorita de la revista.
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