sábado, 30 de mayo de 2009

Historia del poema boxeador de barrio






por Dionisio Salas Astorga



El título del poema lo puso Toledo a una cuadra del diario, cuando decidíamos los que entraban a Sábanas sin flores, el libro que editó Libros de Piedra Infinita en el 2003. A mí nunca me gustó Toledo poniendo títulos a lo ajeno. Pero en fin.


Lo escribí en la época más triste de mi vida, pienso ahora, cinco o tres años antes de que se publicara. Una época triste, porque la mujer del poema no me daba ninguna oportunidad de salir feliz o por lo menos silbando de su lado. Me habían sacudido de la pecera que es el periodismo mendocino y no daba pie con bola en una agencia de publicidad ni menos como redactor de la Mendoza Decora. Con la Rodón Patricia inventábamos descripciones de casas de ricos y canallas que después barría con su escoba la jefa, hasta que nos echaron o renunciamos juntos. (Éramos pobres, pero regios). En esos años, los del poema, yo dormía en el auto, esperaba a esa mujer estacionado en la calle o a la salida de alguna escuela de Godoy Cruz donde trabajaba. No tenía nada importante que hacer, salvo esperarla. De esas semanas, meses ahí, aprendí que se puede calcular la vida o tu futuro con la distancia que hay del asiento al parabrisas de un auto estacionado. Y que el tipo más desesperado del mundo puede ser el que está agarrado a un volante como quien manotea un flotador en un naufragio.


Ahí, en ese auto, escribí boxeador de barrio que es, como casi cualquier poema de este mundo, una confesión o la penitencia. Ojalá no pase a la historia de la poesía mendocina por él o con él.


Muchas veces, mujeres maltratadas y hasta feministas distraídas me han dicho que ven en el texto una defensa a priori de sus vidas íntimas, aunque cuando yo lo escribí, aclaro, no era capaz de defender la mía. Y de vez en cuando, también, la ex de algún poeta conocido me dice que en la última mudanza se encontró justamente con Sábanas... y releyó ese que escribí para una mujer como ella. (Que lloró recordando todo el mal que le hicieron los hombres gracias a mí). Nada mal para un poema, pienso en ese caso, a salvo del Zonda de sus desgracias.


El protagonista de boxeador de barrio es alguien que reclama amor sin merecerlo, como hacemos siempre los tipos, a una mujer que no está dispuesta a hacer otra cosa, porque creció cantando las canciones de Serú Girán y Spinetta. Ahora bien, dar amor es fácil, el problema es recibirlo. Levantarse, acostarse con eso que un ser humano entrega para que le cuiden un tiempo. Si Schillagi no hubiera insistido con que le enviara una historia «de ese libro que parece tener muchas historias», no hubiera intentado recordar una época en la que jugaba a la ruleta rusa con casi todas las cosas. El amor era entonces la pistola, claro.


En fin. El Gacel verde – mod.86, con A/A– en el que se escribió una parte de esta historia, debe andar ahora haciendo changas, caminos en alguno de los rodeos, o será la casa de las arañas del pedemonte. ¿Y la musa del poema? Nunca se quedó quieta en la foto, ni en otro lugar. Le ganó al boxeador. «¿A qué hora vas a bañar la nena?» está preguntando justamente ahora desde la planta baja, con ese tonito de mierda que tienen las mujeres cuando ya descubrieron tu talón: que uno es un simple mortal.





boxeador de barrio


El tipo no te entiende y golpea duro
como un boxeador asustado.
El tipo por eso te exige
lealtad, inocencia, coraje
Porque piensa tal vez que debes ser su madre
Santa Evita a lo mejor (si la respeta)
cualquiera digamos menos vos.
El tipo te registra la vida. “Te da vuelta”
como se dice, la cabeza y el cuerpo,
quiere que le expliques Cómo pudiste
amar a otros
antes que a él y a sus puños.
Piensa que está con vos sobre un ring.
Que eso es la vida.
El tipo no entiende
que en tu memoria duerman los olores de otro
Que dijeras que sí a otros,
Que dieras sin preguntar mucho
lo que le has dado a él sin preguntar
(por amor, porque así eres)
El tipo te atormenta.
No se cansa jamás.
Quiere saber por qué lo engañaste antes de conocerlo,
por qué no te pareces a esa mujer
que a él le parecía que eras vos
(desde antes de haberte visto siquiera)
El tipo dice cosas terribles. Te golpea
con las palabras.
Te digo: es un boxeador de barrio,
vos estás entre la gente que mira esta pelea,
oyendo en realidad la campana que le anuncia
que la vida siempre, desde antes,
era una pelea donde lo iban a vencer.
Esa campana no suena para vos.
Vos sos la muchacha de la foto
que cuelga de una pared.
El sueño de otro.


Dionisio Salas Astorga, en Sábanas sin flores (2003)

sábado, 23 de mayo de 2009

Lo bello y lo útil (crónica de una mujer formal)




por Cecilia Restiffo


La barca no era cómoda, sin embargo si uno quería podía ubicarse de tal manera que el paisaje fuera deslizándose ante los ojos sin necesidad de pedirle a Caronte que se acercara a tal o cual orilla.

PRIMER CÍRCULO

Mi viaje a la Feria del Libro 2009 semejó al que con gran maestría nos contara Dante; y es que después de tomarme el subte en una Buenos Aires surcada por un halo de niebla llegué a lo que podría decirse el primer círculo; una entrada atestada de gente de boina, de lentes, de barbas largas y grises, de minifaldas y bucaneras, de chupines, de pachminas rústicas o tejidas, de perramos setentosos, de sobretodos largos largos, de bombín; y nosotros los atónitos provincianos: otra clase de pecadores, que como cada uno tienen su propia expiación. Todos a un tiempo tratando de cruzar la puerta esponsoreada por la Ñ de Clarín.

SEGUNDO CÍRCULO


Las obras de arte, que recibían en la primera sala, eran ya un primer impacto para el desprevenido que iniciaba el recorrido mareado por la cartelería, los mapas de colores, los anuncios de tal o cual ponencia, presentación, lectura o el ingreso en algunos minutos de Cóppola (Guillermo) a la Feria. Todo por el mismo precio. De pronto aquello que parecía un despropósito de ofertas se ordenaba casi como por arte de magia y aparecían los salones designados por colores: el salón azul, el ocre, el amarillo (para confusión de hombres que tomaron a los dos por igual), el rojo y el verde; qué epifanía, qué atropello a la razón. Cada editorial era un panal para las abejas que ávidas de palabras llegábamos sedientas, desde las que ofrecían libros especializados y educativos, pasando por las de best sellers, las clásicas y monstruosas de literatura consagrada y nueva, hasta llegar a las pequeñas editoriales boutique de poesía. Allí el tumulto se esparcía según su gusto y bolsillo porque, hay que decirlo, las ofertas no eran tales y en muchos casos el mismísimo libro estaba a mejor precio en calle Corrientes o Santa Fe.

PURGATORIO

La misión de esta profesora devenida en cronista era cubrir el lunes 11 de mayo, un evento anunciado como EL DÍA DE MENDOZA. Un título bastante poco agraciado según mi parecer, ya que quizás para el nostálgico menduco aporteñado este spot lo llevara a la presunción de “bueno quizás me tome unos vinitos”, o “si reparten libros de poesías quedo bien con mi novia”. Error. El tan mentado DÍA DE MENDOZA fue, sin más ni más, un mágico momento en el que la poesía encendió sus velas iluminando el final de la tarde, para que “cada uno de los presentes nos sintiéramos guarecidos o amenazados bajo las palabras”, al decir de Schillagi, ante una lluvia profana que anunciaba la ceremonia no secreta gracias a las doscientas cincuenta personas que allí asistieron.
La iniciación estuvo a cargo de los representantes del gobierno que increíblemente estuvieron austeros en sus discursos. Luego siguió, lo que a mi juicio fue el comienzo real de la velada, la presentación de los tres ganadores del PREMIO VENDIMIA: Salvador Vozzi (narrativa), Daniel Fermani (teatro) y Hernán Schillagi (poesía). Este último, sin subjetividades, fue el verdadero anfitrión, ya que con un juego metafórico de inspiración espontánea, conmovió las almas de los asistentes quienes retribuyeron con un aplauso cerrado. Así se iba desplegando la noche, cada uno de los escritores habló de su obra y la creación, Schillagi rescató también el papel de las gestiones independientes y todo el movimiento que se está generando en Mendoza.
En un segundo momento se llevó a cabo la presentación/homenaje a Arturo Roig y su libro Mendoza en sus letras y sus ideas, tomo II. Andrés Oliver estuvo a cargo de la lectura de su prólogo a la obra, y después el público asistió a una clase de historia y cultura; ya que el autor nos deslumbró con una memoria envidiable y una lucidez que a más de uno apabulló.
El tercer momento tuvo una presencia que quizás sea algo difícil de explicar, todo estaba listo para el homenaje y el recuerdo a Fernando Lorenzo, y no sé si fue una impresión o realmente algo había en el ambiente, pero en el momento en que Ramiro Lorenzo comenzó a cantar algunas de las canciones compuestas a dúo con su padre, una atmósfera blanca revistió la cadencia con que la voz grave iba desgranando las palabras. Luego vinieron poemas del autor leídos por Alejandro Frías el presentador y una amiga del autor, Silvia Ghilardi, quien como nosotros pudo sentir que algo bullía en esa noche de visitas que había terminado con la emoción y el recuerdo de esa mirada tibia que abrazaba las palabras.



INFIERNO

Eran las 21:27 hs. todavía llevaba en mí los acordes de Poeta cuídate, letra y música de los lorenzos. Rápidamente me deslicé por la manga llena de ploters de Clarín-Ñ que rezaban a un paso frases de diversos autores laureados, toda la alfombra toda me conducía a los pabellones coloridos que aún no terminaba de recorrer; faltaban poco minutos para que la carroza se convirtiera en calabaza; los stands ávidos de lectores de último minuto ofrecían rebajas y sonrisas.
En mi último giro enloquecido me detuve por aquí y por allá hasta arribar nuevamente al stand de Mendoza, para esperar el toque de la campana final; emocionada me dediqué a mirar los guiños que desde los escaparates me traían el recuerdo de mis escritores, allí estaban Colombi, Guerrero, Rodón, Valle, Toledo, Levy, Ballarini, y algunos otros que con porfía aguardaban en medio de las últimas luces.
Una sirena ondulante anuciaba que el fin había llegado, todos espontáneamente empezamos a aplaudir mientras que los libreros y las promotoras comenzaban a desmantelar los carros vendimiales de un largo carrusel de márketing y creación. Desde mi sitial, encaramada en el pequeño living del stand, como una reina departamental miraba con un dejo de melancolía cómo las cajas y bolsas ya ocupaban los espacios que las luces iban dejando a las sombras.
Lentamente bajé de aquel trono prestado, tomando el abrigo retraté a la gente que sin prisa pero sin pausa abandonaba el salón con las manos llenas de nerudas, masines o belenfranceses recién salidos del horno.
Alguna vez me dijo Blanca Arancibia: “lo útil es enemigo de lo bello”, quizás esta dicotomía sea el espíritu de la Feria: todo y para todos, pero siempre con glamour, como diría Moria.
Mis pasos fueron llegando al final, la lluvia esperaba en una Buenos Aires hermosamente infernal, tomé aliento levanté el cuello de mi gabán y sin mirar atrás me fui, como quien se desangra.

lunes, 18 de mayo de 2009

Nuevo libro de Fernando G. Toledo



El poeta, periodista y editor Fernando G. Toledo acaba de publicar su cuarto libro de poemas, Viajero inmóvil. El volumen aparece en el sello Libros de Piedra Infinita, que Toledo dirige junto a Hernán Schillagi y gracias al aporte de la Municipalidad de Rivadavia.
Viajero inmóvil tiene un exquisito prólogo de Claudia Masin y dibujos y diseño de Romina Arrarás.
A continuación, el prólogo de la autora de la vista y algunos poemas de esta flamante publicación:



La belleza de la espera


Por Claudia Masin


«El tránsito es a la distancia / Lo mismo que la palabra al silencio» escribe Fernando G. Toledo en uno de los poemas de este libro. El viaje será entonces un modo de intentar asir lo inasible, un movimiento pleno de «furor» e «inutilidad», como escribe Antonio Gamoneda en la cita que cierra la obra. Una travesía cuyos puntos de llegada y de partida son espejismos que dejan al viajero detenido en una tierra de nadie en la que confluye el ansia de lo que va a venir con el desencanto de lo que ya no está. Como si hubiera un tiempo suspendido, una historia que no ha dejado nunca de suceder, con la cual no podemos entrar en contacto jamás, excepto –tal vez– en ese viaje inmóvil de la escritura, donde es posible recuperar lo perdido aunque sólo sea para volverlo a perder: «Debo andar Debo buscarte Escribir: / Debo perderte esta noche de nuevo».
Fernando G. Toledo nos muestra en estos poemas que hay una belleza que crece más allá del apego y la avidez, de todo intento de posesión y de conquista: la pura belleza de la espera. Nos dice que hay una manera de viajar que consiste en quedarse quieto y dejar que el universo mismo se acerque: dejar de buscar para que –entonces sí– lo que tenga que aparecer, aparezca.
Vive en esa idea toda una concepción de la escritura poética: ya no se trata de una acción sobre el lenguaje, sino de una paciencia que es capaz de soportar la inmovilidad y el silencio hasta fusionarse con aquello que la toca y la conmueve. La poesía sería, ella misma, esa espera, ese viaje inmóvil donde finalmente sucede el encuentro imposible, la confluencia que –como un fogonazo– da su luz y se retira, pero antes de apagarse irradia en los poemas ese «resplandor de las cosas / A las que ya no se puede llegar».
Viajero inmóvil, como todo libro extraordinario, es eso: el lugar al que se llega después de mucha paciencia, y en el que se vive con la delicadeza de quien sabe que el misterio de las cosas, de los otros, de nosotros mismos, no es un destino que pueda ser alcanzado sino una intensidad, un halo que nos ronda desde siempre pero que sin embargo sólo a veces –muy raramente– se nos revela.



Dos poemas de
Viajero inmóvil

(2009)

1

Expuesto y escondido como todo el que viaja en la noche
Voy recogiendo partes del mundo tiradas en el camino
Piedras que no han merecido el viento
Rostros que se repiten y son siempre una máscara
Voces que nos llaman pero sólo a una acudimos

Nada encuentro /como todo el que busca/ y por eso insisto
Con este vicio nómade estancado en la partida
Perdiendo a cada paso lo que sigo sin hallar
Vuelto de espaldas contra la senda borrosa
Que traza una línea rota alrededor del cuarto
: La nave incendiada que estoy por abordar
: El barco sin bandera y sembrado de pañuelos
: El pozo donde la ausencia teje su velo
Y lo tiende en la ventana para que la luna no entre

Voy lamiendo una llaga con gusto a sal Dibujo las pisadas
Que antes no he dado No llego Nunca llego
Repito frases sueltas que ni siquiera recuerdo
Y las copio en un cuaderno como una bitácora

Viajo en la noche para tener los ojos cerrados
Porque quien viaja no quiere moverse
Porque lo que persigue la mirada es la sombra

Viajo de noche y mis pasos suman una cifra infinita
A punto de alcanzar el cero Viajo sin saber
Porque en la oscuridad las formas se confunden
Viajo como quien deja que un fuego se extinga
Viajo como nada el agua en un río de peces

Tengo prisa Escribo para andar más lento
Leo viejos mensajes que dicen «Ya es tarde»
Nada encuentro Mi cuerpo /manos ojos piernas boca sangre/
No tiene herramientas para llevarme a sitio alguno
Pero sé que mi cuerpo es la única herramienta
Es un horizonte rendido que no retrocede
Una caja sin fondo llena de cosas inútiles
Una ropa empapada la suave caída por una pendiente
Una palabra que ha quedado fuera del poema

Por eso es de noche y ando Por eso tengo prisa
Por eso viajo en mi cuerpo y aquí me quedo.


10

«Entonces prefiero quedarme quieto»
Solía decirme a mí mismo Quieto
Como un animal que oye una canción
Quieto como la estrella que de niño
Elegí para mí entre las del cielo
«Hacia dónde voy cuando no me muevo»
Preguntaba como si no pudiera
Saber que el tránsito es a la distancia
Lo mismo que la palabra al silencio
Pasajero del punto de partida
Que despide a los trenes detenidos
Voy a seguir aunque ya nunca avance
Seguir como un reflejo que persiste
Después de que el espejo se ha quebrado.


De Viajero inmóvil, Fernando G. Toledo. Libros de Piedra Infinita.

domingo, 17 de mayo de 2009

La poesía de duelo: murió Mario Benedetti






El escritor falleció hoy, a los 88 años. En las últimas semanas había sufrido un deterioro en sus condiciones de salud.
El poeta uruguayo Mario Benedetti falleció este domingo, la poesía latinoamericana sufre otra pérdida junto con la reciente muerte de Idea Vilariño.


Botella al mar

Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.



Mario Benedetti

jueves, 7 de mayo de 2009

Entrevista a Patricia Rodón



“La poesía no evoluciona, se transforma”










Si uno hiciera el juego veloz de enumerar a cinco poetas mendocinos de hoy, el nombre de Patricia Rodón no tardaría en aparecer. Agitadora de la poesía en los ´80 con "Las malas lenguas", la voz de su generación en los ’90 y una filosa pluma de la lírica y el periodismo cultural en la actualidad. Todo eso es Patricia con sólo dos libros publicados, pero con múltiples premios a nivel local y nacional. Aquí van las respuestas de la poeta que renovó el lenguaje de la poesía mendocina.




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- ¿Cómo anda hoy tu vínculo con la escritura poética? ¿En qué ha cambiado en estos años?

- Mi vínculo con la poesía es tan intenso, caprichoso y arduo como siempre. Reconozco algunos matices diferentes en el diálogo entre lo dicho y la necesidad de decirlo, en la tensión entre lo escrito y la voluntad de escribirlo. Más exigencia, más rigor, más autocrítica. Y, claro, una mayor conciencia de la efímera felicidad que produce el escribir un poema.

- Tu primer libro, Tango Rock (Diógenes, 1998), es un ícono de la poesía mendocina y argentina de los ‘90 ¿Qué otras obras publicadas en esa época te parecen representativas y por qué?

- ¿No será mucho eso de “ícono”? Personalmente, creo que Tango Rock es un libro interesante, que llama la atención, pero no creo que sea un ícono. Entre los libros de poesía mendocina de ese momento me parecen interesantes, y esto creo que es inevitable por el aliento generacional que los mueve, los de Rubén Valle, Luis Abrego y Teny Alós.

- Fuiste la editora del suplemento El Altillo de la cultura de Diario Uno, y ahora piloteás el +Cultura del MDZ On Line. ¿Cómo ha evolucionado, o no, la movida poética de Mendoza en esta última década?

- La poesía no evoluciona, cambia, se transforma. Y la poesía mendocina, como cualquier otra literatura que se produzca en cualquier parte del mundo, sigue los procesos de cambio propios del género. Cuando hay voces tan importantes en nuestra lírica como la de Jorge Enrique Ramponi, Alfonso Sola González, Armando Tejada Gómez o Fernando Lorenzo, por nombrar a unos pocos, lo único que podemos hacer como lectores es disfrutar de las modulaciones propias con que cada poeta va tomándole el pulso a su época. La idea de “evolución” implica la de “mejoría”. Si me estás preguntando si la poesía mendocina ha “mejorado”, pues te digo que no, no ha mejorado. Y en todo caso, tendría que preguntarte yo a vos, ¿evolucionado con respecto a qué? La buena poesía no tiene edad, si no, no seguiríamos leyendo a Quevedo, a Rimbaud o a Ginsberg. Si me preguntás respecto de la “movida” poética, del quehacer, del trabajo en torno del escribir, leer en público, publicar, editar, etcétera, en Mendoza, creo que hay, como hubo siempre, esfuerzos aislados, más o menos espasmódicos y con resultados muy desparejos.




El cielo adónde



- En el 2001 ganaste el Premio Vendimia de poesía con Estudio voyeur, tu último libro editado ¿Qué pensás de la trayectoria del concurso? ¿Debería cambiar en algo sus bases?

- El Certamen Vendimia de Literatura hizo un cambio importante cuando se dejó de premiar un grupito de poemas para premiar un libro completo. El otorgar el premio a 200 o 300 versos de un anónimo, muy prolijos pero sueltos y sin una base conceptual sólida, era suicida. Por eso yo lo gané dos veces (risas). En 2001 cambiaron las bases y estuvo bien. Pero siguió y sigue con problemas. Sólo te menciono algunos: el monto del premio en metálico es miserable; la edición del libro depende de la eficacia, o de la ineficacia, del funcionario responsable de turno; la cantidad de libros que le entregan al ganador da risa por lo mínima y lo que hacen después con los libros publicados, ridículo. Y algo que en las últimas ediciones ha dado mucho para polemizar: el jurado debe estar integrado de otra manera. Mendoza es un pueblo pequeño con ínfulas de grande y todos los escritores que más o menos atinan se conocen. Los profesores de la Facultad de Filosofía y Letras también los conocen. Debería presidir el jurado un poeta ajeno a la “vecindad”, que sólo leyera por primera vez los libros sin subtítulos tipo “este me suena a tal o cual”; una persona respetada por su escritura, que enorgullezca a quien se presenta al certamen y el saber que va ser leído y evaluado por el poeta o la poeta de Rosario, Salta, Buenos Aires o de dondequiera que sea, le comprometa dos veces. Eso le daría transparencia al certamen. Como lo que está haciendo la Municipalidad de Mendoza con su recuperado certamen literario.

- ¿A quiénes rescatás de los premiados en el arco que se tiende desde tu libro hasta Imágenes íntimas, último libro publicado en 2007?

- Rescato a Andrés Oliver por Verticales a Dios, a Rubén Valle por Placebos y a Fernando G. Toledo por Secuencia del caos. Carlos Acosta me parece interesante pero no he leído el libro completo, sólo algunos poemas sueltos.

- En la Feria del Libro de Mendoza del año pasado protagonizaste una polémica al negarte a leer en una mesa de poetas mendocinos, porque la organización no había ofrecido pagarles por el evento. ¿Podrías explayarte sobre tu posición del rol del escritor en la sociedad actual?

- No protagonicé ninguna polémica. Me invitaron a leer, dije que sí con muchos reparos y unos días después me retracté y dije que no. Eso fue todo. Fui a las lecturas para hacerles el aguante a mis amigos (ustedes entre ellos) y de paso para cubrirlas porque estaba trabajando. De hecho, el único espacio de prensa que tuvieron las lecturas de los poetas mendocinos fue en +Cultura del MDZ. Tu pregunta acerca de la “posición del rol del escritor en la sociedad actual” es muy largo, complejo y finalmente inútil para contestar. Suelo ser más práctica: yo creo que el escritor hace lo que puede para traducirse y comunicar su mundo interno, en unos casos, externo en otros; creo que tiene que mostrar su trabajo si quiere y si puede –en este punto intervienen miles de factores- porque se escribe para ser leído o escuchado; creo que tiene que ser respetado por su trabajo y una forma de respeto es que ese trabajo sea pagado. Estoy harta de que en una actividad “literaria” organizada por el Estado o por un municipio, cualquier salame que tenga una guitarra y haga covers cobre y el poeta convocante no. Esta es mi posición esencial sobre el mínimo rol del escritor en la sociedad mendocina: debe ser escuchado, respetado, completamente.

- En una nota que salió en Los Andes hace un tiempo a jóvenes escritores del nuevo milenio, tu generación poética fue etiquetada, no inocentemente, como la de “Poetas del Multimedios Uno” ¿Qué opinión tenés sobre lo que se está escribiendo hoy en Mendoza? ¿Te animás a “etiquetarlos” vos también?

- Esa nota fue una porquería. Ulises Naranjo, Juan López, Luis Abrego, Valle, Toledo, yo, no tuvimos la culpa de trabajar todos juntos en el mismo lugar durante varios años. Fue una maravillosa coincidencia que celebramos todos los días de distintas formas bajo la tutela de Fernando Lorenzo mientras trabajó él mismo con nosotros. Llegamos allí por los más diversos y extraños caminos. Es obvio que quienes sacaron la “etiqueta” rápida no tienen, o no tenían, ni idea de cómo fue la historia real. ¿Lo que se está escribiendo hoy en Mendoza? Perdón, hay mucha gente escribiendo poesía, cuentos, novelas, obras de teatro, ensayos. De todas las generaciones, edades, pesos, estaturas, peladas y panzas. Si te referís a la poesía de los jóvenes que están en la franja de los 20 a 30 años o de los 25 a 35, bah, cualquier corte que excluya a los “poetas del multimedios”, me parece que la lícita prepotencia de los “escritores del nuevo milenio” (nosotros éramos los poetas posmo, los poetas de fin de siglo), se basa o basaba, en excluir para sentirse incluido, para separar para pertenecer, identificar/se y diferenciarse. Cuando nosotros lo hicimos, hablo de Las malas lenguas, todo lo que tenía acequia, álamo, duende y viña nos parecía el enemigo a destruir porque los habíamos leído soberbiamente mal. Creo que entre los poetas nuevos, o nuevos poetas, hay gente valiosa que tiene que seguir escribiendo y que hay otra gente que cree que está inventando la literatura cuando en realidad tiene que leer mucho más. Y no, no podría poner ninguna etiqueta, porque trabajan en grupos separados, difusos y más o menos afónicos.



La última romántica


- En tu obra hay varios libros inéditos ¿Estás en plan de editar alguno?

- Espero poder publicar algo este año. He estado muy quieta, muy para adentro durante algún tiempo y ya me molestan los inéditos. Me los quiero sacar de encima. Tengo ganas de darle aire a Colores primarios, un libro de filosos poemas amorosos.

- ¿Qué estás escribiendo ahora? ¿Qué papel juega lo creado antes?

-Ahora estoy escribiendo un libro que se llama Tratado de las perlas. Siempre se me aparece el libro completo desde el título y después tengo que recorrerlo poema a poema. Lo escrito antes sirve para mirarme en el espejo de mi propia torpeza, búsqueda, aburrimiento, necesidad, contemplación, aprendizaje. Ignoro cuántas personas vayan a leer tu revista y mucho menos esta larga entrevista, pero hay una cosa que me gustaría dejar claro: escribir un buen poema es muy difícil. Un solo maldito poema. Nadie se imagina, salvo otro poeta, la batalla que hay mantener con uno mismo para aproximarse mínimamente a lo que se quiere decir y para mantenerse alerta ante la autocomplacencia.

-¿Qué “misterio merece ser salvado” de la poesía de Patricia Rodón?

- Ni idea. Averigualo vos.






Nota: Los apartados de este reportaje toman prestados títulos de poemas de Patricia Rodón de Tango Rock y Estudio voyeur

sábado, 2 de mayo de 2009

La primera poeta laureada del Reino Unido

Por Fernando G. Toledo

La poeta inglesa Carol Ann Duffy (Glasgow, 1955) se convirtió este mes en la primera mujer en más de 300 años en recibir el título de Poeta Laureada en el Reino Unido, honor que han ostentado nombres tales como John Dryden, William Wordsworth, Alfred Tennyson, John Betjeman y Ted Hughes.
El premio, instituido por el rey Charles II en 1668, consiste originalmente en 600 botellas de jerez, aunque actualmente ese pintoresco galardón se acompaña de un sueldo anual de unos 8.500 dólares.
Carol Ann Duffy fue designada nueva Poeta Laureada a pedido de la reina Elizabeth II, aunque su nombre se barajaba entre los candidatos desde hace más de una década. Al parecer fue el ex primer ministro británico Tony Blair quien se opuso a su designación, temeroso, según consignaron algunas fuentes, de que la confesa homosexualidad de la escritora pudiera molestar a los sectores conservadores del reino.
Duffy ha publicado una veintena de libros de poemas, entre los que se destacan Standing Female Nude (1985), Moon Zoo (2005) y Rapture (2005).
A continuación se ofrece una brevísima selección de sus poemas. A pesar de que los textos elegidos son breves, Duffy opone algunos problemas al traductor, por su constante uso de los juegos de palabras, su alusión a la lengua inglesa y el sutil entramado musical de sus versos, riqueza que muchas veces se diluye en el español pero que de algún modo el autor de estas notas ha buscado reflejar en su versión al castellano.




Carol Ann Duffy
Cuatro poemas
© Versiones de Fernando G. Toledo


San Valentín

Ni una rosa roja ni un corazón de seda.

Te regalo una cebolla.
Es una luna envuelta en papel marrón.
Es una promesa de luz
Como la cuidadosa desnudez del amor.

Aquí.
Te cegará con lágrimas
Como un amante.
Hará de tu reflejo
Una foto que flamea de pena.

Estoy tratando de ser sincera.

Ni una bonita postal ni un besograma.

Te regalo una cebolla.
Su beso feroz va a quedarse en tus labios,
Tan posesivo y fiel
Como lo somos nosotros,
Cuando lo somos.

Tómala.
Es un lazo de platino reducido a un anillo de bodas,
Si te gusta.

Letal.
Su aroma se impregnará en tus dedos,
Y en tu cuchillo.

(De Mean Time, 1993)


Relleno

Le pongo dos ojos amarillos a un búho.
Uh. Le arreglo la sonrisa al cocodrilo.
Estafador. Remiendo el deslizar de una anguila.
Tiro, arranco, el casco de una mula.
Salvaje. Le muestro el trapo rojo a un toro.
Loco. Esparzo las plumas de una gaviota.

Le hago un duro nudo al gruñido de una comadreja.
Feroz. Le ato las aletas a un sello.
Tendido. Le agujereo los latidos a una codorniz.

Ella me gusta para andar desnuda y de rodillas.
Mansita. Mi inmóvil muñeca viviente.
Muda. Y después me gusta no contarle nada.



Palabras, noche amplia

En algún lugar al otro lado de esta amplia noche
Y la distancia entre nosotros, estoy pensando en ti.
El cuarto lentamente de la luna se va alejando.

Esto es placentero. ¿O debo tachar y decir
Que es triste? En uno de los tiempos canto
Una canción de deseo imposible que no puedes escuchar.

La, lala, la. ¿Ves? Cierro los ojos e imagino las colinas oscuras que debería cruzar
Para encontrarte. Pues estoy enamorada de ti
Y esto es lo que es o lo que es en palabras.

(De The Other Country,1990)


Talento

He aquí las palabras cuerda floja. 
Imagina ahora
A un hombre, haciendo equilibrio en el espacio
Entre nuestros pensamientos. Sostiene nuestro aliento.

No hay palabra red.

Lo quieres derribar, ¿no es así?
Adiviné; vacila, pero lo consigue.
Toda la palabra aplausos se escribe sobre él.

(De Standing Female Nude, 1985)