martes, 16 de marzo de 2010

Muñecas rusas de la literatura

El microrrelato en la poesía *


por Hernán Schillagi

Hay veces que una pequeña historia nos deja perplejos. El desafío entre comprender sobre la poca tinta escrita y reponer lo que fue omitido nos hace mejores lectores, o hasta quizá, unos escritores de segunda mano. Cuántas veces, también, luego de leer El dinosaurio de Augusto Monterroso y El sueño de la mariposa de Chuang Tzu; la sorpresa ante tanta condensación nos obliga a desandar el camino hasta descubrir que un puñado de palabras nos encuentra meditando sobre los límites entre el sueño y la vigilia en un caso, tanto como sobre la fugacidad de la vida en el otro. Vale la pena releerlos para comprobar:

«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.»

(Augusto Monterroso)


«Chuan Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.»

(Chuang Tzu)



Igualmente, llama mucho la atención encontrarse en los últimos años con microrrelatos dentro de un texto mayor. Breves ficciones que circulan perfectas y amenazantes por las arterias de un poema o una canción. Un gran autor e impulsor de estos pequeños textos, Raúl Brasca [1], hace tiempo que los viene estudiando con pasión de entomólogo y reconoce en una entrevista que dio a Ángela Pradelli: «La característica más notoria de la microficción tal como la concebimos en la actualidad es justamente su carácter proteico que se puede traducir también como hibridación o mestizaje. La microficción puede hoy tener un montón de formatos…». Una prueba inicial es este fragmento de una conocida canción de Joaquín Sabina. Al mediar la canción dispara:

«Ayer quiso matarme la mujer de mi vida.
Apretaba el gatillo… cuando se despertó.»

en Siete crisantemos (Esta boca es mía, 1994)



Situación inicial, personajes en conflicto y un final que asombra por la elipsis oscura de un amor destrozado. El caso es emblemático, ya que el tema del cantante de Jaén no es narrativo en su conjunto; sino que es una suma de imágenes donde se permite alguna reflexión. Sin embargo, como una muñeca rusa que se abre por las roscas torcidas de la metáfora surge tumultuosa la historia (breve) detrás de la canción.

Pero la primera en «contaminarse» de los rasgos constitutivos de la poesía fue la misma microficción. Sería ocioso pensar que este nuevo género es solamente un cuento bien podado de malezas. Si estamos distraídos hasta se puede confundir fácilmente uno de estos minicuentos con el haiku japonés: «Lo más curioso del microrrelato es que con tres frases te abre unos mundos enormes…», dice Lidia Blanco, directora del Primer Encuentro de Microficción en la Argentina. Pero si abrimos más los ojos, no tardaremos en darnos cuenta de que son más los aspectos que acercan al microrrelato a la lírica, que los que lo alejan. La rigidez de un soneto y su planteo en la primera estrofa, desarrollo en la segunda cuarteta para elevar la tensión en el primer terceto hasta rematar en el último, nos habla de una estructura «casi» narrativa en una de las formas estróficas consideradas «perfectas». Así como también, las microficciones presentan «algo» del soneto en su trabado grupo de palabras donde si se extrae una, cambia todo el sentido del texto. Pablo de Santis lo confirma: «El microrrelato es una especie del arte del efecto, como pueden serlo la poesía o el humor gráfico. […] La escritura requiere que no haya elementos ni palabras de más…».

Las fronteras limítrofes entre la microficción y el poema en prosa, por caso, son también bastante borrosas, y estallan los muros que las dividen en cada relectura. Basta mirar «hasta pulverizarse los ojos» algunos textos de Alejandra Pizarnik para sentir esa intimidad entre el relato y la poesía:


«Ella no espera en sí misma. Nada de sí misma. Demasiado ensimismada.
Sólo vine a ver el jardín donde alguien moría por culpa de algo que no pasó o de alguien que no vino.
Ella es un interior.
Todo ha sido demasiado y ella se irá.
Y yo me iré.»

En Textos de sombra y últimos poemas, 1982



Entonces no resulta extraño que, sin aviso, historias pequeñas se hayan colado entre los versos para contagiarlos de la potencia de una anécdota turbia o deslumbrante. ¿Aire de una época fragmentaria, estética del twitter o el sms, imperio de la hibridez taxonómica? La aduana paralela que es la literatura ha visto atravesar de un lado a otro –con una descarada felicidad- a muchos autores. Cualquiera que lee la nouvelle de Fabián Casas, Ocio (2000), sabe que muchos de los núcleos narrativos ya habían sido «ensayados» antes en su libro de poemas El salmón (1996). Jorge Aulicino puso un dedo feroz en la llaga del statu quo del estilo: «En saber narrar quizá se concentra la posibilidad actual de hacer poesía […] Del único modo en que puede ser interesante hoy la narración. Como búsqueda de un momento abierto, breve, donde está todo lo necesario para comprender el desconcierto del narrador…» (Saber narrar en poesía, prólogo a El espía de Pablo Chacón, 1997). Por lo tanto, con el tiempo los poemas se han visto intervenidos por astillas de otro palo para asestar el golpe de manera letal:

ANA Y LOS LOBOS


¿Y si esta noche me llamaras desde las callecitas
de nuestro pueblo y tu llamado me alcanzara,
como si fuera un goteo de llovizna tu voz sobre el empedrado
donde resuenan todavía mis pasos, los pasos
de mi madre? ¿pero y si no te escuchara?
A veces llega hasta la casa, desde el bosque cercano,
el canto de los lobos. Puedo distinguir,
entre todos, el llamado del lobo herido, imaginarlo
tendido en soledad bajo la luna,
abandonado tras la cacería de la tarde
para que la muerte lo alcance con mucho más trabajo
que las balas. Tu voz no me dejaría olvidar,
me repito, sería el hilo de luz intermitente que me guiaría
a algún sitio remoto y familiar. Pero quizás el canto
de esos lobos es una red tendida, una trampa
preparada para que la niña caiga, y distraída,
se olvide de escuchar. Recuerdo
una historia que mi madre contaba
sentada en un sillón de mimbre a la sombra
de los cedros. Hubo una noche –decía–
particularmente oscura en que un faro,
en una orilla lejana del océano Atlántico,
se apagó de pronto, como se apaga una vela
bajo el temblor de un soplo, y entonces
todos los barcos se extraviaron: el azar
quiso que los tripulantes de esas naves, marineros
o familias de inmigrantes, recalaran

en un puerto cualquiera, perdidos,

sin dinero ni instrucciones para volver a casa.
Yo misma, muchos años después,
varada en tierra extraña como ellos, imagino
a aquellos navegantes. Me digo:
como ocurre siempre que el azar sostiene
los cimientos de un destino, seguramente
pasaron el resto de sus vidas
soñando cómo sería la ciudad, el puerto aquél
que no tocaron, preguntándose
si sonarían más dulces las palabras
en ese idioma desconocido, si serían
los hombres, las mujeres más dichosos,
más bellos, si habría menos melancolía en las canciones
que se cantan al atardecer, cuando se vuelve
de las fábricas o los buques cargueros, llevando
un bolso raído entre las manos. No puede saberse
qué hay en la otra orilla, excepto la certeza
de la misma niebla y los mismos pájaros,
bajo un cielo distinto que nos ha desairado.

Claudia Masin, en la vista (Visor, 2002)


La propia historia de los barcos extraviados -introducida sin inocencia por la voz de la madre- funciona como el eje para esas dos aspas que conforman el «poema en sí» de la autora. Es que en la mejor poesía escrita en esta última década, los ejemplos se suceden con frecuencia y demuestran que no se resigna lirismo por contar una historia. Toda poesía actual es cimarrona; en caso contrario de pureza (ya sea alta o baja), atrasa. En el espléndido prólogo a Conejos en la nieve de Eugenio Mandrini (Colihue, 2009), Jorge Boccanera dice acerca de los poemas: «De su lado, el lenguaje va, de la vehemencia a una ceñida reflexión […] alternando el tono lírico con pasajes decididamente narrativos. […] Incluso introduce una serie de repujados microrrelatos…»:

«Mi matrimonio con la pesadilla sería intolerable
si no fuera que me despierta para oírme gritar…»

en Voces del hospicio (Conejos en la nieve, 2009)

***

«Se le preguntó qué es el sueño
a una mujer cuyos ojos se gastaban frente al espejo, y
dijo:
-Debería ser un viento que borrara todo lo vivido y
al despertar me quedara intacto aquello que anhelaba…»

en El sueño (Conejos en la nieve, 2009)



Acaso la autonomía de los microrrelatos interpolados en un poema sea fugaz y caprichosa (como también lo es la belleza). Apenas recordamos el texto que los contiene, ya no se puede escindirlos. Sin embargo están allí, expectantes para que alguien atento les pegue el tirón y corte el cordón umbilical de la tradición genérica. El verdadero peligro, entonces, sería descubrir cuánta sangre se pierde en el alumbramiento y con cuánta fuerza lloran después.


*Este ensayo es una intervención y profundización de otro que escribí en el blog Quebrantapájaros en abril de 2008.

[1] Además de Brasca, otros escritores argentinos como Borges, Cortázar, J.R. Wilcock y sobre todo Marco Denevi y Ana María Shua han cultivado maravillosamente el género de la microficción. Hace ya unos años, algunos autores de Mendoza como Emilio Fernández Cordón, Roque Grillo, Leandro Hidalgo, Rubén Valle y quien firma este texto vienen forjando microrrelatos sin pausa.

11 comentarios:

Damián dijo...

les dejo uno cuyo autor no recuerdo:

"Suafición por el pescado crudo resultó fatal: el tiburón mordió primero"

para deleitarse con más microrrelatos, recomiendo enfáticamente "botánica para el caos" de Ana María Shua

otra cosa:


Hernán...


no me olvidé

PAOLA dijo...

"...La duda devoró pedazos de sales pegajosas
usurpó los espacios de una sombra extraviada
gritó hasta extirpar sonidos de la arena
y de esa arena tibia le treparon grietas a sus hombros...." pertenece a un híbrido que estoy alentando en mi laboratorio post locura de temporada, la cual me impidió hasta hoy
aGRADECER LA GENEROSA MENCIÓN QUE REALIZASTE hace meses, largos meses en los cuales mi vista se nublaba de camionetas 4x4 , arena y verano..........desde mi oficina.
No son justificativos, sino razones por las cuales he regresado alienada a abrevar de estas fuentes , a transcribir mis entrevistas, a agradecer el honor de tu mención y tratar de continuar creando.
Un abrazo

Hernán Schillagi dijo...

Damián: ¡Tanto tiempo! Todo tu comentario parece un microrrelato, ja! En fin, me encantó el que citaste. De Ana María Shua, a parte de "Botánica...", son geniales "Casa de geishas" y "La sueñera". Tiene uno que aventaja en brevedad al de Monterroso por unas letras: "Huyan. Ahí vienen los cazadores de palabr..."

Espero tu comentario sobre algún fragmento narrativo en un poema o canción. Te tiro uno:

"Pero si vas hacia el mar al amanecer
quizás extrañes a la pared.
Somos estatuas de sal
queremos volver.
Yo ya no miro atrás."

Charly García, en "Suicida"

Tiene hasta una referencia bíblica, propio de la microficción que trabaja con lo paratextual.

Hernán Schillagi dijo...

Paola: ¿Sabías que anduve en enero por Pinamar? La verdad es que es tan hermoso como poco alentador para escribir. Uno quiere estar siempre paseando o panza al sol.

¡Nada de agradecimientos! Me venía muy bien tu ejemplo de blogger inédita para el ensayo y de paso leíamos un poema tuyo. ¿Estás pensando en publicar en papel? Avisá que nos vamos a la Costa Verde para la presentación.

PAOLA dijo...

Hernán, imperdonable que no nos hayamos visto!!!!!! o nos habremos divisado através de los médanos??????
bueno, cuando aparezca un mecenas encantada publico en papel, y cuando vuelvas más vale que me entere........enojada suelo ser insoportable grrrr jajaj
Besos

PAOLA dijo...

Hernán, olvidé preguntarte si habías leido la entrevistA al mendocino Braceli, unos 4 post atrás.
Beso

Hernán Schillagi dijo...

Paola: aunque por escrito nos hagamos los superados, los mendocinos somos timidones. La próxima te caigo con la familia y los desaguaderos a comer unos fideos con mariscos ;-)

Ya pasaré a leer lo de Braceli.

sergio dijo...

Leí con mucha atención su ensayo. Es interesante su tesis de que "toda poesía actual es cimarrona; en caso contrario de pureza (ya sea alta o baja), atrasa". Si quiere yo le pongo los ejemplos: Herrera y Desiderio.

En cuanto a la microficción como género, confieso que es tanto lo que hay que reponer y yo soy un lector tan pero tan perezoso que me aburro rápido. Te leo dos y ya.

Pero sí me gustan las pequeñas historias dentro de historias mayores. El ejemplo que tengo a mano ses de Espantasuegras de Bárbara Belloc: En un poema en el que se habla de Theodor Adorno (maravilloso, mántrico) usa una comparación que desde el principio separé, aparté para mi uso personal. Dice "O como un huérfano cae a pique sobre las fotos de sus muertos en busca de aquello que lo desate de su pena." Y de allí en más me imaginé al huérfano, su tristeza, sus fotos. No sé, la historia me la monté solito. Y creo que de eso se trata.

Hernán Schillagi dijo...

Sergio: veo que ha leído "muy" atentamente este ensayo y hasta se ha animado a proponer ejemplos de los dos polos de pureza alta y baja. Comparto plenamente. Ambos autores aburren en extremos al ser extremistas en su defensa de una poesía inmaculada (Herrera) y la otra sólo trash (Desiderio, al menos en "La zanjita"). Así y todo no es a lo que apunta este texto solamente.

Sé que puede sonar simplista mi afirmación sobre la "poesía que atrasa". Pero en realidad hablo de la poesía que hoy se anima a ponerse trajes incómodos y no de la que se queda plácidamente en una malentendida pose de intensidad. Si sos universitario y tus lecturas las buscás en un fichero aséptico, estás muy lejos de estar "al borde". O no, pero no dejás de ser cimarrón. Y allí está lo interesante, me parece.

Amigo, veo que Ud. se aburre muy fácilmente. ¡Los microrrelatos no superan la media carilla! Igual es coherente porque también sé que le pudren los haikus.

Mientras redactaba este texto pensé en el fantástico "Espantasuegras" de B.B. Algo me decía que la microficción se agitaba por allí. Qué bueno que Ud. lo trajo a colación. La cita es hermosa. La duda está ¿Vale de modo autónomo? Habrá que ver -como digo- con cuánta fuerza llora solita.

Proyecto María Castaña dijo...

Me fascina el género de microrrelatos y, como decís, es factible encontrarlos con cada vez más frecuencia en poemas y canciones. Las teorías de la historia más modernas (mi hermana te hablaría de la Escuela de los Anales)afirman que esencialmente los seres humanos nos definimos por contar. Como decía Pessoa: "somos cuentos contando cuentos, nada".
Ya que citaste a Monterroso, a mí me encanta un microrrelato mucho menos conocido que el del dinosauro pero igualmente saturado de ideas que te ayudan a "montar tu propia historia" como afirma Pereyra:

FECUNDIDAD
Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

Me parece una genialidad que en pocas palabras, por ejemplo, uno como lector piense en ese francés compulsivo que no paraba de escribir, que recorra todo el s. XIX francés y recuerde, casi como si te cayera un piano por la cabeza, toda "La comedia humana".

Pensando en canciones, una que no nombraste y es emblemática del relato-canción: "Pedro Navaja". García Márquez no se cansa de declarar que envidia profundamente a Blades por no haberla escrito antes él. Sobre nuestro rock, creo que Charly es un gran narrador, desde Sui Generis. Hay letras que uno puede recordar íntegras porque son cuentos: "me echó de su cuarto gritándome: 'no tienes profesión' tuve que enfrentarme a mi condición: en invierno no hay sol".
Bueno, este tema da para cortar una sedería así que me despido.

Hernán Schillagi dijo...

Paula: ese microrrelato de Monterroso me encanta. Además porque, pienso, escribir microficción es una manera digna de ser perezoso. No por nada el blog de Rubén Valle se llama "La pereza".

Por otro lado, me permito disentir con lo de la canción "Pedro Navaja", ya que cuenta una historia de punta a punta (El Puma Rodríguez afuera aquí), y no que en una enumeración de imágenes o alguna reflexión aparece una minihistoria como de la nada. En el caso de "Confesiones de invierno" son como un conjunto de microrrelatos.

Gracias por el comentario y a seguir leyendo nomás.