viernes, 9 de abril de 2021

Ritos y ofrendas


 
Flores a mis muertos, de Paula Novoa. Cave Librum Editorial, Buenos Aires, 2021, 54 pág.

 

Por Carlos Battilana

 

Los poemas de Paula Novoa se preguntan por la existencia de los muertos. Parece extraño este interrogante que sobrevuela el libro. Pero sí. ¿Cómo es que alguien con el que se ha tenido tanta intimidad, con el que se ha compartido intensamente una experiencia afectiva, de repente ya no está y, sin embargo, aún exista? Los poemas de Novoa responden que esos seres a quienes hemos acariciado, sentido y amado, con quienes hemos dialogado y nos hemos reído, siguen viviendo a la manera de la memoria proustiana. No es que estos poemas apelen a una visión sobrenatural ni tampoco a ninguna teoría de la trascendencia religiosa. Las acciones cotidianas -mínimas, microscópicas- se convierten en signos imperecederos que conectan la ausencia del ser amado con el presente, como si lo vivido se prolongara en el hecho mínimo de oler una fruta, de regar una planta o simplemente de cuidar unos gajos en una lata de duraznos. En su fragilidad, el universo botánico es un modo de convocar las formas efímeras del pasado: “Tomé un fruto, / padre, / lo acerqué a mi boca / y tu memoria se acuñó / en mi memoria”.

Uno de los poemas de Flores a mis muertos narra el instante previo a la expiración. El texto está dedicado a un amigo al que se ha querido mucho y refiere un ritual que la poeta denomina «la ceremonia de la muerte». No se trata de ninguna liturgia sobrecogedora ni de una congoja explícita. Los dos amigos sostienen los momentos finales hablando de cualquier cosa, estando en silencio, mirándose y compartiendo un cigarrillo. El silencio abrasa cada segundo como si fueran horas doradas. Esos hechos exiguos son los únicos posibles y se experimentan no como una tragedia sino como un don arrojado a la pequeña posteridad. Sin palabras grandilocuentes, sin pretender siquiera descifrar el secreto mejor guardado, sin decir necedades acerca de lo impensable, los amigos aguardan juntos el fin. Ese tiempo compartido postula la única certeza, la de que se intentó -como se pudo- honrar las horas de cada día.

Ya que la poeta no suele llevar «flores» a sus difuntos, nos preguntamos por la inclusión de ese vocablo en el título del libro. Las flores, transfiguradas en pequeñas miniaturas textuales, son un regalo para todos aquellos a quienes se evoca. Hay una analogía entre las flores y los poemas, como si escribirlos fuera un ramito depositado en la tumba del muerto. Y también hay otra analogía entre los seres extintos y la experiencia del amor trunco («la medida del amor»). La poeta -que narra una infancia tenazmente silenciosa- no gritó ni gritará su dolor hacia afuera. Aun así trata de meditar cada domingo, luego del trajín semanal, acerca del origen y la naturaleza del tormento. Las ausencias se agrandan pero se constata, como pequeñas materias del mundo -plantitas, racimos, tierra mojada- que lo bello fue posible, y quizás aún, en su súbita suspensión, pueda suceder otra vez: «Dormía la siesta / y vos leías en el comedor, / la puerta estaba entreabierta por el humo. // Me avisaste que nevaba, / nos quedamos en silencio / y por un rato olvidamos / el daño que nos habíamos hecho / la noche anterior».

Los poemas de Paula Novoa son breves; sus versos se escriben en un muro de piedra con un estilete y buscan decir lo necesario, reservándose a la manera de los icebergs una parte que debemos completar. Dos tipos de poemas componen este libro: por un lado, los poemas literales, que cuentan los hechos acontecidos con delicada precisión; por otro, los poemas que interrogan al misterio y se exponen a la incertidumbre. Este bello libro de Paula Novoa nos convence de que la poesía es una manera de situarse en el mundo. Y también nos persuade de que el cuerpo, en su caso, más que durar un periodo biológico determinado, prefiere verse afectado amorosamente por los días. De ese modo, vivir empieza a tener sentido.

 

***

 

 

Tres poemas de 

Flores a mis muertos,

de Paula Novoa

 

Flores a mis muertos


Aunque no lleve flores a mis muertos,
intento recordar sus voces,
la textura de sus pieles,
busco los olores
que dejaron en mis cosas.

Olvidé en dónde están sus huesos,
qué parte de mí tocó sus carnes.

No sé quiénes habitan hoy sus casas.

Aunque no lleve flores a mis muertos,
hago rituales cotidianos,
como brotar gajos
en una lata de duraznos
y esperar.

*

Un fruto como la magdalena


Tomé un fruto, padre,
lo acerqué a mi boca
y tu memoria se acuñó
en mi memoria.

Tomé un fruto,
padre,
y su dulzor
me llevó a tu infancia.

Ahí,
en tu casa,
me senté a la mesa junto a tus hermanos,
probé el alimento de tu madre muerta,
y volví para ser tu hija.

*

Cementerio de animales


Debajo del nogal está
el cementerio de animales.  

Dos niñas construyen
lápidas y coronas.

En un banquito
frente a las tumbas
rezan.

Ahí, aprenden
que la materia perece
y rezan.

Con las manitos juntas
y los ojos cerrados
rezan.

¿Esto es la muerte?
preguntan.

Sí, la muerte:
decenas de pequeñas tumbas al pie del nogal
y una plegaria.

miércoles, 24 de marzo de 2021

La cesta de las llagas

Flores para no regar, Valeria Pariso. Ediciones AqL, Buenos Aires, 2021, 62 págs.

 

por Diego Roel

Dueña de un lenguaje diáfano, alusivo, reticente, Valeria Pariso se expresa con mesura y delicadeza. Sabe que un gesto levísimo puede demoler un jardín. Armada de una ardiente lucidez, emprende la alabanza de lo pequeño y de lo grande. Para ella el mundo y las cosas del mundo son un espejo. Todo puede ser amparado dentro del espacio del poema: la angustia, la tristeza, el amor, el miedo, la furia.

En Flores para no regar el enunciado poético va tejiendo, como si se tratara de la delicada trama del ñandutí, un andamiaje que sostiene los vestigios del cuerpo, la belleza de lo que resiste.

Si no fuera tanta la belleza,
teniendo que cruzar el río
yo me hubiese quitado
el tapado de lana
para ser la perra muerta de esa noche.

Pero la belleza es amable y tenebrosa.

Al leer el conjunto de la obra de Pariso advertimos la consolidación de un estilo límpido y preciso, de gran concisión. Sus poemas, como acertadamente señalara Dolores Etchecopar, ofrecen el destello de una presencia, el prodigio de un instante. Pero no nos engañemos, detrás de una aparente atmósfera de simplicidad, debajo de la rigurosa transparencia de los textos, se esconde una inagotable capacidad reflexiva. Así, en Flores para no regar, cierta austeridad en la expresión no impide el desborde de imágenes de inusitada belleza.

Igual que un ciervo que come geranios
bajo el cielo azul del mediodía.
          ……….

Podrías poner ahí tu corazón,
dormirlo como un pájaro en un nido blanco.
          ……….

Cada latido mueve el aire.
         
……….

Árbol del misterio, no voy a devolverte las camelias blancas.
          ……….

Mi pureza salvaje se cubrirá de nieve.
          ……….

La memoria es una hélice adentro del viento.

La ceremonia del té es una de las manifestaciones más originales del arte japonés. Su mención en Flores para no regar no es azarosa. Corresponde al simbolismo ascensional del árbol. La alusión a este ritual le permite a la poeta introducirnos en un arduo y paciente aprendizaje: el de la intermitente emergencia de la luz en la memoria. No olvidemos que el té era considerado en Japón un antídoto contra los venenos, un remedio para permanecer en estado de alerta. Y hacia eso apuntan los poemas de este libro, hacia una cura profunda, hacia el rescate, mediante un proceso de anamnesis, de todo aquello que vive en el fondo.

¿El té?
Compré poco.
Cuando me di cuenta
volví por más.
Junté nieve,
la nieve derretida es agua perfecta para el té.
Respiré araucarias,
respiré sus hojas verdes de 150 millones de años,
las oí cantar adentro de las piedras.

La noción  china y japonesa, que Jorge Luis Borges nos recuerda refiriéndose a la obra de Henri Michaux, de que los ideogramas de un poema no se componen sólo para el oído sino también para la vista, parece haber imbuido la escritura de este libro. En Flores para no regar no hay un solo verso que no haya sido vigilado y limado, trabajado con tenacidad, con el cuidado amoroso de un calígrafo.

Cierta vez le preguntaron a la poeta griega Kikí Dimulá: «¿Cómo se escribe un poema? –De tantas formas como poetas existen en este mundo. ¿Cómo se escribe un buen poema?  –Con trabajo duro y hemorragias internas. Con una desconfianza alerta del poeta frente a lo que está escribiendo. Con generosa autocrítica. Rompiendo».

Valeria Pariso escribió Flores para no regar aplicando al pie de la letra la preceptiva poética de Dimulá.

Si en cada cicatriz me apoyaran
un tallo
con su flor silvestre,
manzanillas, verbenas,
malvas,
dientes de león,
tréboles blancos,
nadie vería la belleza
de este cuerpo roto
que resiste.

Como dijimos anteriormente, estamos ante una poética sutil que sabiamente aúna sobriedad expresiva y capacidad de reflexión.

Yo tuve que cruzar
de lado a lado el río
como se cruza un límite, un diagnóstico.

Sí, es la percepción de la belleza la que rompe el muro de la opacidad de lo real.

Ah, si no fuera tanta la belleza
ya me habría cansado de juntar
las gasas estériles del miedo,
habría perdido el paso, el hambre.

La poeta conoce la naturaleza inasible y aviesa de la palabra, sabe que el lenguaje usual, como afirmaba Alberto Girri, adolece de precario en todas sus circunstancias. Por eso huye del fantasma de la repetición. Por eso le ruega al viento de los desesperados, al lobo de la madrugada. Pronuncia la sombra del canto.  


Colofón

Podemos leer Flores para no regar como un único poema dividido en cuarenta partes. La elección de esta cifra no es casual, esconde una pequeña clave. En japonés la palabra que se usa para el cuatro () se pronuncia de la misma manera que la palabra muerte (). En la tradición judía el número cuarenta indica cambio o transición, renovación, pasaje, nuevo comienzo. El baño ritual (mikvé) debe llenarse, según el Talmud, con cuarenta seas (medidas) de agua. De cuarenta proviene el vocablo cuarentena, práctica utilizada en la antigüedad para evitar que se extienda una enfermedad o una plaga. En el calendario cristiano la cuaresma designa los cuarenta días de purificación antes de la celebración de la Pascua.

Los cuarenta poemas de este libro invitan al lector a una experiencia contemplativa. Con una lengua tersa, dúctil, austera, celebran la aparición de la luz en la memoria.

Cuarenta poemas breves, incisivos, radiantes. Cuarenta poemas para escandir en voz alta.

 

 


Tres poemas de
Flores para no regar
de Valeria Pariso


4

Del amor recuerdo su belleza
y el peligro de extinción,
igual que un ciervo que come geranios
bajo el cielo azul del mediodía.

 

*

8

Fue inútil el tapado, el alumbrado público encendido,
el agua del río Brenta bajo el puente.

Cuando me tocó pasar
todo era
una sola oscuridad cerrada.

Yo tuve que cruzar
de lado a lado el río
como se cruza un límite, un diagnóstico.

Ah, si no fuera tanta la belleza
ya me habría cansado de juntar
las gasas estériles del miedo,
habría perdido el paso, el hambre.

Si no fuera tanta la belleza,
teniendo que cruzar el río
yo me hubiese quitado
el tapado de lana
para ser la perra muerta de esa noche.

Pero la belleza es amable y tenebrosa.

Nos ve el hambre.
Nos prepara el arroz blanco de la niebla.


*

10

 

Haz un pozo en la nieve.
Con la punta del zapato, haz un pozo en la nieve.
Hunde con fuerza el pie.
Siente la forma en que la nieve
cede
frente al peso firme de tu cuerpo.
Quita el zapato del pozo.
Sacúdete la nieve del pantalón frío.
Mira el pozo.
Mira la nieve que rodea el pozo.
Mira el pozo.
Algo de pasto vive en el fondo.
Mira el pozo.
Podrías poner ahí tu corazón,
dormirlo como un pájaro en un nido blanco.
Dormir tu corazón en un nido blanco,
sobre todo el invierno.
Mira el pozo.
Mira toda la nieve que lo rodea.
Mira la nieve que rodea el pasto 
que vive en el fondo del pozo.
Tu coraje se parece al pasto
y eso es bueno.
Tu ilusión se parece al pasto
y eso es alentador.
Tu corazón se parece al pasto.
¿Qué hace tu corazón verde 
en un nido blanco?

 




Cuatro poemas de Y el mundo está ahí, de Rafael Felipe Oteriño



Libros del Zorzal publicó en la Colección El Aura Y el mundo está ahí, del reconocido poeta y ensayista nacido en La Plata, Rafael Felipe Oteriño. De larga trayectoria, miembro de número de la Academia Argentina de Letras y con una obra que lo instala entre los autores ineludibles del mapa poético de nuestro país. Reflexivo, certero, íntimo, observador; el poemario de 2019 se divide en cuatro partes: «Más de un amanecer», «Citas no concertadas», «Para una biografía» y «Postales». El propio autor en el prólogo (se) define: «Este no es un libro confesional, aunque contiene algunas confesiones. Fue motivado por atisbos y visiones más que por certidumbres. Lecturas, una palabra retenida al azar, el devenir de un hecho, algún recuerdo que se negaba a desaparecer, operaron como desencadenantes del verso...».

 


Cuatro poemas de 
Y el mundo está ahí
de Rafael Felipe Oteriño

 
La palabra que huye

 
Sólo la palabra que huye es la verdadera,
la que se levanta de la mesa,
la que rompe las filas,
la que corre calle abajo y no se detiene.

Alucinada por el cruce de caminos,
vías férreas, trenes subterráneos,
en el límite de su significado,
como una barca a punto de estallar.

De carbón, de hojalata,
borrada innumerables veces;
regla lesbia entre lo viejo y lo nuevo,
golpea nuestra ceguera con su bastón.


Profética en el interior: ¿qué lengua habla?,
¿cuál es su oración favorita?,
¿qué recuerda de Baudelaire?,
¿en qué barco ebrio huye trepada?

Para saber lo que dice, interrogo a la luna,
exploro el doble fondo del mar,
me detengo a oír las cuerdas de su lira,
antes de que todo se vuelva más oscuro.

 *

En la laguna

 

De espaldas, a orillas de la laguna,
oigo el paso lento y ronco de un avión.

Como un rey en marcha hacia el exilio,
pesa menos que el sueño de una herida.

Pobre él, no tiene asilo en el cielo
ni en la tierra ni en la boca de un pez.

Buscando altura, como todas las cosas,
vuela sin saber que ha llegado.

*

Para una biografía

Arroyos, lagos, troncos suspendidos,
viento fuerte del sur y del oeste
arremolinado en el pelo y la cara;
un pez solitario en el estanque,
inventando el ahogo y la oscuridad;
sal y estrías de sal en los labios;
palmatorias, fósforos, cabos de vela:
guardianes en la casa, de voz apagada.
Porque la vigilia era larga y no había,
hasta el día siguiente, otra claridad.
Satélites en la noche, a cielo abierto;
la llamarada del sol, bien temprano,
y con el primer rayo, el primer altar
(y nadie lo ha advertido todavía).
Un aniversario, un cuaderno escolar,
un barco de madera, lejos del agua;
cornisas, grúas, puentes levadizos,
glorificando el instante. Y ese hombre
de pie, absorto en la contemplación,
tratando de descifrar todo.

*

Gracias

26. Antes los versos eran cortos,
casi aforísticos, apenas una línea o dos.
Ahora se pueblan de imágenes
y llegan a ocupar más de una página.
¿Será porque el poeta ha aprendido
el singular arte de la palabra?
¿O porque la vida ha descargado sobre él
ayes, voces entrecortadas, cantos de sirena,
de los que se alimenta la poesía?




 

Animales semánticos y dónde encontrarlos

 

por Hernán Schillagi


¿Para qué leer? En un mundo taimado y mercantilista, la pregunta encierra una verdad y una afrenta, porque nos obliga a otro interrogante algo más incómodo: ¿para qué escribir? Sin embargo, leer y escribir son dos felicidades poderosas que adquirimos con bastante esfuerzo al comienzo, aunque a tan temprana edad que se nos borra el sentido, la orientación cabal de entrenar la mirada ante unos dibujos caprichosos y repetitivos. La activación en simultáneo de la parte frontal del cerebro y del hipocampo podría ser una réplica tan cierta como insuficiente. 

Por eso, cuando los signos de interrogación se abren filosos, son anzuelos para extraer en lo profundo de las dudas: ¿para qué leer poesía, entonces? «Varían los tiempos, las formas y la centralidad de la palabra, pero la poesía siempre tiene algo para decir…», avisa Rafael Felipe Oteriño; para rematar más adelante: «Reacia a cualquier encasillamiento, musical o lacónica, invita a un ejercicio de atención para una mente sobrecargada de mensajes…». Por lo tanto,  esta práctica excéntrica, ya sería una cuestión que no tiene lugar en la realidad actual. O sí.

Cuando nos tocaba viajar en el asiento trasero del Ami 8 con mi hermano, durante la niñez de los 80, para pasar el aburrimiento inventábamos varios juegos durante el camino: descubrir quién veía primero el espejismo de agua en el medio de la ruta, encontrar horneros en los palos del tendido eléctrico, sacarle la lengua a todos los niños que pasaban, saludar a los camioneros con gesto de complicidad para que tocaran bocina y, si justo llegábamos a las vías y la barrera estaba baja, surgía la ruleta del tren; el triunfo era para el que adivinaba el número del último vagón. Todos esos entretenimientos salidos de nuestras cabecitas analógicas, en verdad eran un adiestramiento solapado para otro juego: el de cazar con la mirada. Pero no dependía de nosotros, sino del azar. Zorros, cuyis, serpientes, lagartijas, vizcachas y cuanto bicho de la fauna cuyana se atreviera a cruzar por el asfalto voraz. Entonces, atrapar ese flash viviente, con sus pelos, escamas o colmillos, te hacía ganar todas las jugadas. Es cierto que los juegos de niños estimulan la imaginación, aunque hay algunos que te definen para siempre.

En la película Animales fantásticos y dónde encontrarlos, de 2016, guionada por la famosa J. K. Rowling, el mago Newt Scamander porta una misteriosa maleta con una docena de criaturas tan irreales como asombrosas. Así, atraviesa la ciudad de Nueva York sin poder dominar del todo a estas extrañas bestias que quieren colarse en un mundo sin magia, el nuestro. Con este muestrario particular, el protagonista es capaz de abrir cualquier cerradura, repeler maleficios, provocar tormentas, desaparecer para huir del peligro y aparecer cuando sea conveniente. Es decir, una persona con un aspecto similar al de un primo lejano, puede sorprenderte de un momento a otro con artilugios reconocibles y verdaderos.

Juegos y magia, diversión y maravilla. Quiero pensar que, del mismo modo, quizás un poeta sea un mago arrepentido que se olvidó de sus poderes, o un niño tardío que no se resigna a dejar de jugar. María Negroni nos revela en el precioso Pequeño mundo ilustrado: «Los cajones donde el niño guarda sus tesoros son arsenales y zoológicos. Los del poeta serán reservas de imágenes y retazos de lenguaje…». Esta zoología de la mente, por tanto, se traduce con los años en delgados y potentes libros de poemas, armas no solo cargadas de futuro —como quería Celaya—, sino de tiempo, uno que merece perderse sin consecuencias. Así como no hay discursos políticos para niños (aunque traten de engañarnos con puerilidades), tampoco existen libros de poemas enteramente para adultos. Escondidos en zonas infames y oscuras de las librerías comerciales, apretados hasta la invisibilidad en nuestras bibliotecas entre pesadas enciclopedias y novelas de éxito, recibidos con cierto desaire por lectores incautos en una presentación; estos especímenes de papel, tinta y sueños nos salen al encuentro en el momento que más los necesitamos: cuando una puerta se traba, cuando una nube negra no se aparta de nosotros, cuando el peligro de crecer en un mundo demasiado serio es un maleficio insoportable. Cuando, finalmente, nos olvidamos que ser niños y leer libros de poemas no deja de ser otra cosa que la búsqueda de algo vivo que se nos atraviese en el camino.

 

MENCIONES

-Oteriño, Rafael Felipe. Continuidad de la poesía, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2020.

-Negroni, María. Pequeño mundo ilustrado, Caja Negra, Buenos Aires, 2012.


 


miércoles, 24 de febrero de 2021

El final de una reivindicación interminable


 

 por Flavio Crescenzi*

Documentales V. Entrevistas a escritores argentinos, El final de una reivindicación interminable.

 

El año 2021 comenzó con muy buenas noticias, y no me estoy refiriendo a ninguna vacuna en especial, sino a la aparición del quinto y último tomo de “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”, de Rolando Revagliatti. No podría decir que mi relación con esta serie es objetiva, pues tuve el honor de ser uno de los escritores entrevistados en el primero de los tomos y, posteriormente, la osadía de escribir una reseña sobre el segundo, motivo por el cual, cualquier reflexión que aquí consigne no pretenderá fingir distancias ni desapegos críticos, sino que más bien buscará la manera de incitar al lector, con el frenesí del que se considera parte interesada, a que devore el libro cuanto antes.

Para empezar, digamos que lo que hace tan valiosa la gesta que viene llevando a cabo Revagliatti hace ya cuatro volúmenes —y que este quinto y último confirma— es su deliberada reivindicación de la figura del autor, figura que fue en algún punto erosionada por las teorías posestructuralistas y rematada al fin por las teorías posmodernas, cuyos intereses, sospechosamente, se centraban en ese complejísimo juego de espejos, laberintos y palimpsestos en el que se convirtió la literatura tras la victoria y consolidación de la industria cultural. Me referí a esto (aunque quizá con otras palabras) en mi reseña anterior, así que procuraré no repetirme. Sí agregaré algo que no destaqué aquella vez: todos los autores entrevistados en la serie “Documentales” son poetas.

 

 

Como se sabe, la poesía, que supo ser un género literario de prestigio en su momento, es hoy apenas un género frecuentado por sus propios cultores y, tal vez, por algún que otro lector curioso o melancólico. El mercado editorial optó hace décadas por géneros, por así decirlo, más «prosaicos», dejando a los poetas relegados a un ostracismo que fue alimentado día a día por el desconocimiento y el olvido. Es aquí donde el trabajo de Revagliatti viene a hacer justicia. Dicho de otro modo, la serie “Documentales” no supone solo la reivindicación de la figura del autor, sino, por sobre todas las cosas, la del poeta como escritor, esto es, como autor de libros de poesía; libros que también pueden comprarse, leerse y disfrutarse. Así, desde ese lugar de intimidad que Revagliatti construye en la entrevista, el lector podrá llegar a ese otro lugar de intimidad que es el poema, pero sabiendo ya que la voz del poeta es anterior al texto poético que eventualmente leerá y que, incluso, esta es mucho más amplia que lo que jamás hubiese imaginado. «En cada poema hay una poética, y en cada poética una concepción de mundo», decía Raúl Gustavo Aguirre, y conjeturo que Rolando Revagliatti está de acuerdo con la frase, ya que es evidente que la serie “Documentales” se cimienta en algo parecido. 

Este quinto volumen está conformado por las entrevistas realizadas a los poetas/escritores Paula Winkler, María Malusardi, Eduardo Dalter, Pablo Queralt, Marcelo Vernet, Fabián Soberón, César Bisso, Marisa Negri, Reynaldo Jiménez, Jorge Goyeneche, Alejandra Méndez Bujonok, Romina Funes, Carlos Juárez Aldazábal, Rogelio Pizzi, Estela Barrenechea, Marcos Rosenzvaig, Osvaldo Spoltore, Gerardo Burton, Alicia Salinas, Alejandra Correa, José Ioskyn, Fernando Sorrentino y Alberto A. Arias.

“Documentales V. Entrevistas a escritores argentinos”, de Rolando Revagliatti, puede descargarse de manera gratuita a través de los siguientes enlaces:

 http://revagliatti.com/documentalesV/documentales5.htm 

http://revagliatti.com/documentalesV/DOCUMENTALESV.pdf 

https://issuu.com/irezumi/docs/documentales-v-rolandorevagliatti

Solo resta decir que, si bien este tomo es el último de la serie, es posible que dentro de unos meses volvamos a tener novedades del amigo Revagliatti, pues es sabido que su deseo de difundir autores argentinos es casi tan infinito como su amor por la poesía. Hasta que eso finalmente suceda, los invito a deleitarse con estas veintitrés nuevas entrevistas.


*Flavio Crescenzi nació el 20 de julio de 1973 en la ciudad de Córdoba, capital de la provincia homónima, la Argentina, y reside en la ciudad de Buenos Aires. Es Instructor Superior de Lengua y Literatura, habiendo, además, realizado posgrados en Perfeccionamiento en Corrección de Textos y en Redacción Institucional y Corporativa. Fue incluido en la antología bilingüe español-italiano “Italiani D’Altrove” (Rayuela Edizioni, Milano, Italia, 2010). Publicó los poemarios “Por todo sol, la sed” (2000), “La gratuidad de la amenaza” (2001), “Íngrimo e insular” (2005), “La ciudad con Laura” (2012) y “Elucubraciones de un flâneur” (2018). Y en el género ensayo: “La poética surrealista. Panorama de una experiencia inacabada” (2014) y “Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales” (2019).

 

martes, 16 de febrero de 2021

Dos poemas de Corteza, de Sandra Cornejo



A fines de 2019, Sandra Cornejo sorprendió con un hermoso libro (hermoso en muchos sentidos: por su contenido, por su hechura, por la continuidad y consolidación que conformaba ante el resto de su obra). El nuevo poemario, titulado Corteza, fue publicado por la editorial Pruebas de Galera (La Plata) y en él hay poemas que van desde los homenajes a figuras literarias y musicales hasta la evocación de viajes y paisajes que ingresan al poema para ponerse casi junto a la par de los lectores.
Compartimos, a continuación, el texto de Susana Cabuchi que oficia de presentación al libro, y dos poemas de esta autora que siempre vale la pena leer.


Espejo para reconocernos

por Susana Cabuchi (*)

Mesura y alabanza, silencio y esplendor, acuerdan en cada poema, en cada palabra modelada por Sandra Cornejo. A su deseo, a su búsqueda, les debemos reconocernos a mitad de camino entre el aislamiento —límite exterior que impone la corteza— y el hondo trabajo espiritual —reencuentro con el otro/otra, entrega, diálogo— de una interioridad protegida por esa misma piel.
Todo acontece entre lecturas, entre ciudades de nuestro país y del mundo, con la proximidad benéfica del hijo, los poetas amados, la memoria.
Todo transcurre y llega, mansamente. Los olivares se acercan conducidos por la luz y cada piedra es una parábola encendida. Algunos versos florecen a la espera de una góndola nocturna que lleve a una isla cubierta de nieve.
Hay en Corteza profundos jardines y mañanas doradas para oponer a las sombras. Días de viajes secretos, de alianzas, de misterios.
Tardes radiantes en Dublín, en Catamarca, en Belfast.
Días y días en Madrid, en Esquel, en Asís, en San Rafael, en Inverness, descifrando señales de un tren que se aleja.
Corteza es un espejo en el que nos reconocemos. Sandra frecuenta en él (con delicada belleza) la interrogación y el asombro, las infinitas calles abiertas al amor y a la desesperanza, a la celebración y al olvido.
Sandra, que ha nombrado la fragmentación, se reconoce indivisible y, en el dominio de su inconfundible voz poética, lo confirma... «y todo lo perdido reaparece» otra vez «porque la casa es esta. / Donde todo termina, donde todo comienza».

(*) Texto de solapa de Corteza (ediciones Prueba de Galera, 2019)


Dos poemas de 
Corteza
de Sandra Cornejo


Cántico

Descendí a lo más profundo
donde fuimos comunes en la misma arcilla
agua, paisaje, árboles, personas.
Allí escuché voces
y lo muy lejano se unió a partes mías
como en el principio.

Un río me atraviesa, 
un lago cambiante.
¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Hubo alguien?

He venido a dejarte en el sitio que habrías amado.
A la vez ajeno, a la vez tan propio
como nuestros nombres.

Aquí, este suelo, doble, tutelar, gemelo.
Almas en un alma, 
uno por el otro y para el otro.
Arrullo del soplo del viento en las hierbas altas.
Aquí, donde el agua límpida sosiega,
cantan canciones ancestrales.
Los miro.
Sigo sus rituales con los míos.
¿Cuándo fue el encuentro?
Cuál cañada, colina, barranco.

¿Por qué?
Sonríen.
Vine de tan lejos.
¿Tan lejos?
Te traje conmigo.
Nunca estamos solos: hay un arcoíris y su lluvia.
Su lluvia y su arcoíris. No se siente miedo.
No se teme el eco al que se pertenece.

Estados del alma.
Fallas en el tiempo.
Iluminaciones.

Círculo de pinos, de piedras, de menhires.
Carozo radiante, corazón de cardo.
Loch, de orilla a orilla. Alba.

Regreso a la calle de la Iglesia Antigua y de los libros viejos.

Cementerio de la altura luminosa.
Campanario.
Alquimia.
Castillo en el reposo florecido.

Adorable Gracia.
Flores en su dulce sacrificio.

Te dejo aquí porque la casa es esta.

Donde todo termina, donde todo comienza.


Imágenes

Camino a Valle Grande,
Júpiter entibia el halo de Saturno.
Venus enciende la cañada del Atuel.

En un brazo del mapa, Las Pirquitas,
su enjambre de luciérnagas
bajo la hondura del cielo.

Esquel, su halo transparente, su misterio.

Más acá la textura se condensa.

James Dean en un cuadro, en tu pared.
Su caminata triste.

No la nuestra
abrazados.
No la nuestra.

A Jesús, Marcia, María Berta

lunes, 15 de febrero de 2021

Una nueva editorial mendocina que permite pedir lo imposible




Con base en Facebook, #PerasDelOlmo es una plataforma multicultural que nació en Mendoza en plena pandemia (durante el año 2020) con la consigna de compartir la producción de escritores, músicos, plásticos, ilustradores y demás hacedores culturales. 

El inicio fue con la edición del libro de microrrelatos Modo luciérnagadel periodista y escritor Rubén Valle (creador y director del proyecto); en tanto que la colección de poesía Uva de Niebla debutó con los Poemas para usar del escritor y ensayista José Luis Menéndez, del que extraemos dos poemas e invitamos a su lectura completa a través del enlace de descarga. 


Dos textos de
Poemas para usar
de José Luis Menéndez


No era fácil hablarle en Navidad

No era fácil hablarle en Navidad.
Ella miraba para atrás
y todo se volvía un largo encantamiento.

Entonces si hablaba del brillo de las frutas
era un monte poblado de fantasmas
y si decía nubes
era un aire de ausencias
el aroma del pan
con un suave dulzor de salsa de hongos.
y si decía la siesta
era la sombra de un verano ardiente
cuando su abuela le contaba
las andanzas del agua
y la buscaban juntas
haciendo barquitos de papel.
Y si entonces le brotaba una lágrima
te decía no es nada
es por el polvo de los paraísos.

En ese punto,
lo mejor que uno podía hacer
era callarse.
O salir al patio
—a un patio de treinta y tantos años—
a rogar por la lluvia.


La revolución es una llama verde

Edades del sopor: 
entonces una sombra de pasto asoma su delirio 
bajo la rigidez de cuestas y pisadas sin tiempo. 
¿Quién recuerda su nombre? 
¿Quién advierte, en esa yema vacilante,
todavía sin un destello de verdor, que vendrán otros días? 
¿Quién la observa, como si fuera ya un tallo caliente, 
en la vejez del agua, 
en la huella que dejan las vastas muchedumbres? 

Se la ve, sin embargo, luego de roces infinitos, 
luego de la desolación y la escarcha, 
se la ve cuando envuelve las paredes rugosas, 
cuando discute, aún con la tibieza
de un musgo mínimo, el destino de los epitafios.

Brotes inciertos callados quebradizos:
aparentan morir cuando intuyen la primera mirada.
Pero luego estallan, hacen suya la verdad
y el juicio de los incendios más devoradores, 
y crecen, como lenguas del fin del mundo,
sobre los campos y los corazones de piedra.

Ciertos días parece que no hay manos
que dejen su palabra en la quietud de los páramos. 
Parece que no ardieran los ojos, 
como si fueran las puertas de un amor 
en praderas que la noche calienta con espinas fugaces.
Sólo vemos el rostro de una vaga ceniza,
Poemas para soltar amarras
atravesando, con vuelo de ángeles o de leyenda,
los espacios del horror y la muerte.

Entonces el tiempo nos acoda en el fango, 
nos arrastra -como si fuéramos parte de un diluvio inmutable- 
a honduras de silencio. Y apenas si pervive un latido callado, 
un aroma de surco y lejanía, unos huesos que ocultan, 
entre los ayes de un dolor, jazmines invisibles. 

Pero no hay quienes digan la última palabra.
Siempre queda, al menos, el eco de un adiós, 
la figura de un héroe que sigue destellando 
su mirada verde, su cintura de lunas y fogatas.

Por eso alzamos, en cada incierta víspera,
nuestro cuerpo de viento. Y soplamos,
sin pausa, sobre la dulce chispa cegadora.

Nosotros mismos nos hacemos un rescoldo de luz.


martes, 9 de febrero de 2021

Plantar una lengua

Lengua padre, de Hernán Schillagi. Libros de Piedra Infinita, 2020, 100 pág.

 

por María Cristina Alonso*

 

Una secreta trama unifica estos poemas en cuanto a escritura y sus ideas afines: mensajes, textos, cartas, palabras; intentan plantar una lengua para escribir al futuro. Como en el juego del gallito ciego -al que remite uno de los poemas- Schillagi intenta orientarse hasta encontrar las palabras que alumbren las zonas de oscuridad, que lo devuelvan a la aldea de la infancia de donde fue desterrado, que lo ayuden a improvisar la última palabra. 

Poesía que remite a otros textos, emanada de un lector que se guarda personajes para luego compartirlos, «arqueólogo del café» remite al comienzo de El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, o «strogoff» es una clara alusión a la novela de Julio Verne. En ambos textos se busca que la palabra defina, evoque, abra un paréntesis. He aquí una de las claves, la poesía como mensaje cifrado, como un enhebrar palabras con los ojos vendados, un aferrarse al idioma sin soltarse para entender la existencia. 

El libro de poemas de Hernán Schillagi (Mendoza, 1976) resplandece en imágenes, algunas nos remiten a actos cotidianos y nos envían también, no a los iluminados lugares que idealizamos, sino a sus zonas más oscuras donde merodea la muerte como expresa el poeta en «lengua muerta». Porque la palabra es aquí un rayo que hiere, pero también libera al silencio («lengua suelta»). 

Poemas en los que las metáforas se construyen desde la observación de acciones mínimas trazando una escritura imposible de traducir como es toda experiencia humana y que solo se conserva en los dedos que «son los soldados del tiempo». 

Una escritura que intenta nombrar el mundo como únicamente un poeta puede hacerlo, una construcción imaginaria de una lengua que pueda descifrar los secretos, los sueños, el quiebre de la inocencia, el amor y la muerte. 

 

*Epílogo a la edición de Lengua padre, de Hernán Schillagi 

 

***

 



 Tres poemas de  Lengua padre,

de Hernán Schillagi

 

 al azar un libro


diez horas de viaje en la ruta
llanura sol pastizales y más ruta la nena
duerme mi mujer lee los bichos se estrellan
contra el parabrisas y son una lluvia
de muerte tan solo para nosotros

saco al azar un libro del bolso
el primero que asoma «eclipses y fulgores»
de olga orozco leo el poema «con esta boca
en este mundo» y me dejo llevar

mi mujer baja su libro y me dice
«estamos atravesando la pampa
y vos justo leyendo a olga
las casualidades sí existen»

el colectivo de larga distancia
transporta cuerpos silenciosos
entregados a la velocidad y los accidentes
pero mi cabeza es arrastrada a los gritos
por otra «corriente secreta de los grandes ríos»
otra casualidad programada que falla
para así renovar el asombro del alfabeto
perdido en la ruta ante la llanura el sol y los pastizales


*
 

rock nacional



las caras son dos lado a y lado b
unos hermanos de este modo
tratan de grabar esa canción de la radio
en una tarde de los ochenta pero la cinta
ya contiene otra música la paterna
como si una piel anterior hubiera sido tatuada
por completo hasta enmudecerla de tinta

el desafío tal vez sea encontrar el poro
por donde respirar hacer de los carreteles
una locura hacia adelante hasta que una tecla roja y lenguaraz
borre a los gritos este silencio en pausa esta resonancia
sin origen ni destino porque no hay reducción de ruidos
en esa caja aprisionada y casera porque la copia gira
por el recuerdo frágil para perder
con el paso del tiempo y honrosamente
toda la fidelidad posible


*


lengua padre


sí lo descubrís justo ahora
cuando la noche era apenas un techo negro
con el brillo de las estrellas como una salpicada humedad
un cielorraso lejano y ondulante
hasta que sí justo lo descubrís ahora
elevaste al azar tu lapicera retráctil
contra una nube con forma de calamar
y un líquido oscuro comenzó a pesar sobre el resorte
a desbordar el pequeño tanque alargado hasta que por tu mano
un mar de tinta intenso te cubrió el brazo
y se filtró en tu pecho para que ahora justo lo descubrís
sí a este hombre que le escribe una carta a su hija
donde le cuenta que las luciérnagas
pueden apagarse cuando están en peligro
ocultar sus antenas tras la madreselva
a la espera de que una promesa voladora
les devuelva la luz en todo el cuerpo
y de esta lengua última sí ahora lo descubrís justo
solo vendrá tu herencia de padre
que haga de la sombra del futuro un lugar menos solitario



 

 





 

Carlos Levy, un náufrago de la palabra


Carlos Levy.




Fue en la mañana de Navidad. Fue como una ironía de esas con las que gustaba reírse, provocar y escribir poemas deslumbrantes. Como en una broma, el escritor mendocino Carlos Levy murió el 25 de diciembre de 2020. Era, sin dudas, uno de los grandes líricos contemporáneos y eso, para una provincia de grandes poetas, no es un dato irrisorio. En un año de grandes pérdidas, la ausencia que suma su fallecimiento (como víctima de la Covid-19) será aun más notoria.

Piedades. Levy había nacido el 7 de julio de 1942 en Tunuyán, lugar que consideraba su «paraíso perdido» y en el que aspiraba a volver para vivir sus últimas horas, algo que no fue posible. El autor, que vivía en el centro capitalino, se descompuso durante la Nochebuena, fue internado y falleció en los albores de la Navidad.

Otros cardinales. Muy pronto, en su juventud, y tras la mudanza al Gran Mendoza, Levy comenzó a relacionarse con lo que podía considerarse la «bohemia» mendocina. Sus gustos por las largas charlas nocturnas, en cafés ambientados por la música, el humo y los buenos tragos, lo llevaron a entablar amistad con grandes personalidades del arte y las letras de su tiempo, como Víctor Hugo Cúneo, Fernando Lorenzo (a quien lo unió una gran amistad y proyectos en común) y el plástico Ricardo Embrioni, a quien consideraba su mayor influencias y a quien le dedicó uno de sus libros. Además, por ese tiempo conoció a Armando Tejada Gómez, a quien siempre consideró el lírico más influyente de su tierra.

Destierros. En los años 60, movido por sus intereses literarios y culturales, Levy se muda a Buenos Aires, ya con la decisión de volcarse a la escritura. Todo su trabajo y las experiencias de entonces cristalizan finalmente en Inmensamente ciudadano (1967), su primer libro, en el que a las influencias de la poesía de Juan Gelman le suma su siempre bien cultivado tono elegíaco y, además, su eterna preocupación por la «cuestión judía», que él solía resumir en una frase: «No hay mayor judío que yo sobre la faz de la Tierra, pero soy ateo».

Naufragios. A pesar de que, sin dudas, mostró con ese libro su calidad como poeta, habrían de pasar 17 años para que Levy pudiera publicar su segunda obra. De vuelta a Mendoza, se dedica a varios oficios y a la venta de libros. En 1984, recopila parte de la gran cantidad de poemas acumulados en su libro Café de náufragos (1984), al que poco después sigue un libro a dos voces, Anverso/Reverso, en colaboración con Fernando Lorenzo, y de una hechura muy particular: era un libro reversible en el que sus textos se cruzaban, como en un diálogo de café de esos que solían mantener.

Canto rodado. En esos tiempos hace Levy también sus armas como editor, tarea a la que se dedicaría en plenitud durante los 90, con una editorial emblemática: Ediciones del Canto Rodado, que no sólo publicó títulos de varios y variados autores locales, sino también algunos de otras latitudes (especialmente de su amigo y colega Marcos Silber) y algunos propios, como Té con hielo (1997), su primera edición íntegramente narrativa, en la que su poesía no podía dejar de colarse.

Dolorata. Luego llegan su hermosa antología poética Destierros (2001) y otro libro a dúo, esta vez con Marcos Silber (Doloratas, 2001, también con temática judía). Entrados los 2000, llegan sus incursiones en la gestión pública. Dirige Radio Nacional (época en la que se produjo el lamentable robo de originales de Víctor Delhez) y la Biblioteca San Martín. También, por ese entonces, abre una legendaria librería, llamada La Anticuaria, que primero estuvo en la galería Bamac y luego en la galería Tonsa, del centro capitalino, y que alimentó de lecturas a muchos amantes de la literatura y, también, a muchos coleccionistas.

Bilbiliko solitario. Más tarde, en 2005, publica una de sus obras más reconocidas: la traducción al judeo español (sefardí) del Martín Fierro, de José Hernández, experiencia que le vale numerosos elogios. Son años prolíficos en publicaciones, ya que luego vendría su libro de poemas Viejo hotel —cuya reseña abrió el primer número de esta revista— y su colección de cuentos Adiós, Celina, adiós.

Inmensamente ciudadano. Tras su trabajo como asesor del gobierno de Francisco Pérez (quien lo declara embajador cultural de Mendoza), con gran actividad en las diversas Ferias del Libro realizadas en el Espacio Le Parc, viene un retiro efectivo de la actividad pública, que cambia para seguir escribiendo (y publicando), pero también para cultivar una pasión, para algunos, secreta: la talabartería. Además, como lo dijo muchas veces, para rodearse de sus nietos y bisnietos.

La palabra y sus nombres. A la hora de posicionarse en la política, se cansó de llamarse comunista, socialista y peronista, indistintamente. Pero, como sucedía con la religión en su caso, también todo quedaba en segundo plano con lo que él consideraba su objeto de adoración: la palabra, la «brava palabra». A ella le escribió una conmovedora «plegaria atea» pensada para ser leída, justamente, en las épocas del año en que dijo adiós. Y que tiene unos versos finales que parecen escritos para su propia despedida: «no nos dejes caer en la tentación del letargo / no nos prives del viento, tu palabra / no nos abandones mientras estemos vivos / que el día de nuestra muerte / prometemos olvidarte / amén».

Una versión de este texto fue publicada en diario Los Andes el 25 de diciembre de 2020




Tres poemas de
Carlos Levy


La piedad de la memoria

Nos queda
la piedad de la memoria
la piedad de esas llaves misteriosas
que abren cada tarde
               las llaves del destiempo y los relojes

y la piedad de las palabras
esos restos casi pobres de un sonido
que fueran una blasfemia heroica,
                         allá en la adolescencia,

es la piedad de los fantasmas
que llevan por nosotros los lutos amarillos
ausencias lejanas que habitan
en la oscura dimensión de los álbumes y arcones 
como si la vida fuera,

        tan sólo un pequeño
        descuido de la muerte.


(de La memoria y otras piedades, 1984)


Poética

Brava la palabras
brazo del poema
que brama y abrasa
tritura sin trampa
que presto se presta
ya presa y con prisa
el modo de amar;

y triste traidora
la que hablada vana
la canción cansada
engalana engaña
ya vieja y ajada
prostituta cara
del gran palabral;

brava la palabra
que como el sol quema
no aquella que crepa
como el crepúsculo
y crápula el sol
que ya no crepita
no brama ni abrasa
como la palabra.

(de Anverso/Reverso, 1989)


Aquello que fuera

La tarde está hecha de pequeñas muertes
en el reloj que llevo en mi muñeca
el segundero
como una daga sin titubeos
me marca un adiós en cada movimiento
y convierte la vida en memoria.

Seré otro mañana cuando amanezca
si ya no soy el que era esta mañana,
y que atrás, que allá
quedará mi adolescencia,
el ave audaz que fuera eso que vendría
vuelta tan sólo por la piedad que tiene el viento
por las mareas
de devolver los restos del naufragio;

lo cierto es,
que la ilusión es frágil
y ya no seré jamás
la aventura que iba a llevar mi apellido
     soy un hombre
     con su melancolía.

(de Café de náufragos, 1991)